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Mujeres filósofas


La historia es investigación retrospectiva de nuestra propia problemática presente. Podemos preguntarnos, pues, ¿cuál era el presente del autor de la Historia Mulierum Philosopharum, escrita por Gilles Ménage, en el siglo XVII? Lo que configuraba la actualidad cultural en ese siglo era el movimiento de los salones literarios, donde se cultivaba el arte de la conversación, y a los que daban vida unas mujeres que se llamaron Las Preciosas. De acuerdo con Oliva Blanco, "preciosa" significa "la que se adjudica un precio", la mujer que logra su autoestima debida a su saber y a su capacidad de irradiación cultural en su medio. Interioriza así a la vez que requiere la estima de sus contertulios. Atrae sobre sí al mismo tiempo el estigma de la ridiculización por parte de otros: recordemos Las Preciosas ridículas de Molière. Nuestro autor era amigo de las figuras más sobresalientes entre Las Preciosas, como Madame de Sévigné y Madame de La Fayette, y un acérrimo defensor de su causa. Las consideraba intelectuales y eruditas de gran calidad y, en un sentido amplio, filósofas. No es así de extrañar que buscara para ellas lo que llamó Max Weber "legitimación tradicional", es decir, "si existieron en el pasado filósofas ilustres, no es de extrañar que florezcan en el presente". Su obra, pues, como lo apunta Rosa Rius en su excelente introducción, pertenece al género "catálogo de mujeres ilustres", que aparece significativamente en tratados de la Baja Edad Media y el Renacimiento dedicados a exaltar el honor y la excelencia de las mujeres. Con el racionalismo y la Ilustración desaparecerá el "catálogo de las mujeres ilustres". Lo que no es de extrañar: las vindicaciones feministas se articulan en un argumentario que, por recurrir de nuevo a Weber, afirmaremos que es característico de la "legitimación racional". El cartesianismo, contemporáneo del Preciosismo, en su radicalización por el peculiar discípulo de Descartes François Poullain de la Barre, surte de elementos para basar la igualdad de las capacidades de las mujeres y de los hombres en tesis filosóficas tales como "la mente no tiene sexo" o "la mente es de cualquier sexo". Asimismo, pondrá al servicio de la causa de las mujeres el programa cartesiano de lucha contra el prejuicio, es decir, el juicio emitido antes de ser contrastado con la regla de la evidencia, argumentando que la idea comúnmente aceptada de la desigualdad de los sexos no es sino el prejuicio más ancestral. En este contexto los catálogos de las mujeres ilustres pierden su función legitimadora: en la obra de Poullain de la Barre no aparecen. No es de extrañar si se tiene en cuenta que Poullain de la Barre, que publicó De la igualdad de ambos sexos en 1973, es un filósofo, así como Ménage (1613-1692) es un gramático y un lexicógrafo. Ambos simpatizan con la causa de Las Preciosas y la apoyan en sus respectivos registros. Y ambos se refuerzan mutuamente: la "legitimación tradicional" puede ser convalidada en términos de "legitimación racional": si siempre ha habido mujeres filósofas, cabe suponer, aunque esto no se tematice filosóficamente, que las mujeres y los varones tienen la misma capacidad intelectual. Si los rendimientos históricos de las mujeres son menores, ello es debido a la educación y el prejuicio. Ésta sería la aportación de Poullain de la Barre. La de Gilles Ménage consiste en una búsqueda erudita y apasionada de los logros femeninos en los tiempos más remotos, dura labor de rescate contra lo que aparece como una conspiración de silencio.

CELIA AMORÓS SUMARIO

El País

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