En uno de los periplos de Alejandro Magno, específicamente, en Corinto, en su avidez de conquistar todos aquellos lugares donde concurriese algún ser humano, pasó unos días en dicha ciudad y para signo de él, colisionó con uno de los hombres, que por esta ciudad del Peloponeso en Grecia y la cual de una gran prosperidad desde la época clásica, reconoció como uno de los hombres más sabio de su tiempo se había enfrentado a su orgullo guerrero al punto de arrodillarse ante su sapiencia, hablamos de Diógenes el Cínico o el Perro. De todas partes, políticos, estrategos, artistas y filósofos acudieron para admirar la intrepidez, arrojo y osadía del Joven rey, que recientemente había llegado a esta urbe, pero fue inolvidable para Alejandro Magno, que entre todas estas personalidades llegadas, en su deseo de atrapar y aprisionar una mirada o sonrisa del joven rey, solo faltaba uno, y era específicamente, Diógenes el Cínico o el Perro, pues este personaje sin ningún asombro y pasm...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción