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Pruebas

viernes, 19 de julio de 2013

Para un ruiseñor


Breve, delicada, intensa: una obra maestra de la narrativa más poética (y nunca antes traducida al español). Por la autora de la elogiadísima Hace cuarenta años.

Una playa del Mar del Norte, un marido ausente, un amigo de la pareja... y ella, la parte femenina de esa pareja, que nos contaba cuarenta años después cómo fue el (imposible) amor en la casa de la duna. «Éramos como dos instrumentos afinados de repente». Lo que importaba era ese «de repente», esa urgencia de ser, de saberse vivo, de querer caer y levantarse a un tiempo. Las breves pero intensas páginas de Para un ruiseñor no son menos conmovedoras que aquéllas de Hace cuarenta años. Es evidente que su autora rememora el mismo episodio vital, pero ahora con indudable tristeza. Si entonces volvía a poner en pie, con cada detalle, con cada mínimo gesto, un momento pasado que revivía como el más vivo presente, ahora parece no atreverse a volver enteramente a ese mundo. Y esa vida pasada no es ahora una existencia paralela, sino que adopta la figura de un ruiseñor que viene a cantar junto a su ventana, como si el camino de vuelta, que la autora recorría en Hace cuarenta años para volver al pasado vivo, se hubiera cegado de pronto y su recuerdo no fuera ya un mapa de regreso, sino pura melancolía.
Con ese lirismo que nos recuerda tanto a San Juan de la Cruz como a John Keats, que va del símbolo a lo real, Para un ruiseñor es mucho más que una memoria del amor: nos enseña a vivir en varios tiempos a la vez, a vivir la vida sin dejar de vivir nuestras vidas anteriores, a sobrevivir a la intensidad pasada sin perderla, y, lo más importante, sin renunciar a la intensidad presente. Pocas obras en prosa hay tan hermosas como ésta.

NATURALEZAS VIVAS

     La biblioteca de la memoria (la de cada uno de nosotros) está diseñada a medias por un enloquecido discípulo de Escher y por el más inteligente y detallista diseñador sueco. Eso le permite recovecos imposibles, esquinas improbables en las que se encuentran libros que, sin dejar de estar en su sitio, aparecen en otro, permitiendo que cada volumen se relacione con los demás de mil formas nada misteriosas: esa biblioteca, vista a debida distancia, tiene la forma de un corazón humano.
     En esa biblioteca, los libros de Maria van Rysselberghe se encuentran con el tomo rojo que reúne las Heroides y los Amores de Ovidio en la edición de la Loeb Classical Library, y difícilmente puedo acercarme a aquéllos sin releer éste. Me gusta especialmente esa edición de las Heroides porque su editor, Grant Showerman (con ese apellido que parece o indio o de broma), comienza diciendo que desde luego no estamos ante un libro del más alto orden del genio, para tachar a continuación su lenguaje de retórico, artificial y difuso. Bien es cierto que Ovidio rescata a sus personajes, e, incluso las tramas de la tradición, y podría parecer, desde luego, que se toma el libro apenas como un ejercicio retórico; pero no por ello deja de ser uno de los más hermosos libros de poesía que se hayan escrito jamás y (y esto es lo que nos ocupa) un detallado catálogo de maneras de sufrir por amor, deporte tan olímpico como terreno. No sé por qué, pero me divierte esa enfurruñada consideración de Showerman. Pero vamos a lo nuestro.

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