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Pruebas

martes, 30 de septiembre de 2014

Las bibliotecas públicas ofrecen 600.000 descargas gratuitas de libros

Las 200 bibliotecas públicas de la Comunidad han dado el salto al digital. Los centros ya ofrecen un catálogo de 1.500 libros electrónicos para prestar a sus usuarios, financiados a través de un programa nacional puesto en marcha por el Ministerio de Cultura. Aunque el presidente de la Comunidad, Ignacio González, presentó el lunes el proyecto, desde hace dos semanas los socios ya han podido descargar las obras en sus casas a través de Internet y leerlas gratuitamente durante 21 días en un sistema similar al de los préstamos físicos. A las tres semanas, los libros se borran de los dispositivos.
Hay, además, otra diferencia que afecta directamente al sector editorial y librero de la Comunidad. El ministerio paga a las editoriales por la licencia de uso de cada título. De un libro puede comprar una o miles de licencias, según estime que la obra va a tener más o menos demanda. Cada licencia da lugar, a su vez, a una media de 28 descargas posibles. La plataforma Libranda, que gestiona este sistema llamado eBiblio, está integrada mayoritariamente por grandes grupos como Anaya, Larousse o Planeta. Las pequeñas editoriales y las librerías no entran en este método de compra.
La Asociación de Editores de Madrid señaló el lunes que no todos sus socios se benefician, por tanto de esta medida, mientras el Gremio de Libreros confía que sus tiendas acaben entrando en el sistema. “Técnicamente, se puede. Es cuestión de voluntad política”, aseveró Fernando Valverde, su secretario. Aún así, la Federación de Gremios de Editores de España alaba una medida que viene a paliar una congelación de cuatro años en las compras por parte del Gobierno. “Si la iniciativa tuviera éxito, quiere decir que tendrían que acordar más licencias con las editoriales, lo que sería beneficioso”, opina Antonio María Ávila, su director ejecutivo.
El ministerio ha gastado 1,6 millones en el montaje del catálogo, válido para toda España (excepto el País Vasco, que tiene su propio sistema) aunque gestionado por cada comunidad. La Administración central ha comprado 200.000 licencias, y para Madrid se han reservado 21.000, es decir, unos 588.000 préstamos. Esto supone en torno a un 10% del total, aunque según el INE, la Comunidad acumuló en 2012 un 19% de los préstamos realizados en España y el 29% de los préstamos en formato electrónico.
Aunque el primer impulso en la creación del fondo ha venido del ministerio, será el Gobierno de González el responsable de ampliarlo en los próximos años “en función de la acogida que tenga esta experiencia”, según indica un portavoz. El Ejecutivo regional destina anualmente dos millones a la adquisición de libros y asegura que una parte de este presupuesto irá destinado a la extensión del catálogo digital.
El catálogo está compuesto, sobre todo, por novedades editoriales. Los tres títulos más leídos en estas últimas dos semanas (Los cuerpos extraños, de Lorenzo Silva; La gente feliz lee y toma café, de Agnès Martin-Lugand y El mundo en tus manos, de Elsa Punset) han sido publicados por grandes grupos en los últimos meses.

El sistema excluye al Kindle

Los títulos del sistema eBiblio estarán disponibles para móviles y tabletas con los sistemas iOS y Android, además de para los dispositivos que tengan Adobe o que puedan conectarse online en la web. No obstante, el sistema de protección de los contenidos digitales elegido (una especie de código anticopia llamado DRM) es incompatible con el que utiliza Kindle de Amazon, que usa uno exclusivo. Kindle es uno de los dispositivos de lectura más populares.
La Comunidad asegura que el DRM evitará el pirateo, ya que será imposible realizar más de una descarga o copiar el archivo.
Los usuarios de este sistema de descarga estarán identificados con una contraseña de acceso. Los que tengan un carné de las 16 bibliotecas de la Comunidad ya disponen de esa identificación, y los que acudan a las bibliotecas municipales pueden solicitarla en su centro. Esto significa que aunque un ciudadano puede tener dos carnés, solo tendrá un usuario digital.
Cada descarga tendrá una validez de 21 días, y solo se tendrá acceso a tres libros de forma simultánea. Si el título no está disponible, el usuario podrá pasar a lista de espera, pero si la obra ha agotado su número límite de descargas (distinto para cada libro según lo decidido por el Ministerio de Cultura y la Comunidad), no podrá acceder a ella.
Las licencias de préstamo tienen una validez de un año. Pasado ese tiempo, los títulos disponibles deberán ser renovados o desaparecerán del catálogo.
El Pais

viernes, 26 de septiembre de 2014

José Saramago vuelve a hablar a los lectores

Con el mar de Lanzarote, a su izquierda, y el jardín de su casa, delante, asomados en dos ventanas, José Saramago empezó a escribir la novela que dejó inacabada y que verá la luz el 1 de octubre:Alabardas(Alfaguara). La escribió en uno de los salones de su casa, en un sillón color teja rodeado de tonos verdes donde nunca antes había escrito ningún libro. Donde para un tema como el de la industria del armamento y el tráfico de armas continuó la exploración de dos rutas literarias: más depuración en lo escrito y más sentido del humor e ironía.

El Nobel portugués (Azinhaga, 1922-Tías, Lanzarote, 2010) relata sobre el negocio armamentístico, sí, pero también le habla al lector, lo interpela, le cuenta una historia y en ella le pregunta por su posición y responsabilidad moral ante esa situación. O, como dice el poeta y ensayista Fernando Gómez Aguilera, “hurga en su conciencia, para incomodar, intranquilizar y depositar en el ámbito personal el desafío de la regeneración: la eventualidad, si bien escéptica, de encarrilar la alternativa de un mundo más humano”.
Todo empezó a tomar cuerpo el 15 de agosto de 2009, tras la publicación de Caín, con la primera nota de trabajo: “Es posible, quien sabe, que quizá pueda escribir otro libro. Una antigua preocupación (por qué nunca se ha producido una huelga en una fábrica de armas)”. Alcanzó a escribir tres capítulos que dejó en su ordenador, con copias impresas en una carpeta roja sobre el escritorio. Y en otro documento de word esbozado parte de la historia protagonizada por artur paz semedo que “trabaja desde hace casi veinte años en el servicio de facturación de armamento ligero y municiones de una histórica fábrica de armas”. Un hombre separado de su mujer, “no porque él lo hubiese querido, sino por decisión de ella, que, por ser convencida militante pacifista, acabó no pudiendo soportar ni un día más sentirse ligada por los lazos de la obligada convivencia doméstica”.

Pura coherencia.

Pura pregunta que Saramago lanza en una palabra de diez letras: Coherencia. Y de ahí en adelante más. Una historia de esas que encadenan al mundo gobiernos, empresas y ciudadanos, y que nace de otra pregunta: ¿vendió la empresa donde trabaja artur paz semedo armas a los fascistas de la Guerra Civil española?

Eso es Alabarda, cuyo nombre completo sería “Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas”, título extraído de la tragicomedia Exortaçao da Guerra, del dramaturgo Gil Vicente. Una novela en la que el escritor no solo cambió de lugar a la hora de escribir y ahondó en otros registros, sino que debido a su enfermedad alteró su rutina creativa y lo hizo cada vez que pudo. En otros tiempos, recuerda Pilar del Río, su viuda, “dedicaba la mañana a la correspondencia, escribir artículos de prensa o conferencias; mientras, en las tardes, escribía novelas. Pero en el último tiempo el tiempo le apretaba y ya no tenía horas. ‘El tiempo aprieta’, decía”.

Es como un manual de traducción de sonidos, percepciones e indignaciones"
Roberto Saviano

Alcanzó a Saramago ese tiempo, y lo escrito en esa premura se ve ahora en 149 páginas. Una edición especial que incluye los apuntes del autor, un artículo de Roberto Saviano, un texto de Gómez Aguilera y todo embellecido con los dibujos de Günter Grass… lobos rabiosos y asustados, sombras fantasmales, piernas y brazos en marcha militar, sembradíos de armas, cuervos, cuervos…
Imágenes que acompañan un libro, como escribe Saviano, “de páginas que son un criptograma del murmullo continuo de las misteriosas revelaciones que recibimos. Como un manual de traducción de sonidos, percepciones e indignaciones. En artur las revelaciones que he visto son las de todos los hombres y mujeres que se han defendido de la idiotez al darse cuenta de haber comprendido los dos caminos que existen: quedarse aquí, soportando la vida, charlando con ironía, tratando de acumular algo de dinero y familia y poco más, o bien otra cosa”.

Cuatro años después de muerto, Alabardas se publica con los sentimientos encontrados de Pilar del Río. Desde el principio tuvo claro que lo editaría: “El lector tiene derecho a conocer aquello que le ocupaba al autor que admiraba y por qué se había preocupado tanto. Más en un hombre como Saramago que estaba entre la vida y la muerte trabajando”. Incluso así, cuando podía, escribía dos hojas diarias, en la impresora hacía dos copias, una para su carpeta roja y otra para su mujer, y al día siguiente matizaba o corregía. Lo sorprendente, cuenta Del Río, eran la bonhomía y la ligereza y el humor que quería transmitir un hombre muy enfermo que no sabía si podía acabar el libro. Una novela que será presentada el 2 de octubre en Lisboa con varios actos especiales: por la mañana habrá una visita con los medios a la Fábrica de Braço de Prata, antigua Fábrica de Armas y hoy día Centro Cultural; por la tarde (17 horas) en el Teatro Nacional D. Maria II se dará una rueda de prensa con Baltasar Garzón, Roberto Saviano y António Sampaio da Nóvoa.

Es el diálogo continuado de José Saramago con los lectores en estaAlabardas que escribió en un sitio inédito para él, con ordenador, en su sillón color teja y frente a la mejor obra de la casa, según él: dos ventanas: una con vista al mar y la isla de Fuerteventura y la otra con los árboles del jardín que plantaron juntos.

El Pais

jueves, 25 de septiembre de 2014

Javier Marías también rechazaría el Premio Cervantes

No faltó humor en la presentación de Así empieza lo malo, la novela número catorce en el universo literario de Javier Marías (Madrid, 1951). En el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el autor ha hablado de la inesperada chispa que descubrió en Rajoy ayer, de cómo Gallardón,desjusticiado, tal vez busque justicia por su cuenta y de que la gente hoy en día, así en general, "está loca". Pero una de sus sonrisas más genuinas la esbozó cuando llegó la pregunta de si "perdonaría" que le concedieran el premio Cervantes, que se falla en noviembre: "No.Cuando rechacé el Premio Nacional de Narrativa [por Los enamoramientos] ya dije que no aceptaría ningún galardón, ni invitación del Gobierno. ¿Quién paga el Cervantes? Pues ya tiene su respuesta". 
También se adelantó a las chanzas que se quieran hacer si su nueva obra no gusta: "Desde la primera página uno descubre que en vez de Así empieza lo malo debiera titularse Así empieza lo peor. Como es facilón, prefiero hacer el chiste yo". Pero no es su novela precisamente una comedia. En realidad es una prolongación más de esa "gran novela" en temas y a veces hasta en personajes que lleva escribiendo desde que debutó a los 19 años con Los dominios del lobo.
En Así empieza lo malo traza un triángulo entre un matrimonio en podredumbre —el de Beatriz Noguera y Eduardo Muriel, cineasta español con parche, como John Ford— y ese personaje testigo de intimidades que tanto explota la literatura. Marías carga al voyeur con el peso de los años, porque la acción que recuerda sucede en la España del 81, antes (y no es baladí para la historia) de que se permita el divorcio, pero el personaje se encuentra en la España del aquí y ahora. "Esta es una novela de personajes. De la vida privada. Como se dice en la obra, cuenta una historia tenue, de las que muchas veces no salen del ámbito íntimo".
Pero Así empieza lo malo también tiene una "posible" lectura política. Muy relacionada con dos períodos clave del siglo XX español: la Transición y la Posguerra. Marías defiende la primera, aunque luego se haya "torcido" y reconociendo lo difícil de asumir la amnistía total para el régimen franquista: "No hay nada perfecto, pero tengan en cuenta que llevamos 40 años con un país normal —con elecciones, con partidos políticos— cuando la normalidad en España se contaba por trienios". De la segunda dice cosas más duras en su novela. Página 46: "Algunos individuos notables que habían apoyado a Franco [...] comenzaron a fraguarse biografías ilusorias, a presumir de demócratas desde la época ateniense y a proclamar que su antifranquismo venía de antiguo, cuando no de siempre". Un poco más adelante, en la página 50, una advertencia desde el pasado al presente de ese cineasta tuerto y larguirucho que prefiere pensar tumbado en el suelo: "Tardará en olvidarse cómo somos o cómo podemos ser, y además con facilidad, basta una cerilla". 
Que haya púas en ciertos pasajes no quiere decir que Marías se haya puesto la toga de juez. Porque para el escritor madrileño la "moralina" en los temas es lo que el "adorno" a la prosa: "Es ridículo que en el siglo XXI un escritor se dedique a dar lecciones, tomar partido o algo que se le parezca". Eso sí, bromear no le molesta, como con las declaraciones del presidente Rajoy ayer tras el gran fiasco de su legislatura, la reforma fallida de la ley del aborto: "Por una vez me han parecido chistosas. Una de las razones que adujo para esta retirada fue: 'Hombre es que no se puede tener una ley que un nuevo Gobierno vaya a cambiar al día siguiente de ganar las elecciones'. Pues hombre para eso cambie la de educación, la de tasas judiciales...".
El Pais

martes, 23 de septiembre de 2014

¿Somos todos enfermos mentales?

Antes, una persona podía penar el duelo de la pérdida de un ser querido durante un largo tiempo y eso se entendía; en la actualidad, más de unas semanas ya se considera un trastorno depresivo, y qué decir del síndrome de déficit de atención, del síndrome del comedor compulsivo... Todo el mundo conoce las preocupaciones, decepciones, fracasos... Estos desafíos están asociados con una vida "normal". Sin embargo, la tendencia actual es considerarlos "trastornos mentales" que requieren tratamiento médico.
¿Somos todos ya enfermos mentales? se pregunta en este libro Allen Frances, quien dirigió durante años el Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM), biblia de la psiquiatría mundial, en donde se definen las enfermedades mentales, se enumeran los síntomas y se hacen los tratamientos específicos.
Ahora, alarmado ante la deriva que lleva el nuevo DSM, lanza un grito de advertencia, esta vez para todos, porque a todos nos afecta. La psiquiatría está perdiendo de vista la diferencia entre lo normal y lo patológico. Bajo la presión de las empresas farmacéuticas en particular, no está lejos de considerarnos a todos nosotros locos, buscando sanarnos a toda costa. Hay que reaccionar nos dice, salvemos a la gente normal...
"El autor alerta sobre el alarmante crecimiento de las drogas psicotrópicas y el diagnóstico de enfermedades mentales. Una obra polémica y reveladora sobre la obsesión por una supuesta normalidad y bienestar mental." Frankfurter Allgemeine Zeitung
"El professor Frances ha descubierto una nueva y temible enfermedad, el sobrediagnóstico psiquiátrico." Libération
"El libro es, como el propio Frances confiesa, parte mea culpa, parte ‘Yo acuso', parte grito de alarma. Se adentra en la historia de las enfermedades mentales y da argumentos claros y concisos." New York Times
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¿Qué es normal y qué no lo es?

                                           El estanque de la normalidad se está reduciendo
a un pequeño charco.
                                                                                  Til Wykes 
      Antes de empezar a salvar a las personas normales, tenemos que determinar qué es normal. «Normal» puede parecer una palabra asequible, confiada en su popularidad, segura de su preponderancia sobre lo que es anormal. Definir normal debería ser fácil y ser normal debería ser una ambición modesta. No es así. La normalidad ha sido asediada terriblemente y se ha visto tristemente reducida. Los diccionarios no pueden ofrecernos una definición satisfactoria; los filósofos discuten sobre su significado; los estadísticos y los psicólogos la miden sin cesar, pero no logran captar su esencia; los sociólogos dudan de su universalidad; los psicoanalistas dudan de su existencia; y los médicos del cuerpo y de la mente se afanan en encontrarsus límites. El concepto de normal está perdiendo todo sentido;basta con fijarse lo suficiente para que, al final, todo el mundo esté más o menos enfermo. Mi tarea en este libro será intentar frenar este abuso constante e inexorable y ayudar a salvar la normalidad.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Richard Dawkins: “No eduquen a los niños en dioses ni hadas”

Cuenta que de niño ya se daba cuenta de que Papá Noel era un señor disfrazado que se llamaba Sam. Al británico Richard Dawkins (Nairobi, 1941) no le basta haber llegado a la conclusión de que no hay Dios: quiere que todo el mundo lo entienda así. Sostiene alta la bandera del escepticismo este biólogo (zoólogo) de la Universidad de Oxford, estudioso de Charles Darwin, que saltó al primer plano cuando escribió en El gen egoísta (1976) que no somos más que vehículos de los genes, máquinas programadas para que ellos sean casi inmortales. “El cuerpo del animal no es más que un repositorio temporal”.
Desde entonces Dawkins es un exitoso divulgador científico y ensayista, habitual de los platós de televisión (ha producido documentales, al estilo de su admirado Carl Sagan). Lleva tiempo animando la polémica, también en las redes sociales, donde dispara y le disparan. Considera su misión combatir dogmas religiosos, supersticiones y seudociencias. En 2006 publicó El espejismo de Dios, un libro que aspira desde la primera página a conseguir que el lector pierda la mucha o poca fe que le quedara, un arrebatado e irónico texto que pretende desmontar uno a uno los argumentos del cristianismo y las demás creencias religiosas. En Evolución. El mayor espectáculo sobre la tierra, de 2009, Dawkins explica con lucidez a cualquier profano las pruebas abrumadoras de que ha sido la selección natural la que moldeó y sigue moldeando nuestra realidad. Da así la batalla contra el creacionismo, la idea de que el mundo se hizo en seis días y el hombre convivió con los dinosaurios, que trata de colarse en el sistema educativo de EE UU de la mano de sectores de la derecha como el Tea Party.
A sus 73 años, Dawkins ha encontrado el momento de mirar atrás y abordar sus memorias. Una curiosidad insaciable es el título de la primera parte de su autobiografía, editada por Tusquets. En ella explica cómo llegó a ser quien es desde que nació en Kenia de una familia británica de tradición técnica y científica y empleada del Imperio, lo que le llevó por varios países africanos antes de regresar a Inglaterra cuando tenía ocho años. Sabemos de su visión de la rígida escuela de los años cincuenta, del matonismo de otros y de su tartamudez, de su paso por las universidades de Oxford, clave en su carrera, y Berkeley, donde vivió la explosión hippy. Y conocemos los muchos nombres que cree importantes en su vida: los de sus ancestros y familiares, los de profesores y compañeros de clase, los autores que le influyeron. Y terminamos con la publicación de El gen egoísta. Habrá que esperar a la segunda parte de las memorias para entender su faceta de activista ateo, la que le llevó en el año 2009 a contratar publicidad en los autobuses de Londres con el lema: “Probablemente no hay Dios. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”.
Recibe en su domicilio, un caserón tradicional en Oxford con un amplio salón lleno de luz por los ventanales en los dos extremos, donde puede percibirse cierto aroma del colonialismo que marcó su infancia. Grandes tallas de madera de animales, máscaras, jarapas de estilo étnico sobre los sofás. Un piano, un lienzo en su atril. Libros, algún cráneo en la estantería. Dos perros pequeños y de pelo muy largo se alegran de la visita y saltan a menudo sobre los periodistas; al entrevistado parece relajarle acariciar a alguna de sus mascotas. De entrada se niega a posar para la fotógrafa, lo que tiene por costumbre, pero no la ignora y en más de una ocasión parece estar pendiente del objetivo de su cámara.

La tribu y sus dioses

Estamos a horas del referéndum que decidirá si Escocia se independiza, y desata un efecto dominó en Europa, o permanece en el Reino Unido. Pero Dawkins, apasionado en los temas de los que quiere hablar, sabe escaparse de aquellos que prefiere evitar.
—Vivimos tensiones nacionalistas en Escocia, en Cataluña, en Ucrania... ¿Observa un regreso a la tribu?
—Podemos decir que el nacionalismo en esos lugares es una forma de tribalismo. Uno se preguntaría por qué no van a algo más pequeño aún, como Cornualles o Gales. Las ciencias sociales son complicadas, la política lo es... Como biólogo no soy la persona adecuada para responder.
—Le pregunto como biólogo, ensayista y activista. Ha escrito que la religión está en el centro de muchos conflictos actuales, como el de Siria e Irak, Palestina o Ucrania; antes en Yugoslavia o Irlanda. ¿No lucharán por la tierra más que por su idea de Dios?
—No creo que los conflictos estén motivados única y directamente por la religión. Por ejemplo, en Irlanda del Norte es entre católicos y protestantes, pero no creo que las personas que ponían una bomba estuviesen pensando en el dogma de la transustanciación. Lo que hace la religión es poner una etiqueta: en Irlanda del Norte se identifican como católicos y protestantes a pesar de que hablan el mismo idioma y tienen el mismo color. Te identifica hasta el nombre: si te llamas Patrick seguramente eres católico, si William eres protestante. Eso se convierte en la tribu: hay dos tribus en Irlanda del Norte. Y ha sido así durante siglos.
—Cuenta en su libro que era una persona muy religiosa, anglicana, cuando tenía 13 años. ¿Qué pasó? ¿Fue Darwin?
—Desde que yo tenía unos nueve años me di cuenta de que existían distintas religiones: el budismo, el islam, el hinduismo, el politeísmo de los griegos, los vikingos… Cualquier niño pensaba que solo la suya era la que estaba en lo cierto. Yo estaba preparado para ser antirreligioso. No sé cómo me mantuve en el cristianismo, debió ser influencia de la escuela. Pero sí, fue Darwin y fue el darwinismo el que nos salvó de todo eso. Cuando tenía unos 15 años.
—Usted no es un agnóstico, sino un ateo militante. ¿Por qué es necesario movilizarse contra la religión?
—Eso depende de su definición. Agnóstico significa “no sé”. Una definición que yo apoyo dice que es quien no tiene creencias positivas en un dios. El ateo siente una creencia positiva de que no hay Dios. Yo no tengo esa creencia. Lo que tengo es una ausencia de cualquier razón para creer en Dios, como tampoco en las hadas. Como científico, me conmueve la belleza del mundo y del universo. Como educador, veo perverso que a los niños se les eduque en falsedades cuando la verdad es tan hermosa.
—¿Y el ateísmo no puede ser también dogmático o intolerante?
—Siempre hay que argumentar tu causa, no callar a la gente. Durante siglos, hemos aceptado que no puedes criticar la religión. Hacerlo parece intolerante pero no lo es.

Educando escépticos

En un pasaje de su libro, Dawkins se muestra contrario a la forma en que la mayoría de familias inculcan explicaciones mágicas a sus niños. “No puedo evitar preguntarme si una dieta de cuentos de hadas repletos de encantamientos y milagros, hombres invisibles incluidos, es dañina desde un punto de vista educativo”, escribe. “¿Por qué los adultos promueven la credulidad de los niños? ¿Es realmente un error tan descabellado plantearles a los niños que creen en Papá Noel un pequeño y simple juego de preguntas y respuestas que les haga pensar? ¿Cuántas chimeneas tendría que visitar en una noche? No se trata de decirles que Papá Noel no existe, sino de fomentar el intachable hábito del cuestionamiento escéptico”. Él asume que eso es impopular: “Siempre que planteo esta cuestión me echan a patadas de los sitios por querer interferir en la magia de la infancia”.
Su escepticismo no se dirige solo contra la religión: también contra la superstición y las seudociencias (astrología, videncia, tarot o ufología), a las que dedicó su ensayo Destejiendo el arco iris (1998). Es más prudente sobre la llamada medicina alternativa: si se prueba su eficacia deja de ser alternativa. Pero no es el caso de la homeopatía: “Es interesante: con el método de doble ciego [ni el paciente ni el investigador saben cuál es el fármaco y cuál el placebo] no hay diferencias. Ambos son placebo”.
En su libro, Dawkins critica el modelo educativo según el cual el profesor dicta la lección a los alumnos, que la memorizan, en vez de incentivar sus habilidades para instruirse e investigar por su cuenta. “De estudiante, una vez se me olvidó llevar bolígrafo y yo era entonces demasiado tímido para pedir uno a mi compañera sentada al lado. Así que simplemente me senté y escuché, y cuando llegué a casa me di cuenta de que es una forma mejor de aprender. El propósito del profesor no debe ser impartir información sino inspirar a las personas”.

Quemándose en las redes

Dawkins es un pertinaz usuario de Twitter (@RichardDawkins), donde se esfuerza en ser provocador y en replicar o retuitear mensajes de otros usuarios. Ha pisado más de un charco. “Twitter es un sitio extraño porque hay mucha gente que grita. Si vas por la calle, un borracho o un tonto te pueden insultar. En Internet tienes un multiplicador de ese efecto. Hay que tener caparazón”. Él lo tiene, sin duda.
—¿Se ha arrepentido de algún tuit?
—Sí, porque son fácilmente malinterpretados. A veces veo que lo pude evitar.
Uno de sus mensajes desató una tormenta: “La violación en una cita está mal. La violación por un extraño es peor. Si usted piensa que esto es una aprobación de la violación en una cita, váyase a aprender cómo pensar”, escribió en 140 caracteres.
—En un país como el suyo, conmocionado por escándalos de abusos sexuales, esa frase parece una falta de sensibilidad hacia las víctimas.
—Creo que es estúpido negar que hay diferentes grados de crímenes sexuales. Hay gente que por motivos emocionales quiere que todos los crímenes sean considerados del mismo nivel. Es como si alguien te roba la cartera y piensas que es lo mismo que robar un banco a punta de pistola. Son delitos ambos, pero uno más grave que esto. ¿No le parece así?
—Me parece que cualquier violación tiene efectos graves a largo plazo.
—Yo también lo creo.
—Y me cuesta pensar en un grado moderado o leve de violación.
—No dejaré que se escape con esto. Está acompañado por muchos estúpidos en Twitter. Cuando uno dice que algo es peor que otra cosa, no lo está aprobando.
El tuitero Dawkins también ofendió a muchos cuando alguien le pidió consejo sobre qué hacer si el hijo que esperaba fuera a tener síndrome de Down. “Aborte e inténtelo otra vez. Sería inmoral traerlo al mundo si tiene elección”, respondió.
—¿De verdad cree una obligación moral el aborto en caso de síndrome de Down?
—Yo dije que personalmente me parecía inmoral tenerlo. No que fuera una regla universal, pero sí lo es para mí y para el 90% de mujeres que lo haría en esa circunstancia. ¿Sabe lo que les sucede? Mueren muy jóvenes, tienen terribles enfermedades, deficiencia mental. Creo que cuando el feto no está suficientemente desarrollado, y no tiene un sistema nervioso, es mejor abortar. Me han bombardeado en Twitter enviándome fotografías de niños con Down y diciéndome: quiere usted matar a mi hijo. Claro que no quiero matar a su hijo, sino detener la posibilidad de que vengan más niños como él al mundo cuando no son más que un renacuajo.

Ética de ciencia ficción

Cuando se le pregunta por dilemas éticos que podrán surgir en el futuro, Dawkins admite el juego aunque avisa de que entramos en el terreno de la ciencia ficción. La cacareada vida artificial en que trabaja el genetista Craig Venter le deja frío. “Creo que estoy en lo correcto cuando digo que solo está intentando crear nuevas versiones de una bacteria que ya existe. Como las bacterias se reproducen o clonan tan rápidamente, si las empleas para algo útil, como por ejemplo convertir un despojo cárnico en petróleo, estás haciendo un bien real”.
—¿Y le preocuparía la clonación de humanos?
—Un escenario como el de Un mundo feliz, de Huxley, con esas líneas de producción de miles de copias de seres humanos idénticos creados para ser jardineros o cualquier trabajo me horroriza, porque soy un producto del siglo XX y eso es muy lejano al mundo al que estoy acostumbrado, a mis valores. Si alguien me quisiera clonar a mí me interesaría mucho, tendría mucha curiosidad, pero no quisiera que mi clon fuera el primero porque iba a ser víctima de una horrible publicidad.
En un programa de televisión se propuso a Dawkins un experimento que no llegó a ser viable. Pretendían aislar su genoma y enterrarlo en el panteón de su familia, ante las cámaras, con el objetivo de que alguien lo recupere y resucite dentro de, pongamos, mil años. Era una excusa para debatir sobre la clonación, y le preguntaron a Dawkins si su clon del futuro sería él. “Por supuesto que no sería yo. Es como si preguntas a dos gemelos idénticos si son dos personas o si uno es persona y el otro zombi. Otra cosa que iban a pedirme es que escribiera consejos para mi clon, para que, ya que iba a tener los mismos genes, no cometa los mismos errores que yo”.
—En su libro usted cuestiona el concepto de identidad personal, dado que las células que tenemos no son las que estaban al nacer. Entonces solo somos la memoria.
—Es una cuestión interesante para la filosofía. Imagine que usted pudiera hacer una réplica perfecta de su cuerpo, no un clon en sentido genético sino una copia de cada átomo. Esto no se puede hacer científicamente, pero sí filosóficamente. Probablemente la réplica tendría su cuerpo, todos sus recuerdos, los mismos pensamientos. ¿Cuál de los dos sería usted? Pero una vez que están ahí, se empezarían a separar, tendrían nuevas experiencias y entonces ¿cuál eres? Son cuestiones que no se pueden responder de una manera experimental pero que son filosóficamente fascinantes.
—Sostiene Stephen Hawking que la filosofía ha muerto, porque ahora es la ciencia la que da las respuestas.
—No creo que la filosofía haya muerto, sí que ha perdido terreno.
—Usted ha escrito que la Segunda Guerra Mundial no habría ocurrido si el padre de Hitler hubiera estornudado en un momento determinado. Y en otro capítulo apunta que en otro siglo usted habría sido un clérigo. ¿Somos azar hasta ese punto? ¿Es usted escéptico o ateo debido al azar?
—La realidad depende de detalles muy pequeños. Sabemos que todos los mamíferos vienen de un individuo que existía en la época de los dinosaurios. Si ese pequeño mamífero hubiera muerto antes de reproducirse, quizás también estarían aquí los mamíferos pero serían completamente distintos. Quizás ese mamífero sobrevivió por un estornudo del dinosaurio. Respecto al ejemplo de Hitler, cada uno de nosotros cobramos existencia porque uno entre muchos millones de espermatozoides fertilizó el óvulo. El movimiento más ligero mientras sus abuelos estaban copulando, que un perro ladrara y perdieran la concentración o se movieran, haría que el resultado hubiera sido otro. De ahí que diga que con un estornudo años antes no habría habido guerra. Y ninguno de nosotros existiría ahora si no hubiera existido Adolf Hitler.
Una curiosidad insaciable. Los años de formación de un científico en África y Oxford. Richard Dawkins. Traducción de Ambrosio García Leal. Tusquets. Barcelona, 2014. 311 páginas. 21 euros (en digital, 12,34 euros).
El Pais

viernes, 19 de septiembre de 2014

¿Es nociva la tecnología?

Atrapados pertenece a la familia de ensayos que reflexionan en tono de advertencia acerca de las nocivas consecuencias del uso de la tecnología, junto a títulos como Contra el rebaño digital (Debate, 2011), de Jaron Lanier, o Superficiales (Taurus, 2012), del propio Carr, en el que hacía ver que el uso continuado de Internet afecta negativamente a nuestro pensamiento, especialmente en lo que respecta a nuestra capacidad de concentración y procesamiento de la información.

Los lectores que se acerquen con desconfianza ante la posible tecnofobia del autor deben tranquilizarse, pues Carr les proporciona un diálogo con pensadores y científicos a los que otorga voz y no se limita a desarrollar argumentos meramente alarmistas. El autor se encuentra cómodo en el tono propio del ensayo angloamericano de divulgación, que comienza con una historia personal con la que el lector pueda conectar emocionalmente —la experiencia del propio Carr adolescente al conducir un coche viejo con palanca de cambios, a pesar de las burlas de sus automatizados compatriotas— para proseguir desarrollando sus argumentos y apoyándolos con los resultados de diversos experimentos realizados en universidades prestigiosas, principalmente estadounidenses, y con citas de académicos de esas mismas universidades.
La leve sensación de esto-ya-me-lo-sé que se obtiene en algunas páginas debido a cierta insistencia en temas y argumentos queda neutralizada con lo más destacable del ensayo de Carr: su buceo por los discursos visionarios de distintas décadas de los siglos XIX y XX acerca de los peligros de la automatización, tanto en la industria como en la vida cotidiana. Carr llama nuestra atención sobre algo quizá evidente, pero que en ocasiones se nos olvida: a lo largo de la historia se han repetido los miedos ante los avances tecnológicos. Por tanto, al acudir a los argumentos de MarxAdam Smith, Merleau-Ponty, Bertrand Russell (en su apocalíptico título de 1951: ¿Son necesarios los humanos?) o Norbert Wiener, en su libroCibernética y sociedad (1950), logra sacarnos de estos asépticos estudios realizados en universidades contemporáneas y nos lleva a otros momentos de la historia en los que el término “automatización” era sinónimo de armatostes chirriantes.
Al posicionarse en el contexto actual sin descuidar los debates de hace más de 50 años, Carr cumple con su cometido de divulgador científico, pues descubre títulos de autores poco frecuentados y genera en los lectores interés por profundizar en la historia de la preocupación sobre los efectos de la tecnología, si es que tal materia existe. En muchos aspectos, Atrapados dialoga con textos de historia cultural como El artesano, de Richard Sennett, en el que éste se pregunta qué nos enseña de nosotros mismos el proceso de fabricar cosas concretas. Además, ambos acuden a la Hannah Arendt de La condición humana en busca de respuestas, y, finalmente, tanto Carr como Sennett acaban preguntándose qué significa ser humano.

Lo que le otorga credibilidad al texto es el hecho de que Carr nos habla desde el fango, pues él también es usuario de los últimos avances. Su preocupación principal es de índole ética: en el noveno y último capítulo, Carr rescata un poema de Robert Frost titulado Segando (Mowing),que ilustra eficazmente su miedo a que dejemos de sentir nuestras herramientas como parte de nosotros —a diferencia del vínculo entre el labriego y su guadaña, un ejemplo de lograda tecnología, en opinión de Carr— y nos volvamos sus esclavos. Nos invita también a salir de la dialéctica del amo y el esclavo en relación con los avances tecnológicos y, sobre todo, nos pide que no nos alejemos del mundo por culpa de éstos.
Aquí se echa de menos un análisis más profundo, que precisaría de otra monografía entera, acerca del vínculo afectivo que hoy desarrollamos con nuestro batallón de tabletas, ordenadores ysmartphones, pero sobre todo sería pertinente conocer qué es —y dónde está— ese "mundo" al que se refiere Carr y del que teme que nos alejemos, pues parece probable que su concepción de aquél no sería exacta a la que contemplan los más acérrimos tecnófilos. Para Carr, el valor de una herramienta —y un smartphone lo es tanto como una guadaña bien afilada— no es solamente lo que es capaz de producir para nosotros, sino lo que produce en nosotros. La sutil diferencia entre estas dos preposiciones es lo que ha dado lugar a este ensayo oportuno y actual y que, al menos, genera ganas de réplica, lo cual no es poco.
Atrapados. Nicholas Carr. Taurus. Madrid, 2014. 350 páginas. 19,50 euros

Babelia
El Pais

jueves, 18 de septiembre de 2014

La vuelta al mundo de Julio Verne

Julio Verne. He ahí un tipo que descubrió el siglo XX dentro del siglo XIX, lo que viene a ser como adivinar la edad de los metales en medio de la edad de piedra. Supongamos que estás cortando un pedazo de carne cruda de jabalí con una grosera hacha de sílex conociendo ya intelectualmente la posibilidad del hierro. Lo lógico es que te lleven los diablos. A mí me parece que a Julio Verne le llevaban los diablos porque el traje del XIX le venía pequeño. Podría haber acabado en el frenopático, pero canalizó a través de la escritura la mala sangre que le provocaba vivir dentro de una época con cuatro tallas mentales menos de las que le correspondían.
Aun así, y pese al éxito literario, su vida fue en muchos aspectos un desastre. No se pierdan este fragmento, tomado de la Wikipedia, de una carta en la que le habla de sí mismo a su madre: “Una vida que limita al norte con el estreñimiento, al sur con la descomposición, al este con las lavativas exageradas, al oeste con las lavativas astringentes (…). Es probable que estés enterada, mi querida madre, de que existe un hiato que separa ambas posaderas y no es sino el remate del intestino. Ahora bien, en mi caso, el recto, presa de una impaciencia muy natural, tiene tendencia a salirse y por consiguiente a no retener tan herméticamente como sería posible su gratísimo contenido (…), graves inconvenientes para un joven cuya intención es alternar en sociedad”.
Verne fue atacado también por fiebres de origen desconocido y sufrió una paralización facial de difícil diagnóstico. Somatizaciones, tal vez, de un desacuerdo emocional con el entorno, aunque él prefería atribuirlas a la deficiente alimentación provocada por sus penurias económicas, ya que su padre le había retirado el estipendio por no dedicarse a las leyes. En la nota citada más arriba trata de estimular la mala conciencia de su madre a la manera en que Van Gogh, en las célebres cartas, estimulaba las de Teo, su hermano y mecenas. En cualquier caso, llamar hiato al culo constituye un acierto literario que vale por las penalidades que describe.
De acuerdo, Verne padecía hemorroides, como indica delicadamente en su carta, pero las combatía con cocaína, una cosa por otra. Una producción literaria tan extensa como la suya se explica mal sin la ayuda de algún tipo de estimulante. La coca proporciona una excitación tranquila, o una tranquilidad excitante, que le viene muy bien a la actividad creadora. Cabe señalar, de otro lado, que esa “impaciencia muy natural” de salirse de su sitio que atribuye a su recto parece una metáfora de la que le consumía a él por salirse del siglo que le tocó vivir.
Nacido en 1828, año de la invención del hormigón, vivió hasta 1905, en que se descubrió el acero inoxidable. Tanto el primero como el segundo, debido a su potente presencia material, simbolizan el mundo del que venía, que era el de una racionalidad sin fisuras, una lógica de circuito cerrado, cuando él ya intuía que detrás de la electricidad vendría la electrónica. Eso le hacía vivir fuera de sí, obligándole a escribir como un poseso, pues en solo 13 años (de 1863 a 1876) publicaría, entre otros muchos, títulos tan definitivos como Cinco semanas en globoViaje al centro de la TierraDe la Tierra a la LunaVeinte mil leguas de viaje submarinoLos hijos del capitán GrantLa vuelta al mundo en 80 días yMiguel Strogoff.
En las novelas de Verne, la máquina no está al servicio del hombre como mera herramienta, sino a modo de prótesis; como si, más que un hallazgo para multiplicar sus posibilidades, se hubiera inventado para sustituir una amputación. De este modo, en su fantasía se configura ya el advenimiento del ciborg, esa criatura en la que la biología y la tecnología se confunden como los materiales en una amalgama. ¿Cómo se relacionan, si no, el Capitán Nemo y el Nautilus?
Julio Verne fue víctima de una capacidad de anticipación asombrosa. Por su cabeza, y antes de que llegaran a la realidad, pasaron el submarino, el helicóptero, el rayo láser, la videoconferencia, los paneles solares, incluso, como se verá más adelante, Internet. Exageraciones, dirán algunos. Bueno, basta observar las coincidencias entre su vuelo imaginario a la Luna y el del Apolo 11, llevado a cabo realmente cien años más tarde, para aceptar sin reservas el adjetivo de visionario que tantas veces se le atribuye. Tanto en la novela como en la realidad, por ejemplo, la tripulación se compone de tres personas. La nave de Verne y la de la NASAtenían ambas forma cónica y medían y pesaban prácticamente igual. Lo mismo podemos decir de la velocidad alcanzada por una y por otra nave, así como de la duración del viaje. Las dos cápsulas aterrizan en el llamado Mar de la Tranquilidad y amerizan, de regreso a la Tierra, a solo cuatro kilómetros la una de la otra. Por cierto que la de los americanos despegó de Cabo Kennedy, muy cerca de la del escritor, que salió de Tampa, Florida.
Aseguraba Verne que todo lo imaginable es realizable. Sabía, pues, que lo que llega a la vida pasa antes por la cabeza. Poseía una conciencia excepcional de que lo que llamamos realidad no es más que una pequeña parte de ella, pues también los sueños y las fantasías lo son. Más aún: no es que sean realidad, es que conforman lo que nombramos de este modo. No se puede fabricar un objeto que no haya sido antes un fantasma en la mente de alguien. No se puede llevar a cabo un viaje (como el de la Tierra a la Luna) que no se haya soñado previamente, ni escribir una novela sobre la que no se haya fantaseado, ni construir una nave de la que no existiera una visión previa. Pese a esta evidencia, todavía hoy se insiste en colocar entre la imaginación y la realidad una valla electrificada de tres metros. Es inútil, la imaginación atraviesa la valla por la noche y aparece como realidad al día siguiente. De ahí la importancia de una imaginación bien amueblada. Cuando, encontrándonos en el cine, las imágenes comienzan a salir distorsionadas, a nadie se le ocurre que el problema sea de la pantalla, que no es más que una sábana blanca, sino del proyector. Así, lo que llamamos realidad es una proyección de lo que sucede en nuestras cabezas. Cuando la realidad está mal, y está mal siempre, nos entretenemos sin embargo en ajustarle las cuentas a la pantalla en vez de analizar los problemas del proyector. Un plan educativo verdaderamente revolucionario consistiría en aceptar la premisa de que la fantasía conforma la realidad. Curiosamente, se combate desde todos los ámbitos. Por eso hablamos siempre de lo que nos ocurre en vez de hablar de lo que se nos ocurre. Lo que se nos ocurre, bueno o malo, llega tarde o temprano a la vida, a esa pequeña parte de la vida que llamamos realidad.
Todo esto era para señalar que Verne ejemplificó la idea de que el sueño y la vigilia (o el delirio y la vida) forman un continuum en el que no existe una línea de puntos donde meter la tijera. Si él fue capaz de inventar el siglo XX en la mitad del XIX, nosotros podemos reinventar (o volver a encontrar) a Verne en el XXI. Como en una relación especular, Verne se proyecta desde su época hacia la nuestra y la nuestra le devuelve la imagen gracias a los avances prefigurados por él. Uno de ellos es precisamente Internet. En 1863, y después del gran éxito de Cinco semanas en globo, escribió una novela titulada París en el siglo XX que su editor habitual, Pierre Jules Hetzel, le aconsejó guardar en el cajón, pues, además de no alcanzar el nivel de la anterior, se mostraba en ella muy pesimista respecto al futuro. La acción discurre en 1960, en un París en el que hay rascacielos de vidrio, automóviles, calculadoras y, ¡atención!, una red mundial de comunicaciones que se concreta en una especie de telégrafo global que evoca la idea de la Red. En ese París imaginado, las humanidades ya no forman parte de los planes de estudio y escritores de la talla de Victor Hugo han pasado al olvido. Las finanzas, en cambio, ocupan un espacio tal que el dinero ha dejado también de ser un instrumento del hombre para convertirse el hombre en un instrumento de él.
Bueno, profecía pesimista cumplida. La novela permaneció perdida hasta 1994, cuando el internet embrionario imaginado por Verne en esa novela ya funcionaba en la realidad. La Red, si uno lo desea, se vuelve hacia el siglo XIX y encuentra al autor de Miguel Strogoff.
Imagínense, si no, a un escritor actual de vacaciones, en medio del campo, a 500 kilómetros de su mesa de trabajo, de sus libros de consulta, de sus fetiches, prácticamente a 500 kilómetros de sí mismo. Supongamos que le llaman del periódico para encargarle unos folios sobre Julio Verne. Precisemos que solo cuenta, para comprobar fechas, títulos, argumentos, datos históricos, etcétera, con la memoria de las lecturas de las novelas del autor francés, ya demasiado antiguas, y con un ordenador portátil de apenas dos kilos de peso. Ese escritor soy yo. Ese escritor pone en el buscador de su portátil las palabras Julio Verne y en menos de 30 segundos le aparecen casi 500.000 entradas sobre el autor de El Chancellor. Significa que así como Verne navegó por nuestra época, nos radiografió en cierto modo antes de que naciéramos, nosotros podemos navegar por la suya con herramientas (o prótesis) que él intuyó, o con las que soñó. Esa es una parte del juego especular entre él y nosotros. Usted y yo estábamos en él y él, ahora, está en nosotros. Y de qué modo, pues no hay hallazgo de carácter técnico o científico que no nos lo recuerde. Somos los herederos de sus delirios y quienes los hemos llevado a la práctica. Esos delirios nos ayudaron, como lectores jóvenes, a sobrevivir a la realidad y, como personas adultas, a progresar técnicamente.
Es raro el lector cuyo encuentro con la obra de Verne no le haya movido los cimientos. Cada uno, si fuera posible preguntarle, tendría una historia propia que contar acerca de ese encuentro. Una historia sugestiva, queremos decir, de las que modifican la trayectoria de una vida, pues las novelas de Verne poseen muchos de los ingredientes de ese género que llamamos “de iniciación”. Son efecto, iniciáticas, tienen la capacidad de fundar un proyecto, de colocar las bases de una existencia.
Por mi parte, quiso el azar (esa forma, según Borges, de causalidad cuyas leyes ignoramos) que la primera novela que leyera en mi vida fuera Cinco semanas en globo. Aclarémonos: yo no era lector. Yo era un niño que pasaba muchas horas en la calle y que en invierno, para combatir el frío, se metía a ratos en una biblioteca pública de su barrio en la que había calefacción, pero donde era obligatorio permanecer callado y quieto: tal era el precio del calor. Un día, por puro aburrimiento, ese niño se levantó de la mesa, se acercó a una de las estanterías, extrajo de ella un par de libros que devolvió a su lugar después de examinar sus portadas. Su dedo índice continuó recorriendo los lomos de los volúmenes, como la aguja de la ruleta recorre las casetas de los números, hasta que se detuvo en Cinco semanas en globo. La ilustración de cubierta mostraba un globo con la canasta medio desprendida y a cuyos restos se aferraban desesperadamente dos o tres personas. El niño regresó perezosamente con el libro a la mesa, lo abrió, leyó sus primeras líneas y se precipitó en el interior del relato como el que tropieza y cae por las escaleras que conducen al sótano. Un instante fundacional. Allí nació, sin duda, la idea del libro como sótano, como lugar simbólico en cuyo interior estás a salvo de todo excepto de ti mismo. El libro como salvación, la lectura como venganza.
El niño no era socio de la biblioteca, por lo que no podía tomar el libro prestado para llevárselo a casa. Cuando llegó la hora de cerrar, se desprendió de él como si se desprendiera de un brazo o una pierna. Regresó al hogar incompleto. Los libros, desde ese instante, se habían convertido para él, no en una herramienta, sino en una prótesis, es decir, en algo que venía a sustituir una amputación misteriosa de la que hasta ese momento no había sido consciente. Ya no podría vivir sin ellos. Al día siguiente, media hora antes de que abrieran la biblioteca, el niño ya estaba a sus puertas para ser el primero en entrar, no fuera a ser que alguien cogiera antes que él la novela comenzada el día anterior. No habría podido soportarlo. Durante los siguientes días viajó en aquel globo junto al Doctor Fergusson, su criado Joe y su amigo Dick Kennedy. Partieron de Zanzíbar y observaron África desde el cielo. El niño todavía no se ha bajado de ese globo.
Curiosamente, esta primera novela de mi vida fue la primera escrita por Verne y la que lo lanzó al éxito después de flirtear sin éxito con el teatro. Pero hay una coincidencia más, verdaderamente extraordinaria, y es queCinco semanas en globo apareció el 31 de enero de 1863. El 31 de enero es mi cumpleaños, de modo que siempre la acepté como un regalo, el mejor de mi vida. A Verne, tan aficionado a la cabalística, le habrían encantado este cúmulo de casualidades. Pero hablando de viajes, en globo o en nave espacial, ¿acaso no resulta asombroso que una novela publicada en francés en 1863 sea leída un siglo después en español por un crío que vive en la periferia de Madrid?
Después de la lectura de Cinco semanas en globo vino inevitablemente la del Viaje al centro de la Tierra, y la de Veinte mil leguas de viaje submarino, y la de Miguel Strogoff, y la de De la Tierra a la Luna, y la deLa vuelta al mundo en 80 días… Verne parecía un territorio inagotable, una comarca de la realidad tan vasta y turbulenta como nuestro propio mundo interior, que recorríamos sin darnos cuenta al descender a las profundidades del volcán Sneffels, o al precipitarnos en el espacio intentando hacer diana en la Luna, o al atravesar Siberia como correos del zar de Rusia… Cada lector tiene su propio mapa de las lecturas de Julio Verne. Ese mapa constituye una excelente representación de aquellas tardes muertas, de aquellas tardes consumidas en una esquina de la biblioteca pública del barrio; de aquellas tardes que luego resultaron las más vivas; aquellas tardes en las que la relación con Verne, al tiempo de enseñarnos a leer novelas, nos enseñó a leernos a nosotros mismos. Si aprender a leer es aprender a leerse, la deuda con este autor, tanto en el plano individual como en el colectivo, es impagable.
Como ya se ha dicho, murió en 1905, año de la publicación de la Teoría de la relatividad especial, de Einstein. Poco antes había aparecido laInterpretación de los sueños, de Freud. Verne rozó, pues, con la yema de los dedos, teorías científicas que modificaron la percepción de la realidad física y de la psíquica, previamente alteradas por su literatura. Pocos años después encontraríamos también sus huellas en el surrealismo. Verne no solo descubre el siglo XX, lo prologa, lo divide en capítulos, confecciona su índice…
Sus relaciones con la vida doméstica, para la que parecía poco dotado, no mejoraron con el paso del tiempo. A la mala relación de siempre con su hijo se añadió la agresión de que fue víctima por parte de un sobrino que una noche, regresando juntos a casa, le pegó dos tiros dejándolo cojo para siempre. Por cierto, que el hijo mencionado, Michel, publicó varias novelas póstumas de su padre, la mayor parte de ellas retocadas por él.
Dicen que durante sus últimos años se acentuó el pesimismo latente que algunos han visto a lo largo de su obra, y que vivió una vejez marcada por la depresión y el aislamiento. Quizá le amargaba la idea de no haber escrito todo lo que tenía en la cabeza. Aun así, su obra es oceánica. De sus novelas (más de medio centenar) se han hecho casi cien pe­lículas (solo deMiguel Strogoff se han rodado 16 versiones) y se encuentra entre los autores más traducidos de la historia. Es como para no creérselo.
La colección Biblioteca Julio Verne consta de 40 entregas con obras del escritor francés y se vende cada domingo con EL PAÍS a partir del próximo 21 de septiembre.
El Pais

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Lugar común la muerte

Los retratos magistrales de este libro se mueven siempre sobre la ambigua línea que separa la realidad de la ficción, una frontera tan inasible y tenue como la materia que aquí se narra: las vísperas de la muerte, el punto de mayor intimidad y conciencia ante lo precario de la condición humana.
Una escritura sensible y audaz a la vez combina el documento y la literatura para asistir al instante en que todo se perdió en Hiroshima y Nagasaki, detenerse en los últimos días de Juan Manuel de Rosas en Southampton y los del gran poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre en Ginebra, así como para describir los extraños eclipses de Felisberto Hernández y Saint-John Perse, para aproximarse al imposible mesías que nunca llegó a ver Martin Buber y al delirante discurso de José López Rega sobre el sueño crepuscular de Juan Domingo Perón.
 Hace dos décadas, antes de escribir Santa Evita y convertirse en uno de los escritores argentinos más traducidos, Tomás Eloy Martínez publicó Lugar común la muerte en Caracas, donde vivía exiliado. A esa edición, compartida por generaciones de estudiantes de periodismo y literatura, se agregaron dos textos en la versión de 1998 -sobre José Bianco y Manuel Puig-, y se suman ahora otros dos, sobre José Lezama Lima y Augusto Roa Bastos. La devastadora precisión de su escritura confirma la feliz actualidad de uno de los mejores libros del autor.

«Tomás Eloy Martínez afirma su lugar entre los mejores escritores de América Latina.» The New York Times
 «Lugar común la muerte es el relato de la vida de otros, mayormente escritores. [...] No es un libro de perlas, tan solo: es un mar entero. Léanlo.» Juan Cruz,Babelia
 «Vino a decir hace ya años, con libros, con artículos que podían versar sobre los sobrevivientes de la guerra de Hiroshima o el poeta Saint-John Perse, lo que ahora es ley en el periodismo narrativo: que importa el qué, pero sobre todo el cómo. Que una historia, aunque repasada una y otra vez, puede arrojar mejores brillos y mejores llagas si se la expone a una mirada que esquiva los lugares comunes y las certezas se sumergen en las aguas, mucho más peligrosas, pero tanto mejores, del periodismo bien hecho.» Leila Guerriero
   
Perón sueña con la muerte
Éstas fueron, una por una, las palabras que dijo el Secretario: «Yo estaba en el dormitorio cuando el  General despertó sobresaltado. Me había quedado montando guardia junto a la cama, como todas las noches, con la punta de los dedos en estado de alerta. Los males que enviaba el enemigo se asomaban por la ventana y por los respiraderos del cielo raso. Bastaba un ademán de mis dedos para obligarlos a marcharse. Siempre actué como un pararrayos contra los males de afuera, pero no puedo hacer nada contra los males que el General tiene adentro de los sueños». Dijo que lo había tocado, para imponerle sosiego: la piel del General estaba húmeda, pero había una extraña calidad en el sudor, como si perteneciera a otro cuerpo y se hubiera quedado allí por desorientación. Descubrió en su pecho la plaga de manchitas pálidas que solían brotar en las épocas de tristeza más honda, cuando el General sentía que todos lo abandonaban y que también él mismo acabaría por abandonarse. Vio el movimiento reflejo con que encendió la radio para escuchar el informativo de las siete, y el desencanto con que la había apagado al advertir que eran apenas las tres.
Dijo que el General lo había mirado con agradecimiento, como si su vida dependiera de él (y el Secretario creía, en efecto, que la menor de sus distracciones bastaría para disolver la vida del General en la nada). Había imaginado (dijo) que él volvería a quejarse de ardores en la vejiga, de la humedad que le enfriaba las articulaciones, de la pequeña llaga dejada en algún rincón de la uretra por la sonda que acababan de retirarle.
Para moderar su inquietud, había observado al General cuidadosamente: dijo que había llevado la mirada hacia los filtros de los riñones, que había medido la densidad del viento en los alvéolos pulmonares, que había acompañado a la corriente sanguínea durante un largo trecho, para oír su velocidad y su cadencia. No había encontrado señales de turbación. Pensó entonces que el General haría como siempre, un ademán de apartamiento antes de volver la cara hacia la pared:Váyase a dormir, López. Pero no fue así. Lo vio incorporarse en la cama con lentitud como si temiera ser deshojado por el movimiento, disimulando la demacración de la cara con una sonrisa tan falsa que parecía tallada sobre la carne viva. Sólo al cabo de un rato soltó la voz. Dijo que pocas veces la había oído salir tan tenuemente, y aún no sabía si era porque los miedos del sueño habían tardado en retirarse de la voz o porque el General, inseguro de sus fuerzas, quería mantenerla en un sitio descansado. Le confió (así dijo) que había soñado un sueño de muerte tan ajeno a todos los sueños de vida que sólo él, López Rega, con su conocimiento de los astros y el instinto de que estaba dotado para leer los designios de la noche, sabría descifrar sin equivocaciones. La declaración del General le sorprendió (así dijo) porque no creía que en un cuerpo con tan avanzada mortalidad como el suyo pudiera haber lugar para los sueños.

martes, 16 de septiembre de 2014

100 libros que nunca vas a poder leer

Margaret Atwood, autora de "El asesino ciego", "Alias Grace" y "El cuento de la criada", está trabajando en una obra de ficción.
Para 2015, la obra estará terminada. Pero no podrás leerla. Tus hijos, con suerte, puede que sí.
Y es que el texto que está escribiendo esta escritora canadiense, ganadora del Premio Booker, uno de los galardones literarios más prestigiosos del mundo de habla inglesa, no verá la luz hasta dentro de 100 años.
No se trata exactamente de un capricho (o sí): el texto de Atwood es el primero de los 100 que formarán parte de "Biblioteca futura", un proyecto de la artista escocesa Katie Paterson que se propone crear una biblioteca con cien textos inéditos de escritores, científicos y filósofos de ésta y futuras generaciones que serán revelados en 2114.
¿Qué se siente al escribir un libro que nadie podrá leer mientras quien lo escribe está vivo?
"Creo que es algo que nos retrotrae a esa faceta de la infancia, cuando uno solía esconder pequeñas cosas en el jardín, con la esperanza de que alguien en el futuro las desenterrara y dijera: '¡Qué interesante este trozo de metal oxidado, esta bolsa de pelotitas! ¿Me pregunto quién las habrá dejado allí?'", dice Margaret Atwood, feliz al menos de poder evitarse "ese momento en que si las críticas son buenas, el crédito se lo lleva el editor y si son malas, es todo culpa de uno".

¿Latinoamericanos?

Cada año hasta 2114, una comisión de expertos literarios -en la que Paterson participará mientras viva- nominará a un autor para que escriba un texto.
Cada uno puede escribir lo que quiera, "el largo de la obra depende también de lo que decida el autor.
Desde un cuento corto hasta una novela, en cualquier idioma y en cualquier contexto", explica Paterson.
"Lo único que les pedimos es que tenga que ver con tema del tiempo y la imaginación", añade.
Hay otra condición: el manuscrito debe ser entregado al cabo de un año desde que el autor recibió la invitación y no puede ser publicado ni circulado hasta su publicación en 2114.
¿Algún latinoamericano en la colección?
"Hay muchos grandes escritores de América Latina", le dice a BBC Mundo Anne Beate Hovind, directora artística de Bjørvika Utvikling, la organización noruega que comisionó el proyecto, "pero si tenemos en mente a alguno o no, no podría decir, vamos paso a paso. Todavía ni siquiera empezamos a buscar al escritor para el año próximo".

Un bosque con futuro literario

Al tiempo que va creciendo la "Bibliotecta futura", también lo van haciendo los árboles que aportarán el papel donde se imprimirán los textos.
Son mil, recién plantados en un bosque en las afueras de Oslo, y los manuscritos que deben esperar un siglo para su publicación permanecerán bajo custodia en una sala creada especialmente para este

propósito en la Biblioteca Pública Deichmanske, en la capital, que será inaugurada en unos cuatro años.
Un proyecto de estas características supone una apuesta seria al futuro.
"En esencia, 'Biblioteca Futura' es un proyecto esperanzador, confía en que habrá un bosque, un libro y un lector dentro de cien años", señala Paterson.
Y aunque la idea de trabajar en un proyecto del cual uno no podrá ver sus frutos puede parecer frustrante, Anne Beate Hovind no lo ve así.
"Sería genial leer los textos, pero al mismo tiempo es un honor pasarle un tesoro como éste a mis tataranietos", le dice a BBC Mundo.
"Les contaré la increíble historia de esta idea y me aseguraré de que la transmitan. Esto me parece tan bueno como poder leer los libros en cien años".