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Pruebas

viernes, 6 de julio de 2012

Silencio en Milán

MINÚSCULA


Atrapar una imagen y reproducirla «viva, grande, colorida, con todos los caracteres precisos de la realidad y todas las deliciosas vacilaciones de lo irreal». Este deseo, que Anna Maria Ortese expresó en su juventud, vertebra toda su obra, que se caracteriza por una originalidad subyugadora. En Silencio en Milán, de 1958, situada en algún punto intermedio entre el relato y la crónica, la mirada tierna y penetrante de Ortese se posa en los personajes de una ciudad de claroscuros con el ánimo de descifrar el misterioso silencio que, a la hora del crepúsculo, invade las calles e impregna los edificios. Y así, casi mágicamente, aflora lo fantasmal de ciertos ambientes urbanos: la estación, los locales nocturnos, los aparthoteles, pero también las pequeñas grandes historias que se viven entre las paredes de las casas, como en el extraordinario «La mudanza», que cierra el volumen.

Una noche en la estación 
      El inspector jefe nos recibió en su despacho, ubicado en el ala izquierda del edificio, a dos pasos del andén de cabeza, frente a la última vía del patio de maniobras. Por una de las muchas puertas que dan a dicho andén se accede a un pasillo mal iluminado, donde un portero sentado a una mesa leía el periódico. Aquel hombre nos pareció, quizá a causa de la escasa luz, excesivamente alto y cascado. No bien franqueamos el umbral de la Galería de los vagones, experimentamos una sensación de desazón y enojo, y algo así como una leve repulsión, por cada aspecto y detalle de la gran estación, que no sabíamos a qué atribuir. Había en el tráfico febril cierta inmovilidad, en la solemnidad de aquellas paredes, algo opresivo y apagado, que las hacía más altas; luego, la lluvia oscura fuera, y dentro una iluminación mediocre, o que en cualquier caso era incapaz de soportar el peso de las amplias bóvedas negras ni de las profundas marquesinas, también negras, ni de las columnas, los ta biques, las enmarañadas decoraciones de estilo asiriobabilonio, forzosamente tenían que causar aquella desazón, la misma que se siente al entrar en un lugar que lleva tiempo deshabitado, y en el que perdura todavía el aliento de las personas desconocidas que le infundieron vida. 

       El inspector, a la mesa de su despacho, el segundo del pasillo en el que nos habíamos adentrado, nos recibió primero con cierta perplejidad; luego, cuando supo por qué motivo estábamos ahí, sonrió, e incluso no pudo ocultar una benévola curiosidad. Era un hombre mayor, pero bajo y delgado, con el rostro color madera marcado por una trama de arruguitas y con los ojos ligeramente más intensos y brillantes de lo normal. 

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