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Pruebas

lunes, 31 de marzo de 2014

Las verdades de José Luis Sampedro

La conciencia de la agonía fue plena en el escritor José Luis Sampedro (Barcelona, 1917-Madrid, 2013). Murió a los 96 años sabiendo y aceptando que aquello se acababa. “La muerte me lleva de la mano, pero se está portando bien porque me deja pensar”, le dijo a una amiga. Con su envidiable lucidez y calma, la frase pervive ahora grabada en el lomo azul de Sala de espera (Plaza y Janés), libro póstumo del escritor que se publica esta semana como homenaje al primer año de su ausencia.
Sampedro falleció un 8 de abril dejando multitud de anotaciones y textos inéditos, escribió hasta el final. Dos de sus últimos proyectos, Los Ríos ySala de espera, ven ahora la luz por decisión de su compañera y legataria, Olga Lucas, quien explica que dejará “aparcadas” las obras inconclusas iniciadas en “un pasado remoto” pero se ocupará de los inéditos del final de su vida. “Es decir de aquellos de los que tengo seguridad y conocimiento directo acerca de sus intenciones”, afirma en el prólogo del libro.
Los Ríos es un texto a dos voces, la del propio autor y la de su mujer, que un día decidieron escribir cada uno para el otro sobre sus propias biografías recurriendo a la corriente de agua como metáfora de la vida, figura manriqueña que tanto apreciaba el autor de Octubre, octubre.“Contaré los primeros ochenta años del río José Luis, que conozco como nadie, prescindiendo de detalles y ahondando, en cambio, en los momentos y sucesos más definitorios”, anota Sampedro antes de iniciar un recuento vital que se detiene con brío en su infancia tangerina, donde vivió hasta los 13 años (“ha sido para mí un inmenso regalo del destino, perenne en mis raíces y marcándome definitivamente”), su amistad con la niña Odette, los veranos, la playa y el primer viaje a España para entrar interno en un colegio de Zaragoza. El cambio radical de paisaje afectó al feliz transcurso del riachuelo, que circuló apesadumbrado hasta el descubrimiento —o mejor dicho, la torrencial salvación— de la lectura. En casa de unos tíos da con una colección olvidada de libros de aventuras (“mosqueteros, piratas, espadachines, bandidos generosos, guerreros, delincuentes ingeniosos y otros héroes novelescos”) editada por el periódico La correspondencia de España: “Fueron como inyecciones estimulantes. Hicieron revivir el ímpetu del río, lo despertaron de su encantamiento”.
El caudal creció con fuerza y su curso le llevó a convertirse en uno de los pensadores españoles más respetados y queridos por las nuevas generaciones, huérfanas de voces capaces de cifrar su desamparo. Novelista y economista, profesor,referente del 15-M y un ejemplo de resistencia y dignidad intelectual, Sampedro plasma en Sala de espera sus preocupaciones por un mundo desbocado, capaz de echar por tierra todos sus principios de justicia, crítica y humanidad. Según explica su viuda, apuntaba las ideas en “libretas, blocs y cuadernillos a las que daba vueltas y más vueltas, incorporando las preocupaciones que le producían las noticias”. A diferencia de otros libros, “este le hacía sufrir más que disfrutar y, finalmente, falleció dejando sus cajones repletos de anotaciones, disculpándose por no haber logrado ponerlas en claro y pidiéndome que publicara yo lo que me fuera posible descifrar”. Olga Lucas ha decidido sin embargo editarlos tal cual por miedo a traicionar o alterar su sentido.
Es aquí donde el escritor esboza “sus verdades”, donde se replantea el sentido último de la nueva
barbarie, donde busca aportar algo propio al proceso de desescombro que vivimos, donde planta batalla al cinismo, donde se confiesa con tristeza como un apátrida, un eterno inmigrante: “La sublevación de los militares españoles en 1936 hundió para siempre el mundo anterior. Desde entonces soy un inmigrante en el tiempo (no solo hay migraciones espaciales), sin esperanza de retornar a mi origen —la España de 1935— porque desapareció como la Atlántida”.

Retirado en su costa de Mijas como “un monje medieval en la montaña” toma conciencia última de nuestra nimiedad. Aunque no tanta: “Somos un momentáneo corpúsculo, material biodegradable para el perpetuo reciclado. Un infinitésimo de energía. Pero hablante”. Cree en la palabra, pero advierte de sus peligros: del naufragio del sentido crítico, de la cobardía de los que no quieren significarse. “No solo hay que reivindicar siempre el derecho a la palabra, como máxima expresión de nuestra humanidad. También hay que cumplir el deber de usarla en pro de la dignidad propia o ajena. Pues, como proclamó magistralmente Martin Luther King, hay una conducta más escandalosa que la de los malvados y es el silencio de los hombresbuenos que callan y miran para otro lado sin protestar de las maldades”.
En la antesala de la muerte, Sampedro pidió un Campari que al parecer le sirvieron muy frío. Complacido, se limitó a dar las gracias antes de desembocar en el mar definitivamente. A muchos les estremeció que la vela se apagase con tanta armonía física y mental. Quizá no sabían que cuarenta años atrás, perdido y trastornado por “el asco, el desprecio y la resignación” que le invadía se topó con una proclama “arrolladora” de mayo del 68, estampada en un muro del Odeón de París durante las revueltas estudiantiles. La recordó antes de morir porque cambió el curso de su vida. La anotó en mayúsculas: “¡QUE PAREN EL MUNDO, QUE ME APEO!” “Me convertí en el acto a ese programa. No podía yo parar el mundo, pero sí apearme con mi resistencia pasiva de la sociedad asfixiante. Así es que dejé, abandoné la columna humana en su marcha histórica hacia el desarrollo inaceptable y me quedé sentado en la cuneta, viéndoles pasar con sus chirimbolos y sus ilusorias banderitas”. En la cuneta, con su traje de misántropo, José Luis Sampedro comenzó el camino hacia sí mismo y, secretamente, hacia todos nosotros.
El Pais

domingo, 30 de marzo de 2014

Un animal que imagina

Estas lecturas retrospectivas han provocado en mí emociones y sentimientos contradictorios: simpatía y repulsión, por el que yo fui; aprobación y disgusto, por lo que escribí. El asentimiento y la negación conviven y batallan en mi interior. Así, no puedo ni siquiera juzgarme. No me condeno ni tampoco me absuelvo. Me limito a verme y, para decir la verdad, a soportarme. No obstante, en la medida que puedo ser objetivo, que es muy pequeña, advierto que cambio y continuidad son dos notas constantes en mis trabajos poéticos, dos polos, dos extremos contrarios que me han atraído desde que comencé a escribir. Siempre me ha interesado y, más, me ha apasionado, la experimentación y la exploración de formas y territorios poéticos poco conocidos, nuevos. Desde este punto de vista mi poesía se inscribe dentro de la tradición de la literatura moderna, que es una literatura de exploración y de invención.
He procurado definir esta tradición en varios trabajos críticos, especialmente en Los hijos del limo, un libro que lleva por subtítulo ‘Del Romanticismo a la vanguardia’. Esa tradición puede caracterizarse como una serie de rupturas con el pasado y una serie de tentativas por crear un arte nuevo, distinto y único. La antigua estética se fundaba en la imitación de los modelos de la Antigüedad clásica, la moderna, desde el siglo XVIII para acá, en la búsqueda de una nueva belleza. Pero tal vez estamos al final de este periodo y vivimos en el ocaso de la vanguardia. Sea como sea, en mi caso, la exploración de formas poéticas, de nuevas formas, ha coincidido siempre con el amor y el cultivo de las formas tradicionales, del soneto y el endecasílabo, al poema breve en metros cortos. Pero el cambio y la continuidad no solo se entrelazan en las formas poéticas que he frecuentado sino también en los temas y en la sustancia misma de lo que he escrito.
Mi primer libro, Raíz del hombre, fue, hasta cierto punto, una ruptura con la poesía que se escribía por aquellos días en México. Pero el sentido peculiar de esta ruptura se me escapó a mí mismo. En cambio, no se le escapó a Jorge Cuesta, como se ve en la pequeña nota que dedicó a mi libro. Raíz del hombre es un libro torpe, lleno de repeticiones, ingenuidades, faltas de gusto, un libro que me avergüenza haber escrito. Asimismo es un libro que siento mío, no por lo que dice sino por lo que quiere decir y no llega a decir. El movimiento que impulsa cada línea no es hacia fuera sino hacia dentro. No es una búsqueda de nuevas formas, de la novedad, sino una tentativa fallida, es verdad, por volver a la fuente original primordial. La palabra sangre aparece en cada poema con una insistencia obsesiva, monótona. Me parecía en esos días de mi adolescencia una suerte de emblema mágico. El abanico de sus significaciones se resolvía en una: la sangre designaba para mí el mundo del origen, el mundo del principio, la vida elemental, la verdadera vida, en suma. Era una verdadera constelación de significados. Venía, por una parte, del novelista inglés D. H. Lawrence, que yo leí mucho en mi primera juventud. Venía también del poeta alemán Novalis para el que la sangre tiene un valor, una significación mística, a la vez corporal y espiritual. Confluían con esas ideas las visiones del mundo precolombino, especialmente la visión azteca con su creencia en la sangre como una sustancia mágica que ponía en movimiento al cosmos y que era el alimento sagrado de los dioses. Por último, la palabra, y sus oscuras asociaciones, venía de mí, de la parte más honda de mi ser. Pronto abandoné esa palabra como un gastado talismán verbal, pero el subsuelo psíquico en el que, como una verdadera raíz —raíz del hombre—, se hundía, permaneció intacto. Era y es el fondo, el sustento de mi poesía, la sustancia que la alimenta.
En uno de mis primeros trabajos críticos Poesía de soledad y poesía de comunión (1942) vuelvo a este tema aunque desde una perspectiva ligeramente distinta. Comparo el amor con la poesía y digo: “En el amor, la pareja intenta participar otra vez en ese estado en el que la muerte y la vida, la necesidad y la satisfacción, el sueño y el acto, la palabra y la imagen, el tiempo y el espacio, el fruto y los labios, se confunden en una sola realidad. Los amantes defienden asustados, cada vez más antiguos y desnudos. Rescatan al animal humillado y al vegetal somnoliento, que viven en cada uno de nosotros. Y tienen el presentimiento de la pura energía que mueve al universo y de la inercia en que se transforma el vértigo de esa energía”. En aquella época yo no había leído a Breton. Más tarde, me encontré que él dice algo parecido, lo dijo antes de mí, pero esta coincidencia fue absolutamente una coincidencia.
En otro pasaje del mismo texto de 1942: “El amor es nostalgia de nuestro origen, oscuro movimiento del hombre hacia su raíz, hacia su nacimiento. En cada hombre y en cada mujer —diría hoy— están todos los mundos y, también, todos los tiempos. El amor es la tentativa por volver a la unidad original o, al menos, por vislumbrarla”. Podría multiplicar las citas, pero me limitaré a señalar que unos años después, en El laberinto de la soledad reaparece esta idea. Todo en la vida moderna tiende a hacer de nosotros sus expulsados de la vida, pero también todo en nuestro interior nos impulsa a volver, a descender al mundo de donde fuimos arrancados. Si le pedimos al amor que siendo deseo, es hambre de comunión, es hambre de caer y de morir tanto como de vivir y de nacer, le pedimos al amor que nos dé un pedazo de vida verdadera, un pedazo de muerte verdadera. Y más tarde, en El arco y la lira, quizá con mayor claridad, digo: “El impulso de regreso es la fuerza de gravedad del amor, la persona amada nos exalta, nos hace salir fuera de nosotros y, simultáneamente, nos hace volver a nosotros, nos hace volver a ser. La amada —dice el poeta español Antonio Machado— es una con el amante, no en el término del proceso erótico, sino en su principio, y acierta doblemente. La amada es una con el amado y la amada con el amado en dos modos simultáneos, como presentimiento y como recuerdo: el presentimiento de la unidad deseada es al mismo tiempo un recuerdo de aquella unidad original perdida, verdadera subversión del tiempo lineal, lo que recordamos es aquello que presentimos, en la poesía y en el amor, también en otras experiencias, como las experiencias de la vida contemplativa, y en estas, quizá con mayor fuerza y nitidez, el hombre regresa a sí mismo, y ese regreso es una recuperación de la unidad original. No regresamos a nuestro pobre yo, sino al otro, o mejor dicho, a lo otro”. En suma, siempre he creído —confieso que hablo de mis creencias y no de mis ideas— que la conciencia poética es la revelación de nuestra condición original, y que esa condición no es solo otra situación, como diría un filósofo moderno, un ser esto o aquello, sino un con estar, un ser con alguien y con algo. Ese algo es lo que llamamos “el mundo” o “el cosmos” o “el universo”: no aquello en que estamos sino aquello con lo que estamos. La poesía, una vez más, nos lanza fuera de nosotros mismos hacia lo desconocido. Es una exploración y una búsqueda de lo nuevo. Al mismo tiempo, es una vuelta, un recordar, un volver a ser, un volver al ser.
La segunda sección de Ladera este se llama ‘Hacia el comienzo’. El título corresponde a las creencias y preocupaciones que acabo de enunciar. Lo mismo sucede con los poemas. En estos poemas la vida anterior, en el sentido que Baudelaire daba a esta expresión, regresa. Es decir, es la vida del comienzo. Pero quizá “vida anterior” es una expresión imperfecta como lo es “la vida futura”. Ambas expresiones son hijas del tiempo lineal, sucesivo, en que el ayer está antes del hoy y el hoy antes del mañana. En el tiempo del amor como en el tiempo de la poesía, por supuesto, y también y sobre todo, en el tiempo de los contemplativos, participamos en una verdadera conjunción. Ayer, hoy y mañana se resuelven en una presencia. Durante un instante o un siglo esta experiencia nos hace ver o vislumbrar, en el cambio la identidad y la permanencia en el transcurrir. No me extenderé en esta paradoja porque creo que es realmente indecible, indemostrable. Es un desafío al lenguaje y a la razón. Solo el arte y la poesía, en contadas ocasiones pueden expresarlo, pero todos nosotros, sin excepción, aunque casi siempre hemos olvidado esa experiencia, que generalmente se sitúa en la infancia y en la adolescencia, hemos vivido por un instante esta conjunción de los tiempos. Y aquí vale la pena subrayar que se trata de una concepción y una experiencia que contradicen la concepción central de la época moderna. Desde hace tres siglos, primero los pueblos de Occidente y ahora el planeta entero creen en la historia como un avance continuo, salvo unos cuantos grupos marginales dispersos aquí y allá (por ejemplo, núcleos de supervivientes de los llamados “primitivos” y grupos de civilizados disidentes decepcionados de los espejismos de las sociedades modernas), la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos adora el futuro. Para casi todos nosotros no es el pasado sino el futuro el que será mejor. En esto coinciden tirios y troyanos, capitalistas y comunistas. El culto al progreso es la creencia básica del hombre moderno. Esta creencia no sé si llamarla “subreligión” o “superstición” se opone a una de las tendencias centrales del hombre, tal como la revelan la poesía, el amor y la contemplación. Se ha definido al hombre como un animal o un ser que fabrica útiles, Homo faber.
Se le ha definido como un animal racional, como un animal político, o bien, como un producto de la historia cuya conciencia está determinada por las fuerzas sociales de producción. Las definiciones son muchas y casi todas ellas son probablemente ciertas. Ninguna de ellas es además incompatible con la idea del progreso. Pero el hombre, también, es un ser que desea y, porque desea, es un ser que imagina. Su imaginar es el presentir. Es un presentir que es un recordar, que es una exploración de lo desconocido que es, asimismo, una búsqueda del origen. Pues bien, como ser de deseos, como ser que desea, como ser que fabrica imágenes de su deseo que son un presentir, que son también un recordar, el hombre no es un sujeto de progreso sino de regreso. No quiere ir más allá, sino quiere volver hacia sí mismo. Por eso, frente al culto público al progreso ha existido, desde el periodo romántico, el culto secreto, casi clandestino, y contra la corriente, a la poesía. Una de las heterodoxias del mundo moderno, desde hace dos siglos, ha sido la poesía. La poesía y el arte sucesivamente expulsados y, después, hipócritamente consagrados por los poderes sociales.
Otra de las transgresiones de las sociedades modernas ha sido el amor. Ambos, amor y poesía son experiencias no productivas, son antiproductivas, y han sido y son negaciones del mundo moderno. Apenas necesito aclarar que yo llamo “amor” nada tiene que ver con la revolución erótica o con la revolución sexual. Yo no estoy en contra de la libertad sexual, pero el amor es otra cosa. El amor no es ni una higiene ni una política. Es amor es un destino, una vocación, una pasión, como quieran llamarlo ustedes, pero no una pedagogía. Pero todo ha cambiado. En los últimos años hemos oído muchas voces de alarma que nos anuncian catástrofes inminentes y universales. Unos denuncian el excesivo crecimiento de la especie humana y sus previsibles consecuencias, dictaduras, hambres, guerras; otros nos advierten que los recursos naturales son limitados como se ve ya en la crisis de los energéticos; otros más hablan de la contaminación del aire y del agua, del calentamiento excesivo de la atmósfera o de la amenaza atómica. Lo más notable es que todos estos vaticinios pesimistas vienen de las universidades y los institutos que hace apenas unos años, todavía, eran las fortalezas intelectuales de la creencia en un progreso basado en los avances de la ciencia y la técnica. Hoy la creencia en el progreso continuo e infinito se bambolea. No digo que sea falsa, digo que se bambolea. Sus sacerdotes, los científicos y los técnicos han dejado de creer en esta divinidad abstracta inventada por los filósofos del siglo XVIII y del XIX. “Pero si dejamos de creer en el progreso, ¿en qué vamos a creer?”, se preguntan muchos. Aquí los poetas, en el sentido más amplio de la palabra poeta, es decir, los hacedores de formas y de imágenes, desde los novelistas y escritores de imaginación hasta los pintores y los músicos, tienen algo que decir. Fueron los guardianes de un culto clandestino y marginal. Ahora pueden ofrecer una respuesta al progreso, el regreso. (…)

Extracto de la conferencia dictada por Octavio Paz en el Colegio Nacional de México el 18 de marzo de 1975. Forma parte del volumen que la editorial Atalanta publicará en España con el título de Octavio Paz. Itinerario poético.
El Pais

viernes, 28 de marzo de 2014

¿Arde París?



No bastó un estallido de cólera de Adolfo Hitler en expresar: “Quien tiene a París, tiene a toda Francia”. Perder a Francia, era perder a todo Alemania, pues esta vendría a ser un gran refugio de cemento armado y acero frente al encaminado poderío de los Aliados contra los desquiciados intentos políticos del Führer Desde el 15 de junio de 1940, las únicas banderas tricolores de todo un patriotismo francés que podía apreciarse, solo era las banderas de los Inválidos, guardadas en las vitrinas del Museo del Ejercito.

Paris brûle-t-il? Título en francés de ¿Arde París? de los escritores Larry Collins y Dominique Lapierre, reviven los acontecimientos reinante durante la ocupación de Francia por los alemanes y la liberación por parte de los Aliados. El ambiente tenso, y no es de menos, se apoderó de todos los franceses. Es una historia llevada a cabo por las muchas entrevistas a cientos de alemanes, franceses y estadounidenses, desde el general Eisenhower al general von Choltitz, este último comandante alemán tras la derrota de los invasores, hasta la conversación del primer parisino que izó la bandera tricolor en la cima de la torre Eiffel el día de la liberación, el 25 de agosto de 1944.

Si algo no borró la historia es el gran milagro francés de ser destruida, escapo, pues Hitler en ese estallido de cólera, exige a sus mandos que resistan hasta lo indecible para que París no sea liberada por los Aliados, destrúyanla, aniquílenla por completo. París escapó de la destruición a la que Hitler la había condenado desde su Bunker. Esta liberación y milagro, no es solo un esfuerzo de los Aliados, sino también de grandes hombres de la Resistencia internamente que se enfrentaron, se cansaron de ver a Francia ser pisoteada por un desquiciado que en la lejanía esperaba que se cumplan sus ordenes, y que en la lectura de muchas de sus acciones se asemejaron en la histórica revolución francesa y sus barricadas.

Este libro fue llevado al cine a través de la realización de René Clément, con unas adaptaciones formidables de los guionistas Gore Vidal y Francis Ford Coppola, y estrenándose en 1966. Se rodo en los interiores y exteriores de Paris y en plató. Si el libro te hace vivir a través del barco de la imaginación esos días infernales, en la película muestra la crueldad y el carácter devastador de la guerra, el dramatismo en el momento en que se nombra a Choltitz, las instrucciones trastornadas de Hitler de azotar a Paris, del acribillamiento de unos jóvenes que fueron emboscados y engañados, la decisión de aplazar la liberación de París, el desasosiego de la Resistencia, el papel del  cónsul Nordling  y Emil Bender, que hicieron de todo para que los prisioneros parisienses sean puesto bajo la salvaguardia de la Cruz Roja, y sobretodo el papel del cónsul en sus conversaciones con von Choltitz en su intento para que Paris no sea destruida como deliraba Hitler , la figura  de Jacques Chaban-Delmas, entre otros acontecimientos que hacen de este libro unos mis favoritos referente a historia de la Segunda Guerra Mundial.

Os dejo en sus maños.


Juan Bonilla gana la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa

Vladímir Maiakovski, el poeta que "escribía poesía lírica pero roncaba como un poeta épico" ha vuelto gracias a Juan Bonilla y con el impulso de Mario Vargas Llosa. La vida del vanguardista ruso, recreada por el escritor español en Prohibido entrar sin pantalones (Seix Barral), se ha convertido en la primera obra en ganar la I Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, en Lima. "Una obra redonda y nabokoviana", según J. J. Armas Marcelo, director de la Cátedra Vargas Llosa. Y escrita, recuerda su autor, bajo el influjo de "los violentos y apasionados poemas vertiginosos de la juventud de Maiakovski, los propagandísticos de la Revolución rusa y las sátiras épicas de sus últimos años".
Un libro con una biografía de aire maiakovskiano: hace unos 30 años el ímpetu y los apasionados versos del poeta ruso y su romántica y trágica vida sedujeron al joven Bonilla (Jerez, 1966); hace 13 años al escritor se le ocurrió la novela cuando el poeta ruso se le cruzó en otra investigación y ya se negó a irse de su cabeza; hace dos entregó la novela a la editorial; hace uno llegó a las librerías; en diciembre no figuró en España en las listas de los mejores títulos de 2013 y ahora ha sido elegida, por un jurado internacional, como la mejor novela en español de los dos últimos años. Bonilla recibirá 100.000 dólares (unos 75.000 euros), una escultura exclusiva donada por el artista peruano Fernando de Szyszlo y un periplo por América y España que acaba de empezar.
La semilla de Prohibido entrar sin pantalones prendió en 2001, durante una beca de la que Bonilla disfrutó en Roma para hacer una novela sobre los futuristas italianos que fueron a la Guerra Civil. Un día apareció el enfrentamiento entre futuristas rusos -bolcheviques y futuristas italianos -fascistas. “Entre los primeros se alzó gigantesca la figura de Maiakovski, que enseguida se me apareció como un gran espejo en el que reflejar toda su época y en el que combatían cuestiones importantes como el papel del artista en la sociedad en sus dos vertientes: el papel del artista contra el poder y el papel del artista al servicio del poder, además de esa contradicción vital que marcó su destino de creer en el arte como instrumento de transformación social pero necesitar, para ello, llegar a un público amplio. Por debajo estaba su historia de amor con Lily Brik. Abandoné el proyecto que me había llevado a Roma, y me decidí a escribir una novela con/de/desde/sobre/para/trasMaiakovski, pero no encontré la manera hasta muchos años después”.
El nombre del ganador se dio a conocer en el Gran Teatro Nacional de Lima, con la asistencia del premio Nobel peruano y anfitrión de este encuentro literario. Las otras dos novelas finalistas eran Las reputaciones(Alfaguara), de Juan Gabriel Vásquez, y En la orilla (Anagrama), de Rafael Chirbes. En esta primera edición se presentaron 325 títulos.
Blecua, como presidente del jurado, anunció el ganador poco antes de las diez de la noche del jueves. La entregra sirvió de clausura de la Bienal Vargas Llosa (del 24 al 27 de marzo). El acto fue precedido por la mesa redonda Literatura de la violencia y dos actuaciones musicales coloridas y andinas: Cecilia Carranza (la artista de quien está enamorado con 20 años Felícito Yanaqué, protagonista de la última novela de Vargas Llosa,El héroe discreto) y el grupo de danza Elenco Nacional del Folclor. 
El jurado estuvo integrado por Nélida Piñón, José Manuel Blecua, Marco Martos, Christopher Domínguez Michael y David Gallagher; además deJ. J. Armas Marcelo, director de la Cátedra Vargas Llosa, que actuó de secretario. El premio, financiado por la Cátedra Vargas Llosa, la Universidad de Tecnología e Ingeniería de Perú y Acción Cultural de España, es el segundo de estas características que se entrega en el ámbito hispanohablante. El otro, que se concede los años impares, es el Rómulo Gallegos, creado en 1967 y que entonces ganó, precisamente, Vargas Llosa con La casa verde, y en el cual Bonilla fue finalista en 2005 con Los príncipes nubios, y que al final ganó Isaac Rosa con El vano ayer
Terminaron así cuatro días en los que Lima se convirtió en la capital de la literatura, según el Nobel peruano. El escritor se mostró emocionado y conmovido por la acogida de esta Bienal que lleva su nombre. En especial, reconoció, porque espera que con estas actividades se haya fomentado y promovido la lectura y espera que "prospere y sirva para aumentar el número de lectores".
La Bienal congregó a una treintena de autores latinoamericanos y españoles en 12 mesas redondas. Los encuentros literarios se realizaron en ocho universidades: Ricardo Palma, Femenina del Sagrado Corazón, Mayor de San Marcos, Peruana Cayetano Heredia, San Ignacio de Loyola, Peruana de Ciencias Aplicadas, de Lima, Católica del Perú; y en el Museo de Arte Contemporáneo y en el Teatro Nacional.
Entre los invitados a estas jornadas estuvieron los escritores Sergio Ramírez, Javier Cercas, Piedad Bonnett, Rosa Montero, Alonso Cueto, Héctor Abad Faciolince, Fernando Iwasaki, Arturo Fontaine, Leila Guerrriero, Gabriela Wiener, Edmundo Paz Soldán  y Santiago Roncagliolo.
El Pais

jueves, 27 de marzo de 2014

El buscador de almas

El buscador de almas fue la única novela escrita por Georg Groddeck, uno de los padres fundadores del movimiento psicoanalítico. Rechazada inicialmente por numerosas casas editoriales que se escandalizaron por su contenido, fue el propio Sigmund Freud quien en 1919 la publicó en la editorial oficial del movimiento psicoanalítico, Psychoanalytischer Verlag, dándole la bienvenida al autor con las siguientes líneas: «Deberíamos todos darle las gracias por la sonrisa deliciosa con la cual, en su Buscador de almas, ha representado nuestras indagaciones sobre el alma, por otra parte siempre tan serias».

Inscrita en la tradición de la novela picaresca, El buscador de almas cuenta la historia de August Müller, un burgués de mediana edad que lleva una vida convencional hasta que se ve aquejado de escarlatina y desarrolla una obsesión con las chinches de su habitación, a las que se propone exterminar por todos los medios. A partir de ahí se embarca en un delirio que lo transformará en Thomas Weltlein, encarnación viva de los pensamientos reprimidos, los deseos y los impulsos que conforman lo que en psicoanálisis se conoce como el Ello, o también como el Inconsciente. Al conducirse en la vida mediante una «asociación libre de disparates», Weltlein desata el caos en cervecerías, asambleas sindicales y salones literarios, ante la mirada perpleja de la rígida sociedad germánica, que oscila entre la incomprensión y el escándalo frente a la puesta en práctica de Weltlein de una máxima nietzscheana: ver el mundo de cabeza a través de las propias piernas.

I. AGATHE, EL EDITOR, AUGUST MÜLLER Y EL "BUSCADOR DE ALMAS"
Mi amiga, la señora Agathe Willen,* me encargó en su lecho de muerte que publicara la historia de su hermano, un tipo raro llamado Thomas Weltlein. 

-Thomas -me dijo- era el mejor de los hombres, y también el más inteligente que he conocido jamás. Y yo soy la culpable de que haya acabado de un modo tan lamentable. Mi manía de limpieza y mis angustias lo arrojaron a esas tempestades en las que naufragó. Y ahora, cuando cualquiera se burla de la locura de ese pobre infeliz, mi alma se siente abrumada por un peso enorme. Mis remordimientos me han llevado a reunir todo lo que he podido averiguar sobre las curiosas vivencias de mi hermano. Por eso le ruego a usted, que lo conoció y lo apreció, que eche un vistazo a los papeles, cartas y diarios guardados en aquella caja, que los ordene y los publique como una advertencia dirigida a todos los hombres y mujeres prudentes y sensatos. 

Apenas dicho esto, la valerosa Agathe se dio la vuelta hacia la pared y murió.
Era un error de la buena anciana pensar que yo hubiera podido conocer o incluso apreciar al hermano por ella descrito. Cuando el azar me arrojó a la ciudad de Bäuchlingen, él ya había pasado a mejor vida. Pero, a esas alturas, yo ya no podía corregir a la muerta al respecto, por lo que, de pie junto a su lecho, juré satisfacer su último deseo. Por tal razón, cualquier público indulgente habrá de perdonarme que le cuente con lujo de detalles cómo vivió y murió Thomas Weltlein. 

Sin embargo, debo puntualizar algo en mi narración antes de iniciarla. El hombre del que trata esta historia no se llamaba Thomas Weltlein; había recibido de sus padres el nombre de August Müller. Pero él mismo se otorgó plenos poderes para cambiarse el nombre que había heredado. En Bäuchlingen esto era algo que todo el mundo sabía, y hasta yo tenía conocimiento de ello, pero no fue hasta que leí los papeles de la difunta hermana que me enteré de las extrañas motivaciones de ese nuevo bautismo, algo sobre lo que también informaremos al lector en su momento. Por ahora, el hombre del que he de hablarles se llama todavía August Müller.

Debido a la muerte de sus padres, August Müller entró en posesión temprana de un patrimonio considerable. Fue alumno, por varios años, de una serie de universidades, viajó mucho y tuvo incontables vivencias, y, finalmente, regresó a su retiro en Bäuchlingen siendo un hombre de treinta y tantos años. Y allí vivía, en una casita rodeada de parras, en compañía de su hermana viuda, Agathe Willen, y de la hija adolescente de ésta, Alwine. La llegada de su hermana a la casa estuvo asociada a un acontecimiento que, por muy insignificante que ahora pueda parecer al lector, debemos mencionar. En uno de sus viajes, August había conocido al nieto de Goethe: Wolf. Por su don para hacer hablar y para escuchar atentamente a personas solitarias, se ganó en tan alto grado el favor de Wolf Goethe, que éste, a modo de recuerdo, le regaló una silueta recortada por la mano de su abuelo. En nítidos contornos, en papel negro, se ve la figura de un hombre sentado sobre un globo terráqueo que sostiene sobre la palma de la mano a una mujercilla desnuda cuya zona crucial examina con una lupa. August quedó encantado con el regalo e hizo enmarcar la figurita, a la que llamó el «Buscador de almas». La había colocado sobre su escritorio de tal modo que, cada vez que alzaba la vista del trabajo o de algún libro, sus ojos se posaban forzosamente en ella. Adoraba aquel dibujo. Tras la muerte de su cuñado, invitó a su hermana a que viniera a visitarlo a Bäuchlingen durante unas semanas en compañía de la pequeña Alwine. Puesto que aquella niña le gustaba, y la mano diligente de su hermana le haría la vida más agradable, una mañana le pidió a Agathe que se quedara con él y llevara los asuntos de su casa. Agathe, que estaba sentada frente a él, en el viejo sofá de cuero, molesta por el hecho de que su hijita Alwine lamentara la pérdida del padre tan poco como ella la del marido; enfadada, asimismo, por no haber sabido transmitir a la niña ni siquiera la decencia necesaria para fingir el duelo, tal y como ella hacía, estuvo a punto de rechazar de plano la petición, ya que atribuía esa falta de sensibilidad en su hija al influjo del extraño afecto de Alwine por su tío. Sin embargo, en ese momento vio cómo Alwine, que estaba cariñosamente acurrucada junto a su amado tío, estiró su delicada mano para agarrar el «Buscador de almas». Agathe se puso de pie de un salto, levantó a la niña del regazo de August, le dio un manotazo en la mano y la mandó a tomar viento fresco. Lo que los dos hermanos acordaron a continuación es algo que desconozco, pero el resultado fue que el «Buscador de almas » de Goethe desapareció del escritorio de August Müller y que Agathe y su hija se mudaron a su casa.
* Willen, en alemán, es «voluntad». Sobre el significado de otros nombres, véase glosario al final del libro. [N. del T.]

José Carlos Somoza: “La realidad virtual puede beneficiar a la humanidad”

—Oh, Johann, ¿por qué te burlas de mí? Las historias sobre las fiestas del duque vienen desde mucho antes de que llegáramos a Weimar...
—María, mi música era honrada antes de que yo naciera.
Hablan Johann Sebastian Bach y su primera mujer, María Salomé. Lo hacen en las palabras de José Carlos Somoza (La Habana, 1959), que en su última novela engarza la música de Bach en el núcleo de la realidad virtual de Órgano, su Matrix particular, para contar una verdad muy diferente a la que se suele proclamar cuando se habla de la vida al otro lado del velo digital: "La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿Qué nos obliga a ser infelices en el mundo? ¿Un pecado original? ¿La voluntad de un ser supremo? La realidad virtual es la expresión de lo que deseamos ser y puede mejorar la condición humana".
En el real, es un jueves a media mañana, en el número 21 de Recoletos: el Café Gijón. Una mesa al fondo y agua mineral para beber. Somoza elige este lugar para la tertulia sobre los nuevos límites de la realidad por motivos sentimentales (aquí ganó uno de sus primeros premios) y porque el centro de Madrid es ambrosía de sus musas. Esas musas que le dicen que después de superar la docena de novelas "no importan los riesgos" y que hay que vivir al filo del día a día, donde el cuchillo del presente penetra en lo asumido de los que temen al cambio.
Lo virtual no es un lugar para las máscaras. Es el lugar donde las máscaras caen.
La última apuesta de Somoza, el único escritor en la historia del fantástico español nominado a un grande del género como el premio John W. Campbell, es La cuarta señal. Y viene cargada de riesgos y empuñando un filo ávido de tópicos y convenciones. Para empezar, sus personajes, un adolescente de dieciséis años y una madre soltera con una hija que pasa de los treinta y que en el virtual invierten la relación de su edad y se enamoran: "Una de las premisas que me marqué en esta novela era demostrar que gracias a la virtualidad, cualquier persona puede enamorarse. Lo virtual no es, como suele decirse, un lugar para la mentira, para las máscaras. Es el lugar donde caen las máscaras, porque hay libertad".

Acordes que matan

El disparo lo vuelve hermosísimo todo: la estancia entera se ilumina con la tonalidad fastuosa de mi mayor, y el adagio de la Sonata número 3 para violín y clavicordio flota como un beso desde el rifle hasta el personaje de Phil, que se disgrega en un bello confeti polícromo como de fiesta barroca antes de desvanecerse entre acordes.
Edna se echa al suelo de nuevo, boca arriba, pero nadie más entra. Llega el silencio tras la floritura mortal.
José Carlos SomozaLa cuarta señal (Minotauro, 2014)

En el virtual de La cuarta señal hay viejos que se visten de niñas, seres que tocan (musimas) y seres que nacen para ser tocados (instrumentos), bosques infinitos y teletransporte entre pétalos de rosa. Hay también mucha música, la de Bach, porque Somoza, melómano sin remedio, cree que los acordes del genio sajón son "átomos musicales", melodías como disfraces que ocultan el código secreto de la realidad. Hay acción y suspense, juegos metaliterarios, y una profecía bíblica con ecos apocalípticos. Lo que no hay es moralina. Los tiempos en los que la máquina era enemiga del hombre, para este escritor, han pasado: "Hay que pensar en el miedo que se tuvo cuando pasamos de los caballos a las máquinas. La gente decía: '¿Un medio de transporte que no lo mueve un animal? ¡Ni hablar! Y mira donde estamos ahora. Pensar que lo virtual no es natural al hombre es un error. Es como cualquier otra meta que se fija él o cualquier otro animal. Satisface sus deseos".
A Somoza le molesta que este cuestionamiento de lo real parezca coto exclusivo del "gueto de la ciencia Her(Spike Jonze, 2013), sirva para quitarle el estigma que en España sigue teniendo el fantástico, porque el "escritor es escritor sin etiquetas".

ficción", gueto en el que por otra parte dice estar muy cómodo. Lo más irreal para este autor que pueda plantearse es pretender que ignorar estas cuestiones lo convierte a uno en un narrador realista. "¡Es que no los hay más fantásticos que los que dicen ser realistas! Viven en un mundo completamente inventado, donde nada de lo que ahora mueve el mundo, lo digital y su importancia para lo que somos y lo que seremos, ha llegado. Yo los invito a que se unan a esta reflexión. Es necesario que seamos más lo que hablemos sobre estos temas". Somoza espera también que esta progresiva irrupción en la literatura de autor en lo virtual, y cita el ejemplo que está dando el cine con películas como la oscarizada 

La cuarta señal es para Somoza solo un primer paso. Y no el más ambicioso. Su verdadero sueño es combinar la revolución de lo digital con un ingrediente que de primeras suena insólito: "Miguel Delibes. Esa es la novela virtual que creo debe escribirse. Delibes porque él contaba muy bien historias intimistas entre un par de personas o bien entre una persona y su ambiente. Delibes era muy bueno en contar la soledad de alguien que vive con su paisaje, la caza, sus mascotas. Creo que eso es lo que pide la realidad virtual en literatura. Más intimismo y menos acción". Fuera como fuere, Somoza defiende lo virtual porque permite lo que siempre ha sido el motor de la escritura y de gran parte de la experiencia humana: "Vivir otra vida de la que te ha tocado. ¿Por qué solo conformarse con una vida? Una vez dominemos lo virtual, y el tiempo de computación en que suceden las cosas allí, podríamos vivir tantas vidas como queramos. El ser humano podrá existir de múltiples maneras hasta que cada individuo diga basta a experimentar cosas nuevas".
El Pais

miércoles, 26 de marzo de 2014

Plenilunio



Esta novela trata en un primer intento de buscar el desenlace y solución de la muerte de una niña de nueve años, la cual fue violada y asesinada, por el victimario y pescador que por un breve tiempo le pasó por el frente a los investigadores del caso. Este asesinato  se convirtió en un acontecimiento donde la inmediatez contrastó con el desasosiego de los ciudadanos por el temor a que ocurriese el mismo caso con otro párvulo. 

El encargado de la pesquisa, tras unas series de investigaciones, descubre su pasado, que no tanto la descubre, sino que se la hace descubrir el Padre Orduña, llegando al traste de ser un miembro de la ETA y ver su final con la muerte. El traslado del inspector desde las zonas norteñas, especialmente  desde el país Vasco, para que investigara la muerte de Fátima, se produjo por las continuas amenazas que recibía él como su esposa.

Tras pasado un tiempo, nuevamente el victimario vuelve actuar, ahora sobre la niña Paula, bajo el mismo lineamiento de los acontecimientos anteriores: noche, luna llena y el lazo de algunos meses de sus últimas acciones,  la visita de un bar.  En esta nueva tentativa amenazante con una navaja en un ascensor, recrea la presión psicológica, la intimida, la cual la traslada a un lugar por recurrente. Pero, el intento fallido de violarla, desencadenó con la acción de asfixiarla utilizando las prendas de la niña, pero tras dejarla, tuvo la afortunada dicha de sobrevivir y contar lo sucedido, y ver la captura del asesino y darle solución del caso primario del móvil que narra la novela, la muerte de Fátima.

Yendo al fondo de este texto, podríamos decir, que una novela sin tiempo, pues no describe ningún tiempo en especial, es decir, alguna referencia a año en que suceden los acontecimientos, solo existe la presunción. Algunas referencias temporales, cuando el inspector llega a la ciudad, unos meses antes, a principio de verano, el crimen de Fátima sucede a finales de otoño o principio de invierno, faltando dos semanas para las vacaciones de navidad se produce la violación de Paula, y el narrador habla de siete meses desde la muerte de Fátima.

El ambiente nocturno en que se suceden los hechos, la hacen algo oscuro, al estilo de Las almas grises de Phillipe Claudel, aunque esta última es posterior. El asesinato de la niña, la relación de Susana con el inspector, el segundo intento de asesinato. Así otros puntos que en el hilo de lectura nos daremos cuenta.

Independientemente de lo tratado anteriormente, es una novela que extiende el hecho para llegar a una solución, o podríamos decir, hay demasiado redondeo para dar con una acción delictiva. Por esa razón, vemos capítulos dispersos describiendo a personajes de la misma, no así cuando sucede los acontecimientos que llevan al victimario a proceder con su próxima víctima, o diríamos con la primera víctima, creo que falto un mayor colorido de imaginación, llevar al lector a introducirse con el narrado de novela, así como otros acontecimientos.

En sus manos