La muerte de Diana, Princesa de Gales, el 31 de agosto de 1997, estremeció los cimientos de la monarquía británica. Pero no por la sorpresa y lo inesperado del fatal accidente sino por lo que ocurrió después. La respuesta inicial de Isabel II y su familia ante el fallecimiento causó un malestar y rechazo como no se había visto antes en el Reino Unido. Una gran parte de los británicos interpretó el silencio como si a los miembros de la Casa Real no les importaba lo ocurrido. Vea: Su vida en imágenes Incluso la prensa tabloide pareció hacerse eco de ese malestar y empezó a hablar de si esto era el final de la monarquía. Además, las señales de esta aparente indiferencia real estaban a la vista: el estandarte real, normalmente izado sobre el Palacio de Buckingham cuando la monarca está en Londres, permaneció arriado esos días, mientras la mayoría de la gente lo tenía a media asta. Un caos real Fiel a la tradición de no expresa...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción