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Pruebas

viernes, 30 de mayo de 2014

Balcells & Wylie: así se forja una nueva superagencia literaria

Tras la noticia del acuerdo entre Carmen Balcells y Andrew Wylie para crear una superagencia literaria se esconde toda una jugada maestra. Con el pacto (¿una compra paulatina?, ¿una joint venture) nace un intimidante conglomerado de un millar de autores, entre ellos, 13 premios Nobel. Pero también se suman dos innovadoras maneras que, cada una a su modo, han definido el mundo de la edición del último medio siglo.
En la decisión de uno y de otro, hecha pública justo a tiempo de marcar hoy el arranque de la Feria del Libro de Madrid, la gran cita anual del sector, ha pesado la presión que ejerce la rápida modificación del ecosistema del libro. Una amenaza que les ha empujado, según las fuentes consultadas, a una unión inevitable para sobrevivir, o vivir mejor, en un negocio cuyo modelo centenario ha sido dinamitado por los tres grandes operadores virtuales y globales: Amazon, Google y Apple. ¿En qué condiciones? Es difícil saberlo con exactitud. Primero, porque los implicados no han compartido la letra grande ni la pequeña. Y segundo, porque la partida de póquer, señalan algunas fuentes, no ha terminado aún. Se barajan dos opciones: o se trata de una fusión en toda regla o de una venta progresiva al estilo de la adquisición de algunas editoriales en los últimos años (caso de Anagrama-Feltrinelli).
La unión parece inevitable para sobrevivir al empuje de Amazon o Google
Esta penúltima huida hacia adelante del sector, bautizada como Balcells & Wylie, comenzó a fraguarse hace tres lustros. Y se aceleró hace unos seis años. Algunas fuentes señalan que desde hace más o menos tres se estableció entre ambos un pacto de no agresión.
Cada uno reina sin sombra en su área: ella, en el mundo hispanohablante y él, en el universo anglosajón y más allá. Pero las deudas de la agencia Balcells sumadas a la intención de asegurar la continuidad de una empresa pionera encontraron la horma de su zapato en las ambiciones expansionistas de Wylie por querer entrar en el mercado en lengua española. Y así fue cómo, finalmente, el 27 de mayo, firmaron ese primer acuerdo para convertirse en la agencia literaria más potente del mundo.
La estrategia de conquista del próximoeldorado editorial (el mundo hispanohablante, también en EE UU) recuerda al reciente movimiento de Penguin Random House cuando hace unos meses compró Alfaguara y los sellos literarios de Santillana. La idea es tomar un atajo en un mercado en crecimiento y enfrentar fuertes el reciente desembarco de los grandes operadores virtuales que ya tocan todas las partes de la cadena de valor del libro.
Para reconstruir la historia de esa relación es justo empezar por Carmen Balcells. Su irrupción en 1960 sacudió el mundo del libro. Hizo saltar por los aires el concepto del contrato vitalicio. Con ella, llegó la fragmentación, los pactos de corta vigencia y la parcelación (por cada país donde se publicara, por el tipo de libro, por sus traslaciones a teatro o audiovisuales…). No sólo innovó en los negocios (fruto quizá de su afilada astucia en el peritaje mercantil que estudió de joven), también fue revolucionaria en lo literario. La Agencia Balcells fue durante años la única que contaba entre su equipo con asesores literarios en nómina y también la única con una especie de plan de becas: adelantaba dinero de su bolsillo a la manera de mensualidades para liberar a los autores de las obligaciones laborales mundanas y permitirles así dedicarse solo a escribir. El caso más sonado fue el de Mario Vargas Llosa. Pero no hace mucho hizo algo parecido con el colombiano Evelio Rosero.
Tenaz y dura, en 1965 inició un viaje por América Latina para contactar con los autores que le interesaban. Ahí nació su espectacular catálogo, especialmente del periodo del bum, con Gabriel García Márquez y Vargas Llosa a la cabeza y sobre el que ha construido un pequeño imperio en el que llegaron a trabajar casi una treintena de personas. En la actualidad no superan las 15.
Es precisamente esa privilegiada cartera de clientes la que atrajo al otro gran agente literario del mundo, Andrew Wylie, también conocido comoEl Chacal, hijo de editor y de una heredera de la banca nacido en Boston, summa cum laude en la exigente Harvard, que en 1984 montó su agencia literaria, con sedes en Nueva York y Londres, y que representa —asegura él— a un millar de escritores: desde Bolaño a Art Spiegelman, pasando por Philip Roth.
Su hermetismo es leyenda en el sector. Su práctica de arrebatar autores a punta de talonario, también. Su equipo, al parecer, de un poco más de medio centenar de personas en su núcleo duro, trabaja bajo las órdenes de un verdadero obseso laboral; a pesar de sus 65 años, sobre las cinco de la mañana ya está respondiendo correos, entre otras razones (además de porque sus clientes están por todo el globo terráqueo) porque mantiene normalmente de lunes a viernes una reunión con su equipo a las 7.45 de la mañana.
Es en esas reuniones donde se crean grupos específicos de trabajo para afrontar la política con determinados autores, las estrategias de promoción y la gestión de sus legados. También se analizan las líneas de defensa ante Google, Amazon y Apple, los grandes conglomerados que son ahora su enemigo ante el desarrollo digital.
Hace unos años el gran demonio era otro: Carmen Balcells. Wylie era consciente de su talón de Aquiles, la literatura en lengua castellana y, como él mismo mantiene, “una agencia con solo uno o dos autores fuertes en un ámbito no tiene fuerza”. Hasta esta semana representaba a Jorge Luis Borges, Guillermo Cabrera Infante, Muñoz Molina o Roberto Bolaño.
A mediados de los 90 El Chacal tuvo un primer contacto en Fráncfort con Balcells, en una comida de la que ambos salieron asustados y molestos. Poco después Wylie abrió oficina en España a finales de la década. Cortejó grandes plumas que en muchos casos no conquistó, como Javier Marías. Entonces, afinó el tiro con la viuda de Borges, María Kodama, o con Cabrera Infante. Más o menos por aquella época se cobró otra preciosa cabeza, la de Bolaño, y Balcells se dedicó a lanzar irónicas diatribas sobre las habilidades del agente con las viudas.
El principio de acuerdo entre ambos trae tranquilidad al mundo de la edición. Al menos, para ellos: Wylie se evita la desgastante guerra de guerrillas que mantenía con Balcells. Y a esta, le garantiza el blindaje de sus autores de los que en verdad se cuida como si fueran su propia familia.

Una preciada lista de clientes

La agencia de Andrew Wylie cuenta, entre otros, con:
_Jane Bowles
_Saul Bellow
_V. S. Naipaul
_Vladimir Nabokov
_Antonio Tabucchi
_Jorge Luis Borges
_Philip K. Dick
_Salman Rushdie
_Art Spiegelman
_Milan Kundera
_Mo Yan
_Orhan Pamuk
_Lou Reed
_Antonio Muñoz Molina
_Philip Roth
_Royal Shakespeare Company
_Roberto Saviano
_Susan Sontag
_Henry Kissinger
_The Andy Warhol Foundation
_John Updike
_Roberto Bolaño
_J. G. Ballard
_William Burroughs
_Guillermo Cabrera Infante
_Italo Calvino
_Allen Ginsberg
Y Carmen Balcells puede presumir de clientes como:
_Gonzalo Torrente Ballester
_Mario Vargas Llosa
_Gabriel García Márquez
_Julio Cortázar
_Camilo José Cela
_Carlos Fuentes
_Pablo Neruda
_Álvaro Mutis
_Miguel Delibes
_Juan Goytisolo
_Rosa Montero
_Terenci Moix
_Alfredo Bryce Echenique
_Manuel Vázquez Montalbán
_José Luis Sampedro
_José Ángel Valente
_Isabel Allende
_Miguel Ángel Asturias
_Vicente Aleixandre
_Ana María Matute
_Juan Marsé
_Javier Cercas

jueves, 29 de mayo de 2014

La aristócrata que disparó a la nariz de Mussolini

¿Era complicado pegarle un tiro a Benito Mussolini? La multitud aclamaba en la romana plaza del Campidoglio al hombre que gobernaba Italia. La aristócrata irlandesa Violet Gibson, de 50 años, tenía a unos pasos a Il Duce, que acababa de salir del palazzo dei Conservatori de dar un discurso. Eran las once de la mañana del 7 de abril de 1926. Violet se acercó, empuñó su arma y mientras Mussolini levantaba el brazo para hacer el saludo fascista, ella alzó el suyo y disparó a quemarropa con su revólver Lebel, del ejército francés. Esta mujer pudo cambiar la historia pero su mala puntería y una bala encasquillada dejaron el intento de magnicidio en un rasguño en la nariz del líder. La historia de Gibson, una mujer imbuida de un exacerbado sentimiento religioso y perteneciente a una familia de la alta nobleza de Irlanda, no tuvo un gran seguimiento de los historiadores quizás porque desde el principio se la tachó de "solterona con problemas mentales". En 2011, la periodista inglesa Frances Stonor Saunders (1966) reconstruyó su vida en La mujer que disparó a Mussolini, una biografía que ha publicado en castellano a comienzos de este año la editorial Capitán Swing.

Gibson pertenecía a una familia rica. Su padre ocupaba un escaño en la Cámara de los Comunes y fue nombrado lord Ashbourne. Violet siguió la tradición, presentaciones en la corte, bailes, actos sociales... hasta que decide abrazar el catolicismo para disgusto de su familia de fe anglicana. Es en esa etapa cuando Gibson comienza a sufrir problemas de salud, desórdenes nerviosos que espera curar en Roma, cerca del Papa. Allí, sin embargo, ahonda en su desorientación, se agrava su estado hasta un intento de suicidio en febrero de 1925. Después se convence a sí misma de que Dios le ha encomendado la misión de matar al Duce o al Papa. "Era contrario a la voluntad de Dios que Mussolini continuara existiendo", declaró después en el juicio.
Stonor, que comenzó su trayectoria como realizadora de documentales en la BBC, trufa su relato de interesantes documentos oficiales: cartas personales, informes policiales, comunicaciones diplomáticas, artículos periodísticos, partes médicos... Además de contar la vida de Violet, esta historiadora aprovecha para trazar en paralelo algunos fragmentos de la de Mussolini: el niño conflictivo, el profesor que pega a sus alumnos, el hombre que huye a Suiza para eludir el servicio militar. A su vuelta, su charlatanería y proclamas contra el Gobierno de Italia le llevan a subir peldaños en el Partido Socialista hasta lograr su dirección.

La autora también establece comparaciones entre las vivencias de Violet con las de otros personajes de su época, Virginia Woolf, Scott Fitzgerald, Ezra Pound... sin embargo, las prolijas y numerosas referencias hacen farragosa en ocasiones la lectura del libro porque diluyen el relato sobre Gibson.

La labor de Stonor de desenterrar textos de la prensa y declaraciones de figuras políticas permite constatar hasta qué punto era vista con buenos ojos la figura de Mussolini, con especial admiración del entonces canciller Winston Churchill. A Il Duce se le consideraba un freno para la amenaza del comunismo. "El establishment británico nunca percibió que Mussolini podía ser más peligroso que Violet Gibson", apunta Stonor Saunder.
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Mussolini, con las huellas en su cara del atentado de Gibson. / CAPITÁN SWING
El intento de Gibson de asesinar a Mussolini no fue el único perpetrado contra el hombre que quería emular a los emperadores de Roma. En los meses anteriores hubo una tentativa abortada (el socialista Zaniboni fue detenido antes de que pudiera disparar desde la ventana de su hotel). Después de la de Gibson sucedieron otras dos, protagonizadas por un anarquista que lanzó una granada de mano y un joven de 15 años que fue linchado de inmediato. Stonor subraya que estos atentados aceleraron la transformación de Italia en un Estado fascista, con nuevas leyes que acabaron con cualquier atisbo de disidencia.
    
La mujer que disparó a Mussolinirecuerda la pantomima de juicio al que fue sometida Gibson. Mientras la prensa se esforzó en mostrar a un magnánimo Duce que quitaba importancia a lo sucedido, la diplomacia británica hizo todas las reverencias necesarias para no disgustarle. Lo más doloroso para Gibson fue el olvido de su familia, avergonzada por tener a una desequilibrada que había querido acabar con alguien tan importante. Tras casi un año de cárcel, sometida a humillantes pruebas psiquiátricas y físicas (examen de su útero incluido) fue puesta en la frontera de Italia con Francia y en cuanto pisó suelo inglés le diagnosticaron en solo unos minutos "locura delirante con paranoia".
       
La última parte del libro resume los casi 30 años que Violet pasó en el manicomio de Saint Andrew, en Northampton, donde cursó reiteradas peticiones, todas despreciadas, para que la dejasen descansar en un centro religioso. La periodista aprovecha para mostrar cómo eran aquellos lugares, "para volverse uno loco", los tratamientos contra las enfermedades mentales y algunas de las delirantes teorías médicas. Es aquí donde Stonor no disimula el cariño que sintió por su biografiada. Ni muerta se respetó el deseo de Stonor de dónde debían reposar sus restos. No se hizo pública su muerte. Ni amigos, ni nadie de su familia acudió al entierro. Todos querían olvidar a Violet Gibson.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Octavio Paz, el poeta y pensador de la libertad

Detrás del nombre de Octavio Paz está la poesía. Delante, sus poesías, sus críticas, sus pasiones, sus pensamientos, sus ideas de libertad y democracia, sus reflexiones sobre el pasado y sus efectos en el presente y el futuro. Su mirada oscilante sobre el tiempo poblado de seres como él, personas, simplemente personas organizadas en sociedad para vivir y avanzar. Y más adelante las palabras sobre él, como las pronunciadas este martes por escritores como Mario Vargas Llosa y Jorge Edwards, filósofos y escritores como Fernando Savater, ensayistas como Enrique Krauze y políticos como el expresidente de España Felipe González.
Cinco referentes de la cultura y la política contemporánea en español reunidos para homenajear al escritor mexicano en el centenario de su nacimiento (31 de marzo de 1914-19 de abril de 1998). Lo hicieron en el coloquio Siglo XXI, la experiencia de la libertad. Homenaje a Octavio Paz,celebrado en Casa de América, de Madrid, y organizado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Conaculta, la Embajada en España y otras organizaciones mexicanas.
La huella que ha dejado en nuestro tiempo, coincidieron todos, es la difusión y la defensa de la cultura y la libertad, así como su malestar por los totalitarismos. “Fue un pensador rebelde al estereotipo que cuestionó toda forma de conformismo. Uno de los últimos humanistas”, aseguró Vargas Llosa. El Nobel peruano y Krauze, director de la revista Letras libres, hicieron énfasis en que Paz se adelantó a su tiempo. Supo ver lo que ocurriría con el poscomunismo. Recordaron que de joven simpatizó con lo revolucionario, pero la experiencia le llevó a revisar sus convicciones marxistas, y según Vargas Llosa "criticó los fundamentos de las revoluciones rusa, cubana y china, hasta abrazar la cultura democrática". Así lo reflejó, también, cuando dirigió  las revistas Plural yVuelta que llevaron una bocanada de ideas y necesidades de democracia en América Latina en una época de dictaduras.
“Sus ideas son de rabiosa actualidad”, asegura el expresidente
“Trascendía su momento y sus ideas son de rabiosa actualidad", aseguró el expresidente González. No era reaccionario, añadió, todo lo contrario, era "un progresista en el sentido profundo del término". La pregunta que formuló González es "cómo aplicar a la política que vivimos las ideas de Octavio Paz. Como dijo él propio Paz cuando cayó el muro de Berlín, no es que las respuestas hayan fracasado, no significa que las preguntas no sigan vigentes". Y lanzó una propuesta: ¿"Por qué no recuperamos a Paz?.Octavio está de actualidad".
Agradecieron y reflexionaron sobre su figura personal, artística, intelectual y de la manera en que les influyó. De su paso por España. De su claridad al escribir y expresar de manera sencilla lo difícil, que era, según Savater, “su gran cortesía”. Eso le permitió ejercer una labor de pedagogía de convencer a la gente de que tenía que pensar. Un dinamizador cultural, “como un remolino que no deja estancar el agua de la cultura”.
Hablaron del Octavio Paz, ahijado de Voltaire, e hijo de familia española, por el lado materno, y de indígenas mexicanos, por el lado paterno, que obtuvo el Nobel de Literatura en 1990. Y del gran lector. Y del traductor. Hombre para quien todo estaba tocado de poesía y todas las artes conectadas por hilos poéticos. “Siempre me ha interesado y, más, me ha apasionado, la experimentación y la exploración de formas y territorios poéticos poco conocidos, nuevos”, dijo en una conferencia en 1975.
“Su gran cortesía” era que contaba de manera sencilla lo difícil, dice Savater
Paz, asomado, abismado, como el primer día en varios temas que reflejó en ensayos de diversa índole: arte, política, antropología, literatura, historia, poder-autoridad y, claro, México y los mexicanos. De México y sus raíces y semillas están esparcidos muchos de sus versos y análisis comentados en Casa de América. El joven Octavio Paz que empezó con 19 años, en 1933, con el poemario Luna silvestre y terminó, en 1995, convertido en figura tutelar con el ensayo Vislumbre de la India. Y entre esa Luna y esa India, obras como A la orilla del mundo, Libertad bajo palabra... Y ensayos: El laberinto de la soledad, El arco y la lira, El ogro filantrópico, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe...
Un Octavio Paz también autocrítico con la cultura y la sociedad: “Una de las heterodoxias del mundo moderno, desde hace dos siglos, ha sido la poesía. La poesía y el arte sucesivamente expulsados y, después, hipócritamente consagrados por los poderes sociales. Otra de las transgresiones de las sociedades modernas ha sido el amor. Ambos, amor y poesía son experiencias no productivas, son antiproductivas, y han sido y son negaciones del mundo moderno”.
Mito y leyenda en vida, Paz fue un feliz aprendiz entre mortales. Como su poema La calle, donde recrea su curiosidad, su búsqueda y estar en el mundo: “Es una calle larga y silenciosa. / Ando en tinieblas y tropiezo y caigo / y me levanto y piso con pies ciegos / las piedras mudas y las hojas secas / y alguien detrás de mí también las pisa: / si me detengo, se detiene; / si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie. / todo está obscuro y sin salida, / y doy vueltas y vueltas en esquinas / que dan siempre a la calle/ donde nadie me espera ni me sigue, / donde yo sigo a un hombre que tropieza / y se levanta y dice al verme: nadie”.
El Pais

martes, 27 de mayo de 2014

Novelas de verdad

La gran mayoría de las mejores novelas de la Historia son autobiografías. No se trata de que sean rigurosas autobiografías sino laxas recreaciones de la memoria que es lo propio y gozoso de la literatura, siendo ésta lo opuesto a la documentación. Según este principio centrado en que lo mejor es lo que el autor cuenta de  su vida real, la "invención" aparece como un artificio de menor valor,  un recurso apropiado para los cuentos infantiles y la perorata de la ciencia ficción porque lo de verdad interesante no es lo imaginable sino lo ya vivido.
Cierto es que la imaginación posee mucho prestigio y cuanto más imaginativo es un niño más se le valora en su desarrollo  pero una cosa es esa imaginación que lleva al juego de  la fantasía de los dibujos animados y otra la imaginación del adulto que llena con frecuencia las partes más débiles y desanimadas de un  libro.
El grado  de un texto coincide con el drama que empuja característicamente detrás y de ahí que  Dostoievski, Kafka Herzog, Proust, Martin Amis, Duras, Doris Lessing, Tolstoy, Lampedussa o Italo Svevo escribieran sus grandes obras alumbradas desde la experiencia vivida, interior o exterior. Compuestas además en primera persona puesto que la novela o el novelar sólo puede soportarse cuando no se ve que el autor, en tercera persona, novela. Todos los que novelan perjudican la importancia de la narración. Puede ser que para los que  buscan preferentemente intrigas la novela policiaca o la no policiaca bien trufada de artificios, sea lo mejor pero para el buen lector lo mejor es lo que se le entrega cocido en el corazón y no pimentado en la imaginación. La imaginación constituye una hermosa facultad del alma pero hace daño cuando se mezcla con otros ingredientes contrarios. De  ahí pues la mala receta, el aberrado resultado de tantos novelistas que creen abrillantar  sus libros barnizándolos con ficción. Porque la ficción, contra todo lo que se dice, no es medular en una buena novela sin o tan sólo una barata adición de sabor.  

lunes, 26 de mayo de 2014

Ciudadanía

No todos son ciudadanos, incluso dentro de un mismo Estado-nación. Se ha dicho con agudeza que "algunas personas están en la sociedad, sin ser de la sociedad". La dinámica de inclusión y exclusión continúa produciendo asimetrías dramáticas, genera aperturas y clausuras sobre todo actualmente, en un momento de especial fragilidad del espacio público y de transformación de la soberanía nacional.
Desde los albores de la política en Occidente el significado de ser ciudadanos era todo lo contrario a algo unívoco y de amplio consenso. La modernidad transformó esta condición en algo aún más enigmático y conflictivo. Indisociable de la democracia y de las reivindicaciones de igualdad y libertad en las que tiene su origen, la ciudadanía se redefine siempre dentro de la contradicción no resuelta entre la vocación universal de los principios y los dispositivos selectivos que regulan la pertenencia a una comunidad política. No todos son ciudadanos, incluso dentro de un mismo Estado-nación. Se ha dicho con agudeza que "algunas personas están en la sociedad, sin ser de la sociedad". La dinámica de inclusión y exclusión continúa produciendo asimetrías dramáticas, genera aperturas y clausuras sobre todo actualmente, en un momento de especial fragilidad del espacio público y de transformación de la soberanía nacional. Tal vez el concepto de ciudadanía supone demasiadas antinomias. En todo caso, Balibar no lo oculta, y sabe que renunciar a ellas equivaldría a negarse la posibilidad de idear nuevos modos de autonomía colectiva; en una frase, modos de democratizar la democracia. Con enorme lucidez, Étienne Balibar analiza la complejidad que hoy supone la ciudadanía.
1. Democracia y ciudadanía: una relación antinómica
Ciudadanía y democracia son dos nociones indisociables, pero que resulta difícil mantener en una relación de perfecta reciprocidad. El lector de una obra que simplemente lleve el título Ciudadanía podría llegar a la conclusión de que la primera noción predomina sobre la segunda, y que la "democracia" allí sólo representa una cali!cación a la que se le atribuirá en último término un peso mayor o menor en su de!nición. Esas consideraciones de jerarquía -o como diría John Rawls "lexicográficas"- no son de ninguna manera secundarias. Estas abonan los debates que contraponen una concepción "republicana" (o neorrepublicana) de la política a una concepción democrática (liberal o social). Es la comprensión misma de la filosofía política, y por consiguiente su crítica, la que de ellas depende, como recientemente lo han subrayado, cada uno a su manera, Jacques Rancière (1995) y Miguel Abensour (2006). Ahora bien, no sólo no intentamos subordinar aquí el análisis de la democracia al de la ciudadanía, sino que sostenemos que la democracia, mejor aún, la "paradoja democrática", conforme a la feliz formulación de Chantal Mou!e (2000), representa el aspecto determinante del problema alrededor del cual gravita la filosofía política, justamente porque ella vuelveproblemática la institución de la ciudadanía.
La ciudadanía ha conocido diferentes figuras históricas, que bajo ningún concepto pueden ser reducidas unas a otras. No obstante, también debemos plantearnos entender aquello que se transmite bajo ese nombre y por medio de sus sucesivas "traducciones". De una a otra siempre hay una analogía, que se refiere a la relación antinómica que la ciudadanía mantiene con la democracia como dinámica detransformación de lo político. Cuando calificamos de antinómica esta relación constitutiva de la ciudadanía que, además, la pone en crisis, nos referimos a una tradición filosófica occidental que ha insistido en particular en dos ideas: 1) la idea de la tensión permanente entre lo positivo y lo negativo, entre los procesos de construcción y de destrucción; y 2) la idea de la coexistencia entre un problema que nunca puede ser resuelto de manera "definitiva" y la imposibilidad de hacerlo desaparecer. Nuestra hipótesis de trabajo será justamente la de que en el centro de la institución de la ciudadanía, la contradicción nace y renace sin cesar de su relación con la democracia. Y buscaremos caracterizar los momentos de unadialéctica donde figuran al mismo tiempo los movimientos y conflictos de una historia compleja, y las condiciones de una articulación de la teoría con la práctica.

domingo, 25 de mayo de 2014

16 libros imprescindibles para entender la I Guerra Mundial

Dieciséis libros que permiten entender lo que ocurrió durante la I Guerra Mundial. 

Los cuatro jinetes del Apocalipsis
Vicente Blasco Ibáñez (1916)

Con permiso de las grandes novelas de Charles Dickens, Los cuatro jinetes del Apocalipsis fue uno de los primeros best sellersmundiales, una obra que alcanzó rápidamente una importancia planetaria: fue publicada en castellano en 1916, traducida en Estados Unidos en 1918 y llevada al cine en 1921, con Rodolfo Valentino como protagonista. Con la historia de dos familias relacionadas entre sí que luchan en bandos diferentes durante el conflicto, publicada en plena guerra, el valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) logró tocar una fibra global. La mezcla de relato familiar con la descripción de la Europa devastada por la guerra, el compromiso a favor de los aliados, sin ocultar la bestialidad del conflicto, atrajeron a millones de lectores. “Tumbas… tumbas por todas partes. Las blancas langostas de la muerte cubrían el paisaje”, escribe en una de sus muchas descripciones de escenarios bélicos. Literatura de otros tiempos sin los cuales es imposible entender los nuestros.

El retorno del soldado
Rebecca West (1918)

Si hay un libro que retrata cómo la guerra alcanza también a aquellos que no la han vivido, ese es El retorno del soldado, la primera novela de la británica Rebecca West (1892-1983), una de las escritoras más importantes del siglo pasado. West es también autora de una obra maestra de la literatura de viajes, Cordero negro, halcón gris, que a través de un recorrido por los Balcanes permite comprender muchas claves de la historia europea. “Nunca seré capaz de entender cómo ocurrió”, dice, desde Sarajevo, sobre el estallido de la guerra. El retorno del soldado (Herce, en traducción de Laura Vidal) relata la historia del regreso a casa de un militar que resultó herido en el frente. Existe un abismo entre lo que él ha vivido en Flandes y la percepción que tiene su familia de lo ocurrido durante la I Guerra Mundial. La autora todavía cree en el futuro y en que el trauma bélico puede tener curación a través del psicoanálisis.
sin duda

Tempestades de acero
Ernst Jünger (1920)

El relato autobiográfico del narrador y filósofo alemán Ernst Jünger(1895-1998) es la antítesis de libros como El miedo o Sin novedad en el frente. Se puede decir que casi desde los tiempos de la épica griega no se había escrito un elogio tan contundente de la guerra: su biógrafo francés Julien Hervier habla incluso del “sentimiento lúdico de la guerra” en Jünger. Se puede (incluso se debería) no estar de acuerdo con la visión que ofrece del conflicto, pero hay algo en las páginas de Tempestades de acero (Tusquets, en una traducción de Andrés Sánchez Pascual) que nos engancha. Se trata de una obra que mezcla el heroísmo con la violencia atroz, ya que en ningún momento Jünger trata de ocultar lo que la guerra produce. Este libro logró sobrevivir a una marca tan siniestra como los elogios que le lanzaron los jerarcas nazis para convertirse en una obra apasionante e inclasificable.

París bombardeado
Azorín (1921)

Esta recopilación de las crónicas que Azorín (1873-1967) escribió desde París en 1918 para el diario  no es seguramente uno de los libros más importantes escritos sobre la I Guerra Mundial. Sin embargo, merece estar en esta lista. Refleja la visión española de un conflicto del que nuestro país se sentía ajeno —nadie podía prever hasta qué punto le alcanzarían sus consecuencias—; pero es también un magnífico relato de una de las principales características que aportó esta guerra a la infamia universal: los primeros bombardeos contra civiles desde el aire. El relato que hace el escritor de la generación del 98 de las avenidas vacías de París, de los apagones a medianoche ante la llegada de los zepelines, del terror de los bombardeos y de los refugios refleja lo que se avecinaba sobre Europa. Con sus frases cortas, cargadas a veces de ironía y otras de emoción, Azorín describe París con precisión y a la vez anticipa el resto del siglo XX.
Abc

El buen soldado Svejk
Jaroslav Hasek (1922)

A veces uno se pregunta si hay otra forma de contar la I Guerra Mundial que no sea a través de la parodia, porque incluso el drama más tremendo se queda corto para describir lo que ocurrió en Europa entre 1914 y 1918. Las aventuras del buen soldado Svejk (Galaxia Gutenberg, en una gran traducción de Monika Zgustova) es una obra de ficción imprescindible sobre este conflicto por su ambición, por su volumen, pero también por su capacidad inmensa de ironía y sátira en la mejor tradición de Rabelais o Cervantes. Jaroslav Hasek (1883-1923) es considerado el gran narrador checo junto a Kafka, aunque, a diferencia del autor de La metamorfosis, escribió en su lengua materna, no en alemán. Como escribe la traductora en el prólogo de la edición española, “Svejk ridiculiza todas las instituciones ante las que comparece: las de la justicia, las militares, las políticas, las religiosas y las de salud”.

Los siete pilares de la sabiduría
T. E. Lawrence (1922)

Resulta casi imposible separar en nuestra imaginación la monumental obra autobiográfica de T. E.Lawrence de Arabia. Este libro, a la vez relato de viajes por los desiertos de Oriente Próximo, crónica histórica y recorrido iniciático, es considerado también uno de los grandes manuales militares de la técnica de las guerrillas (volvió a hablarse mucho de él, por ejemplo, cuando estalló la insurgencia en Irak). Lawrence fue el oficial encargado de unir a las tribus árabes en su lucha contra el imperio otomano durante la IGM. Sin embargo, perdió en el terreno diplomático con el tratado Sykes-Picot y vio cómo eran traicionadas las promesas que les hizo a sus aliados árabes, que nunca llegaron a cumplirse. Es un libro apasionante, aunque excesivo como el propio Lawrence, cuya importancia es todavía fundamental para comprender lo que ocurre en la región.
Lawrence (1888-1935) —casi mil páginas en su edición española— de la película de David Lean

Adiós a todo esto
Robert Graves (1929)

Las memorias del autor de Yo, Claudio simbolizan la historia de toda una generación de jóvenes británicos que acabó cercenada en la I Guerra Mundial. El título refleja el sentimiento de fin de época que significó el conflicto para todos aquellos que sobrevivieron, la ruptura con la confianza ciega en el futuro. Robert Graves (1895-1985), que también fue uno de los grandes poetas de las trincheras, combatió en la batalla del Somme. “Ni siquiera la promesa de una ración extra de ron logró levantar los ánimos del batallón. No había nadie que no estuviera de acuerdo en que aquel ataque era inútil, imbécil e irrealizable”, escribe sobre el mayor desastre de la historia militar británica, una ofensiva que costó la vida a 20.000 militares solo en la jornada del 1 de julio de 1916. De hecho, resultó herido de gravedad unos días más tarde. La estupenda versión castellana, publicada por Edhasa, es obra del escritor mexicano Sergio Pitol.

Sin novedad en el frente
Erich Maria Remarque (1929)

Esta novela fue publicada en 1929 en Alemania, cuando el mundo se enfrentaba a la Gran Sin novedad en el frente, que fue un éxito inmediato, es una de las novelas antibelicistas más influyentes de todos los tiempos, un relato de cómo la guerra destruye a los hombres, incluso a aquellos que sobreviven. Su primera adaptación cinematográfica, de Lewis Milestone, ganó sólo un año más tarde el Oscar a la mejor película y mejor director. Naturalmente, fue una de las obras quemadas en público por los nazis desde 1933. El libro de Erich Maria Remarque(1898-1970), que se inspiró en sus propias experiencias como soldado, nunca ha cesado de ser reeditado y leído como uno de los grandes testimonios de la lucidez y la inteligencia frente a la irracionalidad de la guerra y la fuerza devastadora del patriotismo mal entendido. 
Depresión. Era también el momento en que el nazismo comenzaba a hacerse cada vez más fuerte.

Adiós a las armas
Ernest Hemingway (1929)

El premio Nobel Ernest Hemingway (1899-1961) fue un joven que condujo ambulancias durante la I Guerra Mundial, uno de los trabajos más peligrosos, ya que había que ir y volver constantemente del frente a merced de la artillería; resultó herido y vivió una historia de amor con una enfermera en Italia, un idilio que acabó mal aunque por motivos muy diferentes a los que describe en el libro. Así nació su segunda novela, después de Fiesta. Fue otra obra sobre la guerra que tuvo inmediatamente un gigantesco éxito y que fue llevada al cine al poco tiempo. Sigue siendo uno de sus libros más célebres. Otro miembro de la generación perdida, John Dos Passos, narró sus experiencias bélicas en la novela Iniciación de un hombre: 1917, de la que acaban de publicarse dos ediciones en castellano, en Gallo Nero y Errata Naturae. Las obras de Hemingway, Dos Passos o Scott Fitzgerald reflejan la inmensa huella que dejó el conflicto.
El miedo
Gabriel Chevallier (1930)

Uno de los grandes efectos de la I Guerra Mundial fue que, en medio del horror de las trincheras, Gabriel Chevallier (1895-1969) al inicio de esta obra maestra, olvidada durante muchos años. Esta novela autobiográfica relata la suerte de los poilus, los soldados franceses que acabaron destrozados en el frente bajo el mando de oficiales muchas veces incompetentes y, desde luego, muy poco considerados con la vida de sus soldados. Es un libro escalofriante, escrito a pie de trinchera. El miedo(Acantilado) es uno de los grandes testimonios universales sobre la guerra.
nació el pacifismo, aunque, desde luego, no la paz. “Veinte millones, todos de buena fe, todos de acuerdo con Dios y su príncipe… Veinte millones de imbéciles… Como yo. O más bien no, porque yo nunca creí en ese deber. Ya a los 19 años, pensaba que no había ninguna grandeza en hundir un arma en el vientre de un hombre, en regocijarme con su muerte”, escribe

Johnny cogió su fusil
Dalton Trumbo (1931)

La I Guerra Mundial dejó centenares de miles de mutilados, de soldados destrozados por las armas más modernas jamás utilizadas en ningún conflicto, pero también salvados por una medicina que había avanzado a pasos agigantados. Dalton Trumbo (1905-1976), guionista y novelista que acabaría siendo apartado del cine durante lacaza de brujas en Hollywood del senador McCarthy, escribió la historia de uno de estos heridos, sin piernas ni brazos, sin poder hablar, pero con la mente totalmente lúcida. Es un relato espeluznante, pero también la metáfora de los heridos, física o moralmente, por la guerra, hombres aislados de su sociedad, condenados a no poder transmitir sus sufrimientos. Trumbo pasó muchos años sin poder trabajar hasta que el productor y protagonista de Espartaco se empeñó en que su nombre apareciese en los créditos. Curiosamente, el director, Stanley Kubrick, y el actor Kirk Douglas son los responsables del mejor filme sobre el conflicto, Senderos de gloria.

Viaje al fin de la noche
Louis-Ferdinand Céline (1932)

El siglo XX ha producido pocos escritores tan complejos, polémicos y grandes como Louis-La polémica nunca ha dejado de acompañarle. Dicho esto, ¿es Viaje al fin de la noche una de las grandes novelas universales? Sin duda. Por su lenguaje, por su estructura, por su técnica narrativa, fue una obra extraordinariamente innovadora, pero se lee también como un libro imprescindible sobre el conflicto, uno de los mayores gritos contra el absurdo de la guerra nunca escritos. Su protagonista, Ferdinand Bardamu, es un tipo cínico y descreído, un individuo que va al frente sin ninguna gana de ser un héroe, ni de jugarse la vida. “La guerra es al final todo lo que no entendemos”, escribe. A Céline es imposible comprenderlo, pero también dejar de leerlo.
Ferdinand Céline (1894-1961). Leer su obra supone asomarse al abismo porque conocemos su antisemitismo feroz y sabemos que estuvo en el bando de los nazis durante la II Guerra Mundial.

El mundo de ayer
Stefan Zweig (1942)

No es una obra sobre la I Guerra Mundial, pero se trata de uno de los libros más bellos que se han escrito sobre lo que significa Europa y sobre cómo fue destruida dos veces, en dos cataclismos tan conectados entre sí que, en cierta medida, forman uno solo: en 1914, con el inicio de la IGM, y en 1933, con la llegada de Hitler al poder, que acabaría desembocando en la II Guerra Mundial. Con el subtítulo de Memorias de un europeo, Stefan Zweig (1881-1942) escribió su autobiografía al final de su vida. Se suicidó en 1942 creyendo que su mundo había desaparecido para siempre y que, como judío, iba a ser perseguido eternamente. Varios capítulos transcurren durante el conflicto y es emocionante su descripción del verano de 1914, pero por encima de todo es tal vez el libro que mejor describe lo que la guerra destruyó, la Europa borrada del mapa (literalmente) en las trincheras.

Los cañones de agosto
Barbara Tuchman (1962)

Este libro se encuentra en esta lista no por su importancia actual, sino por la importancia que tuvo Sonámbulos, de Christopher Clark, y 1914, de Margaret McMillan, que estudian el mismo periodo que Barbara Tuchman (1912-1989): las decisiones políticas y estratégicas que llevaron al estallido de la I Guerra Mundial. Sin embargo, Tuchman logró, además del Premio Pulitzer en 1963, una influencia que pocos libros de historia consiguen. Durante la crisis de los misiles con Cuba, el presidente John F. Kennedy tuvo siempre presente este ensayo y dijo que no quería encontrarse de repente en medio de una guerra mundial, arrastrado por acontecimientos rápidos e imprevisibles, sin ni siquiera tener claro cómo había empezado todo, tal y como cuenta Tuchman que ocurrió con los políticos involucrados en la I Guerra Mundial.
cuando fue editado. Sobre los orígenes del conflicto se han publicado dos estudios imprescindibles este mismo año,

Missing of the Somme
Geoff Dyer (1994)

Los lugares donde se combatió la I Guerra Mundial, sobre todo el Frente Occidental, son ahora espacios poblados de recuerdos: monumentos, cementerios con sus cruces blancas perfectamente alineadas, pero también de bombas sin explotar e incluso de cuerpos que aparecen de vez en cuando. El escritor británico Geoff Dyer(1958), del que acaba de ser publicado en castellano su ensayo sobre el jazz Pero hermoso, los describe en un apasionante libro de viajes,Missing of the Somme (Random House, 1994). Los desaparecidos del Somme es una reflexión sobre lo que significó aquel conflicto, sobre lo que inauguró: la era de los que van. Los inmensos memoriales a los desaparecidos durante la guerra reflejan lo que iba a ocurrir en el futuro, explica Dyer, “el siglo en el que millones de personas vieron cómo otros se iban para no volver”, ya sea por éxodos, emigración masiva o una violencia política no alcanzada hasta entonces.

La belleza y el dolor de la batalla
Peter Englund (2008)

En todo acontecimiento histórico llega un momento en que desaparece el último testigo, en que la Claude Choules, que falleció a los 110 años en mayo de 2011 en Perh (Australia). La última veterana no combatiente fue Florence Green, que murió en febrero de 2012. El historiador sueco Peter Englund (1957), secretario permanente de la academia que otorga el Premio Nobel, recoge en este impresionante libro 20 testimonios que relatan 227 momentos diferentes del conflicto. No es el único ensayo importante en este sentido (aunque sí el más completo): The first day on the Somme(1971), de Martin Middlebrook, ofrece un espeluznante relato del peor desastre de la historia militar británica a través de los que estuvieron allí.

El Pais

sábado, 24 de mayo de 2014

Ortega en sus circunstancias

A veces alguien escudriña la vida de un hombre durante cinco años y acaba pensando que apenas rozó el cofre del tesoro. Después de leer las 10.000 páginas publicadas de las obras completas y las cartas que siguen inéditas, las misivas que envió y las que recibió; después de atiborrar 20 libretas de notas y de llevar a cuestas a José Ortega y Gasset (1883-1955) como uno más de la familia durante un lustro, Jordi Gracia (Barcelona, 1965) concluyó: “Falta todavía algo a este libro que yo no he sabido encontrar. No he dado con la ruta que lleve a la intimidad de este hombre, al lugar de lo frágil y lo incierto, al espacio intersticial donde la luz se apaga, la melancolía rumia o los sentimientos se licúan sin fuerzas ni para pronunciarse”. ¿Frustración? “Es una manera retórica de decir que la intimidad es la pasión de pensar. Aquello que hace vibrar a ese sujeto, aquello que condiciona su vida es la vivencia potente, lúdica, intensa, feroz, de pensar... y es la musculatura de un señor de 70 años la que piensa con la vibración de un muchacho de 20”, replica.
Gracia, catedrático de Literatura y ensayista, acaba de publicar una biografía de 600 páginas sobre el pensador en la que hurga más en lo personal que en lo público. O mejor dicho, ha escrutado lo privado para contextualizar con más propiedad lo público. “La biografía no puede contar el día a día, pero sí necesita saber cómo es el día a día. Lo necesitamos para comprender la dimensión humana del sujeto. Las ideas de Ortega están vinculadas a momentos concretos de su vida”, sostiene durante una entrevista en la Fundación Juan March, corresponsable junto a la editorial Taurus de la colección Españoles Eminentes en la que se encuadra su libro.
Para ahondar en lo privado ha resultado crucial el acceso a todo el epistolario del autor de España invertebrada que aún permanece inédito. La correspondencia hacia, desde y sobre Ortega es una colección de apellidos irrepetibles: Azaña, Ocampo, Juan Ramón Jiménez, Maeztu, Unamuno, D’Ors, Zambrano o Bergamín. Un intercambio prolífico con los nombres más lustrosos del siglo XX. Y, sin embargo, Gracia intuye que Ortega era un hombre sin amigos. “Toda la correspondencia con todos es de usted. Fuera de la familia, la única persona con la que se tutea es Victoria Ocampo y yo creo que por iniciativa de ella. Resulta significativa esa incapacidad para gestionar las relaciones personales, para bajar del pedestal. La soledad radical de la que habla puede tener mucho de soledad personal y no sólo metafísica”.
La escritora y editora argentina Victoria Ocampo fue uno de sus tres amores. Una mujer capaz de rebatirle y hacerle sufrir. Aunque Ortega estuvo rodeado de poderosas mentes femeninas como las de sus discípulas Rosa Chacel o María Zambrano, su teoría sobre las mujeres no abandonó la caverna. “Es víctima del prurito teórico del filósofo. Hay teorías que han justificado la inferioridad de la mujer y Ortega se siente más cerca de esas teorías que de digerir la evidencia de que muchas mujeres incumplen ese patrón, para empezar por Victoria Ocampo, que denunciará esa miopía”, señala el biógrafo.
Examinar a ras al autor de La rebelión de las masas, fuera del pedestal, le ha permitido a Gracia abordar sus debilidades: su soberbia intelectual, su ocasional sobrecarga retórica que Gracia llama “cirrosis del estilo”. Mientras que afrontarlo de principio a fin, huyendo del lema, le ha permitido restituirlo en su integridad. “Existe cierta propensión a fosilizar a Ortega en frases y latiguillos que le sintetizan y le falsean y cuando vuelves a leerlo de verdad entero redescubres la potencia del creador”.
Ni una sola de las frases orteguianas que de tan repetidas parecen eslóganes se cuela en la conversación de Jordi Gracia: “He redescubierto un Ortega vibrante, denso, potente, convincente, agresivo”. Un individuo superdotado, excepcional y un tanto “extravagante” como su afán de conciliar liberalismo y socialdemocracia. O en su radical ateísmo, entonces un verso suelto entre la élite que, pasada la guerra, le costaría la enemistad perpetua de la Iglesia y sus ideólogos. “Era sorprendente en términos históricos que alguien de primer nivel no oculte la ausencia de fe, y además deplore la condición de inferioridad de la moral católica. Él se autodefinía como aquel que aspiraba a una cultural laica y civil. El nacionalcatolicismo no odió a nadie como a Ortega. La Iglesia sabe que es la peor dinamita que ha engendrado la edad de plata, el peor ácido corrosivo de su legitimidad”.
Hay varias leyendas que Gracia tumba. “No fue nunca franquista, pese a colaborar olímpicamente en el ‘servicio nacional’ de propaganda en 1938”, escribe. Cuando interviene en público tras su exilio en la reapertura del Ateneo de Madrid en 1946, “cree de veras que puede ayudar a rectificar el sistema”, expone en la entrevista. La decepción de Ortega le lleva a desaparecer de la vida pública española y a intensificar sus actividades internacionales. De esa época es su encuentro con Heidegger, el filósofo que le había cambiado la vida.
¿Es el gran filósofo español? “¿Hemos tenido otro?”, responde Gracia, “es uno de los grandes escritores del siglo XX y el gran civilizador de las élites intelectuales españolas, el que enseña a pensar sin supersticiones. Reivindico su vigencia para adiestrar el pensamiento racional aunque conduzca a recortar grandes sueños o rebajar ilusiones”.
Fue un púgil pesado contra la falsedad, un viejo con pulsión intelectual juvenil y un joven con lecturas de viejo. “Ortega desde luego”, escribe su biógrafo nada más empezar, “no es normal”.
El Pais

viernes, 23 de mayo de 2014

Las lecciones de 1914

Pocas veces un libro de historia consigue un éxito global tan contundente como el que ha logrado el catedrático de Cambridge Christopher Clark(Sidney, 1960) con Sonámbulos, un ensayo de 800 páginas (más de 100 son notas) sobre el principio de la I Guerra Mundial. Harold Evans localificó en The New York Times de “brillante” y “fascinante”, mientras que el historiador R.J.W. Evans escribió en The New York Review of Booksque era el “más consistente, sutil, perspicaz y provocador” de todos los libros publicados con motivo del centenario del principio del conflicto, que se conmemora este verano. El volumen, publicado en castellano porGalaxia Gutenberg, ha sido un best seller en el Reino Unido, Alemania y acaba de ganar en Francia el premio Aujourd’hui a la mejor investigación histórica. “Los protagonistas de 1914 eran como sonámbulos, vigilantes pero ciegos, angustiados por los sueños, pero inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo”, escribe en este ensayo, en el que trata de cambiar la pregunta para entender el comienzo de la catástrofe de las catástrofes: no responder al porqué sino responder al cómo.
Clark, que confiesa que tiene el mail saturado de peticiones tras el éxito de su libro, visitó Madrid este lunes, invitado por la Fundación Ramón Areces, donde dio una conferencia dentro de un ciclo dedicado al aniversario de la I Guerra Mundial. “Más que intentar cambiar la respuesta mi objetivo era tratar de cambiar la pregunta”, explica en una entrevista. “Responder al porqué plantea muchos problemas ya que nos lleva a respuestas muy abstractas: imperialismo, chovinismo, nacionalismo y se van añadiendo causas hasta que se crea la ilusión óptica de que Europa era un volcán a punto de estallar, como si hubiese algo inevitable, como si las personas que tomaron las decisiones que llevaron a la guerra fuesen víctimas de otras fuerzas. Me parece una visión equivocada. Esta guerra fue elegida por los hombres de Estado que la desencadenaron. Pensar en cómo explica mucho mejor como ocurrieron las cosas”.
Este historiador, profesor en Cambridge desde 1987 y autor un famoso libro sobre Prusia, Iron Kingdom. The Rise and Downfall of Prusia (1600-1947), lanza un puñado de ideas polémicas sobre aquellos días de verano que pasaron entre el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, el 28 de junio, y el inicio de las hostilidades, el 3 de agosto. La primera de ellas es que no hay un culpable claro, la segunda es que la guerra era perfectamente evitable, incluso, escribe enSonámbulos, “improbable”. La idea de que con decisiones diferentes de un puñado de actores se hubiesen evitado cuatro años de destrucción total y 20 millones de muertos, entre militares y civiles, no está claro si resulta inquietante o reconfortante.
“Imagine que el complot para asesinar al archiduque hubiese fracasado. Sabemos que hubiese regresado a Viena y hubiese despedido a su muy belicoso jefe del Estado Mayor, Franz Conrad von Hötzendorf. Las voces a favor de la paz hubiesen prevalecido. El peligro de guerra entre Austria y Serbia hubiese estado mucho más lejano. Imagine también otro posible camino: los británicos estaban barajando en el verano de 1914 abandonar su relación con Rusia y buscar una alianza con Berlín, lo que hubiese ocurrido en julio, pero no pasó a causa de la crisis. Se abre una constelación totalmente diferente. Las causas que explican cómo pasamos de Sarajevo a una guerra Europa, 37 días después, son decisiones a muy corto plazo, muy rápidas”.
Portada de la edición española de 'Sonámbulos', de Christopher Clark.
“Todos son responsables aunque alguno es más responsable que otros. Creo que las mayores responsabilidades se reparten entre Viena, Berlín y París. Quería huir de la noción de que la culpabilidad debe ser el concepto que lo organiza todo”, prosigue. “Hay que reconocer que con pequeños cambios, las cosas hubiesen sido diferentes”, dice. Clark ha escrito bastantes artículos sobre los paralelismos entre 1914 y 2014 porque terminó de escribir su libro cuando el euro estaba al borde del pricipicio. Cree que la comparación con la crisis de Ucrania es “superficial” pero que sí se puede establecer un paralelismo más profundo con la actuación de los Gobiernos europeos durante la crisis. “Todos los actores eran conscientes en 1914 de que existía el peligro de un desastre total, pero no era suficiente para superar su egoísmo. Los dirigentes de 1914 me recuerdan a los jugadores en un casino: existe una desconexión total entre las ganancias que los jugadores creen que van a conseguir y el mismo hecho de que el casino exista, y es un negocio precisamente porque al final siempre pierden”.
Sonámbulos es una mina de información sobre la Europa de principios de siglo, sobre los actores que empujaron el mundo hacia el guerra –todos hombres, destaca Clark, que “hacen referencias constantes a su masculinidad en su lenguaje”, otra idea del libro que ha provocado muchos comentarios–, sobre la diplomacia Europa, sobre guerras poco conocidas anteriores a la Gran Guerra –Libia, 1911, por ejemplo–. Pero también es una obra que enseña a leer el pasado con la mirada puesta en el futuro. “La gran lección de 1914 es que nos enseña hasta qué punto las cosas pueden ir mal cuando la gente deja de hablar, cuando el compromiso es imposible. 1914 también nos recuerda que las guerras pueden llegar como consecuencia de decisiones rápidas y de cambios súbitos e imprevisibles en el sistema”.
El Pais