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Pruebas

miércoles, 20 de agosto de 2014

Los reinos de Taifas de José María Merino

Federico García Lorca se marchó, obligado por la metralla de un fusil franquista, la noche del 18 al 19 de agosto de 1936. Casi ocho décadas después, la memoria de los contemporáneos falla. O eso es lo que piensa la letra m de la Academia, José María Merino (La Coruña, 1941). Prolífico, conciso, de voz grave, recogió el pasado año el Premio Nacional de Narrativa por El río del Edén (Alfaguara) —uno más entra la extensa colección de galardones que ostenta—. “Tenemos poca memoria histórica. Y no solo por la Guerra Civil. También hemos olvidado las cuatro lamentables y sangrientas guerras del siglo XIX”.
El veterano escritor, que recuerda las lecturas de Lorca que su padre hacía en casa cuando él aún no se levantaba más de un metro sobre el suelo, está profundamente convencido de que la memoria histórica debería servir para llegar a un acuerdo. “Un país tan antiguo y rico como el nuestro, en leyendas, gastronomía, fiestas… y que nos llevemos tan mal. La memoria puede servir para llevarnos bien. Lo estamos viviendo ahora con el separatismo catalán. ¿Por qué no nos reconciliamos ya?”, se pregunta el gallego de nacimiento y leonés de adopción durante una pausa de Una experiencia en la ficción, un curso magistral de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo que imparte hasta el próximo 22 de agosto.
Así terminó la España árabe por los reinos de Taifas, entrar ahí es un error absoluto
La literatura, la poesía, la cultura… son anclajes de un pasado común que siguen sin usarse para conciliar, según Merino, que reivindica el abandono del sectarismo y la adopción de lo mejor del pasado: “Debería asumirse el pasado desde eso, porque es lo que nos une. ¿Menéndez Pelayo era de derechas? Pues bueno, a mí me cuenta que tiene el marco de una de las primeras novelas históricas”.
La derecha y la izquierda política sigue siendo una línea divisoria. Las fronteras entre comunidades autónomas también. El académico ni lo entiende, ni lo comparte. Recuerda, con las manos apoyadas una sobre la otra, el año en que se marchó a Francia. Fue después de terminar el bachillerato, y allí, amén de no aprender apenas francés, hizo un amigo irlandés que, al conocer la procedencia de Merino, le dijo: “¡Ah!, del pequeño continente”. Merino sonríe: “Por ser un mundo de una variedad riquísima. Yo tengo la suerte de pertenecer a él. Todo está aquí”.
En Cádiz comiendo pescaíto, en León tomando una tapa, o en Barcelona bebiendo algo en una terraza; el literato asegura que no se siente distinto, “aunque tengan distintas melodías para el lenguaje. Si para alguien es distinto… Así terminó la España árabe por los reinos de Taifas, entrar ahí es un error absoluto”.
Lo que no fue una equivocación fue decir sí a impartir el curso magistral de la UIMP. Aunque cuando le hicieron la proposición se quedó perplejo, o eso asegura. “En otras ocasiones eran expertos hablando de mi obra y yo asistiendo de cuerpo presente. En esta ocasión era yo quien tenía que decir algo sobre mi propio trabajo. Y en eso siempre hay un poco de petulancia”. El miedo del primer momento se convirtió en terapia y en reflexión: “Ha sido como una reconsideración de mi papel como escritor, recordando mi trabajo. Una vuelta al pasado”.

La recapitulación de su propia obra le está resultando grata. Cuando mira hacia atrás descubre matices olvidados, recuerdos ocultos: “Pero lo que más nítidamente he descubierto ha sido coherencia. Ya en los primeros poemas estaba latente el gusto por el sueño, por la ficción, la mezcla de realidad y ficción. Si de algo puedo presumir, es de coherente”. ¿Algo que no le haya gustado de ese vistazo a su pasado? Asegura que no, su prurito por darle cientos de vueltas a cada letra ha conseguido que a día de hoy, pueda decir que no hay nada que sea una chapuza: “Todo lo que he llevado a cabo siempre ha sido a conciencia”.

La ficción

La Real Academia de la Lengua define ficción como la acción y efecto de fingir. Para Merino la ficción es la base profunda del ser humano, de la realidad; y es consustancial a lo que somos. Se puede fingir algo real y algo fantástico. Él ha jugado más con lo realista, aunque afirma que cada novela tiene sus requisitos: “Hay que cumplir con lo que uno mismo se marca. Hasta el final. Sea lo que sea lo que te impusieras”.
Si de algo puedo presumir, es de ser coherente
El autor asegura que nuestro lenguaje es capaz de construir ficciones que a su vez construyen la realidad: “Ficción, y no mentira. Hay que distinguir entre mentira, ficción y realidad. Ésta última por ejemplo no necesita ser verosímil, la creemos suceda lo que suceda”. No ocurre lo mismo con la ficción: “Si en una novela apareciera el virus del ébola, un terremoto, la corrupción… muchos dirían ‘¡venga ya! ¡esto no es posible!”. Y lo es. Sucede. Está sucediendo. Sin embargo, Merino cree que los temas candentes no deben reflejarse en las novelas, sino en el día a día de los medios de comunicación: “La novela no va al mismo tiempo que la realidad. Requiere reposo, hace falta una perspectiva”.

En septiembre La trama oculta (Páginas de espuma) reposará sobre los estantes de las librerías. Una colección de relatos que une cuentos realistas, futuristas, fantásticos y microcuentos. “Siempre he alternado un volumen de cuentos con uno de novela. Así que, en cuanto a la novela, vislumbro algo, pero es como un bulto en la niebla. No sé cómo será”, sonríe Merino. Y se marcha de vuelta a su terapia personal, la que le ha brindado la oportunidad de repasarse a sí mismo.

El Pais