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Pruebas

miércoles, 31 de julio de 2013

El rostro de la batalla

Publicado originalmente en 1976 y actualizado en 2004, este es el libro que consagró a John Keegan como el mejor historiador militar de su generación: un clásico tanto por la profundidad de su análisis como por su calidad literaria.
"Nunca he estado en ninguna batalla", empieza reconociendo el autor, para luego sumergirse en el análisis de Agincourt, Waterloo y el Somme, tres batallas contadas desde el punto de vista del soldado: el miedo, el ruido, la violencia, el valor, las explosiones, la confusión.
El rostro de la batalla es una mirada a la experiencia directa de las personas "en el punto de máximo peligro", examinando las condiciones físicas de la confrontación, las emociones particulares, las dinámicas que se experimentan en el campo... y los motivos por los que el soldado se mantiene en pie y sigue luchando en vez de darse la vuelta y huir. 
"El libro que cambió la forma de escribir historia militar".- The Daily Express

"En este libro creativo y original uno aprende tanto de la naturaleza humana como de batallas".-
The New York Times Book Review 

1
COSAS VIEJAS, TRISTES Y LEJANAS

¿Nadie me va a decir lo que ella canta?
Su rítmico lamento talvez se deba
a cosas viejas, tristes y lejanas,
y batallas de hace mucho tiempo.
WORDSWORDTH,
"La segadora solitaria"

UN POCO DE APRENDIZAJE
     Nunca he estado en ninguna batalla; ni la he presenciado de cerca, ni la he oído desde lejos, ni he visto sus secuelas.Les he preguntado a personas que sí que han estado, como mi padre o mi suegro. He visitado campos de batalla, en Inglaterra, en Bélgica, en Francia y en Estados Unidos. He recogido a menudo pequeñas reliquias de combate, como un trozo de granada de obús alemán de 5.9 al borde de una carretera próxima al bosque de Poligon en Yprés; o un proyectil anticarro, oxidado en un huerto de Gavrus, Normandía, que dejaría allí, en junio de 1944, algún escocés del 2º de Argyll y Sutherland.

martes, 30 de julio de 2013

La bondad insensata

En los momentos más oscuros de la historia de la humanidad -desde el Holocausto hasta el totalitarismo soviético y las dictaduras más recientes-, ha habido hombres que han tenido la valentía de asumir una responsabilidad personal respecto al mal y que se han prodigado en actos de bondad extrema. ¿Cuál es el resorte que les ha impulsado a una bondad aparentemente insensata? Para Hannah Arendt es la salvaguardia de la propia autoestima y dignidad, mientras que para Vasili Grossman replica handbags Louis Vuitton outlet Mulberry outlet es un antídoto frente al supuesto bien ideológico. Gabriele Nissim nos cuenta su historia, la de esas personas corrientes que han llevado a cabo actos ejemplares, a las que ha podido localizar gracias al trabajo, entre otros, de Moshe Bejski, presidente de la Comisión de los justos, y al mismo tiempo nos ofrece una reflexión sobre el bien y sobre la bondad frente al mal extremo, a través de la contribución de los grandes pensadores del siglo XX que han abordado este tema. 


El espíritu de Marco Aurelio
–Me he dado cuenta de que nunca lograremos erradicar de la historia el mal que unos hombres hacen a otros hombres. A pesar del trauma de Auschwitz, los genocidios y los crímenes contra la humanidad, han continuado en el gulag estalinista, en Biafra, en Ruanda, en Bosnia y los que todavía quedan por llegar, tal y como se percibe a partir del odio que va sembrando el terrorismo fundamentalista. 
-Perdón, pero me parece usted muy pesimista.
-No soy pesimista, solo realista.
-¿Es que no cree en la intervención de las instituciones internacionales para defender los derechos humanos? 
 –Ya me gustaría, desde luego, pero el mal político tiene excesiva fantasía y reaparece una y otra vez en formas nuevas.
–Entonces, ¿no hay sitio para la esperanza en un mundo diferente? –
Algún consuelo nos queda: siempre podemos contar con la obra de los justos que en cualquier época tienen el valor de enfrentarse al mal y salvan siempre al mundo. 
–Pero ¿no es eso demasiado poco?
–Mire, esos hombres que he querido premiar por su valor durante la Shoah, en cualquier caso, lo que nos han demostrado es que un mal absoluto jamás vence del todo. De otra manera la humanidad ya habría sido aniquilada. Sus luces desmienten que el mal pueda triunfar en la vida. Desgraciadamente, esas luces son siempre escasas. Esa es la contradicción.

Un cuarto en la azotea

Ganadora del John Llewellyn Rhys Prize y primera novela de Ruskin Bond, Un cuarto en la azotea narra la historia de Rusty, un huérfano de colonos en una India que comienza a reestructurarse tras la caída del Raj. Vive bajo la estricta tutela de su tío en una pequeña comunidad inglesa en las montañas, cercana a Dehradun, aislada de su entorno y anclada en el pasado. Pronto la curiosidad y el empuje propios de la juventud llevarán a Rusty a buscar más allá de las estrechas fronteras de su hogar, y a comenzar una nueva vida entre las calles y gentes de un país recién dividido.  

CAPÍTULO 1
La leve lluvia de primavera cabalgaba sobre el viento hacia los árboles, volando carretera abajo; impregnaba el aire de una fragante frescura, un olor a tierra, un aroma de flores; prestaba una sonrisa a los ojos del chico de la carretera.
     El largo camino asfaltado circunvalaba y horadaba las montañas, subía y bajaba y torcía hacia Dehra1; descendía de las montañas y atravesaba los bosques y el valle y, después de cruzar la ciudad, terminaba en algún punto del bazar. Pero nadie sabía exactamente dónde acababa, ya que el bazar era un lugar desconcertante, en el que las calles se desvanecían con facilidad.
     El chico se encontraba a tres millas de Dehra. Cuanto más lejos pudiera estar de la ciudad, más feliz sería. Justo en ese momento se hallaba solo a tres millas, así que no se sentía especialmente contento, y, lo que era todavía peor, estaba recorriendo el camino de vuelta a casa.
     Era un chico pálido, con los ojos gris azulado y el cabello claro; la cara era redonda y bien definida y el labio inferior colgaba pesado y flácido. Llevaba las manos en los bolsillos y la cabeza baja; así era como siempre caminaba, lo que le daba un engañoso aire de hastío. Era una persona perezosa, pero no hastiada. 
     Le gustaba cuando la lluvia le moteaba de agua la cara, le gustaban su olor y su frescura; no miraba a su alrededor ni era consciente de lo que lo rodeaba, su mente, como de costumbre, estaba muy, muy lejos, pero percibía el ambiente y sonreía.

lunes, 29 de julio de 2013

La larga vida de Marianna Ucrìa

Sicilia, primera mitad del siglo XVIII. Mientras en Europa se imponen las ideas de la Ilustración, en Palermo Marianna Ucrìa, hija de una familia noble, está destinada al matrimonio o a la clausura, como todas sus primas y hermanas. Los matrimonios y la vida monacal tienen que servir a los intereses de los Ucrìa, que se van emparentando de este modo con las grandes familias palermitanas.
Pero Marianna es sordomuda y para comunicarse debe aprender a expresarse a través de la escritura. A los trece años la casan con un tío suyo, hermano de la madre, y trae al mundo hijos, como de ella se espera, pero su vida sólo se enriquece gracias a la lectura. Así logra conocer el mundo más allá de los estrechos confines en que la encierra su cotidianidad.

A pesar de todo, Marianna conocerá el verdadero amor y su actitud provocará el escándalo. Es ésta la historia de una mujer extraordinaria, antepasada de Dacia Maraini, que sabe afrontar la vida con valentía y pasión en un universo fastuoso en las entrañas del cual reinan sin embargo la sordidez y la mezquindad.


I

Un padre y una hija, ahí están: él rubio, bello, sonriente; ella desmañada, pecosa, asustada. Él elegante y descuidado, con las medias caídas y la peluca encajada de lado; ella encerrada en un jubón amaranto que hace resaltar su cutis color cera.
La niña sigue a través del espejo al padre que, agachado, se ajusta sobre las pantorrillas las medias blancas. La boca está en movimiento, pero el sonido de las palabras no la alcanza, se pierde antes de llegar a sus oídos, casi como si la distancia visible que los separa fuese tan sólo un tropiezo de la mirada. Parecen cercanos, pero están a mil leguas de distancia.
La niña escruta los labios del padre que ahora se mueven más deprisa para saludar a la señora madre, que baje con él al patio, que suba a la carroza porque, como de costumbre, llevan retraso. Mientras tanto Raffaele Cuffa, que camina, cuando está en la casa rural, como un zorro, con pasos ligeros y cautelosos, se ha acercado al duque Signoretto y le tiende una ancha canasta de mimbre trenzado sobre la que se destaca una cruz blanca.

domingo, 28 de julio de 2013

Epitafio de Romain Gary

Romain Gary fue sin duda uno de los más grandes escritores franceses de la segunda mitad del siglo XX, pero además lo fue de una manera irrepetible. Lituano de nacimiento, sus primeras lenguas fueron el ruso, el yídish y el polaco. Nómade, apátrida, camaleón ejemplar e insumiso a las modas de su tiempo, sus exclusivos puntos de apoyo fueron la literatura y la fábula caleidoscópica de su propia vida.

Nancy Huston rinde aquí un homenaje al autor de La promesa del alba, ese escritor de incalculables antifaces y contradicciones, enfrentándolo de tú a tú en sus luces y en sus sombras, en su grandeza y en su fragilidad, en sus mil caras y en su espíritu único e irreproducible, a través de un pormenorizado recorrido biográfico y literario desde el nacimiento hasta el suicidio.


Este libro devela los numerosos rostros de un escritor cuya rara lucidez resulta cada día más vigente y abismante, y que, encarnando en sí mismo a muchos, llevó la multiplicación del yo hasta las últimas consecuencias, incluida su muerte. Bien lo dice Bernard-Henri Lévy: "Gary. Eternamente el mismo. Eternamente otro".



EL ARTE DE HABLAR
CON LOS MUERTOS 
Mauricio Electorat 

Quizás no haya mejor homenaje a un escritor que el que le rinde otro escritor. Quizás no haya mejor homenaje a Romain Gary que el que le rinde Nancy Huston en estas páginas, pues su texto es mucho más que una oración fúnebre, es decir, mucho más que un texto que, en forma de versos o de prosa poética, amalgama los tópicos de una época sobre la muerte y la vida para restituir la vida de un artista desaparecido a la luz de su obra, a la manera, por ejemplo, de los famosos “discursos fúnebres” con los que André Malraux acogía a los “muertos ilustres” en el Panteón de la República, en el París de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. 
 El ensayo de Huston no es poesía funeraria; tampoco es un “sentido” comentario crítico. En rigor, va más allá de la exégesis filológica o, definitivamente, va por otro camino. ¿Por cuál camino? Se diría que este Epitafio pertenece a ese vasto caudal de textos que dialogan con otros textos. Se me señalará de inmediato –y con razón– que todo texto siempre dialoga con otros textos, ya que en literatura el principio dialógico que definió Bajtín como sustrato esencial de la novela se da no sólo al interior de un texto determinado, sino entre textos. La literatura es, así, un vasto, interminable diálogo entre textos recientes y antiguos, entre autores vivos y autores muertos. No obstante, hay textos cuya naturaleza misma, cuya razón de ser, si se prefiere, es la de interpelar a otros textos. Y hay textos que, más que interpelar a otros textos, interpelan a un autor: son textos en los que un escritor “dialoga” –y ya explicaré el uso de estas comillas– con otro escritor. A esta categoría de textos pertenece el Epitafio que aquí presentamos. Pero, cuidado, no estamos ante un ensayo del estilo de los de Borges comentando a Kafka, Cervantes o Flaubert; no se trata de la “palabra” de un autor acerca de otro autor, con el fin, como lo hace Borges, de comunicar a sus contemporáneos su particular lectura de tal o cual clásico (y, de paso, cambiar el canon). Lo que hace Nancy Huston es desentrañar un personaje, intentar comprender su vida y su construcción identitaria, y explicarnos –y explicarse– quién fue verdaderamente Romain Gary. De allí las comillas en la palabra “diálogo”.

sábado, 27 de julio de 2013

Una mujer en Berlín

Quien quiera enterarse de lo que en realidad ocurrió en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial tendrá que preguntárselo a las mujeres. Así lo ve la autora de este libro, que vivió el final de la guerra en Berlín. Sus observaciones aparecieron publicadas por primera vez en 1954, gracias a los esfuerzos del crítico Kurt W. Marek. Además del epílogo que Marek adjuntó a dicha primera edición en inglés, Anagrama recoge una introducción de Hans Magnus Enzensberger donde relata las vicisitudes por las que han pasado estas memorias desde su creación y la razón por la que la autora decidió no revelar su identidad. En este documento único no se ilustra lo singular sino lo que les tocó vivir a millones de mujeres: primero la supervivencia entre los escombros, acuciadas por el hambre, el miedo y el asco, y posteriormente, por la venganza de los vencedores.


«Depurado estilo..., su agudeza analítica y su tema rebasan con creces el mero testimonio» (Cecilia Dreymüller, El País).


«Una implacable observadora que no se deja llevar por el sentimentalismo o los prejuicios» (Hans Magnus Enzensberger).


«Lo sobrecogedor es que no hay en su testimonio la más leve autocompasión ni truculencia» (Robert Saladrigas, La Vanguardia).

VIERNES, 20 DE ABRIL DE 1945, CUATRO
DE LA TARDE
     Sí, la guerra viene arrollando sobre Berlín. Lo que ayer era tan sólo un retumbar lejano es hoy un redoble constante. Se respira fragor de mortero. El oído, ensordecido, ya sólo percibe los disparos del calibre más grueso. Hace ya mucho que dejó de distinguirse su procedencia. Vivimos en un cerco de cañones que se va estrechando con cada hora que pasa.
     De vez en cuando hay horas de un silencio inquietante. De pronto se le pasa a una por la mente que es primavera. A través de las ruinas calcinadas del barrio sopla vaporosamente el aroma de las lilas desde jardines sin dueño. El muñón de la acacia de delante del cine ha reverdecido rabiosamente. En algún momento, entre las alarmas, los jardineros deben de haber cavado, pues en los cenadores de la Berliner Strasse se ve tierra recién labrada. Sólo los pájaros desconfían de este abril; nuestros canalones están sin gorriones.
     A eso de las tres, el repartidor de periódicos detuvo su vehículo junto al quiosco. Ya había unas veintitantas personas esperándole con impaciencia. En un abrir y cerrar de ojos desapareció en una nube de manos y monedas de diez pfennigs. Gerda, la mujer del portero, pescó un puñado de ejemplares de la «edición de noche» y me dejó uno. Ya no es un periódico de verdad sino tan sólo una especie de edición extra, impreso a dos páginas y con la tinta todavía húmeda. De camino, lo primero que leí fue el parte de guerra. Nuevos nombres de localidades: Müncheberg, Seelow, Buchholz. Suenan condenadamente cercanos, ya en la Marca de Brandeburgo. Un vistazo al frente del oeste. ¿Qué nos importa ese frente a nosotros en estos momentos? Nuestro destino viene arrollando como un rodillo por el este y transformará nuestro clima como antaño lo hizo la era glacial. ¿Por qué? Una se atormenta con preguntas estériles. Tan sólo quiero vivir el día a día, acometer las tareas cotidianas.

viernes, 26 de julio de 2013

Entre amigos

Los ocho relatos de Entre amigos transcurren en el kibutz imaginario Yikhat y dibujan retratos maravillosos por su delicadeza de mujeres y hombres que tienen sueños íntimos y experiencias dolorosas privadas a la sombra de uno de los más grandes sueños colectivos de la historia del siglo XX. Un padre cuya hija se va a vivir con un miembro del kibutz tan mayor como él; una mujer que escribe una carta estremecedora a otra mujer por la que su marido la ha abandonado; un niño externo que va a visitar a su padre a un hospital para enfermos mentales; un jardinero que carga sobre sus espaldas con todas las tragedias del mundo: cada una de estas historias personales es una perla de humanidad literaria y juntas forman un collar que es también un retrato de un ideal y de una época. 

El rey de Noruega
     Teníamos en el kibutz Yikhat a un hombre, Zvi Provizor, un soltero bajito de unos cincuenta y cinco años con un tic en los ojos, al que le gustaba dar malas noticias: temblores de tierra, aviones estrellados, derrumbes de edificios con víctimas mortales, incendios e inundaciones. Por la mañana temprano, antes que nadie, leía el periódico y escuchaba todos los boletines de noticias para poder presentarse en el comedor e impresionarte con doscientos cincuenta mineros atrapados sin esperanza dentro de una mina de carbón en China o con un transbordador que había volcado y se había hundido con sus seiscientos pasajeros durante una tormenta en el mar Caribe. También se afanaba en memorizar las esquelas. Se enteraba antes que nadie del fallecimiento de personas de renombre e informaba a todo el kibutz. Una mañana me paró delante del ambulatorio:
     -¿Conoces a un escritor llamado Wislavsky?
     -Sí. Lo conozco. ¿Por qué?
     -Ha muerto.
     -Lamento oír eso. 
     -También los escritores mueren.
     Y en otra ocasión me pilló durante mi turno de trabajo en el comedor:
     -He visto en una esquela que tu abuelo ha fallecido.
     -Sí.
     -Y hace tres años también se te murió un abuelo.
     -Sí.
     -Entonces, este era el último.

Futuro perfecto

Abrir este libro es aceptar una invitación a pensar sobre el presente: qué es realmente el progreso, qué es realmente "ir a mejor", qué razones hay para el optimismo o para la desesperación.

Seguir leyendo le llevará a reflexionar sobre el futuro que se está ya construyendo a través de las nuevas redes del siglo XXI: internet, los nuevos medios y las plataformas abiertas. ¿Adónde nos llevan esas "redes creativas"? ¿En qué van a mejorar o a complicar nuestra vida? ¿Vamos hacia el individualismo más radical, o seremos capaces de compartir en vez de competir?

Si cree que el presente es imperfecto y del futuro ya no sabe ni qué pensar, lea este libro: habla de redes, de ciudadanos, de política y de movimientos de progreso. Pero sobre todo, habla de usted. 
Johnson es un escritor inteligente y sutil, al que no se le ocurre decir que todos los problemas puedan resolverse con un poco de Facebook [...]. Por el contrario [...], se trata de crear plataformas para que los ciudadanos solucionen juntos los problemas".-- The Economist 

PROGRESO, AUNQUE NO LO PAREZCA  
     Uno de los pocos sucesos que tienen asegurada la primera plana de todos los diarios nacionales es que se estrelle un avión de pasajeros. Lo que no es tan seguro es que aparezca en portada una historia sobre un vuelo comercial que estuvo a punto de estrellarse, aunque de vez en cuando ese tipo de no-sucesos consigue captar la atención mediática. Así sucedió el 12 de enero de 2009, por ejemplo, y la primera página del diario usa Today titulaba: "Las líneas aéreas cumplen dos años sin víctimas". Según un análisis de ese diario, la aviación comercial estadounidense había alcanzado un hito sin precedentes en su historia: a pesar de que el número de vuelos había crecido de forma muy notable en comparación con las décadas anteriores, ni una sola persona había fallecido en accidente aéreo de una línea regular en los años 2007 o 2008.
     En términos estadísticos, una racha de dos años sin bajas era un hecho destacable; desde el año 1958, el sector solo había logrado pasar un año entero sin accidentes mortales cuatro veces. Sin embargo, ese récord de seguridad se encuadraba en una tendencia más general: contando a partir de los atentados del 11-s, la posibilidad de morir en un vuelo regular era de diecinueve entre mil millones: había mejorado casi un cien por cien desde la década de 1990, cuando los vuelos ya tenían un nivel de seguridad excelente. Según Arnold Barnett, profesor del mit, un niño estadounidense tenía más posibilidades de ser elegido presidente de su país en algún momento de su vida que de morir en un avión de pasajeros.
     La historia me llamó la atención, entre otras cosas porque yo llevaba tiempo pensando que los grupos mediáticos aplicaban un sesgo engañoso a los hechos, y no me refiero al sesgo habitual entre la izquierda y la derecha, sino a otro más sutil, que les lleva a interesarse más por las malas noticias. Eso de "Donde hay sangre, hay titular" puede ser una buena estrategia para vender periódicos, pero condiciona sin remedio la percepción colectiva de nuestro devenir como sociedad. No nos perdemos ni una amenaza ni una catástrofe, pero las historias que relatan el verdadero progreso quedan relegadas a las páginas interiores, y eso cuando llegan a publicarse.

jueves, 25 de julio de 2013

El caso Orlov

«Tal vez haya llegado el momento de empezar a escribir una nueva historia de la Guerra civil española», nos dice Boris Volodarsky, que fue capitán de los Servicios de Inteligencia Militar de Rusia (GRU) y es el mayor experto en el estudio de los servicios secretos soviéticos.

La nueva documentación disponible en la actualidad permite conocer mucho mejor la realidad de la intervención rusa en España y el papel desempeñado por sus agentes: Gerö, Grigúlevich, Philby (enviado originalmente para asesinar a Franco), Koltsov y, en un lugar muy especial, Lev Nikolsky, conocido como Alexander Orlov -el hombre que engañó a Stalin y ala CIA, y al mundo entero con sus memorias- quien desde febrero de 1937 dirigió el NKVD en España y fue responsable de una etapa de terror sangriento, que incluye los asesinatos de Kurt Landau y de Andreu Nin.

Este libro, que desvela una gran cantidad de fábulas, falsedades y mentiras que siguen repitiéndose hoy, será, sin duda, una referencia indispensable para todo aquel que se proponga estudiar la guerra civil española.

1
El telón de fondo:
descubriendo el pastel español.
Una introducción muy breve 

En su ensayo de 1937 «Spilling the Spanish Beans», George Orwell comentaba que «ha existido una conspiración deliberada ... para impedir que la situación española sea comprendida». Tal y como demuestran los debates actuales, siguen proliferando los mitos sobre la República, la guerra civil y la dictadura franquista, y continuarán en el futuro. Los historiadores de la guerra civil española no dejan de recordarnos que la batalla por la verdad respecto de la guerra y otros aspectos no está ganada, ni mucho menos.1 Desde 1936 la guerra civil española ha sido ampliamente malinterpretada, y muchos coinciden en que aún queda mucho camino por recorrer para lograr una visión completa de cómo se consideró la situación política en su contexto internacional, en particular antes y justo después del estallido de la guerra.
Cuando se fundó la Segunda República el 14 de abril de 1931, la gente se echó a la calle de la alegría. El rey Alfonso XIII abandonó el país tras las elecciones municipales en las que los candidatos republicanos obtuvieron la mayoría de votos en las zonas urbanas, y esa misma noche de sábado los conspiradores monárquicos se reunieron con el fin de sentar los cimientos de un proceso con el que pretendían socavar las bases de la República: no estaban dispuestos a darle ni veinticuatro horas de respiro. Las esperanzas de la gente pronto menguaron ante la fuerza de las antiguas defensas del orden.

Fernando Iwasaki considera que aunque la crisis baja la venta, "no se escribe ni se lee menos"

Cartagena (Murcia), 25 jul (EFE).- El escritor peruano Fernando Iwasaki considera que la crisis económica ha provocado que bajen las ventas de libros, lo que no implica que se lea menos, y tampoco que se escriba menos ya que, para ambas cosas, "no hace falta vivir en una época de prosperidad".

El también historiador ha hecho hoy esas declaraciones en una entrevista con Efe con motivo de su participación esta semana en La Mar de Letras, la sección literaria del festival La Mar de Músicas de Cartagena, que este año celebra su décimo novena edición y tiene a Perú como país invitado.

"Quien quiere escribir lo seguirá haciendo, aunque sea a mano, que tampoco está mal, y los lectores tampoco leen menos por la crisis, porque han buscado las bibliotecas y los intercambios de libros", ha indicado, y ha considerado que la crisis "es más dura en términos de proyectos de vida" que en el plano literario y cultural.

Sobre la literatura peruana, Iwasaki ha considerado que ha despertado un gran interés a nivel internacional tras la concesión del premio Nobel a Mario Vargas Llosa.

"El Nobel es un premio individual, pero la mayoría de las personas interesadas en la literatura también dirigen su interés hacia el país de la persona premiada, por lo que toda la literatura peruana ha salido beneficiada con ese premio, y autores que no eran muy conocidos están siendo revalorizados", ha señalado al respecto.

Así, ha señalado el caso del escritor Luis Loayza, de la generación de Vargas Llosa, un "gran escritor, muy fino", pero "casi secreto, minoritario", a quien ha recomendado leer para conocer parte de la creación del país andino.
Además del Nobel, a quien comenzó a leer con 14 años en la escuela, Iwasaki ha elogiado la obra de otros autores peruanos como Julio Ramón Riveyro, Alfredo Bryce Echenique, José María Arguedas, Cesar Vallejo y Ciro Alegría.

Entre los escritores españoles ha subrayado la "enorme calidad" de las obras de Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Rafael Vila Matas y Javier Cercas, entre otros, y ha subrayado que la gran diferencia entre España y Perú a nivel literario es "la gran industria editorial" del primer país.

"En los años 40 y 50 Argentina era el país donde más libros en castellano se publicaban, pero ahora ese puesto lo ocupa España", ha señalado, aunque ha considerado que los autores latinoamericanos no necesariamente tienen que ir a ese país para lograr hacerse un hueco en el mercado editorial.

"La residencia fuera ya no es para buscar editoriales. En otras profesiones también se hace sin que a nadie le importe. Y en otras, como el fútbol, importa mucho, y todos los españoles quieren en sus equipos a estrellas brasileñas, chilenas, argentinas, y me pregunto por qué no ocurre lo mismo con otros profesionales de otros sectores de Latinoamérica", ha reflexionado.

Afincado en Sevilla desde hace 27 años, Iwasaki ha señalado que, en general, en España se leen más autores latinoamericanos que en Latinoamérica a autores españoles.

A los jóvenes que quieren dedicarse profesionalmente a la literatura les ha dado tres consejos fundamentales: "Que lean mucho, que rompan más y que jamás busquen el reconocimiento".

Los apaches. Águilas del sudoeste

Los apaches, pueblo del sudoeste de EE.UU., erraron por montañas y desiertos sin abandonar la vida nómada. Carecían de gobierno, adoraban a la naturaleza y evitaban las ceremonias. Divididos en bandas, vivían en sus territorios de caza. Místicos y materialistas al tiempo, creían en fuerzas sobrenaturales y en el "poder contra los enemigos", que les capacitaba, según la tradición, para derrotar a los adversarios. Se decía que algunos hombres sabios -como Gerónimo, jefe mítico- tenían capacidades adivinatorias. 

Aunque nunca fueron muy numerosos, los apaches resistieron con éxito a sus enemigos desde principios del siglo XVII hasta finales del XIX. Evitaban las batallas a campo abierto pero si eran acorralados, luchaban hasta la muerte. Valientes combatientes de guerrillas fueron aniquilados por el ejército de la Unión ya que no aceptaron nunca una paz deshonrosa y no se les pudo someter por hambre, a través del exterminio del bisonte.

Este libro es la historia de una nación india desparecida. Un pueblo guerrero que, diezmado y enviado a las reservas, nunca perdió su extraordinaria identidad. 

"Worcester ha emprendido la tarea monumental de escribir la historia de los apaches. El resultado es un excepcional ejemplo de erudición histórica".
American Historical Review

"Documentado a fondo y provisto de una excelente bibliografía, Worcester ha escrito un libro de gran utilidad tanto para los especialistas como para los lectores que sientan interés por los indios del sudoeste".
American Indian Quarterly


PREFACIO

A diferencia de muchos otros pueblos que vivían en tierras marginales e indeseables, los apaches erraron por las montañas y los desiertos por elección propia y nunca quisieron abandonar su modo de vida nómada. Aun cuando sus incesantes ataques provocaron el abandono de varios poblados de los indios pueblo, los apaches nunca ocuparon estos emplazamientos. En numerosas ocasiones, pudieron haber completado la despoblación de Sonora y Chihuahua, pero, como observaron de manera franca y un tanto jactanciosa, quisieron que la gente de aquellas provincias continuase criando caballos y mulas para ellos. 
Todos los apaches hablan la misma lengua atapasca, pero eso no significa que siempre haya reinado la paz entre las bandas, ni siquiera en el interior de las mismas. El asesinato de un apache provocaba la reclamación de represalias. Si un apache mataba a otro, los familiares por línea materna del muerto tenían la obligación de vengar su muerte. Si un angloamericano blanco o un mexicano acababan con la vida de un apache, aunque hubiese estado robando caballos, el jefe de su clan o grupo local encabezaba una partida de guerra contra el enemigo. Si era posible, mataban al asesino; si no, se contentaban con cualquier otro miembro de su raza. Si capturaban a un varón adulto, lo entregaban a los familiares femeninos del apache fallecido para que lo torturasen y lo mataran amodode compensación por su pérdida. 

miércoles, 24 de julio de 2013

Pastoral iraquí

«Cuando te ves forzado a esperar la llegada de los acontecimientos que temes, y no está en tu mano desviar el curso de las cosas aciagas ni evitar, huyendo, que te den alcance, de nada sirve el coraje y de muy poco la resignación.»

El destacamento español enviado a combatir a los insurgentes iraquíes debe enfrentarse a situaciones para las que no se ha entrenado lo suficiente. El coronel Alejandro de Merola padece una extraña enfermedad. El capellán castrense quiere enderezar el rumbo torcido que van tomando las cosas, pero se ve obligado a cuestionar aquello en lo que tanto había creído. Al médico del regimiento lo que en verdad le gusta es ocuparse de las tareas propias de un forense. Massoud, el civil iraquí contratado como traductor, posee una desbordante fantasía oriental y se presta a servir de intérprete, guía y confidente. Arnal el Rojo es el soldado indisciplinado y agresivo, dispuesto a esparcir malévolos rumores sobre la suerte que les espera.

Ante el estupor del coronel, la situación en la orilla oeste del río Tigris, lejos de mejorar, empeora: el alcalde de la ciudad puesta bajo su custodia se impacienta, los terroristas empiezan a hacer de las suyas y los mandos americanos no le tratan con el debido respeto.

Pastoral iraquí nos cuenta el destino de los hombres que juegan con fuego, acosados por viejos demonios familiares y perturbados por la cobardía, el engaño y el sórdido afán de vencer a un enemigo invisible. Es la fábula de un soldado desdichado al que nadie puede ayudar y el cínico retrato que un hombre ofendido hace de sí mismo.

«Con una potente tensión dramática, Pastoral iraquí nos cuenta el destino conradiano de un extraordinario personaje.»
Rafael Argullol

«Una novela de enorme poderío, cuya atmósfera de delirio y sofoco ofrece momentos verdaderamente gilgamésicos. En un suspense magistral, cada personaje indaga sobre la trascendencia insólita de lo que es y lo que hace.»
Eduardo Gil Bera

Comienzo del libro

A pesar del tiempo que ha pasado desde aquellos agitados días de noviembre, todavía me avergüenza recordar que mi trabajo no sirvió de gran cosa. Ni las graves secuelas de todo aquello ni la declaración de los testigos importaron al que de todos modos nada quería saber. Quizá los informes acabaron en manos de un analista paralizado por la rareza de nuestra desdicha. Quién sabe si el responsable de examinarlos fue un viejo oficial acostumbrado a archivar partes y telegramas. O un novato el que se sonrojara leyendo la historia de unos hombres asustados.
Del informe redactado al regresar de Irak

1. Quién se negaría a visitar
un lugar como éste?


Oscuras encinas y esbeltos cipreses crecen en la tupida floresta que un poco más allá clarea sobre un manto de arbustos y matojos. Al pie de la montaña nace un bosque azulado que asciende por la escarpada, se eriza en la delgada cresta del monte y trepa por la cumbre hasta una cornisa de roca plateada por la escarcha. Un grupo de leonas dormita sobre la hierba mientras las gacelas olisquean con curiosidad sus excrementos. El reflejo de la luna inmóvil se desliza sobre un océano en calma y las doradas hebras del sol se rizan en la cabeza de un mono pensativo. A la sombra de las altas arboledas, una criatura absorta en sus pensamientos se pasea por el borde de la espesura.
Aunque por el momento conserva su buen aspecto, lo cierto es que el coronel Alejandro de Merola no se encuentra muy bien. Siente agudas punzadas en la boca del estómago y una pavorosa corriente eléctrica le recorre la espina dorsal hasta clavarse como una flecha en su cabeza.
La desagradable sensación de náusea le obliga a perseguir con infructuosas zancadas los huidizos recuerdos de la felicidad perdida. Pero el esfuerzo sólo hace más caótico el desvarío de su mente espantada.

Crónicas romanas

El joven Gabriele d'Annunzio llegó a Roma a finales de 1881, dispuesto a conquistarla. Aunque la publicación de sus primeros poemas le permitió introducirse en los círculos literarios de la época, fueron su talento y su pluma, así como su matrimonio con la hija de la condesa di Gallese, los que le abrieron las puertas del cerrado y exclusivo mundo de los palacios romanos y de la vida de sociedad, de la que se convirtió en cronista privilegiado y perspicaz. 

En sus crónicas trató a aquellos orgullosos y rústicos príncipes romanos como refinados sibaritas y maestros de distinción, y sedujo a sus esposas e hijas adulándolas como un elegante retratista que, sin haberlas visto jamás, les prestaba cuellos de cisne, manos de hada, cinturas de avispa y ocurrencias de Madame de Staël.

Trabajador incansable, d'Annunzio, al que se le puede considerar el primer periodista moderno, escribió cientos de crónicas y reportajes que publicó, bajo diversos pseudónimos y hasta agosto de 1888, para distintos periódicos y revistas de la época: Capitan Fracassa, Cronaca Bizantina, Fanfulla della Domenica y, sobre todo, La Tribuna.

Crónicas romanas, a cargo de Amelia Pérez de Villar, rescata por primera vez para el público español lo más granado de la labor de d'Annunzio como cronista de la vida mundana. Este libro ofrece un verdadero periplo por el panorama social y cultural de la Roma fin de siècle -la vida literaria de sus cafés (Nazzari, Doney, Greco, Spillman); sus conciertos, funerales, bodas, subastas, bailes y cenas de sociedad; sus estrenos teatrales; o la descripción de edificios y lugares singulares, hoy desaparecidos-, así como una reflexión sobre temas menos frívolos, como el arte, la literatura o la música, de la mano de una de las máximas autoridades de la crónica de la época.

«Leer una recopilación de las crónicas periodísticas de d'Annunzio es pura aventura, y una enseñanza de gran valor en muchos ámbitos de la vida y la cultura. [...] D'Annunzio participará en todos los acontecimientos sociales que tanto le gustan sólo como espectador, siempre provisto de papel y lápiz, siempre entrando y saliendo por la puerta de servicio. Verá pasar ante sus ojos a esa Roma de altos vuelos compuesta por aristócratas que manejan el cotarro y por burgueses que han llegado allí a golpe de talonario. Sólo podrá contemplar de lejos a las beldades que admira y que tan minuciosamente nos describe, excelsas portadoras de divinos vestidos y peinados y de joyas heredadas o adquiridas. En suma: la vida que anhela está ahí, pero está tras un cristal que, por el momento, no puede franquear.»
Amelia Pérez de Villar 



PRÓLOGO
Amelia Pérez de Villar

La vita, o si vive o si scrive.
Luigi Pirandello

Durante el invierno y la primavera de 1882 Gabriele fue para todos nosotros objeto de una predilección y de un culto increíbles. Era tan apacible, tan afable, tan modesto, y soportaba con tanta gracia el peso de su naciente gloria, que todos se acercaban a él llevados por la atracción espontánea de la amistad, como si se tratara de un milagro que, en la vulgaridad de la vida literaria, no se da con frecuencia. Todos los que le veían por primera vez lanzaban una exclamación de maravilla: recuerdo la de Carducci cuando se lo presentaron [...]. Poco después anidó en él una necesidad repentina de degustar rápidamente todos los goces, tristes y estériles, de la popularidad: se instaló en él como una enfermedad, en el cuerpo y en el alma, y cuando el invierno abrió las puertas de las grandes casas romanas, cedió a las lisonjas de las damas. No olvidaré nunca el estupor que me golpeó cuando vi por primera vez a Gabriele aderezado, atildado y perfumado para una fiesta.
Edoardo Scarfoglio

El triunfo de la vida
Sin duda el año 1882 señala en el calendario, y en la biografía de Gabriele d’Annunzio, el año del ascenso, del lanzamiento, de la llegada. Había nacido el 12 de marzo de 1863 en Pescara. Alumno aventajado en el colegio y en el Liceo, publicó en 1879, y gracias a la aportación económica del padre, las odas All’Augusto Sovrano d’Italia Umberto I di Savoia y una pequeña colección de poemas bajo el título Primo Vere, con el seudónimo de Floro Bruzio, que el 2 de mayo de 1880 recibió las críticas favorables de Chiarini en el periódico Fanfulla della Domenica. En esta primera obra juvenil d'Annunzio imita el estilo de las Odas Bárbaras de Carducci. Ese mismo mes de mayo de 1880 publica In Memoriam, también con el seudónimo de Floro Bruzio, aunque en esta ocasión la crítica de Chiarini no será tan buena: para animar el cotarro literario y compensar este revés, finge su propia muerte como consecuencia de una caída de caballo el 5 de noviembre de 1880, hecho que hará publicar y difundir. La reacción a la supuesta muerte y los resultados del posterior desmentido no se hicieron esperar, y el 12 de diciembre de 1880 iniciaba su colaboración regular con Fanfulla della Domenica con el relato Cincinnato. El jovencísimo Gabriele había encontrado el modo de obtener publicidad para su obra y su persona, dos elementos que nunca estuvieron separados del todo, que nunca fueron del todo independientes. A partir de ahí, inventaría historias, lanzaría bulos, movería hilos y se metería como el agua por cualquier resquicio que se lo permitiera. O inventaría él mismo el resquicio. La maquinaria estaba en marcha: había nacido un mito.

martes, 23 de julio de 2013

La agonía de Francia

“Lo importante es que él había estado allí y que eso había que contarlo. Se trata de un imperativo moral, al que no puede ni debería sustraerse ningún periodista que se precie”

Tras la salida de Manuel Chaves Nogales de España,  a raíz de la guerra civil de 1936, comienza el periplo junto a su familia la que viene a ser la experiencia vivida de este hombre, quien más tarde logra establecerse en la urbe francesa, donde allí ejerce como periodista  colaborando con la prensa francesa y Latinoamérica, además de algunas publicaciones sobre la actualidad de España  teniendo como punto de atención a los exiliados españoles. Pero los días de Nogales tornabanse aun más gris, pues fue fichado por la Gestapo, poco días antes de que los Nazis entraran en Francia y más aun con el asomo de las fuerzas alemanas que dejaban sentir sus pisadas en Francia, y estos hechos lo dictaminaron a recoger sus pocas pertenecías y trasladarse de Burdeos  a Inglaterra su ultima residencia.

La agonía de Francia es un ensayo que cuenta la experiencia y los múltiples testimonios con lo cual nos dice el por qué Francia sucumbió ante el fanatismo y firma de una armisticio con Alemania en el año de 1940. Nos dice como reflexiona  aquella  Francia colmada de fe, ciega y universal en el desarrollo de sí misma, donde sus habitantes creían en el progreso material engendrado por el progreso del espíritu, salpicada por una doctrina donde no revelaba ninguna falsedad. Esa Francia, que en el momento sonoro de los aviones se encuentra sorprendida e indiferente por el derrumbamiento de una democracia fundada por la carta de las libertades: “Todo intento contra esta inercia formidable de la gran ciudad está condenada al fracaso” como así expresara el mismo autor: “Nos miramos estupefactos. Aquello no era una crisis sino un golpe de Estado”. Esos últimos temas, muestran el estado deprimente al que llegaron sus líderes  y la misma población buscando su propia salvación. Líderes políticos y militares jugando a la hipocresía por querer congraciarse con el enemigo. Nogales en realidad muestra a Francia en su estado más pendejo nunca visto frente al nazismo.

Fue desde el exilio que de una manera magistral escribió con un estilo periodístico y sin ningún artilugio escritural este texto, que para alguno podría caer en grosería, pero en ningún modo lo es, solo muestra el punto vista de un testigo que intenta explicar aquellos factores que llevaron al derrocadero a Francia, más bien aquellos aspecto político y social del hecho, y que mas decir del punto donde trata sobre: La indiferencia de las masas, que es una clara evidencia de declive en la apatía y el egoísmo de sus habitantes.
“Es el libro de un periodista, lo que está también de un testigo de los hechos. A lo largo del texto son constantes, imperiosos casi, los “yo he visto”, los “no olvidaré nunca”, los “yo he hablado con”, los “he conocido casos”; en una palabra, los faits  vécus, amparados por la autoridad de ese yo testimonial”

Os dejo en sus manos

La pared en la oscuridad

La pared en la oscuridad, primera y brillante novela del joven escritor brasileño Altair Martins, hasta ahora inédito en castellano, recibió el consagratorio premio São Paulo, uno de los más importantes reconocimientos literarios del Brasil.

A partir de un accidente de tránsito en el que un joven profesor de matemática mata con su auto a un hombre y huye, se desencadena una trama cercana al género policial, que incita a la lectura hasta la última línea. La novela se mete en las profundidades de los protagonistas, sus familias y entornos, y a través de ellos aparecen los temas del poder y la autoridad, de la sociedad disciplinaria y controladora, de la educación, la herencia, la culpa y la imposibilidad de escapar del lugar de origen. 



Comienzo del libro

Il faut que nous naissions coupables
-ou Dieu serait injuste.
Pascal, Pensées, VII

1 (Ídem)
Si viera en la oscuridad, Adorno notaría los dos ojos rojos de la rata. Los pelos del hocico examinarían el ambiente, y la rata haría lo más simple: con ocho patas, se deslizaría pegada a la pared de la ventana del cuarto, se detendría junto a un pilar de madera, escucharía los peligros y seguiría hacia una nueva pared donde los olores la harían erguir levemente la cabeza y probar el aire. Y sería en ese momento que, si pudiera ver en la oscuridad, Adorno levantaría los ojos muy por encima de la rata y, en el reloj de la pared, en la imagen del Cristo, vería que estaba atrasado. Sin ser notada, la rata se escurrió hacia adentro de un agujero mínimo del parqué, en un rincón a la izquierda de la cabecera de la cama.
Adorno se movió, teniendo apenas una sensación, y por asalto, de que había dormido un minuto de más, y ese un minuto era suficiente para que todas las cosas hubieran cambiado de lugar. Porque no llegaba al final de la cama. O al cuerpo de Onira. Y entonces la primera cosa que vio fue capaz de asustarlo: a través de la ventana hubo la repentina luminosidad de un relámpago que él, en el lado oscuro, no logró entender. Y la luz le renovó sensaciones desagradables de que, ¿qué hora sería?, estaba atrasado. Un temblor que había hecho que la sangre se despertara antes que él afirmaba que sí, que estaba atrasado. Adorno intentó erguirse, pero todo era muy difícil. La ventana atravesada de luces, y sus brazos dormidos. Era el reloj apretándole la muñeca. Sobre el cuerpo, el peso de cinco hombres. ¿Si estaría muy atrasado?, que le fuera a preguntar al pan.

Vidas conjeturales


La infancia de Thomas De Quincey observada a través de una lupa de aumento, o los sombríos internados a los que fue confinado; el carácter pendenciero del poeta John Keats, que supo alternar con la lírica, y el desconocido talante aventurero de Marcel Schwob -quien viajó al Sur del Pacífico en busca de las huellas de Stevenson- son algunos de los aspectos biográficos que la escritora y traductora Fleur Jaeggy destaca de estos tres grandes de las letras. Mediante una escritura particular, más poética que ensayística, más cercana a la narración que a la documentación, Vidas conjeturales es una hipótesis literaria, una elaboración personal de los asuntos más humanos de estos creadores sin perder por ello ni un ápice de rigor.
Jaeggy aborda aquí la grandeza, la intimidad y las desventuras de estos maestros paganos que llegaron, en palabras de la autora, a un punto más alto que los santos, a la excelencia literaria.

«Fleur Jaeggy va siempre a lo esencial y, como si tuviera bien aprendida la involuntaria lección de Kafka, consigue muchas veces en una sola página, y a veces en una sola línea, que se haga visible de golpe, a modo de repentina revelación, la estructura desnuda de la verdad.» ENRIQUE VILA-MATAS, Babelia - El País
«La mirada dirigida a estos tres hombres, erráticos como el fondo de una taza de sal, es la que resulta de la intimidad puesta a prueba. Jaeggy no se limita a colocarse en una determinada situación, ni a pensar como un hombre; ni siquiera se conforma con plantearles incómodos conflictos, pues entiende que bastante tienen ya ellos con su traje mortal. Estas conjeturas son los descartes de la rutina, la pasmosa sencillez de las crónicas sobre un atardecer o sobre la compra.» DANIEL JÁNDULA, Revista de Letras

«Un precioso volumen. [...] Se lee con un continuo escalofrío de placer por lo que se dice o por lo que se deja de decir. La aceleración que le confiere la autora a estas condensadas biografías, con una clara capacidad de evocación y de emocionar al degustador de estas prosas, nos coloca ante una obrita de la que se puede disfrutar con delectación en muy poco espacio de tiempo.» MANOLO HARO, Estado Crítico
«El valor de Vidas conjeturales reside en su extraordinaria, por paciente y sensible, manera de dibujar los perfiles de tres escritores cuyas obras elevan sus respectivas vidas. Jaeggy deja que sus palabras compongan minúsculas cápsulas de poesía allí donde la biografía del autor no sabe cómo continuar explicando sus vicisitudes. [...] Es, en definitiva, no solo una hermosa reflexión sobre la potencia literaria, sino también ella misma un ejemplo de su potencia.» ÓSCAR BROX,Détour
«Si Vidas conjeturales es tan impresionante es porque se resiste a ser encerrado en la prisión de los tópicos: no es ni un panegírico de tres escritores fundamentales, ni un esbozo de su relación con el arte, ni una "pequeña joya que hay que degustar lentamente"... Es literatura pura, grande, desplegada en toda su potencia, de la que hay que administrar directamente en vena, y que deja al lector estupefacto, alelado, clavado en la butaca, con ganas de recomenzar su lectura apenas se ha pasado la última página, y con la sensación de hallarse ante un texto extraordinario que necesitará tiempo para ser digerido convenientemente.» JOAN FLORES, Librería La Central del Raval

TOMAS DE QUINCEY
Tomas de Quincey devino un visionario en 1791, a los seis años de edad. William, su hermano mayor, buscaba el modo de caminar por el techo con la cabeza hacia abajo como las moscas; Richard, llamado Pink, se embarcó en un ballenero y fue apresado por los piratas; y los demás eran unos melancólicos.

lunes, 22 de julio de 2013

El señor Fox


Los amores en los cuentos de hadas siempre acaban en boda; al menos en los cuentos que no quieren complicarse demasiado. Éste no es el caso de la historia del señor Fox, un afamado escritor que no puede evitar matar a todas las protagonistas de sus novelas, incluida su esposa Daphne. Pero un día Mary, su musa, se hace real y transforma al autor en un personaje literario, con lo que la vida del señor Fox da un giro sorprendente. Mary le desafía para que se una a ella en sus ficciones, y así, a través del tiempo y el espacio, se buscan y se persiguen. Sus aventuras vuelven del revés el cuento de hadas tradicional, rompiendo las convenciones sobre los géneros literarios. El lector deberá suspender su incredulidad y dejarse llevar por la voz narradora para descubrir una historia de amor inusual y mágica que rezuma sentido del humor y encanto hasta el final.  

PAGINAS DEL LIBRO
Mary Foxe vino el otro día: era la última persona en la tierra a la que esperaba ver. De haber sabido que venía, me hubiera acicalado un poco. Me habría peinado y afeitado. Menos mal que me había puesto un traje; me esfuerzo por tener un aire profesional. Estaba sentado en mi estudio, escribiendo a duras penas, limitándome a poner palabras sobre el papel, a la espera de que se me ocurriera algo bueno, una frase que pudiera conservar. Ese día me estaba llevando más tiempo de lo habitual, pero no me importaba. Las ventanas estaban abiertas. Sonaba algo de Glazunov; tiene una sinfonía que sencillamente no se puede escuchar con las ventanas cerradas, así de claro. Bueno, igual sí se puede, pero a costa de ponerse muy nervioso y de darse contra las paredes. Aunque tal vez sólo me pasa a mí.
     Mi mujer estaba en el piso de arriba. Mirando revistas o pintando algo, vaya usted a saber lo que hace Daphne. Pasatiempos. En mi estudio la sinfonía sonaba al máximo volumen, pero eso no era nada nuevo y ella nunca se había quejado por el ruido. No se queja de nada de lo que hago; es físicamente incapaz de hacerlo. Se lo dejé bien claro desde el principio. Le dije con toda sinceridad que una de las razones por las que la amaba era porque nunca se quejaba. Así que ahora se cuida mucho de hacerlo.
     El caso es que había dejado la puerta del estudio abierta y Mary se había colado. Sonreí dulcemente sin levantar la mirada y murmuré «Hola, cariño...» creyendo que era Daphne. Hacía un rato que no la veía y, que yo supiera, Daphne era la única persona que había en la casa. Como no respondió, levanté la vista.

Esquirlas


Espléndida novela de formación, testimonio veraz y perturbador de una guerra, Esquirlas es también un libro de autoayuda, al menos para la primera persona que lo escribe. Porque contarlo «todo» previene la locura. Pero también puede convocarla.
 «No duermo bien. Casi no duermo. Sueño que voy a la universidad y liquido a la gente con un kalashnikov. Sueño que lanzo granadas por la ventanilla de mi coche. Sueño que disparan contra mí. No he podido ir a un médico de verdad, porque aquí tienes que estar asegurado o pagar a tocateja, así que fui a un tal doctor Cyrus, un médico voluntario del campus, y me recetó sedantes, que tomo como caramelos.

Dice que tengo un trastorno de estrés postraumático. Dice que las pastillas son solo una solución a corto plazo y que, para mejorar realmente, necesito situar mi experiencia en un marco más amplio, un marco que me ayude a darle sentido a todo. Fue él quien me dio la idea de escribir unas memorias. Le pregunté qué debía escribir para que esa terapia diera resultado y dijo: "Escríbelo todo". Le pregunté por dónde debía empezar y dijo: "Empieza por el principio".»

«Todo» es, desde luego, un singular conjunto de recuerdos, confesiones y ficciones; humorística evocación de la infancia en Bosnia y despachos atroces de una Tuzla sitiada. Cartas llenas de angustia a la madre sobre la vida en el nuevo mundo, fragmentos desde el exilio firmados por un tal Ismet Prcic, esquirlas de alguien llamado como él.


Comienzo del libro

(... un fragmento del
primer cuaderno: la huida
de ismet prcić...) 

En la guerra, cuando su país más lo necesitaba —su dedo en el gatillo para defender, su cuerpo como escudo, su cordura y humanidad como sacrificio por las generaciones futuras, su sangre para fertilizar la tierra—, en esos tiempos de tanto apremio, la instrucción recibida por Mustafá para combatir en las fuerzas especiales duró doce días. Recorrió la pista americana exactamente veinticuatro veces; lanzó granadas de fogueo con el objetivo de hacerlas pasar por el neumático de un camión desde diversas distancias exactamente seis veces; practicó tiro al blanco con una escopeta de aire comprimido para no gastar balas; cubierto de mantas, sufrió los baquetazos de sus compañeros por hablar en sueños al menos una vez. Realizó innumerables fondos de pecho y abdominales, dominadas y sentadillas, zancadas y flexiones de brazos, repeticiones mecánicas concebidas no para ponerlo en forma sino para quebrantarlo, para que cuando por fin estuviera quebrantado, el sargento de instrucción pudiera aleccionarlo en las pautas de la jerarquía militar y convertirlo en un combatiente eficaz, que, por puro miedo, obedeciera órdenes y aceptara la puta muerte cuando se le dijera que aceptara la puta muerte. 

domingo, 21 de julio de 2013

El pequeño guardia rojo


Unas memorias familiares
Wenguang Huang creció en Xi'an, en la China central, en los años setenta, en plena Revolución Cultural. Cuando tenía nueve años, su abuela comenzó a obsesionarse con su vida más allá de la muerte y con los ritos funerarios que le debían garantizar descanso eterno. Aterrada ante la idea de que la incinerasen, práctica obligatoria en la China comunista, hace prometer a su familia que será enterrada en su aldea natal. Su padre invertirá los pocos ahorros de que disponen en construir un ataúd que Wenguang será el encargado de custodiar. A lo largo de los casi veinte años en los que la familia planea los detalles del entierro, el país sufre las profundas transformaciones sociales y políticas que terminarán por convertirlo en la gran potencia económica del siglo XXI. Huang, un traductor y periodista que emigró a Occidente al terminar sus estudios universitarios, recoge en este libro la historia de su familia durante los últimos treinta años del siglo XX. 

El pequeño guardia rojo es el retrato, lúcido y lleno de humor, de una sociedad que se debate entre las tradiciones ancestrales y los radicales afanes modernizadores del régimen maoísta; un testimonio esclarecedor para cualquiera interesado en comprender las contradicciones que conforman la China actual.
«Una estampa intimista e irónica de la intrahistoria china en Xi'an durante la Revolución cultural. (...) Tragedia y comedia, dolor y humor se conjugan en unas páginas que dejan en el lector una huella indeleble.» Fernando R. Lafuente (ABC)
«Retrata con envidiable claridad y pulso narrativo la vida de una familia china, desde la trágica Revolución Cultural, hasta nuestros días. (...) Una vida digna de ser explicada como metáfora del choque entre tradición y ese cada vez más sospechoso concepto de progreso.» J. Ernesto Ayala-Dip (El Correo)
«Delicioso. Un libro que lleva a la vida un pequeño rincón de la China moderna. Una obra llena de humor, riñas familiares y vida cotidiana en una gran ciudad de un estado totalitario. (...) Con ecos de J. D. Salinger.» The Wall Street Journal
«Humor no es lo primero que uno espera en unas memorias que hablan de ritos funerarios, pero esta alegre crónica de una familia durante la era maoísta provoca sonrisas y lágrimas por igual.» The New Yorker
«Unas memorias líricas y apasionantes, (...) revelador, irónico y elegante sin esfuerzo.» Chicago Tribune
«¿Unas memorias centradas en un ataúd? Sí, y funcionan.» O, The Oprah Magazine
PRIMERA PARTE 
1. Demandas
A los diez años, dormía al lado de un ataúd que Padre le regaló a Abuela cuando cumplió setenta y tres años. Nos prohibía que lo llamásemos «ataúd» e insistía en que lo denominásemos shou mu, que viene a significar algo así como «caja de longevidad». A mí me parecía un nombre muy extraño para la caja en la que enterraríamos a Abuela, pero lo cierto es que tenía una finalidad práctica. Resultaba mucho menos espeluznante compartir mi habitación con una «caja de longevidad» que con un ataúd grande y negro.
    
     En 1973, Abuela cumplió setenta y uno, setenta y dos según el calendario chino, ya que según nuestro calendario se tiene un año al nacer. Repentinamente, empezó a asustarse y obsesionarse con la muerte. Mi hermana Wenxia y yo aún recordamos la noche en que Abuela mencionó por primera vez ese tema. Durante la cena, Madre había soltado su diatriba de costumbre sobre las faenas domésticas. La noche anterior había visitado a una vecina y había visto cómo su hijo mayor, por propia iniciativa, se puso a lavar los platos después de cenar.
    -Dejó la cocina como los chorros del oro -dijo Madre mirándonos a los cuatro-. Yo, por desgracia, he parido un puñado de vagos.
     Todos agachamos la cabeza en silencio. Abuela, harta de escuchar sus quejas sobre las tediosas faenas domésticas, anunció que podría morir pronto.
   
      A ninguno de nosotros se nos había pasado por la cabeza que Abuela se muriera algún día. Desde que tengo recuerdo, siempre ha parecido una anciana, con el rostro arrugado y manchado.

viernes, 19 de julio de 2013

Montaigne

Independientemente de ser una biografía inacabada, a raíz de la trágica partida de Stefan Zweing en 1942, cabe destacar que este texto: Montaigne  muestra una vez más la agudeza y sutileza que tuvo Zweing al momento de llevar a cabo en extractada cuenta toda la vida de un hombre como lo fue Michel Eyquem de Montaigne. 

La lucidez y penetración con que nos lleva de la mano Stefan Zweing, puntualizando aspectos sociológicos, personales, y la psicológicos misma del personaje, lo hacen así mismo a aparentarse con el filosofo y hombre de Estado Montaigne, quien éste buscando la paz, se ausenta del bullicio que da la sociedad para aposentarse en la cúspide de su palacio en las afueras, para tener el menor contacto, así mismo. “Solo aquel que tiene que vivir en su alma estremecida una época que, con guerra, la violencia y las ideologías tiránicas, amenazan la vida del individuo, y en esta vida, su más preciosa esencia, la libertad individual….”

Escrita de una manera clara y sencilla, como lo fue siempre el escritor, es un libro con apenas cien páginas que desde principio nos hace la más entera invitación  a conocer de este escritor, que es accesible a cualquier persona y cualquier época, así como son: Homero, Balzac, Goethe, Tolstoi, Shakespeare y otros. No encontraremos más que la trayectoria personal e intelectual de Montaigne en toda la extensión de la voluntad, libertad,  amor,  familia,  política,  soledad, la vida misma.

El autor de los Ensayos, Michel Eyquem de Montaigne, con su escrito nos hace mantener en el carril de la propia independencia de una sociedad, que al igual que la nuestra, esta sucumbida por los afanes políticos, enfermedades, vanidad, la pérdida de valores, la falta de una conciencia del yo como ente que aporta, donde las arbitrariedades de una sociedad brutal la hacen comerse unos a otros. Montaigne siendo heredero de una fortuna, no escatimo esfuerzo por dejarse arropar por los afanes propios de la fortuna, más bien procuró encerrarse entre libros y ver desde la altura el canibalismo humano propio de modus vivendi de aquel entonces. “la firme e inquebrantable voluntad de preservar la libertad individual y la independencia de pensamiento y acción frente a imposiciones coactivas, convenciones sociales y corsés intelectuales”

Lo único que podríamos lamentar del texto de Zweing es no haberlo concluido, pues como dije anteriormente, no pudo ver su consumación por la muerte del escritor. Lo demás solamente contentarnos con otra obra magistral.
Os dejo en sus manos.

Para un ruiseñor


Breve, delicada, intensa: una obra maestra de la narrativa más poética (y nunca antes traducida al español). Por la autora de la elogiadísima Hace cuarenta años.

Una playa del Mar del Norte, un marido ausente, un amigo de la pareja... y ella, la parte femenina de esa pareja, que nos contaba cuarenta años después cómo fue el (imposible) amor en la casa de la duna. «Éramos como dos instrumentos afinados de repente». Lo que importaba era ese «de repente», esa urgencia de ser, de saberse vivo, de querer caer y levantarse a un tiempo. Las breves pero intensas páginas de Para un ruiseñor no son menos conmovedoras que aquéllas de Hace cuarenta años. Es evidente que su autora rememora el mismo episodio vital, pero ahora con indudable tristeza. Si entonces volvía a poner en pie, con cada detalle, con cada mínimo gesto, un momento pasado que revivía como el más vivo presente, ahora parece no atreverse a volver enteramente a ese mundo. Y esa vida pasada no es ahora una existencia paralela, sino que adopta la figura de un ruiseñor que viene a cantar junto a su ventana, como si el camino de vuelta, que la autora recorría en Hace cuarenta años para volver al pasado vivo, se hubiera cegado de pronto y su recuerdo no fuera ya un mapa de regreso, sino pura melancolía.
Con ese lirismo que nos recuerda tanto a San Juan de la Cruz como a John Keats, que va del símbolo a lo real, Para un ruiseñor es mucho más que una memoria del amor: nos enseña a vivir en varios tiempos a la vez, a vivir la vida sin dejar de vivir nuestras vidas anteriores, a sobrevivir a la intensidad pasada sin perderla, y, lo más importante, sin renunciar a la intensidad presente. Pocas obras en prosa hay tan hermosas como ésta.

NATURALEZAS VIVAS

     La biblioteca de la memoria (la de cada uno de nosotros) está diseñada a medias por un enloquecido discípulo de Escher y por el más inteligente y detallista diseñador sueco. Eso le permite recovecos imposibles, esquinas improbables en las que se encuentran libros que, sin dejar de estar en su sitio, aparecen en otro, permitiendo que cada volumen se relacione con los demás de mil formas nada misteriosas: esa biblioteca, vista a debida distancia, tiene la forma de un corazón humano.
     En esa biblioteca, los libros de Maria van Rysselberghe se encuentran con el tomo rojo que reúne las Heroides y los Amores de Ovidio en la edición de la Loeb Classical Library, y difícilmente puedo acercarme a aquéllos sin releer éste. Me gusta especialmente esa edición de las Heroides porque su editor, Grant Showerman (con ese apellido que parece o indio o de broma), comienza diciendo que desde luego no estamos ante un libro del más alto orden del genio, para tachar a continuación su lenguaje de retórico, artificial y difuso. Bien es cierto que Ovidio rescata a sus personajes, e, incluso las tramas de la tradición, y podría parecer, desde luego, que se toma el libro apenas como un ejercicio retórico; pero no por ello deja de ser uno de los más hermosos libros de poesía que se hayan escrito jamás y (y esto es lo que nos ocupa) un detallado catálogo de maneras de sufrir por amor, deporte tan olímpico como terreno. No sé por qué, pero me divierte esa enfurruñada consideración de Showerman. Pero vamos a lo nuestro.

Zona


De un autor cuya escritura abarca desde la ficción hasta la crítica, y cuyos libros suelen encontrarse a caballo entre estos dos géneros, llega una nueva publicación que sorprende por su forma y por su contenido. Se trata de Zona, un libro en el que Geoff Dyer trata de desvelar los misterios de una película que parece haberle perseguido toda su vida: Stalker, de Andréi Tarkovski. Zona es una narración que da rienda suelta a la brillantez de los rasgos distintivos de Dyer: su aguda observación, su melancolía, su lado más cómico, su lirismo. Dyer hace las veces de guía a través de la imaginería del director y allí nos damos cuenta de que la película es solo el punto de partida de una investigación realmente original sobre las cuestiones más importantes de la vida. 
«Hacer visible lo que sin ti quizá nunca se hubiera visto»: Geoff Dyer hace suya la nota de Bresson acerca del cine para escribir Zona, uno de los libros más originales jamás escritos sobre una película y sobre cómo el arte -ya sea el film de un director ruso o el libro de uno de los más talentosos escritores contemporáneos- puede determinar la manera en que vemos el mundo.
«Lo nuevo de Dyer se titula Zona y se subtitula a book about a film about a journey to a room y, sí, trata sobre el film de Tarkovsky, al que adora por encima de toda película; pero también trata sobre Dyer mismo y, de paso, sobre todos nosotros.»
Rodrigo Fresán

«Extremadamente inteligente. . . . La manera que Dyer tiene de evocar a Stalker es vivaz, su lectura es agudo y a veces brillante.» 
The New York Times Book Review 
«Uno de mis autores favoritos entre todos los escritores contemporáneos.»
Alain de Bottom 
«Verdaderamente original [...]. [Dyer] nunca deja de sorprender, perturbar y deleitar.»
William Boyd


UNO

Un bar vacío, posiblemente todavía cerrado, con una única mesa, no mayor que una mesilla redonda, pero más alta, de esas en las que te apoyas –no hay taburetes– mientras bebes de pie. Si los tablones del suelo hablasen, seguramente podrían contar un par o tres de historias, aunque resultaría que son todas la misma, que terminaría con el mismo lamento de siempre (después de unas copas la gente piensa que puede abusar de mí), no solo en términos de lo que pasa aquí, sino en los bares de todo el mundo. En otras palabras, estamos en el reino de la verdad universal. El camarero sale de la trastienda –vestido con chaqueta blanca de camarero–, enciende un pitillo y da las luces, dos tubos f luorescentes, uno de los cuales no funciona correctamente: parpadea. El camarero mira la luz que parpadea. Le ves pensar: «Hay que arreglarlo», que no es lo mismo que «Lo arreglaré hoy», sino que se parece mucho a «Nunca lo arreglaré». La vida cotidiana está llena de pequeñas sorpresas, esperanzas (de que quizá se haya arreglado solo por la noche) y resignaciones (no ha pasado y no pasará) que se repiten. Un hombre alto –¡un cliente!– entra en el bar, deja una mo chila bajo la mesa, la mesilla redonda en la que te apoyas al beber. 

Peroratas


«No sé muy bien qué sea el amor, pero de lo que sí estoy convencido es de que es algo muy distinto al sexo y a la reproducción, con los que lo confunde mi vecino. El amor es puro; el sexo, entretenido y sano; y la reproducción, criminal.»

Peroratas resume el ideario de Fernando Vallejo, sus amores y sus animadversiones, su visión de la vida y la moral, que él mismo condensa en dos mandamientos: «Uno: no te reproduzcas que la vida es un horror e imponerla el crimen máximo. Dos: los animales de sistema nervioso complejo, y ante todo los que el hombre domesticó, también son nuestro prójimo».

El futuro incierto de los libros en nuestra era digital, los atentados contra la lengua española, las vejaciones a los animales, los crímenes de las religiones, la plaga de la clase política, la destrucción del planeta, y a la vez su amor por este idioma, su deslumbramiento ante la desmesura de la realidad colombiana y su búsqueda de la verdad y la justicia son los grandes temas de esta obra. Vallejo sacude las conciencias con un estilo tan cautivador como brutal, en el que el lector reconocerá la voz inolvidable de sus novelas.
«Su ira explosiva es tan brillante, tan sonora, real, sincera, divertida a veces, cruel casi siempre, que su lectura es algo gozoso y tonificante.» Pedro Almodóvar, www.clubcultura.com

«Fernando Vallejo es tímido, inteligente, cariñoso, humilde; y también es perturbador, revolucionario, deslenguado, insólito.» Juan Cruz, El País

«Una de las voces más personales, controvertidas y exuberantes de la literatura actual en español.» Jurado del Premio FIL de Literatura 2011

Prólogo
     Alfaguara ha reunido aquí treinta y dos textos míos: artículos, discursos, conferencias, ponencias, prólogos y presentaciones de libros y películas. En ellos quedan expresados mis sentimientos más fuertes: mi amor por los animales, mi devoción por algunos escritores, mi desprecio por los políticos y mi odio por las religiones empezando por la católica en que me bautizaron pero en la que no me pienso morir. Si la Iglesia no me ha quemado vivo con lo que he dicho de ella es porque ya no puede, porque desde el Siglo de las Luces y la Revolución Francesa ha ido perdiendo poco a poco su capacidad de hacer el mal. Hoy ya no pueden levantar en las plazas públicas las hogueras para quemar herejes y brujas. Cuando leía en Ámsterdam mi conferencia «La Patagonia, el fin del mundo», que aparece en este libro, los holandeses que me escuchaban en traducción simultánea del español al holandés se iban saliendo indignados tirándome de paso sobre el podio donde hablaba los audífonos. ¡Y pensar que terminaba mi conferencia invocando el espíritu libre de Erasmo el tolerante! No alcanzaron a llegar hasta el fin. Acabando de leer mi conferencia con media sala vacía me sonaron muy sarcásticas mis palabras finales. En cuanto al tema de la Patagonia, fue idea de los que me invitaron, y tenía que ver con el segundo milenio, que estaba por terminar. Entonces entendí que Europa, que vivió las guerras de religión, no es nuestra América Latina libre, el último reducto de la libertad. Allá no se puede hablar. Ni en los Estados Unidos. Ni en los cincuenta y dos países musulmanes. En el vasto ámbito geográfico que abarcan es un riesgo afirmar que Dios no existe y que si existe es Malo; que Cristo no existió y que si existió fue un loco rabioso; que el cristianismo ha sido desde que empezó una inmensa farsa y una empresa criminal, y que el Islam es otra, siendo imposible determinar cuál de esas dos barbaries disfrazadas de civilizaciones es más infame.