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Pruebas

miércoles, 25 de julio de 2012

El farsante feliz. Un cuento de hadas para hombres cansados

Lord George Hell, mujeriego y jugador, cae perdidamente enamorado de una joven e inocente bailarina llamada Jenny Mere, a quien inmediatamente propone matrimonio. Ella le rechaza, alegando que sólo se casará con un hombre que tenga cara de santo. Así que él, desesperado, busca una máscara que llevará siempre puesta para engañarla hasta que finalmente ella cede. A partir de entonces, el poder de la máscara sorprenderá al propio George. El hábito, ¿hace al monje?
"Beerbohm escribió relatos, teatro, una novela, cuentos, conferencias y resulta que su obra es numerosa y breve porque solía publicar todo por separado, en ediciones bonitas, aunque terminara juntando los cuentos... Además fue un exquisito y refinado caricaturista y sus dibujos no se cotizan menos que sus escritos. Por ejemplo, el librito (más fábula que cuento) que acaba de publicar Acantilado, El farsante feliz. Un cuento de hadas para hombres cansados se publicó como The Happy Hypocrite en Londres, en 1897, pero más tarde se reeditó en su colección de cuentos Seven Men (1919), donde está sin duda lo mejor de su obra, por ejemplo el relato Enoch Soames, que tradujeron Borges y Bioy para su Antología de la Literatura Fantástica... Esa colección de cuentos y la frívola y refinada novela Zuleika Dobson (1911) es lo mejor de la escritura refinada, casi algo rococó a veces, de Beerbohm".
Luis Antonio de Villena,
El Mundo 



  I

Se cuenta que de todos los que alguna vez formaron parte de la festiva corte del Regente ninguno fue tan perverso como Lord George Hell. No merece la pena incomodar a los pequeños lectores con una lista completa de sus perversiones. Basta que sepan que era voraz, destructivo y rebelde. Me temo que es completamente cierto que se quedaba en la Casa Carlton hasta altas horas de la noche, entretenido en juegos de azar, y comiendo y bebiendo más de la cuenta. Su debilidad por la ropa elegante era tal que entre semana iba tan atildado como los parroquianos el domingo. Tenía treinta y cinco años y sus padres se avergonzaban de él.
Pero quizá lo peor de todo era el mal ejemplo que daba a los demás. Nunca, nunca se preocupó por disimular su perfidia, de modo que al cabo del tiempo todo el mundo supo lo monstruoso que era. Es más, creo que se enorgullecía de su monstruosidad. En su notable Contemporary Bucks [Personajes contemporáneos], el Capitán Tarleton sugiere que el innegable candor de Lord George, tomado como virtud, debería bastarnos para perdonar, si no todas, algunas de sus abominaciones. Sin embargo, por mucho que lamente contradecir a un autor fallecido, sostengo que el candor es encomiable sólo cuando revela acciones o sentimientos buenos, y despreciable en cambio cuando revela perfidia.

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