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Pruebas

martes, 31 de julio de 2012

Una mancha más

Mientras empieza a indagar los entretelones de un doble crimen, Julia, la heroína de Plante, se pregunta: "¿De dónde venían entonces los valores, la ideología, las cosas por las que se muere, por las que se vive? Fuentes misteriosas que sin embargo estaban ahí, que ciertamente habían estado siempre. Los cromosomas quizás, vidas anteriores, antiguas deudas que al fin se pagan, alguien amado que una vez nos señaló con el dedo". Buscando respuestas, Plante construye una novela oscura, densa, que respeta las reglas de la novela deductiva. 
"Alicia Plante propone en "Una mancha más" un juego deductivo que, a poco de entrarle a su historia, deja de serlo. Porque la trama que despliega supera los límites de la novela policial clásica y, de pronto, cuando el lector menos se lo espera, se encuentra atrapado en una intriga donde los escenarios de lo cotidiano, los gestos de la rutina, todo aquello que parece reconocible a primera vista se vuelve enigma y entonces surge, con violencia subterránea, densa, la tragedia de los chicos apropiados por la última dictadura."  
"Como una novela policiaco-deductiva con resonancias de Walsh se presenta esta obra de Alicia Plante, cuya peripecia gira en torno al robo de bebés ... en la Argentina de Videla [...] Solo los mecanismos inescrutables del mercado editorial pueden hacer que se desatienda una obra tan importante como ésta". Ernesto Calabuig. El Cultural. Madrid
"Alicia Plante tejió una implacable trama de policial negro ambientado alrededor de un eje tan traumático como actual: la apropiación de bebés bajo la dictadura." Fernando Bogado :: Página/12 :: Buenos Aires

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      Desde la otra punta de la sala el gallego lo miraba fijo. Giró ostensiblemente la cabeza, descruzó y volvió a cruzar las piernas y lo miró nuevamente: sí, no cabía duda, por algún motivo el gallego lo estaba observando. Ese rincón de la sala estaba medio en sombras, en cambio a Daniel y a él les caía encima un chorro de luz que entraba por la banderola de la puerta de calle y los aislaba un poco, seguramente por eso no lo había notado. Pero ¿desde cuándo venía mirándolo así, de ese modo tan raro, y por qué? Notó que una vieja con cara de parien te se había sentado en el sofá junto al gallego y se inclinaba hacia adelante mientras le hablaba bajito, posible men te sospechando que García Mejuto no la escuchaba. Y algo debió sentir él, alguna onda le habían mandado aquellos ojos intensos, entrece rrados como para calcularle el bolsillo, porque de golpe había girado la cabeza justo en su dirección. Era extraño, pensó, que lo observara de aquel modo, el gallego más bien lo había ignorado siempre, y encima hoy tenía la casa llena de gente con la que no debía verse nunca. Los velorios siempre terminaban siendo un último gesto simpá tico del muerto, este prestarse como excusa para que las per sonas se defen dieran del miedo a la muerte hablando de tonterías. No se había acercado al cajón, a él no le daba miedo pero sí un desasosiego que no se había modificado nunca. Además, la gallega había sido siempre una mujer notablemente fea y seguro que la muerte no la favorecía. Y él, para espectáculos poco atractivos, tenía suficiente con el espejo del baño cada mañana.
     Desvió la mirada y volvió a enfocar a Daniel: la verdad era que se lo veía muy apenado por la muerte de la madre. Lo recor daba con nitidez peda lean do en su triciclo por la cuadra de enfren te, el cuerpo echado adelante sobre el manubrio como si le jugara una carrera a la vida. Cuando él cruzaba a tomar el colecti vo que lo llevaba al colegio secunda rio a veces lo hacía reír simulando que temía ser atropella do por algo enorme. 

Boomerang

¿Tiene futuro la novela?

Ortega no es Zizek, pero La rebelión de las masas es un ensayo tan atento a las mutaciones de la sociedad moderna que, a la altura de 1930, ya incluía chistes. Como ese del hombre al que, cuando quiere confesarse, el cura le pregunta si se sabe los mandamientos. Su respuesta: “Mire usted, padre, yo los iba a aprender, pero he oído un runrún de que los iban a quitar”.

Con el propio Dios como muerto más ilustre, la cultura occidental está llena de cadáveres simbólicos, incluidos aquellos que, aparentemente, llevan siglos gozando de buena salud. Es el caso de la novela, un género literario cronológicamente muy tardío si lo comparamos con el teatro o la poesía, milenarios, pero que desde su nacimiento vive asediado por ese mismo runrún de que lo van a quitar. De ahí que esa clase de libros que todo el mundo sabe reconocer pero casi nadie se atreve a definir no deje de generar debates y, por supuesto, bibliografía, ya se trate de describir sus mecanismos, analizar su capacidad para reflejar su tiempo o calibrar su fuerza para cuestionarlo. A eso se dedican tres libros recientes como La imaginación histórica, del historiador Justo Serna; ¿Qué fue de la modernidad?, del crítico británico Gabriel Josipovici, y La escritura desatada, del catedrático de literatura José-Carlos Mainer.

Desde la perspectiva de la historia cultural, Serna trata de responder a una pregunta tan sencilla como endemoniada: ¿qué idea del pasado y el presente de un país se haría un lector que, después de un cataclismo, solo contara con un puñado de novelas por todo documento? El país, por cierto, es España y los novelistas, Eduardo Mendoza, Luis Landero, Arturo Pérez-Reverte, Antonio Muñoz Molina y Javier Cercas.

Por su parte, Josipovici, que ha enseñado literatura en Oxford y Sussex, también plantea dos preguntas. Mejor dicho, él plantea una y su editor, otra. La del autor está en la cubierta: “¿Qué fue de la modernidad?”. La del editor, según costumbre, en la contracubierta: “¿Qué tienen Kafka, Virginia Woolf y Borges que no tienen Philip Roth, Irène Némirovsky o Julian Barnes?”.

“Ha funcionado durante más de doscientos años. No tenemos por qué dudar de que lo siga haciendo”, sostiene Mainer

Si La imaginación histórica es un voto de confianza a la ficción porque sus autores han sabido “expresar lo que sus destinatarios precisan”, ¿Qué fue de la modernidad? es todo lo contrario, una denuncia contra escritores que, dice Josipovici, producen “objetos manufacturados con esmero” y “exquisitamente fabricados para que no percibamos las costuras”. ¿Su pecado? Olvidar que escribir significa hoy tener presentes la precariedad y las responsabilidades de la literatura. Recordando a Barthes, el crítico británico sostiene que “ser moderno consiste en reconocer que hay cosas que ya no se pueden hacer”. Si Paul Valéry se burlaba de la trama de las novelas aludiendo al socorrido “la marquesa salió a las cinco”, Josipovici critica a los que creen que la modernidad radica en usarse a sí mismos como personajes pero no dudan ni de la valía de lo que escriben “ni de su destreza para dar con el lenguaje que mejor se ajusta a sus necesidades”. La novela sigue siendo el espejo a lo largo del camino que quería Stendhal, pero un espejo roto. Eso no significa que no puedan seguir escribiéndose novelas sino que, tirando del hilo hegeliano de la muerte del arte, estas han “perdido su capacidad de explicar coherentemente el mundo”.

Finalmente, La escritura desatada es la reedición puesta al día de un ensayo que se convirtió en clásico en el mismo año de su aparición (2000) y que —de su tormentosa historia a su poliédrica definición pasando por sus componentes— cartografía el mundo de las novelas. Ese es el subtítulo de una obra ampliada ahora para dar cabida a aspectos decisivos en la última década: la narrativa femenina, la relación entre novela y ensayo o la llamada autoficción. El libro, no obstante, sigue abriéndose con unas páginas que recuerdan que el género nació ya rodeado de enemigos.

Un género sin pedigrí

Cuando se le pregunta a qué atribuye la cíclica muerte y resurrección de la novela, José-Carlos Mainer remite a su “falta de pedigrí”. “Continuamente la están matando porque nació sin antecedentes, o con muchos pero ninguno determinante. La novela moderna surge de un montón de formas narrativas y de la idea del diálogo, pero sin que nadie sepa cómo ha de ser. Los primeros que ven un poco claro su importancia son los románticos alemanes a principios del XIX”. Eso, sumado a que “los escritores tienen cierta tendencia apocalíptica, hace que cíclicamente se diga que la novela ha llegado a su fin”. Mainer, sin embargo, no se alarma: “Como la cosa ha funcionando durante más de doscientos años, no tenemos por qué dudar de que lo siga haciendo”.

“No es un cataclismo sino una evolución. No hay causas internas, es un cambio de hábitos sociales”, dice Luis Goytisolo

Parece, sin embargo, que la duda es el oxígeno que respira la novela (o los novelistas), de ahí que la hayan puesto en crisis desde, como reza el título de un estudio pionero, “la mañana siguiente al naturalismo”. Se diría, de hecho, que esa mañana no acaba de terminar nunca. En 1996 Jonathan Franzen, el penúltimo gran-novelista-a-la-manera-clásica, publicó ¿Para qué molestarse?, un texto hoy mítico al que todo el mundo se refiere como “el artículo del Harper’s”, en referencia a la revista que lo publicó. Franzen, que en noviembre publicará en España una recopilación de ensayos —Más afuera (Salamandra)—, se preguntaba allí “cuánto menos importan ahora las novelas a la mayoría de los norteamericanos que cuando se publicó Trampa-22”, la novela antibelicista de Joseph Heller, o sea, en 1961, según él, el último ejemplar de su especie que había influido en la cultura de su país. La imposibilidad de influir, decía, recibe el nombre de crisis.

Para responder a su propia pregunta Franzen recurrió a un estudio sobre 24 horas de la vida de la cultura estadounidense. En él encontró 21 referencias a la televisión, ocho al cine, cuatro a la radio y solo una a la narrativa (Los puentes de Madison). En su propio artículo, el novelista recordaba que la portada de la revista Time, antaño consagrada dos veces a James Joyce, había pasado a ser ocupada, entre el gremio de novelistas, por Scott Turow y Stephen King. “Los dos son escritores honorables”, aclaraba, “pero nadie duda de que merecieron las portadas por la magnitud de sus contratos”. Con el dólar como “rasero para medir la autoridad cultural”, el mismo semanario que durante décadas aspiraba a formar el gusto de sus lectores ahora servía solo para reflejarlo. Así estaban las cosas en 1996 en medio —¿ya en medio?— de “la hegemonía banal de la televisión” y —sin Twitter ni Facebook— “la fragmentación electrónica del discurso público”.


Aunque Gabriel Josipovici sugiera en su ensayo que a la novela actual le pasa lo que a la revista Time —no forma el gusto, lo refleja—, Franzen no sabía por entonces que él mismo ocuparía esa portada cuando, en 2010, publicara Libertad, pero su diagnóstico era rotundo: el siglo XIX, “cuando la novela era el medio primordial de instrucción social”, quedaba muy lejos. Para él, la autoridad de la novela había sido “un accidente de la historia” derivado del hecho de “no tener competidores”. “El novelista”, escribía, “tiene cada vez más cosas que decir a lectores que cada vez tienen menos tiempo de leer”. Cinco años después de publicar aquel ensayo, Franzen se destapó con la monumental Las correcciones —en mayo HBO renunció a convertirla en serie de televisión por su supuesta complejidad— y 14 más tarde, con la citada Libertad, dos novelones que suman más de mil páginas.
Es costumbre que los novelistas acompañen sus avisos sobre el fin de la novela con la publicación de… una novela, pero es cierto que Franzen retocó su artículo del Harper’s en 2002 para incluirlo en Cómo estar solo (Seix Barral). En el prólogo a ese libro el autor se recuerda a sí mismo como “una persona muy iracunda y teórica” y habla de su “antiguo fanatismo” después de aclarar, no sin ironía, que aquel célebre texto hablaba en realidad de “abandonar su sentido de la responsabilidad social como novelista y de aprender a escribir ficción por la pura diversión de hacerlo”.

“Lo que se publican son entretenimientos. Hoy la ‘gran novela’ no tendría lectores sino estudiosos”, afirma Eduardo Mendoza

Pero como la publicación de una novela, así tenga 700 páginas, no cambia los hábitos culturales de Occidente, Jonathan Franzen reconoció que, aunque él ofrecía su ayuda para apagarlo, se había declarado un incendio. “Sí, la tecnología seduce a muchos más jóvenes ahora que hace 20 años”, le dijo el año pasado a otro novelista, el colombiano Juan Gabriel Vásquez, en una entrevista publicada en El País Semanal, “y puede que se avecine un periodo de decadencia sostenida de la novela, pero el público es todavía muy grande. Aun si fuera pequeño, contaría con mi lealtad. Si seguimos escribiendo como si importáramos, seguiremos importando a la gente que lee novelas. La manera de conservar nuestro territorio no es darnos por vencidos y comenzar a escribir para nosotros mismos, sino tratar de escribir libros que sean relevantes”.

“Nuestro deber de entretener”

“El hecho de que sobreviva un mercado para la ficción literaria ejerce una disciplina útil sobre los escritores, al recordarnos nuestro deber de entretener”, había dicho el mismo Franzen, iracundo y teórico, en aquel artículo que le persigue. Con menos ira y teoría que los defensores de la vanguardia y menos crítico con Philip Roth, el novelista —en sus dos reencarnaciones— estaba señalando que el problema no es el autor sino el lector. Lo mismo que decían los que alertaban de la enésima mutación de la novela, un género de por sí mutante cuya consagración pasó por el nacimiento de la burguesía primero y por el triunfo de la masa después. “El escritor no puede olvidar al público que lo lee, incluso si no pretende halagarlo”, afirman los franceses Roland Bourneuf y Réal Ouellet en La novela, un ensayo de referencia que este año cumple cuatro décadas. ¿Qué sucede cuando el que se olvida es el público? ¿Cuando se multiplican los competidores de la novela? ¿Cuándo estos —el cine, la televisión, los videojuegos— son una evolución audiovisual suya?

Luis Goytisolo, que en febrero pasado reunió en un solo volumen los cuatro libros de su obra magna, Antagonía (Anagrama), y que en septiembre publicará nueva novela —El lago en las pupilas (Siruela)—, ha sido uno de los narradores que más ha analizado el futuro de su oficio. Antes incluso de indagar en el impacto de la imagen en la narrativa española contemporánea durante su discurso de ingreso en la RAE (1995), Goytisolo había hablado ya del declive de la novela. ¿La razón? Que ha ido dejando paulatinamente de ser “un medio de expresión adecuado para una sociedad en la que el libro no cesa de perder importancia frente a los audiovisuales”. Más de una década después, Goytisolo todavía recuerda, con humor, el eco de sus palabras en un tiempo en que, además, la Red estaba lejos de conocer su expansión actual y parecía ciencia ficción su alusión al papel “de la informática” a la hora de acortar los mensajes y reducir el léxico: “Me llamaron catastrofista”, rememora, “como si hablara de un cataclismo y no de una evolución. Los géneros empiezan y acaban. No pasa nada”. Pero matiza: “No son causas internas, son los hábitos sociales los que crean esta situación. Hay géneros que quedan anticuados y son sustituidos por otros. Yo me refería a la novela como se ha entendido en el siglo XIX y XX”. Los grandes autores de esos siglos, dice, serán leídos siempre, “pero no de forma masiva, ni mucho menos. No desaparecerán, pero irán a un nicho limitado. ¿El siglo XXI? Yo me pregunto cuánta gente de 20 años lee novelas. Si la gente no las lee, ¿por qué no van a dejarse de escribir?”.

“Puede que deje de serla reina del mambo, pero no hay crisis. La novela del siglo XX siempre fue elitista”, según Guelbenzu

Más expeditivo aún que Goytisolo, Eduardo Mendoza es uno de los más desacomplejados notarios de la crisis de la novela. Desacomplejado y madrugador. Durante un curso de verano de 1998, el autor de La ciudad de los prodigios declaró que la “novela de sofá” había muerto. Al menos en el primer mundo. Otra cosa sería la periferia, las antiguas colonias, motor continuo de renovación para las lenguas europeas. La falta de épica —sustrato último del género—, la ausencia de un trauma colectivo y lo “relativamente previsible” de los destinos individuales no permitían ya “echar al vuelo la imaginación”. La novela en el sentido clásico, decía Mendoza, apela “a un tipo de interés que el lector actual no siente”.

¿Qué queda pues? La novela como entretenimiento, responde un autor que —en paralelo al irónico deber de entretener del propio Franzen— incendió las columnas de opinión de los periódicos. Por entonces, las redes sociales no volaban ni en la imaginación. Algunos de sus colegas añadieron matices a sus argumentos (Javier Marías, Félix de Azúa); otros trataron de desmontarlos (Vargas Llosa, Muñoz Molina, Andrés Trapiello).

Cuando se le recuerda aquel episodio que removió el plácido estanque de la literatura y que para algunos no fue más que una serpiente de verano, Eduardo Mendoza, de vacaciones, se explica por teléfono: “No me refería a la muerte de la novela, que es algo muy pretencioso, sino a un tipo determinado de novela y a lo que representó la del siglo XIX. Años después no hay nada que desmienta lo que dije. Otra cosa es que se sigan publicando libros donde el formato novela se mantiene, pero que no son la novela, son entretenimientos en forma de novela”, dice un autor que desde entonces ha publicado media docena de títulos y que hace tres meses publicó, con enorme éxito, otro de sus entretenimientos: El enredo de la bolsa y la vida (Seix Barral). ¿Ya no hay sitio para la gran novela? Antes de volver a sus vacaciones, Mendoza responde: “En estos momentos ni hay un ambiente para crearla ni, si se pudiera crear, encontraría lectores. Encontraría estudiosos. Lo que ha muerto no es la novela, sino el lector de novela del siglo XIX como ha muerto el que iba a escuchar los sermones de grandes predicadores en el siglo XVII. ¿Podría salir un predicador que atronara en la catedral de Toledo? Sí, pero estaríamos hablando de otra cosa”.

De la muerte de la novela a la muerte del lector

“Narrativos son el cine, la TV y el cómic; la novela ya no es el lugar que plantea los cambios sociales”,apunta Fernández Porta

El director de aquel ya célebre curso del 98 fue José María Guelbenzu, que certifica el cambio de actitud del lector citando a Philip Roth, esta vez para bien. Guelbenzu recuerda que el autor de La mancha humana afirmó hace ya tiempo que lo que muere no es la novela sino el lector complejo, “que es el que puede leer novela compleja”. “Por ahí, por este mundo que vive de flashes y frases cortas e ingeniosas tipo Twitter es posible que se produzca un desajuste y la exigencia sea de cosas breves, rapiditas, digestivas y ocurrentes”, dice el escritor español, que, no obstante, está convencido, de que todo “se volverá a ajustar porque la gente dispuesta a reflexionar no se echa para atrás”.

El propio Guelbenzu ha recorrido él solo casi todos los caminos de la narrativa española reciente: de El mercurio —un hito del experimentalismo publicado en, otro hito, 1968— a la novela negra —en septiembre aparecerá un nuevo título de su serie policiaca, Muerte en primera clase (Destino)—. Todo ello sin abandonar la novela que él llama “de gama alta”, que ya no experimenta con el lenguaje sino con la estructura —acaba de aparecer una edición académica de El río de la luna (Cátedra), premio de la Crítica en 1981—.

Novelista en español, crítico de literatura extranjera y antiguo editor de ambas cosas, Guelbenzu no contempla la palabra maldita: “Ninguna crisis”, dice. Y se explica: “La que está más fuerte que nunca es la novela tradicional, que es a la que están apelando todos los best sellers y todos los que quieren serlo, los que escriben con exposición, nudo y desenlace con toda tranquilidad. De eso se escribe más y cada vez se lee más. Por otro lado, la novela de calidad ha sido siempre elitista. Otra cosa es que, con el tiempo, Anna Karenina se haya convertido en lectura obligada. Salvo la novela del XIX, que es popular y sienta el canon del género, la del siglo XX es claramente elitista, y no creo que haya muerto. Tiene el público que tenía, que es un público cultivado”.

Ganar la batalla, perder la guerra

En el futuro no publicará ningún escritor con menos de 5.000 amigos en Facebook, dice la última broma editorial
Respecto a la posible competencia del cine, la televisión e Internet en el campo de la narrativa, Guelbenzu augura una buena convivencia. Distinto es saber quién marca eso que los políticos llaman agenda y Franzen capacidad de influir: “Puede que lo audiovisual se imponga y se haga masivamente cargo del acto de contar historia, pero no quiere decir que la novela se acaba. Seguirá su camino. Lo que ocurre es que la novela ha sido la reina del mambo durante un par de siglos y puede que deje de serlo, sin dejar de tener la misma calidad de siempre”. Quedan lejos, en efecto, los tiempos en que la popularidad de la novela de Victor Hugo consiguió que Notre Dame se restaurara según lo inventado por el escritor en lugar de atendiendo a la traza original. ¿Tiene nombre la nueva reina? Guelbenzu no lo ve claro, pero lo entrevé: “Quien está tomando con firmeza el relato de las historias, quien ahora es capaz de contarlas con hondura y potencia expresiva son las series de televisión. Más que el cine, que está infantilizado entre superhéroes y efectos especiales”.

La crisis de la literatura es un género literario en sí mismo. Lo dice Eloy Fernández Porta, que recuerda a John Barth señalando, ironías posmodernas, el primer testimonio de ese género en un papiro egipcio. Barcelonés de 1974, es decir, 30 años menor que José María Guelbenzu, Fernández Porta había publicado dos libros de relatos antes de embarcarse en ensayos sobre la literatura en tiempos de sincretismo entre la élite y la masa, la televisión y el cine, la Red, la música y el arte contemporáneo. El resultado son títulos como Afterpop. La literatura de la implosión mediática (Berenice, 2007; Anagrama, 2010) o Emociónese así. Anatomía de la alegría (con publicidad encubierta), que publicará, también en Anagrama, en octubre próximo.

Según Fernández Porta, la novela ha ganado la batalla. La afirmación es tan rotunda que desconcierta a su interlocutor. Pero, ahí llegan los matices, no lo ha hecho en la guerra tradicional. En su opinión, el género ha sobrevivido por tres vías. Una: “novelizando” las series de televisión. Dos: reconfigurando los grandes productos de Hollywood en sagas, “un tipo de organización tomado de la literatura”. Tres: consiguiendo que la novela gráfica haya relegado al álbum como género fundamental del cómic. Una victoria que lleva dentro su propia derrota: “La narratividad ha ganado la partida, pero la novela ya no es el lugar en el que se plantean las transformaciones sociales. Por no hablar de que el libro ya no puede arrogarse el monopolio de la literatura”.

En los años cuarenta, el estudioso francés Jean Suberville llegó a enumerar hasta 30 tipos de novela haciendo uso de facultades clasificatorias casi borgianas —deportiva, de capa y espada, de animales…— . Eso teniendo en cuenta que algunas, como la cortesana y la pastoril, antaño triunfantes, habían pasado, literalmente, a la historia. Hoy la novela negra, la histórica y, últimamente, la erótica han tomado el relevo. ¿Cómo hablar de crisis ante el florecimiento editorial de formatos tan identificables? Eloy Fernández Porta lo explica con una palabra: reacción. “La apelación a la narrativa tradicional no es más que una reacción ante algo que se acaba. Justo cuando se entrevén grandes transformaciones en la lectura, la literatura se vuelve regresiva y trata de apostar por formas muy codificadas”.

También Luis Goytisolo considera que la llamada al orden es una forma de defensa. “Los novelistas suelen resistirse a aceptar que cultivan un género progresivamente anacrónico —algo que los poetas tienen más que asumido—, y ello tanto más cuanto mayor sea la tentación de probar suerte subiéndose al carro del best seller”. Goytisolo lo dijo con estas palabras en un artículo, publicado en 2004 en este periódico, que trataba de responder a una idea casi tan recurrente como la muerte de la novela: nunca se ha leído tanto. Las buenas historias que promueve el mercado, decía, “responden a un intento de contrarrestar el creciente desinterés del público hacia la creación literaria”.

Como toda crisis es a la vez una catástrofe y una oportunidad, aquellos que ven la novela en situación crítica consideran que la rotura del espejo de Stendhal produce muchos espejos pequeños. “Dado que el mainstream es ya novelístico”, dice Fernández Porta, “es posible que los textos literarios que se publiquen sean más antinarrativos, experimentales y originales. En España el patrón es el realismo; en Argentina, por ejemplo, no. Pensemos en César Aira”.

Tradicionalmente la narrativa ha reaccionado de dos formas al empuje de los medios audiovisuales, hoy rampantes: asumiendo sus técnicas —la elipsis, por ejemplo— o separándose de ellas y privilegiando su propia herramienta, el lenguaje. Nada nuevo por el lado de la estética. Los novelistas seguirán ahí: mientras exista un ser humano, existirá alguien que cuente su historia. O que se la invente. “Las crisis de la novela no son de estancamiento sino de crecimiento”, dice Mainer. La sociología ya es otra cosa. Si crisis, según Franzen, es la imposibilidad de influir en la cultura, la dispersión de la era digital hará que la influencia cultural de la novela también sea dispersa, es decir, más débil. La proliferación de editoriales pequeñas es buena muestra. Por si fuera poco, otra crisis, la económica, amenaza con eliminar cualquier riesgo, el artístico incluido. Doris Lessing tuvo que ver cómo, meses antes de recibir el Nobel en 2007, su editorial británica le rechazaba un libro porque no vendía y algunos editores españoles cuentan ya un chiste, otro, oído a sus colegas neoyorquinos: en el futuro no se publicará a ningún escritor con menos de 5.000 amigos en Facebook. Citando a Juan Ramón Jiménez, el poeta Francisco Brines suele decir que la poesía no tiene público sino lectores. ¿En cuál de las dos pistas bailará en el futuro la anciana reina del mambo?

La escritura desatada. El mundo de las novelas. José-Carlos Mainer. Menoscuarto. Palencia, 2012. 380 páginas. 22 euros.

¿Qué fue de la modernidad? Gabriel Josipovici. Traducción de Gregorio Cantera. Turner. Madrid, 2012. 264 páginas. 18 euros.

La imaginación histórica. Ensayo sobre novelistas españoles contemporáneos. Justo Serna. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2012. 260 paginas. 20 euros.

La imagen y la imaginación

Nos parece más antiguo un coche de hace 10 años que una locomotora de hace 20. Lo dice Ortega en el mismo capítulo de La rebelión de las masas en que cuenta el chiste del hombre que se va a confesar. La idea de progreso casa mal con las artes, pero parece inevitable preguntarse qué hay de nuevo. Así, José María Guelbenzu, que no cree en la crisis del género, no deja de apreciar un “estancamiento” en lo que él llama la novela de calidad, “la que tiene que seguir hacia adelante con nuevas formas expresivas”. De las propuestas de los últimos años, la única que le convence es “el camino que marcaba Sebald, que no sé si está agotado: ese que en la tensión entre verdadero y verosímil decide incluir las dos cosas y mezclarlas. Nada de lo que se vende aparatosamente como nuevo va más allá que las vanguardias del siglo XX”.

Superados los prejuicios morales contra la invención —“hoy parece más bien que estamos muy a favor de la imaginación”—, José-Carlos Mainer descree del carácter utilitario de la novela. “Las costumbres de las ballenas se reflejan mejor en un tratado de zoología que en Moby Dick”, afirma en La escritura desatada. Otra cosa son las posibilidades expresivas del “camino de Sebald”, la autoficción, que Mainer considera “una variante de la novela histórica relacionada con la nueva crónica periodística” y en la que hay “una elaboración y una presencia del autor que no es una simple objetivación en el sentido tradicional”.

Si los premios son síntoma de algo, ahí están los últimos nacionales de Narrativa, concedidos a dos libros que transitan por caminos difícilmente asimilables a la novela: Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, y Anatomía de un instante, de Javier Cercas. “Es un género plenamente legítimo que, fijémonos, se ha producido junto a la producción de novelas históricas en serie que se da actualmente”, prosigue Mainer, “ese que se ha convertido en el centro de interés de los lectores de novela popular, que siempre han existido”.

Como género abierto en el que todo cabe —la escritura desatada de la que habla el Quijote—, la novela entra y sale del resto de los géneros tomando cualquier recurso que le pueda ser útil, pertenezca a la Historia, a la poesía, el teatro o el cine. Su relación con este último es, además, de doble dirección. Sin embargo, por más que su estructura narrativa, como la de las series televisivas y muchos videojuegos, esté tomada de la novela, la competencia tiene un límite. “Es la disputa entre leer y ver”, dice José-Carlos Mainer cuando se le pregunta por una hipotética pérdida de hegemonía de la novela. “La lucha es difícil porque leer es arduo, es mucho más complicado que darle a un botón y esperar que pase algo. Afecta en los dos sentidos, y eso es lo preocupante: no solo el cine expone con mayor verosimilitud y atractivo la parte más imaginativa de las novelas sino que compite muy claramente en el realismo. La clave está en que la gente se incline por lo más fácil o por leer, que es una operación no puramente receptiva y que exige entender rectamente lo que se dice, poner en marcha la imaginación y prolongar la literatura en la lectura”. Con todo, si el espacio del costumbrismo está ocupado —“y a veces muy bien ocupado”— por las series de televisión, la novela tiene su “mayor potestad”, según Mainer en las imaginaciones complejas y en las referencias cultas. “No las simples que se aprecian de una sola vez sino esas que apelan a hechos, sentimientos o ideas que tienen detrás un sustrato y que en la literatura están absolutamente vigentes. En una novela de Coetzee es donde no hay competencia posible”.

El País

lunes, 30 de julio de 2012

La edad de los prodigios

Con pulso y erudición irreprochables, el historiador británico Richard Holmes relata cómo nació el mundo que hoy habitamos en 'La edad de los prodigios', uno de los grandes acontecimientos editoriales del año, publicado en España por Turner.

En este extraordinario libro de cultura, firmado por Richard Holmes, el lector encontrará no sólo un pormenorizado relato del nacimiento de las ciencias y su moderna articulación entre los siglos XVIII y XIX; también, y principalmente, hallará el esfuerzo y la sagacidad, el azaroso empeño, a veces trágico, como en Lavoisier, a veces triunfal, como en Herschel, de quienes la hicieron posible. Esa es la declarada intención de Holmes al escribir La edad de los prodigios: explicar al científico desde sus condicionantes históricos y su particularidad humana, y no como un producto anaerobio, como una floración exenta, fruto único del cálculo y la lógica inductiva. Esto lo emparenta con otros estupendos libros de divulgación científica, como pudieran ser Los sonámbulos de Koestler o el Cosmos de Sagan. No obstante, su impulso original parece provenir de la caudalosa Historia cultural que, desde D'ors a Starobinski, y antes en Michelet y Herder, ha desvelado al hombre junto a su arboladura intelectual y las circunstancias de todo orden que acompañaron sus días.

Aun así, el valioso trabajo de Holmes no se ciñe a la tarea científica, erudita, recogida admirablemente en estas páginas. Antes bien, La edad de los prodigios, subtitulada significativamente como Terror y belleza en la ciencia del Romanticismo, constituye una trepidante narración, pautada y absorbente, de aquellas vidas. Surge, no obstante, una cuestión terminológica: ¿Hasta qué punto podemos calificar de románticos a William Herschel y Joseph Banks, cuya idea del cosmos, del buen orden, hija de Les Lumières, del británico Enlightment y la Aufklärung germana, difiere de la idea dinámica de hallazgo, de revelación, de misterio a desentrañar, tan próximos al romanticismo de Mungo Park o S. T. Colerigde, fascinado por la nueva ciencia? Parece claro, en cualquier caso, que fueron las especulaciones sobre lo bello y lo sublime de Kant y Edmund Burke, dos mentes neoclásicas, quienes abrieron este apetito por lo infinito, por lo desmesurado y terrorífico, que se apoderará de la poesía y el arte, de las empresas científicas del XIX. En este sentido, Holmes se limita a exponer, en su intrincado desarrollo, la paulatina variación y la mutua influencia que las cabezas eminentes de aquella hora propiciaban con sus indagaciones. La familia Herschel en la Astronomía, Lyell en la Geología, Lavoisier y Davy en Química, los Montgolfier en la Aeronáutica, Banks en la Antropología y la Botánica, Volta y Galvani en los principios de la electricidad, Wordsworth y Coleridge en la nueva concepción poética de la Naturaleza... Todos ellos, repito, modifican y encauzan los novedosos rumbos del siglo, en la encrucijada del XVIII al XIX, dando lugar, no sólo a las ciencias tal como hoy las conocemos, sino al modo de entender el mundo, la especie humana, la vastedad del Universo, que se derivó de ellas.

Mungo Park muerto en alguna orilla remota del río Níger, huyendo de la persecución de los nativos; Lavoisier guillotinado junto a su suegro; las magulladuras y ulceraciones de Davy y Faraday en sus experimentos con el grisú; las gravosas observaciones de Herschel y su hermana Caroline en las frías noches de Bath, accionando un gigantesco telescopio; la accidentada invención del anéstésico, tras el descubrimiento del óxido nitroso y el éter; la espantosa muerte de Pilâtre de Rozier y Pierre Romain tras accidentarse su globo. De la valentía, de la imaginación, de la inteligencia, de los errores y pertinacias, también de los amores y desconsuelos de todos ellos, nació el mundo que hoy habitamos, así como el modo, más vertiginoso y complejo, de entenderlo. Esto es lo que relata Holmes en su magnífico volumen, con pulso y erudición irreprochables. Si de la paciencia de Herschel surgió una idea pavorosa del infinito, tras el frívolo paseo de los Mongoflier, subidos en su aerostato, la Tierra se nos aparecerá, ya para siempre, como una esfera verdiazul, inopinadamente vasta, solitaria y umbría.

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sábado, 28 de julio de 2012

El sueño del rey rojo. Lecturas y relecturas sobre la palabra y el mundo

Alberto Manguel explora en estos lúcidos y amenos ensayos la relación entre nuestro mundo y las palabras que utilizamos, entre lo político y lo literario. A través de sus experiencias personales, marcadas por sus "lecturas y relecturas", reflexiona sobre la curiosidad intelectual, el arte de la traducción, el lector, la escritura, las librerías y bibliotecas ideales..., pero también sobre la muerte del Che, el nazismo, el antisemitismo, la identidad, el sida, la dictadura argentina... Todo salpicado e ilustrado con referencias a Homero, Dante, Borges, Chesterton, Cortázar, Pinocho... Y especialmente a Lewis Carroll y sus libros de Alicia, sus más regocijantes compañeros en su travesía literaria. Como dice Manguel, la lectura es lo que nos define como especie y "la palabra impresa" lo que da "coherencia al mundo". Son las que nos proporcionan "en medio de la incertidumbre y de muchas clases de miedos (...) unos cuantos lugares seguros, tan reales como el papel y tan vigorizantes como la tinta, que nos darán techo y comida mientras pasamos por el bosque oscuro y sin nombre" de este mundo.
"Alberto Manguel es el Don Juan de la lectura." George Steiner
"Los libros saltan de sus cubiertas cuando Manguel los abre y bailan alegremente cuando entran en contacto con su ingenio." The Observer
"Un libro absolutamente cautivador para todos los que aman la lectura y una inspiración para quienes hayan soñado con formar su propia biblioteca." The Washington Post  


COMIENZO DEL LIBRO

-Deberías dar ahora las gracias con un discursito bien arreglado -dijo la Reina Roja,
dirigiéndose a Alicia con el entrecejo severamente fruncido.
A través del espejo, capítulo IX

El tema de este LIBRO, como de casi todos mis otros libros, es la lectura, la más humana de las actividades creativas. Considero que somos, en esencia, animales lectores y que el arte de la lectura, en su sentido más amplio, nos define como especie. Llegamos a este mundo empeñados en encontrar una narrativa en todo: en el paisaje, en el cielo, en las caras de los demás y, por supuesto, en las imágenes y palabras que nuestra especie crea. Leemos nuestras propias vidas y las de otros, leemos las sociedades en las que vivimos y aquellas que existen más allá de nuestras fronteras, leemos imágenes y edificios, leemos lo que se encuentra entre las pastas de un libro.
Esto último es esencial. Para mí, la palabra impresa le da coherencia al mundo. Cuando los habitantes de Macondo se contagiaron de una especie de amnesia que les
cayó un día en sus cien años de soledad, se dieron cuenta de que su conocimiento del
mundo estaba desapareciendo rápido y que pronto podrían olvidar qué era una vaca, qué era un árbol, qué era una casa. El antídoto, descubrieron, estaba en las palabras. Para recordar lo que su mundo les significaba, escribieron letreros que colgaron de las
bestias y los objetos: «Éste es el árbol», «Ésta es la casa», «Ésta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche». Las palabras nos dicen lo que creemos, como sociedad, que es el mundo.
«Lo que creemos»: ahí está el reto. Al unir las palabras a la experiencia y la experiencia a las palabras, nosotros, los lectores, escudriñamos historias que hacen eco de nuestras experiencias o nos preparan para ellas, o nos cuentan experiencias que nunca serán nuestras, como bien sabemos, salvo en las páginas ardientes. En consecuencia, lo que creemos que es un libro cambia de forma con cada lectura. Al paso de los años, mi experiencia, mis gustos, mis prejuicios han cambiado: al paso de
los días, mi memoria sigue reacomodando, catalogando, desechando los tomos de mi
biblioteca; mis palabras y mi mundo -salvo unos cuantos puntos de referencia constantes- nunca son uno y el mismo. El ingenioso dicho de Heráclito sobre el tiempo
se aplica igual de bien a mis lecturas: «Nadie se sumerge dos veces en el mismo libro».
Lo que permanece invariable es el placer de leer, de sostener un libro en las manos y tener de pronto esa peculiar sensación de asombro, de reconocimiento, de escalofrío o de calidez que sin motivo aparente evoca en ocasiones cierta sucesión de palabras. Reseñar libros, traducir libros, editar antologías son actividades que me han dado cierta justificación para este placer culposo (¡como si el placer necesitara justificación!), y en ocasiones hasta me han permitido ganarme la vida. «Es un mundo bueno y sólo quisiera saber cómo ganarme £200 al año», le escribió el poeta Edward Thomas a su amigo Gordon Bottomley. Reseñar, traducir y editar a veces me ha permitido ganarme esas doscientas libras.

viernes, 27 de julio de 2012

Mil bosques en una bellota

¿CUÁLES SON SUS MEJORES PÁGINAS?
Veintiocho escritores ineludibles de varios países y de dos continentes, unidos por una única lengua en plenitud creativa, integran esta compilación. Un volumen que tiende un puente privilegiado entre el lector y los autores más reconocidos, pues ellos mismos han escogido los fragmentos de su obra que mejor representan sus preocupaciones y aspiraciones literarias. Esta selección viene acompañada de un coloquio en el que razonan sus criterios y en el que conversan acerca de sus influencias, sus circunstancias, así como de otros aspectos de su obra y carrera.

Encontraremos a los siguientes escritores: Mario Vargas Llosa, Ana María Matute, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Goytisolo, Enrique Vila-Matas, Alfredo Bryce Echenique, Cristina Fernández Cubas, José de la Colina, Ramiro Pinilla, Jorge Edwards, Esther Tusquets, Sergio Pitol, Hebe Uhart, Edgardo Cozarinsky, Javier Marías, Eduardo Mendoza, Carlos Fuentes, Ricardo Piglia, Juan Marsé, Antonio Muñoz Molina, José María Merino, Aurora Venturini, Horacio Castellanos Moya, Rafael Chirbes, Alberto Ruy Sánchez, Elvio Gandolfo, Abilio Estévez, Evelio Rosero.


PRÓLOGO
Una tarde de agosto en que corría la brisa por el pueblo de Cashiers, Carolina del Norte, acompañé a mi madre a la biblioteca de la localidad. A pesar de contar con una población de unas doscientas personas, la biblioteca impresiona por lo bien provista, sobre todo gracias a las familias que pasan los veranos en las montañas. Su fondo había recibido donaciones sucesorias de libros -ejemplo de la tradición cívica estadounidense de recaudación de fondos para proyectos comunitarios- y nos dedicamos a mirar lo que estaba a nuestra disposición. Un libro editado por Whit Burnett -a iniciativa de John Pen- llamó mi atención; se titulaba This is My Best. Over 150 self-chosen and complete masterpieces, and the reasons for their selection. A medida que hojeaba sus páginas, me percataba de su excepcional importancia para la historia de la escritura literaria. Publicado por Dial Press en 1942, el editor había pedido a los escritores más prestigiosos de la época que «de la producción íntegra de toda su vida eligieran el pasaje que en su opinión autónoma representara su mayor momento creativo. [...] Un libro compuesto a lo largo de diversos años, la condensación de múltiples puntos de vista a lo largo de vidas diferentes, la revelación pública de las opiniones privadas de nuestros mejores escritores sobre la consideración que tienen de sí mismos, y lo que más valoran de sus escritos».
La introducción aclara que ni a T.S. Eliot, ni a Gertrude Stein les fue posible participar ya que se encontraban en Europa (en plena guerra). Sin embargo, William Faulkner, Pearl Buck, Sinclair Lewis, Ernest Hemingway, Willa Cather, Theodore Dreiser, Wallace Stevens, Langston Hughes y un conjunto de escritores, pensadores, poetas y filósofos colaboraron mediante la selección de sus piezas preferidas. Algunos compararon la operación con una tortura, pero se entregaron al esfuerzo. John Dos Passos escribió que «las páginas de libros anteriores que yo recordaba vivamente porque habían salido bien, parecen estropeadas cuando las miro de nuevo». Booth Tarkington consideraba que «hay pocos escritores, y ello a causa de su envidiable juventud, que puedan sentir afecto por obras de su propia factura una vez que han sido dadas a la fría imprenta».

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Alice

Alice deja su pueblo para iniciar una nueva vida en Cerdeña. Ocupa el piso de su tía, en un edificio frente al mar, y poco a poco encuentra en sus vecinos una nueva familia. En la planta alta vive un anciano violinista, Mr. Johnson. En la planta baja, Anna, una mujer humilde y pródiga en confianza y ternura. También están Giovannino, un niño lo suficientemente sabio para educarse a sí mismo, y Natascia, tan celosa que vive la pesadilla constante de perder a su novio. Cada uno lleva a cuestas su obsesión, su locura grande o pequeña, sus miedos y sus sueños de amor que, a veces, pueden cumplirse del modo más inesperado.

«Una gran escritora... Milena Agus consigue atrapar al lector en ese mundo tan original y tan suyo. Mágico. Sexual. Sensible. Humano.» Jacinta Cremades, El Mundo
«Para soñar... Milena Agus deja fluir el aroma de su patria sarda en cada página para llevar al lector en un viaje embriagador.»
Sonntags-Anzeiger Siegerland
«Exquisita sutileza... Milena Agus consigue transmitir una rara y sobrecogedora emoción e intensidad.»
Mercedes Monmany, ABC


Capítulo 1
Antes de conocer a la señora de abajo y al señor de arriba la vejez nunca me había interesado. A mis padres no les dio tiempo de hacerse viejos; mi padre se suicidó muy pronto y mi madre ha vuelto a ser una niña. A mis abuelos no los veo nunca y la chica que cuida a mi madre es joven. De todas maneras, una cosa es segura, ningún
viejo habría podido despertar jamás mi imaginación. Ninguno salvo la señora de abajo y el señor de arriba. Y ahora ya no veo la vejez como la oscuridad, sino como un destello de luz, tal vez el último. 

Capítulo 2
Hace un tiempo, Mr. Johnson, el señor de arriba, llamó a mi puerta. Vestía con sobria elegancia de gentleman, pero llevaba los zapatos desatados, el dobladillo del pantalón descosido y los calcetines de distinto color.
-Vivo en el piso de arriba -dijo-. Soy su vecino.
-Ya lo sé. Nuestro edificio no ha sido concebido para que no nos cruzáramos.
Tenía algo urgente que pedirme: si por favor podía regarle las plantas, porque él tocaba el violín en barcos de crucero, se iba de viaje y a su mujer le gustaban mucho las flores, sobre todo las rosas y las plantas de guisantes rojos, y se habría disgustado si al regresar llegaba a encontrárselas secas.
-No existen los guisantes rojos, Mr. Johnson, seguramente serán bayas.
Hace unos días, al volver del crucero, llamó otra vez a mi puerta para darme las gracias, se había encontrado las rosas y los guisantes rojos en plena forma, pero no era ése el propósito de su visita. Me preguntó un tanto cohibido si entre mis amigas estudiantes no podía buscarle a alguna que fuera competente y pudiera trabajar de ama de llaves a cambio de alojamiento y comida, porque se había marchado, tal vez para siempre, y ahora ya no necesitaba una asistenta y punto, sino alguien que se ocupara de toda la casa y no sólo de la limpieza. Como me veía siempre con muchos libros estaba seguro de poder fiarse de mí.

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jueves, 26 de julio de 2012

Getting Up / Hacerse Ver. El graffiti metropolitano en Nueva York

En 1972 el grafiti en los trenes subterráneos de Nueva York se volvió un asunto político. Un año antes, la aparición del misterioso mensaje «Taki 183» había hecho aumentar tanto la curiosidad de los neoyorquinos que el New York Times envió uno de sus reporteros a determinar su significado. Gran variedad de funcionarios públicos, entre ellos el alcalde de la ciudad John V. Lindsay, desarrollaron políticas públicas orientadas al fenómeno. Los periódicos y revistas locales aparentemente ayudaron a moldear estas medidas.
«Getting up» es el término utilizado por los grafiteros para lograr dejar su sello personal en la red de metro. A través de entrevistas espontáneas, Castleman documenta las vidas y actividades de estos jóvenes artistas de la calle, a través de su jerga y mitología. Con un enfoque más descriptivo que analítico, deja que los «escritores» hablen por sí mismos, dando como resultado una historia concisa y descriptiva de la cultura suburbana, pero también de la elástica sociedad que la creó. Al margen del debate que suscita esta controvertida forma de expresión, cuando uno termina de leer Getting Up siente admiración por el ingenio de los jóvenes escritores.



INTRODUCCIÓN


Getting Up: Cuando los túneles de la memoria rebosan color


Fernando Figueroa Saavedra
(Doctor en Historia del Arte)
En 1987 la editorial Hermann Blume publicaba en España el libro Getting Up. Subway Graffiti in New York,1 bajo el título en castellano de Los graffiti.2 En aquel entonces, el grafiti de firma se mostraba por nuestras tierras y, en concreto en Madrid, como un fenómeno novedoso y de gran vitalidad; se podría incluso decir que con una gran virulencia en la capital, afectando desde los barrios periféricos hasta el centro urbano y el espacio suburbano. En 1982, Muelle (Juan Carlos Argüello), un joven del barrio de Campamento, había dado el pistoletazo de salida. Dejaba ver su firma en una escalada creciente que motivó que, en unos años, otros se sumasen a firmar por las calles o el metro y que, en definitiva, Madrid viviese un fenómeno paralelo y con una dinámica similar al del Writing de Filadelfia o al de Nueva York que retrataba aquel libro.
Los periodistas y los estudiosos del arte y lo social españoles, no muchos en verdad, empezaron a preguntarse seriamente acerca de su naturaleza, sus causas y sus directrices entre 1987 y 1988. En su búsqueda de respuestas, pusieron sus ojos en el referente neoyorquino, más popular y conocido por aquel entonces que cualquier otro. Hacía unos cinco años que el libro de Craig Castleman se había publicado en Nueva York, y fue el historiador, crítico de arte y escritor Juan Antonio Ramírez quien impulsó su traducción y publicación en España a través de la mencionada editorial, consciente de lo oportuno y esclarecedor que resultaba el que dicho texto fuese accesible. También era sensible respecto a lo que representaba culturalmente este tipo de manifestaciones y de la potencia que tenía Nueva York como foco irradiador de toda clase de influencias o antesala de precoces o anticipadoras experiencias culturales para el primer mundo.
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Estampas egipcias

Eça de Queirós, quizá el más grande de los novelistas del XIX portugués, viajó a Egipto en 1869 con el fin de redactar una serie de crónicas acerca de la inauguración del canal de Suez, la mayor obra de ingeniería de su época, que cautivaría la imaginación de todo Occidente.
En lo que será para él un viaje iniciático, un choque cultural con lo real y lo ideal de Oriente, descubrirá lo exótico pero también lo miserable, rasgos que fusiona en sus descripciones literarias de marcada influencia flaubertiana, llenas de perspicacia e ingenio. La Alejandría que vio pasear a Cleopatra se convierte a sus ojos en un lugar sórdido, con un barrio egipcio sucio y pobre, y un barrio europeo de aires provincianos. El Cairo, por el contrario, le resulta fascinante por su pintoresca inmundicia. Pocos años después, Eça de Queirós volverá a la zona para detallar la destrucción de Alejandría en las seis memorables piezas que constituyen «Los ingleses en Egipto», incluidas asimismo en este volumen.

 

 PRIMERAS PÁGINAS

ALEJANDRÍA

Por la mañana avistamos una tierra baja, casi al nivel del mar. Era Egipto. Nos acercamos a la terrible embocadura con su muralla de rocas cubiertas de espuma. Al fondo se veía una línea de are- na de color miel, como el de los leones: era el desierto. Junto al agua se alzaba una ciudad de grandes edificios blancos y, a lo lejos, en un saliente de tierra, se recortaba la silueta de unas palmeras. Era por fin Alejandría.

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miércoles, 25 de julio de 2012

El farsante feliz. Un cuento de hadas para hombres cansados

Lord George Hell, mujeriego y jugador, cae perdidamente enamorado de una joven e inocente bailarina llamada Jenny Mere, a quien inmediatamente propone matrimonio. Ella le rechaza, alegando que sólo se casará con un hombre que tenga cara de santo. Así que él, desesperado, busca una máscara que llevará siempre puesta para engañarla hasta que finalmente ella cede. A partir de entonces, el poder de la máscara sorprenderá al propio George. El hábito, ¿hace al monje?
"Beerbohm escribió relatos, teatro, una novela, cuentos, conferencias y resulta que su obra es numerosa y breve porque solía publicar todo por separado, en ediciones bonitas, aunque terminara juntando los cuentos... Además fue un exquisito y refinado caricaturista y sus dibujos no se cotizan menos que sus escritos. Por ejemplo, el librito (más fábula que cuento) que acaba de publicar Acantilado, El farsante feliz. Un cuento de hadas para hombres cansados se publicó como The Happy Hypocrite en Londres, en 1897, pero más tarde se reeditó en su colección de cuentos Seven Men (1919), donde está sin duda lo mejor de su obra, por ejemplo el relato Enoch Soames, que tradujeron Borges y Bioy para su Antología de la Literatura Fantástica... Esa colección de cuentos y la frívola y refinada novela Zuleika Dobson (1911) es lo mejor de la escritura refinada, casi algo rococó a veces, de Beerbohm".
Luis Antonio de Villena,
El Mundo 



  I

Se cuenta que de todos los que alguna vez formaron parte de la festiva corte del Regente ninguno fue tan perverso como Lord George Hell. No merece la pena incomodar a los pequeños lectores con una lista completa de sus perversiones. Basta que sepan que era voraz, destructivo y rebelde. Me temo que es completamente cierto que se quedaba en la Casa Carlton hasta altas horas de la noche, entretenido en juegos de azar, y comiendo y bebiendo más de la cuenta. Su debilidad por la ropa elegante era tal que entre semana iba tan atildado como los parroquianos el domingo. Tenía treinta y cinco años y sus padres se avergonzaban de él.
Pero quizá lo peor de todo era el mal ejemplo que daba a los demás. Nunca, nunca se preocupó por disimular su perfidia, de modo que al cabo del tiempo todo el mundo supo lo monstruoso que era. Es más, creo que se enorgullecía de su monstruosidad. En su notable Contemporary Bucks [Personajes contemporáneos], el Capitán Tarleton sugiere que el innegable candor de Lord George, tomado como virtud, debería bastarnos para perdonar, si no todas, algunas de sus abominaciones. Sin embargo, por mucho que lamente contradecir a un autor fallecido, sostengo que el candor es encomiable sólo cuando revela acciones o sentimientos buenos, y despreciable en cambio cuando revela perfidia.

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Degas danza dibujo

En estas páginas maravillosamente escritas, los fragmentos biográficos y los detalles técnicos se mezclan con elucubraciones sobre la danza, intuiciones sobre la fotografía y reflexiones sobre la poesía para conformar un homenaje al «dibujante más inteligente, más reflexivo, más exigente, más empecinado del mundo». Pocos libros han captado tan sentida y tan vívidamente un intercambio creativo como Degas danza dibujo. En él hallamos los imaginativos saltos de una generación a otra, el enfrentamiento entre la precaución y la libre invención, el encuentro de la palabra y la imagen, pero, sobre todo, los rastros de un diálogo productivo entre dos de las más refinadas mentes de la época, una evidencia del hermanamiento entre el arte y la más elevada inteligencia.

DEGAS
Igual que el lector, ensimismado a medias, garabatea en los márgenes de una obra y genera, al albur de la abstracción y de la punta del lápiz, seres pequeños o inconcretos ramajes junto a los bloques legibles, eso mismo voy a hacer yo, según el capricho de la mente, en la contigüidad de estos pocos estudios de Edgar Degas.
     Acompañaré las imágenes de una cantidad breve de texto de cuya lectura pueda prescindirse, o que sea posible no leer de un tirón, y no tenga con esos dibujos sino el parentesco más laxo y las relaciones menos estrechas.
     Sólo será esto, pues, un a modo de monólogo, en el que se repetirán como ellos quieran mis recuerdos y las ideas varias que me he hecho de un personaje singular, de gran envergadura y artista austero, esencialmente voluntarioso, de inteligencia poco común, vivaz, aguda e inquieta, que ocultaba, tras lo absoluto de las opiniones y la rigurosidad de los juicios, no sé qué duda en lo referido a sí mismo ni qué falta de esperanza en llegar a satisfacerse, sentimientos amarguísimos y nobilísimos cuyo desarrollo propiciaba en él ese exquisito conocimiento que de los maestros poseía, la codicia que experimentaba por los secretos que les atribuía, la perpetua presencia que en la mente tenía de sus perfecciones contradictorias. No veía en el arte sino problemas de determinada matemática más sutil que la otra, que nadie ha sabido explicitar y cuya existencia muy pocos pueden sospechar. Gustaba de hablar del arte sabio; decía que un cuadro es el resultado de una serie de operaciones... Mientras que a una mirada candorosa le parece que las obras nacen del halagüeño encuentro entre un tema y un talento, un artista de esa categoría tan profunda, más profunda quizá de lo recomendable, retrasa el goce, crea la dificultad, teme los caminos más cortos.

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Cama

Malcolm Ede, el protagonista de Cama, no es un niño común. Su curiosidad insaciable y su desprecio sistemático hacia las convenciones resultan tan exasperantes como enigmáticos. Durante la adolescencia parece tenerlo todo: carisma, atractivo, magnetismo, aplomo. No es suficiente: el día de su vigesimoquinto aniversario Mal decide no salir nunca más de la cama, y empieza a comer hasta convertirse en el hombre más gordo del planeta. A su alrededor los miembros de su familia, ligados por relaciones de dependencia, orbitarán como satélites sin nombre, espectadores impotentes de un circo mediático cada vez más grotesco: la consentidora madre, sacrificada mártir cuya adoración enfermiza sella el destino de Mal; el padre taciturno, torturado por recuerdos lejanos y empeñado en enigmáticos esfuerzos; o Lou, la abnegada novia, incapaz de desprenderse del pasado. Sobre todos ellos se alza la voz de su tímido hermano, perpetuamente relegado y cautivo en una encrucijada de amor y resentimiento, que vuelve sobre esta historia cálida y emocionante cuando ya parece a punto de terminar. 

Galardonada con el premio To Hell with Prizes 2010 y repleta de inesperados hallazgos verbales, la primera novela de David Whitehouse constituye un relato tragicómico y tierno, amargo pero esperanzado; una meditación en torno a la complejidad de los lazos familiares, los inasumibles peajes de la madurez y el amor y sus zonas de sombra. 

«David Whitehouse ha tomado lo que no sería más que un gancho argumental efectista en manos de un escritor menos dotado -un romance que triangula en torno a un postrado espectáculo mediático: el hombre más obeso del mundo- y lo ha convertido, mediante una prosa lapidaria, en una conmovedora meditación en torno al amor fraterno, tan singular como universal.» Teddy Wayne
«Un gran talento para la descripción estrafalariamente inteligente. No hay duda de que el autor de Cama es un escritor a seguir.» The New York Times 

1
Cuando duerme, suena como un cerdo hozando un montón de hollín en busca de trufas. No puede decirse que sea exactamente un ronquido, más bien se trata de un estertor. Por lo demás, es un amanecer silencioso; es la mañana del Día Siete Mil Cuatrocientos Ochenta y Tres, según el contador instalado en la pared.
     Esta calma solo se ve alterada por el ruido de un cuervo al estrellarse contra la puerta del patio. El tremendo estrépito no consigue despertar a Mal, de cuyo pecho continúan brotando poderosos bramidos que resuenan en mis oídos como la conversación de sónar entre un delfín y un submarino.
     Mal pesa casi seiscientos cuarenta kilos, o eso aventuran algunos. Eso es mucho, es más de media tonelada. Su apariencia es la de esas ballenas que habréis visto en fotografías, reventada después de quedar varadas en la playa, desgarradas por la dilatación de gases internos, la espesa capa de grasa alfombrando la arena. Ha ido creciendo e inflándose a todo lo ancho de su camastro, formado por dos colchones de matrimonio y uno individual. Su masa se ha extendido tanto desde el centro de su esqueleto que parece un enorme edredón de carne. Le ha costado veinte años alcanzar tal envergadura. Un bloque de carne picada del tamaño de una camioneta embutida en un par de medias baratas, con capilares rotos aquí y allá. La grasa ha conquistado las uñas de sus manos y de sus pies, sus pezones se han estirado hasta adquirir el tamaño de la palma de la mano de una mujer, y únicamente un elemento dotado de la tenacidad de una miga de bizcocho se atrevería a navegar entre los pliegues de su barriga. Ahora mismo debe de haber espacio ahí para alojar dos pastelillos como mínimo. A lo largo de veinte años, Mal ha llegado a convertirse en un planeta con sus propios territorios pendientes de cartografiar. Nosotros -Lou, mamá, papá y yo- somos sus lunas, estamos atrapados en su órbita.

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martes, 24 de julio de 2012

Los huerfanitos

Ausias Susmozas, manirroto patriarca del Pigalle -teatro que conoció grandes días de gloria- se fue a dormir el primero una sola vez en su vida. Sucedió hace escasos días: cuando las deudas eran ya más poderosas que sus excusas, agarró el petate y se mudó al otro barrio. Su muerte reúne por primera vez en mucho tiempo a sus tres hijos, para los que eligió nombres que empezaban por las tres primeras letras del abecedario. Ya en este céntrico teatro madrileño con pasado de oropel y futuro de gotelé, Argimiro, Bartolomé y Críspulo parecen dispuestos a recoger un consuelo monetario que compense el nulo cariño que les dispensó su progenitor. Pero las deudas, como la alopecia, se heredan, así que ahora deben enfrentarse al desastre: el banco se quedará el Pigalle si no logran reunir el dinero suficiente. La única solución a este fenomenal brete pasa por ganar una subvención mediante el estreno, en un plazo de cinco meses, de un montaje teatral que llevará por título La vida.
Pero, como sabemos, las familias desgraciadas lo son cada una a su manera, así que deberán lidiar con sus monederos vacíos, con un director inepto, con un grupo de pensionistas como único apoyo técnico, con actores reclutados en un grupo de terapia y con sus propias vidas, que no lograrían una cédula de habitabilidad ni con la ayuda del supervisor más conchabado.

Santiago Lorenzo, director de Mamá es boba y autor de la novela Los millones, congela la sonrisa del lector con una prosa a menudo cómica, a veces terrorífica, otras tierna y siempre aquilatada. Los huerfanitos se puede leer como sátira del mundo teatral, pero por encima de todo nos recuerda que un paseo por la calle esconde más claves sobre la crisis moral y económica que cualquier estadística.

1
Ausias Susmozas, empresario teatral de éxito notorio, requirió la extremaunción después del último telediario. No fue sencillo encontrar a quien oficiara, porque ya eran las tantas. Finalmente, un sacerdote del colegio Gaztelueta se ofreció a la administración de los óleos y tomó confesión al moribundo. Empezó el cura, para despertar a Ausias de la modorra.
     -Ave María Purísima.
     -Hola.
     -Dime tus pecados.
     -Te voy a decir los que no he cometido, que si no no acabamos nunca.
     -Vale.
     -Los he cometido todos. Menos uno.
     -Cuál.
     -El sexto de los capitales.
     El sacerdote no recordaba muy bien de qué iba ese. Reunió valor, venció vergüenza, apeló en su conciencia al bien morir del enfermo y preguntó.
     -Cuál era el sexto, que a veces los confundo.
     -La envidia. La he provocado toda. Pero nunca he sentido ninguna.
      De penitencia se recetó una jaculatoria, porque a Ausias no
le restaba hálito para más. Su interpelación final fue para el lealísimo
Gran Damián.
     -¿Esos tres siguen sin venir? 

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Un cadáver exquisito

Los símiles meteorológicos se han convertido en un lugar común para explicar la crisis ante la evidencia de que la economía es tan incontrolable como la naturaleza. Pero afloran ya otras familias semánticas, como el vocabulario de quirófano o incluso el funerario. La cultura se desangra, decimos, agoniza. Abierta en canal, con heridas irreversibles que amenazan su democratización. Cae sobre ella un impuesto temerario dispuesto a expulsar de su feudo a los más de cinco millones de personas que no tienen un trabajo, incluso a quienes, teniendo poco, comprenden que la cultura se paga. La calle grita: «la cultura no es un lujo», aunque en verdad no sea otra cosa si entendemos el lujo como una experiencia y no como una posesión. El problema es que hoy se cae el entrecomillado al triplicarse su IVA, como el alcohol y el tabaco. Un asunto que informa con gran transparencia acerca del ideario político y moral del Gobierno. 
 Ni pan ni circo. Se acabó la facilidad para repartir cultura a pesar de su valor identitario. Ser espectador —excepto para la clase media-alta— ya no podrá ser un ejercicio entendido como la manta que nos da cobijo y enaltece el ánimo. Ni como un escudo de protección, sino como un cadáver exquisito. Y ojalá fuera en el sentido surrealista de la expresión, porque un teatro o un concierto vacíos expresan mayor desolación que un edificio abandonado a medio construir, ya que allí, en aquella sala, se pretendía -con mayor o menor acierto- servir en bandeja una ración de alimento para los sentidos.

Hoy conviven en las páginas culturales de un periódico las tradicionales bellas artes, Juego de tronos, Lady Gaga y los crucigramas, en una clara muestra de su popularización, como resultado de la demanda del gran público. Sobre esta supuesta banalización, así como del impacto digital que con pasmosa naturalidad —y a menudo con ingenio y talento— convierte al ciudadano en crítico literario, además de la función del periodismo cultural, debatían Montse Domínguez, Llàtzer Moix, Antonio Lucas, Winston Manrique o Sergio Vila-Sanjuán en la UIMP.

«Los periodistas somos vicarios de la realidad», anunció Juan Cruz en dichas jornadas, donde los asistentes firmamos un manifiesto contra las últimas medidas del Gobierno. Y más cuando «nos duermen con cuentos de terror», añadió el periodista parafraseando a León Felipe. Las manifestaciones de la semana pasada, expresando la desolación entre artistas, distribuidores y público alertan sobre la necesidad de que los periodistas culturales analicen las consecuencia de las medidas. Porque de la misma forma que los súper-IVA desatarán la economía sumergida y el fraude, es de esperar que no sólo favorezcan la piratería y las descargas, sino que aflore de nuevo aquel término tan manido de los años sesenta, una subcultura dispuesta a resucitar el cadáver o a transformarlo en vampiro.

lunes, 23 de julio de 2012

La ventaja de la reescritura

Una observación personal, que quizás sorprenda a los más jóvenes: los que somos hijos de activistas o militantes políticos argentinos de la década de 1970 nunca fuimos al estadio con nuestros padres, que consideraban (no sin cierta razón) que el fútbol es algo así como el opio de los pueblos. Claro que esta no es la única manera de concebir los vínculos entre la política y el deporte de masas en Argentina -véase el excelente artículo de Gustavo Veiga aquí y esa magnífica novela de Martín Kohan que es Dos veces junio, entre otros-, pero lo que importa es que ésa es la manera en que era concebido durante nuestra infancia por nuestros padres, y que por ello muchos nos aficionamos tardíamente al fútbol, cuando éste ya no podía representar para nosotros lo que representa para tantos de nuestros amigos y colegas: una especie de país de la infancia.   Yo no echo de menos ese país y tampoco las circunstancias en las que comencé a interesarme por el fútbol gracias a mi amigo C.G. de Isla, que me llevó por primera vez a un estadio a ver al Rosario Central -que, a todos los efectos, es "mi" equipo-, lo que equivale a decir que me dio una pistola cargada con la que dispararme una y otra vez en el pie, pero antes me mostró el vídeo del que consideraba el mejor partido de fútbol de la historia. Ese partido era el FC Barcelona-Sampdoria del 20 de mayo de 1992 en el que el Barça obtuvo su primera Copa de Europa: tendrían que pasar varias décadas -y una sucesión ininterrumpida de fichajes absolutamente disparatados y de resultado pésimo (1)- para que volviera a ver esas catedrales sobre el césped; curiosamente, de la mano de uno de los hombres que estuvo en el campo aquella noche y otra noche en una habitación en *osario ante mi asombro.     2   Todo esto viene a cuento, si acaso, para decir que no soy el lector ideal de un libro dedicado al RCD Espanyol, en particular si éste echa por tierra con argumentos sólidos uno de los mitos más queridos por quienes somos culés: el del supuesto antifranquismo y el catalanismo acendrado del club, que hace de la identificación con sus colores una especie de identificación con la lucha antifranquista y con algunas de las mejores cosas de este país, llámese España o Catalunya. Enric González -bien conocido por los lectores como el autor de las magníficas Historias de Londres (1999), Historias de Nueva York (2006), Historias del Calcio (2007) e Historias de Roma (2010), reunidas recientemente por RBA en Todas las historias (2011)- demuestra en Una cuestión de fe cómo la leyenda del Barça resistente fue una construcción de Manuel Vázquez Montalbán y de otros intelectuales y periodistas catalanes ansiosos por reescribir la Historia, pero no lo hace atribuyendo ese carácter antifranquista al Espanyol, como sería prescriptivo en un país que sólo puede pensar en términos dicotómicos como España. En realidad, viene a decir González, ambos clubes fueron franquistas cuando debieron serlo y antifranquistas cuando el sentido común dictaba que lo debían ser, de manera que las visiones contemporáneas de su historia no son más que el resultado de un enfrentamiento tácito entre ambos clubes en el marco del cual el Barcelona supo reinventarse y el Espanyol no pudo hacerlo, con el consiguiente fracaso no sólo deportivo de la institución.   Una cuestión de fe tiene el raro mérito de hacer atractivo ese fracaso en un contexto en el que las identidades futbolísticas y los textos que las glosan se articulan en torno a victorias y no a decepciones. Si es cierto que "la identidad del Espanyol se ha construido desde la minoría, con derrotas muy dolorosas, una época de exilio y una constante necesidad de resistir" y es, por lo tanto, "la fe" (66) en los triunfos futuros y permanentemente postergados, es difícil imaginar por qué razón uno es del Barcelona, que hace de la épica del fracasado uno de sus argumentos principales. A mí se me ocurren dos: la plasticidad de su fútbol -que González se resiste aquí a llamar "belleza" (véase 48-50)- y el hecho de que su causa ha sabido inspirar textos magníficos (como el Rosario Central, por cierto). Éste de Enric González -que aparece en la colección de libros sobre fútbol de la pequeña editorial madrileña Libros del K.O. en la que ya han aparecido textos breves de Manuel Jabois, Marcos Abal, Julio Ruiz, Antonio Luque y Ramón Lobo- es tan bueno que merecería haber contribuido a la causa del Barcelona.     Enric González Una cuestión de fe Madrid: Libros del K.O., 2012   (1) Lopetegui, Escaich, Korneyev, Amunike, Dehu, Dugarry, Reiziger, Romerito, Okunowo, Rustu, Keirrison, Henrique, Pellegrino, Bogarde, Ciric, Sonny Anderson, Zenden, Dani García, Rochemback, Geovanni, Christanval, Dutruel, Mario, Gudjohnsen, Hleb, Maxi López, Chygrynsky y otros. (Algunos de ellos, por cierto, los jugadores más feos de la historia reciente del fútbol.)  El Pais

Intruso en el polvo

Lucas Beauchamp, un anciano negro al que se le acusa del asesinato de un hombre blanco, corre peligro de ser linchado. Gavin Stevens, un eminente abogado local, está empeñado en que se haga justicia, pero el viejo testarudo rechaza su ayuda. En cambio, es a Chick, el sobrino de dieciséis años de Gavin, a quien Lucas confiesa la verdad. Para salvar al viejo, Chick, ayudado por su amigo Aleck Sander y Miss Habersham, va al cementerio para desenterrar el cuerpo del hombre por el cual Lucas es acusado de asesinato. En una carrera desesperada contra el tiempo, Chick descubre el secreto de la tumba, sólo para revelar otro enigma que desconcierta al pueblo sediento de sangre.

Una novela de misterio, amor, inocencia y culpa, que explora pasiones y prejuicios que siguen vivos en la historia presente.

«El ritmo de Intruso en el polvo es tan frenético como meditativo, no pierde un minuto. [...] El suspense es el de la persecución: en unas ocasiones a cámara lenta, en otras a paso ligero […] Intruso en el polvo es increíblemente divertida. La veracidad y la precisión de Faulkner para describir el mundo que lo rodea permiten que el hilo cómico nunca se pierda o se enrede […] Sus historias no están adornadas de humor, sino que el humor emana de ellas, tanto de su sangre y sus huesos como de su pasión y su lirismo.»
Eudora Welty

El Pais

Muere la editora Esther Tusquets

Esther Tusquets (Barcelona, 1936) ha fallecido hoy a los 75 años en el hospital Clínico de Barcelona por una pulmonía. Padecía párkinson desde hacía años. La escritora y editora dirigió durante casi 40 años la editorial Lumen, que compró su padre. Publicó en 1978 su primera novela, El mismo mar de todos los veranos, a la que siguieron El amor es un juego solitario y Varada tras el último naufragio, que integran La trilogía del mar. Para no volver, Con la miel en los labios, ¡Bingo!, dos volúmenes de relatos (Siete miradas en un mismo paisaje y La niña lunática y otros cuentos), que reunió Fernando Valls en Carta a la madre y cuentos completos. Es autora, entre otros títulos, de tres libros de memorias: Confesiones de una editora poco mentirosa, Habíamos ganado la guerra y Confesiones de una vieja dama indigna.

Su trayectoria estuvo caracterizada por la calidad de autores frecuentemente descubiertos por ella. Fue el caso de Gustavo Martín Garzo, que pasó de publicar en un sello local a ganar el Premio Nacional de Literatura con El lenguaje de las fuentes. Además, fue pionera en dar a conocer a escritores nunca antes editados en España (Susan Sontag, por ejemplo) y en crear colecciones de literatura infantil magníficamente ilustradas, cuando ese género era aquí casi inexistente. También creó una excepcional colección de poesía nada rentable en aquella época y la ya emblemática Femenino Singular, una colección sólo para mujeres escritoras.
Estudió en el Colegio Alemán y más tarde, en las Universidades de Barcelona y Madrid, donde cursó los estudios de Filosofía y Letras, con especialidad Historia. A finales de los noventa las cifras del negocio amenazaban con obligarla a dedicar más tiempo a los números que a la literatura vendió el 80% del sello a una multinacional (Random House Mondadori).

Paralela a la edición, Tusquets desarrolló una brillante carrera como escritora que comenzó en 1978 con El mismo mar de todos los veranos y cuya última entrega es ¡Bingo! Entre uno y otro, más novelas, relatos, ensayos y memorias como Prefiero ser mujer y Memorias de una editora poco mentirosa (ambos publicados por RqueR, el sello que montó con su hija al dejar Lumen).

En 2006 la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña rindió un homenaje a Tusquets en el que su amiga, la escritora Anna Moix la definía como "una escritora proustiana que utiliza la memoria como arma de conocimiento. Con ella realiza un espléndido ajuste de cuentas con las costumbres de la España del último medio siglo". En aquel acto, su hermano Oscar Tusquets arquitecto, diseñador y también escritor, recordaba la anécdota de infancia que mejor definía la personalidad de su hermana Esther. Peleado con ella, Oscar le lanzó un cuchillo que le rompió un diente. Esther contuvo la ira y al cabo le espetó: "¡Pues no se lo voy a contar a los papás!". "A Esther o se la teme o se la adora. O se la adora temiéndola, como es mi caso".

En su última entrevista concedida para EL PAÍS, la escritora conversaba con su hermano el arquitecto Oscar Tusquets sobre Tiempos que fueron (Bruguera), unas memorias familiares a cuatro manos. Ambos coincidían en algo: sabían cómo les gustaría morir. Oscar ha hecho testamento vital y Esther había tomado también algunas medidas. Ella quería morir en su "pisito de la calle Muntaner" o junto al mar. "No quiero que me ingresen en un hospital. No quiero un final feo y sórdido".

Esther: "El año pasado creí que iba a morir, no tuve miedo, pero sí pensé en el futuro de mis perras".

Oscar: "¿Cuántas veces me llamaste? Muchas. ‘Oscar, ¿me quieres? Me muero".

Esther: "Solo te llamé dos veces".

Oscar: "Bueno, solo dos".

Esther: "No quiero que me incineren".

Oscar: "No me digas que tienes miedo al fuego".

Ester: "Quiero que me construyas un panteón cerca de Vicenza".

El País

domingo, 22 de julio de 2012

Los libreros temen desaparecer por el fin de las ayudas para libros de texto

La Librería Multicolor, inaugurada en 1928, es una de las más emblemáticas de Madrid. Situada en la calle Arenal, junto a la Puerta del Sol, podría tener los días contados. Su encargado, Juan Antonio del Valle, está intranquilo. La eliminación de las ayudas para la compra de libros de texto por parte del Gobierno de Madrid le inquieta. “Nos arruinará completamente”, denuncia. El pasado curso, 311.252 alumnos de Primaria y Secundaria percibieron el cheque-bono, con una dotación de entre 90 y 110 euros por escolar. “Cerca de un 50% de los clientes empleó los cheques de la Comunidad”, asegura Del Valle. Y no se equivoca: el total de alumnos de estos niveles educativos durante el pasado curso fue de 633.126 -entre públicos, concertados y privados-, por lo que el 49,16% se benefició.
Como otras tantas librerías de Madrid, su “supervivencia” pasa por la campaña de venta de estos libros, que se desarrolla durante el verano y los meses de septiembre y octubre. “Hay que vender muchísimo para mantener el negocio, y eso solo se consigue con el libro de texto”. El pasado 3 de julio, la Asamblea aprobaba los nuevos presupuestos para el ejercicio 2012 y, entre los recortes, se incluyó la supresión de las becas de libros de texto para el próximo curso. A cambio, el Ejecutivo regional anunció la implantación de un sistema de préstamo de ese material en los centros educativos al que se podrán acoger las familias con menos recursos económicos. La medida supone la transferencia directa a los centros de los fondos necesarios para la compra y gestión de los libros, que se adquirirán cada cuatro años. “Todavía no sabemos el plan de compra que pretenden instaurar, pero si se hace directamente con las editoriales, estamos perdidos”, augura Del Valle.

 El pasado curso 310.000 familias percibieron el cheque-bono.

 La presidenta de la Asociación de Libreros de Madrid, Pilar Gallego, también muestra su preocupación. “La tarjeta-monedero que brindaba la Comunidad aseguraba nuestra actividad. Eran los padres los que elegían libremente dónde comprar. Con el nuevo sistema, nos veremos abocados a cambiar el modelo de negocio y puede suponer el cierre de muchas librerías”. Con unas 200 empresas adscritas a esta asociación, la presidenta denuncia que en la última entrevista que mantuvieron con la consejera de Educación, Lucía Figar, no se les informó del cambio. “El libro de texto es una parcela importante de facturación para muchos de los asociados”, añade.

En la calle de los Libreros, junto a la Gran Vía, hace tiempo que se dejaron de formar colas para la adquisición de libros escolares, pero todavía hay algunos comercios que viven de ello. Carmen Chillón despacha en la Librería Fortuna, en funcionamiento desde 1936. Su reacción no dista de la Del Valle: “Si los centros empiezan a comprar los libros, nuestras ganancias caerán en picado. Supondrá nuestro cierre”. Como su compañero del gremio, estima que gran parte de los clientes empleó el cheque-bono el pasado curso. Chillón barre para casa: “Si la cuestión es el ahorro, nosotros ya vendemos libros de texto de segunda mano a un precio bastante reducido”. A pocos metros, Luis Derecho, de la Librería Madrid, desprende optimismo. “Esperamos que la Comunidad se solidarice con nosotros y la compra de libros por parte de los centros se haga a través de las librerías”.
“Lo han hecho fuera de plazo y sin contar con la opinión del sector”. Es lo que opina el presidente de la Asociación Nacional de Editores de Libros y Material de Enseñanza (ANELE), José Moyano, que tampoco está satisfecho con las “maneras” de la consejería. Aunque están a la espera de que se concrete el plan, critica que el departamento que dirige Figar no les haya comunicado oficialmente el nuevo sistema. “Va contra el programa electoral del PP y la calidad de la educación”, opina. La asociación aglutina a unas 40 empresas ligadas a la edición educativa, entre ellas Santillana —del grupo PRISA, editor de EL PAÍS—, Anaya o SM. Moyano asegura que, como cada año, las familias están realizando sus pedidos en las librerías y las editoriales han empezado la distribución. “Están alterando la cadena de comercialización del libro, con muchos puestos de trabajo detrás”. En caso de registrar pérdidas, estudiarán pedir “responsabilidad patrimonial” a la Administración autonómica. “Hemos solicitado una reunión urgente con Figar y estamos a la espera de una respuesta”.

Becas libros de texto

La Comunidad de Madrid puso en marcha el sistema de ayudas para libros de texto en el curso 2006-2007 para los alumnos de Primaria y Secundaria, con una cuantía de entre 90 y 110 euros por escolar.
Beneficiarios:
  • 2006-2007: 223.505
  • 2007-2008: 293.369
  • 2008-2009: 303.133
  • 2009-2010: 311.186
  • 2010-2011: 299.974
  • 2011-2012: 311.252

Durante el curso 2011-2012, el total de alumnos de primaria y secundaria fue de 633.126. Recibió la ayuda casi el 50% de escolares.


Los editores estudiarán pedir "responsabilidad patrimonial" en caso de registrar pérdidas
En otro punto de la ciudad, en el barrio de Argüelles, la Librería Gaztambide se suma a la rebelión de los vendedores tradicionales. “Con los best-sellers no nos mantenemos, las grandes superficies comerciales nos comen”, explica el propietario Cristóbal González, que acumula más de 25 años detrás del mostrador. En lo que a la venta de libros de texto se refiere, los libreros son los “amos”. “No pueden competir con nosotros en ese terreno. Conocemos al detalle cada una de las publicaciones y proporcionamos las listas de libros enteras. Hace años que el cliente volvió a nuestros brazos”. Ahora el problema no son las grandes superficies, sino la supresión de las ayudas. “Nos condenarán al cierre”, dice sin mostrar duda alguna.
Desde la Consejería de Educación, desconocen el dinero que destinarán finalmente al sistema de préstamos de libro y están a la espera de conocer los fondos que el Ministerio de Educación transferirá a las comunidades autónomas en concepto de Becas y Ayudas. Tampoco han fijado el plan para la compra de libros por parte de los centros, aseguran fuentes de la consejería.

El País