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Pruebas

domingo, 30 de junio de 2013

Los últimos días


«Así vivía esa vida mediocre, persuadido de que dicho instante llegaría; y cuando tomaba conciencia de esta esperanza, se insultaba por aquel repugnante optimismo, pues el pesimismo le parecía, después de todo, la única concepción aceptable de la vida y la única acorde con la realidad. Él profesaba la fe del pesimismo.»
En el París del Barrio Latino, la Sorbona y los cafés, jóvenes y mayores creen burlar el paso del tiempo conversando de filosofía y literatura. Y justamente el tiempo es el verdadero protagonista de esta novela, entendido no solo como un retorno cíclico y alterno de las estaciones, sino también como el único e ineludible medio con el que el hombre se entrega a la vejez y la muerte.
Los últimos días es una obra de construcción perfecta, en la cual desfilan las historias de algunos parisinos que se cruzan sin una finalidad aparente: los estudiantes con sus esperanzas, los ancianos que frecuentan el café Soufflet, el poeta-filósofo Tuquedenne y sus amigos, y Alfred, el camarero futurólogo entregado a la estadística y a la lectura de las revoluciones planetarias.

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Hacía un tiempo en plan gotitas por aquí y por allá, hacía un tiempo de noche húmeda. La luz de las farolas se derramaba en charcos sobre las aceras. En la esquina de la calle Dante con el bulevar Saint-Germain, un viejo dudaba, sin atreverse a cruzar. Un camión le rozó el paraguas; encaramado a las cajas, un perro ladró a las varillas. El tipo reculó mascullinando para sus bigotes, que llevaba espesos y caídos. Pasaban de todas clases los vehículos: taxis, coches de señores, coches de sirvientes, bicicletas, hipomóviles, tranvías. Él los odiaba a todos. Aún no hacía mucho tiempo que había estado a punto de llevarse un motocarro en las costillas y, desde aquel roce, disfrutaba de una respiración segmentada y de una prudencia creciente; se juraba que cualquier día acabaría cargándose todos aquellos funestos bólidos, pero ese día seguía siendo incierto. A veces pensaba en pinchar furtivamente los neumáticos de quienes estacionan en las aceras; con una pequeña navaja se puede hacer muy fácilmente. Pero nunca llevaba a cabo este proyecto, tal vez a causa del riesgo, de los posibles puntapiés en los riñones. Lo único que cabía esperar era que, en uno de esos días con un tiempo de perros en que los adoquines se embadurnan, uno de aquellos instrumentos se fuera a pique, transformándose bajo su mirada en pedacitos fangosos, jinete incluido. Aquel era, por lo demás, un tiempo muy propicio para eso. Octubre terminaba sin avisar, como un hermoso cuerpo de sirena acaba en cola de pescado, en cola de pescado en aceite, en cola de sardina en aceite. Esa sí que era buena. ¿No se podría llamar aceite a aquella lloviznación? A él no le gustaba la cocina con aceite; ni siquiera en una vinagreta hay que echar demasiado aceite. Un segundo viejo llegó por el bordillo de la acera hasta colocarse a su lado, esperando que escampara para cruzar.
     Se parecían como dos hermanos. Pero no lo eran en absoluto; ni de cerca, ni de lejos siquiera. Tal vez debido a los bigotes espesos y caídos se parecían como dos hermanos. Al igual que un ojo inexperto considera a todos los indígenas colonizables como ejemplares múltiples de un modelo invariable, del mismo modo otro ojo, inexperto en otro sentido, considera a todos los viejos con bigotes espesos y caídos como réplicas de un mismo individuo. Es cierto que, a la inversa, uno de ellos, aquí presente, encontraba por su parte que todos los jóvenes se parecen, a causa de sus rostros desbarbados. Sin embargo no era él quien escribía con tiza en los urinarios esta imprecación: A la mierda las jetas afeitadas.

sábado, 29 de junio de 2013

Relatos breves y microrrelatos


«Hoy por la mañana desayuné en el baño, algo distraído. Serví el té en el vaso que utilizo para enjuagarme cuando me limpio los dientes y eché dos terrones de azúcar en la bañera, que, por desgracia, no bastaron para endulzar una cantidad tan grande de agua».
En este libro se reúnen los relatos breves del renombrado escritor alemán Heimito von Doderer.



Retorno a la juventud

Deja que el tiempo se quede como está, no intervengas, se revuelve constantemente y pasa como un torbellino ante tu pensamiento arrastrando consigo los vagos escombros de una forma, los colores y objetos que recuerdas: un cinturón, amarillo y apretado, que ceñía un flamante uniforme de campaña de color verde…
Igual que aquellos muchachos vestidos con guerreras, cuyas mangas dejaban a la vista las manos de un escolar, con las uñas mordisqueadas, manchadas aún por las peculiares travesuras que habían hecho debajo del pupitre, como, por ejemplo, rellenar de tinta proyectiles modelados con plastilina…
No es lo que se ha mencionado ni nada de lo que conocemos lo que más nos conmueve cuando lo vemos surgir de nuevo de la corriente del tiempo que pasa, que se aleja de nosotros buscando remotas orillas; no es esa experiencia, no es aquella anécdota, no es desde luego el amor declarado o la gran batalla con todo su fragor, no es nada que se pueda señalar o que alguien pueda reclamar para sí.
Lo que ha permanecido intacto, eso es, ése es el tesoro que reposa en el pasado, el tesoro ignorado que jamás tocamos, que jamás nos hemos dignado mirar y, por eso, se ha conservado íntegro, como entonces, sin que nadie lo sepa. 
Y ahora, de repente, el recuerdo fluye y se condensa en espesas nubes que cubren nuestra frente, a izquierda y derecha; entre ellas—¡con colores increíblemente nítidos, que jamás podrían darse en el exterior!—se acerca casi hasta tocarnos un fragmento de otro tiempo, sumamente modesto, pero tan luminoso que arde inflamado en llamas.

Apuntes autobiográficos y otros poemas


 "Estoy escribiendo una autobiografía. Tengo la esperanza de que el resultado me provea de un manto protector, como una especie de inmensa venda de gracia y ámbar gris para mis nervios heridos". De esta forma alude Robert Lowell -uno de los más grandes poetas norteamericanos del siglo XX -a los apuntes aquí reunidos, que empezó a redactar en 1954 por recomendación de uno de los médicos que lo trataban en una clínica psiquiátrica de Nueva York, en la que permanecía ingresado tras uno de sus periódicos ataques maníaco-depresivos.
El autor evoca en estos textos su infancia en Boston, y recuerda en particular la figura de sus padres, cuyo patetismo observa con la mirada inmisericorde del hijo único, imbuida a la vez de crueldad y ternura. Tales vivencias nutrieron también algunos de los más celebrados poemas de Lowell, de los que se entrega aquí una cuidada selección. Así, además de permitir al lector confrontar el tratamiento que una misma materia autobiográfica recibe en dos géneros distintos, este volumen ofrece la posibilidad de asomarse a la obra -muy escasamente traducida al castellano- de quien es considerado el padre de la llamada "poesía confesional".
"No solamente la singuralidad de su obra poética, también su capacidad de hacer buen uso de su herencia constituyen la marca de la originalidad de Robert Lowell".
- T. S. Eliot


LA EPOPEYA DE UNA CONCIENCIA
Sergio Coddou
Un preludio en mi menor
 “Todo en estos poemas es personal, confesional, palpable, pero el modo en que se siente es alucinación controlada, la autobiografía de una fiebre”. Esto que Robert Lowell escribe en 1966 para el prólogo de Ariel, el libro póstumo de Sylvia Plath, podría aplicarse perfectamente a su propia obra.
Poco después, en un post scriptum (“Afterthough”) incluido en Notebook 1967-1968, Lowell dice que “el hilo que unifica toda mi obra es mi autobiografía, es un preludio en pequeña escala, escrito con diferentes estilos y lleno de digresiones”; palabras que de manera directa establecen un contraste entre su obra y ese monumento poético que es The Prelude (An Autobiographical Poem or The Growth of a Poet’s Mind), de William Wordsworth. Para Lowell, su proyecto poético no tenía la vocación didáctica y reveladora de la ambiciosa e inconclusa obra de Wordsworth. Todo lo contrario: lo suyo no iba a ser un gran fresco de la “evolución de la mente de un poeta”, sino una serie de bocetos dispersos del hombre a secas, del individuo que está por debajo de la vestimenta de poeta, que no es una figura fija ni una naturaleza muerta, sino un ser complejo, inabarcable y contradictorio. En caso opuesto, dice, su obra sería como “el peregrinaje de un zombie”. Lejos de eso, Lowell sale triunfante de su empeño, y esa obra, que podríamos titular Preludio en mi menor, se alza como una composición que, con distintas tonalidades, con ritmos y timbres variables, ausculta de manera exitosa la realidad, esa incontenible nebulosa que es un “todo indivisible en flujo perpetuo”, en palabras de David Bohm.

Barnes and Noble dice adiós a sus tabletas


Zapatero a tus zapatos. La huida hacia adelante de la principal cadena de librerías, Barnes and Noble, solo le ha reportado pérdidas económicas y una caída de la acción (7,5%), la mayor en dos años. Finalmente, ha decidido dejar de vender la tableta Nook, con la que había  querido hacer frente a su gran rival en el mundo digital, Amazon.
Los ingresos del negocio de la tableta Nook bajaron un 34% por menores ventas de lectores electrónicos y por un bajada de los precios. La cadena de librerías lanzó la primera versión del lector electrónico Nook en 2010 para competir con el Kindle de Amazon.com, entre otros.
Barnes & Noble perdió 363,6 millones de euros el último año fiscal. El panorama no es mejor para sus 680 librerías, cuyas ventas bajaron un 8,8% frente al año pasado.
Las ventas totales de la empresa bajaron un 7,4% hasta los 979 millones de euros. Las pérdidas en el trimestre fueron de 90,7 millones de euros, frente a los 43,5 millones de euros, de hace un año.
El cierre del negocio de las tabletas facilitará la división de la compañía, ya que por el área digital se han interesado, e invertido, Microsoft y Pearson, mientras que el fundador de la cadena ha realizado una oferta solo por sus activos físicos. La cadena continuará con el negocio de los lectores electrónicos.

viernes, 28 de junio de 2013

La libertad innegociable del corredor.

"La gente me pregunta por qué corro. yo les digo: ¿Por qué dejaste de correr?"
Jeremy Wariner

El hombre, como ese ser trasladable, tiende por necesidad bajo el enfoque ardiente de su experiencia empujar la autenticidad de su existencia, y que mejor manera que hacerlo a través del correr. El hombre corre bajo la condición indefinible de un momento, que a muchos le podría ser extraño, pero solo él tiene bajo el intrépido recurso buscar la libertad que en cada huella deja sus pies al pisar terrenos que una vez  ilusiono andar.  Solo las circunstancias de sus sueños lo llevan a crear caminos, a asumir el correr como sinónimo de libertad, pues crea adeptos de palabras, que solo giran en su mente, que se anexionan como lluvia que cae de los cielos, como si la tierra  reclamara su pertenencia, así reclama la voz del corredor en su momento de trillar caminos que todo lo que pisa le pertenece, sin importar que el cuerpo tiranice contra él.

El gran número de corredores llevan bajo juramento de fidelidad, que solo se comienza un día, pero ese día no esta regido ni por el sol ni por la luna, ni por la lluvia, solo se encuentra determinado por la pura convicción que ejerce el correr, pues no podría haber ninguna acción humana eficaz, sino la aceptación que él mismo se impone cada kilometro, cada metro, donde la infancia le sobrevive, y ese aparente limbo temporario despierta en él, el sentido que le hace correr, pues parece un niño que solo corre, corre y corre, mientras sus más próximos solo lo tildan con todas palabras de un diccionarios jamás realizado.     

Mirar el rostro de un corredor, sin importar sus años, es avizorar la imagen de un niño, que solo quiere retozar con el tiempo, su mas entrañable recurso para despertar el interés a vencer, manotear la brisa que le hacer frente, pero que no le detiene, en él no existe el fracaso, como esa simultaneidad de ademan, más si, la palabra comprometida como eficacia, en lugar de vergüenza al incumplimiento de una meta, la indignación es un empuje para continuar y dejar en ridículo el sedentario dedo acusador.  De hecho, si bien se mira la turbulencia estelar que deja su cuerpo al ser reflexiva, es siempre una vergüenza contra sus opositores que siempre encontraran un supuesto desparramado espacio de dar vida a las criticas, que no le detiene, sino al contrario muestra sus piernas henchidas y estables, satisfechas de haber cruzado la meta, de haber logrado el objetivo.

Ese es el corredor, que temprano en la mañana deja su cama, olvidando las recomendaciones del descanso del cuerpo, se tira de ella en una lucha titánica, tiránica del cuerpo, de la mente, con la firme convicción de que es un compromiso correr hoy. Pisar terreno, asfalto, ya para él es una visualización de libertad, que no negocia, que solo vive en cada minuto, segundo que transcurre al dar la primer pisada. Se declara asi mismo un Falstaff, expresando que el honor es viento, y ese viento es tiempo que ha de vencer hoy al corre.

El corredor es: soñador, incansable, indetenible, infatigable, olvidadizo, espartano, orgulloso, acucioso, niño, juguetón, campeón, etc, etc....

Simplemente, corredor....libertad.....

El conocimiento del escritor. Sobre la literatura, la verdad y la vida

A lo largo de treinta breves capítulos, en cada uno de los cuales presenta un tema partiendo de las meditaciones de algunos filósofos, escritores o críticos literarios que han reflexionado sobre ello, Jacques Bouveresse plantea una serie de preguntas a las que intenta dar respuesta.

¿Qué tipo de conocimiento que ni la vida cotidiana ni la ciencia pueden transmitir nos ofrece una novela? ¿En qué sentido se puede hablar del concepto de verdad en literatura? ¿Qué relación existe entre la forma de una obra y el conocimiento que nos aporta? ¿Puede contribuir la literatura a la filosofía moral? Y si es así, ¿lo hace con unos medios que le son propios?

«Soy consciente de que, con lo que diré, probablemente no haré más que intentar poner en orden algunas ideas que sin duda la mayoría de las personas inteligentes conocen desde hace mucho tiempo. La única excusa que puedo ofrecer es que, como dice Musil, a veces hay cosas conocidas que las circunstancias obligan a repetir, e incluso repetir a menudo.»
Jacques Bouveresse 

«Perfilar qué bagaje nos aporta la literatura y cómo deviene una vía hacia ese conocimiento existencial. En tal dirección se mueve Bouveresse en el libro que nos ocupa, confrontando citas, modulando los argumentos a veces con ironía, y señalando hasta dónde uno se sigue de otro y cuándo ya no. Sin pretender ofrecer soluciones últimas; pero intentando evitar derivas como la que niega que la literatura difiera de la filosofía, o como las que ven en ella un conocimiento más o menos esencial que otros.»
Josep Casals
 


Comienzo del libro 

 Las reflexiones que componen este libro forman parte del trabajo de preparación del seminario que ofreció Jacques Bouveresse en el Collège de France durante el año académico de 2004-2005 sobre «La literatura, el conocimiento y la filosofía moral». Este trabajo se publicó de forma parcial, con el mismo título, en Éthique, littérature, vie humaine, PUF, París, 2006.

Esta versión ha sido considerablemente modificada, desarrollada y completada; y, a pesar de que esté lejos de sentirme totalmente satisfecho, se acerca bastante a lo que me proponía hacer, aunque sin estar seguro de haber sido capaz de conseguirlo. Una vez más quiero expresar mi agradecimiento a Jean-Jacques Rosat, quien me convenció del interés que podría tener publicar estas reflexiones, por muy fragmentarias y dubitativas que sean, quien realizó un gran trabajo organizando el texto y cuyas observaciones y sugerencias han contribuido de manera definitiva a mejorarlo.

Jacques Bouveresse

El tercer hombre

Siendo Viena el epicentro donde se sitúa este libro, ciudad la cual estaba siendo regida por cuatro naciones: Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética, en el colofón de la Segunda Guerra Mundial va redactando de manara clara el modus vivendi de la sociedad, cuando es sometida a un estado de guerra, donde salen a relucir la precariedad y las necesidades que no se dejan esconderse.

Mas que una novela, en realidad fue un guión para una película, donde bien claro el autor comenta:"El Tercer hombre no fue escrito para ser leído, sino para ser visto". En 1949 en el Reino Unido se firmo la película, bajo la dirección Carol Reed, produccion de Alexander Korda. Los actores: Joseph Cotten personificando a Holly Martins, Orson Welles a Harry Lime y Alida Valli a Ana.

Es un libro de pocas paginas, que en la medida mantiene al lector del algún modo en suspenso, pues como el lector, así mismo uno de sus protagonista Rollo Martins se encuentra atrapado en el territorio misterioso de saber quien dio muerte a su amigo, donde este ultimo Harry Lime había invitado a Rollo Martins a Viena, pero no queda mas que asistir al entierro de su amigo.

Tras ver la película y leer el libro, me quedo con la película, me dio mas espacio a la imaginación, si se podría decir. Leerlo en algunos tramos me resulto algo difícil de masticar, por el estilo del escritor, independientemente de los reconocimientos que se le hayan otorgado, pero insisto mi preferencia mas por la película que por la lectura.

En sus manos.

La gran ventana de los sueños

Durante buena parte de su vida, Fogwill, al despertar, tomó nota de sus sueños, en el afán de no olvidarlos, de no clausurar en la vigilia esa ventana que se abría a otros mundos posibles. Y en este libro los narra, los explora, los ordena, los compara, interpelándolos desde ángulos tan diversos como personales, reflejo de sus múltiples intereses y pasiones.

«Barcos que vuelan», «Natación», «Humanitos», «Sueños eróticos», «Calvicie», «Cosas perdidas», «Las pipas», «El ojo» son algunos de los sueños que el autor describe, con una lucidez y una sinceridad ejemplares, tanto en el testimonio de lo soñado como en la meditación que lo rodea.

«Uno de los autores más fascinantes y excéntricos de la mejor literatura argentina.»
Ignacio Echevarría
«Para afectos a la literatura auténtica, la que abandona las parcelas más trilladas, ajenas al tópico, reparadora de mediocridades, audaz.»
Joaquín Marco,
El Mundo


Comienzo del libro

Claro que vivo. Pero esto es provisorio. Permanente es lo que no vivo. Se dice: «Ay... ¡si uno pudiera...! ». Pero no. No pudiera, uno. Y aunque se pudriese conjugando como es debido, uno jamás podría. Y si alguien sí, nos duele. O huele mal. Siempre duelen o huelen mal los poderes del otro. ¿Y el poder de uno? Envíen a alguien ya mismo a buscarlo y verán que poder es más o menos fácil: se puede lo posible. Lo difícil es poder poder, poder hasta que se pueda poder lo que no se puede. Mas no se da. Y si se da cuando uno llega hasta el punto de acariciarlo, justo es ahí cuando o donde no se lo permiten. No se le permite. Lo, le, la, me, te: permutaciones del permiso del otro que nunca se llega a conseguir. ¡Y algunos creen que el español ha suprimido las declinaciones! Rosa, rosae, rosarum, rosastre, la, le, li, lo, a él. Formas del roce entre uno y la palabra. Y entre uno y otro: el infinito divisible. El resto es silencio. Mmmmmmm de mudo. La mutación del alma, más buena letra y a otra cosa. Por ejemplo, al relato. Había una vez que yo soñé algo y lo olvidé. Ese sueño y sus no imágenes me siguen hasta hoy, cuando han pasado casi treinta y nueve años. A eso se llama vivir, o haber vivido, pendiente de un olvido. Es natural ahora, cuando el olvido roe las neuronas, pero aún recuerdo que aquella vez, hace casi cuarenta años, soñé y olvidé y desde entonces pienso que el grueso de la memoria se compone de cosas negras hechas de puro olvido. La memoria está llena de olvido, llena de olvido, vacía de sí, llena de olvido, casi hecha de puro olvido. Uno mismo termina hecho de puro olvido. La idea era recordar los sueños. Durante un tiempo me propuse recordar los sueños, es decir, olvidar el menor número posible de sueños. Joven, pronto imaginé que bastaba tomarlos en serio y recordarlos al despertar y evocarlos un par de veces rato después de despertar, para fijarlos en la memoria. Por un tiempo. Parece que el sueño sucede en un espacio (¿será la mente, la conciencia, el interior...?) al que vendrían a caer los sueños siguientes para desplazarlo a otro lado. La nada oscura. A veces pienso —y es como un sueño ese pensar— que si realmente uno tomase con toda seriedad el propósito de recordar los sueños y se aplicase a ello y se esforzase, podría llegar a recordarlos todos. Es decir, recordaría incluso los que fueron olvidados. Al menos su nombre, «sueño del pato que habla», «sueño del zapatito de la bailarina», etc.

jueves, 27 de junio de 2013

La otra historia de la segunda guerra mundial

Durante años, la historiografía oficial de la segunda guerra mundial se ha centrado en las acciones desarrolladas por los ejércitos regulares de las potencias aliadas. En este libro se da cuenta de otra lucha, la de las milicias populares no sólo contra el fascismo, sino también contra el colonialismo y el imperialismo.

Dos guerras paralelas: por una parte una guerra imperialista para repartirse el mundo, y por otra una guerra popular, por mejores condiciones, derechos y libertades. Un buen ejemplo de esta dicotomía ocurrió en Grecia donde la resistencia local derrotó a los nazis y el ejército británico suprimió la resistencia matando 50.000 personas. O en Alemania, donde las numerosas comunidades antinazis fueron ignoradas.

El abismo entre la motivación de los gobiernos aliados y la de los que lucharon contra la barbarie, opresión y dictadura resultó insalvable. Los  acontecimientos que sacudieron el mundo entre 1939 y 1945 no constituyeron  pues un solo combate, si no que fueron dos guerras distintas. Ésta es la otra historia, la olvidada.

"Gluckstein ha escrito el que posiblemente es el libro más importante sobre la segunda guerra mundial que se publicará en años. Se merece el número de lectores más amplio posible. Uno sólo puede desear una segunda edición ampliada, para una historia de las clases populares definitiva". John Newsinger , Bath Spa University

INTRODUCCIÓN 

La imagen de la segunda guerra mundial: una paradoja 

     La segunda guerra mundial es única entre los demás conflictos del siglo xx. Otras guerras, como la primera guerra mundial, la guerra de Vietnam o la de Afganistán, comenzaron en medio de un amplio apoyo popular, azuzado por unos medios de comunicación sumisos, pero este apoyo se fue perdiendo en cuanto la mortal realidad y las auténticas motivaciones de los gobiernos se abrieron paso a través de la cortina de humo propagandística. La segunda guerra mundial escapa de este paradigma. Su reputación fue positiva de principio a fin, e incluso hoy en día permanece inmaculada.

     Hubo una comprensible alegría, en los países bajo dominio del Eje, ante la derrota de Alemania, Italia y Japón. Pero los encuestadores de los Estados Unidos observaron que la popularidad de la guerra no hacía sino crecer conforme aumentaba el número de muertos. Mientras que el apoyo al presidente Roosevelt nunca bajó del 70 por ciento, el apoyo a iniciativas de paz descendía.

     Una situación similar se dio en Gran Bretaña, donde los voluntarios de «Mass Observation»* medían la opinión pública. De manera asidua registraban conversaciones y calibraban actitudes. Un comentario «típico» del periodo de la «guerra falsa» (cuando se habían declarado las hostilidades pero no se había llevado a cabo ninguna acción) era: «no comprendo por qué no hacemos nada... Por qué no atacamos Italia o comenzamos algo en Abisinia». Un observador anotó «la abrumadora aclamación con que se recibía cualquier noticia de una acción ofensiva». Hoy en día los imperialistas no se dedican a hacer caceroladas por las calles para financiar sus operaciones de bombardeo, pero en 1940 se estableció un «Fondo para Aviones de Caza» cuya «característica más llamativa era la manera en que todo el mundo se sumaba a la recogida de fondos...». Años de durísima lucha y enormes pérdidas de vidas no hicieron disminuir el entusiasmo.

Enterrado en vida

Una sensacional comedia de enredo, suplantación y dobles identidades, elegida por Jorge Luis Borges como parte de su biblioteca personal.

Priam Farll es el más reputado pintor de Inglaterra: célebre por sus cuadros sobre policías y pingüinos, es adorado por el público y la crítica. Tímido como un cervatillo, nadie conoce su aspecto, pues lleva años viviendo en el extranjero junto con su criado Henry Leek, un granuja de tomo y lomo. Un día regresa a Londres de incógnito, y Leek tiene el mal detalle con su amo de fallecer súbitamente de pulmonía. El doctor que certifica la muerte confunde a Leek con Priam Farll, y pronto la noticia corre como la pólvora: el gran pintor ha muerto. Farll ve el cielo abierto y decide no sacar al mundo de su error: finge que es Henry Leek, y hasta asiste a su propio entierro en la abadía de Westminster. Es entonces cuando entra en escena una pizpireta viuda de Putney, Alice Challice, que estaba prometida en matrimonio por correspondencia con Leek, y con quien Farll se aliará para luchar contra las adversidades de la vida moderna.



CAPÍTULO I

La bata de color pulga 

El peculiar ángulo que el eje de la Tierra forma con el plano de la eclíptica —ángulo del cual depende en buena medida nuestra geografía, y por ende, nuestra historia— era la causa de que en la época en que comienza este relato se produjera el fenómeno conocido en Londres con el nombre de verano. Ocurría además, a la sazón, que nuestro globo, en su continuo girar por el espacio, presentaba su cara más civilizada del lado contrario al Sol, de lo cual resultaba que era de noche en Selwood Terrace, una de las calles más céntricas del barrio londinense de South Kensington. 

En el número 91 de Selwood Terrace, dos luces, una en la planta baja, otra en el piso principal, revelaban calladamente que la pericia humana tiende a burlar las inteligentes disposiciones de la Naturaleza. La casa del número 91 era una de las diez mil similares que hay aproximadamente entre la estación de South Kensington y North End Road. Con su horrible fachada de estuco, su cocina en el sótano, sus escaleras de cien peldaños, su perfecta incomodidad, y pesando sobre su conciencia la muerte de sirvientes de toda clase, esas viviendas levantan hacia el cielo sus escuálidas chimeneas de latón, y esperan con aire melancólico a que llegue el día del Juicio Final de las casas de Londres, ignorando con sublime inocencia las velocidades de rotación y de traslación de la Tierra y el atolondrado deambular de todo el Sistema Solar a través del espacio sideral. Se notaba que la casa número 91 no era feliz, y que solo podría alcanzar la felicidad con un cartel que dijera «Se alquila» en el frontispicio, y otro con el aviso «No hay botellas » en la ventana del sótano-cocina. Pero lo cierto era que no poseía ninguno de estos remedios específicos. Aunque en los últimos tiempos solía estar vacía, nunca llegó a quedarse sin inquilino. A lo largo de toda su respetable y larga carrera, ni una sola vez permaneció desalquilada.

miércoles, 26 de junio de 2013

Los bosnios

La guerra de los Balcanes, años 90, contada por un ex combatiente... Una obra maestra de la literatura de guerra, de cualquier guerra, aunque este relato se centre en una bien cercana en el tiempo y en el espacio. Hay que leer este libro. Hay que acercarse a este libro, a su testimonio, a su excelencia literaria: para que no se repita lo que se cuenta en sus páginas. Y para descubrir a un autor nunca antes traducido al español y, sin embargo, fundamental.  

Los Balcanes, años 90… He aquí la estremecedora novela de una época terrible. He aquí un libro de relatos emocionante y lúcido sobre los muertos de aquella guerra: lápidas, casi, más que capítulos. He aquí, también, la autobiografía de su narrador, un joven escritor bosnio convertido en soldado en medio del Apocalipsis. 

Los hombres y mujeres de cada bando, las palabras comunes (y las diferentes), las ciudades arrasadas… Y, escasos como diamantes, algunos pequeños gestos de bondad y ternura en medio de la barbarie. Son éstos, junto al bienvenido humor, los únicos momentos de «descanso» que tendrá el lector de esta obra maestra del dolor, de la vergüenza y de lo incomprensible, intensa y hermosamente desoladora como pocas. 


ADEM

Como el primer hombre, se llamaba Adem (Adán). Ninguno de nosotros conocía su apellido. Vivía con su madre a las afueras de la ciudad, en una casita de adobe. En su tierna infancia, Adem había sufrido el ataque de unas ocas que le habían dañado la columna vertebral. Desde entonces, no era más que un hombre a medias. Caminaba encorvado como el filo de una hoz, marcado —lo que constituye en Bosnia la mayor de las maldiciones, ya que a las personas estigmatizadas se las abandona en la calle—. 

En la calle, allí estaba Adem el primer día de la guerra. Su cara de gorrión no podía comprender de qué se trataba. Preguntaba qué ocurría a sus conciudadanos, que se apresuraban en una u otra dirección y le respondían: «¡ES LA GUERRA, POR DIOS!». Él había oído hablar de la guerra a lo largo de sus cuarenta años de vida, se hacía una idea. 

La ciudad se iba quedando vacía. 

Por primera vez, Adem se dio prisa en volver a casa.

martes, 25 de junio de 2013

Biografía del hambre

Nos hallamos ante un libro resueltamente autobiográfico que también es una apología contagiosa del apetito. La autora afirma que, aunque todo lo relatado es real, lo que diferencia la novela de la realidad es la escritura. No obstante haber padecido anorexia durante dos años, en el relato explica su vida a través del hambre y reivindica una avidez y una glotonería en muchos registros: hambre de lenguas, de libros, de alcohol, de chocolate, ansia de belleza y de descubrimientos... Amélie Nothomb afirma que tiene «un apetito absoluto», un deseo jamás colmado, que no parece tener fin y al que la autora asedia en este relato en todas sus formas, del éxtasis al horror, con brío, dolor, amor, humor y lucidez, mientras se dibuja en filigrana la complicada paradoja de existir. Biografía del hambre es un libro en el que Amélie Nothomb se vuelca de una forma mucho más sincera hacia su infancia, que ya había evocado en Metafísica de los tubos y El sabotaje amoroso, prolegómenos de la extraordinaria experiencia de Estupor y temblores.

«Amélie Nothomb es de esos autores que crea adicción. El lector, en cuanto lee uno de sus libros, queda atrapado por el universo subyugante de la autora y repite la experiencia de sumergirse en cada una de las novelas que publica... La mirada limpia y toda la crueldad propias de la inocencia de la infancia» (Ana María Moix).

«Esta obra conmovedora e inquietante que es una autobiografía y la apología del disfrute» (Jesús Aguado, El País).

«Amélie ataca de nuevo y lo hace con una de sus obras más poderosas y usando su mejor registro. Chapeau a este ejercicio autobiográfico. Bebamos una copa de champán a su salud y paseemos de noche por París, como a ella le gusta» (M.ª Ángeles Cabré, La Vanguardia).
«Su mejor novela» (Jacinta Cremades, El Mundo).

PÁGINAS DEL LIBRO 

     Existe un archipiélago oceánico llamado Vanuatu, antiguamente Nuevas Hébridas, que nunca ha conocido el hambre. A lo largo de Nueva Caledonia y de las islas Fidji, y durante milenios, Vanuatu ha gozado de dos virtudes raras por separado y cuya alianza resulta todavía más rara: la abundancia y el aislamiento. Es cierto que, tratándose de un archipiélago, esta última virtud raya el pleonasmo. Pero así como conocemos islas muy frecuentadas, nunca vimos unas islas tan poco visitadas como las Nuevas Hébridas.

     Es una extraña verdad histórica: nunca nadie ha deseado ir a Vanuatu. Incluso la desheredada geografía que, por ejemplo, constituye la isla de la Desolación tiene sus adoradores: su abandono tiene algo de atractivo. Aquel que desee subrayar su soledad o dárselas de poeta maldito causará la mejor de las impresiones diciendo: «Acabo de regresar de la isla de la Desolación.» Quien regresa de Las Marquesas despertará una reflexión ecológica, quien vuelva de la Polinesia recordará a Gauguin, etc. Regresar de Vanuatu no provoca reacción alguna.

     Y resulta aún más curioso si se tiene en cuenta que las Nuevas Hébridas son unas islas encantadoras. Incluyen los accesorios oceánicos habituales que desencadenan los sueños: palmeras, playas de arena fina, cocoteros, flores, vida regalada, etc. Podríamos parafrasear a Vialatte y decir que se trata de unas islas tremendamente insulares: ¿por qué la magia de la insularidad, que funciona con la más mínima roca emergente, no funciona cuando se trata de Vaté y de sus hermanas?

     Todo transcurre como si Vanuatu no interesara a nadie.

Las mil vidas de la ‘Rayuela’ infinita

Antes fueron Bestiario y Las armas secretas, dos libros que tuvieron una recepción muy limitada en Buenos Aires, igual que había sido limitada la aceptación del primer libro de Jorge Luis Borges. Pero aquellos dos primeros libros de Julio Cortázar le abrieron al gran escritor de Rayuela, que entonces era un muchacho todavía, las puertas de un conocimiento excepcional que marcaría su trayectoria editorial y la propia existencia de su novela más famosa. Ese editor era Francisco Porrúa, trabajaba en Minotauro, pero pronto se asoció con Sudamericana, donde Cortázar acabaría publicando esa novela hace ahora, esta semana, 50 años.

Rayuela empezó a crecer en seguida. Pero para llegar a ser la novela más exigente de Julio Cortázar, este tuvo que cumplir algunos requisitos muy exigentes consigo mismo. En primer lugar, como él le contaría poco tiempo después a Luis Harss (Los nuestros, recientemente reeditado por Alfaguara), tuvo que desprenderse para escribir esa novela de modos y de precipitaciones que eran habituales en sus libros anteriores, y sobre todo en Los premios, un divertimento que precedió, hasta en ciertas estructuras, a la Rayuela que lo hizo escritor de culto en todo el mundo, para jóvenes y no tanto. Hasta entonces, concedía Cortázar en su conversación con Harss, se fijó poco en las personas y más en su propia imaginación, en las figuras que poblaban su mente y por tanto sus libros. Rayuela iba a ser rabiosamente humana; en otras palabras, era una novela del ser más que una novela del estar.

En sus conversaciones epistolares incesantes con Francisco Porrúa (que figuran en un apéndice de la edición de Rayuela con la que Alfaguara conmemora ahora el cincuentenario de la primera edición) Cortázar hizo evidente esa preocupación existencialista de su obra y quizá de su pensamiento de la época, en el tiempo en que aún mandaban en la estructura intelectual contemporánea las consecuencias de la guerra en Europa. No solo eso, también las heridas elementales que causaba en los emigrantes argentinos la lejanía de su patria. Era una novela extraña entonces, pues en ella cabía todo el mundo, como en las obras de Shakespeare, y había ritmos y canciones y conversaciones sincopadas como el jazz. En esas conversaciones, así como en las notas editoriales, que eran asimismo abundantes, Cortázar dejó muy claro que él no quería engañar al lector, sino escribir una contranovela, un libro que no se pareciera a las novelas y que tampoco se pareciera a nada de lo que había escrito hasta entonces, aunque sería inevitable que los rayuelitas (como dice Harss) se sintieran también rayuelitas leyendo la extraordinaria colección de cronopios en los que Cortázar se hace eco de cosas que oye en la calle o en su casa.

Rayuela no nació para ser un libro cualquiera; no es una colección de narraciones, tiene una estructura natural, que se lee de corrido, o bien tiene la estructura que Cortázar quiso reglar a sus más audaces seguidores; los capítulos se podían suprimir o seguir en el curso que el autor indicaba. Ese juego (como todos los juegos de Cortázar) tenía una alta graduación poética, le permitía romper, él lo decía, con la solemnidad de discurso que a veces tienen los libros y, además, estaban concebidos para hacerle hueco a la enorme capacidad de dialoguista que ya había ensayado con maestría en Los premios. Fueron juegos que combinó con momentos extremadamente solemnes o duros de la novela, cuando muere el niño Rocamadour (alrededor hay un ruido que no se entiende) o cuando Olivetira, el héroe de la novela, requiere en Buenos Aires ciertos materiales de fontanería que ha de entregarle la mujer a la que ama desesperadamente, sobre todo porque duerme con otro.

Es un libro genial que la gente recuerda como un emblema. Del amor (capítulo siete), del existencialismo (la muerte, la conversación sin límite, el destino) y de la poesía. Quien toca este libro toca a un hombre, y no solo toca a su autor, que es el médium en realidad de un aire que flotaba entonces, la extrañeza de la vida trasladada a la extrañeza de la literatura. ¿Por qué cautivó a tanta gente (y por qué indignó a algunos)? Porque era esperada. Y se convirtió en un lento éxito mundial. Una joya que aún se degusta como si no hubiera pasado medio siglo. Algunos creen que pasó de moda, que el tiempo la sepultó hasta convertirla en una reliquia de exquisitos. Hace 20 años ya se decía eso, sobre todo en España, donde hubo entonces una reticencia suicida con respecto a lo que hizo posible el boom de la literatura latinoamericana. Entonces, un grupo de editores de Alfaguara, que ahora reedita Rayuela, decidió, con la complicidad del artista Eduardo Arroyo (que dibujó el capítulo siete) y la Fundación March, Aurora Bernárdez y Carmen Balcells organizar una campaña para elevar el espíritu del conocimiento de Cortázar. La campaña se llamó Queremos tanto a Julio y consistió en una serie de actos en la fundación. Un grupo enorme de jóvenes se acercó, como para ir a un concierto. Fue entonces la resurrección española de Cortázar y, sobre todo, el regreso solemne, o divertido, de una novela que quien la leyó, no solo la leyó dos o tres o más veces, sino que ahora querría leerla nuevo. No para saber cómo era, sino para saber cómo es.

El País

Literatura y alcohol, un maridaje histórico

Literatura y alcohol han formado una pareja, en ocasiones imperfecta, a lo largo de la historia. Charles Baudelaire decía encontrar la inspiración en el "hada verde" (absenta), Truman Capote no escondió su adicción al alcohol y definió su profesión como "un largo paseo entre copas" y Ernest Hemingway degustó y escribió sobre las bebidas espirituosas sin descanso.

Bajo la convicción de que el alcohol potencia la creatividad porque desinhibe la mente, han sido muchos los escritores que han recurrido a la bebida en busca de la inspiración que le negaban otras musas.

A algunos de ellos se les fue de la mano hasta enfermar de alcoholismo; otros, simples bebedores sociales, han convertido a bares en protagonistas de sus obras.

Hay autores que han conseguido poner de moda sus cócteles favoritos y otros cuyas creaciones recuerdan sus vivencias en el interior de los bares. Además, míticos cafés han acogido tertulias literarias y artísticas, en las que se debatía sobre lo divino y lo humano hasta la madrugada y que se regaban con distintos destilados.

Uno de los casos más emblemáticos es el del estadounidense Ernest Hemingway (1899-1961) cuya vida y obra están muy vinculadas al alcohol. Ha dado nombre a bares en todo el mundo, creó su propio cóctel, el "papa doble" -a base de ron- y en El Floridita de La Habana, un Hemingway acodado en un extremo de la barra recuerda que allí degustaba daiquiris, mientras que prefería La Bodeguita del Medio para los mojitos.

Hemingway dejó frases históricas: "un hombre no existe hasta que se emborracha" o "beber es un modo de terminar el día", y el alcohol está presente en toda su obra, especialmente en "Fiesta".
Son memorables sus borracheras con Francis Scott Fitzgerald en los clubes clandestinos que la Ley Seca hizo florecer en Nueva York y compartió tertulias empapadas de alcohol con James Joyce, Gertrud Stein y Ford Madox Ford, recuerda el escritor Antonio Jiménez Morato en su libro "Mezclados y agitados" (Debolsillo). Llegó a beber tres botellas diarias de alcohol y acabó suicidándose.

UN LARGO PASEO ENTRE COPAS

Truman Capote (1924-1984) fue siempre un devoto de la farra -como demostró en las fiestas que organizaba y en el rodaje de "Beat The Devil" (La burla del diablo), trufado de borracheras junto a John Huston y Humphrey Bogart- pero su carrera hacia la destrucción comenzó tras escribir "A sangre fría". El escritor, que murió de un cáncer de hígado, afirmó que su profesión era "un largo paseo entre copas".

El padre del famoso detective privado Philip Marlowe, Raymond Chandler (1888-1959), intercaló épocas de ebriedad y abstención. En una ocasión, volvió a la embriaguez para escribir el guión de "The Blue Dahlia" (La dalia azul), por el que fue nominado a los Oscar, convencido de que no era capaz de crear sobrio.

Quizá los antecedentes fueran establecidos por la generación de la "bohemia artística" del París decimonónico, a la que perteneció Charles Baudelaire (1821-1867), a quien se considera el precursor de la figura del intelectual. Jiménez Morato lo define como "un precursor en todo lo tocante a la relación que se establece con los estupefacientes y la creación artística". Estos creadores, contrarios a la burguesía, frecuentaban las tabernas y determinaron que la embriaguez fomentaba la creatividad. Baudelaire escribió en "Spleen de París": "Hay que estar siempre ebrio. Eso es todo: la única cuestión".

LOS BARES, LUGARES LITERARIOS

Pero la relación entre literatura y alcohol no ha sido siempre tan extrema. Dipsomanías aparte, la bebida y las tabernas han tenido su protagonismo en muchas obras. En casi todas las novelas y en muchos de los cuentos de Mario Vargas Llosa (1936), aparecen bares, hasta el punto de que su libro "Conversación en La Catedral" toma el nombre de uno de ellos.
También Mirko Laver (1947) se presenta con un gran captador de la vida de los bares de Perú, o Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), que escribió una obra sobre la bebida, "Beber o no beber", aparte de las lecciones gastronómicas y vinícolas que transmitió a través de su personaje Pepe Carvalho. Nicolás Guillén le dedicó unos versos al lugar del que "La Habana con razón blasona", La Bodeguita del Medio, cuyas mesas frecuentaron también escritores como Pablo Neruda, Tennessee Williams y Carlos Mastronardi.

La asiduidad con la que algunos escritores visitaban ciertos bares llevó a Forbes a elaborar una lista con los diez bares literarios más famosos del mundo, aunque se limitó a la literatura anglosajona.
Encabezada por la White Horse Tavern de Nueva York que frecuentaban Allen Ginsberg y Jack Kerouac, incluye el Davy Byrnes de Dublín, donde James Joyce escribió algunas páginas de "Ulises"; el Eagle and Child de Oxford al que acudía con frecuencia J.R.R. Tolkien, o el Long Bar del Hotel Raffles de Singapur que acogió a Joseph Conrad y Rudyard Kipling.

Por Pilar Salas Durán
EFE-Reportajes

lunes, 24 de junio de 2013

“Carlos Fuentes era consciente de que había sido investigado por el FBI”

Carlos Fuentes aparecía con su habitual elegancia por los controles migratorios de los aeropuertos estadounidenses en los que aterrizaba, pero allí lo trataban como persona non grata. “Apenas veían su pasaporte lo llevaban a una oficina y los trámites se alargaban hasta por una hora”, recuerda Silvia Lemus, la viuda del intelectual fallecido el año pasado a los 83 años. El FBI y el Departamento de Estado lo sometieron durante dos décadas a una estrecha vigilancia porque lo consideraban “un destacado escritor comunista”.

Los archivos desclasificados esta semana por el FBI, que comprenden los años 60 y 80, revelan que había instrucciones de retrasar los visados del escritor. “Tiene una larga historia de relaciones subversivas”, se lee en la documentación. Lemus sostiene que Fuentes sabía que habido sido vigilado: “Era consciente de esa paranoia. En ocasiones él avisaba a la embajada de México para que anunciase que íbamos a llegar y se facilitara el trámite. Aunque nunca era fácil”.

Estados Unidos le denegó en varias ocasiones la entrada al país, la primera vez en a principios de los sesenta. Fuentes intentó desembarcar en San Juan, Puerto Rico, pero un oficial, que según recordó el escritor “se parecía a John Wayne”, se lo impidió. Llegaba de Barcelona en un barco llamado Virginia de Churruca. “¡Pero si esta es mi tierra!, le grité. ¡Puerto Rico es parte nuestra, no de ustedes!”, escribió en este periódico.

Al año siguiente fue invitado por el subsecretario de Estado, Richard Goodwin, a debatir en televisión sobre la política del país hacia América Latina. Tampoco lo dejaron entrar y lo declararon “extranjero indeseable”. La negativa tuvo mucha repercusión. The New York Times le dio una gran cobertura al asunto. Años después Fuentes fue invitado por varias universidades como profesor y las instituciones se ocupaban de los trámites migratorios. “Era muy respetado y querido por sus colegas estadounidenses. Para ellos era un gran disgusto que Carlos tuviera problemas con trámites migratorios. No lo comprendían”, dice Lemus por teléfono desde Londres.

La vigilancia a la que fue sometido el escritor se limitaba a controlar sus entradas y salidas del país y sus actividades públicas y opiniones políticas que recogía la prensa, o al menos eso se deduce de los papeles dados a conocer. Siempre que enseñaba su pasaporte en migración, según su viuda, era invitado a pasar a una sala donde un funcionario revisaba con exhaustividad su pasaporte y hacia un par de llamadas. Fuentes sabía que este era el trámite habitual en su caso. Nunca le dijeron que se le trataba de una manera especial, distinta al resto de pasajeros, y él nunca preguntó. Lemus recuerda que siempre le trataron con amabilidad y que el mexicano, siempre caballeroso, correspondía de la misma manera.

Tras leer los documentos surge una pregunta: ¿Era Carlos Fuentes antiamericano? “Nunca lo fue, como piensa el FBI. Para nada. Valoraba un país con una gran energía, un país de una gran importancia”, contesta Lemus. El escritor adoraba las malteadas, las hamburguesas y los hot dogs. La música norteamericana de los 30 y los 40. Las películas de Frank Capra y John Ford. El teatro de Broadway. Fue amigo íntimo de Arthur Miller. Aunque lo consideraba solo un lugar de paso, el escritor sentía una gran fascinación por la cultura estadounidense.

“Llamarme antiamericano es una estupenda mentira, una calumnia. Crecí en este país. Cuando era niño le di la mano a Franklin Roosevelt y no me la he lavado desde entonces”, dijo en 2006 con su habitual ironía en Los Ángeles según recoge The Guardian.

El matrimonio tuvo allí a su hija Natasha, que nació en Washington. “La única gringuita de la familia con pasaporte americano. Razón de más para querer a los Estados Unidos. Nuestros hijos que vivieron en Estados Unidos desde los tres y cuatro y hasta que cumplieron once y doce hablaron perfecto español y perfecto inglés, bilingües como su padre. Gran país”, dice Lemus. Los dos hijos que tuvieron, Carlos y Natasha, murieron antes que su padre por distintas causas.

El Gobierno de Estados Unidos catalogó a Fuentes como supuesto enemigo de su país por relacionarlo con el partido comunista mexicano y por sus apoyos al castrismo en Cuba, en sus inicios, y al sandinismo en Nicaragua. “Carlos no solo no era comunista, nunca perteneció al partido comunista. Se nota que sabían muy poco sobre él. Era la forma en la que los gobiernos reaccionaban con una serie de intelectuales latinoamericanos, como también con García Márquez y Julio Cortázar. Se les veía con sospecha”, considera Lemus.

Fuentes, un trabajador incansable que comenzaba a escribir desde muy temprano, decía que era un calvinista porque si no se esforzaba no se merecería el cielo, recuerda Lemus. El escritor, nacido en Panamá, vivió en Washington de los 4 a los 12 años debido a la actividad diplomática de su padre. Lemus considera que esa etapa de su vida le moldeó el carácter y le llevó a crear un vínculo con el país que perduró siempre. En 1996 se convirtió en profesor visitante de la Universidad de Brown pero ya antes daba una cátedra de literatura iberoamericana en las universidades de Columbia, Princeton y Pensilvania. En Harvard inauguró la cátedra de Robert Kennedy, con cuya familia tuvo una larga amistad. Uno de sus alumnos fue el actual presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, quien es uno de sus personajes en La silla del águila. Ahí el escritor profetizó que gobernaría algún día su país.

“Fueron unos años felices. Interesantísimos. No quedan empañados por esta revelación”, conviene Lemus, la mujer durante 40 años del autor de obras fundamentales como Aura, La muerte de Artemio Cruz o Terra Nostra. ¿Qué pensaría Fuentes si se hubiera enterado de este seguimiento por parte del Gobierno? “Tal vez se hubiera reído. Tenía un gran sentido del humor”, zanja Lemus. La noticia podría haberle encontrado disfrutando la película Singing in the rain.

El País

domingo, 23 de junio de 2013

Muere Javier Tomeo, un monstruo literario

La mujer tuerta a la que su marido le recrimina que se ponga el ojo de cristal, el despertador que funciona como un cangrejo, el niño de las dos cabezas y esa bestial unión del bien y el mal que era el gallitigre, cruce del felino enamorado del ave, entre otras muchas criaturas aberrantes, están desde ayer huérfanos después de que el corpacho de su padre, Javier Tomeo, no pudiera resistir más las múltiples complicaciones de una diabetes que en los últimos meses le llevaban a dormir mal y a moverse “como un caracol” (de nuevo su amado mundo animal) y falleciera por una grave infección en el hospital Sagrado Corazón de Barcelona, a los 80 años.

Esos seres que poblaron una de las obras más inclasificables del último medio siglo de las letras españolas no surgieron de la infancia de ese niño nacido en el pueblo oscense de Quicena en 1932. Entonces solo había lecturas de Verne y Salgari, aunque en la genética debía haber algo de la tierra. “Soy aragonés, no puedo escribir más que negro y Buñuel es mi Dios; quizá tuvo la culpa la pintura de Goya”, se parapetaba el escritor. Luego, al poco tras un ligero silencio y una mirada más allá del interlocutor, la confesión: “En parte, mis personajes son nacidos de mis carencias”.

Esa dualidad, una dureza que provenía de una notable estatura y una voz grave pero que hacía de baliza de unos sentimientos nobles y tiernos, marcó tanto la vida como la obra del escritor, pronto afincado en Barcelona tras la emigración de sus padres. Ahí cursó Derecho y, más tarde, Criminología (“para saber más del alma humana”), que no sepultaron una vocación que arrancó con novelitas de quiosco bajo el pseudónimo de Frantz Keller. “Te pagaban de 10 a 25 pesetas y firmabas con nombre extranjero porque si no, en este país, no te compraban”, justificaba.

En esa cultura pulp castiza y en el despacho de la multinacional Olivetti se fue forjando una escritura personalísima, de literatura del absurdo, de regusto kafkiano y, lo más inquietante, que se daba en espacios y situaciones bien normales. Así surgiría en 1967 su primer libro, El cazador, donde un hombre se encierra en su habitación para no ver nunca a nadie más. Se lo había editado Tomás Salvador desde el pequeño sello Marte, como torna por lo poco que pagaba a aquel joven que trabajaba horas allí. El camino estaba trazado. Pronto llegaría El unicornio (1971), donde los espectadores a una función son aniquilados uno a uno. Nada, algo normal. O El castillo de la carta cifrada (1979). Muchos de esos títulos ya estarían poblados por esos seres extraños, a mitad del animal y del hombre, que le caracterizaron. “El monstruo permite señalar defectos y moralizar; el lector, más que nunca, necesita hoy ser moralizado”.

Ese mundo de Tomeo no encajaba entonces. Eran tiempos del realismo social. Él lo intentó con la historia de un limpiabotas emigrante… “Pero me cansé de mi mismo a las 20 páginas y me acordé de que Pereda lo había hecho antes mucho mejor cien años atrás; por suerte, me dio entonces por leer a Kafka, a Sartre, a Hansum, a Poe…”. Se desmarcó del realismo e impuso a sí mismo y a su literatura su fuerte personalidad, lo que provocó aquel comentario de Juan Benet, que aseguró que sus novelas eran simples croquetas de idéntico sabor. “Bueno, fui una víctima de Kafka, al que llegué por Freud. Mi mundo y mis personajes han sido el Ello freudiano, lo inconsciente, las pulsiones”…

Debió esperar Tomeo hasta mediados de los ochenta para que esa trayectoria fuera reconocida. Ocurrió en 1985, con Amado monstruo, inocua entrevista de trabajo que va desvelando la extraña personalidad (y también la morfología) del aspirante. De pronto, todo encajaba: ese surrealismo y una fraseología breve fruto de una destilación del lenguaje poco usual acabó, en pleno momento Tomeo, siendo representada como obra teatral en París en 1989, el mismo año que aparecía su libro preferido, Historias mínimas, un prestigio que apuntalarán El gallitigre (1990), El crimen del cine Oriente (1995). Sus obras empiezan a representarse hasta en Alemania. El eco es tal que incluso desde su tierra se impulsó su candidatura al Premio Nobel.

En un reflejo de su propia vida sincopada, su luz parece languidecer y él, con casi medio centenar de obras, fue encerrándose en sí mismo, acentuando su manía de corregir y corregir sus textos. El mundo cultural y literario pareció haberlo olvidado, como si su tiempo hubiera pasado. Nunca obtuvo un gran premio. “No, no se ha sido injusto conmigo; puedo vanagloriarme de tener lectores de culto cada generación”, se defendía. Y las ediciones de sus Cuentos completos el año pasado y hace unos meses de Constructores de monstruos parecen darle la razón. Un rato después, la confesión: “Me he ido apartando del mundo literario; una novela mía hoy es como tirar una piedra al agua. En muchos premios me veo rodeado por escritores mediáticos y me pregunto: ‘¿Qué hago yo aquí?’. Es un agravio comparativo constante”.

Poco amante de la televisión (“solo me sirve para ponerme de mala leche, pero eso me ayuda a escribir”, admitía), parecía él mismo uno de sus entrañables monstruos, incapaz de encajar en el mundo. Seguía escribiendo a diario, riguroso, sin tregua consigo mismo (“si puedo decir algo en cuatro palabras no uso ocho”), en particular por las mañanas cuando, decía, “oigo cantar a los pájaros y al alguna vecina por el patio interior; eso infunde optimismo: por las mañanas todo parece posible”.

Vivía solo, no tenía hijos y ya hacía tiempo que se dedicaba casi exclusivamente a releer, “libros-herramientas”, decía él, como el Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Si se le forzaba mucho, soltaba los nombres de Shakespeare, de Dante y el Quijote de Cervantes.

No citaba contemporáneos porque no leía nada de nadie para, en realidad, no contaminarse. Para ser un monstruo en estado puro.

El País

viernes, 21 de junio de 2013

Emilio Lledó alerta de que "estamos pasando por una tercera guerra mundial sin cañones"

Madrid, 21 jun (EFE).- A pesar de que el filósofo y humanista Emilio Lledó ha sufrido los zarpazos de algunos de los episodios más difíciles del siglo XX, la guerra civil, el hambre de posguerra, el franquismo o el Berlín del "muro", cree que este momento es nefasto. "Estamos pasando casi una tercera guerra mundial sin cañones", dice.

"Vivimos un momento muy duro, decir que nunca he vivido un tiempo así es, tal vez, exagerar, porque en el franquismo pasé un hambre feroz; lo normal en ese tiempo, si no eras estraperlista, oligarca o tramposo, pero los que nos íbamos fuera teníamos esperanza. Hoy estamos en el territorio de la desesperanza, que es lo peor", añade este filósofo y académico nacido en Sevilla hace 86 años.

Unas palabras que este pensador lúcido, sabio y transparente como sus ojos azules pronuncia en una entrevista con Efe, en su casa madrileña, literalmente forrada de libros, con motivo de la publicación de "Los libros y la libertad", editado por RBA.

Este volumen recoge algunos de sus mejores artículos, conferencias o discursos y cuyo denominador común es el amor de este profesor por los libros, el lenguaje, la memoria, la libertad, la amistad o la educación, piedra angular de su pensamiento.

A Lledó, que salió de España en 1953 para estudiar en Heidelberg (Alemania) donde fue alumno de Gadamer -después estuvo en Berlín hasta que en 1963 vino con su mujer a una España gris, pero "con mucha ilusión", para dar clase-, en el caso de la situación española lo que más le duele es la educación.
"El mundo está fatal -dice- por culpa de la codicia y la ignorancia, y aquí me preocupa mucho la educación porque no está funcionando por una serie de gestores que creen que el dinero es lo que calibra la educación".

"Esa es mi obsesión -continúa-, el planteamiento educativo. La función más importante es crear ciudadanos libres, críticos. Y el principio de una democracia es la defensa de lo público", añade este incombustible filósofo, con la misma pasión de un joven que empieza a comerse el mundo.

Una educación y aprendizaje, que, en opinión del autor de "Una sabiduría del cuerpo, del elogio y la amistad", "Elogio de la infelicidad" o "El origen del diálogo y la ética", es el motor de cambio de una sociedad y que ha sido también carcomida por el "asignaturismo", al tiempo que plantea un elogio del maestro, el que "hace amar los libros".

Lledó, en este bello volumen que acumula su pensamiento, "el libro es, sobre todo, un recipiente donde reposa el tiempo", habla del origen de la escritura, la lectura o de la necesidad de la amistad ("el lenguaje y el sentimiento de amistad son los fundamentos esenciales de la socialización de la humanización").

También escribe de los medios de comunicación -"el periodista es, pues, el gran salvador de los fenómenos, el desmitificador de las apariencias, el más inmediato lector de lo que pasa en la calle"-, del libro electrónico, de María Zambrano, de la poesía o de la memoria.

"Somos seres con memoria y yo estoy a favor de la memoria histórica. Me gusta saber en qué país he vivido y no verlo es una ceguera", sostiene este pensador, que no olvidará nunca el olor a pólvora y a muerte que se le impregnó cuando tenia nueve años y en plena guerra civil fue testigo de un bombardeo en la Gran Vía madrileña, junto a su padre.

"Tenemos una lengua materna que nos acoge y nos nutre, pero luego tenemos que crear la nuestra propia, que es lo que se hace a través de la educación, y lo hacemos con nuestra memoria y con nuestro propio lenguaje, por eso es muy importante la memoria, para que no se repita nada que no deba repetirse o para que luego no venga un salvador de patrias que suele ser el refugio de muchos canallas".

El académico, que fue docente en la Universidad de Alemania, un país cuya educación pública siempre ha elogiado, asegura que tampoco le gusta nada como está actuando Angela Merkel, "que no es lo mismo que el pueblo alemán".

Emilio Lledó, Premio Nacional de Literatura, y quien también fue profesor de las universidades de La Laguna, Barcelona y Madrid, mantiene que hay que luchar por que las humanidades no desaparezcan y por el brillo del término decencia, y afirma que no hay que votar a los corruptos.

Además considera que también hay una gran corrupción en el lenguaje y pone como ejemplo una serie de palabras que hoy se han pervertido, como "educación, que se confunde con formación; empleo, que no es lo que trae 'Eurovegas' sino el talento de un país; responsabilidad, que es lo contrario de corrupción; o identidad o libertad, que no es libertad de expresión sino libertad de pensamiento", argumenta.

Y añade "neoliberal, que pudiera no tener que ver con libertad, sino con el juego nada azaroso, de las cartas trucadas, de las armas y los desarmados, del poder y de la impotencia", concluye.

Carmen Sigüenza

jueves, 20 de junio de 2013

El contemporáneo esencial

Creo que se ha infravalorado el papel de los inquisidores en la promoción de las más interesantes obras literarias. Oscar Wilde señaló que lo más decisivo de la literatura moderna se encuentra en los libros que no debían leerse. Para quienes crecimos y tratamos de desarrollarnos intelectualmente bajo la dictadura gazmoña y obtusa del franquismo, las fobias de los censores nos sirvieron a menudo como pistas para encontrar los autores que más necesitábamos. Franco era, heráldico, el Centinela de Occidente, pero en las garitas de la censura bibliográfica los que montaban su guardia prohibitiva eran los clérigos. Los mismos, por cierto, que hoy reclaman con vehemente elocuencia la libertad en la enseñanza que antes tanto obstaculizaron y que se alzan contra asignaturas “adoctrinadoras” como la Educación para la Ciudadanía pero siguen queriendo adoctrinar religiosamente en las escuelas…

En aquellos tiempos, dos jesuitas —¡qué le vamos a hacer!— se sucedieron en la publicación de guías de lecturas que calificaban las obras según criterios de mayor o menor inmoralidad, lo mismo que ahora reparten estrellas o tenedores las guías gastronómicas (que por cierto, en muchos casos no son menos dogmáticas ni supersticiosas). El primero fue el padre Ladrón de Guevara, con sus Lecturas malas y buenas (aclaraba que el título respondía a que hay más de las primeras que de las otras), el cual nos previno contra el “impío Baroja” y en la clasificación alfabética, al llegar a Galdós, recomendaba “búsquese en Pérez cuan malo es este autor”. Creo que sólo se salvaba, y no sin alguna reticencia, el padre Luis Coloma (¡“Jeromín”!). Después fue seguido por el padre Garmendia de Otaola, que llevaba un registro minucioso de cuanto se publicaba, asestando también una ristra de prevenciones aunque algo más modernizada, pues un libro ya no sólo podía ser “crudo” o “lascivo”, sino también “marxista”. Por supuesto, los jóvenes pervertidos que consultábamos los varios volúmenes de su anuario seguíamos los denuestos como si fuesen ovaciones y buscábamos con celo las obras que los merecían.

En algunas sonadas ocasiones, el buen jesuita de Deusto se ahorraba los calificativos descalificadores y hacía descender el telón sobrio de lo inapelable: “Todas sus obras están incluidas en el Índice de libros prohibidos”. Era para mí el diez sobre diez, la matrícula de honor con premio extraordinario. Así localicé a André Gide y sus Nourritures terrestres se convirtieron en una guía vital (y sensual) para mí, hasta que lo sustituí por el Zaratustra de Nietzsche, que es droga más dura. Pero siempre he conservado un especial afecto intelectual por quien fue considerado en su época “el contemporáneo esencial”, es decir aquel cuya vigilancia y referencia establecía el control moral de la actualidad. Por eso he disfutado y agradecido especialmente el excelente ensayo que acaba de dedicarle Luis Antonio de Villena (André Gide, Cabaret Voltaire) y que, más allá de lo meramente biográfico, profundiza con agudeza en la interpretación del complejo personaje y la repercusión de sus obras en los autores españoles.

No me atrevo a decir cuáles pueden ser los escritos de Gide más atractivos para el lector actual. Como lo que guarda mayor fascinación es su propio personaje, quizá sean sus textos autobiográficos, empezando por Si la semilla no muere y concluyendo por el emocionante Así sea. Y desde luego el oceánico Diario, mas de 2.500 páginas, que quizá resulte preferible leer en una antología como la preparada por Peter Schnyder para Folio. Los grandes diarios de los literatos franceses (el de Jean Renard, el de Paul Léautaud, el de Paul Morand y desde luego el de André Gide) fueron los antecedentes de los blogs actuales. A veces padecen defectos similares, algunos de los cuales le criticó Roger Caillois a Gide, pero también son igualmente adictivos. Y en el suyo Gide acertó a veces a expresar en dos líneas su ideal artístico (“Las cosas más bellas son las que inspira la locura y escribe la razón”) o su personalidad misma: “No soy más que un niño que se divierte, doblado de un pastor protestante que le aburre”.

El País

miércoles, 19 de junio de 2013

La Biblioteca Pública de Nueva York mira de tú a tú a la literatura infantil

Nueva York, 19 jun (EFE).- A menudo desprestigiada, la literatura infantil entra por la puerta grande en la Biblioteca Pública de Nueva York con la exposición "Por qué los libros para niños importan", en la que a través de Sendak o Carroll defiende "que los niños tienen mucho que enseñar a los adultos sobre infancia".

"A menudo la literatura infantil está considerada como un preámbulo para la literatura 'seria'. Pero no todo el mundo tiene por qué leer 'Guerra y paz' en su vida", explica a Efe el comisario de esta exposición, Leonard S. Marcus, que recorre desde las fábulas de Esopo -con un ejemplar de 1666 que sobrevivió al gran incendio de Londres- a Harry Potter, entre otros hitos de la pequeña literatura.
En la exposición, que se inaugurará el 21 de junio y se prolongará hasta el 23 de marzo de 2014, Marus establece un curioso recorrido con rarezas como los muñecos de peluche que recreaban a los personajes de Winnie-the-Pooh o el ejemplar de "Alicia en el país de las maravillas" que perteneció a quien la inspiró, Alice Liddell.

Entre objetos como el paraguas con mango de loro que sirvió de inspiración a la autora de "Mary Poppins", la australiana Pamela Lyndon Travers, o grabaciones de "La telaraña de Carlota" recitado por su autor, E.B. White, en la exhibición también se hila una sugerente argumentación sobre la cuestión pedagógica.

"A lo largo de los últimos tres siglos, los adultos pensaron que sabían lo que los niños querían, cuando ellos en realidad querían algo muy diferente", asegura Marcus.

"Quizá los niños están más interesados en dejar su imaginación volar. Desde un punto de vista religioso, muchos pensaron que los libros de niños tenían que poner en el camino de la salvación o la virtud. Otros, que tendrían que aprender lecciones sobre el mundo. Pero Lewis Carroll decidió demostrar que había que divertirse con todo, que la vida puede ser una experiencia lúdica y la imaginación puede ser un gran placer", señala Marcus.

"Alicia en el país de las maravillas", divertimento perverso de un matemático genial, o "Donde viven los monstruos", que introdujo conceptos psicoanalíticos, dejaron de infravalorar la mente del niño, según el comisario.

"Sendak pensaba que era absurdo apartar a los niños de la realidad y que era mejor contarla en el marco de una historia que la hiciera comprensible. Y que, además, les haga ver que no están solos en sus preocupaciones", añade.

En "Donde viven los monstruos", así como en "La invención de Hugo Cabré", también brillan por sus ilustraciones, que según Marcus, "tienen una calidad que no desentonaría en un museo".

Y la exposición, cuyo nombre completo es "El ABC de esto: por qué los libros para niños importa", también ilumina pasajes censurados de algunos clásicos, como "Huckleberry Finn" o "Pippi Långstrump".

"Pippi era una chica que vivía sin padres, que nunca iba a la escuela, que tenía un caballo que montaba en casa... era una niña de verdad salvaje. Los adultos pensaron que no era un modelo para niños", asevera Marcus.

Así, el comisario se enorgullece de que una institución como la Biblioteca Pública de Nueva York se quite los prejuicios y mire de tú a tú a la literatura infantil.

"La biblioteca es uno de los lugares más democráticos que el mundo ha creado y el acceso a la información da al ciudadano poder y libertad", concluye.

martes, 18 de junio de 2013

La viuda de Saramago asegura que este "nunca fue un 'bestseller' comercial, pero sí literario"

Madrid, 18 jun (EFE).- Tres años después de la muerte de José Saramago, su viuda, Pilar del Río, sabe que la obra del gran escritor portugués "está en buenas manos", porque de cuidarla se encargan los lectores y las editoriales. "Cada día hay más interés por su obra y más demanda para hacer teatro, películas y ópera".

"Saramago nunca fue un 'bestseller' comercial pero sí un 'bestseller' literario, porque los lectores, cuando lo leen, se sienten respetados", decía hoy Pilar del Río en una entrevista con Efe, la víspera del aniversario del fallecimiento del novelista, al que mañana recordarán en la biblioteca de la casa que ambos compartieron durante años en Lanzarote, que será abierta al público.

A las once de la mañana, hora de la muerte de Saramago, "hombre de una sola palabra, de una sola pieza", como lo ha definido en más de una ocasión Del Río, el violonchelista Damián Martínez Marco interpretará la suite 6 de Bach, composición que menciona el escritor en su novela "Las intermitencias de la muerte".

En estos tres años, Pilar del Río se ha preocupado sobre todo de mantener viva la faceta de "de hombre moral, de intelectual con voz desasosegante" que Saramago desarrolló a lo largo de su vida, y para eso cuenta con la fundación que lleva el nombre del escritor y cuya sede está en Lisboa.

"La fundación nació para desasosegar, y no somos neutros. Intervenimos en todos los debates, propiciando situaciones de cultura porque la cultura desasosiega", algo muy necesario en estos tiempos de "bloqueo", como ella prefiere llamar a la crisis que afecta a buena parte del mundo.

"Me niego a llamarlo crisis, porque nos están bloqueando económicamente, democráticamente, judicialmente y culturalmente", asegura la presidenta de la Fundación José Saramago, que se financia con los derechos de autor del escritor.

El espíritu de Saramago también está muy vivo en la casa-museo de Lanzarote. "Cuando la gente entra en la biblioteca, entiende por qué Saramago era como era": "Un hombre valiente, libre; un pensador que fue capaz de anticipar muchas de las cosas que están pasando en el mundo", asegura Pilar del Río.

Y las anticipó no solo en sus numerosas intervenciones públicas, sino en obras como "Ensayo sobre la ceguera", "Ensayo sobre la lucidez" o "La caverna", tres libros que "definen este tiempo y que, de alguna manera, proponen soluciones", señala Del Río, periodista y traductora de la obra de Saramago.

"Lo que viene a decir Saramago es que las soluciones no las trae ningún dios, no vienen de arriba. Es lo que nosotros decidamos hacer levantándonos del suelo, de acuerdo con ese otro libro que José escribió al principio, 'Levantados del suelo'", comenta Del Río, convencida de que la actuación de los ciudadanos "es fundamental" para salir de la crisis.

La presidenta de la Fundación José Saramago no puede "anticipar lo que pasará en el futuro" con la obra del escritor, pero sabe "lo que pasa en el presente, y es que "se sigue leyendo y cada día hay más interés por ella".

Como ejemplo de ese interés, menciona la película que el canadiense Denis Villeneuve dirige sobre "El hombre duplicado" o la que prepara el portugués Miguel Gonçalves Mendes sobre "El Evangelio según Jesucristo".

Y alude también al espectáculo teatral basado en la novela "El viaje del elefante", que a lo largo de varios meses recorrerá Portugal y viajará también a Madrid y Viena, para recrear el fascinante viaje de Salomón.

El tercer aniversario de la muerte del escritor coincide con la publicación del libro "José y Pilar", que recoge las conversaciones que Miguel Gonçalves Mendes mantuvo con el novelista y su mujer durante los cuatro años que tardó en rodar la película del mismo nombre, estrenada en 2011.

Editado en España por Alfaguara, el libro muestra el lado más personal del escritor, sus constantes viajes por el mundo y su relación con Pilar, que fue, según la define ella, "espléndida: libre, clara, asumida, vivida de forma no convencional".

Este libro "enseña a un Saramago en zapatillas, y eso es hermoso", asegura la presidenta de la Fundación.

"José y Pilar" contiene horas de conversaciones y es una excelente ocasión para conocer lo que pensaba el escritor sobre la política, el trabajo, el amor, la literatura y la muerte. Y para descubrir a la mujer que compartió 24 años de vida con él.

Por Ana Mendoza.