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Pruebas

viernes, 28 de febrero de 2014

Führer. La novela



Si algo caracteriza a las novelas históricas es su vaciado de contenido histórico en la ficción, aunque busque como fin la objetividad o la personalización de los hechos. En tal virtud, vemos la motorización evolucionada de dicho género, donde su concepto permanece igual, aunque la forma con que el escritor se hace le ha inyectado cambios. Las novelas históricas son dosificas por datos precedentes: periódicos, confesiones personales, diarios; con los cuales el escritor le dará forma a un mundo salpicado por letras que le vienen germinado en su cabeza.


Tras leer: Führer, una novela biografía, escrita por el piloto de la Segunda Guerra Mundial Allan Prior, quien con la ayuda de muchas fuentes decide escribir sobre la vida de Adolf Hitler dividiéndolo en tres partes: Adolf, su etapa desde la niñez hasta la adolescencia, Hitler, la etapa del esplendor del dictador y orador, y La guerra, los últimos días del desenlace de quien fuera el hombre más poderoso, y porque no decir, peligroso de la historia reciente. Fue un personaje que le era familiar la desdicha y la fatalidad por su tortuosa y enfermiza mente, pero nunca se rindió a entronizar su férrea voluntad, sin importa ser rechazado por las academias de bellas artes de Viena, y más luego llegar al poder.


Si hemos tenido algún roce con la historia de este personaje, a través de otras fuentes, nos daremos cuenta, que el hilo conductor de Allan Prior no nos es desigual, por eso leerle nos es familiar, podemos apreciar un  texto holgado en diálogos, ya desde el inicio nos muestra el estado familiar del futuro dictador, cuando se producen una conversación familiar en torno al futuro de este hijo, quien tenía bien marcado que quería ser, y no lo que querían imponerle.


Algo que hay que tener en cuenta, este libro no debemos tomarlo como un marco referencial para estudiar de por si la vida de Adolf Hitler, hay otros libros que van más a fondo, pues al ser novela histórico-biográfica, se entrecruzan las conversaciones, que en muchas ocasiones vienen dada por la genialidad del escritor, y esto tiende a enmarañar los hechos reales. 


Os lo recomiendo

Asistencia obligada



Es este un libro prodigioso y terrible, una extraña supervivencia que da noticias de una oscura derrota humana y literaria, la orquestada por los responsables políticos bajo el estalinismo -pero también durante el deshielo de Krushev-, que supieron generar el clima de miedo y sospecha necesario para que todo un nutrido colectivo de intelectuales se plegara a escribir durante décadas sólo sobre lo que el Estado consideraba pertinente. Es esta máquina de aupar mediocres y destrozar "pesimistas", a los Bulgakov, Platonov, Mandelstam, Pasternak, Ajmátova, Olesha o Grossman, la que queda aquí denunciada, y a cuatro manos, por dos escritores que fueron testigos de su sádico funcionamiento. Asistencia obligada no era más que una carpeta llena de fragmentos, bosquejos y retales cuando a principios de los años 70 un moribundo Boris Yampolski se la entregó subrepticiamente a su amigo Ilya Konstantinovski al temer por ella si no regresaba vivo de su enésimo internamiento hospitalario. Muerto el primero, Ilya descubrió el impagable tesoro, un conjunto desordenado de anotaciones que Yampolski había ido redactando durante las interminables reuniones de la Unión de Escritores, citas tragicómicas y grotescas donde se asistía al siniestro ritual de delaciones y autoacusaciones en un clima de terror paralizador y anestesia moral absoluta. Konstantinovski entendió que este legado quebrado e incompleto -como la mayoría de la obra que Yampolski intentó publicar en vida- era en el fondo mucho más que unas memorias, que se trataba de un "fulgurante rayo de luz que penetraba hasta el corazón mismo de un fenómeno nunca descrito por nadie en nuestra literatura", y se impuso la misión de completar la obra del amigo con comentarios y textos de su propia autoría para engrandecer el testimonio y, sobre todo, liquidar para la posteridad ese escrúpulo sobrecogedor que había atenazado los últimos años de Yampolski al susurrarle con compulsión la inanidad de una vida cobarde y yerma. 

Así, Asistencia obligada es por un lado el vestigio de la perversión soviética escrito por un Yampolski satírico y melancólico que ejercita la mirada kafkiana, al desgranar el concepto de reunión o describir la realidad y particular proxémica del salón de actos, y la afila con la amarga ironía de quien sabe hacer pasar a poderosos y escurridizos por un mismo espejo deformante que revela la deshumanización última de todos ellos, incluso de él mismo: un bestiario infame que se pavonea con crueldad frente a un auditorio de mosquitos, pulgones y hormigas; son las "reuniones-degollantes", "las reuniones matadero", donde se escuchan las "palabras-escamas", las "palabras-sanguijuelas". Por otro, es el atento ejercicio de la paráfrasis por parte de un Konstantinovski que amplía y contextualiza el texto original de su amigo y lo pone en perspectiva a través del relato de sus encuentros, en especial de aquellos que se produjeron en el inefable Hogar del Escritor, la colonia vacacional donde ambos coincidieron durante años, y que se extraen de sus Cuadernos de Peredélkino. La descripción de este microcosmos que comparten escritores encumbrados por el régimen -que disfrutan de sus dachas particulares- y el resto de la profesión -en barracones donde convivían delatores con víctimas de largas condenas- compone sin duda uno de los pasajes más inolvidables, por triste y lamentable, de este entrelazamiento de recuerdos: qué estampa la de los antiguos reclusos, intelectuales encarcelados sin culpa alguna durante años, y que devueltos a la normalidad sólo podían establecer entre ellos relaciones de animadversión al interpretar de distinta manera aquello que se les había venido inexplicablemente encima. 

La edición de Asistencia obligada, no exenta de anécdotas rocambolescas, se presenta ahora entre nosotros gracias a Ediciones del Subsuelo, que completa el original ruso, en su día sometido a recortes sospechosos, con la traducción francesa llevada a cabo en Suiza gracias a las precauciones de Konstantinovski. Como coda definitiva de esta historia de desesperación y valor se incluye en el volumen uno de los textos que Yampolski dedicó -como hiciera con Platonov en un discurso prohibido o con Olesha en el libro ¡Viva el mundo sin mí!- a sus más sufridos correligionarios. Se trata deÚltimo encuentro con Vasili Grossman, un descorazonador lamento por el oprobio sufrido por el autor de Vida y destino donde Yampolski mastica remordimientos al tiempo que describe su emotiva amistad con el escritor, enclaustrado como él mismo en un minúsculo tabuco, sometido a vigilancia y desposeído de la obra de su vida. No tiene desperdicio, en este sentido, la conversación que aquí se menciona entre el ideólogo Mijail Suslov -y es que esta es una obra donde se dan nombres y apellidos- y el propio Grossman cuando su novela ya había sido secuestrada y le negaban hasta la devolución de los borradores. Fue entonces cuando el burócrata le dijo que no eran tiempos para poner en duda la Revolución de Octubre, y que, como muy pronto, la novela podría ver la luz después de doscientos o trescientos años. Reír y llorar.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Italo Calvino, al galope del hipogrifo

“El [Orlando] Furioso es un libro único en su género y puede –casi diría que debe- ser leído sin referencia a ningún libro precedente ni posterior; es un universo en sí en el que es posible viajar a lo largo y a lo ancho, entrar, salir, extraviarse”. Esta esclarecedora afirmación de Italo Calvino en la presentación (verdadero y erudito estudio preliminar) de su Orlando furioso narrado en prosa del poema de Ludovico Ariosto, editado ahora como el volumen 32 de la Biblioteca Calvino de la Editorial Siruela (Madrid, 2014), pone en situación al lector sobre esa monumental obra lírica. La traducción del italiano es la ya conocida de Aurora Bernárdez y Mario Muchnik, mientras todos los fragmentos de versos originales de Ariosto incluidos en el texto proceden de la traducción al castellano de Juan de la Pezuela, publicada en 1883, y según una nota previa de Siruela, fue una elección aprobada por el propio Italo Calvino; la misma nota aclara que la presente edición contiene materiales ausentes de la primera italiana (Einaudi). El Orlando furioso de Ariosto no solamente era la obra preferida y de cabecera de Calvino, sino que con el tiempo se convirtió en una especie de obsesión creativa y referencial. Probablemente encontraba en el monumental poema vínculos, vasos comunicantes secretos, ligazones mágicas con su propio imaginario y que pueden rastrearse en el resto de la obra de este prolífico, sorprendente y no pocas veces enigmático escritor, sin duda, uno de los grandes del siglo XX. Adentrarse en el Orlando furioso más que como un intruso pareciendo un reverente asombrado, hace del texto de Calvino una experiencia que puede compaginarse con la lectura del original de Ariosto, y que pueden emprenderse antes o después de hincarle el diente al original, tarea compleja y que tiene sus riesgos. Otras palabras de Calvino (que a la vez se recogen en las tapas de esta cuidada edición) acerca de Ariosto colocan al nuevo lector en la senda trillada: “El poema sale de sí mismo, se define por medio de sus destinatarios; y a su vez es el poema mismo que sirve como definición o emblema de la sociedad de sus lectores presentes y futuros, de la totalidad de las personas que participaron en su juego y que en él se reconocerán”.

Paladines enamorados, reyes guerreros, doncellas encantadas por fuentes mágicas, encuentros fantásticos, florestas animadas por ninfas evanescentes y animales míticos transitan casi coreográficamente por la narración de Calvino, y a la vez, puede recordarse que hay un antecedente parcial a Calvino (y que probablemente conocía) que es la versión en prosa de Francisco de Orellana, también editada en 1883, como la traducción de Juan de la Pezuela. En la prosa de Calvino hay una subyacente poesía propia que si bien tiene su fuente troncal en las octavas de Ariosto, va más allá, acerca al lector moderno a un teatro paralelo y quizás atemporal, como el que dibujan y sellan gráficamente las ilustraciones de Gustavo Doré (una de ellas se usa en la portada de Siruela), la última de sus grandes obras ilustradas, comparable a las que hizo de El paraíso perdido de Milton, el Don Quijote de Cervantes o La divina comedia de Dante.
Italo Calvino nació en Santiago de las Vegas, en el occidente de la isla de Cuba y cerca de La Habana el 15 de octubre de 1923, pero ya en 1925, con le niño Italo de apenas dos añitos, la familia regresó a Italia; su padre era un ingeniero agrónomo que había ido a trabajar a la isla caribeña. De tal modo, poco de esencial cultura criolla habrá en el futuro escritor, en cuya formación fueron decisivos dos encuentros de juventud: el de Cesare Pavese y el de Elio Vittorini, y es precisamente Vittorini quien le sugiere que se deje de las mandangas de la literatura social y comprometida y se adentre en aquello donde ya afloraba su verdadero talento: en lo fantástico, desde donde será capaz de tejer más de una metáfora sobre el hombre contemporáneo. Italo Calvino vuelve a Cuba en 1964 atraído por los cantos de sirena de la revolución castrista y la figura mítica de Ernesto Che Guevara, con quien llegó a encontrarse; en ese viaje, visitó la casa de su primera infancia en Santiago de las Vegas.
Orlando furioso. Narrado en prosa del poema de Ludovico Ariosto.Italo Calvino. Traducción de Aurora Bernárdez y Mario Muchnik. Editorial Siruela. 170 páginas.

El Pais

martes, 25 de febrero de 2014

Washington Square

Washington Square es quizá la novela más aclamada por la crítica entre toda la obra de Henry James. Se trata de un agudo análisis y un retrato excepcional de la sociedad neoyorkina del siglo xix, conseguido a través del relato de la relación entre Catherine, una mujer joven que carece de atractivos, y su padre, el déspota y adinerado médico Austin Sloper, que la somete a su permanente desprecio. La relación que Catherine decide tener con Morris Townsend, un apuesto joven sin escrúpulos que anda detrás de su fortuna, será el detonante de los hostigamientos del padre, que darán al traste con todos los planes de la pareja. Mediante descripciones de gran sutileza y diálogos elegantes y brillantes, Henry James desnuda magistralmente las convenciones sociales que coartan las libertades personales en una sociedad llena de conformismos.
En esta edición ilustrada, el artista norteamericano Jonny Ruzzo reinterpreta la obra de Henry James, difuminando la frontera entre ilustración y arte, y alternando imágenes de época con un estilo actual que complementan magníficamente la lectura de este clásico. Sumado a la excelente y renovada traducción de Andrés Barba y Teresa Barba, esta edición de Washington Square es una oportunidad excepcional para acercarse a una de las obras más celebradas de Henry James.

I
En la primera mitad de este siglo o, para ser más precisos, en los últimos años de ella, en la ciudad de Nueva York, un médico ejercía su oficio y prosperaba considerablemente. Disfrutaba allí de esa excepcional consideración que en los Estados Unidos siempre se ha profesado por los miembros de la comunidad médica, una ocupación que siempre ha sido considerada un honor en nuestro país y que, tal vez con más éxito que en ningún otro país, ha merecido el calificativo de «liberal». En un país en el que, como aquél, era necesario ganar un sueldo o hacer creer que se ganaba para granjearse un puesto en la sociedad, las artes curativas parecían combinar en el grado más elevado las dos fuentes de ingresos más ampliamente reconocidas. Por un lado, pertenecían al reino de lo práctico, lo que en Estados Unidos siempre constituía un poderoso atractivo, y, por otro, estaban iluminadas por la luz de la ciencia, un mérito apreciable en una comunidad en la que el amor por el saber no siempre se había caracterizado por la facilidad de oportunidades. 

Una de las peculiaridades de la reputación del doctor Sloper era que su saber y su destreza estaban equilibrados; era lo que podía considerarse un médico erudito sin nada abstracto en sus remedios, siempre prescribía alguna cosa. Aunque en ocasiones pudiera parecer extremadamente riguroso, no echaba mano de teorías incomprensibles y, si a veces daba detalles de una precisión que sobrepasaba la que podía ser útil para el paciente, nunca llegaba tan lejos -como se oye de otros médicos- como para abandonarlo con una simple explicación, sino que dejaba siempre tras él alguna inescrutable receta. Había ciertos médicos que extendían recetas sin ofrecer explicación alguna, pero él tampoco pertenecía a aquel grupo, sin duda, el más vulgar de todos. Es fácil deducir que estoy describiendo a un hombre inteligente. Ésa y no otra era la causa de que el doctor Sloper se hubiese convertido en una celebridad local. En ese momento, que es el que nos concierne, rondaba los cincuenta años y su popularidad estaba en su mejor momento.

Sigmund Freud es el gran continuador de la novela gótica

Las circunstancias que rodearon la infancia de Patrick McGrath (Londres, 1950) determinaron su futuro como escritor. Durante 25 años su padre estuvo a cargo de Broadmore, hospital psiquiátrico de alta seguridad ubicado en el condado de Berkshire cuyos ocupantes eran recluidos allí por haber perpetrado crímenes atroces. La vivienda de los McGrath se encontraba en el interior del recinto hospitalario y tenía un jardín cuyo cuidado el padre de familia insistía en confiar a violadores y asesinos. Historias como la del vicario que le cortó la cabeza a su esposa y la metió en el horno, que el pequeño McGrath escuchó de labios de su padre, alimentaron la imaginación del futuro escritor.
Sentado en un sofá de su lujoso piso, situado en las inmediaciones de Wall Street, en Nueva York, Patrick McGrath, habla de su nueva novelaConstance (Mondadori), la historia de una joven recién casada que parece condenada a dañar a cuantos se le acercan. Él es un hombre afable y corpulento, de voz atiplada y gestos suaves dice: “Más que las historias que le escuché contar, me influyó el carácter de mi padre. Sentía fascinación por la locura en sus formas más extremas y violentas, pero aquellos enfermos a cuyo cuidado dedicó por completo su trabajo y su vida, le inspiraban una inmensa piedad. Como médico, sentía una infinita compasión por hombres y mujeres que habían cometido actos monstruosos y que estaban a su cargo. Esa misma fascinación ocupa el centro de mi escritura”.
Desde que empezó a publicar, se encasilló a McGrath como escritor de género, a caballo entre la estética gótica y la indagación psicológica. “Hay un hilo conductor que va directamente de la novela gótica del XIX, cuando aún no existía el psicoanálisis, a Freud. Las dos son formas válidas de explorar el inconsciente, los sueños o las perturbaciones de la mente. Los vampiros o la figura del doble, son maneras de adentrarse en lo más recondito del yo. Sin duda, Sigmund Freud es el gran continuador de la novela gótica”. ¿Siente Patrick McGrath que encasillarlo como escritor de género es una manera de rebajar lo que hace? “La literatura de género es un vehículo perfectamente adecuado para explorar la naturaleza humana o los problemas de la sociedad. Drácula, de Bram Stoker o Frankenstein, de Mary Shelley, son, además de obras maestras, novelas de ideas. Eso sí, no le pidas a los críticos que las pongan a la altura de Dickens. En cuanto a mí, lo gótico no es el único ingrediente de mi escritura. Me ocupo de muchas otras cosas, sobre todo en el plano de las relaciones entre hombre y mujer, o los traumas que padecen".
El novelista inglés ahonda en la psiquis del individuo en ‘Constance’
Tras unos años en Canadá, McGrath se trasladó a Nueva York, ciudad a la que, según afirma, le debe haber llegado a ser novelista. El escritor que más influyó en él durante sus años de aprendizaje fue John Hawkes (1925-1998). “Un día cayó en mis manos un ejemplar de Travesti, una novela oscura, de estilo tenso y elegante. Cuando la terminé me dije: ‘Quiero escribir así”. La revelación de McGrath es, cuando menos, desconcertante. Su literatura está en las antípodas de la de John Hawkes, autor que cultivaba un experimentalismo radical que le llevó a proclamar, en un conocido manifiesto, que los enemigos de la ficción son el argumento, los personajes, el escenario y el tema. Entre risas, McGrath comenta: “Es verdad que dijo eso, pero ningún manifiesto puede quitarle a Hawkes la fuerza descomunal de su escritura”.
Aunque mucho más convencionales que las de Hawkes, algunas de las obras de McGrath son considerablemente potentes y oscuras, comoSpider (1990), novela narrada por un esquizofrénico que fue llevada al cine por David Cronenberg, Locura (1996) o la inquietante Port Mungo(2004). La recepción de Constance, su última novela, ha sido más bien tibia. En ella, el autor trata de desvelar el enigma de esa joven casada que parece dañar a la gente que se le aproxima. Ambientada en Nueva York y sus alrededores a mediados de la década de los sesenta, la trama que McGrath urde en torno a la inescrutable protagonista es de la más pura raigambre gótica. “La novela nació un día que vi una casa muy extraña a orillas del Hudson. No me pude quitar aquella imagen de la cabeza, y tuve que imaginar la historia de sus ocupantes. Tardé cinco años en escribirla y en cierto modo no la he terminado. Sigo sin entender a Constance”.
McGrath escribió la novela tres veces. Primero lo hizo desde el punto de vista de la protagonista. “Cuando terminé no estaba convencido. No me acababa de gustar la idea de que la narración estuviera a merced de una mente tan fría y tan extraña como la de Constance, así que escribí una segunda versión desde el punto de vista de su marido. Cuando acabé me di cuenta de que echaba de menos a Constance, así que escribí una tercera versión dándole la voz alternativamente a los dos”.
El escritor asegura sentirse igualmente cómodo instalado en la psicología de un personaje masculino o femenino. Sin embargo, es un hecho que sus novelas tienen mucho más éxito entre las mujeres. “Cierto. El fenómeno es particularmente llamativo en Italia, donde el 70 por ciento de quienes leen mis libros son mujeres. Yo escribo acerca de asuntos como el matrimonio, la pareja, las relaciones románticas o sexuales. Creo que eso influye, aunque por otra parte es un dato objetivo que, se trate de la clase de literatura que sea, las mujeres leen más que los hombres”.

Ocho títulos para una bibliografía

The Grotesque (1989).
Spider (1990).
Dr. Haggard’s Disease (1993).
Locura (1996).
Martha Peake (2000).
Port Mungo (2004).
Trauma(2008).
Constance (2013)

lunes, 24 de febrero de 2014

Ahora vivimos la perversión del arte. Pero es sinónimo de progreso

“Ed è subito sera”. “Y de repente, la noche”. La oscuridad. Lo negro. El verso del poeta y Nobel italiano Salvatore Quasimodo atraviesa como un rayo de luz la conversación con Carlos Cruz-Diez (Caracas, Venezuela, 1923), un mago del color. Presencia central de la historia del arte del siglo XX, fue uno de los creadores del Op Art allá por los años sesenta. Consiguió que su trabajo tuviera visibilidad cuando los grandes muralistas mexicanos, como Diego Rivera, lo ocupaban todo y no se entendía un arte que no fuera social. A contra corriente persiguió la raya, el color, lo lúdico; la luz frente al negro. El gozo de vivir. Durante un cierto tiempo algo postergado, coleccionistas imprescindibles, como Patricia Phelps de Cisneros, reivindicaron su trabajo, y lo óptico ganó una segunda vida. Ahora tiene 90 años y sabe que el barquero aguarda para cruzar la laguna. Da igual. Activo, afable y muy lúcido (cita la teoría de cuerdas en la entrevista) no cesa de hacerse fotos, saludar, firmar catálogos. Todos le llaman “maestro”. Sonríe agradecido y mira, con coquetería, a una mujer que le tiende un catálogo. “Maestro, ¿le importaría?” “Claro”, responde agradecido. Estamos en ARCO.
Pregunta. ¿Qué hace aquí? Una feria no es un lugar para un artista.
Respuesta. Cierto, es el sitio para encontrar a los amigos. Un lugar para ver qué se está haciendo últimamente. Lo curioso es que las ferias las inventaron los vendedores de arte y ahí no tenían cabida los artistas. Maastricht, Basel, París… eran para los galeristas. Poco a poco fueron llegando coleccionistas y después los creadores. Hoy en día es un encuentro de todos; algo muy positivo.
P. Pero ahora parece que, desgraciadamente, el dinero inunda el arte.
Con el tiempo vi que la pintura de denuncia no tenía ningún efecto. Supe que era más generoso hacer partícipe a la gente del placer que sentía en ella que decirle: “Tú eres pobre”
R. No solo inunda el arte sino todo. Nunca ha habido tanto dinero flotando en el planeta, lo que no significa que las desigualdades sociales se hayan resuelto. Hay mucho dinero y uno de sus refugios es el arte. Siempre ha sido así. Al haber una enorme demanda surge mucha mercancía. Mercancía que no es arte sino mercancía. Felizmente, la historia se encarga de eliminarla. Porque el gran enemigo del artista es el tiempo. Permanecer. Es lo difícil.
P. Pero el tiempo se le agota. ¿Cómo es su relación con la muerte?
R. Por supuesto que pienso en la muerte y estoy acelerando el paso, porque creo que todavía tengo muchas cosas que decir.
P. Permítame una mala pregunta. ¿A Venezuela qué color le pone estos días?
R. Estoy muy angustiado. Hay un tránsito en Venezuela del cual no sabemos qué puede suceder. Espero que la inteligencia gane la partida. Es una situación que se esperaba. En mi país los problemas nunca han sido económicos sino culturales. Al venezolano no se le ha enseñado a pensar. Actúa por las tripas. Es lo que nos ha llevado a grandes problemas.
P. ¿Se ha dado cuenta de que le preguntan más por política que por arte?
R. Sí. Pero no soy político. Nunca he querido hacer política. Aunque nos concierne a todos. Cuando salí de la Escuela de Artes me planteé qué debe ser un artista. ¿Es un reportero que cuenta lo que ven sus ojos? Y empecé a hacer pintura de denuncia. Creía que diciendo que la gente era pobre esa situación podría cambiar. Con el tiempo vi que no tenía ningún efecto. Supe que era más generoso hacerle partícipe del placer que sentía en la pintura que decirle: “Tú eres pobre”. Porque no iba a ser capaz de cambiar su situación.
P. ¿Practica alguna ideología?
R. Tengo una gran desconfianza en las ideas y en las religiones. Ambas están sustentadas por millones de cadáveres. Un artista nunca tiene que matar al otro ni atropellarlo para hacerse oír.
P. ¿Por qué hay precisamente ahora esta explosión del arte latinoamericano? ¿Sospecha de algún interés económico?
R. Una idea muy interesante… Es digno de estudio. En los años cincuenta y sesenta hubo un movimiento de ruptura. Se buscaba nuevas soluciones al arte porque se había quedado estancado en la academia del formalismo y la figuración. Es curioso que el movimiento de fractura surgiera de los países sin gran historia: Argentina, Uruguay, Brasil y Venezuela. Al otro lado estaban México, Colombia, Ecuador o Perú, que son territorios de grandes artistas pero con un espíritu de continuidad. Ahora son las naciones donde surgió la brecha las que han tenido ese eco mundial.
P. Con lo que caía sobre Latinoamérica aquellos años, ¿por qué arraigó lo óptico en vez de lo social y político?
R. Porque lo político es circunstancial y la reflexión del arte no lo es. Es la reflexión del hombre y la humanidad, que es permanente.
P. ¿Cómo llega a su lenguaje?
El arte puede ser cualquier cosa que la inteligencia y la sensibilidad del hombre puedan convertir en arte.
R. Me costó años de dudas, fracasos y lecturas. El color no contaba nada para los filósofos, era una anécdota banal. Lo importante en la pintura era el tema, la perspectiva y el dibujo. Descubrí que no era así. Felizmente, nunca nada está agotado. Se lo digo a los jóvenes. Estamos en un momento maravilloso de reinventarlo todo. Nos hallamos al final de un ciclo que comenzó en el siglo XVII. Hemos cumplido todos los discursos económicos, políticos y filosóficos. Hay una nueva ciencia, que ya no son las nociones del espacio tiempo de Einstein, es la teoría de cuerdas [11 dimensiones y universos paralelos]. Una fuente nueva de invención para los artistas.
P. Pinta aceras, estadios de béisbol… lugares poco artísticos.
R. Me molestaba mucho la noción que la gente tenía del arte como un objeto colgado de un clavo en la pared. No es así. El arte puede ser cualquier cosa que la inteligencia y la sensibilidad del hombre puedan convertir en arte. Entonces, ¿por qué no ir a la calle? Es donde más tiempo pasamos. La calle no nos proporciona nada, llegamos a casa totalmente vacíos. La calle solo genera agresión.
P. ¿Cuál es su relación con el arte actual?
R. Estamos viendo el fin de una civilización y el comienzo de otra. Los últimos años son el ocaso de la academia de Duchamp. En el arte hay tres etapas: quien lo inventa, quien desarrolla las ideas del inventor y quien las pervierte. Ahora vivimos la perversión, pero es normal. Toda perversión y decadencia es sinónimo de progreso. Se están preparando cosas maravillosas que ni sospechamos.
El Pais

domingo, 23 de febrero de 2014

Retrato de Baroja con abrigo

«Tenía Baroja un gato, negro como el de los cuentos de brujas, y dos abrigos. Uno oscuro, de paño, de diario, algo raído, y otro que guardaba en el armario, gris, para las ocasiones especiales. Con él y con un pañuelo de seda blanco al cuello, como el de un aviador de biplano, grabó un día para el cine; los pasillos de la casa cruzados de cables y las habitaciones cubiertas de esa luz homicida de los focos. ¿Todo esto consumirá mucha electricidad, no?, preguntaba con persistente racanería.»

Así comienza este retrato de Pío Baroja que Jesús Marchamalo y Antonio Santos se han regalado mutuamente y que ahora es también un regalo para nosotros. 
PÁGINAS DEL LIBRO
     Tenía Baroja un gato, negro como el de los cuentos de brujas, y dos abrigos. Uno oscuro, de paño, de diario, algo raído, y otro que guardaba en el armario, gris, para las ocasiones especiales. Con él y con un pañuelo de seda blanco al cuello, como el de un aviador de biplano, grabó un día para el cine; los pasillos de la casa cruzados de cables y las habitaciones cubiertas de esa luz homicida de los focos. ¿Todo esto consumirá mucha electricidad, no?, preguntaba con persistente racanería. 
      Siempre tuvo gatos, Baroja. Su sobrino Pío Caro recordaba aquel olor ácido y untuoso, un poco agrio, de la calle Mendizábal, donde Pío vivía con su madre y dos gatos, Chepa y Apitita, nunca se supo si jóvenes o viejos.
     El de la calle Ruiz de Alarcón se llamaba Miki y andaba siempre cerca de la estufa -la chubesqui- en el salón de aquella casa suya fría como el aliento de la muerte. Tanto, que en invierno Baroja estaba a menudo con bufanda y abrigo, las solapas subidas, la boina y unas zapatillas viejas, de felpa, que sujetaba al pie con bramante. También tenía una manta, que dejaba sobre una de las butacas, y que se ponía sobre las piernas cuando alguien llegaba a verle.

Vila-Matas, en un chino

Luego dicen que Enrique Vila-Matas escribe cosas raras. Pero es que la vida le provoca. Por ejemplo, hace dos años le propusieron que participara como artista en la vanguardista Documenta de Kassel con el siguiente formato: escribir en un restaurante chino de las afueras de la ciudad ante la mirada de los posibles comensales y visitantes (o no). Bueno, era una nueva posibilidad de mezclar perplejidad y vida suspendida. El resultado, en forma de libro, es Kassel no invita a la lógica(Seix Barral), un “reportaje novelado o un ensayo novelado o una novela, pero no una autoficción, porque eso está desfasado y ya no lo hago”, asegura.
El autor de Exploradores del abismo tenía motivos para el terror, y más cuando vio ya en el restaurante de marras la especie de mesa-camilla, el horrendo florero y el cartón amarillo gastado que rezaba: “Writer in residence” que conformaría su hábitat artístico. Y luego estaba el pavor íntimo a ser espiado mientras confeccionaba la supuesta obra, como Kafka cuando estaba a punto de casarse y su novia Felicia Bauer le soltó cariñosamente en una carta que se sentaría junto a él para verle escribir...
Dios aprieta, pero no ahoga. Al final la experiencia no fue tan traumática. Para su alivio, en los cinco días sólo fueron a visitarle dos personas (una, una matrona alemana que lo estrujó alzándole del suelo al grito de “writer, writer”), y hoy Vila-Matas admite que todo fue “como un paseo por un gran parque gigantesco de las maravillas”, la misma sensación del protagonista de la novela Locus solus, de Raymond Rousell, que describe los objetos fantásticos que conforman su finca y que el escritor barcelonés no se sacaba de la cabeza esos días.
Para su alivio, sólo dos personas fueron a verle escribir en un restaurante
Así, el libro tiene un punto de catálogo de lo que más –o lo que menos— gustó al escritor de las obras que fue viendo. La capital, una corriente de aire en un recinto (sic), firmada por el artista inglés Ryan Gander. “Me produjo un instante de armonía, que era una de las cosas que esperaba encontrar en Kassel”. Fue “un impulso invisible” que le levantó ese ánimo que desde hace unos años suele fundírsele a medida que atardece, cuando le invade una molestia amarga que mezcla memoria, rencor y melancolía. Le gustó menos un par de moscas tsé-tsé (una fértil y su consorte estéril) en un cristal, propuesta de un autor tailandés; y le inquietó encontrar un frasco de perfume que había pertenecido a Eva Braun junto a una toalla de aseo con las iniciales de Adolf Hitler, de la misma manera que le sacudió la composición musical de un judío antes de morir en la cámara de gas y que ese escuchaba desde un viejo andén de la estación de la ciudad de donde partía el tren que transportaba las víctimas nazis a los campos de exterminio.
Eran todo muestras de avanzadilla artística pura; “para mí la vanguardia son dos viudas francesas elegantes que encontré en un restaurante de Cadaqués, eran las de Duchamp y Man Ray”, rememora Vila-Matas, evocándose de joven, con apenas 19 años: “Me aburría lo convencional y me fascinaba lo extranjero, que me permitía escapar de la monotonía y el sopor de la Barcelona de los años 60; desde entonces la búsqueda permanente de lo nuevo me ha guiado hasta ahora mismo”.
No es experto en arte, pero Vila-Matas tiene claro lo que es diferente. Por ejemplo, entiende que las dos ediciones anteriores de la Documenta, la 11 y la 12, no fueron rompedoras, especialmente esa última, en la que participó el cocinero Ferran Adrià: “Al venderse a lo mediático, Kessel desfiguró por completo su razón de ser y el riesgo que debe asumir la vanguardia del arte”. La de hace dos años lo recuperó y la volvió a alejar, por ejemplo, de la feria española Arco, estos días en marcha. “Nada que ver: Arco es de una superficialidad absoluta, es mercadería, ventas”. También hay en el ensayo-novela un velado ataque a los intelectuales españoles, que en su opinión solo sonríen condescendientes ante un arte que suelen no entender. “Como decía David Trueba hace poco sobre Arco, en vez de reírse, nuestros conciudadanos deberían tener más curiosidad por el arte; la actitud de reírse es negarse a ser contemporáneo; claro que hay grandes estafas, pero hay que saberlas ver y apartar”.
“Arco es de una superficialidad absoluta; es ventas, mercadería”
En épocas oscuras como la actual, para Vila-Matas el arte aceptable es el que efectúa una “reanimación cardiopulmonar sobre elementos mágicos y humanos”. El artista es, hoy, necesario como quizá nunca antes. “Suena más raro que en los años 60 pero es así; lo mejor sería que los políticos mudaran en seres grises, eficaces y discretos en la vida pública y dejaran paso a los artistas, con su potente central creativa de ideas, en vez de generarnos problemas a todos”. ¿Lo dice por la tensión Cataluña-España? “El diálogo, tarde o temprano, tendrá que ser forzoso; si los políticos fueran funcionarios eficaces ya estaría resuelto”.
A la manera de Wittgenstein, Vila-Matas quería hacer de su habitación en el hotel, cuando reposara, su “cabaña del pensamiento”; luego resultó que “sólo pensé cuando caminaba, al aire libre, por el parque”. En una de sus intuiciones azarosas, para su aventura se había traído de casa elViaje a la Alcarria, de Cela. “El desfase en el tiempo entre lo que yo veía y el mundo carpetovetónico con tullidos y muletas de Cela era brutal”. También llevó consigo el estudio de Rüdiger Safranski sobre el romanticismo. “El arte se mezcla con la vida y da sentido a todo”, vincula obra y pensamiento. Él también se lo dio a una experiencia que temía y de la que estuvo a punto de renunciar. Al final optó por espabilarse a partir de la declaración “El arte hace, y tú te las compones”, pronunciada por Chus Martínez, junto a Carolyn Christov-Bakargiev comisaria de Documenta 13. La primera fue quien le invitó y con la que juega en el libro a quedar con ella, en un continuo de suplantaciones. Todo en un contexto cargado de mcguffins, frases o situaciones de suspense, que impresionan aunque no vengan a tono ni sean causa o efecto de lo hablado, ni lleven a nada. “Kassel es un macguffin: el viaje y laperformance como excusa para comentar la vida y el mundo”, dice.
Quizá desde Dublinesca (2010) y la aparición de la artista Sophie Call (que quiso que le escribiera una historia que ella se comprometía a vivir a pies juntillas un año) se ha incrementado la presencia del cine, la arquitectura y el arte en la vida y la obra de Vila-Matas. Sin ir más lejos, ha colaborado con la instaladora francesa Dominique González-Foerster en la Tate Modern y lo hará de nuevo el 13 de marzo en Madrid, en el Palacio de Cristal. “En el arte encuentro mi supervivencia anímica, me ayuda a salvarme de mis mundos literarios”. Cree que el arte debe ser, además, optimista. “Lo otro es repetir el horror, estoy cansado de ideas negativas; busco de nuevas para levantarnos un poco… Un cuadro de Rembrandt me gusta mucho pero ya lo tengo todo entendido y visto; ante una pieza artística contemporánea aparentemente absurda el espectador es una persona activa; a mí me abre puertas”.

sábado, 22 de febrero de 2014

Las élites en la historia

Las élites en la historia reúne los textos de las conferencias monográficas organizadas en los últimos tres años por el Centro de Estudios Históricos de la Real Maestranza de Caballería de Ronda. Dicho Centro de Estudios está especializado en la investigación y difusión de materias relacionadas con el estamento nobiliario, las élites hereditarias y otras élites sociales que se han sucedido a lo largo de la historia. Pretende fomentar el estudio de todas las facetas y enfoques de la sociedad estamental y la evolución de las clases dirigentes, desde los meramente genealógicos y prosopográficos a los concernientes a las relaciones de poder o la historia de las ideas.
PRESENTACIÓN
     LAS élites en la historia reúne los textos de las conferencias monográficas organizadas en los últimos tres años por el Centro de Estudios Históricos de la Real Maestranza de caballería de Ronda. Dicho Centro de Estudios está especializado en la investigación y difusión de materias relacionadas con el estamento nobiliario, las élites hereditarias y otras élites sociales que se han sucedido a lo largo de la historia. Pretende fomentar el estudio de todas las facetas y enfoques de la sociedad nobiliaria y la evolución de las clases dirigentes, desde los meramente genealógicos y prosopográficos a los concernientes a las relaciones de poder o la historia de las ideas.

     La junta rectora, de la que forman parte los catedráticos de historia antigua, medieval y moderna Antonio Caballos Rufino, Rafael Sánchez Saus y Carlos Martínez Shaw, además del profesor de sociología Pedro Romero de Solís, organiza congresos, cursos y ciclos de conferencias a fin de estimular el estudio y la investigación en torno a esas disciplinas. Cuenta, además, con un comité científico asesor compuesto por especialistas de gran relieve, como puede verse en el listado de la página 15, y con la colaboración de los historiadores que gestionan la biblioteca y el archivo de esta Real Maestranza.

     El Centro de Estudios Históricos cuenta también con el archivo y la biblioteca de esta Real Maestranza. La biblioteca reúne unos treinta mil volúmenes publicados sobre historia, sociología o cualquier otra faceta de las noblezas y otras élites con aspiración hereditaria, además de unos tres mil trabajos publicados en revistas especializadas. El archivo pone a disposición del investigador un amplio fondo documental de ámbito local y nacional. La mayor parte corresponde al fondo propio de la institución y el resto a archivos familiares. Se refieren por lo general a linajes pertenecientes a la nobleza o a élites intelectuales o sociales, y abarcan desde 1345 hasta hoy en día. En total cuenta con unas mil quinientas unidades de instalación con distinto soporte (pergamino, papel, digital) y unas setenta mil imágenes de documentos digitalizados. Tanto el catálogo de la biblioteca como gran parte del archivo están digitalizados, a fin de que ambos puedan consultarse en la Red.

viernes, 21 de febrero de 2014

Los cronistas de la ruina de Europa

La caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 inició el proceso que acabaría con las últimas consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Un año después, la reunificación alemana que lideró el canciller Helmut Kohl era un hecho que se desarrolló con suma rapidez en paralelo al proceso de construcción política de Europa. Por aquellas fechas el ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger temía que ese proceso terminase en un eurocentrismo económico, liberal hacia dentro y proteccionista hacia el exterior, una nueva “Fortaleza Europa”, en un sentido demográfico y económico, potencial generadora de tensiones. A modo de posible vacuna, Enzensberger entendía, acertadamente, que no se había llevado a cabo un análisis complejo de los “años fundacionales” de la nueva Europa y la situación que afrontó su población. Son los años de la posguerra europea, los años en que el continente  era materialmente un montón de ruinas y los europeos, no solo los alemanes, se encontraban en un pozo político y moral.

Al constatar que la filosofía europea se dejó llevar por una abstracción que le alejaba de un frío análisis de la realidad y que la literatura de memorias posterior carecía de credibilidad, la aportación del pensador alemán para iluminar esos oscuros años que van de 1944 a 1948, fue publicar en 1990 Europa en ruinas, una recopilación de crónicas de los mejores reporteros y escritores americanos, que siguieron a los ejércitos aliados en su avance hacia Alemania, y de otros que provenían de países neutrales, outsiders que daban las impresiones más lúcidas, aunque solo fuesen relativamente acertadas, acerca de las calamidades que sufrían los supervivientes europeos. Enzensberger recurrió a ellos porque en la disposición intelectual de los periodistas  de los países afectados era palpable la autocensura interior que aplicaban a sus análisis y reportajes. En palabras de él mismo, “no solo había quedado devastado el entorno físico, sino también la capacidad de percepción. Toda Europa estaba por así decirlo, como si le hubieran propinado un porrazo en la cabeza”. Capitán Swing ha publicado a finales de 2013 el libro en español y lo hace en un momento muy adecuado, cuando los valores de la esencia del proyecto común europeo están en entredicho, en medio de una crisis económica de dimensiones desconocidas desde 1929, con Alemania convertida en el líder de una Unión Europea que promueve una política de austeridad que puede llegar a dividir al norte del sur de Europa. En un momento, en definitiva, en que los logros del estado del bienestar se tambalean y florecen de nuevo los populismos y la extrema derecha repartidos por toda la geografía europea.
Niño polaco
                            Niño polaco víctima de la guerra en la arrasada Varsovia / Corbis 
“Nadie es un nazi. Nadie lo ha sido jamás. Tal vez había un par de nazis en el pueblo de al lado (…) durante seis semanas tuve escondido en mi casa a un judío (…). Ay cómo hemos sufrido. Las bombas…”. En abril de 1945 la norteamericana Martha Gellhorn escucha declaraciones parecidas de todos los alemanes con los que se cruza en Renania. Se pregunta “cómo es posible que ese detestable gobierno nazi, al que nadie apoyaba, fuera capaz de mantener esta guerra durante cinco años y medio”. Gellhorn ve “un pueblo entero que declina toda responsabilidad” y que “no constituye una visión edificante”. Se trata de negar una realidad que cada vez adquiere perfiles más terribles, una especie de amnesia colectiva se propaga. Dos años después, en julio de 1947 Janet Hanner envía una crónica desde Berlín que estremece: “La nueva Alemania es solo un despojo de la Alemania muerta de Hitler (…) enemistada con todo el mundo, parece, curiosamente, muy satisfecha consigo misma (…) los alemanes no demuestran ningún interés especial o compasión alguna por el sufrimiento y las pérdidas que han ocasionado a otros (…). Solo unos pocos alemanes parecen acordarse todavía de las palabras que algunos clarividentes pronunciaron al comienzo de los ataques de 1940: ¡Gozad de la guerra!, ¡La paz será terrible!”. Hanner es testigo de una pérdida general de las referencias morales entre los supervivientes alemanes, que deja perplejos a estos reporteros anglosajones. Observadores europeos como el sueco Stig Dagerman consiguen mejores resultados cuando intentan explicarse el comportamiento de los alemanes de la posguerra. Este escritor sueco viajó durante el otoño de 1946 por toda Alemania y afortunadamente hemos podido contar con su capacidad de análisis cuando describe a los antifascistas alemanes como “las ruinas más bellas de Alemania”  o cuando viaja en tren cerca de Hamburgo y “excepto nosotros dos nadie se asoma a la ventanilla para contemplar lo que probablemente sea el campo de ruinas más escalofriante de Europa. Cuando alzo los ojos me encuentro con miradas que dicen: Éste no es de aquí”. Los mecanismos de supresión de la memoria ya están activados.
En octubre de 1944 Martha Gellhorn se encuentra en la recién liberada Nimega, una ciudad holandesa que describe como plácida y aburrida en el pasado pero enclavada en una zona peligrosa, al lado de la Línea Sigfrido y el cauce del Rin. Gellhorn entra en una escuela convertida en cárcel llena de colaboracionistas de los nazis. Entre todos ellos destaca un grupo, “mujeres jóvenes con expresión sombría que yacen en el lecho, enfermas, con bebés muy pequeños; son las mujeres que vivían con soldados alemanes, que ahora son madres de hijos alemanes…”, y nos preguntamos si esas mujeres eran nazis convencidas o buscaban un medio, por peligroso que fuese, de sobrevivir.
En “unas circunstancias que semejan la temprana Edad Media. Como beduinos, los napolitanos acampan entre las ruinas…”. Norman Lewis describe así el Nápoles de octubre de 1944 que sufre de hambre y sed, porque los alemanes han destruido los sistemas de suministro de agua. Pero si alguien sabe sobrevivir en un medio hostil, esos son los napolitanos. Allí el mercado negro llegó a ser próspero como nunca lo fue. De cada tres barcos de los Aliados que eran descargados en el puerto desaparecía el cargamento de uno, y en los alrededores del Tribunal de Justicia se vendía en un ruidoso mercado lo poco que antes había sido robado.
                       Habitantes de Dresde suben a un tranvía en 1945 / Corbis
DresdeJohn Gunther llega a Varsovia en el verano de 1948, la ciudad que, después de Stalingrado, ha sufrido la mayor devastación en la guerra. Un polaco se dirige al periodista: “Vosotros en Occidente podéis tener el más alto nivel de vida del mundo. Pero nosotros los polacos tenemos el más alto nivel de muerte”. No se puede resumir mejor lo que ha sufrido esta ciudad desde que fue invadida en 1939 cuando contaba con 1.300.000 habitantes y en 1945 contaba con 700.000 menos. Gunther relata como, a pesar de todo, esos perseverantes polacos salen de sus catacumbas cada día comprometidos a reconstruir una ciudad que los nazis quisieron borrar del mapa en octubre de 1944, con una fortaleza y optimismo que sorprenden precisamente porque Varsovia gracias a ellos vuelve a estar viva. 
Max Frisch, dramaturgo y autor de Homo Faber, recorrió varias ciudades alemanas en 1946. La maestría con que traslada a las palabras sentimientos y emociones es algo que ha estado al alcance de solo unos pocos en el siglo XX. Por ello, su prosa elegante y delicada nos conmueve cuando describe la desolación y desesperanza que abruma a los civiles alemanes derrotados en esos años. En la primavera de 1946 visita Frankfurt en cuya estación de ferrocarril se encuentra a unos refugiados de territorios que ya no pertenecen a Alemania, abandonados y sin ayuda para los que “su vida solo es una ilusión, algo ficticio, una espera sin esperanza, ya no sienten ningún apego por ella; solo la vida continua adherida a ellos, como un espectro (…) respira en los niños dormidos que yacen sobre los escombros, con la cabeza entre los bracitos consumidos, acurrucados como embriones en el seno materno…”.
París, Roma, Londres, Praga, Budapest, el infierno de Dachau…con Europa en ruinas viajamos a través del caos mental y material de la Europa coventrizada y hambrienta que, curiosamente, a pesar de tantos y tantos bombardeos, no será convertida en un todo homogéneo con la reconstrucción. Las diferencias entre europeos persistirán. El trabajo de Enzensberger con la recopilación de estas crónicas y textos es encomiable y demuestra la necesidad de recordar ese sufrimiento y reivindicar esa memoria por sus efectos preventivos ya que no debemos dar la paz en el continente como algo por supuesto. No olvidemos que hace casi dos décadas, al poco de aparecer este libro por primera vez, 8.000 bosnios eran asesinados en Srebrenica.
El Pais

jueves, 20 de febrero de 2014

Breve historia de los libros prohibidos

Ha habido, hay y habrá muchas razones para querer que ciertos libros desaparezcan de la faz de la Tierra: morales, políticas, religiosas... e incluso personales. Pero hasta ahora nadie había intentado recopilar y explicar los casos de censura y autocensura que se habían producido en la literatura. Por primera vez, Werner Fuld nos invita en esta documentada y amena obra a repasar la historia universal de los libros prohibidos, que se remonta a los autores de la Antigüedad clásica y llega hasta nuestros días: desde Ovidio hasta las obras actuales que son silenciadas en China y en países musulmanes; desde autores tan reputados como Flaubert, Baudelaire, Lorca, Joyce y Nabokov hasta oscuras novelas eróticas o los numerosos textos incluidos en las listas negras de los diferentes regímenes totalitarios modernos. Breve historia de los libros prohibidoses una obra ineludible para cualquier amante de la lectura interesado en conocer la cara oculta de la literatura.
Prólogo
Si verdaderamente los dictadores hubieran tenido el poder en que creían con tan terca obstinación, buena parte de la literatura universal no existiría. Que las obras hayan sobrevivido a pesar de todas las persecuciones y prohibiciones es tan notable como la convicción de los perseguidores -refutada una y otra vez durante siglos- de que con la muerte del autor se extinguen también sus ideas. Los gobernantes de todos los tiempos y culturas -desde el rey ilustrado hasta el jefe tribal primitivo y fundamentalista, desde Augusto hasta el secretario del Partido Comunista de China- han sido incapaces de comprender que las ideas tienen más fuerza que las leyes.
La historia de los libros prohibidos no habla solamente de una cadena de opresión, obras destruidas y autores asesinados: también ofrece la crónica de la victoria de la palabra sobre el poder. Con su inmenso arsenal de medios de control, las autoridades han dedicado ingentes e infatigables esfuerzos a la localización, persecución y eliminación de las obras proscritas, pero todo su empeño ha sido en balde: los manuscritos prohibidos se han seguido leyendo, los libros confiscados en un lugar se han podido adquirir en otro. Hoy, todo intento de encerrar dentro de las fronteras del propio país los sitios de Internet con contenidos incómodos está condenado al fracaso. Así pues, la historia de las prohibiciones es, fundamentalmente, la historia de la supervivencia de la memoria humana almacenada en los libros.
Para salvar de la destrucción un manuscrito y transmitirlo a la posteridad se requiere implicación personal y valor cívico. Desde el exilio de París, Heinrich Heine escribió en el epílogo de su Romanzero: «He entregado a las llamas con medroso afán los poemas que contenían la menor impertinencia contra el buen Dios. Más vale que ardan los versos que el versificador». Huelga decir que esto es tan exagerado como falso: Heine tenía suficiente conciencia de su propia valía para no censurarse y, además, la amenaza de las represalias físicas era cosa del pasado... o así se creía entonces: nadie contaba con que volviera a perseguirse a la gente por motivos políticos o religiosos. Sin embargo, en determinadas coyunturas históricas el verso más insignificante puede ser la chispa que encienda el fuego de la resistencia. El escritor argelino Boualem Sansal, distinguido con el Premio de la Paz de la Asociación de Libreros Alemanes en 2011, fue privado de sus derechos civiles por oponerse al cinismo de los poderosos con sus libros, prohibidos en su país. Si bien Sansal aún vive en Argelia, otros han muerto en circunstancias no aclaradas y muchos han huido de la dictadura del silencio. Por ello, queremos dedicar un recuerdo a los hombres y mujeres que, en situaciones críticas, han arriesgado la vida para salvar de la destrucción libros prohibidos. Debemos a su valentía algo más que simples libros.