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Pruebas

domingo, 15 de julio de 2012

Jamás el fuego nunca

El título de esta subyugante y demoledora novela nace de un enigmático verso del poeta César Vallejo y anticipa, de algún modo, la historia de una pasión (de un fuego) nacida bajo el signo del fracaso, además de esa otra historia, más allá del umbral de la muerte, de un proyecto revolucionario de izquierda derrotado. Los protagonistas, una mujer (que relata para nosotros) y su compañero, parecen instalados en un tiempo que ya no es su tiempo, el nuevo siglo, el nuevo milenio y, desde él, revisan la futilidad de su aventura y la muerte de su hijo. Todo ello en el espacio reducido de una habitación que es un mundo con un orden, diríamos, propio y casi fantasmal: el espacio adecuado quizá para hablar de decadencia de las ideologías y de los cuerpos.
Gracias a una prosa que no teme a la convulsa belleza que André Breton reclamaba, Diamela Eltit arma un relato de una efectividad impresionante: una suerte de obituario definitivo para una experiencia compartida, un fracaso en el que cohabitó toda una generación que creyó en un proyecto social y revolucionario luego frustrado.
La lectura de Jamás el fuego nunca supondrá, para cualquier lector, una experiencia literaria de primer orden.
«Pertenezco al conjunto de escritores chilenos que vivió en el país durante toda la dictadura de Pinochet y como una acción de salvataje cultural constituimos el "inxilio" o exilio interior. A lo largo de los años -más de 30- pasamos desde la violencia como situación cotidiana a la violencia del mercado producida por un neoliberalismo verdaderamente intensificado. (...) Aunque no ha sido simple ni, menos, fácil, se escribe. Y eso es importante o apasionante o estimulante. Se escribe porque sí o porque no. No importa. La letra fluye entre los enconos o los rencores o los amores y, fundamentalmente, a través de los pliegues y repliegues de la imperfecta e incesante historia.»

PÁGINAS DEL LIBRO
Jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto
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CÉSAR VALLEJO

Estamos echados en la cama, entregados a la legitimidad de un descanso que nos merecemos. Estamos, sí, echados en la noche, compartiendo. Siento tu cuerpo doblado contra mi espalda doblada. Perfectos. La curva es la forma que mejor nos acomoda porque podemos armonizar y deshacer nuestras diferencias. Mi estatura y la tuya, el peso, la distribución de los huesos, las bocas. La almohada sostiene equilibradamente nuestras cabezas, separa las respiraciones. Toso. Levanto la cabeza de la almohada y apoyo el codo en la cama para toser tranquila. Te molesta y hasta cierto punto te preocupa mi tos. Siempre. Te mueves para señalarme que estás ahí y que me he excedido. Pero ahora duermes mientras yo mantengo ritualmente mi vigilia y mi ahogo. Tendré que decirte, mañana, sí, mañana mismo que habré de racionar tus cigarrillos, llevarlos al mínimo o definitivamente dejar de comprarlos. No nos alcanza. Apretarás las mandíbulas y cerrarás los ojos cuando me escuches y no me vas a contestar, lo sé. Permanecerás impávido como si mis palabras no tuvieran el menor asidero y siguiera allí íntegra la cajetilla que compro fielmente para ti.
     Te gusta, te importa, necesitas fumar, lo sé, pero ya no puedes, no puedo, no quiero. Ya no. Pensarás, lo sé, en cuánto te has sostenido en los cigarrillos que sistemáticamente consumes. Ha sido así, pero ya no es necesario.

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