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Si eres amante de la lectura, tiene todas las llaves que te puede dar este humilde blog para continuar en tu viaje.

Pruebas

viernes, 29 de agosto de 2014

La comisión para la inmortalización

Leonid Krasin fue un ingeniero de la antigua Unión Soviética que propuso congelar el cadáver de Lenin para devolverlo a la vida cuando fuera científica y tecnológicamente posible. Formaba parte de la conocida como «Comisión para la Inmortalización». Y de ello trata precisamente el nuevo y fascinante ensayo de John Gray: de la obsesión humana por trascender la mortalidad.
Si por un lado los investigadores psíquicos victorianos pretendían demostrar de una manera científica la existencia del alma y para ello se servían de extrañas sesiones de espiritismo en las que escribían textos automáticos interconectados para entrar en contacto no con el magma del inconsciente -como harían más tarde los surrealistas-, sino con el más allá, los «constructores de Dios» de la Unión Soviética, por su parte, no buscaban pruebas de vida después de la muerte, sino divinizar a la humanidad a través de la técnica y la razón, creando a un nuevo hombre libre de toda imperfección. Pero para matar a la muerte habría que matar primero al hombre. Y eso hizo, de manera implacable, la eficiente máquina de muerte soviética.
Espiritismo, bolcheviques, Darwin, dobles agentes, extravagantes profesores ingleses, presencias ultramundanas, sociedades secretas, Stalin, extraterrestres, mesías póstumos y la momia de Lenin... Una galería de personajes y de situaciones digna de una novela -si no perteneciera ya a esa novela insuperable que es la historia- y que en manos de John Gray da lugar a un ensayo lúcido y apasionante sobre la necesidad que siempre ha tenido el hombre -ya sea a través de la religión o de la ciencia- de creer en la inmortalidad. En realidad, nos dice Gray, se trata de un profundo miedo a lo ingobernable, a esa contingencia que rige el destino de todos los seres humanos y que habría que aceptar con humildad: «El más allá es como la utopía, un lugar donde nadie quiere vivir».
«Con el tiempo, la escritura de Gray se vuelve más fragmentaria, cercana por una parte al epigrama y por otra al collage, y más apegada a la literatura». Antonio Muñoz Molina, El País

PRÓLOGO

DOS INTENTOS DE ENGAÑAR A LA MUERTE
A finales del siglo xix y principios del xx, la ciencia se convirtió en el vehículo con que se pretendía hacer frente a la muerte. Se apeló al poder del conocimiento para liberar a los humanos de su mortalidad. La ciencia se utilizó contra la ciencia y pasó a ser un canal para la magia.
     La ciencia había revelado un mundo en el que los humanos no eran diferentes de otros animales a la hora de enfrentarse al olvido definitivo cuando morían y, a la larga, a la extinción como especie. Éste era el mensaje del darwinismo, que ni siquiera el propio Darwin aceptaba por completo. Casi todo el mundo la consideraba una visión intolerable, y como la mayoría había abandonado la religión, se volcó en la ciencia para escapar del mundo que la ciencia había revelado.
      En Gran Bretaña surgió un poderoso movimiento, bien relacionado, que pretendía encontrar pruebas científicas de que la personalidad humana sobrevivía a la muerte corporal. Los investigadores psíquicos, apoyados por algunas figuras destacadas de la época, creían que la inmortalidad podía ser un hecho demostrable. Las sesiones que eran tan populares en esta época no eran meros juegos de salón victorianos inventados para distraerse en aburridas veladas. Formaban parte de una búsqueda ansiosa, a veces desesperada, del sentido de la vida; búsqueda que atrajo al filósofo de Cambridge Henry Sidgwick, autor de un estudio de ética que todavía se lee hoy en día; a Alfred Russel Wallace, codescubridor junto con Darwin de la selección natural y converso al espiritualismo; y a Arthur Balfour, que en un tiempo fue primer ministro británico y presidente de la Sociedad para la Investigación Psíquica, que hacia el final de su vida se interesó por la correspondencia mediante escritura automática con una mujer fallecida mucho tiempo atrás, a la que muchos creían que él había amado.

jueves, 28 de agosto de 2014

Milan Kundera en la época del ombligo

“¡La individualidad es una ilusión!”. Eso exclama uno de los personajes de la esperada novela de Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia(Tusquets), cuya idea condensa buena parte de la filosofía con que el escritor de origen checo ve la vida según la ha plasmado en sus novelas, cuentos y ensayos.
Y con mayor fuerza ahora a sus 85 años, cuando el ombligo ocupa un lugar esencial en su narrativa.
Con este y La fiesta de la insignificancia Milan Kundera (Brno, 1929) regresa después de 14 años. Empezó en la primavera italiana y francesa, y ahora, a partir del martes, en España. Vuelve como si nada, como si la conversación dejada con los lectores en La ignorancia, con la cual recibió el siglo en 2000, hubiera sido ayer. Los temas de sus libros son los mismos pero revestidos por el paso del tiempo, auqnue sin perder la esencia de lo que son y significan para él aspectos como la sexualidad, el erotismo, la maternidad, el deseo, la cultura, las ideas sobre el existir que rondan al ser humano, ideas sobre ser y estar, la convivencia, el tejido fino de las relaciones y las conexiones con los demás, en especial los laberintos concernientes a los sentimientos y emociones. Y aquí esparcido de más humor.
Es su novela número diez. Donde tres hombres ya maduros hablan sobre las fuentes de seducción femenina, y se preguntan qué puede significar que un hombre o una época privilegie una u otra parte del cuerpo. Fantasías que son realidades, realidades que son sueños, sueños que son el espejo real del interior del ser humano.
“Ya sé que la uniformidad está en todas partes. Pero en este parque dispone al menos de una gran variedad de uniformes. Así puedes conservar aún la ilusión de tu individualidad”, insiste, Alain, una nueva criatura kunderiana. Una ilusión que incluye al ombligo. Pese a que su exhibicionismo ha aumentado en los últimos años como un reclamo de diferencia y de intención de despertar deseos en el otro con el ánimo de formar parte de los “lugares excelsos” eróticos de la mujer, asegura Kundera. Alrededor de él, del ombligo, se desarrolla el pasaje de la novela seleccionado por el propio escritor para los lectores de EL PAÍS y publicado íntegro en el blog Papeles perdidosde este diario.
Pero el ombligo no es para tanto: “Antaño, el amor era la celebración de lo individual, de lo inimitable, la gloria de lo único, de lo que no admite repetición. Pero el ombligo no solo no se rebela contra la repetición, ¡es una llamada a las repeticiones! De modo que en nuestro milenio viviremos bajo el signo del ombligo. Bajo ese signo seremos todos soldados del sexo…”.
Y sus argumentos siguen, porque aunque el ombligo, se afirma en La fiesta de la insignificancia, señala un camino y su fin, tiene poco qué hacer frente a los otros tres lugares excelsos: los muslos, las nalgas y los pechos.
La novela, según Beatriz de Moura, su traductora del francés y su editora, “es una desenfadada y espléndida composición en forma de fuga que se nutre de las más sutiles variaciones en torno al tema que da título al libro: “La insignificancia, amigo mío”, nos advierte, “es la esencia de la existencia. (…) Está presente incluso allí donde nadie quiere verla”.
Milan Kundera escribe como si nada, con sus acordes existenciales hechos literatura, con sus ritmos temáticos hechos palabras, con su musicalidad trascendente conectada con la cotidianidad del lector. Sus obras desde el mismo título parecen señalar el camino hacia una periferia argumental pero que es solo un espejismo, porque no son más que el centro de los intereses de todos. Ahí están desde La broma (1967), La vida está en otra parte (1972), El libro de la risa y el olvido (1979), La insoportable levedad del ser (1984), La lentitud (1994), hasta el actual La fiesta de la insignificancia.
El Pais

miércoles, 27 de agosto de 2014

Rudin

Ociosos terratenientes y jóvenes de talento se dan cita en la casa de verano de la ilustre y rica viuda Daria Mijailovna Lasunskaya. Uno de esos jóvenes, todo elocuencia y persuasión, prolonga una visita de circunstancias en una estancia de varios meses, y suscita en torno a él reacciones extremas, del más completo desprecio a las más apasionada devoción. En este clima tenso y contradictorio, captado desde una refinada distancia teatral, Turguénev traza en Rudin (1856), su primera novela, un espléndido retrato del «hombre superfluo», una figura tratada ya por el autor en anteriores relatos, inspirada por el Eugenio Oneguin de Pushkin, y que acabaría por convertirse en un prototipo de la literatura rusa del XIX. Héroe hamletiano, medio inspirado en Bakunin, Rudin encarna no ya el clásico conflicto entre la palabra y la acción, sino entre la palabra vacía y la que sólo trágicamente puede cobrar sentido.
Esta nueva edición incluye un texto de Roberto Bolaño sobre su experiencia de la lectura de la novela y un apéndice sobre su composición y su sentido a cargo del traductor, Jesús García Gabaldón.

Capítulo I
     Era una tranquila mañana de verano. El sol ya se había elevado bastante en el limpio cielo, pero en los campos todavía brillaba el rocío. Del valle, hasta hace poco dormido, soplaba una olorosa frescura, y en el bosque, todavía húmedo y silencioso, trinaban alegremente los pájaros madrugadores.
     En la cima de una ladera, cubierta de arriba abajo por el centeno en flor, se vislumbraba un pueblo pequeño. Hacia ese pueblo, por un estrecho camino vecinal, se encaminaba una mujer joven, con un vestido blanco de organdí, un sombrero de paja redondo y una sombrilla en la mano. Un pequeño criado cosaco la seguía de lejos.
     La joven andaba sin  prisa, como si se deleitara con el paseo. A su alrededor, por el alto y cambiante centeno difuminándose en un rizo, ora verde plateado, ora rojizo, con suave rumor, volaban largas olas. En lo alto, resonaban las alondras. La mujer venía de su hacienda, que quedaba a poco más de una versta del pueblo adonde se dirigía. Se llamaba Alexandra Pávlovna Lípina. Era viuda, sin hijos y bastante rica; vivía con su hermano, el capitán de Caballería, retirado, Serguei Pávlich Volíntsev. Éste no estaba casado y administraba los bienes de su hermana.
     Alexandra Pávlovna llegó al pueblo, se detuvo ante una isba muy vieja y de techo bajo, y llamando a su criado, le mandó que entrara en ella y preguntara por la salud de la dueña de la casa. Volvió pronto en compañía de un decrépito campesino de barba blanca.
     -Bueno, ¿cómo está? -preguntó Alexandra Pávlovna.
     -Aún vive... -farfulló el viejo.
     -¿Se puede pasar?
     -¡Cómo no! Claro que se puede.
    Alexandra Pávlovna entró en la isba. Dentro se estaba muy estrecho, en un ambiente sofocante y ahumado. Alguien se revolvía y gemía en un camastro. Alexandra Pávlovna echó un vistazo y en la penumbra vislumbró la cabeza amarillenta y arrugada de la anciana, envuelta en un pañuelo a cuadros. Cubierta hasta el pecho por un tabardo, respiraba con dificultad separando débilmente sus manos enjutas. Alexandra Pávlovna se acercó a la anciana y le rozó con sus dedos la frente... Le ardía.
     -¿Cómo te sientes, Matriona? -preguntó, inclinándose sobre el camastro.
     -¡Ay! -gimió la anciana mirando fijamente a Alexandra Pávlovna-. ¡Mal, muy mal, querida! ¡Me llegó la hora, paloma mía!
     -Dios es misericordioso, Matriona. Puede que mejores.
     ¿Tomaste la medicina que te envié?

     La anciana gimió melancólicamente y no contestó... No había oído la pregunta.

martes, 26 de agosto de 2014

El niño de los cien años

El niño. Le dijo a Elena Poniatowska, en una de las cuatro entrevistas que tuvieron, que se sintió mal de niño: “Sí, yo creo que fui un animalito metafísico desde los seis o siete años. Recuerdo muy bien que mi madre y mis tías —mi padre nos dejó muy pequeños a mi hermana y a mi—, en fin, la gente que me veía crecer, se inquietaba por mi distracción o ensoñación. Yo estaba perpetuamente en las nubes. La realidad que me rodeaba no tenía interés para mi. Yo veía los huecos, digamos, el espacio que hay entre dos sillas, si puedo usar esa imagen. Y por eso, desde muy niño, me atrajo la literatura fantástica”.
La gente. Su primer libro importante, o ambicioso, Los premios (1960), está lleno de gente que se va en un barco, de Buenos Aires a Europa. Gente vulgar, todo tipo de gente. Tiene esta admonición de Dostoievski, nada más empezar: “¿Qué hace un autor con la gente vulgar, absolutamente vulgar, cómo ponerla ante sus lectores y cómo volverla interesante? Es imposible dejarla siempre fuera de la ficción, pues la gente vulgar es en todos los momentos la llave y el punto esencial en la cadena de asuntos humanos; si la suprimimos se pierde toda probabilidad de verdad”. Para sintetizar a Dostoievski, así empiezaLos premios: “La marquesa salió a las cinco —pensó Carlos López—. ¿Dónde diablos he leído eso?”. Estaban en el London, la cafetería de Buenos Aires, en Perú y Avenida, y a partir de esa pregunta en la que intervienen los diablos, esa gente empieza a desvariar. El resultado es la locura, que es la razón envuelta en el misterio.
La noche. Ese desvarío de Cortázar y de su gente de ficción alcanza su cima en Rayuela (1964), que fue leída (que es leída) como un breviario de la soledad y la noche, un monumento literario al amor, a la extrañeza y al tiempo. Lo preside el juego, pues Cortázar quiere que lo leas como te dé la gana, pero si le quitas a esta inmensa cebolla literaria toda esa pasión lúdica que se le atribuye a Julio lo verás solo, despojado, hablando solo y de noche, en París pero también en Buenos Aires. Como si Rayuela hubiera sido escrita ante el espejo de un hombre solitario que convoca (como dice Dostoievski) a muchísima gente que, en este caso, se pregunta cuánto durará un niño. El niño se llama Rocamadour; los lectores de Rayuela solíamos vernos en esa criatura indefensa. Y en el niño no era difícil ver también la metáfora que Cortázar le atribuía a la infancia.
Momias. La recepción de Rayuela asombró a Cortázar, a su editor (y amigo) Paco Porrúa, porque entonces (son palabras de Juan Carlos Onetti) por el mundo literario había (no se han marchado) “infinitas momias”. Cuando Félix Grande le dedicó a Julio un número especial de Cuadernos Hispanoamericanos (octubre-diciembre de 1980) Onetti se lo dijo en una carta: “(… sin previo aviso, apareció Rayuela. Ahí Cortázar se descolocaba y colocaba. Se descolocaba de la tradición novelística de nuestros países, aceptada o robada de lo que se escribía en España o Francia. Su actitud resultó escandalosa para infinitas momias, rechazo que no lo conmovió porque deliberadamente se trataba de provocarlo”. Quien no se asombró fue Luis Harss, el gran escritor argentino que provocó (con Los nuestros) el conocimiento de todos los que, alrededor de Cortázar, hicieron boom.
Jóvenes. Seguía Onetti con su entusiasmo secreto y veterano: “Y el autor se colocaba, sin buscarlo, sin buscar nada más o menos que un entendimiento consigo mismo, al frente de una juventud ansiosa de apartar de sí tantos plomos, de respirar un poco más de oxígeno, de entregarse con felicidad a la zona lúdica y sin respuesta satisfactoria de su propia personalidad”. Esos jóvenes se pusieron en fila entonces. Pero luego, treinta años después, cuando Cortázar volvió a reinar en las librerías españolas, tras un interregno que inauguró su muerte (en 1984), otros jóvenes dieron varias veces la vuelta a la Fundación March de Madrid para escuchar jazz y palabras en honor de Julio Cortázar; para ese acontecimiento vino su viuda, Aurora Bernárdez, y el pintor Eduardo Arroyo dibujó el capítulo 7 de Rayuela, que fue como un banderín de enganche de la ternura que hay dentro de ese libro de gente perdida en la noche. Ahora de esto hace veinte años, y Rayuela sigue como el papel fresco.
Usted. El editor que creyó en él, que lo condujo, fue Paco Porrúa, que desde hace rato vive en Barcelona. Estaban trabajando en la revisión deLos premios, era marzo de 1960, y él trataba a su editor todavía de usted. Y casi jugando llega a otro libro, que le ofrece. “Hace un par de semanas terminé la revisión de Los premios, que mandé ya a Sudamericana. Me acordé entonces de lo que me había dicho usted sobre los cronopios, y me puse a buscar esos papeles que andaban bastante desparramados por toda la casa, como corresponde a cosas de cronopios. Pero finalmente aparecieron, algunos salpicados de sopa y otros con evidentes huellas de taco de goma (…) Ahora que junté todos esos pequeños textos, y los estuvimos leyendo y criticando con Aurora, tengo la impresión de que no se excluyen de ninguna manera, aunque reflejan distintas épocas e intenciones. (…) Si sigue usted con ganas de publicar esas cosas, será cuestión de que primero me escriba diciendo con su franqueza habitual (y que es la razón (una de las razones) de mi simpatía por usted) los méritos y deméritos del bicharraco”.
Risa. Así se iban haciendo los libros; ante Plinio Apuleyo Mendoza (el escritor colombiano) se asombraba en París, cuando ya tenía 64 años y seguía pareciendo un niño de dientes separados, de la cantidad de libros que había publicado; tenía la certeza, decía, de que eso debía constituir un error, “no son míos”. Los iba haciendo así, como si fueran bicharracos pintados desde dentro pero con risa. Así hizo La vuelta al día en ochenta mundos (1967); con la ayuda de su amigo el pintor Julio Silva (que hizo la portada, los interiores) no sólo lo escribió sino que lo construyó, como quien dibuja una rayuela. Todo lo que tocaba o recortaba, todo lo que veía viajando o sentado, todo lo que le inspiraba el exterior, se convirtió en literatura. Como si el niño que siempre fue le llevara la mano y le hiciera recortables. Así hizo también, con las fotos tremendas de Antonio Gálvez, Prosa del observatorio(1972). En esos dos libros están sus descubrimientos y la gente, miradas para que permanecieran aún siendo vulgares, o extraordinarias.
Fin. El fin vino después de varias tristezas, la muerte de Carol Dunlop, su propia enfermedad. Mario Muchnik, su amigo y editor, lo invitó a su molino de Segovia. Cortázar podía ser circunspecto o alegre, pero en ambas actitudes conservaba la mirada del niño que fue, asustado o curioso. Aquí, sin embargo, en su último viaje español, su mirada era esencialmente la de la tristeza. Muchnik lo retrató en una fotografía inolvidable en la que Julio aparece escribiendo sin decir cómo le habían sobrevenido el tiempo con su noche. Aquel niño que fue siguió con él, un animalito metafísico buscando el hueco.
El Pais

lunes, 25 de agosto de 2014

La viuda descalza

«Me lo trajeron a casa una mañana de junio, degollado, descuartizado a hachazos como un cerdo. [...] ¡Malditos sean los que le abrieron el pecho para arrancarle el corazón con las manos y patearlo como una pelota de trapo!»

Con esta escena de furia arcaica se inicia el relato de Mintonia Savuccu, un ajuste de cuentas escrito al borde de la muerte para aliviar el dolor que la anciana no quiere sepultar en el olvido. El lector se ve inmerso en el mundo primitivo y salvaje de una Cerdeña que seguía cultivando sus demonios bajo la inclemente mirada del fascismo. Es allí donde Mintonia y Micheddu empiezan a amarse con la obsesiva urgencia de las pasiones infantiles y allí se buscarán sus cuerpos cuando él viva oculto en la montaña mientras ella pasa las horas atenazada por la angustia de saberlo acosado. El día en que lo matan, Mintoniadecide abandonar para siempre aquel país venenoso, pero antes debe administrar justica cobrando una deuda que sólo se paga con sangre.

«"Soy un oxímoron ambulante", dice de sí mismo el gran escritor de Orani. Figura balzaquiana nacida en las vísceras de Cerdeña, encarna una insólita mezcla de tierras rocosas y sugestiones literarias, granitos milenarios y frágiles criaturas de papel [...].

Incluso la mirada fulminante va de la astucia a la generosidad, del juego a la sabiduría [...]. Parece el fruto de un dios caprichoso, el mismo que mueve los hilos de La viuda descalza.» La Repubblica
«Tras el siciliano de Camilleri, el sardo de Niffoi adquiere una inédita potencia literaria. Los trescientos miembros del jurado popular han premiado la prosa tajante y desnuda que pinta una historia con manchas de sangre, una fantasía tan brutal y tan real como La viuda descalza.» Il Giornale

«Niffoi busca en la alucinación de la memoria el filtro que enciende el delirio y el amor que abruma los pechos.» La Nuova Sardegna

1. Me lo trajeron a casa
una mañana de junio 
Me lo trajeron a casa unamañana de junio, degollado, descuartizado a hachazos como un cerdo. Ni una gota de sangre le había quedado. Dos mitades que para unirlas no habría bastado un ovillo de bramante negro, de ese alquitranado que usan los zapateros en las empellas de los cosinzos de cuero. El perro daba vueltas alrededor del níspero y gruñía enloquecido de miedo. Lo tendí sobre la mesa de granito del patio, la que usábamos para las fiestas grandes, y lo lavé con el chorro de la manguera. Las pestañas pegadas, cuajarones oscuros en la cabeza, tierra y paja en las costillas, en los intestinos, moscas verdes por todas partes. ¡Jchú! ¡Malditos sean los que le abrieron el pecho para arrancarle el corazón con lasmanos y patearlo como una pelota de trapo! Micheddu, amore meu, eras bueno como el Niño Jesús que asoma en la cúpula de la iglesia de Su Rosariu, alguien pagará esta balentia en contante y sonante, a navajazos o perdigones tiene que reventar el que te ha desfigurado así. El corazón se lo enjuagué aparte, con agua y vinagre; después lo envolví en papel encerado y se lo puse bajo la almohada del ataúd. Ohi amoreddu meu adorau, ¡buena la han hecho destrozándote de este modo! ¡Ojalá se lleve la Señora del Sueño a quienes te desearon elmal! Ya sé que ni siquiera a los animales se los lava así, pero yo no quería que a Micheddu lo tocaran otras manos: mío fue cuando estaba vivo, mío seguiría siendo después de muerto. Primero unamitad, luego la otra, conmis propiasmanos y la fuerza demis brazos, lometí en la caja y lo tapé con uno de los camisones de tela del yayo Gantina. Estaba tieso como el tronco de un alcornoque. Era inútil ponerle el traje de terciopelo negro con el chaleco y la camisa de los domingos. Los que lo vieron dijeron que el costado derecho no era suyo porque el ojo se le había puesto rojo violáceo y lo tenía entornado, como haciéndole un guiño a la muerte. 
     Fue un mal verano. En el altiplano de monte Leporittu un viento ardiente anclaba al azor a su nido, al mirlo entre las zarzas, a la culebra entre los juncos. El sol parecía una pelota de vidrio incandescente, quemaba cuanto tocaba. La campana de la iglesia mayor se había puesto a repicar el memento antes de que cantara el gallo. Recuerdo aquellos toques lentos y secos como estocadas en el pecho. Talán, talán, talán, talán.

viernes, 22 de agosto de 2014

La fuerza y el viento

Uriel Gamboa flota a la deriva en medio del Caribe, sin agua y con un cadáver a su lado. El camino hasta aquí ha sido largo: educado en una rígida disciplina militar, escapa de casa siendo adolescente y se une a Miguel Lantery y Gabriel Paíño para cumplir el sueño de convertirse en un verdadero pirata. Su objetivo: apoderarse del oro robado por los nazis tras la Segunda Guerra Mundial y saquear a banqueros estafadores y capos de la droga.

Sus incursiones llevarán a estos piratas contemporáneos a surcar los mares desde la Costa del Sol española al litoral italiano, desde Irlanda hasta el Caribe, asaltando barcos y enriqueciéndose gracias a la venta de sus cuantiosos botines y a las inversiones en negocios amparados en paraísos fiscales.
La fuerza y el viento es una apasionante novela de aventuras, una obra de ficción que recorre la historia de las últimas décadas desde la mirada de unos piratas implacables para los que las derrotas más amargas sólo pueden compensarse con la venganza.

«Las descargas de adrenalina inducen a una turbia soledad a ese hombre inexpresivo y con ojos gris ártico. El pirata se llama Uriel Gamboa y la primera vez que expolió un barco tenía nueve años.» 

PRIMERA PARTE
      Intenta protegerla del sol, y entonces recuerda que ella ha muerto. Ha sido un gesto inútil. Tanto como mirar alrededor. Nada a la vista. Únicamente ellos y su balsa derivando en mitad del Caribe.
      El vendaje le contiene la hemorragia y los tiburones ya no les rondan. Tal vez se hayan saciado con los cadáveres de los otros. De momento, al menos.
      Antes de morir, dicen, la vida entera pasa ante tus ojos. Falso. Te sientes tan agotado que sólo ansías entregarte, acabar... Lo otro, ese evocar tu existencia, él lo ha vivido días antes. Comenzó setenta y dos horas después del ataque y de que su velero reventara, en mil pedazos, alcanzado por la granada explosiva.
      En el fondo, que les hundiesen la balandra con un lanzacohetes casi ha sido una victoria. El tesoro también se fue a pique con ella. Los muy canallas se quedaban sin botín. Aunque tal vez eso no importara demasiado y solamente pretendían enviar un mensaje bien clarito. Ahora todos saben cómo las gasta el cártel del Golfo.
      No siente miedo, ni le importa cuánto más seguirá vivo. Sólo espera que nunca descubran su cadáver. Su único anhelo es desvanecerse en las profundidades del mar.
     Hace un esfuerzo por pellizcarse y nota que la piel harda en recobrar la tensión. Está deshidratado. Sufre punzadas en la cabeza y la memoria le juega extrañas pasadas. Acaba de recordar una cita del historiador aquel... ¿Cómo se llamaba? ¿Gosse?... ¡Qué sandez! No recuerda el nombre pero sí las frases: «El pirata afortunado, como el hombre afortunado en todas las demás profesiones, no busca notoriedad por razones palpables. Es dudoso que ni aun los más infatigables periodistas, de existir en su forma actual, lograran vencer tal modestia. El pirata que escapaba a la horca prefería ir a la oscuridad con su fortuna...».

jueves, 21 de agosto de 2014

Treblinka

En octubre de 1942, Chil Rajchman y su hermana fueron deportados a Treblinka, un campo de concentración pensado exclusivamente para el exterminio de judíos. Ella es enviada a la cámara de gas, y él es obligado a participar en la matanza: se encarga de rapar a las mujeres antes de ser ejecutadas o buscar dientes de oro entre los cadáveres. En agosto de 1943, después de una rebelión de los prisioneros, Rajchman escapa. Durante su huida escribió la historia de sus diez meses en Treblinka.

Redactadas en yidish, estas memorias permanecieron ocultas durante años, y sólo después de la muerte de su autor han visto la luz. Treblinka es un libro único, escrito en tiempo presente, con una urgencia y una inmediatez estremecedoras. Esta edición incluye el célebre texto de Vasili Grossman en el que se cuenta detalladamente cómo funcionó la maquinaria de destrucción del «infierno de Treblinka, en comparación con el cual, el de Dante resulta un juego inofensivo e inocente de Satán». 

PÁGINAS DEL LIBRO
     Los tristes vagones me conducen hacia allí, hacia aquel lugar. De todas partes nos llevan: del este y del oeste, del norte y del sur. De día y de noche. En todas las estaciones del año, viajan los trenes: primavera y verano, otoño e invierno. Los transportes viajan hacia allí sin obstáculos ni restricciones y Treblinka se vuelve cada día más rica en sangre. Cuanta más gente llevan allí, más crece su capacidad para recibirla.
     Partimos de la estación de Lubartów, que queda a unos veinte kilómetros de Lublin. Viajo con mi joven y bella hermana Rivke, de diecinueve años, y mi buen amigo Wolf Ber Rojzman, con su mujer y sus dos hijos.
     Igual que los demás, ignoro hacia dónde nos conducen y por qué. No obstante, tratamos, dentro de lo posible, de averiguar algo sobre nuestro destino. Los ladrones ucranianos que nos vigilan no quieren concedernos la gracia de contestarnos. Lo único que oímos de ellos es:  
     -¡Entregad el dinero, entregad el oro y los ob-jetos de valor!
     Estos asesinos nos revisan constantemente.
     Casi en todo momento alguno de ellos nos aterroriza. Nos golpean salvajemente con las culatas y todos tratamos, dentro de lo posible, de esquivar el ensañamiento de los asesinos con algunos zlotyspara evitar golpes.
     Así es el viaje.Casi todos los que se encuentran en el vagón son conocidos míos del mismo pueblo, Ostrów Lubelski. En el vagón somos unas ciento cuarenta personas. Estamos hacinados, el aire es excesivamente denso y nocivo, cada uno apretujado contra el otro. Aunque las mujeres y los hombres están juntos, debido al hacinamiento, todos tienen que evacuar sus necesidades donde están. De todos los rincones se oyen pesados quejidos, y cada uno le pregunta al otro: «¿Adónde vamos?» Sólo que todos se encogen recíprocamente de hombros y responden con un profundo «¡Ay!». Nadie sabe adón-de nos conduce el camino y, a la vez, nadie quiere creer que nos dirigimos hacia donde llevan, desde varios meses atrás, a nuestras hermanas y nuestros hermanos, a nuestros seres queridos.
     A mi lado está sentado mi amigo Katz, ingeniero de profesión. Él me asegura que nos dirigimos a Ucrania y que allí podremos establecernos en una aldea y ocuparnos de tareas agrícolas. Me da a entender que lo sabe con total certeza porque se lo dijo un teniente alemán, un administrador de una granja estatal a siete kilómetros de nuestro pueblo, en Jedlanka. Se lo contó como si fuese un amigo, porque cada tanto él le arreglaba un motor eléctrico. Yo quiero creerle, aunque veo que, en verdad, no es así.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Los reinos de Taifas de José María Merino

Federico García Lorca se marchó, obligado por la metralla de un fusil franquista, la noche del 18 al 19 de agosto de 1936. Casi ocho décadas después, la memoria de los contemporáneos falla. O eso es lo que piensa la letra m de la Academia, José María Merino (La Coruña, 1941). Prolífico, conciso, de voz grave, recogió el pasado año el Premio Nacional de Narrativa por El río del Edén (Alfaguara) —uno más entra la extensa colección de galardones que ostenta—. “Tenemos poca memoria histórica. Y no solo por la Guerra Civil. También hemos olvidado las cuatro lamentables y sangrientas guerras del siglo XIX”.
El veterano escritor, que recuerda las lecturas de Lorca que su padre hacía en casa cuando él aún no se levantaba más de un metro sobre el suelo, está profundamente convencido de que la memoria histórica debería servir para llegar a un acuerdo. “Un país tan antiguo y rico como el nuestro, en leyendas, gastronomía, fiestas… y que nos llevemos tan mal. La memoria puede servir para llevarnos bien. Lo estamos viviendo ahora con el separatismo catalán. ¿Por qué no nos reconciliamos ya?”, se pregunta el gallego de nacimiento y leonés de adopción durante una pausa de Una experiencia en la ficción, un curso magistral de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo que imparte hasta el próximo 22 de agosto.
Así terminó la España árabe por los reinos de Taifas, entrar ahí es un error absoluto
La literatura, la poesía, la cultura… son anclajes de un pasado común que siguen sin usarse para conciliar, según Merino, que reivindica el abandono del sectarismo y la adopción de lo mejor del pasado: “Debería asumirse el pasado desde eso, porque es lo que nos une. ¿Menéndez Pelayo era de derechas? Pues bueno, a mí me cuenta que tiene el marco de una de las primeras novelas históricas”.
La derecha y la izquierda política sigue siendo una línea divisoria. Las fronteras entre comunidades autónomas también. El académico ni lo entiende, ni lo comparte. Recuerda, con las manos apoyadas una sobre la otra, el año en que se marchó a Francia. Fue después de terminar el bachillerato, y allí, amén de no aprender apenas francés, hizo un amigo irlandés que, al conocer la procedencia de Merino, le dijo: “¡Ah!, del pequeño continente”. Merino sonríe: “Por ser un mundo de una variedad riquísima. Yo tengo la suerte de pertenecer a él. Todo está aquí”.
En Cádiz comiendo pescaíto, en León tomando una tapa, o en Barcelona bebiendo algo en una terraza; el literato asegura que no se siente distinto, “aunque tengan distintas melodías para el lenguaje. Si para alguien es distinto… Así terminó la España árabe por los reinos de Taifas, entrar ahí es un error absoluto”.
Lo que no fue una equivocación fue decir sí a impartir el curso magistral de la UIMP. Aunque cuando le hicieron la proposición se quedó perplejo, o eso asegura. “En otras ocasiones eran expertos hablando de mi obra y yo asistiendo de cuerpo presente. En esta ocasión era yo quien tenía que decir algo sobre mi propio trabajo. Y en eso siempre hay un poco de petulancia”. El miedo del primer momento se convirtió en terapia y en reflexión: “Ha sido como una reconsideración de mi papel como escritor, recordando mi trabajo. Una vuelta al pasado”.

La recapitulación de su propia obra le está resultando grata. Cuando mira hacia atrás descubre matices olvidados, recuerdos ocultos: “Pero lo que más nítidamente he descubierto ha sido coherencia. Ya en los primeros poemas estaba latente el gusto por el sueño, por la ficción, la mezcla de realidad y ficción. Si de algo puedo presumir, es de coherente”. ¿Algo que no le haya gustado de ese vistazo a su pasado? Asegura que no, su prurito por darle cientos de vueltas a cada letra ha conseguido que a día de hoy, pueda decir que no hay nada que sea una chapuza: “Todo lo que he llevado a cabo siempre ha sido a conciencia”.

La ficción

La Real Academia de la Lengua define ficción como la acción y efecto de fingir. Para Merino la ficción es la base profunda del ser humano, de la realidad; y es consustancial a lo que somos. Se puede fingir algo real y algo fantástico. Él ha jugado más con lo realista, aunque afirma que cada novela tiene sus requisitos: “Hay que cumplir con lo que uno mismo se marca. Hasta el final. Sea lo que sea lo que te impusieras”.
Si de algo puedo presumir, es de ser coherente
El autor asegura que nuestro lenguaje es capaz de construir ficciones que a su vez construyen la realidad: “Ficción, y no mentira. Hay que distinguir entre mentira, ficción y realidad. Ésta última por ejemplo no necesita ser verosímil, la creemos suceda lo que suceda”. No ocurre lo mismo con la ficción: “Si en una novela apareciera el virus del ébola, un terremoto, la corrupción… muchos dirían ‘¡venga ya! ¡esto no es posible!”. Y lo es. Sucede. Está sucediendo. Sin embargo, Merino cree que los temas candentes no deben reflejarse en las novelas, sino en el día a día de los medios de comunicación: “La novela no va al mismo tiempo que la realidad. Requiere reposo, hace falta una perspectiva”.

En septiembre La trama oculta (Páginas de espuma) reposará sobre los estantes de las librerías. Una colección de relatos que une cuentos realistas, futuristas, fantásticos y microcuentos. “Siempre he alternado un volumen de cuentos con uno de novela. Así que, en cuanto a la novela, vislumbro algo, pero es como un bulto en la niebla. No sé cómo será”, sonríe Merino. Y se marcha de vuelta a su terapia personal, la que le ha brindado la oportunidad de repasarse a sí mismo.

El Pais

martes, 19 de agosto de 2014

La hermana menor. Un retrato de Silvia Ocampo

La escritora argentina Silvina Ocampo es una de las figuras más exquisitas, talentosas y extrañas de la literatura en español. Hija de una familia aristocrática, autora de una obra que, al decir de Roberto Bolaño, parece provenir de "una limpia cocina literaria", en torno a ella se han urdido mitos que envuelven no sólo su obra, revalorizada con entusiasmo en los últimos años, sino También su vida privada: la particular relación que tenía con su marido, Adolfo Bioy Casares; su cambiante y chismosa amistad con Jorge Luis Borges, que comía cada noche en su casa; sus presuntos romances con mujeres, como la poeta Alejandra Pizarnik o la madre del propio Bioy; sus perturbadoras premoniciones; sus ambiguos conflictos con la olímpica Victoria Ocampo, su hermana mayor. 

En este libro, la argentina Mariana Enriquez, a través de una enorme cantidad de fuentes bibliográficas y testimonios de amigos, críticos, parientes y albaceas de Silvina Ocampo, cuestiona los mitos, descorre el velo sobre los secretos, y mira con una intensidad única la vida de quien vivió con el afán de permanecer oculta. El resultado es el retrato emocionante de una mujer entrañable y oscura, inteligente y suavemente perversa, dueña una imaginación desaforada (y de unas piernas espectaculares), a quien hoy se considera una de las mejores cuentistas del Río de la Plata.

PÁGINAS DEL LIBRO
A principios de los 70, Elena Garro llamó a Bioy para avisarle que se iba a Francia y que, desde México, le mandaba a sus gatos para que los cuidara. Bioy no pudo decirle que no. Llegaron, entonces, los gatos de angora. Eran cuatro, uno se llamaba Lafayette y se había enamorado de Silvina, que odiaba los gatos: ella era una mujer de perros. Recibir a los animales fue complejo y fue un acontecimiento: Bioy y un escribano tuvieron que ir a buscarlos al aeropuerto internacional de Ezeiza. No duraron mucho en la casa. Silvina, harta y seguramente enojada, los mandó a una guardería. Nunca más se supo de ellos. A Elena le mintieron. Recuerda Jovita en Los Bioy: "Bioy le había dicho a Elena que los había llevado al campo, que allí estaban muy bien para que se quedara tranquila. Pero ella, cuando lo supo, se volvió loca".

     Había muchas otras amantes, presentes en la casa de Posadas, que incluso trataban de hacerse amigas de Silvina. O que insistían para quedarse a dormir y con frecuencia lo conseguían. ¿Tenían los Bioy un pacto explícito de pareja abierta? Cuando Silvina murió, Bioy publicó detalles de sus aventuras en sus diarios, pero nunca habló de un pacto previo. En rigor, no habla demasiado de Silvina en sus diarios, como si ése fuera el pacto, preservar el misterio sobre su mujer. En Descanso de caminantes, por ejemplo, escribe: "Una situación que se repite. Llega siempre el día en que la amante pide que me separe de Silvina y que me case con ella; si todavía se limitara a decir ‘Vivamos juntos' a lo mejor examinaría la petición... pero jamás me metería en los trámites de una separación legal; no sé si alguna mujer merece tanto engorro".

     Para amigos como Eduardo Paz Leston, "Silvina algo sufría, pero no era para tanto. Él siempre volvía con ella. Siempre estaba de vuelta para cenar, siempre dormía en la casa". Jovita, en una entrevista, contó: "Se aguantaban el uno al otro. Eran muy cómplices. Una vez Adolfito estaba en su escritorio con una mujer, Silvina abre la puerta y los encuentra besándose. Entonces Silvina le dice: ‘Adolfito, por favor, no tanto'". Para otros, como Juanjo Hernández, la publicación de estas confesiones es absolutamente desagradable. Le dijo en una entrevista a la periodista argentina Leila Guerriero: "Lo que aparece ahí es mera vanidad. Mencionar así su relación con Elena Garro, con Beatriz Guido. Por ahí estaba medio gagá, pero Victoria hizo quemar la correspondencia con Mallea por ejemplo.

lunes, 18 de agosto de 2014

“Sin ideología y sin sexo no se puede ser actor”

¿Más de enseñar que de actuar?
 La meta era ser actriz y dirigir. Pero en España me di cuenta de que mis hijos y yo no íbamos a ser felices si yo no era un referente de festejo por la vida. Postergué lo de ser actriz y creé el centro para enseñar.
Maestra, pues...
 Tuve buenos maestros, generosos. Nos daban clases clandestinas: ¡en la dictadura no dejaban leer a Heráclito y burlaban esa prohibición!

¿Por qué lo prohibieron?
  No se argumentaba en la dictadura; nosotros lo sabíamos: hablaba de que la vida cambia. Prohibieron a Kant, las Matemáticas modernas, todo lo que expandía el pensamiento. ¡Si te descubrían con un libro de Mafalda...! ¡Un chiste!
Esas prohibiciones suelen provocar el efecto contrario...
 Si tienes maestros generosos, desafiantes. Algunos fueron despedidos. Hice un trabajo sobre Antígona, que se rebela contra el poder. Me dijo el profesor: “Yo no lo puedo presentar, ni ponerte nota; vamos a negociar qué hacemos”. Y me dijo algo que no olvidé: “No estrelles tu cabeza contra un muro cuando la causa esté perdida: ve por los costados, busca la orilla”. Aprendíamos clandestinamente.
“El festejo de la vida es aceptar el dolor, la salida del sol, los conflictos, el hambre, la angustia...”

¿Cómo le afectaron las prohibiciones, su propio drama?
 Forja un carácter, te prepara mejor para la vida. Si tienes buenos referentes no te estrellas. Tenía un compromiso: cambiar todo eso.

Rehizo su vida porque quería que fuera un festejo para sus hijos
 No, no la rehice. No creo que se rehaga una vida. Seguí un proceso lógico de lo que había aprendido: estar en la vida, ver la realidad. No permití hacer un corte en mi historia. Pasé de emigrante a inmigrante, una condición muy extraña, sin identidad. Si cortaba con mi historia iba a enfermar.

¿Y cómo se cambia del dolor a la decisión de hacer de la vida un festejo?
 Aceptando que en la vida nos educan mal. Nos preparan para un festín que siempre llegará cuando seamos mayores. Es una mentira: el festejo en la vida es que todo lo que viene lo tienes que elaborar como puedas, pero no olvidar. El festejo de la vida es aceptar el dolor, la salida del sol, los conflictos, el hambre, la angustia...

¿Cuál es la huella más imborrable?
La desaparición de Diego. Me obligó a replantearme muchas cosas, a adoptar una responsabilidad muy fuerte con respecto a la educación de mis hijos para que no fueran infelices, para que no prendiera en ellos el rencor, para que no aprendieran a odiar.

Difícil tarea enseñar eso.
Fue doblemente doloroso porque tenía que medir palabras, acciones, y no ser una madre depresiva y triste. Lorca decía que él escribía para restañar las heridas. Lo hacemos incluso para reparar los errores de nuestros padres. Estamos los que tratamos de reparar y los viven en el rencor. No es fácil.

Aquí hubo mucho odio. Ahora estamos otra vez a la greña.

 Cuando no resuelves en el momento adecuado e intentas enterrarlo todo, los muertos siempre salen a la luz. La transición fue en parte perversa; negociaciones quizá demasiado rápidas, tal vez por miedo a perder cada uno su cuota. Una democracia forjada así te deja en el mismo sitio. Es como si España siguiera estancada en igual discusión.

¿Qué les enseña primero a los jóvenes que quieren ser actores?
 Que se aprende más de la vida, lo demás es técnica. Si no veo al otro, si no me conecto con los conflictos humanos, sin ideología y sin sexo no se puede ser actor. Es lo primero que comunico. Lo segundo es que el primer deseo del actor es ser actor.

El Pais

domingo, 17 de agosto de 2014

La sociedad del cansancio

Byung-Chul Han, una de las voces filosóficas más innovadoras que ha surgido en Alemania recientemente, afirma en este inesperado best seller, cuya primera tirada se agotó en unas semanas, que la sociedad occidental está sufriendo un silencioso cambio de paradigma: el exceso de positividad está conduciendo a una sociedad del cansancio. Así como la sociedad disciplinaria foucaultiana producía criminales y locos, la sociedad que ha acuñado el eslogan Yes We Can produce individuos agotados, fracasados y depresivos.
Según el autor, la resistencia solo es posible en relación con la coacción externa. La explotación a la que uno mismo se somete es mucho peor que la externa, ya que se ayuda del sentimiento de libertad. Esta forma de explotación resulta, asimismo, mucho más eficiente y productiva debido a que el individuo decide voluntariamente explotarse a sí mismo hasta la extenuación. Hoy en día carecemos de un tirano o de un rey al que oponernos diciendo No. En este sentido, obras como 
Indignaos, de Stéphane Hessel, no son de gran ayuda, ya que el propio sistema hace desaparecer aquello a lo que uno podría enfrentarse. Resulta muy difícil rebelarse cuando víctima y verdugo, explotador y explotado, son la misma persona.
Han señala que la filosofía debería relajarse y convertirse en un juego productivo, lo que daría lugar a resultados completamente nuevos, que los occidentales deberíamos abandonar conceptos como originalidad, genialidad y creación de la nada y buscar una mayor flexibilidad en el pensamiento: "todos nosotros deberíamos jugar más y trabajar menos, entonces produciríamos más". ¿O es acaso una coincidencia que los chinos, para quienes originalidad y genialidad son conceptos desconocidos, sean los responsables de casi toda invención -desde la pasta hasta los fuegos artificiales- que ha dejado huella en Occidente? Sin embargo, esto no deja de ser para el autor una utopía inalcanzable para una sociedad en la que todos, incluso el ejecutivo mejor pagado, trabajamos como esclavos aplazando indefinidamente el ocio. 

PÁGINAS DEL LIBRO
El caso Bartleby
El relato de Melville Bartleby, a menudo objeto de interpretaciones teológicas o metafísicas, admite también una lectura patológica. Esta «historia de Wall Street» re#ere un mundo de trabajo inhumano, de habitantes reducidos a animal laborans. Se describe con detalle la atmósfera lúgubre y hostil del bufete, envuelto en una cadena compacta de rascacielos. A menos de tres metros de distancia de las ventanas sobresale «un majestuoso muro de ladrillo, negro por los años y por la sombra sempiterna».  
Al despacho, que se parece a una cisterna, le falta «vida» (de!cient in what landscape painters call «life»). La melancolía y la a@icción, temas recurrentes del relato, conAguran la tonalidad fundamental. Todos los asistentes del abogado sufren trastornos neuróticos. Turkey, por ejemplo, se ve arrastrado por una «extraña temeridad fogosa, aturullada y desenfrenada de actividad» (a strange, in"ammed, "urried, "ighty recklessness of activity). Al ayudante Nippers, marcado por una ambición exagerada, lo atormenta un psicosomático trastorno digestivo. Durante el trabajo, rechina los dientes y constantemente suelta sapos y culebras. Con su irritabilidad e hiperactividad, estos dos forman el polo opuesto a Bartleby, que enmudece y se queda petriAcado. Bartleby desarrolla síntomas que serían característicos de la neurastenia. Visto así, su fórmula «I would prefer not to»(«Preferiría no...») no expresa ni la potencia negativa del «no-...» (nicht-zu) y tampoco el instinto que inhibe y que sería esencial para la «espiritualidad». Antes bien, representa la falta de iniciativa y apatía que acaban con la vida de Bartleby. 

viernes, 15 de agosto de 2014

Guerra

Arnold Friedrich Vieth von Golßenau, un joven aristócrata de origen sajón, combatió como oficial en la Primera Guerra Mundial, en el frente del Oeste, primero como teniente y luego como capitán, en un regimiento de infantería de Sajonia en el que había ingresado en 1910 y del que, años después, dirigiría un batallón. 

Fruto de su participación en la guerra, en 1928 publicó su primer libro, Guerra, firmado con el pseudónimo de Ludwig Renn, en el que relata la supuesta experiencia bélica de su protagonista como soldado de infantería entre 1914 y 1918. Ni novela ni diario, Guerra se presenta como una verdadera crónica bélica de la irrepetible guerra de trincheras, de la crudeza de la que Emil Ludwig denominó «guerra estúpida», en la que se dieron cita la modernización del combate y la aparición de la muerte tecnificada.

El libro tuvo desde su aparición un gran éxito y una amplia difusión, tanto en Alemania como en otros países, incluida España -donde en 1929 se publicó una versión incompleta-, lo que proporcionó fama a su autor, quien poco después adoptó como propio el nombre de su personaje, Ludwig Renn, en lo que constituye un evidente gesto de renuncia a su clase y de un compromiso político expreso.  

Guerra. Un soldado alemán en la Gran Guerra (1914-1918), por primera vez traducido de forma íntegra al español, no es un relato autobiográfico, y pese a no ser un libro de carácter pacifista, de denuncia de la guerra, ni plenamente antimilitarista -aunque al final tenga algo de todo ello-, entronca con obras como El sargento Grischa, de Arnold Zweig, Los que teníamos doce años, de Ernst Glaeser, o Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque. Un relato desapasionado, incluso ponderado, de un soldado patriota y disciplinado que describe con minuciosidad, más que los acontecimientos en los que participa -las batallas del Marne, del Mosa o del Somme-, la absurda cotidianeidad de la guerra.
«Por todas partes había detonaciones, explosiones, restallidos. Me agaché más. Los oídos me zumbaban. Sentí un golpe en mi casco. Me tapé completamente con la manta. Más estallidos, más detonaciones. ¡Bum! ¡Pumba! ¡Dios mío! ¡Era horrible! Me encogí lo más que pude. Y si te dan, no se nota nada, pensé. No hay dolor, se acaba todo de una vez. ¿Qué tiene eso de terrible?»
Ludwig Renn
 
PRÓLOGO
LAS ARMAS Y LAS LETRAS DE UN NOBLE SAJÓN DEL SIGLO XX

Fernando Castillo Cáceres
     La llamada Gran Guerra fue uno de esos acontecimientos que transformaron de manera radical el mundo existente hasta entonces en prácticamente todos los aspectos, tanto que se suele hacer coincidir su conclusión con el fin del siglo XIX o, lo que es lo mismo, con el fin de la sociedad europea que había surgido al acabar las guerras napoleónicas. Era la conciencia del final de una supuesta edad dorada, más o menos mitificada, que adquiere este carácter a causa de los acontecimientos que habrían de ocurrir desde 1914.

     La Primera Guerra Mundial, que en sus comienzos se conoció como la Guerra Europea, fue el primer conflicto plenamente moderno, en el que las técnicas aplicadas al armamento cambiaron definitivamente la forma de combatir y alteraron el paisaje de la batalla. En sus comienzos la guerra moderna fascinó a los vanguardistas más tempraneros, como los futuristas, convencidos de su supuesta capacidad transformadora de la sociedad, tanto como repugnó a medida que se desarrollaba y mostraba la nueva realidad. Lo sucedido en las trincheras del frente occidental no se había visto jamás, ni siquiera durante las guerras napoleónicas. La combinación de las armas y las técnicas modernas con tácticas del siglo XIX provocó una carnicería y unos sufrimientos a los combatientes y a la población civil hasta entonces desconocidos. Por otro lado, la capacidad de destrucción de los nuevos medios bélicos dio lugar a la eliminación de las diferencias entre el frente y la retaguardia y a la aparición de un paisaje que hasta entonces apenas se había intuido, el formado por las numerosas ruinas en que se convirtieron muchos lugares de Champaña y Flandes.
[...]

     La obra

Guerra no es un libro de carácter pacifista ni de denuncia de la guerra, ni siquiera se podría decir que sea una obra plenamente antimilitarista, aunque al final tenga algo de todo ello. Diríamos que es sobre todo un relato desapasionado, incluso ponderado, de un soldado, patriota y disciplinado, que describe con minuciosidad la cotidianeidad de la guerra antes que los acontecimientos en los que participa. No hay críticas explícitas al mando, ni descripción de atrocidades ni apenas épica, aunque sí aparece cierta admiración por la profesionalidad, por el cumplimiento del deber, algo propio de un militar de carrera. En este contexto no es de extrañar que la vida en campaña y la camaradería, junto a los aspectos domésticos, tengan al menos tanta presencia como lo bélico, una circunstancia que acaba por caracterizar la obra.

     Junto a este aspecto, lo más destacable de Guerra es quizá la descripción de la trayectoria del protagonista -un arquetipo del soldado alemán, un joven de origen campesino, sano y tan familiar como patriota-, que comienza con el entusiasmo de los primeros meses, continúa con la decepción que supone el estancamiento y la aparición de la guerra de trincheras y culmina con el descontento y rechazo de los últimos meses, en los que la escasez, tanto en el frente como en la retaguardia, y la inminencia de la derrota eran evidentes.

jueves, 14 de agosto de 2014

Francia apoya al frente de escritores contra Amazon

El Gobierno francés emprende un nuevo asalto en su guerra abierta contra Amazon. La ministra de Cultura, Aurélie Filippetti, dio ayer un paso más allá en el “combate político” que mantiene desde hace dos años contra el gigante de la distribución. Filippetti se solidarizó con la reciente campaña iniciada por 900 escritores a través de una petición publicada en la edición dominical de The New York Times, a través de la que denunciaban las prácticas abusivas de la librería virtual estadounidense. Se trata de la primera voz institucional que se suma a este frente.

Hace meses que Amazon intenta forzar al grupo editorial Hachette para que baje el precio de sus libros en edición digital hasta los 9,99 dólares (7,50 euros). Ante la negativa de la empresa francesa, Amazon ha emprendido distintas medidas que no se alejan mucho de la extorsión. Por ejemplo, la imposibilidad de acceder a la preventa de sus libros, la suspensión de las ofertas especiales o unos plazos de distribución más largos de lo habitual.

“Este episodio es una nueva revelación de prácticas incalificables contra la libre competencia por parte de Amazon. Es un abuso de posición dominante y un perjuicio inaceptable contra el acceso a los libros. Amazon debilita la diversidad literaria y editorial”, declaró ayer Filippetti durante una entrevista con Le Monde. Desde su acceso al ejecutivo en 2012, la ministra ha mantenido relaciones tensas con el grupo estadounidense, acusándole de recurrir a “prácticas destructivas para el empleo, la cultura y el tejido social” y denunciando que no pague sus impuestos en Francia, sino en Luxemburgo.

Esta arremetida contra Amazon en territorio francés no se limita a las palabras. El mes pasado, la Asamblea Nacional aprobó una nueva ley, explícitamente apodada anti-Amazon, que suprime la posibilidad de sumar la gratuidad de los gastos de envío al habitual 5% de descuento que fija la ley del precio único del libro, vigente en gran parte del continente.

La respuesta de Amazon consistió en limitar dichos gastos de envío a un solo céntimo de euro. “Sabíamos que seguirían esquivando la medida, pero son banderillas que seguiremos clavando en su costado”, afirmó ayer Filippetti. La ministra, escritora ocasional e hija de mineros italianos que emigraron a la Lorena —allí ambientó su novela Los últimos días de la clase obrera—, también acusó al grupo estadounidense de perseguir una concentración empresarial “propia del siglo XIX”.

La ministra mostraba en estos términos su pleno apoyo a los escritores que se rebelaron el pasado domingo contra los abusos del gigante de la distribución, que ya controla el 40% de cuota de mercado, según datos de Publishers Weekly, y cuyo volumen de negocios supera los 55.000 millones de euros. Entre los autores movilizados se encuentran Paul Auster, John Grisham, Stephen King, Michael Chabon, Tracy Chevalier, Junot Díaz, Claire Messud, Tobias Wolff, Jonathan Littell o Donna Tartt. Todos ellos pagaron de sus propios bolsillos los 100.000 dólares (74.682 euros) que costaron esas dos páginas de publicidad. “Como escritores, muchos no publicados por Hachette, sentimos que ningún vendedor debería bloquear la venta de libros, ni impedir o disuadir al cliente a la hora de hacer un pedido o recibir los libros que desee”, escribieron en la petición.

Presentado como el villano de esta historia, Amazon se esfuerza en demostrar que actúa en beneficio del lector e intenta forzar a los grandes grupos editoriales a cambiar una política de precios excesivos, teniendo en cuenta que un libro digital no supone gasto alguno de impresión y distribución. Hace unas semanas, el grupo estadounidense incitó a sus usuarios a dirigir mensajes al dirigente de la división estadounidense de Hachette, Michael Pietsch, llegando incluso a publicar su dirección personal. Para sumar a los escritores a su causa, propuso cederles la integralidad de los derechos de sus e-books. Pero el sindicato de escritores estadounidenses no aprobó el gesto. “Es una solución a corto término que incita a los autores a tomar partido contra sus editores”, dijo su presidenta, Roxana Robinson.

El Pais

martes, 12 de agosto de 2014

Hallados en Sevilla cuatro textos inéditos sobre Cervantes

El trabajo, casi detectivesco, de un archivero de La Puebla de Cazalla, municipio de la campiña sevillana, ha arrojado luz sobre aspectos desconocidos de la biografía de Miguel de Cervantes. El hallazgo de cuatro documentos inéditos en distintos archivos aporta nuevos datos sobre su labor como recaudador de la Hacienda Real y apunta la posibilidad de que hubiese otra mujer en su vida.

El archivero en cuestión, José Cabello, se topó hace tres años por casualidad con un manuscrito del 5 de marzo de 1593 en el que Cervantes se acreditaba ante ese Ayuntamiento como comisario de abastos de la Armada Real por encargo del proveedor de la flota de Indias Cristóbal de Barros. La labor del novelista era recaudar trigo y cebada para abastecer a la flota de Felipe II. “El documento es importante porque acredita que Cervantes estuvo en La Puebla, algo que se desconocía hasta ahora, y lo relaciona por primera vez con Cristóbal de Barros, quien fue el armador que construyó los navíos que participaron en la batalla de Lepanto [en la que también luchó Cervantes], además de ser proveedor para los galeones de la Armada y la flota de la carrera de Indias”, comentó ayer el investigador, quien descubrió el primer manuscrito entre los miles de documentos de La Puebla entre 1543 a 1894 depositados en el Archivo del Distrito Notarial de Morón de la Frontera.

“Estos legajos se conservan gracias a que en el siglo XIX una orden obligó al Ayuntamiento de La Puebla a depositar todos los documentos notariales en Morón [como cabeza de partido]. Los archivos de La Puebla se quemaron durante la Guerra Civil. En 2002, para conmemorar el quinto centenario del otorgamiento de la carta a La Puebla de Cazalla por el conde de Ureña, se microfilmaron esos documentos y yo los he ido leyendo y clasificando durante los últimos años”, explicó Cabello, quien a partir de este papel comenzó a tirar de un hilo que le ha llevado a localizar otros tres legajos relacionados con el padre de la novela moderna, quien pasó 10 años en la provincia de Sevilla, de 1587 a 1597.

La relación del novelista con Cristóbal de Barros condujo a Cabello hasta el Archivo General de Indias, donde encontró un libramiento de Barros de noviembre de 1593 en el que ordenaba el pago de un salario de 19.200 maravedíes, “una cantidad bastante digna para la época”, apuntó el investigador, por 48 días de servicio como “comisario” de la Hacienda Real en varios municipios de la provincia de Sevilla. “También en el Archivo de Indias localicé otro documento en el que aclara que Cervantes realizó este servicio entre el 21 de febrero y el 28 de abril de 1593. Pero, en mi opinión, el hallazgo más interesante es el del Archivo de Protocolos Notariales de Sevilla: un poder que Cervantes le otorga a Magdalena Enríquez para cobrar su salario. Esta mujer nunca había aparecido relacionada con el escritor. El documento es el único de los cuatro que está firmado por él”, afirma el archivero, que ha escrito dos artículos, pendientes de publicación, en los que recoge el trabajo de estos años.

Para el filólogo y académico Francisco Rico, uno de los grandes especialistas sobre la obra de Cervantes, el hallazgo “es interesante, pero seguimos sin saber nada sobre el personaje, sobre su intimidad, su pensamiento o cómo se relacionaba con las mujeres de su familia”. “La aparición de Magdalena Enríquez puede ser una pista interesante, pero yo no me haría muchas ilusiones porque, al tratarse de una bizcochera que trabajaba para la flota de Indias, la relación podría haber sido puramente comercial”, precisó ayer el catedrático de Literaturas Hispánicas Medievales. Según Rico, existen bastantes testimonios parecidos de su labor como recaudador y su firma aparece en muchos de ellos, “un número considerable para tratarse de un autor del Siglo de Oro”, pero no hay rastro de documentos que permitan conocer su carácter. “Su talante tenemos que deducirlo de sus obras”, añadió Rico.

El novelista otorgó un poder a Magdalena Enríquez, una bizcochera de Sevilla, para que cobrara su salario
“Todo esto abre las puertas a nuevas investigaciones que podrían aportar más luz a la biografía del autor de El Quijote. Hasta el momento sólo se sabía de la existencia de tres mujeres importantes en su vida: Ana Franca de Rojas, con la que tuvo una hija natural llamada Isabel de Saavedra; Catalina de Salazar y Palacios, con quien se casó en 1584, y Jerónima Alarcón, una sevillana de quien Cervantes figura como fiador y pagador de unas casas en 1589”, precisa Cabello. “De Magdalena Enríquez solo sabemos que era bizcochera y natural de Sevilla. Debía de ser viuda, porque de otra forma no podrían haber hecho un poder a su nombre, y tener algún tipo de relación con Cervantes cuando él le permitió cobrar su salario, ya que tenía que partir para una nueva encomienda y no podía esperar al cobro”.

El hallazgo desmiente la pobreza permanente de Cervantes

RAFAEL FRAGUAS
El hallazgo documental de Puebla de Cazalla, sobre la estancia temporal de Miguel de Cervantes en la localidad sevillana, pone de relieve que el novelista universal fue considerablemente bien remunerado en aquel periodo de su vida, entre 1592 y 1593. Así lo subraya el cervantista José Montero Reguera, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Vigo y especialista desde 1992 en la vida del alcalaíno universal, sobre la cual versó la tesis del catedrático, autor asimismo de seis estudios publicados al respecto. “Los documentos hallados por Cabello Núñez sitúan en coordenadas espacio-temporales y existenciales muy precisas una etapa de la vida de Miguel de Cervantes poco conocida, centrada en Puebla de Cazalla y hasta ahora ignorada”. Montero Reguera añade: “Demuestran, igualmente, que durante esa etapa, el autor de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha recibió una retribución sustanciosa, que desmiente, en parte, la interpretación romántica del siglo XIX, que atribuía a Cervantes una existencia siempre desvalida. Por contra”, agrega Montero Reguera, “sobrevivió hasta edad provecta, 69 años, casi longeva para su época, en tres de las ciudades más ricas de España: Valladolid, Madrid y Sevilla”.

“De la estancia sevillana de Cervantes, que duró 15 años a partir de 1587, se conocen datos indirectos”, añade el experto. “Incluso un estudioso, José M. Asensio, a finales del siglo XIX llegó a decir que hablaba con giros coloquiales andaluces, algo altamente improbable”. Lo que sí se sabe con certeza documental probada, agrega el experto, "es que Cervantes, fue en Sevilla proveedor de la la flota enviada por Felipe II para la invasión de Inglaterra". También se conoce que "fue en la capital andaluza donde escribió el Soneto a la muerte de Fernando de Herrera y otro escrito sobre el túmulo funerario erigido en la ciudad del Guadalquivir a la muerte de Felipe II".

“Lo más relevante es que este hallazgo documental abre nuevas y posibles vías de investigación que señalan nuevos caminos dónde buscar y hallar datos desconocidos de su biografía”, concluye el catedrático.También lo ahora descubierto da fe de un vínculo estrecho con Magdalena Enríquez, nexo hasta hoy ignorado. Se sabe que tal apellido procede del noroeste de la península ibérica y que contó con numerosas ramificaciones: era el mismo que llevaron algunos de los principales almirantes medievales de Castilla.

Segunda fase para hallar los restos de Cervantes

Por otra parte, la segunda fase de las investigaciones para localizar los restos de Miguel de Cervantes en el convento madrileño de Las Trinitarias cuentan ya con la aquiescencia de las monjas y del Arzobispado de Madrid, según informó Francisco Etxeberría, forense que dirige el equipo científico que acometerá el estudio de los restos óseos, una vez localizados. Mientras el Ayuntamiento madrileño se apresta a proveer la financiación de esta fase, sólo falta la "luz verde" de la Dirección General de Patrimonio del Gobierno regional madrileño, que tiene las competencias legales sobre asuntos histórico-culturales de cariz patrimonial, toda vez que el organismo regional examine la documentación cartográfica recabada en la primera fase de la exploración, acometida con georradar y que trazó un mapa muy completo del monasterio y su subsuelo. La segunda etapa de la exploración consistirá en el examen in situ, en la cripta del monasterio, de los restos sepultados en varias decenas de nichos allí albergados, para cotejarlos con la documentación anatómica que se atribuye a los despojos del novelista universal, sepultado en el convento en abril de 1616, que presentarían marcas indelebles de heridas en el esternón y en los huesos del metacarpo de la mano izquierda, heridas ambas sufridas por el alcalaíno universal en la batalla de Lepanto, en octubre de 1571.

El Pais

lunes, 11 de agosto de 2014

Los superventas de las letras declaran la guerra a Amazon

Un conflicto que bien vale una página completa en la edición dominical de The New York Times. La pugna entre Amazon y la editorial Hachette, lejos de resolverse, se enredó este fin de semana aún más gracias a la carta firmada por 900 escritores en el diario estadounidense y en la que piden al gigante de Internet que deje de impedir la venta de sus obras o bloquear los precios por el litigio que mantiene con Hachette.

Ambas firmas están enfrentadas desde hace meses por el precio de los ebooks y las condiciones que la mayor librería del mundo, Amazon, quiere imponer a editoriales y autores. Es el último ejemplo de cómo el mercado digital ha irrumpido en una industria tradicional, reventando su estructura, introduciendo nuevos modelos de negocio y obligando tanto a los recién llegados -Amazon- como a los veteranos -en este caso, Hachette- a reconocer que se necesitan mutuamente para subsistir.

La misiva de los autores llegaba además un día después de que la compañía de Jeff Bezos enviara un email a todos sus clientes de Kindle en el que les solicitaba que tomaran partido a favor de los libros electrónicos. La empresa también publicó en Internet la dirección de correo del presidente de Hachette, Michael Pietsch, para que lectores y autores le pidieran que acepte las condiciones impuestas por Amazon.

Los autores, entre los que se encuentran Stephen King, John Grisham y Paul Auster, afirman que "ningún vendedor de libros puede bloquear su venta o prevenir o desalentar al público de que pidan los libros que desean. No es justo que Amazon excluya a un grupo de autores para una venganza selectiva". La situación, como demuestra la carta, es suficientemente grave como para aglutinar además a una mayoría de autores que ni siquiera trabajan con la editorial afectada.

Amazon argumenta que “los ebooks pueden y deberían ser más baratos” y acusa a la editorial “de haber conspirado ilegalmente con otras firmas para subir los precios”. Los autores acusan a la empresa de boicotear a Hachette eliminando la venta por adelantado de sus libros, anular los descuentos, retrasar los pedidos de los clientes y sugerir a los clientes que harían mejor en comprar otros títulos. Hasta ahora no ha trascendido, sin embargo, cuáles son las condiciones que Amazon quiere imponer a Hachette y que ésta se niega a aceptar.

La empresa de Seattle, creada precisamente con el objetivo de convertirse en la mayor librería del mundo y que a partir de su venta de libros logró consolidar la de todo tipo de productos, equipara la situación actual con la que se dio en los años 40 con la llegada del libro de bolsillo, diez veces más barato que uno de tapa dura. “Pensaron que este precio destruiría la cultura y haría daño a la industria (por no citar sus propias cuentas bancarias). Muchas librerías se negaron a venderlo”, dice el texto publicado por Bezos. “A los editores de tapa blanda no les quedó otra que buscar otra manera de venderlos, como kioscos y tiendas de barrio”.

Ese es el objetivo de Amazon, que un precio más barato impulse la venta de títulos a un nivel sin precedentes. La cuestión sin resolver es qué porción de la tarta se queda la empresa estadounidense como distribuidora e intermediaria, y cuál queda en manos de la editorial y de los autores, si la tarta, además, es cada vez más pequeña.

El Pais

jueves, 7 de agosto de 2014

Contar mentiras para salvarse

“Yo soy judío y árabe”, lanza Eduardo Halfon (Guatemala, 1971). No lo hace por epatar sino que es la constatación de años de búsqueda de su identidad, y ha llegado a la conclusión de que, como todas, “es una construcción”. Ese es el río subterráneo que fluye en Monasterio, su última —y como todas “breve horizontalmente pero profunda verticalmente”— novela de claro signo autobiográfico. No es casual que el casi opúsculo inaugure línea editorial en Libros del Asteroide, que creada en 2005 sigue configurando también su identidad y ahora, tras arrancar con clásicos modernos de no menos de una década de antigüedad y ampliar sucesivamente a la no ficción literaria (2007) y a la narrativa extranjera contemporánea (2009), decide incorporar inéditos en castellano.

“Tengo abuelos egipcios, libaneses y sirios y son judíos de allí; de muchas palabras debo preguntar si su origen es judío o árabe, me ocurre lo mismo con la comida…”, cuenta Halfon como enésima constatación de lo compleja que es la vida y los sentimientos. Como los de los dos hermanos guatemaltecos recién aterrizados en Tel-Aviv para la boda de su hermana con un judío ortodoxo (“pero que no quieren estar ahí”) protagonistas de su novela, que como todos sus 11 libros anteriores (seis en España) “es una búsqueda de raíces, de comprender la identidad, mi identidad”.

El autor escribe en castellano, aunque emigró a EE UU siendo un niño

No lo tiene fácil el autor de El boxeador polaco y La pirueta con las que Monasterio construiría “una rayuela literaria” que tiene a su abuelo polaco, que pasó por Auschwitz, como espoleta. Con apenas 10 años, Halfon emigra con sus padres a EE UU donde se hace ingeniero industrial “de formación y de carácter”, algo que se nota en la estructura de sus obras y sus frases, todo felizmente corto y cartesiano. Y luego regresa a Guatemala, pero “con el español perdido”. Está totalmente desubicado. Tampoco es lector ni tiene libros en casa. “Es un mundo que ignoro hasta que, con 29 años, en un proceso vertiginoso y azaroso, me convierto en lector obsesivo y curso Filosofía y Letras y cambio; me enquijoté”, define con humor de connaisseur.

Desde 2003, con Esto no es una pipa, Saturno, Halfon ha publicado una media de un título por año. “Mis referentes son más norteamericanos, me gusta Faulkner, Poe, Joyce, pero sólo escribo en castellano: tengo un diccionario a la par, aunque me pasa cada vez menos tener que consultarlo”. El dominio ha sido tal que en 2007 fue escogido entre los 39 mejores escritores latinoamericanos menores de 39 años.

La opción lingüística tiene su lógica. “Mi infancia fue en español y mis libros siempre van a la infancia”, admite. Toda su obra es “un retroceso narrativo a mis orígenes y un acercamiento a la intolerancia religiosa y cultural”. Y, tras pensarlo, añade: “También está el tema de la salvación y la palabra como poder de salvación, y cuántas mentiras estamos dispuestos a contar o a escuchar para salvarnos”.

Todas las ficciones de Halfon están amasadas en la realidad. “El arranque es muy próximo a mí, el autor siempre tiene mi identidad, suele llamarse Eduardo… Soy y no soy a la vez”, vuelve. El peso del judaísmo también es una constante vital. “Lo tengo más como cultura que como religión; me interesa mucho más como fuente de historias; necesito estar lo más lejos posible de él para verlo con objetividad, aunque eso implica el rechazo de mi familia”.

Cabeza afeitada, barba y bigote completos y poblados, nariz recta y notable, gafas redondas, Halfon no duda en decir que “se debe ser judío a veces”, como tampoco titubea el narrador a la hora de rechazar el judaísmo ortodoxo: “Verlo cuando visité Jerusalén me provocó cierto desasosiego. No es sólo el pulso Israel-Palestina, está este, con una comunidad ultraortodoxa que mantiene un gueto físico incluso”. De ahí una de las imágenes del libro, la de un hombre ahogándose en sus talit [especie de manto utilizado normalmente por hombres en el culto] : “Lo que debería salvarle le estaba ahogando”, explica Halfon. En la obra, escribe: “Ese discurso del judaísmo no como religión sino como genética, sonaba igual que el discurso de Hitler”. Halfon tuvo una hermana ortodoxa. “Ya no lo es, afortunadamente”.

Hay siempre en la obra del autor guatemalteco música explícita de fondo (“es el arte en mayúscula, hubiera querido ser músico”), un punto de erotismo —“de pre-erotismo; el flirteo, la seducción mejor”, puntualiza— y algo de humor. “llegan en el momento más solemne. Busco desarmar al lector”. Igual que cuando cuenta la historia de un personaje que se salva de los nazis al disfrazarse, “o sea, por mentir, por cambiarse la identidad”, vuelve al inicio el escritor-personaje, a la que es la razón de toda su obra. Un bucle vital. “Uno de los dos Halfon tiene que morir para que esto pare”, concluye.

El Pais