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Pruebas

miércoles, 26 de junio de 2013

Los bosnios

La guerra de los Balcanes, años 90, contada por un ex combatiente... Una obra maestra de la literatura de guerra, de cualquier guerra, aunque este relato se centre en una bien cercana en el tiempo y en el espacio. Hay que leer este libro. Hay que acercarse a este libro, a su testimonio, a su excelencia literaria: para que no se repita lo que se cuenta en sus páginas. Y para descubrir a un autor nunca antes traducido al español y, sin embargo, fundamental.  

Los Balcanes, años 90… He aquí la estremecedora novela de una época terrible. He aquí un libro de relatos emocionante y lúcido sobre los muertos de aquella guerra: lápidas, casi, más que capítulos. He aquí, también, la autobiografía de su narrador, un joven escritor bosnio convertido en soldado en medio del Apocalipsis. 

Los hombres y mujeres de cada bando, las palabras comunes (y las diferentes), las ciudades arrasadas… Y, escasos como diamantes, algunos pequeños gestos de bondad y ternura en medio de la barbarie. Son éstos, junto al bienvenido humor, los únicos momentos de «descanso» que tendrá el lector de esta obra maestra del dolor, de la vergüenza y de lo incomprensible, intensa y hermosamente desoladora como pocas. 


ADEM

Como el primer hombre, se llamaba Adem (Adán). Ninguno de nosotros conocía su apellido. Vivía con su madre a las afueras de la ciudad, en una casita de adobe. En su tierna infancia, Adem había sufrido el ataque de unas ocas que le habían dañado la columna vertebral. Desde entonces, no era más que un hombre a medias. Caminaba encorvado como el filo de una hoz, marcado —lo que constituye en Bosnia la mayor de las maldiciones, ya que a las personas estigmatizadas se las abandona en la calle—. 

En la calle, allí estaba Adem el primer día de la guerra. Su cara de gorrión no podía comprender de qué se trataba. Preguntaba qué ocurría a sus conciudadanos, que se apresuraban en una u otra dirección y le respondían: «¡ES LA GUERRA, POR DIOS!». Él había oído hablar de la guerra a lo largo de sus cuarenta años de vida, se hacía una idea. 

La ciudad se iba quedando vacía. 

Por primera vez, Adem se dio prisa en volver a casa.