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Pruebas

miércoles, 29 de febrero de 2012

La novela perdida de Saramago

El primer libro que escribió José Saramago nunca vio la luz. Hasta ahora, 59 años después. Se titula Claraboya y lo publicará Alfaguara a partir de mañana jueves. Una novela rechazada por los editores de entonces, extraviada luego y recuperada ahora cuyo primer capítulo te adelantamos en exclusiva en este blog de EL PAÍS. Al final del blog un vídeo de la Fundación Saramago sobre la novela. A continuación la historia del manuscrito.

El manuscrito que devolvió el viento

1953. Este hombre, José Saramago, era un trabajador de muchos oficios; y era, como su abuelo, como sus padres, como los hombres y como las mujeres de Azinhaga, el pueblo portugués en el que había nacido en 1922, una persona silenciosa y sutil, en cuyo interior vivían los dramas que vivía y aquellos que imaginaba detrás de las pequeñas viviendas o dentro de los edificios altos. Ya está en Lisboa, trabaja. Y escribe; ese carácter reconcentrado esconde a un poeta, y a un novelista. Luego será muy conocido, llegará a premio Nobel, pero en ese momento acaba de terminar una novela, su primer libro, y lo titula Claraboya. Lo lleva a una editorial, deja allí el manuscrito, y vuelve a su quehacer lento y melancólico en el medio más hostil posible para la convivencia y para la imaginación: el Portugal de la dictadura de Salazar. Se dedicó a esperar por una respuesta…, y ésta no llegó hasta 1989, cuando él estaba enfrascado en un libro nuevo, El Evangelio según Jesucristo.(En la imagen José Saramago, en cuclillas, delante de dos amigos en los años cincuenta)

1989. Durante más de cuarenta años, Saramago, periodista, escritor ahora de éxito, había mantenido un silencio pertinaz, dedicado a sus diversos oficios, pero marcado por aquel “silencio doloroso, imborrable y de décadas”, como dice Pilar del Río, su mujer, su traductora, la presidenta de la Fundación José Saramago en el prólogo del libro que aparece, por fin, en español, en portugués y en otras lenguas, pues el manuscrito apareció, finalmente, y precisamente en ese año decisivo (para él, para su literatura) de 1989… La editorial a la que se lo había enviado, en una mudanza, descubrió el manuscrito; de una manera muy conmovedora, Pilar del Río, que lo conoció por entonces, cuenta en el prólogo de esa edición (Caminho en Portugal, Alfaguara en España) cómo recibió Saramago la noticia: se estaba afeitando, y con la cara aún enjabonada tomó el teléfono que sonaba… Le propusieron, claro, editárselo en ese momento, pero él estaba enfrascado en otra historia, no mostró interés, ni siquiera mostró interés, ya con el manuscrito en la mano, en recuperar la iniciativa, darlo a otra imprenta…

El Evangelio… Estaba escribiendo El Evangelio según Jesucrito, una novela que, literariamente y políticamente, iba a ser decisiva para José. El Gobierno portugués la repudió, decidió impedir que acudiera a un premio europeo porque la declaró, cuando menos, irreverente… Para Saramago aquel fue un duro golpe moral, que finalmente le llevó a su retiro del mundanal ruido, con Pilar, en Tías, Lanzarote… Luego rehizo, a lo largo de los años, su buena relación con su país, y allí se esparcieron sus cenizas, en la Lisboa de Claraboya, cuando murió en el otoño/invierno de 2010. Ya era, a la hora de su muerte, tras muchos años de vida literaria fértil y honrada, dedicada a la literatura y al compromiso, uno de los escritores más célebres del mundo, y de los más requeridos.

Claraboya. Pero el manuscrito no se había publicado. Pilar del Río dice, en ese prólogo del libro que aparece esta semana, que la literatura es muchas veces un puñetazo contra la muerte. Y por eso revive Claraboya, como un homenaje a Saramago y a su literatura; constituye el libro, dice su editora española, Pilar Reyes, “un presagio del inmenso escritor que Saramago sería”; es una novela en la que “se percibe su visión descreída del mundo”. “Aquí hay”, señala Reyes, “crítica social, crítica a la familia como institución. Hay un diálogo final hermoso entre el zapatero y el joven que llega”. Aludiendo a la identidad de los personajes, arquetipos de Saramago que de algún modo conectan con el drama Historias de una escalera que contemporáneamente estaba escribiendo en España Antonio Buero Vallejo, cuenta Pilar Reyes: “Me arriesgo a pensar que cuando Saramago escribió Claraboya era como el joven Abel, pero aspiraba a ser como el viejo y sabio zapatero”.

Lisboa. Es una novela de la Lisboa pobre, habitada (como la novela y como la memoria personal que Saramago tenía en ese momento) por “una colección de hombres de pocas palabras, solitarios, libres, que necesitan el encuentro amoroso para romper, siempre de forma momentánea, su forma concentrada e introvertida de estar en el mundo”. Eso lo escribe Pilar del Río, y ella sabe bien de qué carácter está extrayendo esas conclusiones, del hombre que fue su compañero de vida. Dice Pilar del Río, al final del prólogo con el que dio a la estampa, tantos años después, el manuscrito que fue fuente de la melancolía que mantuvo en silencio a Saramago antes de abordar, finalmente, una carrera que le llevó al Nobel: “Claraboya es la puerta de entrada a Saramago y será un descubrimiento para cada lector. Como si un círculo perfecto se cerrara. Como si la muerte no existiera”. Escribir para parar la muerte, decía Saramago; leer para seguir impidiéndola, pues. Puedes leer aquí el primer capítulo de Claraboya, de José Saramago.

El País

Fernando Savater gana el Premio Primavera

Fernando Savater ha ganado hoy el XVI Premio Primavera de Novela con la obra Los invitados de la princesa. Un libro lleno de humor y sátira en el cual se conjugan tradición y modernidad cuyo escenario es un congreso de cultura celebrado en una isla donde quedan atrapados sus participantes debido a la erupción de un volcán. Una novela "muy savateriana" al abordar algunos de los temas clave del filósofo español. El premio lo otorga cada año la editorial Espasa, y está dotado con 200.000 euros.

"Es la novela que más me ha divertido escribir, y con la que me lo he pasado mejor", ha reconocido Savater durante la entrega del premio esta mañana en Madrid. "Complacerá hasta a los lectores más exigentes. Está llena de guiños y complicidades para disfrutar de ella desde el principio hasta el final", ha afirmado Ángel Basanta, escritor, crítico y portavoz del jurado. Basanta reemplazó a Ana María Matute, presidenta del jurado, durante la concesión del galardón. Los otros miembros del jurado son Antonio Soler, Ramón Pernas (director del ámbito cultural de El Corte Inglés), y Ana Rosa Semprún (directora general de Espasa). El año pasado el Primavera lo obtuvo Raúl del Pozo por El reclamo. Por primera vez en la historia del premio, no hay finalista debido a los recortes, una categoría que hasta el año pasado estaba dotada con 30.000 euros.

Los invitados de la princesa guarda tres claves temáticas: La celebración de la gastronomía (en clave de humor), actos académicos que tratan todos los temas característicos del autor (teología, terrorismo, filosofía, psicología…) y la degradación del mundillo universitario. A través de estos aspectos, Savater (San Sebastián, 1947) despliega lo mejor de su humor esparcido de ironía, parodia y sátira. Y sobre toda esa historia palpita su gran pasión por la lectura.

La novela ha sido seleccionada entre 454 manuscritos en español, 100 más que el año pasado, enviados desde 26 países. Los más participativos fueron España, con 275 manuscritos; seguido de Argentina y México, con 26 cada uno; Estados Unidos, 16 y Colombia 15.

El País

La literatura como modo de vida

Digan lo que digan sus detractores, el viejo Bloom ha aportado mucho a los espesos debates que rodean a la crítica contemporánea. Es cierto que sus desahogos lo retratan como a un autor soberbio, anglocéntrico, caprichoso y partidario, pero nadie puede negar la fuerza y la brillantez de un discurso crítico que remite -por su voluntad abarcadora y porque está claro que los ha leído a todos con provecho- a sus grandes predecesores en el ámbito de la literatura en lengua inglesa, autores como su venerado doctor Johnson, Emerson o WalterPater, que son algunos de los que él mismo afirma que, junto a Hazlitt o Nietzsche, más le han influido. Más allá de su desinterés por el rumbo de la crítica académica, de la ya cansina polémica a propósito del canon occidental o de sus trifulcas con los partidarios de los estudios culturales, al obstinado profesor de Yale hay que agradecerle su defensa de la literatura frente a las interferencias de otras disciplinas que en los últimos tiempos han amenazado con desnaturalizar el sentido mismo de la tarea de leer, evaluar y relacionar las obras, en la que Bloom resume lo esencial de un oficio al que ha dedicado largas solitarias décadas.

"Para la crítica artística necesitamos personas que nos muestren el sinsentido de buscar ideas en la obra de arte", le escribía Tolstói a su amigo Nikolái Strájov, y no puede sorprender que Bloom haya recurrido a esas palabras para encabezar su último libro o "canto del cisne", Anatomía de la influencia (Taurus). Desde el propio título, que homenajea a Robert Burton, Bloom retoma un concepto clave de su obra al que dedicó uno de sus primeros y más difundidos ensayos críticos, La ansiedad (o angustia) de la influencia (1973), y de nuevo se acoge a la sombra benéfica de sus dos gigantes de cabecera: Shakespeare, "el Fundador", y Walt Whitman. "La crítica literaria, tal como yo pretendo practicarla, es en primer lugar literaria, es decir, personal y apasionada. No es filosofía, política ni religión institucionalizada". Hay mucho, sin embargo, de religioso en su concepción sacralizada de la literatura, a la manera romántica que llega hasta el esteticismo de su también admirado Wilde. La aparición de esta Anatomía, no en vano subtitulada La literatura como modo de vida, coincide en España con la del anterior Novelas y novelistas (Páginas de Espuma), con el que se completa una serie -formada además por Cuentos y cuentistas (2009) y Ensayistas y profetas (2010), publicados por la misma editorial- donde Bloom reunió sus artículos, semblanzas y reseñas críticas a propósito de los autores predilectos. No es necesario compartir todos sus gustos, manías, fidelidades o animadversiones para apreciar en lo que vale su raro magisterio.

"La crónica periodística es la prosa narrativa de más apasionante lectura y mejor escrita hoy en día en Hispanoamérica". Lo afirma el colombiano Darío Jaramillo Agudelo al frente de su Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara), que prueba a un tiempo la creciente demanda de historias reales y la indudable vitalidad del género en el continente. Herederos de Carlos Monsiváis, García Márquez, Tomás Eloy Martínez o Elena Poniatowska, clásicos reconocidos y celebrados dentro y fuera de Latinoamérica, los autores representados en la antología -entre los que figuran nombres conocidos como Juan Villoro o Martín Caparrós, pero también muchos otros menos o apenas divulgados entre nosotros- practican lo que Darío Jaramillo llama "la crónica como arte" o el arte de la crónica, en páginas vivísimas que desmienten el remoto e irónico vaticinio de Gutiérrez Nájera: "La crónica, señores y señoritas, es, en los días que corren, un anacronismo". Un libro repleto de historias desgarradas, chocantes, asombrosas o conmovedoras, que ofrece además de buena escritura un excelente reflejo de la vasta y multiforme realidad latinoamericana.

Miembro del consejo editorial de Letras libres y biógrafo de fray Servando Teresa de Mier -el cura apóstol del independentismo novohispano-, autor de una Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1989) y de un Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005), Christopher Domínguez Michael es uno de los críticos literarios más prestigiosos de su país y un experto conocedor de la literatura mexicana contemporánea, pero los ensayos recogidos en El XIX en el XXI (Sexto Piso) vuelven la mirada a la Europa del siglo antepasado. Escritos a lo largo de dos décadas y parcialmente reunidos en volúmenes como La utopía de la hospitalidad (1993) o Toda suerte de ensayos paganos (2001), los textos se presentan agrupados en cuatro secciones referidas a Románticos, Reformadores, Decadentes y Casi contemporáneos, pero del título general se desprende que esto último puede aplicarse a todos ellos. Chateaubriand -cuyo Atala, por cierto, tradujo fray Servando- o Huysmans; De Quincey o Mary Shelley, Tolstói o Chéjov, Galdós o Valera -más alguna incursión en Melville o Henry James. El autor muestra una admirable familiaridad con las literaturas europeas, pero también el don de la síntesis reveladora y, no menos importante, grandes dosis de amenidad y entusiasmo.

Es muy de agradecer, en los duros tiempos que corren, que una pequeña editorial de provincias -aunque en nuestro mundo globalizado, para bien o para mal, esto último ya no quiere decir nada- mantenga una intensa actividad que se traduce en decenas de títulos valiosos de los que no tienen, por desgracia, gran visibilidad en los escaparates, aunque hayan ampliado gracias a internet su radio de influencia. De ello hace tiempo que dan ejemplo editores como Abelardo Linares, que publica en Renacimiento un número sorprendentemente alto de nuevos y viejos títulos todos los años, pero a los veteranos se han sumado sellos jóvenes como -para no salirnos del ámbito andaluz ni tampoco de la edición literaria- La isla de Siltolá, que dirige el gaditano Javier Sánchez Menéndez. En una de sus colecciones, bautizada con el tolkieniano o lewisiano título de Inklinks, han dado a conocer sus últimos libros los poetas José María Jurado y José Luis García Martín, a los que se añaden ahora los Nuevos ensayos en libertad de Antonio Colinas, autor de quien Siltolá ya había publicado el memorable poema La tumba negra acompañado de un estudio crítico de Francisco Aroca. Sobre el olivo o Pompeya o poetas como Leopardi, Rilke, JRJ y Pablo García Baena hablan algunos de los elegantes ensayos recogidos en el volumen, que contiene una hermosa y aleccionadora Carta a un joven lector de poesía.

diariodesevilla.es

martes, 28 de febrero de 2012

"Apareció el demonio y se metió en mi cama"

"Su Majestad es el autor de lo que escribo". Con palabras tan claras como éstas, la monja mexicana sor María de San José, nacida en 1656 y muerta en 1719, tomó la pluma para escribir su vida a instancias de su confesor y bajo la iluminación de Dios. Se trata de un fenómeno histórico-literario de amplio suceso en la España Moderna, a este y al otro lado del Atlántico.

Uno de los motivos que suelen invocarse para explicar la extensa serie de autobiografías espirituales femeninas, escritas en el mundo hispano durante los siglos XVI y XVII, es el estímulo ejercido por el Libro de la vida de Teresa de Jesús, sobre todo tras su edición impresa en 1588 por iniciativa de fray Luis de León. A partir de este momento la obra gozó de una notable difusión y fue lectura habitual en bastantes conventos femeninos, sobre todo en los monasterios de carmelitas descalzas fundados por ella. Distintas monjas así lo advirtieron al narrar sus vivencias y alguna que otra atribuyó su oficio de escritora a la inspiración recibida de la monja abulense. Fue el caso, por ejemplo, de Estefanía de la Encarnación, religiosa en el convento de Santa Clara de Lerma, quien comenzó a escribir su autobiografía, a la edad de 28 años, un día que sintió a su lado a la madre Teresa y ésta le dio la pluma.

La mediación de Teresa de Jesús, como la de Dios o la de otras figuras celestiales, es un tópico que se repite en muchos escritos autobiográficos de las religiosas del Siglo de Oro. Puede entenderse también como una estrategia legitimadora de la escritura, es decir, como un modo de aventurarse con ciertas garantías en un territorio que les estaba prácticamente vedado, en particular si lo que escribían concernía a cuestiones espirituales.

Como muestra un botón: en 1564, Isabel Ortíz, hija de un platero madrileño, fue encarcelada por haber escrito y pretendido dar a la imprenta un librico de doctrina cristiana. Uno de los varones llamados a testificar, el doctor Alonso de Balboa, a la sazón vicario general en la audiencia arzobispal de Alcalá de Henares, declaró ante los jueces inquisidores del tribunal de Toledo que él había prevenido a la religiosa para que no se metiera en esos menesteres, recordándole que “las mujeres no habían de saber más de hilar o labrar y hacer las haciendas de su casa”, en tanto que en materias de fe y escritura lo mejor era “callar y encomendarlos a Dios”.

En consecuencia, tomar la palabra en el espacio público, dominado hegemónicamente por los varones, implicaba una cierta forma de protesta contra la subordinación social y las discriminaciones impuestas por el sistema patriarcal, entre las que se hallaban los impedimentos que las mujeres tuvieron a la hora de instruirse. Así lo expuso, entre otras, la monja madrileña María de Cristo al comienzo de su autobiografía, concluida en el tercio final del siglo XVII: “a escribir no me enseñaron porque mi padre no quiso, que decía que las mujeres no habían menester saber escribir”. Menos mal que el Señor, nuevamente Dios, le dio “grandísima inclinación a ello”, guiándola en su aprendizaje: “yo muy acaso tomé un día la pluma en la mano y empecé a escribir como si hubiera muchos tiempos que lo ejercitara según la velocidad con que lo hice”.

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Con tantas adversidades, es lógico que las monjas autobiógrafas pretendieran cimentar su atrevimiento en el mandato divino. Sus manos pasaron a ser un instrumento al servicio de Dios, del mismo modo que sus cuerpos macerados expresaron los arrebatos místicos propios de una religión tan atormentada como aquélla de la Contrarreforma. Sin ésta, además, tampoco se entendería el contenido de las autobiografías espirituales femeninas. Decepcionantes en lo que afecta a la vida familiar previa al ingreso en el convento o a la cotidianeidad del monasterio, abundan, por el contrario, en el relato de las revelaciones, milagros, estigmas y todo el repertorio sobrenatural del éxtasis místico. No faltan, por supuesto, las más diversas tentaciones del diablo, como el apuesto joven que se le apareció a Ana de San Agustín, discípula de Teresa de Jesús, con el propósito de acostarse con ella: “De recién profesa, una noche se me apareció el demonio en forma de un hombre muy galán y fuese a meter en la cama donde yo estaba; yo me levanté y me fui con la prelada, diciéndola que tenía miedo, más no lo que me había pasado”. Aunque curiosos, conviene también precisar que muchos de estos relatos no siempre fueron exclusivos de cada monja, pues si algo define a este género de escritura es la repetición de similares experiencias en diferentes autobiografías.

La condición sobrenatural de muchas vivencias de las religiosas barrocas fue otra razón de peso en la proliferación de este tipo de escritos. Detrás de gran parte de ellos se encontraba el mandato de los confesores, quienes así podían reconocer la santidad de algunas monjas, convirtiéndolas en modelo para los demás, o poner el texto en manos de la Inquisición para que ésta actuara. En cuanto a esto, son bastantes las autobiografías espirituales que nacieron como respuesta a los interrogatorios del Santo Oficio e incluso algunas se escribieron entera o parcialmente entre los muros de alguna cárcel inquisitorial, como el memorial autobiográfico de la beata madrileña María Bautista.

Por su parte, María de Vela y Cueto, monja cisterciense en el convento de Santa Ana en Ávila, donde ingresó en 1576, escribió su autobiografía inducida por el confesor, interesado en discernir si sus visiones eran diabólicas o no. Y en la misma línea, Ana de San Agustín anotó en la suya que fue el padre Alonso de Jesús María quien le mandó escribir, durante una visita al convento, para saber lo que le pasaba en la oración, “para ver en lo que iba errada y mirar con celo el bien de mi alma, como prelado, los yerros y engaños que podía tener del demonio, y para darme luz”. Unos y otros aspectos dejan ver la tensión desde la que se escribieron muchos de estos textos, fruto de cierta transacción entre lo que podía decirse y cuanto convenía callar. En el plano gráfico, las huellas de los confesores se perciben, efectivamente, en muchos manuscritos, corregidos, anotados y censurados por ellos.

Dado que un número importante de las escritoras del Siglo de Oro fueron religiosas, no han faltado los estudiosos que han visto el convento como un espacio de libertad para las mujeres. Se ha alegado que entre los claustros las monjas pudieron eludir las tareas domésticas y otras imposiciones familiares, organizando el tiempo a su antojo y hallando el respiro necesario para leer y escribir, además de alcanzar una cierta independencia frente a las autoridades masculinas.

Estas afirmaciones, empero, puede que sean algo generosas con respecto a la realidad social y a los patrones ideológicos de aquella época. De algún modo minusvaloran el hecho de que la vida conventual también estaba sujeta a reglas y reproducía en su interior la jerarquía inherente a la sociedad estamental. Por ello, frente a la tesis del convento como un mundo de relaciones libres, tal vez sea más correcto entenderlo en términos de libertad vigilada y desigual, pues tampoco todas las monjas tuvieron las mismas oportunidades. Sostener que no siempre respetaron la voluntad de sus confesores, por más que algunas lo hicieran, contribuye a relajar la función coercitiva de la tutela y el control ejercido por los religiosos encargados de asistirlas en el plano espiritual. Como si se tratara de una llamada de atención ante interpretaciones tan generosas, conviene recordar que para la beata madrileña María de Orozco y Luján su confesor mereció el título de “Dios visible”, dando por sentado que su autoridad e intervención casi igualaban a la divina.

Antonio Castillo Gómez es profesor titular de Historia de la Cultura Escrita en la Universidad de Alcalá y autor, entre otros, del libro Entre la pluma y la pared. Una historia social de la escritura en los siglos de Oro (Akal).

El País

lunes, 27 de febrero de 2012

Examen de conciencia

Alain Minc ha tratado de responder a la pregunta de dónde están los intelectuales, reiterada con regularidad desde el inicio de la crisis económica y su progresiva transformación en crisis política y social. Lo ha hecho dando por descontada la respuesta, en el entendimiento de que la pregunta no traduce un verdadero interrogante sino una exclamación a medias furiosa y a medias decepcionada. En realidad, nadie espera que se le diga dónde están cuando, víctima del temor, pregunta por los intelectuales; lo que espera, por el contrario, es que se le confirme que no están. Pero, ¿no están porque han desertado o porque han dejado de existir?

En Una historia política de los intelectuales, Minc se inclina por esto último y, aunque circunscribe el fenómeno a Francia, el hecho de que fuera Francia el país donde nació la figura del escritor que aspira a convertirse en conciencia moral de su época invita a generalizar el diagnóstico de que hoy no es posible encontrar “hombres de letras —filósofos, novelistas, historiadores— que utilicen su fama para tener peso sobre los grandes temas políticos”. Y si no a generalizarlo, sí al menos a considerarlo como un signo precursor: si “la sociedad francesa ya no fabrica intelectuales a la antigua”, según afirma Minc, el tiempo en el que otras sociedades dejen de “fabricarlos” no debe de estar lejos. Entre otras razones porque las causas a las que apunta Minc no se circunscriben a la sociedad francesa sino que afectan a todas las sociedades, con mayor o menor intensidad.

“Ante desafíos dispersos”, escribe Minc refiriéndose, entre otras, a la defensa del medio ambiente, los derechos humanos o la regulación del capitalismo, “los combatientes se dispersan también. Los apasionados de una causa no son automáticamente los de otra causa, pues no existe ya ideología unificadora”. A ello habría que añadir, siempre según Minc, los efectos de las nuevas tecnologías y de la web, que describe como “un universo trepidante” en el que “no existe ya la primacía de la palabra famosa, ni canal vertical de difusión, ni autoridad implícita”. Minc no lo lamenta: “¡Qué felicidad! Una pizca de anarquía en el mundo de los grandes pensadores”. Como tampoco lamenta la ausencia de “una ideología unificadora”, causa última de una de las más flagrantes paradojas del siglo XX. Minc la formula entre signos de interrogación: “¿Por qué tantas mentes superiores acumularon tantos errores?”.

Como pormenorizado compendio de los errores a los que se refiere Minc cabría interpretar Conversaciones con Sartre, una sucesión cronológica de entrevistas con el filósofo mantenidas por John Gerassi entre 1970 y 1974. Gerassi, profesor, periodista y escritor comprometido en el estilo sartreano, salta en sus preguntas de los asuntos privados a las grandes cuestiones políticas, pasando por la literatura y el arte. El Sartre que se perfila en estas Conversaciones no es el hombre de letras y el activista revolucionario, sino el intelectual en sus circunstancias, en todas sus circunstancias.

Sartre habla en todo momento como si estuviese a la espera de que triunfe su fe única e indestructible

Gerassi pregunta a Sartre por su infancia, su horario de trabajo, su trato con las “amantes contingentes” como satélites alrededor de la “relación necesaria” encarnada por Beauvoir. En el Sartre que va perfilando Gerassi, el intelectual se confunde con el escolástico que reinterpreta una y otra vez su fe única e indestructible para ponerla a salvo de las exigencias más elementales de la moral y también de los categóricos desmentidos de la realidad, tanto en su vida privada como en sus juicios sobre los acontecimientos colectivos.

Sartre habla en todo momento como si estuviese a la espera de que triunfe su fe única e indestructible, como si el suyo fuera un tiempo de prórroga en el que lo viejo agoniza y lo nuevo lanza destellos en puntos alejados del mundo y a través de fenómenos que no parecen guardar relación entre sí. Si el inteletual sirve para algo, parece decir Sartre, es para trazar el dibujo que esconden esos puntos aislados y para recordar que ese dibujo coincide con el que propone, cómo no, su fe única e indestructible. Para recordárselo, por ejemplo, a los alemanes de la República Federal que veían con espanto los crímenes de la banda Baader-Meinhof, una “organización revolucionaria violenta” que, para Sartre, “no ha matado ni a un solo inocente” y que “únicamente acorralaba a los cerdos viciosos de su sociedad, y a los coroneles estadounidenses que los adulaban”.

Evelyn Juers y Paul Berman ofrecen una respuesta distinta de la de Minc y la de John Gerassi a la pregunta de dónde están los intelectuales. De las Conversaciones con Sartre podría extraerse la conclusión de que los intelectuales, algunos intelectuales, legitimaron la barbarie sin llegar a padecerla. A través de la peripecia política y biográfica de Heinrich Mann y Nelly Kröger, Juers ofrece en La casa del exilio un panorama de los escritores perseguidos que encontraron refugio en Estados Unidos mientras Europa se desangraba. Las dificultades materiales a las que se enfrentan son las de cualquier exiliado, solo que, en su caso, el desamparo se ve multiplicado al perder el público que entiende la lengua en la que se expresan.

En cuanto a Berman, no cree como Minc que los intelectuales hayan dejado de existir; para Berman, han desertado, han huido, como sostiene desde el título. Han desertado al menos a la hora de luchar contra el terrorismo islamista, y por eso Berman los acusa de condescender irresponsablemente con un nuevo fascismo. Berman no advierte, sin embargo, que su aproximación podría estar reiterando los errores de quienes levantaron por única bandera la del antifascismo; es decir, los mismos errores de los que dan cuenta los ensayos de Minc y de Gerassi.

Una historia política de los intelectuales. Alain Minc. Traducción de Mónica Rubio. Duomo Perímetro. Barcelona, 2012. 487 páginas. 24 euros. Conversaciones con Sartre. John Gerassi. Traducción de Palmira Feixas. Sexto Piso. Madrid, 2012. 508 páginas. 26 euros. La casa del exilio. Evelyn Juers. Traducción de Verónica Fernández-Muro. Circe. Barcelona, 2012. 416 páginas. 22 euros. La huida de los intelectuales. Paul Berman. Traducción de Juanjo Estrella. Duomo. Barcelona, 2012. 284 páginas (sale el 9 de abril).

El País

domingo, 26 de febrero de 2012

"La literatura actúa a la inversa que los totalitarismos: salva al individuo"

Aunque reside en Alemania desde mediados de los 80, Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha continuado inspirándose en su tierra: su obra, una de las producciones más serias de la literatura española, posee esa autenticidad, esa sobria emoción, que caracteriza a los relatos que vuelven la mirada a los paisajes conocidos. Si en Los peces de la amargura, uno de sus títulos más celebrados, exploraba la repercusión en personas concretas de las acciones de una banda terrorista, ahora describe en Años lentos, la novela con la que ha conseguido el Premio Tusquets, cómo era la vida en un barrio modesto de las afueras de San Sebastián en los últimos tiempos del franquismo.

Desde el principio de la historia una voz se dirige al "señor Aramburu" para dejar claro al lector que Años lentos no es exactamente un proyecto de corte autobiográfico. "Ese personaje, como yo, asiste siendo un niño a la realidad de aquel tiempo, en un lugar en el que yo también viví", admite Aramburu. "Decidido esto, no tuve más que abrir el cajón de los recuerdos y sacar todo lo que me pareció aprovechable para la novela, que no fue poco. Pero lo hice con la intención de escribir ficción, no con el afán de contar mi propia vida", manifiesta el novelista.

Aunque Aramburu no oculta su temor a que sus propuestas se juzguen, desde una óptica reduccionista, como un mero testimonio de esa conflictiva realidad del País Vasco -"yo no pongo a actuar temas, eso no me lo permite la literatura; yo cuento las vivencias de unos personajes en un entorno determinado", afirma rebelándose ante esa perspectiva-, entre los asuntos que trata la novela destacan los "primeros síntomas de la acción armada". Julen, el primo del protagonista, se embarcará en ETA gracias al adoctrinamiento del cura de la parroquia, que ha educado a sus pupilos en la causa nacionalista. Aramburu matiza que "no me gusta hablar de la Iglesia como un ser uniforme, como si todos los miembros fueran en la misma dirección, porque no es verdad". En su retentiva hay "sacerdotes muy generosos, que realmente practicaban el amor al prójimo y la humildad", y otros "que antepusieron otra ideología a, digamos, la difusión de la palabra del Señor. Existieron figuras como el sacerdote que retrato, alguien con gran influencia en los jóvenes, que inculcaba no sólo la fe cristiana, también ciertas ideologías".

Pero el autor de Viaje con Clara por Alemania señala que en Años lentos hay cabida para "bastante más" que la trastienda de los orígenes de ETA. Aramburu lamenta que "de la protagonista femenina se hable poco", porque entre los propósitos de su obra estaba "mostrar cómo era ser mujer en aquella época", tiempos adversos en los que la decencia preocupaba más que la felicidad. Estremecen, en este sentido, los primitivos intentos para que aborte la prima del protagonista: chapoteos en una bañera de agua recién hervida, irrigaciones vaginales de agua con jabón, lejía o sal, agujas de hacer punto... "En aquellos años, los 60, era una catástrofe para una familia que una chica se quedara embarazada. Era la comidilla del barrio, incluso había cierta alegría maligna en otros vecinos. Y para la chica suponía una vergüenza", rememora.

En algunas de las páginas de Años lentos, Aramburu completa la narración con apuntes propios en los quese cuestiona sobre el destino de los personajes o el avance de su novela, un apartado en el que el escritor se enfrenta a una vieja culpa. "Recuerdo que en mi barrio corrió el rumor de que determinado vecino era un confidente de la policía. Nunca se demostró, pero la mayoría dejó de dirigir la palabra a este hombre. Y los niños nos contagiamos de esto", cuenta. El desprecio que Aramburu hizo a aquel tipo negándole el saludo "pesaba" en su conciencia. "Me pareció que, aunque ese hombre ya no viviese, merecía una disculpa. Sólo por eso había que hacer el libro", asegura. Al fin y al cabo, la literatura "pone en marcha un proceso contrario a los totalitarismos, que anulan la indivualidad, donde no hay lugar para el matiz, para la disidencia. Y cuando uno levanta una novela actúa a la inversa: con ella intentas salvaguardar al ser humano, darle rasgos propios, pensamientos propios, dentro de un contexto social".

Aramburu se siente parte de un linaje, se pone con modestia "como un enanito detrás de una tradición muy grande": el jurado del Premio Tusquets celebró su novela como una "narración dikensiana". De Dickens le fascinan su "compasión por el ser humano, su lucha por la vida, su combinación entre la tragedia y el humor. Es muy hábil para no sucumbir al patetismo".

diariodesevilla.es

sábado, 25 de febrero de 2012

“Leer es un gesto de insatisfacción”

“Gabilondo hablando es un peligro”. Lo dice Ángel Gabilondo de su hermano mayor, Iñaki, que, como él, nació en San Sebastián pero siete años antes, en 1942. El pequeño, solo de edad, ha vuelto a su Cátedra de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid tras ejercer dos años como ministro de Educación y acaba de publicar un ensayo de título inequívoco: Darse a la lectura (RBA). En una sala de reuniones de la cadena Ser y con el libro delante, Iñaki Gabilondo pregunta si puede preguntar.

Iñaki Gabilondo. ¿Has podido leer durante tu tiempo en el Gobierno?

Ángel Gabilondo. Ya no dormimos las mismas horas que cuando se dormía. Eso sí, lees un poco a brincos, con otras inquietudes. Y tiene su peligro: leer siempre algo que sea rentable para hablar. Es el problema de tener una tribuna pública, sea un cargo o un blog: buscar rentabilidad inmediata, una idea, una frase que puedas citar… Hay que tener mucho cuidado con lo que uno lee.

I. G. Leyendo corres el peligro de ser otro, de cambiar de ideas…

A. G. Leer es un gesto de insatisfacción. Se lee porque hay algo que no acaba de ir bien. La gente que no duda es peligrosa. Lo mismo que dudar a lo tonto. Dudar no puede ser una coartada para no decidir. No se puede decir: cerrado por reflexión. Hay que intervenir en la incertidumbre. Ese es el espacio de la política.

P. Que no lo sepa la oposición.

A. G. Gobernar es preferir, y decir que has elegido lo preferible sí debe saberlo la oposición. Siempre prefieres desde muchos lugares: tu ideología, tu forma de vida… En las preferencias se delatan las convicciones. Por eso no da lo mismo una cosa que otra.

P. Darse a la lectura reivindica la austeridad, la paciencia, el estudio, la concentración, el retiro… nada que esté de moda. ¿Leer es hoy un acto revolucionario?

A. G. Por lo menos es un acto rebelde. Rebeldía significa sobreponerse a los valores dominantes y proponer alternativas. No sé de dónde vienen las ideas, pero a mí me vienen de las palabras, de palabras que traen otros. Eso exige un cierto retiro y silencio.

I. G. Por ahí circula esa teoría de que una cosas es el hacer —lo útil— y otra el leer -lo inútil-. Leer parece escapista. Como se dice en el libro: tenemos muchas cosas que hacer; ahora solo nos falta saber qué. Este es uno de los rasgos de este tiempo tan convulso. No paramos de correr como gallos sin cabeza. Ángel toca un punto neurálgico del desconcierto actual. Detengámonos a pensar.

A. G. Yo relaciono pensar y leer porque pensar no es sentarse y apretar los ojos. El pensamiento siempre es una conversación. Necesito de los otros para pensar. No hay ideas aisladas. Una idea es una relación. Y una palabra.

I. G. Sorprende cómo ha cuajado la idea de leer como perder el tiempo, cuando es la no aceptación de tu tiempo como el único posible lo que te lanza a leer. Al leer conquistas todos los tiempos: el de los que te precedieron, el de gente a la que no has podido conocer… el amor al libro es amor a la vida más allá de la tuya.

P. ¿Y cómo se transmite el gusto por la lectura? En España los índices siguen siendo bajos.

A. G. Por contagio. Y contagio es contacto. Como decía Deleuze, un maestro no es el que ordena “hazlo como yo” sino el que dice “hazlo conmigo”. La pasión es muy contagiosa. Hay que pensar qué tipo de textos son los adecuados para cada edad. Y, como hacemos con las películas, hablar y hablar de libros.

P. El tiempo que les quede.

I. G. No sirve hacer una apología del libro sin una mirada sobre el valor de la reflexión.

A. G. Es cierto, pero me inquieta que tengamos tendencia a ver la falta de valores en los jóvenes sin tener claro que se los transmitimos diariamente con nuestra forma de vivir. Ellos miran en su entorno y ¿qué ven?

I. G. Corremos el riesgo de defender viejos formatos negando todo lo nuevo, que en principio sería lo progresista. Yo lo conecto mucho más con una visión de la vida y no con el hecho de que los chicos lean o no, porque terminarán por hacerlo. Si tuvieran una mirada distinta sobre la realidad no me preocuparía. Lo que me inquieta no es que se estén alejando de la lectura como nosotros la hemos conocido sino de cualquier transformación que pueda venir del mundo intelectual.

A. G. Es importante transmitir algo para poder destruirlo. La no transmisión del conocimiento genera resentimiento social. Incluso para ser original necesitas que se te transmita el conocimiento. Solo se puede ser diferente en comunidad; si no, se es indiferente.

I. G. Si no importa qué pasó antes que tú, lo de leer importa menos todavía. Lo preocupante es que se está desdeñando todo eso, no el modo de leer.

P. ¿Leer en una pantalla permite menos concentración?

A. G. Tal vez se inaugure una nueva forma de leer, que es una nueva forma de pensar y tal vez una nueva forma de vivir. No hay que satanizarlo, porque si empezamos ahora a hacer discursos contra el ferrocarril… El nuevo concepto de lectura implica un nuevo concepto de relación y de comunidad. Y ahí es donde debemos tener alguna inquietud, porque puede que haya transmisión de información pero no comunicación. ¿Hoy hay más comunicación que nunca? Es discutible. Eso sí, nace una nueva concepción de lo que significa leer. Antes era una visión interiorista que llevaba su tiempo y casi su espacio. Ahora parece más una intervención. El problema confundir las actividades con las acciones. Hay mucho trasiego en la Red, ¿eso significa que hay mucha acción? A veces es un sucedáneo, incluso una coartada para no actuar.

I. G. Lo común cada vez interesa menos. La lectura tiene poco porvenir si no te importa lo común. Para que te importe un libro también te tienen que importar los demás.

El País

viernes, 24 de febrero de 2012

El mundo editorial puja por la nueva novela para adultos de J. K. Rowling

La puja por editar la primera novela para adultos de J. K. Rowling en el mundo ha empezado. Y en España están detrás de ella Salamandra (su sello actual), Planeta, Plaza y Janés y Suma de Letras (de Santillana). Aunque Salamandra, la editorial que ha publicado la saga de Harry Potter desde el comienzo, tendría la primera opción, no tiene nada seguro. “Estoy esperando la propuesta del agente sobre cómo procederán en España”, afirma Sigrid Kraus, editora del sello español. “Sé que nos tienen en consideración porque están contentos con nosotros, pero también soy consciente de que hay otras editoriales interesadas”, añade.

Y está en lo cierto. La cartografía de las casas Rowling en el mundo cambiará. La euforia por la primera novela para adultos de la autora británica se ha desatado luego de que ella anunciara el jueves en un comunicado un nuevo libro y, sobre todo, el cambio de registro. Lo que, además, anuncia en su página web donde dice que más detalles se conocerán a finales de año; reconoce que se lo ha pasado muy bien con las historias de Harry Potter pero que lo próximo no se parecerá en nada.

Esta mañana las editoriales empezaron sus acercamientos a la agencia de la autora: The Blair partnership. Si Rowling rompió con Bloomsbury, la editorial británica que creyó en su niño mago desde 1997, al cambiarla en su nuevo proyecto por Little, Brown, cualquier cosa puede ocurrir.

Las ofertas no han hecho más que empezar. Aunque todavía no hay material para leer ni cantidad inicial con la que abrir la subasta. Todo se está haciendo a ciegas, basados en el prestigio y potencial de la escritora, que ha vendido más de 400 millones de ejemplares de las siete partes de Harry Potter. Se desconoce la estrategia de la agencia de Rowling. En España editoriales como Planeta, Suma de Letras y Plaza y Janés (del grupo Random House Mondadori) están interesadas en los derechos para todo el mundo hispanohablante.

“Estamos empezando a pensar de qué manera podemos obtener los derechos”, asegura Pablo Álvarez, editor de Suma de Letras. Uno de sus argumentos es que esta editorial tiene ya una trayectoria de importantes autores que han cambiado de registro, como la estadounidense Stephenie Meyer que pasó del mundo juvenil de Crespúculo al adulto con La huésped; o el director de cine mexicano Guillermo del Toro con el debut literario de su trilogía Nocturna; o escritoras con grandes ventas como la australiana Kate Morton (El jardín olvidado y Las horas distantes). “Esperamos que esta experiencia de estar trabajando con estos autores y en la nueva línea que seguirá Rowling sea tenida en cuenta”.

Hasta ahora no hay mucha información, además de que el libro estaría listo para finales de año. “Si en el Reino Unido se ha cambiado de editorial puede cambiar en otros países”, dice Marcela Serras, directora adjunta de editorial Planeta. “Ya hemos mostrado nuestro interés y ahora estamos a la espera de que la agencia nos dé más información, o algo más concreto, para poder ajustar la oferta”. Serras recuerda que no hay subastas iguales. “Pero esperamos que en algún momento haya un manuscrito”. Tampoco hay una fecha, y si esto se desarrolla de manera normal habrá unos plazos para que todos presenten sus ofertas. La de Planeta es para el mundo en español y en catalán a través de Edicions 62, el sello que edita actualmente a Harry Potter en esa lengua.

Ahora todos esperan que J. K. Rowling y su agencia The Blair partnership abran el juego.

El Pais

Swift, clérigo y moralista

Dos siglos antes, sir Francis Bacon, un brillante y expeditivo Lord Verulam, ya había puesto en práctica cierta industrialización de la miseria, exportando mendigos a ultramar, convertidos en galeotes, y despoblando los bosques de Inglaterra (los viejos bosques de Arturo y Robin Hood), donde hasta entonces habían hallado alimento y cobijo. A primeros del XVIII, el deán de San Patricio propone una mejora para las tierras de Irlanda: no se trata de trasladar la mendicidad y la hambruna a las nuevas colonias, sino de convertirla, milagrosamente, en una industria cárnica, como el cerdo de York o la ternera de Gales. Ése es el origen -satírico, obviamente- de Una humilde propuesta, escrito panfletario firmado por Jonathan Swift en 1729, a la manera de aquellos memoriales que el Siglo de Oro y el reformismo ilustrado dirigieron a la atención y el criterio de los monarcas.

Tres años antes, en 1726, Swift había publicado Los viajes de Gulliver, asombrosa novela donde la diferente escala de los hombres convertía la pompa regia, el afán de eternidad, en una ridícula forma de prestigio. En Una humilde propuesta, la conversión de los niños pobres en alimento para los ricos, presentada con cálculos minuciosos y un razonado plan de producción, no hará sino señalar, con lacerante humorismo, la aciaga situación de un campesinado exahusto, gravado hasta la medicidad por los terratenientes insulares. A esta indudable mejora, Swift añadía la ventaja de acabar con los papistas de Irlanda, muy numerosos entre la pobre gente de aquellos reinos. Ya que no podemos acabar con los privilegios de la nobleza -concluye amargamente Swift-, acabemos con sus deplorables consecuencias: basta convertir al antiguo mendigo en audaz empresario de su propia ganadería humana. Conocida la historia del XX, la lectura de Una humilde propuesta suscita un profundo y duradero, un pavoroso escalofrío.

diariodesevillas.es

jueves, 23 de febrero de 2012

Libros: la adicción que invade Hollywood

Johnny Depp es un asiduo. Lo mismo que su ídolo, Keith Richard, o su amigo, Nicolas Cage. Brad Pitt también es otro habitual y en cuanto Whoopi Goldberg se suma al acto, los congregados se frotan las manos con el dinero que harán en la feria. Lo mismo ocurre con Madonna, Jay Leno o Daniel Radcliffe por citar algunos personajes. Todos ellos tienen algo en común además de su fama y de sus abultadas cuentas corrientes: su adicción por los libros.

Eso sí, no se trata de ejemplares corrientes y vulgares. Su entusiasmo les lleva más lejos, por ejemplo, hasta la feria de anticuarios especializados en el mundo del libro que se ha celebrado recientemente en Pasadena (California), un foro en el que solo se encuentran obras descatalogadas, primeras ediciones, manuscritos originales o volúmenes agotados que muchos consideraban perdidos en el tiempo.

Es ahí por donde Pitt se paseó vestido con un chándal para no llamar tanto la atención y poder curiosear y comprar principalmente libros sobre arquitectura, su pasión. Los mismos pasillos que recorrió la productora Kathleen Kennedy, amante de los cuadernos de viaje de los exploradores, o el actor Steve Martin, también escritor y amante del arte con mayúsculas.

Cada uno tiene sus vicios. Y Depp tiene unos gustos claros, caros y muy amplios a la vez que bien definidos. Porque la estrella de Piratas del Caribe parece seguir los pasos del personaje que interpretó en La novena puerta dada su pasión por los libros. “No se trata sólo de una primera edición. Tiene muchas. De T.S. Elliot, de Rimbaud, Las flores del mar de Baudelaire”, explicó admirado el realizador Bruce Robinson, quien tras trabajar junto a Depp en The rum diary (El diario de ron, que todavía no se ha estrenado en España) y visitar la casa del actor en el sur de Francia se encontró en su maleta con un sorprendente regalo, una primera edición de un libro de poesía francesa.

Whoopi Goldberg convierte una mala feria en una buena", asegura un experto bibliófilo

Las preferencias de Depp también incluyen al poeta galés Dylan Thomas o al maestro del terror, Edgar Allan Poe, de quien posee una primera edición de Cuentos de misterio e imaginación que fue la envidia de Vincent Price cuando ambos actores entablaron amistad en la época de Eduardo manostijeras. Pero entre todos los autores que comparten su biblioteca, nadie le gusta tanto como los de la generación Beat y en especial su maestro, Jack Kerouac. Por él, Depp viajó hasta Lowell (Massachusetts, EEUU) para visitar la casa del autor de En el camino. Y de él posee no sólo algunas de sus cartas y manuscritos originales sino su última máquina de escribir.

Lo dicho, cada uno tiene sus manías; y si Cage fue quien le inculcó el gusanillo bibliófilo no fue así con el gusto. Al protagonista de La búsqueda lo que le van son los cómics, como ese número uno robado y hallado de Action comics, la primera aparición de Superman, vendido el pasado año en una subasta por 1,6 millones de euros. A Cage también le interesaba J. D. Salinger, cuya obra El guardián en el centeno, le sirvió para ganarse el corazón de la que fue su primera esposa, Patricia Arquette, a quien entregó una primera edición como prueba de su amor.

En el caso de Pitt, además de los libros de arquitectura y fotografía, pasiones que en su caso añadieron fuego a su separación de Jennifer Aniston, el candidato al Oscar por Moneyball también comparte el amor por Salinger y Kerouac, pagando además miles de dólares por una primera edición de algunos de los títulos más conocidos de Cormac McCarthy, autor de No es país para viejos y La carretera. “Yo no puedo ir a Heritage sin comprar algo. Es como mi iglesia”, comentó recientemente la actriz Sarah Michelle Gellar en referencia a una de las casas de antigüedades y subastas más conocidas de Los Ángeles que ofrece un amplio catálogo de obra impresa.

No es una moda actual como saben los bibliófilos que citan al libretista Jerome Kern como uno de los primeros ratones de biblioteca de Hollywood. El compositor de Old man river fue célebre por poseer una copia de La reina Mab: un poema filosófico de la propia Mary Shelley, valorado ya en 1920 en 4.600 euros.

Sin embargo no siempre la compra de libros está unida al coleccionismo. Son muchos los rodajes que recurren a estas ferias del libro antiguo como fuente de información. O los agentes que encuentran en estos incunables ese objeto único con el que agasajar a sus clientes o con el que borrar las dudas de un actor a la hora de aceptar un proyecto. Como indicó recientemente un librero, es un sano cambio sociológico “ver que la industria regala libros”. Un cambio en los gustos pero no en los precios.

John Larroquette, amante de la obra de Samuel Beckett, admite sin reserva que cuenta con libros valorados en más de 15.300 euros. Y la proximidad de los Oscar no hace más que avivar el fuego con un candidato que permanecerá anónimo comprando en la última feria de Pasadena un libro de 95.700 euros, una ganga después de que el anterior volumen que compró al mismo librero tuvo un valor de 153.000 euros. “Whoopi Goldberg transforma una mala feria en una bonanza”, asegura uno de esos locos por los libros en la página Bookride.

Goldberg sigue los gustos de otro coleccionista y actor como Bill Cosby, amante de la literatura afroamericana y que cuenta en su colección con la primera edición del libro de poemas de Phillis Wheatley, la primera escritora negra que publicó en Estados Unidos.

Al igual que Depp, a Cosby le gusta utilizar el término de guardián más que el de coleccionista, decidido a preservar esta parte de la cultura estadounidense. “A mí me llaman acaparador de alto copete”, bromeó el realizador Brett Ratner, un gran comprador de libros de fotografía, en especial del estadounidense Robert Frank de quien posee tres copias de la primera edición de Los americanos.

Otros, como Madonna, no compran libros que no puedan leer y aunque a la chica material le apasiona Hildegard von Bingen, no tiene copias de su obra en latín, idioma de sus composiciones medievales, porque no sabe leerlos.

El País

miércoles, 22 de febrero de 2012

Los escritores misteriosos

Hay grandes maestros en la novela y en el campo de la poesía de todos los tiempos. Maestros reconocidos con obras perdurables. Homero con Virgilio, Cervantes con Shakespeare compiten por milímetros de diferencia en la cantidad de gloria alcanzada durante siglos. Entre Balzac y Dickens ocurre otro tanto. ¿Pero podría un escritor como el francés Marcel Schwob, por citar un ejemplo incontestable de literatura marginal competir con todos ellos por un lugar de honor en la memoria literaria del mundo? Un lugar tiene pero tan pequeño, que no sólo puede osar arrebatarle a ninguno de aquellos maestros una fracción de segundos de atención sino que es hasta posible que no falten quienes lo consideren un producto de la genial inventiva de Borges. Precisamente estos días sale a la venta El libro de Monell, libro del que Borges tantas maravillas nos habló. Porque Schwob no sólo no es un invento suyo sino que sin él (y otros pocos, más la Enciclopedia Británica, según exponía en un ensayo Alan Pauls), hoy no concebiríamos la obra del maestro argentino como la concebimos. Marcel Schwob es un hoy un famoso desconocido: un escritor secreto, como esa hueste de ilustres desconocidos que tanto venera y difunde Enrique Vila-Matas como parte constitutiva de su programa estético.

En todas las lenguas del planeta hay escritores de relevante personalidad literaria que sobreviven en los márgenes de sus respectivas literaturas. Más o menos torturados o atormentados por indescifrables aflicciones, son la metáfora contraria de la empalagosa cuando no casi ofensiva presencialidad, esa enfermedad tan sofocante de nuestra contemporaneidad. Almas errantes de la ficción que transitan con más pena que gloria, aunque ésta no les falte entre los entendidos, tan contados e invisibles como sus ignotos admirados. La mayoría de ellos colaboraron con la naturaleza de su personalidad o la de su obra (o las dos a la vez), a mantenerse al margen del mundanal ruido de la celebridad literaria. Transitaron, como si lo hicieran en un confortable abismo, huidizos, fugaces y desconfiados. (Algunos, rechazados, o misteriosos a la fuerza, como lo fue durante unos años nada más ni nada menos que Juan Rulfo, o el cubano Virgilio Piñera). En las letras de habla española, de un lado y otro del Atlántico, también abunda esta especie rara, no sé si en peligro de extinción. El fenómeno literario conocido en España, durante la década de los sesenta y parte de los setenta, como el boom, dejó en el olvido a grandes novelistas. ¿Quién se acuerda hoy de Eloy, esa joyita literaria del chileno Carlos Droguett? ¿Cuántos lectores puntuales de la última novela del premio Nobel Mario Vargas Llosa o García Márquez podrían citar dos libros del uruguayo Felisberto Hernández, o uno, uno solo, del argentino Macedonio Fernández? El también argentino Fogwill tuvo un poco más de suerte casi al final de su vida (fallecido el año pasado): la edición de sus libros en nuestro país lo situó con absoluto derecho al lado de sus consagrados compatriotas Ricardo Piglia y César Aira. Pero sólo porque alguien lo rescató del casi anonimato maldito en que sobrevivía, eso sí, orgulloso y seguro de su valía.

En España, exactamente en 1974, se publicó una novela que pasó prácticamente inadvertida. Se trata de Escuela de mandarines, del escritor murciano Miguel Espinosa (1926-1982). Redescubierta (o sencillamente descubierta con unos cuantos años de retraso) en los años ochenta, se supo de una obra anclada en unos presupuestos narrativos muy pocos afines con los estándares al uso de esos años. Era sencillamente una novela como nacida de la nada, sin tradición reconocida, iconoclasta y pletórica de una riqueza y una libertad literarias hasta ese momento desconocidas en nuestro arte de la ficción. En la década de los noventa, con carácter póstumo, se publica otra novela suya, La fea burguesía, título (y fondo) de inequívoco perfume buñuelesco. Quien sigue sus pasos en similar secretismo es el escritor gallego Julián Ríos (1945), aunque nunca dejó de publicar. Se conocía una novela titulada Larva.

Se conocía más este título que su autor. Siguiendo la estela intraducible de Finnegans Wake de James Joyce, Julián Ríos escribió el libro probablemente más carnavalesco de la literatura española, carnavalesco, aunque no sabría decir si exactamente como nos enseñó que lo fue Gargantúa y Pantagruel, el gran estudioso ruso Bajtin. Ríos sigue publicando, pero es difícil tener alguna referencia suya fuera de su labor literaria: como si siguiera siendo ese desconocido autor de la famosa Larva. Más preguntas, esta vez respecto a dos poetas: ¿alguien conocía la obra de Juan Larrea (Bilbao, 1895-Córdoba, Argentina, 1980) probablemente uno de los más importantes entre los poetas y ensayistas vanguardistas españoles? Y cuando al principio de los años setenta, comenzó a hablarse de un escritor recogido en su anonimato valenciano llamado Juan Gil Albert (1904-1994): ¿quién sabía de su existencia? Tuvo que ser la edición de 1974 de Crónica general, su autobiografía en prosa, la que nos pusiera sobre la pista de un autor esencial, que dicho sea de paso, nunca dejó de escribir y publicar desde que regresara de su exilio en 1947.

Si hay en la otra orilla un escritor maldito por excelencia este es el argentino Osvaldo Lamborghini (Necochea, 1940-Barcelona, 1985). Autor de referencia en ese corte entre la tradición que representa Jorge Luis Borges y las nuevas corrientes que ven en su estética la llamada a un nuevo paradigma de representación novelística. De alguna manera, Lamborghini (como también, aunque en otra tesitura formal, podríamos incluir al también argentino Néstor Sánchez, de quien RBA acaba de editar Nosotros dos-Siberia blues), satisface el afán supremo de los más insurgentes enemigos del mercado literario: escribir en orgullosa soledad, como exigía Roberto Arlt. O como anhela Damián Tabarovsky en su poética de radical extraterritorialidad: para ningún público. La verdadera maldición, la bendita maldición de la auténtica literatura sería escribir el Libro sin autor. La Novela sin pasado ni futuro, donde el autor es un accidente del azar, un pobre tipo escrito por un libro. Por El Libro.

El País

martes, 21 de febrero de 2012

La honradez de Dickens

¡Por cuántas cosas merece ser celebrado Charles Dickens en el bicentenario de su nacimiento! Su obra enorme y vigorosa ridiculiza gloriosamente la manía de jerarquizar la cultura “seria” por encima de la “popular” o “comercial”. Nadie fue más devoradoramente popular que él y nadie influyó tanto en lo más respetable de la literatura anglosajona posterior: después de Shakespeare, solo él. En sus novelas el arte narrativo combina el afán de justicia con la compasión y el optimismo, los ingredientes necesarios de la perspectiva moral. Fue un moralista, pero no en el sentido francés del término, que se refiere más bien a una forma de cinismo cultivado y desmitificador. Aún más insólito: su moralismo literario logró efectivamente moralizar aspectos de la sociedad en que vivió, llena de rutinas despiadadas como las ejecuciones capitales ante el público, la cárcel por deudas…Todos los buenos escritores mejoran la literatura, pero muy pocos logran también que el mundo cotidiano sea después de ellos algo mejor. Dickens lo consiguió, por mucho que los burlones antes y ahora se encojan escépticamente de hombros ante su populismo sentimental.

Sin embargo, las glosas laudatorias que hoy se le dedican olvidan o menosprecian aquel de sus combates éticos más actual: su lucha contra la piratería que conculca los derechos de autor. Las circunstancias de entonces eran diferentes, pero en lo esencial sigue pudiendo servirnos de inspiración. Recodemos el asunto. A mediados del siglo XIX, en el apogeo de su éxito, Dickens viajó por primera vez a los Estados Unidos, dónde se le esperaba con entusiasmo. En la primera gran república democrática le consideraban adalid del progreso y la igualdad contra los privilegios aristocráticos de la vieja monarquía inglesa, corrupta y clasista. Pero Dickens era honrado y por tanto enseguida decepcionó: en lugar de centrar sus conferencias en la corrupción de los aristócratas en Inglaterra las dedicó a hablar de la corrupción de los demócratas en Estados Unidos. El blanco de sus críticas fueron las leyes sobre el copyright que permitían en América piratear (la expresión es suya) las obras de autores ingleses.

Como evidentemente él era con mucho el mayor damnificado, de inmediato le llovieron las críticas por "interesado" y "avaricioso". No se arredró. Deploró clamorosamente que en la tierra de la libertad no la hubiera en absoluto para hablar de un tema controvertido, sobre el que callaban sus colegas y amigos yanquis como Washington Irving o Prescott. Le hervía la sangre (también son palabras suyas) al comprobar el silencio o la animadversión que despertaba entre los asistentes a los banquetes que le tributaban en cuanto mencionaba el tema de esa flagrante injusticia. ¿Le tachaban de interesado? Pues a mucha honra. Los predicadores del desinterés son a menudo subvencionados o ricos por su casa. Pero Dickens había conocido la miseria en su infancia y su adolescencia: no defendía a los pobres porque despreciase la abundancia sino porque estaba familiarizado con la humillación de la pobreza. Frente al falso idealismo de los aprovechados defendía el sano materialismo de los trabajadores. Y no se avergonzaba de hablar de dinero. Como señala con simpatía Chesterton en su excelente retrato del escritor (Charles Dickens, Pre-Textos): “Reclamaba su dinero en un tono valeroso y vibrante, como un hombre que reclama su honor”.

Así se enfrentó a la opinión pública, que no siempre tiene razón pero cuenta con la ventaja de la mayoría. Y es que los creadores de cultura siempre son minoría frente a los que la consumen y disfrutan, sea en aquel siglo o en el nuestro. Hagan la prueba hoy: condenen la corrupción de los políticos o de los banqueros y la masa asentirá satisfecha; condenen la corrupción de los internautas sin escrúpulos y se ganarán un abucheo. Pero arriesgarse a caer antipático es lo que distingue al que habla de moral del mero apóstol de la moralina. También por esta muestra de impávida decencia debemos hoy celebrar a Dickens.

El País

lunes, 20 de febrero de 2012

El libro como campo de batalla

Dos viajeras se mueven por separado dentro de una estación de trenes. La primera busca una conjunción de carteles indicativos grises y verdes, que encuentra rápidamente; en los paneles localiza una flecha dirigida hacia abajo y lee el mensaje adjunto. Como preveía, las palabras hacen referencia a los andenes de partida de los trenes. La segunda viajera, después de un largo viaje en tren, desea tomar un taxi. Persigue con los ojos un letrero que rece “salida” y a los pocos segundos divisa un grupo de paneles donde se halla el mensaje deseado. Junto a él, sorprendida, encuentra el dibujo de un taxi visto de frente. Ya completamente segura, se dirige a la dirección indicada por la flecha junto al taxi.

La diferencia entre estas dos viajeras reside en la habitualidad del tránsito. La primera es una viajera frecuente y conoce la señalética de memoria, mientras que la segunda necesita contrastar varias veces la información. Sin embargo, ambas están acostumbradas a desentrañar mensajes emitidos mezclando palabras e imágenes. Son viajeras distintas, pero ambas son lectoespectadoras. Las dos han distinguido a la perfección los paneles informativos entre los numerosos anuncios publicitarios que pueblan el inmenso hall del edificio de forma casi inconsciente, mediante un vistazo al conjunto textovisual (suma de imágenes y textos) de la estación. Sus cerebros han seleccionado automáticamente el grupo de letras y signos que componen la información institucional, descartando la publicidad (aunque ambas podrían después responder a la pregunta de si había o no tal cadena de comida rápida en el interior, pese a no haberse fijado en ella).

Que el cerebro privilegie una información necesaria (como hallar la salida) no significa que no haya procesado las demás. “Descartar” no significa “no ver” para un lectoespectador, sino sólo “procesar en otro momento”.

En nuestros días, todos somos acuciados o apelados desde millares de signos o anuncios con texto e imagen. Textovisual es la portada de este periódico, textovisuales son los telediarios (algunos incrustan en la parte inferior de la pantalla una banda móvil de texto con otras noticias), y textovisuales son las pantallas de los ordenadores o de los telefónos móviles. La propia ciudad y las carreteras que enlazan unas urbes con otras son asimismo vastos repertorios de señales escritas, visuales y auditivas; emisiones que leemos de forma cruzada pero precisa, completa y complejamente, estableciendo no sólo el significado concreto de cada una sino también sus relaciones de conjunto. Si en el mismo cruce viésemos un stop y un ceda el paso juntos, el cortocircuito de sentido generado, aun estando más que familiarizados con ambos iconos, llamaría nuestra atención instantáneamente. Cuando comienza en una pantalla publicitaria un anuncio muy conocido distraemos la mirada, que regresa si el spot se interrumpe con otra secuencia de imágenes inesperada.

Todos somos por tanto lectores y espectadores de nuestro entorno, lectoespectadores capaces de aprehender de forma simultánea y sistemática todas las emisiones sígnicas de nuestro mundo con independencia del formato en que se encuentren. Internet, que es una imagen incluso cuando sólo hay texto en pantalla, ha terminado de familiarizarnos con la visión de ambas realidades en una sola y superior. La información textovisual y este nuevo modo de percibir la realidad se han incorporado de un modo tan natural a nuestra vida que los artistas y escritores (“antenas de la raza humana”, según Ezra Pound), no solo han captado esta tendencia, sino que la han hecho suya y procesan en formas textovisuales sus creaciones, cada vez con mayor frecuencia. Escritores franceses como Annie Ernaux o Claro, canadienses como Douglas Coupland, británicos como Jeff Noon, mexicanos como Cristina Rivera Garza, estadounidenses como Mark Danielewski, peruanos como Claudia Ulloa o César Gutiérrez, chilenos como Carlos Labbé o varios autores españoles escriben libros con zonas anfibias entre texto e imagen, obras flotantes entre dos aguas (El libro flotante de Caytran Dölphyn, del ecuatoriano Leonardo Valencia, tiene una versión convencional en papel y otra, textovisual, en la Red).

Siempre, desde Simmias hasta los caligramistas pasando por Sterne, Mallarmé o Jardiel Poncela, ha existido la escritura dotada de conciencia espacial o con voluntad plástica, pero estamos ante una explosión global de prácticas (en Japón son muy populares las novelas construidas en minúsculos fragmentos para ser leídas en el móvil), que hace del libro convencional un campo de batalla, o de juegos, entre imagen y texto, convirtiendo la página en una página-pantalla o pantpágina diseñable a voluntad por el escritor. Un campo de búsqueda formal (aunque las formas traslucen siempre ideas) que encuentra en la actual difusión del libro electrónico un ancho horizonte de posibilidades.

Otro fenómeno espolea también la construcción de la realidad cotidiana como creadora de información textual y visual a un tiempo, y del mundo como lectoespectáculo: las redes sociales. Facebook y Google+ han estimulado la creación de contenidos donde las fotos subidas y los vídeos enlazados son parte esencial del discurso, junto con los estados escritos que las anuncian y los comentarios que las describen o celebran. Cadenas verticales de palabras e imágenes anudadas forman parte del día a día de 800 millones de personas, a los que habría que sumar los cientos de millones de usuarios de otras redes sociales, incluidos los blogs o bitácoras.

En su novela Los electrocutados, el argentino J. P. Zooey escribe: “las grandes épocas históricas imponen un modo de mirar las cosas”. La nuestra quizá no imponga pero desde luego recomienda una actitud lectoespectadora para aprehender nuestro entorno diario, para desentrañar el refulgente y ruidoso mundo en que vivimos.

El País

sábado, 18 de febrero de 2012

Un noble corazón victoriano

En 'Cuento de Navidad', una de las cimas de su grandiosa obra literaria, Dickens encarna la inocencia primera.

Es fácil enumerar algunos de los Londres que la historia moderna nos ha dejado: el Londres turbulento y en llamas que describió Pepys, el Londres bubónico de Defoe, el Londres tabernario y honesto del Doctor Johnson, el Londres petulante de Brummel y Oscar Wilde; aquel Londres miserable de Thomas De Quincey, nacido de la desdicha y el opio; el Londres policíaco de Holmes y Mister Hyde; el Londres pictórico de Turner y Doré; el Londres monumental, granítico, de Wren; el Londres mágico, crepuscular, nimbado por la gracia, que fabuló Gilbert Keith Chesterton... Todos esos Londres han existido sucesiva o paralelamente desde el siglo XVII. Sin embargo, el Londres de la modernidad, Londres como criatura viva, como personaje literario, como vasta metrópoli del XIX, es invención y obra de Charles Dickens. Al menos, tanto como París fue fruto del genio vagabundo de Baudelaire y Poe.

A esto hay que añadir otra particularidad de Dickens, que lo hermana indisolublemente con Miguel de Cervantes: el humor apacible, inteligente, omnicomprensivo, con el que retrató, no sólo la desdicha del hombre y su abatida existencia en los suburbios de Londres (aquellos slums, de aciaga memoria, fantasmales e inmersos en la ceniza); también la esperanza, el candor, la insólita pureza que se abrió paso, como una flor de trapo, sobre el yermo de la ominosa lógica industrial. Esta singularidad -la existencia de un corazón alegre, de un alma noble, en el siglo que hizo del infortunio su legítimo heraldo- suele explicarse por la desgraciada infancia de Charles Dickens, cuya temprana labor en una fábrica de betún, así como el presidio paterno, lo habrían encaminado a la defensa del débil. Y no están equivocados quienes arguyen de este modo. No obstante, la terrible infancia de Thomas De Quincey, que se acercó al opio para aplacar los dolores de un estómago vacío, no impelió al escritor a la salvaguarda del oprimido, sino a los abismos, nunca datados, del corazón humano. Quiere esto decir que hay una parcela intacta donde el libre albedrío, el genio de cada cual, dicta su obra. Y la obra de Charles Dickens, gigante alegre, melancólico, fenomenal, de la era victoriana, tiene una extraña cima en A Christmas Carol. Tiempo después, los atildados jóvenes de Bloomsbury aducirían, con razón, que hay un exceso de sentimentalidad en la obra de Dickens. En efecto, Canción de Navidad es una obra imperfecta. Esto se puede ver, sin mayor obstáculo, en la estrofa final, donde la alegría, la postergada redención, se sobrepone al temor de los capítulos anteriores. Tolstoi identificó esa dificultad literaria al comienzo de su Ana Karenina: "Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia desdichada lo es a su manera". Y André Gide, ya en el XX, escribiría en sus Diarios: "Con buenos sentimientos se hace mala literatura". Sin embargo, Dickens, el melodramático Dickens, el folletinesco Dickens, hizo gran literatura con la esperanza y la inocencia humanas. Pero no porque acusara la maldad ingénita del hombre, el rostro indecoroso de la avaricia; sino porque señaló, entre la niebla y el humo de la gran urbe, el hueco que la bondad había dejado. En cierto modo, Dickens no hacía sino dar cumplimiento a las palabras que Chaucer, otro inglés de feliz memoria, había escrito sus extraordinarios Cuentos de Canterbury: "Prestad mucha atención a lo que voy a decir: de todas las traiciones, la más pestilente y más condenable es la traición a la inocencia".

Con esto quiero señalar que Dickens, en última instancia, fue un escritor paradisíaco. Eso es lo que halla Ebenezer Scroodge, el avaro arquetípico que protagoniza A Christmas Carol, cuando un espíritu benéfico lo traslada al modesto refugio, largamente olvidado, de su infancia. También es el paraíso, o un anticipo de él, lo que disfrutan, junto a la pobre chimenea, Bob Cratchit y su numerosa familia. No es, pues, la denuncia del infierno, su expresión más lúgubre e industriosa, lo que parece mover a Dickens. Más allá del contenido social que habita su obra, en Dickens se encarna, de manera obvia, la inocencia primera, paradisíaca, que el XIX quiso atribuir al ser humano. En cierto modo, su obra no es más que la realización de este sortilegio: aquel que bajo la nieve y el hollín quiere encontrar, intactas, la rectitud, la esperanza, la sencilla pureza.

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viernes, 17 de febrero de 2012

"Todo nacionalismo, toda patria, parte de un origen mitológico"

El autor narra la rebelión de una mujer frente a las manipulaciones del poder.

En su nueva novela, La apnea del hipopótamo, publicada por Ediciones Rubeo, el malagueño Pablo Bujalance reivindica la dignidad del individuo frente a las verdades institucionales y los abusos de poder. Una mujer es contratada como nodriza de los hijos de los gudaris muertos. La guerra ha llegado a su fin, los extranjeros han sido expulsados, pero Ada, la protagonista, comprenderá que la vida está más allá de esas paredes y los dogmas que defiende el entorno. Un viaje hacia la verdad, por una realidad opresiva en la que no obstante tienen cabida los ecos de las leyendas más diversas, que su creador narra con un asombroso oficio. El periodista del Grupo Joly presenta su nueva propuesta en Málaga el viernes próximo, a las 19:00, en la Sociedad Económica de Amigos del País (Plaza de la Constitución, 7), la primera parada de una gira que llevará al escritor por otras provincias andaluzas.

-Después de un libro como Lázaro en Babilonia, empieza su novela con un cuento sobre Adán y Eva. ¿Es casualidad que la Biblia vuelva a ser una inspiración?

-No es casualidad, sobre todo por mi interés por los mitos. Pero en Lázaro... los mitos iban más dirigidos a la religión, a la interpretación teológica, y esta vez he indagado en los que están más relacionados con la nación, la patria, la identidad histórica y territorial. La historia de Adán y Eva me permitía hablar de ese edén nunca invadido, que permanece ajeno a toda la civilización, en el que jamás ninguna cultura más que la propia ha metido el pie. Me parecía que ese principio fundacional también podía tener una interpretación más política, más nacionalista.

-En su obra anterior reconocía su deuda hacia Nietzsche y Kafka. ¿Qué influencias admite ahora?

-En este caso me resulta más complicado decir a alguien. Supongo que cuando vas escribiendo más, vas teniendo menos presentes los referentes. En las notas que iba haciendo cuando empecé me planteaba una especie de antiutopía orwelliana, lo que ocurre es que muy centrada en los nacionalismos, en la idea de la patria como eliminador, como insecticida, contra el individuo. Después me fue saliendo ruido, mucho ruido. Imagino que por rabia, por indignación, ante la pervivencia de esos mitos en la vida política diaria. Decidí que ese ruido, que quizás en un ejercicio de higiene debía haber quitado, se quedara. El ruido está, esa locura permanece. Luego hay personajes esperpénticos que me recuerdan a Valle-Inclán; alguien importante dentro de la trama, Sasa, con la que ahora veo parecido con la Celestina, algún homenaje a Melville... Pero referencias evidentes no hay, aunque puede que las lecturas hayan contribuido a crear este objeto feo, deforme, casi un aborto, que es la novela [ríe] y que me permitía contar lo que quería.

-Ada, la protagonista, es un personaje bastante esperanzado dentro de la oscuridad del conjunto.

-Sí, es un prototipo de heroína. Es una mujer que llega a compartir los motivos de la revolución y después termina defendiendo su propio código de intereses. Termina saliendo de ese ambiente opresivo, sabiendo que posiblemente va a terminar mal. Quería crear un arquetipo más heroico, con voluntad. No es alguien que se deja arrastrar.

-Como otras mujeres, Ada apuesta por la vida en un entorno de destrucción.

-Empecé a escribir el libro poco antes de que naciera mi hija, y fue un shock cuando vi a mi mujer darle el pecho. Para un hombre ver eso es una experiencia fascinante, pero también inspira cierta sensación de fracaso: ves esa intimidad como algo vedado. Ahondando en eso busqué la naturaleza femenina de Ada. Ella hace de la maternidad su sentido para levantarse por encima de un código de ideas, frente a lo que el Estado espera de ella, sale a buscar a su hijo. El hecho de tener esa intimidad tan profunda con tu hijo es lo que lleva a perpetuar la especie, precisamente cuando todo en el entorno parece condenar a la especie humana. Pero también hay un personaje que es del signo contrario: una mujer que quiere tanto a sus hijos que los termina exterminando para ahorrarles el sufrimiento. Muchas veces la maternidad puede conducir al crimen, porque la maternidad es como la humanidad exagerada. En esa explosión absoluta de humanidad es donde yo he creado a Ada. Para mí era un reto meterme en la cabeza de una mujer que es muy mujer. En la novela hay referencias a la genitalidad femenina, quería hacer una mujer entera, que no fuera una pose. Ni una feminista ni una madre abnegada, algo más natural...

-Aunque la obra no pretende ser un retrato del conflicto vasco, toma prestados muchos nombres en euskera.

-Había una intención de fijarme en nacionalismos periféricos europeos, por eso los nombres propios son todos en euskera y en lenguajes balcánicos, como el comandante Zoran o Sasa, que es un nombre popular en la antigua Yugoslavia. En su momento investigué y analicé cuestiones relacionadas con el nacionalismo vasco, con sus orígenes, y descubrí que los fundamentos son muy mitológicos. Muchos de los argumentos políticos que en su momento expuso Sabino Arana hablaban de esa civilización exenta de influencias. Un edén lleno de jardines colgantes, gigantes que construían puentes; una maravilla, un paisaje idílico que se corrompió con la llegada de extranjeros. Y lo curioso es como todo eso tiene una traducción en el presente que se materializa en vida política, en argumentos esgrimidos en congresos, en la legalización de partidos políticos... Toda identidad patriótica, o nacionalista, tiene un origen mitológico, pero en el caso del País Vasco es muy evidente.

-Pero la novela habla de muchas más cosas.

-Sí, se trataba de algo más amplio: de reflejar cómo la noción de la patria, de la identidad que te asignan al nacer en un determinado territorio, te condiciona, te representa y te hace más o menos merecedor de determinados derechos. Más que tu condición de ser humano, importa el territorio en el que nazcas. Si tuviera que relacionar la novela con una idea, la relacionaría con lo que hablaba Albert Camus de la inviolabilidad del ser humano, por encima de cualquier sistema político o de ideas. Me asombra que todavía la identidad territorial defina mucho más al ser humano que su propia humanidad. Parecía que habíamos superado muchas cosas: en el siglo XX hubo muchos deicidios, muchos tótems que cayeron, y sin embargo esto no ha caído, ahora está más presente.

-Volviendo a lo de la inviolabilidad del ser humano, se han registrado algunos retrocesos al respecto...

-La persona ha terminado importando por su ciudadanía, los impuestos que paga, el modo en que sostiene el aparato. Sólo hay que ver lo que ocurre con Europa. Se desmorona. Para que se caiga no de una manera tan rotunda se ha creado una liga de Estados, y dentro de esa liga los que tienen más influencia acuden al rescate de otros Estados, de sistemas, pero en ningún momento se ha hablado de dirigir toda esa marabunta política a salvar al ser humano. Tenemos que hacer el discurso a partir de la persona, no al revés.

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jueves, 16 de febrero de 2012

Diario de invierno. Memoria de Paul Auster

Diario de invierno. Paul Auster. Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama. Barcelona, 2012. 244 páginas. 18,90 euros

El nuevo libro del escritor neoyorquino retoma los experimentos con la verdad para trazar un sugerente autorretrato en el que se muestra más desnudo que nunca.

La obra narrativa de Paul Auster contiene multitud de guiños y referencias que aluden de forma encubierta a sus experiencias personales, pero en ella figuran además varios títulos abiertamente autobiográficos. Es el caso de la excelente y recién reeditada La invención de la soledad (1988), obra inaugural que tiene algo de exorcismo y actuó -lo ha explicado el propio novelista- como embrión o desencadenante de toda su trayectoria posterior, y también de A salto de mata (1997), la "crónica de un fracaso precoz" en la que Auster evocaba sus años de aprendizaje. Otros libros como Experimentos con la verdad (2001) o Viajes por el Scriptorium (2006), además de los relatos reales de El cuaderno rojo (1993), contienen asimismo rastros precisos de su biografía o bien tratan de los fundamentos de su mundo novelesco, y en ellos el autor nos deja valiosas pistas acerca del modo como determinados episodios o personajes han sido reelaborados y convertidos en literatura. La última entrega del neoyorquino, Diario de invierno, se relaciona claramente con los primeros en la medida en que ofrece un nuevo recuento, sólo que la perspectiva no es ya la de un narrador joven o en plena madurez sino la del veterano escritor que encara, razonablemente satisfecho pero no sin inquietud ni melancolía, la penúltima parte de su vida.

La figura del padre o las vivencias de juventud o los famosos azares que han marcado su dedicación a la escritura y comparecían en algunos de los libros mencionados, son cada vez más lejanos en el tiempo, pero los años han ido otorgándoles mayor densidad, aumentando si cabe su potencial de significación. Hay acaso, en este Diario que Auster dice haber emprendido tras la muerte inesperada de su madre, una mayor implicación emocional y quizá también el deseo de una mayor cercanía con el lector o del autor con su propio pasado, apreciable en el uso de la segunda persona: "Que ya no eres joven es un hecho indiscutible. Dentro de un mes cumplirás sesenta y cuatro años, y aunque eso no es ser demasiado viejo, no lo que todo el mundo consideraría una edad provecta, no puedes dejar de pensar en todos los que no han logrado llegar tan lejos". El recurso aproxima el relato, que funciona como un monólogo, a una larga confidencia, donde ciertos episodios más o menos anecdóticos son descritos como verdaderas epifanías, que por la persistencia en el recuerdo han visto acentuada su cualidad reveladora. Por otro lado y llamativamente, Auster casi prescinde de las consideraciones sobre su oficio de escritor, del que apenas se habla, para centrarse en la dimensión humana.

Siempre es así, hasta cierto punto, pero la vida y la obra de Auster muestran un alto grado de imbricación que va más allá de los habituales préstamos de la realidad a los que suelen acudir los novelistas. Sus temas predilectos, el enigma de la identidad, los caprichos del destino o la construcción de la memoria tienen una base en la propia biografía y a menudo se han presentado al lector entrelazados o a través de ella. Es la perspectiva, como decíamos, lo que ha ido cambiando. Los efectos del azar no se proyectan ahora hacia un futuro que se angosta, sino hacia el pasado que se ensancha. En los últimos libros Auster ya no se plantea adónde le conducirán las casualidades imprevistas que se entretejen en cualquier destino, sino la manera en que han condicionado el suyo, las posibilidades que fueron descartadas o quedaron a medio hacer y aquellas otras que lo moldearon hasta llevarlo al lugar que ocupa.

Ese lugar es la antesala de la vejez o la vejez misma, a la que Auster, como la mayoría, no acaba de acostumbrarse. Tal vez por ello, por esa sensación crepuscular, su ejercicio memorialístico es ahora menos especulativo y suena no más verdadero, pero sí más directo, íntimo y hasta descarnado: "Habla ya antes de que sea demasiado tarde, y confía luego en seguir hablando hasta que no haya más que decir. Después de todo, se acaba el tiempo". Puede parecer prematura esa conciencia de decrepitud, pero a partir de ella ha edificado Auster una memoria más atenta a las personas y las cosas que a las ideas, que casi deja de lado las reflexiones intelectuales y tampoco se ocupa demasiado de los contextos. "No echas en falta los viejos tiempos", escribe, pero se percibe un fondo de nostalgia que no lo es tanto de las épocas pasadas o la juventud perdida -hay bastante de ironía en sus lamentaciones- como de la energía que parecía inagotable y ya no anima como antes un cuerpo fatigado, que no soporta los excesos y al que los primeros achaques han pasado factura.

Con ocasionales incursiones en el presente de la decadencia física -que obsesiona al autor en unos términos parecidos a los de Philip Roth, cuando echa de menos su antigua fortaleza-, el discurso de Auster fluye torrencialmente y de manera casi compulsiva, pero mantiene su habitual cualidad hipnótica, evocando de forma discontinua los recuerdos y los escenarios de Nueva Jersey, París o Brooklyn; los escarceos amorosos de la adolescencia y su primera relación sexual de la mano de una joven prostituta; la condición judía, las raíces americanas y el afán de ver mundo; las referencias a los abuelos, los padres o la hermana discapacitada; la minuciosa descripción de las distintas casas, hasta veintiuna, que ha ocupado a lo largo de su vida; el fracaso de los dos primeros matrimonios o las relaciones felices con su actual esposa; los errores que cometió y según afirma no ha dejado de reprocharse.

"Tus pies descalzos en el suelo frío cuando te levantas de la cama y vas a la ventana". Así se expresaba el escritor al comienzo del trayecto, contemplándose a sí mismo cuando tenía seis años. Hacia el final repite la frase, pero entre tanto han pasado las décadas y el cuerpo se ha hecho más pesado y ya no cae la nieve en el jardín de la infancia. Es invierno otra vez, pero no queda rastro de aquel niño o sólo de su hijo, el hombre. "Tienes sesenta y cuatro años. Afuera, la atmósfera es gris, casi blanca, no se ve el sol. Te preguntas: ¿Cuántas mañanas quedan?".

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miércoles, 15 de febrero de 2012

Una pasión desgarradora

El mexicano Jorge Volpi reconstruye la vida de Christiana Morgan, que fue paciente y alumna de Jung, en 'La tejedora de sombras', novela con la que el escritor ha ganado la quinta edición del Premio Planeta-Casa de América.

El autor Jorge Volpi (México, 1968) descubrió, mientras escribía su novela No será la Tierra, que los archivos de la Universidad de Harvard custodiaban el testimonio de ese amor "psicoanalítico, extraño y desgarrador" que durante 42 años ligó la vida y los destinos del doctor Henry Murray con Christiana Morgan, una tortuosa estudiante de arte que se convertiría en paciente y discípula de Carl Gustav Jung.

El resultado de sus pesquisas por cartas, diarios, dibujos y recortes de prensa es una novela oscura y hermosa que ha titulado La tejedora de sombras y que ayer se alzó con la quinta edición del Premio Planeta-Casa de América, dotado con 200.000 dólares americanos. La obra fue elegida por unanimidad, entre las 454 presentadas al concurso, por un jurado encabezado por los escritores Clara Sánchez, Alberto Manguel y Carmen Posadas.

"Siempre quise escribir una gran historia de amor y encontré ésta en Harvard, que es también la lucha de la rebeldía de una mujer contra los prejuicios de su época. Una historia sobre el poder de la ficción para hacernos vivir otras vidas; una inmersión en el mundo propio de esta joven que plasmaba sus visiones en cuadernos de dibujo", detalla Volpi.

Murray y Morgan se encontraron en Nueva York en 1925 cuando él era un médico ambicioso casado con una rica heredera de Boston. Ella, esposa a su vez de un veterano de guerra, sufría desde su juventud depresiones profundas motivadas en buena medida por unas inquietudes proscritas para las féminas de su tiempo. Ambas parejas marcharán a Europa a ampliar sus estudios y viajarán a Zurich, donde Jung, que mantenía una relación triangular abierta, les convence de que lleven su amor hasta las últimas consecuencias con independencia de sus respectivas parejas.

La referencia a Un método peligroso, la película de David Cronenberg sobre la historia de Jung, su discípula Sabina Spielrein y Freud, es obligada. Volpi confiesa que le gustó mucho la cinta y que conocía la obra teatral en la que se basa. Su premiada novela transcurre diez años después de esos sucesos, cuando Jung ha terminado su relación con Sabina, sigue casado y se ha unido sentimentalmente a otra chica. Tanto la cinta protagonizada por Michael Fassbender y Viggo Mortensen como La tejedora de sombras coinciden en mostrar que "el autoconocimiento es peligroso. Christiana lo intenta hasta las últimas consecuencias y, como a Sabina, le va la vida en ello".

En las sesiones con Jung, Christiana experimentaba con ella misma "como no lo había hecho nunca", desgrana Volpi de la protagonista de esta historia de amor trágica y verídica, una mujer "que intenta romper todo el tiempo con los prejuicios masculinos". "El psicoanálisis", continúa el autor, "es la profesión que comparte con Murray. Les sirve para tratar de conciliar apasionadamente la libertad con el amor más absoluto pero ambos están al mismo tiempo imbuidos de los tabúes de su época. Intentan romper con la idea de la fidelidad, de la familia tradicional, pero su afán es imposible".

El libro, como suele ser habitual en la producción del también autor de El fin de la locura y Leer la mente, tiene importantes cotas de investigación. "El psicoanálisis me ha obsesionado durante mucho tiempo. Me acerco a él con fascinación y escepticismo. Es una construcción mental maravillosa pero me parece muy alejado de la ciencia. Simpatizo más con Freud que con Jung, que me parece un gurú religioso, lo que no significa que carezca de intuiciones y de libros fascinantes que, justamente, resultan mucho mejor para analizar la literatura y el arte que para curar a alguien de algo".

Christiana y Murray desarrollaron juntos el Test de Apercepción Temática (TAT), una prueba de personalidad muy usada por los psicólogos; sin embargo, él terminó retirando el nombre de ella de la autoría en la segunda edición y es, de los dos, el que ha pasado a la historia como médico influyente, profesor de Harvard y fundador de la Sociedad Psicoanalítica de Boston.

"La novela no es una biografía cronológica de Christiana. Penetra en lo que ella pensó, sintió y calló durante las cuatro décadas que mantuvo este experimento vital", concluye Volpi. A Alberto Manguel le impresiona la verosimilitud de ese personaje femenino y el modo como se cuenta esta terrible historia de amor. "Podía haber sido sensacionalista pero es sutil, memorable y profundamente convincente. En la literatura de ficción que se escribe ahora será una de las novelas que recordaremos". La novela saldrá a la venta, en España y México, el próximo 13 de marzo.

Cuando leyó el original de Volpi, la escritora Clara Sánchez pensó, dijo ayer, en "lo peligrosa que es la libertad" y en que, para conseguirla, "hay que pagar un precio", porque le invadía "la sensación de que al lado de Christiana Morgan" recorría un trayecto "hacia la libertad sexual, amorosa y, sobre todo, de conciencia". Por su parte, Carmen Posadas sostiene que el libro galardonado encierra "un ejercicio de funambulismo muy arriesgado, dado que Morgan es una mujer muy compleja, con aspectos que la pueden hacer antipática incluso, y cuya historia de amor está llena de aristas".

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