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Pruebas

viernes, 30 de noviembre de 2012

El triunfo poético de la desobediencia

“Yo soy un escritor de la estirpe de los desobedientes. De la línea que en España viene de Góngora, que le gusta inventar en contra de la tradición; no soy heredero de la literatura de la posguerra, realista, naturalista. Me siento más unido a esa tradición latinoamericana de autores como Lezama, Rulfo, Carpentier… de la tierra donde he vivido tantos años”.

Son las 61 palabras con las que se autorretrata José Manuel Caballero Bonald, tres horas después de que el ministro de Educación Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, lo llamara para comunicarle que había sido distinguido con el Premio Miguel de Cervantes 2012. Era la una y media de la tarde y el poeta andaluz de 86 años (Jerez de La Frontera, 1926) estaba en su casa de Madrid, precisamente, revisando un artículo de Cervantes que incluirá en el libro que saldrá en enero titulado Oficio de lector (Seix Barral), donde reúne sus reseñas, conferencias y prólogos que revelan sus predilecciones literarias. Una noticia con doble efecto inmediato: orgullo y la mejoría de un catarro que arrastra desde hace 10 días.
“Me emociona, y yo soy muy llorón, sobre todo porque es un premio que recompensa y corona una vida entera dedicada a la literatura. Era mi turno”, reconoce este poeta, narrador y ensayista que con este premio clausura un año especial porque hace 60 publicó su primer poemario, Las adivinaciones, y hace 50 debutó en la novela con Dos días de septiembre. Hechos que destacó el académico Darío Villanueva, miembro del jurado en la lectura del fallo: “Su primera dedicación fue poética y la ha mantenido viva hasta hoy. No ha guardado la pluma y sigue presente en nuestro repertorio. Fue evolucionando hacia una novela que nunca renunció a la poesía de la palabra, es un fabulador de historias y un maestro en el uso del idioma”.

Pertenece a una estirpe de escritores activos, inquietos y sin miedo a la exploración de las palabras por su significado y sonido en busca de borrar las fronteras de los géneros literarios. Uno de los sobrevivientes de la llamada “generación de los años cincuenta” de la cual forman parte autores como Juan García Hortelano, Ángel González, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente o Claudio Rodríguez.

Literatura, Latinoamérica, influencias, Cervantes y el discurso que daría y la mirada sobre el presente son los aspectos sobre los que Caballero Bonald habla, sentado en su mecedora, en una esquina del salón, con una voz musgosa por el catarro, pero sin perder su habitual redondez y claridad en la pronunciación.

“Esa generación del cincuenta ha sido valorada de manera intermitente por los críticos. No ha tenido un enfoque serio. No creo en los grupos, creo en los nombres propios, y en este caso Barral, Valente, Claudio Rodríguez o Francisco Brines. Poetas que han dado a la poesía del siglo XX un giro nuevo. Han aprovechado la enseñanza de los del 27 y han hecho cosas tan valiosas como ellos”.

Y brota la evocación con la amistad que los unía hasta topar con su propia poesía:

“No tengo mucho que ver con la tradición del realismo de Galdós o Baroja. Me distancio del sencillismo y escritura de vuelo rasante que es una copia de la realidad y le falta interpretación. Me siento más cerca de América Latina: mi padre era cubano, viví en Colombia, recorrí el continente, allí hice mis primeros amigos literarios y descubrí a esos autores que no temen explorar. Todo gran escritor es un gran desobediente”.

Mientras sus palabras siguen creando su autorretrato personal y literario, los teléfonos no dejan de sonar, incluido el timbre, pero ahí está Pepa Ramis, su esposa, despejando la vorágine, y a quien dedica el premio; para luego hablar de sus primeras pasiones:

“Los latinos. Desde que era joven leía a Horacio, a Virgilio… Cuando traducía latín me resultaba placentero e inigualable. Quizá haya restos de todo eso en mi poesía. ¡Yo soy sobre todo poeta y memorialista! En cambio, soy novelista de producción discreta. La novela me ha interesado a ráfagas. De mi obra novelística solo salvo Ágata ojo de gato porque tiene mucho de mi poesía y búsquedas. Las otras son ejercicios literarios discretos”.

No así Entreguerras (Seix Barral), su libro de enero pasado, una suerte de autobiografía de casi 3.000 versos que transmiten el ritmo del flujo torrencial de los recuerdos y la memoria. Ha anunciado que es lo último:

“No me queda tiempo para plantearme un libro a largo plazo. Pero no podré escapar de dos palabras que busquen juntarse para crear un verso. Las depositaré en la memoria y no podré resistirme a no escribir un poema”.

Hasta que hace una confesión sobre el Premio Cervantes y el discurso que dictará el 23 de abril:
“Es un premio en el que uno piensa intermitentemente. Todos los escritores lo hacen. Y yo tengo por ahí un texto sobre Sevilla y Cervantes, donde sus pasos por aquella gran Babilonia del XVI y XVII. La poesía de Cervantes ha sido mal entendida y menospreciada. Con Cernuda pensábamos que era un gran poeta. Alguien que escribió El Quijote es un buen poeta”.

Las palabras de Caballero Bonald deambulan por los territorios cervantinos hasta retornar al de sus deudas literarias a través de lo que ha estudiado y sido en sus 86 años:

“¿Náutica? Se hacen ejercicios de cálculo de navegación. Y yo tengo una secreta vocación por las matemáticas. Eso era lo que hubiera querido ser. La poesía es música y matemáticas. Para eso me ha servido, para aplicar cierto rigor en la estructura poética. En cambio, la astronomía no me ha servido para nada. Menos aún Filosofía y Letras porque la facultad donde estudié era inservible. Lo mío es la vida contemplativa. Es mi vocación. Me gusta ver pasar la vida debajo de un árbol…”.

En ese mirar la vida, su descripción del presente en España es como uno de sus últimos versos: “Me produce zozobra creciente. Estamos en un camino tenebroso. No se sabe qué ocurrirá mañana que no haya pasado ya. Son los umbrales de la catástrofe”.

El País

jueves, 29 de noviembre de 2012

Caballero Bonald, Juan Goytisolo y Brines favoritos hoy al Cervantes

Dos de los escritores que han tenido una participación clave y muy activa en la literatura hispanohablante desde los años cincuenta suenan como principales candidatos a ser distinguidos hoy con el Premio Miguel de Cervantes: José Manuel Caballero Bonald y Juan Goytisolo. En años anteriores, ambos autores han entrado en las deliberaciones del jurado, e incluso llegado, alguna vez, hasta la última votación. Narradores, poetas, ensayistas y muy activos en la prensa escrita, Caballero Bonald (Jerez de La Frontera, 1926) y Goytisolo (Barcelona, 1931) serían las primeras opciones por parte de España de cumplirse la tradición no escrita de la alternancia del premio entre creadores españoles y latinoamericanos, ya que el año pasado el galardón recayó en el poeta chileno Nicanor Parra. Se trata del premio de las letras más importantes de la lengua española y se distingue a toda una obra y aportación literaria.

Junto a estos dos escritores que no han dejado de explorar nuevas formas de escribir y tratar de borrar las fronteras entre los géneros literarios suenan los siguientes nombres: Francisco Brines, Martín de Riquer, Fernando Savater, Eduardo Mendoza o Antonio Muñoz Molina. En esta quiniela también podría estar Javier Marías, si no fuera porque el pasado 25 de octubre rechazó el premio Nacional de Narrativa que concede el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, con el argumento de que desde hace más de diez años ha decidido no aceptar ningún premio oficial. Y el Cervantes también lo concede el Ministerio, desde 1976, con una dotación de 125.000 euros.

Pero como no hay nada escrito sobre la alternancia en el premio, si este año se le concediera a un autor de América Latina, este podría recaer en el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, que acaba de recibir el Reina Sofía de Poesía; la narradora y periodista mexicana Elena Poniatowska; la poeta y crítica uruguaya Ida Vitale; la poeta cubana Fina García Marruz; o el novelista y profesor argentino Ricardo Piglia.

El País

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Pérez-Reverte narra "una ambición y un fracaso elegante" en su nueva novela

"La historia de una ambición y de un fracaso elegante". Con esas palabras define el escritor Arturo Pérez-Reverte su nueva novela, El tango de la Guardia Vieja, en la que la acción y la intriga que nunca faltan en sus libros sirven esta vez "de decorado" para una apasionada historia de amor y sexo.

"Siempre me fascinaron los perdedores elegantes. Los he visto en mi familia, fuera de ella, en la guerra y en la paz. Y espero, si un día fracaso, saber asumirlo con la misma elegancia", afirmaba ayer Pérez-Reverte en una entrevista con motivo de la publicación de su nueva novela.

Editada por Alfaguara, esta obra llega a las librerías españolas con una tirada inicial de 300.000 ejemplares, y de forma casi simultánea se publica en Hispanoamérica y en Estados Unidos. Cuando se trata de una nueva novela de Pérez-Reverte (Cartagena, Murcia, 1951), la expectación está asegurada. Por algo su obra está traducida a más de 40 idiomas y ha conquistado a millones de lectores en el mundo.

Y ahora vuelve con una turbia historia de amor, intriga y espionaje, contada desde la madurez de los personajes centrales: Max, un bailarín mundano, ladrón de guante blanco, canalla y guapo; y Mecha, una mujer inteligente, de clase alta y muy hermosa. "Durante miles de años los hombres habían guerreado, incendiado ciudades y matado por conseguir mujeres como ésa", se dice en la novela.

En el libro, "el amor visto desde la vejez es el protagonista. Ese recuerdo hace revivir cuarenta años de relación, en los que el amor ha ido adquiriendo muchas formas: amor pasión, amor físico, amor melancolía, sexo, amor turbio", señala el autor. Cuando se han cumplido los 60, "la vida se ve con serenidad. Si no fuera así, sería terrible. Envejecer sin serenidad es la peor aventura imaginable", dice el escritor antes de asegurar que la edad te hace "más tolerante con los errores de los demás, con los avatares de la vida, pero te hace más intolerante con la estupidez. A mis 61 años [los cumple dentro de dos días], disculpo más a un malvado que a un estúpido. Creo que los grandes males de la humanidad en estos momentos vienen más de la estupidez que de la maldad", declara, contundente, el novelista.

El libro, cuyo título alude al tango original que se bailaba en los bajos fondos de Buenos Aires, muy distinto del de los salones elegantes, es también una reflexión sobre "esa vieja Europa, un mundo de lujo y de elegancia que, con lo bueno y con lo malo, desapareció, fue barrido por la Segunda Guerra Mundial. De aquella Europa ya no queda nada. Era injusta y clasista pero, en vez de dar paso a una Europa mejor, dio paso a esa Bruselas gobernada por payasos analfabetos que nos están reventando a todos", se lamenta Pérez-Reverte.

El tango de la Guardia Vieja tiene casi 500 páginas y transcurre en tres situaciones: una extraña apuesta entre dos músicos, que lleva a uno de ellos a Buenos Aires en 1928; un asunto de espionaje en la Riviera francesa durante la Guerra Civil española; y una inquietante partida de ajedrez en el Sorrento italiano de 1966. Los músicos son amigos y famosos. Uno de ellos se llama Maurice Ravel, y compondrá un bolero. El otro, Armando de Troeye, español y muy rico, deberá componer un tango. Y para ganar la apuesta, De Troeye viaja a Buenos Aires con su mujer, Mecha Inzunza. Durante la travesía, el matrimonio conoce a Max, un bailarín de tangos que se encarga de entretener a las señoras. Y de algunas cosas más.

La Guerra Civil española sólo sirve en esta novela "de telón de fondo" para lo que el autor quiere contar. "En la Guerra Civil hubo españoles con mucho dinero que se refugiaron en la Costa Azul y ahí esperaron el final de la guerra". Entre esos españoles se mueve esta novela que cuenta también con unos personajes secundarios de lujo.

Los protagonistas se reencuentran en Sorrento, cuando Max tiene 64 años y Mecha, 61. A ella, "el paso del tiempo la ha despojado de su belleza y de su glamour, y a él de sus recursos físicos, pero les ha dejado a cambio esa sabia lucidez y las certezas que el tiempo da", añade el autor de La reina del sur. "La dignidad de Max está por encima de su fracaso, y Mecha se da cuenta. En realidad, la novela es la historia de un hombre que fracasa, visto por una mujer inteligente", prosigue Pérez-Reverte.

El sexo, poco convencional a veces, es importante en esta novela, y Pérez-Reverte reconoce que, a la hora de escribir esas escenas, "pasa como con el juego de las siete y media, que es difícil plantarse en el punto exacto: o te pasas, y caes en la vulgaridad, o no llegas y caes en la mojigatería. Normalmente pensamos que es el hombre el que lleva a la mujer a los rincones oscuros, el que la pervierte, y no es verdad. El hombre abre la puerta, pero la mujer es la que de una manera deliberada, intelectualmente muy interesante, se adentra por ese territorio, explorándolo con una valentía y un coraje que deja al hombre acojonado", asegura el escritor.

El País

martes, 27 de noviembre de 2012

20 años y varios cansancios después

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) es un pésimo bailarín. También de tango. Pero es un óptimo analista de mecanismos y un sagaz decantador de esencias. Pertenezcan o no a la esfera de sus aficiones particulares, el narrador eficaz es aquel capaz de elevar aquello que no domina después de ensamblar palabras. “El tango no requería espontaneidad, sino propósitos insinuados y ejecutados de inmediato en un silencio taciturno, casi rencoroso. Y así se movían los dos, con encuentros y desencuentros, quiebros calculados, intuiciones mutuas que les permitían deslizarse con naturalidad por la pista”. ¿Acaso no supondrían que el que escribe este párrafo practica a diario con Carlos Gardel?

De bailes canallas, ajedreces inquietantes y asuntos de espías hablaron Arturo Pérez-Reverte y la actriz Cayetana Guillén Cuervo en el Teatro Español, donde se presentó esta noche El tango de la Guardia Vieja (Alfaguara), la nueva novela del escritor, en la que destripa la sustancia del tango al tiempo que la pareja protagonista, Mecha y Max, se somete al zarandeo de un amor tortuoso durante cuatro décadas.

Es, tal vez, la novela más romántica de las 22 que ha escrito Pérez-Reverte desde 1986, sin por ello renunciar a la acción, el suspense y el marco histórico de tres periodos singulares (1928, 1937 y 1966) que el autor apuntala con una documentación prolija sobre músicas, modas, lecturas y marcas. Y es, sin duda, la obra que ha requerido más cocción. Nació en un hotel de Buenos Aires, cuando Pérez-Reverte había saboreado su primer éxito masivo (El club Dumas), mientras observaba a un tipo guapo, parecido a su Max, bailando con una mujer de unos cincuenta años que desprendía un estilo abrumador. “Empecé a darle vueltas al tango como símbolo. Tenía 39 o 40 años, pero me faltaba mirada, canas, cansancio de muchas cosas”, confesó el escritor ante un auditorio, que se había sumergido en la atmósfera literaria viendo a una pareja bailar La Cumparsita.

Pérez-Reverte le ha traspasado varias cosas de sí mismo a Max Costa, el seductor que descubre que el sentido de la vida se reduce a una cosa: que una mujer superior le mire con respeto o admiración. En el personaje hay rastros de los recuerdos infantiles del autor: gestos y usos calcados de su padre. Pero básicamente hay huellas de su pasado de reportero: los trucos para sobrevivir en situaciones extremas (“he conocido muchos rufianes y he usado seducciones de todo tipo, he comprado policías y aduaneros”) y la facilidad para buscar cómplices (“toda mi vida me he dedicado a trabajar a los subalternos”).

El autor habló de personajes y mundos literarios pero también de la tramoya sobre la que se sustenta una obra. “Soy un tipo que cuenta historias, un escritor profesional. Intento hacer una historia que funcione y hacen faltan herramientas para que esa historia fluya de forma eficaz. Cada novela es un desafío diferente”.

Parte de ese trabajo es, reconoció, muy placentero. Pérez-Reverte recorre sus localizaciones para empaparse de autenticidad: saber qué vino beben, qué se contempla desde la habitación del hotel o en qué cama se acuestan sus personajes. En esta novela, además, se acuestan mucho. El sexo tiene varias caras: a ratos turbio, a ratos romántico. Cayetana Guillén Cuervo le preguntó cómo encontró el equilibrio para no perder la elegancia. Y Pérez-Reverte regaló la comparación de la noche:

—El sexo es como las siete y media. Si pides una carta de más, resulta vulgar. Y si te quedas corto y te plantas, pareces un mojigato.

El País

lunes, 26 de noviembre de 2012

Franzen: la novela contra Twitter

El novelista Jonathan Franzen (Chicago, 1959) dejó el domingo en Guadalajara una estela de simpatía y modestia desde el momento en el que arrodillándose teatralmente ante Silvia Lemus, la viuda de Carlos Fuentes, recibió la medalla que lleva el nombre del escritor mexicano en la inauguración del Salón Literario de la 26 edición de la Feria Internacional del Libro.

El autor de Las Correcciones (2001),libro del que se han vendido 2,8 millones de ejemplares en todo el mundo, Libertad (2011) y el reciente volumen de ensayos, Más afuera (Salamandra, 2012) declinó asumir el papel del escritor que mejor encarna el “espíritu de los tiempos”, con mayúsculas, y orientó su charla con su colega mexicano Jorge Volpi hacia la construcción de la novela, la creación de personajes, los efectos de las nuevas tecnologías, la política de EE UU y las relaciones entre el escritor y sus lectores.

Tras hacer una advertencia -”cuanto más hable de cómo se escribe una novela menos respeto van a tener ustedes por los novelistas”-, Franzen desgranó algunas de las ideas que lo han convertido en uno de los autores más importantes de lo que va de siglo:

La novela: “No fue hasta la tercera edición, que Daniel Defoe admitió que se había inventado a Robinson Crusoe y eso fue lo que hizo que la novela alzara el vuelo, que funcionase la conexión entre el escritor y el lector, cuando éste sabiendo que el personaje era ficticio pudo identificarse con él. La novela consiste en la conexión en el tiempo y en el espacio entre el escritor y el lector a través de personajes inventados, y para hacer eso el autor tiene que amar a sus personajes”.

Los personajes: “Un novelista se proyecta a sí mismo en fragmentos y crea personajes. Y yo tengo más personalidades de las que necesito. Muchos están basados en mi madre, en mi familia y en mis amigos más cercanos. Otros proceden de gente que conocí y luego no volví a ver jamás o de alguien que tenía una voz que me impresionó”.

Los lectores: “No quiero excluir a ningún tipo de lector y tampoco a los conservadores. Es importante no abusar de su confianza. Mis libros están dirigidos a un público que no se conforma, que no es feliz con las narrativas sencillas. Creo que mi tipo de lector es aquel que se aburre cuando ve fotos de comida en las redes sociales”.

Las nuevas tecnologías: “No me opongo al libro electrónico pero como creador de contenidos me preocupa que la gente deje de pensar en el libro como algo por lo que se tiene que pagar. Los teléfonos móviles, Facebook, Twitter, etcétera, francamente me parecen adicciones, tienen un efecto paliativo pero no establecen conexiones reales, humanas. La novela es una buena oportunidad para liberar a la gente de esas adicciones”.

Libertad: "Quise escribir la historia del matrimonio de mis padres, pero no me interesaba describir la década de los cuarenta o los cincuenta que no conocí y traté entonces de imaginarme cómo hubieran sido mis padres si hubieran nacido en mi generación. Decir lo indecible solo es posible a través de la imaginación”.

La política: “Durante los años de Bush se abusó de las personas buenas. La gente creyó al presidente cuando dijo que Irak tenía armas de destrucción masiva o que Sadam Husein era un peligro para la seguridad mundial. En 2004 estaba tan enojado que no podía escribir. Libertad despegó al día siguiente de la elección de Obama. Mis niveles de ira bajaron de la noche a la mañana. Como ciudadano soy demócrata, pero como escritor no tengo partido”.

El País

viernes, 23 de noviembre de 2012

El tango de la Guardia Vieja

«Una pareja de jóvenes apuestos, acuciados por pasiones urgentes como la vida, se mira a los ojos al bailar un tango aún no escrito, en el salón silencioso y desierto de un transatlántico que navega en la noche. Trazando sin saberlo, al moverse abrazados, la rúbrica de un mundo irreal cuyas luces fatigadas empiezan a apagarse para siempre.»

Un extraño desafío entre dos músicos, que lleva a uno de ellos a Buenos Aires en 1928; un asunto de espionaje en la Riviera francesa durante la Guerra Civil española; una inquietante partida de ajedrez en el Sorrento de los años sesenta...
El tango de la Guardia Vieja narra con pulso admirable una turbia y apasionada historia de amor, traiciones e intrigas, que se prolonga durante cuatro décadas a través de un siglo convulso y fascinante, entre la luz crepuscular de una época que se extingue. 

EL TANGO DE LA GUARDIA VIEJA
                                               EXTRACTO ESCOGIDO POR ARTURO PÉREZ-REVERTE  

     El fumoir-café del transatlántico comunicaba las cubiertas de paseo de primera clase de babor y estribor con la de popa, y Max Costa se dirigió allí durante la pausa de la cena, sabiendo que a esa hora estaría casi vacío. El camarero de guardia le puso un café solo y doble en una taza con el emblema de la Hamburg-Südamerikanische. Tras aflojarse un poco la corbata blanca y las pajaritas del cuello almidonado, fumó un cigarrillo junto al ventanal por el que, entre los reflejos de la luz interior, se adivinaba la noche afuera, con la luna bañando la plataforma de popa. Poco a poco, a medida que se despejaba el comedor, fueron apareciendo pasajeros que ocuparon las mesas; de modo que Max se puso en pie y salió del recinto. En la puerta se apartó para dejar paso a un grupo masculino con cigarros en las manos, en el que reconoció a Armando de Troeye. El compositor no iba acompañado por su mujer, y mientras caminaba por la cubierta de paseo de estribor hacia el salón de baile, Max la buscó entre los corrillos de señoras y caballeros cubiertos con abrigos, gabardinas y capas, que tomaban el aire o contemplaban el mar. La noche era agradable, pero el Atlántico empezaba a picarse con marejada por primera vez desde que zarparon de Lisboa; y aunque el Cap Polonio estaba dotado de modernos sistemas de estabilización, el balanceo suscitaba comentarios de inquietud. El salón de baile estuvo poco frecuentado el resto de la noche, con muchas mesas vacías, incluida la habitual del matrimonio De Troeye. Empezaban a producirse los primeros mareos, y la velada musical fue corta. Max tuvo poco trabajo; apenas un par de valses, y pudo retirarse pronto.

     Se cruzaron junto al ascensor, reflejados en los grandes espejos de la escalera principal, cuando él se disponía a bajar a su cabina, situada en la cubierta de segunda clase. Ella se había puesto una capa de piel de zorro gris, llevaba en las manos un pequeño bolso de lamé, estaba sola y se dirigía hacia una de las cubiertas de paseo; y Max admiró, de un rápido vistazo, la seguridad con que caminaba con tacones pese al balanceo, pues incluso el piso de un barco grande como aquél adquiría una incómoda cualidad tridimensional con marejada. Volviendo atrás, el bailarín mundano abrió la puerta que daba al exterior y la mantuvo abierta hasta que la mujer estuvo al otro lado. Correspondió ella con un escueto «gracias» mientras cruzaba el umbral, inclinó la cabeza Max, cerró la puerta y desanduvo camino por el pasillo, ocho o diez pasos. El último lo dio despacio, pensativo, antes de pararse. Qué diablos, se dijo. Nada pierdo con probar, concluyó. Con las oportunas cautelas.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Robespierre no era tan Robespierre

El asesino. El sanguinario. El delirante. El coco… Antepongan esos calificativos a estos: el virtuoso. El incorruptible. El demócrata. El soñador. ¿Cómo cuadrarlos? Difícil. Pero habría que equilibrar la balanza, demasiado torcida ante los primeros, en el caso de Maximilien Robespierre. El personaje más controvertido de aquel hito que marcó la Historia Universal y que se dio en llamar Revolución Francesa merece un juicio justo que le devuelva la cabeza de la guillotina eterna.

Eso y no más es lo que han pretendido, cada uno a su manera, el historiador australiano de la Universidad de Melbourne Peter McPhee, y el escritor español Javier García Sánchez. Uno con una pulcra y rigurosa biografía publicada por Península y el otro con una ambiciosa novela de 1.200 páginas sobre el líder jacobino que ha sacado al mercado Galaxia Gutenberg y que empezó a escribir por pasión, por identificación, por espíritu de cruzada, hace 30 años.

Hay demasiadas injurias en torno a Robespierre. Injurias vertidas a lo largo de más 200 años no solo en la Historia, también en la filosofía, en el cine, en la literatura… Incluso en el urbanismo: es el único personaje crucial en el devenir de Francia que no cuenta con una calle a la altura de su leyenda y sus hitos en el centro de París.

Allá llegó para participar en la reunión de los Estados Generales el abogado a quien siempre se achacó cierto complejo de provinciano. Desde la norteña Arrás se presentaba en la resabiada capital —“puta y santa”, escribe García Sánchez— este líder en ciernes, con su inseguridad a la hora de armar discursos, su conocimiento de memoria de la obra de Rousseau, su miopía y una paradójica timidez un tanto altiva que no guardó en el baúl donde sí se llevó a París una chaqueta de paño negro, un chaleco de satén, tres pares de pantalones, seis camisas, seis pañuelos y tres pares de calcetines…

Enfermiza parecía su obsesión por la austeridad, por dar ejemplo. Y, por tanto, sospechosa. “La mayor contradicción para quien durante siglos ha querido atacarle era que le apodaran El incorruptible. No cuadraba ese calificativo con los intentos de desprestigiarle contando que se había encerrado en orgías de palacios pertenecientes a la aristocracia con decenas de eunucos”, comenta García Sánchez.

McPhee ahonda en la propia incomprensión de Robespierre ante su obsesión por la plena limpieza. “Encontraba serias dificultades en comprender por qué los propios republicanos se mostraban tan en contra del bien común. Se desesperaba ante la falta de integridad, los nervios le llevaban hasta el borde mismo del colapso, sobre todo, al final, cuando entendió que su periodo había terminado”.

De la revolución al terror, algo a lo que se vio abocado pese a repugnarle la violencia, el camino se llenó de sombras. Manchas que poblaron, según el autor español, “la biografía digna de quien porta la gallardía insensata de un héroe mártir”. Acusaciones que le han afectado hasta hoy culpándole de todos los males, los desmanes, los desvaríos, las purgas, cuando, según García Sánchez, “no dio el visto bueno personalmente más a cuatro o cinco penas de muerte”.

Asombroso hurgar en los papeles. “No tuvo nada que ver con los asesinatos en masa, los repudiaba”, agrega McPhee. Así que conviene urgentemente sacarle de la lista que lo emparenta con todos los exterminadores que en el mundo han sido.

Si el prisma histórico ha deformado sistemáticamente la figura de alguien, este es el caso de Robespierre. Pero aún no se escapa: “Sigue resultando enormemente controvertido”, afirma el australiano. Quizás su obsesión por la virtud, ese faro en su pulso vital, es la causa. Se reveló tan consecuente que ha influido en la mala conciencia de la posteridad o en la propia sospecha de que no podía nadie llegar a tales cotas de autoexigencia. “Él fue”, según McPhee, “ uno de los grandes demócratas de la Historia, apasionado, comprometido con los derechos humanos y con la participación en la vida pública de todos los estratos de la sociedad. Entendía que sin la participación popular y el respeto por los avances civiles y sociales existiría un permanente y violento desencanto social”.

Lo primordial en cuanto a su figura es acabar con el rumor. “La visión que se ha dado de él se ha fundamentado en un rumor. No más. Cuando cae e iba camino de la guillotina —aquel 10 Termidor, 28 de julio de 1794 para la cristiandad— empieza ese rumor sobre él, ajeno a los hechos, que se ha propagado de manera organizada y continua a lo largo de más de 200 años y ha dado lugar a que el 95% de lo que se ha escrito fuera falso”.

Lo mismo le ocurre a su aliado Saint-Just; ambos han pasado a la historia como peligros por inculcar una radical filosofía de la virtud y el bien común desde espíritus laicos. Fueron emisarios de una vida futura, perecieron convencidos de que su obra no quedaba concluida cuando en realidad dieron lugar a una auténtica revolución de las mentalidades. Así es y no de otra forma como García Sánchez afrontó la narración. “Con la intención de crear una obra lírica, con voluntad de epopeya sobre unos hombres que quisieron cambiar el mundo consiguiéndolo y que perecieron en el intento creyendo que habían fracasado”.

El Pais

Paulo Coelho: “El ‘Ulises’ de Joyce hizo mucho mal a la literatura”

Atención lectores de Paulo Coelho. El nuevo libro del escritor brasileño (Río de Janeiro, 1947) puede desmenuzarse en tuits y leerse a modo de guía de valores a la que agarrarse en estos tiempos de depresión. Esa es la propuesta que ha lanzado el autor a sus seguidores —"17 millones entre Twitter y Facebook"— en la presentación hoy en Madrid de su nuevo libro, El manuscrito encontrado en Accra (Planeta). Ejemplo de su pasión por esas redes sociales es que justo antes de empezar a hablar de su obra hizo una foto a la numerosa prole periodística presente en la sala y la subió a su cuenta de Twitter. Después llegaron sus juicios: "Básicamente, el escritor de hoy debe escribir en las distintas plataformas para compartir mejor su trabajo".

Coelho, de negro de pies a cabeza y mechón blanco en la calva y la nuca, ha trazado en El manuscrito encontrado en Accra una parábola en la que el protagonista, un griego erudito llamado el Copto, álter ego del autor, contesta a las preguntas que le hacen los angustiados habitantes de Jerusalén el 14 de julio de 1099, horas antes de que los cruzados entren a sangre y fuego en la sitiada ciudad. De ahí que el libro tenga como antetítulo en su cubierta: No hay arma más poderosa que las palabras. Con frases como "La derrota nos hace perder una batalla o una guerra. El fracaso no nos deja luchar", se suceden, a modo de bienaventuranzas, las 176 páginas, con los jerosolimitanos interrogando al Copto sobre la soledad, la belleza, el amor, el sexo, el miedo… y este regalándoles su sabiduría, una especie de manual de autoayuda, con "unas respuestas que fueron válidas hace cinco mil años y lo siguen siendo hoy".

El carioca, que debutó en la literatura con 39 años (El peregrino de Compostela) escribe "para ser leído". Así de claro. "Lo del escritor encerrado en su torre de marfil creando grandes ideas ya no existe y si existió fue siempre falso. Yo quiero que los lectores sepan cómo es mi vida", dice quien ha vendido "180 millones de ejemplares", con sus obras traducidas a 73 idiomas y publicadas en más de 170 países. Sabe lo que es vender, quizás por ello asegura que "la gente del negocio editorial no se ha dado cuenta del cambio radical que vive el libro por los cambios tecnológicos y las redes sociales".

Escritores reacios a Internet

Para los escritores que "se muestran reacios" a todo lo que huela a Internet, Coelho, remontándose a Gutenberg, aseveró que "con la imprenta también se decía que aquello no era literatura, cuando en realidad permitió que el pensamiento viajara más que nunca". Entre blogs, posts, tuits y seguidores, Coelho se preguntó a principios de este año: "¿Dónde están los valores entre tanto avance tecnológico?". Su respuesta fue escribir el pasado abril este libro, que acabó "en unos días". Es su primera obra desde que hace casi un año los médicos le sometieron a un cateterismo que le salvó de la Dama de la Guadaña, como la llama repetidas veces en El manuscrito...

"El negocio editorial no se ha dado cuenta del cambio tecnológico que vive el libro"

Hablando de este mundo, Coelho, creyente en la reencarnación, no se muestra interesado en lograr la felicidad terrenal, "que es algo estático, parado en el tiempo y en el espacio", sino en conseguir "la alegría". Así que llega la pregunta inevitable: "¿Es usted un gurú?". Él lo niega. "Solo soy un peregrino que busca la sencillez en su escritura". Ese deseo de "ser muy directo", le lleva a contraponerse con el extremo, el Ulises de James Joyce, "que hizo mucho mal a la literatura porque nadie lo ha leído pero todo el mundo dice que lo ha leído". El autor que se hizo mundial con superventas como El alquimista agrega que después de la novela del irlandés "los escritores olvidaron la parábola como forma de narrar". Asimismo, recuerda que ya una vez se metió con el Ulises, del que dijo que solo daba para un tuit, y los críticos le dieron estopa. "No me entendieron, todos los libros dan para un tuit".

Metido en esa harina, confiesa que su afán por ser claro al escribir le lleva a que "las primeras versiones de sus libros sean tres veces más largas que la final". A ello le ha ayudado "mucho el ordenador", que cambió su forma de redactar después de años con las máquinas de escribir. Coelho pone cara de que aporrear aquellos teclados debía de darle dolores de cabeza. Y como un hábil maestro de ceremonias y seguido con fervor, decide que tras casi una hora de rueda de prensa ha llegado el final, a pesar de las preguntas pendientes. Quizás aplica una de las máximas del Copto: "No intentes agradar a todo el mundo, o perderás el respeto de todos".

El Pais

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La nueva novela de Rowling llega en español estas navidades

J. K. Rowling promete apoderarse de las navidades en España y América Latina. El miércoles 19 de diciembre llegará a las librerías Una vacante imprevista, la primera novela para adultos de la creadora de la serie de Harry Potter. Saldrá en versión papel y digital de manera simultánea, con una tirada de 300.000 ejemplares. El libro, que salió el pasado 27 de septiembre en inglés, estaba previsto que Salamandra lo publicara en español en 2013.

"Rowling abre una nueva etapa con esta novela", asegura Sigrid Kraus, editora de Salamandra, que ha publicado en español toda la serie del niño mago. La editora cuenta que le hace especial ilusión publicar a Rowling en este nuevo camino y cambio radical en su literatura. "Me ha encantado la novela. Aquí se aprecia su gran habilidad para construir personajes. Creo que sus lectores quedarán satisfechos".
La autora dijo en una entrevista a Der Spiegel que había agotado el mundo mágico de Harry Potter: "Fue muy divertido mientras duró, pero lo he dejado atrás por el momento. Si existe alguna relación entre Harry Potter y mi novela nueva es mi interés por los personajes".

Tan pronto se publicó en Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá e Irlanda, Una vacante imprevista alcanzó los primeros puestos de los libros más vendidos. En sus primeras tres semanas vendió más de un millón de ejemplares. En Inglaterra se ha convertido en el libro más vendido en menos tiempo de los últimos 3 años. La crítica ha estado dividida.

Los derechos de la novela se han cedido a 43 idiomas. Una vacante imprevista narra la vida en Pagford, un pueblo imaginario del sudoeste de Inglaterra, donde la muerte de un concejal desata una feroz pugna entre las fuerzas vivas del pueblo para hacerse con el puesto del fallecido, factor clave para resolver un antiguo litigio territorial.

"La minuciosa descripción de las virtudes y miserias de los personajes conforman un microcosmos tan intenso como revelador de los obstáculos que lastran cualquier proyecto de convivencia, y, al mismo tiempo, dibujan un divertido y polifacético muestrario de la infinita variedad del género humano", relata la editorial Salamandra.

Desde que en febrero J. K. Rowling anunciara que estaba terminando su primera novela para adultos, el mundo editorial ha estado atento: primero por conseguir los derechos de un seguro best seller y segundo por conocer los derroteros literarios de la novelista. Tanto que entonces se estableció una especie de subasta por los derechos. Para empezar la autora cambió su sello tradicional, Bloomsbury, por el de Little Brown.

"Rowling se hizo mayor a punta de sátira y crítica social", tituló este diario cuando la novela apareció en Inglaterra

El País

martes, 20 de noviembre de 2012

“Les debo esta libertad y este desarrollo de la imaginación sin límites”

Pregunta: ¿Qué opina del boom latinoamericano y cuál fue su primer acercamiento a él o con qué autor o libro?

Respuesta. Recuerdo haber escuchado con pasión, cuando todavía estaba en el liceo francés de Tánger, a Alejo Carpentier hablarnos del barroco en la literatura. Era un hombre muy elegante, alto y bueno. Descubría la literatura cubana (en el exilio). Algún tiempo después de esta visita que me marcó, mi amigo Emilio Sanz, historiador de cine, que pasaba mucho tiempo en Tánger, me regaló Cien años de soledad, de García Márquez, traducido al francés y publicado por Éditions du Seuil. Me sumergí enseguida en él, pero no conseguía engancharme. Algo en ese universo me impedía entrar en esa novela diferente de lo que acostumbraba a leer. La leería más tarde, después de descubrir la obra extraordinaria del escritor mexicano Juan Rulfo. Gracias a Pedro Páramo entré en el maravilloso bosque de la literatura latinoamericana. Averigüé que Rulfo había influido en García Márquez, así como en algunos otros escritores de su generación.

Al mismo tiempo, encontraba una familiaridad entre el universo de estos escritores y el de los escritores del mundo árabe. Leía a Carlos Fuentes o a Mario Vargas Llosa como si fueran de mi país.

P. ¿Cuál cree que es la principal aportación a la literatura?

Respuesta. Este auge de la literatura latinoamericana ha sido una suerte para la literatura de la segunda mitad del siglo XX. El azar hizo que varios escritores de una misma generación tuviesen talento y mucha imaginación al mismo tiempo. Constituían una pléyade de creadores repartidos por todo el continente latinoamericano. Aunque sus estilos sean diferentes, sus temas se encuentran en casi toda su literatura. Han aportado audacia, barroco, una inquietud maravillosa, un resto de surrealismo y una especie de locura que contrasta con el realismo europeo o con la adecuación a lo real al estilo estadounidense. Esta literatura ha liberado la imaginación; por lo que a mí respecta, estoy seguro de ello: al leer a Onetti, a Borges, a García Márquez, a Neruda y a los demás, mi escritura ha gozado de un permiso para soñar e inventar. Les debo esta libertad y este desarrollo de la imaginación sin límites.

P. ¿Alguna reflexión particular?

Respuesta. Pertenezco a un pueblo en el que el 40% de sus habitantes no saben leer y escribir. Es un drama, una vergüenza. Sé que algunos países de Latinoamérica también viven este drama del analfabetismo. A uno de estos escritores (me parece que era Carlos Fuentes) se le planteó esta pregunta: ¿por qué escribe usted en un continente de analfabetos? Recuerdo perfectamente la respuesta porque es la que yo doy.

La cito de memoria: “Escribo aunque sé que el pueblo no me leerá, y precisamente porque le han impedido aprender a leer tengo que escribir bien, muy bien, y tengo que darle lo mejor, porque un día ese pueblo me leerá, y si no es él, serán sus hijos, y ahí es cuando mi texto tendrá que ser irreprochable...”. Esta es la idea que aprendí y la he expresado a menudo cuando me lo han preguntado: escribes en un país de analfabetos (y luego algunos añaden), y además escribes en un idioma que no es el del pueblo, ¡escribes en el idioma del colonizador!
Los que me han reprochado que escriba en francés en vez de en árabe, me pedían en cierta manera que dejara de escribir, porque saben que no domino lo suficiente el idioma del Corán para expresarme libremente como lo hago en francés. El citar la respuesta de esta literatura latinoamericana me ha ayudado y me ha apoyado para seguir mi camino de escritor, testigo de mi época y testigo vigilante que a veces actúa. No soy un escritor escondido y tranquilo. Intervengo como ciudadano, pero no llegaré hasta el punto de hacer política como Vargas Llosa.

* Tahar Ben Jelloun (Fez, 1944) escritor marroquí en francés. Es autor de La primavera árabe (Alianza)

El País

lunes, 19 de noviembre de 2012

Freud: El crepúsculo de un ídolo,

Reproducirnos así mismo una reflexión en torno a este libro, es de por sí, instaurar un total concierto con el escritor, donde ambiciona de manera avispada hacer un desarme histórico del ídolo del psicoanálisis. Podríamos decir, como en una ocasión sostuvo un crítico del mismo libro, que dicho texto se trasporta a tres características fundamentales: Desmitificación de un intocable y su doctrina, la calidad crítica y académica de los argumentos de Onfray y el formato editorial propio de un best-seller de aeropuerto, independientemente de la orientación académica del mismo.

El texto está bien logrado. Cabe destacar, que siendo un lector de otros textos de Onfray, este texto va, como bien apuntaba, orientado al acadecismo, donde teje de manera sagaz la percepción a-critica del psicoanalista, empleando todos los recursos de tercero, a pesar del oscurantismo, que a toda costa  Freud nos dejara, independientemente de sus textos, pues una breve lectura de los primeros capítulos nos daremos cuenta que Onfray revela el mundo psicológico-familiar de Freud, donde el des-concierto de su padre lo hizo ver como todo un fantasma al cual quería acabar. 

“En primer lugar, Onfray justifica la obra de Freud como lo que sin duda ha sido y es: la obra de un impostor, de un sofista, de un fingidor. Freud es, sin duda, el mejor novelista del siglo XX. Es algo que he repetido en numerosas ocasiones. Su obra es la obra de una persona que presenta como universales sus propios prejuicios y psicomaquias, pero atribuyéndolos siempre a los demás, desde Edipo hasta Gustav Mahler. Freud no explica “el mundo”, sino que se explica a sí mismo, subrepticiamente”.

Onfray una vez más entrega todo su esfuerzo y dominio, dando un obra bien pensada, que en su justa dimensión establece una crítica rica en construcciones históricas y donde revela que el tal no era un tal, sino un equilibrio de sus propias percepciones, provocando en el texto las falacias y que de algún modo quiso imponer a sus seguidores, sobre todo en aquellos momentos donde el yoismo intelectual de Freud era enceguecido por sus retoricas.

Os dejo es sus manos.

Juan José Millás: "En lo más cotidiano es donde se esconde el mayor de los misterios"

Juan José Millás siempre ha poseído una sensibilidad particular para detectar el componente de extrañeza que esconde cualquier realidad en apariencia insignificante. Esa rareza del mundo se le reveló un día mientras trabajaba, cuando se produjo un gesto intrascendente -una mosca se posó sobre él- que sin embargo disparó la imaginación del autor. "No era tiempo de moscas, y me pregunté de dónde vendría ésa. Y entonces empecé a pensar en dónde se meterían en invierno, cuánto viven", explica el valenciano. Albergaba también cierto remordimiento hacia esa familia de insectos, "porque cuando era pequeño mis amigos y yo les hacíamos unas tropelías terribles, que hacerlo era gratis", de modo que decidió explorar mediante un reportaje la existencia de aquellas criaturas. Acudió al investigador Gil Morata y al Centro de Biología Molecular, "una especie de campo de concentración de moscas" donde "las hacían a la carta, podías pedir una con las patas en la espalda o un ojo en el abdomen. Yo pedí que me hicieran una mosca normal, y que le crearan un compañero para que copulara con él", rememora. Catalina vivió 30 días, Pruden murió algo antes. La biografía de la primera es uno de los textos que más agrada a Millás de Vidas al límite (Seix Barral), conjunto de reportajes en los que el periodista describe un puñado de existencias donde se refleja la máxima que guía a este narrador: "En lo más cotidiano", dice, "es donde se encuentra el mayor misterio".

Millás, que presentó recientemente su nuevo libro en Sevilla dentro del ciclo Letras Capitales del Centro Andaluz de las Letras, considera que el reportaje "es un género muy próximo al relato, la única diferencia es que en el reportaje los materiales te vienen dados de fuera, y tienes que cumplir una ley: no puedes decir que algo pasó si no ocurrió", argumenta, antes de aclarar que "las barreras están borradas" y que hay cuentos "como una historia de Capote titulada Un día de trabajo en la que el escritor acompaña a su asistenta por las otras casas donde ella trabaja, que tras leerla no sabes muy bien si es un reportaje o un relato inventado".

Entre las experiencias que recoge Vidas al límite, Millás acompaña a Penélope Cruz a comer a un bar donde no reconocen a la actriz y les hacen guardar cola, se embarca junto a Ronaldo en un viaje a Palestina e Israel al que el segundo va como embajador de buena voluntad de la ONU o describe el encuentro con el político Pasqual Maragall cuando a éste ya le han diagnosticado el alzheimer. Pero el paisaje en el que el narrador centra su atención la mayoría de las veces es el de esas existencias desconocidas, su intención, dice, "era acercarme a la gente normal con la convicción de que la persona más rara es tu vecino". Especialmente celebrado fue el relato de los problemas de una ama de casa. "Ella residía en un barrio dormitorio y tenía una vida muy complicada, debido a un hijo con hiperactividad", recuerda. "Con su reportaje me di cuenta de que el anonimato de una ama de casa alcanza niveles insoportables. Todos necesitamos que reconozcan nuestro trabajo, y para dedicarte a las tareas del hogar, sin que nadie valore lo que haces, has de tener una autoestima muy alta".

Con el caso de un chico con síndrome de Down, Millás entendió "lo equivocado de nuestro concepto de normalidad. ¿Somos normales con respecto a qué? En realidad todos somos anormales en relación con algo". Con la prueba de volverse invidente pudo cumplir una extraña fantasía de la infancia. "De pequeño me cruzaba con un niño que era ciego y yo me inventé que cuando yo cerraba los ojos aquel niño veía. Me prometí que estaría todo un día ciego. Los de la ONCE me enseñaron unas reglas básicas para sobrevivir, aprender de dónde venían los sonidos...".

Millás admite que encuentra rasgos de sí mismo en cada personaje al que entrevista -"cuando hago trabajos de este tipo me suelo decir: Pero si eso es lo que me pasa a mí"- y asegura que le es difícil distanciarse. "Es una labor que se gestiona mal, el cirujano logra mecanizar de algún modo su trabajo, pero un reportero no puede hacerlo". El retrato de una mujer bipolar le impresionó tanto que años después participaría en un documental sobre este trastorno. De los pacientes con esta alteración le atraía que "cuando se mantienen estables gracias al litio sienten añoranza de sus estados de euforia. Una vez comí con el escritor Mario Mendoza y me contó que su madre era bipolar. En una ocasión en que la señora había abandonado la medicación y su hijo le estaba riñendo, ella le dijo: Hijo mío, si tú pudieses ser a veces Supermán, ¿te conformarías siempre con ser el gilipollas de Clark Kent?".

En el volumen hay un reportaje que el propio autor califica de "tremendo", Son 15 minutos. Dejas de respirar. Y fuera, sobre "una persona que había decidido quitarse la vida, que tenía una enfermedad terminal y había acudido a la asociación Derecho a Morir Dignamente". Millás se citó con el hombre la víspera del día en que había programado su muerte. "Lo que más me sorprendió es que no vi flaqueza en ningún momento. Me preguntó si estaría con él hasta el desenlace, pero no tuve coraje", confiesa el escritor. Ése fue uno de los entrevistados que con más fuerza conserva en la memoria. "Cuando me preguntan con cuál de los personajes tengo más relación hablo de él. Siempre, cuando alguien muere, te queda la impresión de que hay algo que no te dijo, que hay algo que sabía de la vida que no compartió".

Diariodesevilla.es

domingo, 18 de noviembre de 2012

Las oscuras razones de Franzen

Más afuera, ensayo híbrido que da nombre a la última colección de textos de no ficción de Jonathan Franzen (Chicago, 1959), bien podría contemplarse como el alumbramiento (o cuando menos, una de las cumbres) de un nuevo género. Mezcla de relato, escrito autobiográfico y reportaje de viajes, trata sobre la excursión del autor estadounidense a una isla volcánica del Pacífico Sur a “800 kilómetros de la franja costera central de Chile”, llamada Alejando Selkirk. Hasta hace no tanto se la conocía como Masafuera, topónimo aún preferido por sus escasos habitantes, pues ofrece una buena idea de su radical aislamiento. El escritor buscaba ir “muy lejos” para escapar del estado mental inducido por la frenética promoción de su influyente novela Libertad y del nervioso consumo de café, copas, tabaco, información basura y correos electrónicos derivado de esta.

El escritor buscaba escapar del frenesí de la promoción de su anterior novela
Karen, viuda de su amigo David Foster Wallace, escritor que se ahorcó en 2008, le pidió que esparciera por aquel confín parte de las cenizas del autor de La broma infinita, obra maestra de la perplejidad moderna. Además de los restos del difunto y de todo lo necesario para el avistamiento de pájaros, gran pasión de Franzen, el novelista cargó con un ejemplar de Robinson Crusoe; después de todo, Selkirk era un marinero escocés “cuya vida solitaria en el archipiélago sirvió de inspiración a Daniel Defoe” para escribir su obra maestra. Publicado en The New Yorker en 2011, y traducido al español por Isabel Ferrer, el texto es un espléndido tratado sobre, entre otras cosas, la soledad, la ¿irreversible? incompatibilidad del hombre contemporáneo con la naturaleza, el nacimiento de la novela y su sentido hoy día, la vida y obra inexpugnables de Wallace, el aburrimiento y la posibilidad de la isla como metáfora de todo ello.

“Dejémoslo en que forma parte de un subgénero”, rogó con modestia esta semana Franzen en su agradable apartamento con vistas a la parte alta de Manhattan, durante una entrevista que se celebró mientras la noche cerrada caía sobre las luces de la ciudad. “En realidad fue una defensa. Cuando decidí escribir sobre David y lo mucho que me había contrariado su suicidio entendí que debía introducir otros elementos para protegerme. Me molestó que su desaparición fuera vista como la de un Kurt Cobain de la literatura. Sé que ese sentimiento de traición es común a las personas cercanas a un suicida. Pero es que con él desapareció mi gran amigo y mi gran competidor. Es como si me hubiese dejado solo, sin contrincante en la pista de tenis”.
Me molestó que la desaparición de David fuera vista como la de Cobain”
Ambos se conocieron a finales de los ochenta, cuando aspiraban a cambiar la faz de la narrativa estadounidense. Wallace lo logró por la vía de la experimentación y el tormento. Franzen siempre jugó en el equipo del realismo (“histérico”, lo definió el crítico James Wood). En su marcador figuran tres novelas, unas memorias fragmentadas y un fenómeno cultural terminado tras aquel suicidio y llamado Libertad (Salamandra), un novelón de los de antes sobre asuntos de los de ahora. El libro se convirtió en un best seller mundial, colocó por primera vez en una década a un escritor en la portada de la revista Time e introdujo en la conversación colectiva cuestiones como la capacidad (o incapacidad) de un texto literario, lento y reflexivo por definición, para hablar de los problemas de la vertiginosa sociedad de la información.

Franzen posee también una poderosa y original voz de ensayista: Más afuera (Salamandra) es su segunda colección de textos de no ficción tras Cómo estar solo (Seix Barral, 2003). Si entonces el análisis Por qué molestarse, sobre la pérdida de influencia de la novela, eclipsó el resto del libro, Más afuera corre el mismo riesgo de sucumbir ante la fuerza de la pieza sobre las cenizas del amigo en la remota isla. Pese a ello, abundan los pasajes brillantes sobre algunos de los temas fetiche del escritor: su infancia en el Medio Oeste, la intimidad, el asedio de la tecnología a la esencia de la condición humana, la crítica literaria como rescate de autores olvidados (y casi siempre femeninos) o esa obsesión suya por la conservación de las aves, compartida por un par de personajes de Libertad.


“Siempre pienso que algún día me hartaré de buscar pájaros, pero no acaba de llegar ese momento”, explica Franzen. “Lo más terrible de ser novelista en un mundo de veloces cambios es que no se puede reaccionar en la ficción a lo que pasa cada día, aunque aún creo que la novela como forma artística es insuperable para explicar lo que sucede en nuestro fuero interno. La no ficción se parece al avistamiento de pájaros: si esperas lo suficiente, entonces aparece la historia”.
No se puede reaccionar en la ficción a lo que pasa cada día”
Su pasión por las aves se cuela también por los amplios ventanales del apartamento de Manhattan; a través de ellos ha reconocido “41 especies”. El autor reparte su tiempo y el de su novia, la también escritora Kathryn Chetkovich, autora de un implacable ensayo sobre la convivencia creativa titulado Envidia, entre Santa Cruz, cerca de San Francisco (“El caso es que me lie con una californiana”, se excusa medio en broma) y Nueva York, ciudad que estos días solo habla de las consecuencias del huracán Sandy (“En esta parte de la ciudad no se notó apenas”) y del alivio por la reelección de Obama (“Me devolvió el optimismo”).

Cuenta su leyenda que en la otra costa, en una habitación con las ventanas tapadas para evitar distracciones, fue donde escribió gran parte de Libertad. Sin teléfono, Internet u otras víctimas de algunas de las críticas más mordaces de Más afuera. Es bien conocida la resistencia de Franzen a los avances tecnológicos. ¿Tanto le molesta el progreso? “Teniendo en cuenta ese universo de enlaces de Twitter, herramienta sobrevalorada, que apuntan a textos que nadie ha leído ni piensa leer y fotos de gente desayunando y comunicándolo en 140 caracteres; teniendo en cuenta el océano de información defectuosa; considerando plagados de errores los artículos de la Wikipedia y que la crítica de los productos culturales ha muerto a manos de las reseñas de los consumidores, de las cuales un tercio o más son inventadas, me resulta imposible no colocarme en el coro de los críticos de Internet y de las redes sociales por su trivialidad, inexactitud y su estúpida retórica del progreso que acabará por hacer de este mundo un lugar maravilloso”.
Twitter es una herramienta que está sobrevalorada”
El escritor ha trabajado desde la publicación de Libertad en la adaptación fracasada a la televisión por cable (HBO) de su obra previa, Las correcciones, historia de una familia en declive que le puso sobre el mapa narrativo a principios de siglo y que acaba de ser reeditada en español. “Me sentí aliviado cuando se canceló el proyecto, creo que el episodio piloto era realmente malo”.
También ha comenzado una novela. Se niega a compartir información sobre ella, pero se muestra generoso con sus ideas sobre la revolución narrativa de las series (“Proporciona placeres pasados de moda asociados tradicionalmente con la ficción social; creo en las series como un subgénero de la novela”) y las explicaciones a por qué siempre andamos empeñados en matar la ficción de largo aliento. “La novela nació con el concepto de la individualidad liberal, o burguesa, si quiere ser tendencioso. Sobrevivirá mientras haya individuos. Su sentido es el mismo de la vida. Creo que la gente lee novelas contra la falta de sentido”.
Me exasperó ver que la gente creía conocerme sin conocerme”
Si con las suyas, Franzen aspira sin modestia a dotar a sus lectores de armas para la comprensión, en su obra de no ficción (discursos para el aprendiz de escritor, encargos periodísticos o responsos funerarios) parece perseguir la quimera de contarse a sí mismo. Para ser una persona celosa de su privacidad y preocupada por la sobreexposición personal, Más afuera resulta revelador sobre su vida y sus rutinas de escritor. “Me decidí a mostrarme tras publicar Las correcciones, libro que me hizo relativamente famoso para ser un autor literario. La experiencia de comprobar que la gente creía que me conocía sin conocerme resultó exasperante y desorientadora. Dado que eso iba a suceder de cualquier manera, preferí controlarlo. Mi vida personal es muy complicada y fluida. Es como colocar un foco para que los demás miren en una dirección y no en las demás. Echad un vistazo aquí y así no os tengo que enseñar el resto”, explicó al final de la entrevista, antes de retirar la luz y regresar a las complejas tinieblas de la existencia.

El País

viernes, 16 de noviembre de 2012

Saramago ya tiene su día en Lisboa

A la manera del Bloomsday de Dublín, en el que los habitantes de esta ciudad, cada 15 de junio, tratan de seguir el itinerario de Leopold Bloom, el principal del Ulises de Joyce, Lisboa celebra hoy el día de Saramago. O, más exactamente, el día del desasosiego. La Fundación Saramago, encargada de velar y transmitir la memoria del único premio Nobel de lengua portuguesa, conmemora así los 90 años del nacimiento del escritor. La Fundación anima a los lisboetas a salir a la calle con dos libros hermanados, El libro del desasosiego, el volumen de prosa más famoso de Fernando Pessoa y El año de la muerte de Ricardo Reis, una de las novelas más celebres de Saramago, protagonizada por uno de los heterónimos de Pessoa. De ahí la consanguinidad de estas dos obras. En la web de la Fundación hay un ejemplo de los lugares emblemáticos aún existentes de esta narración, ambientada en los años 30 en el corazón de Lisboa.

La Fundación, según explica Pilar del Río, su directora y compañera sentimental del escritor, estará abierta de forma gratuita para todos aquellos que quieran acudir allí con esos libros –u otros- para leerlos en voz alta. Además, y entre otras actividades, la fachada de la Casa dos Bicos, la hermosa sede de la Fundación, enclavada en una de las zonas más bellas de Lisboa, al pie de la Alfama, se decorará de una manera especial: sus ventanas historiadas se animarán con pinturas del artista José de Santa Bárbara. Un grupo de teatro representará a personajes de otra de las novelas inmortales del escritor portugués: Memorial del Convento, publicada en portugués hace ahora exactamente 30 años.

Debajo, en la calle, habrá lecturas públicas de las obras del novelista. “Desde la mañana habrá personas que recorran la ciudad con El año de la muerte de Ricardo Reis para conocer mejor la ciudad: repetiremos gestos, miraremos los paisajes que Pessoa y Saramago vieron, tomaremos café con ellos…”, asegura Del Río. “Hay actos repartidos por todo el mundo para conmemorar el nacimiento de Saramago, pero es en Lisboa donde, claro, se va a celebrar más. Y se llama día del desasosiego no solo por Pessoa, sino porque José Saramago escribía para desasosegar a los lectores”.

Del Río recuerda que a Saramago le maravillaba la iniciativa del Bloomsday y que José Donoso escribió una vez lo que unía el Ulises de Joyce y el año de la muerte de Ricardo Reis: “Dijo que si Dublín o Lisboa desaparecían alguna vez, podrían ser reconstruidas con estos dos libros, porque en ambos latía su espíritu entero”.

Mística del poeta revolucionario

Si se mira bien, no hay otro poeta, de entre todos los clásicos castellanos, que haya influido tanto en la literatura contemporánea como san Juan de la Cruz. Pero aún se necesitan más estudios sobre la huella del autor de Noche oscura en obras tan importantes como las de T. S. Eliot, Paul Valéry, Juan Ramón Jiménez, José Ángel A. Valente o Juan Goytisolo, entre otros. Quizá, Ernesto Cardenal es quien encarna mejor las dos naturalezas de san Juan de la Cruz: la de poeta, y la de religioso y místico. Pero también la del enamorado, la del sensual, y la del perseguido político-religioso. La vertiente mística de Cardenal, mucho menos investigada que la de su compromiso religioso y revolucionario, resulta tan excitante e intensa como las imágenes de un encuentro erótico con Dios.
Después de haber recorrido a pie muchas leguas entre Castilla y Andalucía, cimentando la reforma carmelita, san Juan de la Cruz solicitó permiso para emprender el que con toda probabilidad sería su último viaje: fundar el primer convento descalzo en México. Las inquinas de algunos de sus hermanos y la enfermedad le impidieron realizar ese viaje. Agonizando ya en una celda de Úbeda, interrumpió los rezos por su alma y pidió que le leyesen, a cambio, el Cantar de los cantares, a pesar de los problemas que el epitalamio bíblico había causado a quienes osaron traducirlo al castellano del siglo XVI. Pero san Juan de la Cruz era un poeta que reivindicaba su relación erótica con Dios, así que no imagino palabras más apropiadas que estas de los primeros versos del Cantar para antes de morir: “Que me bese con los besos de su boca”.

Aunque el carmelita descalzo no llegó a pisar nunca tierra americana, hoy contamos con la obra de este discípulo aventajado, compatriota de Darío, su “paisano inevitable”, como lo definió Coronel Urtecho. La concesión del premio Reina Sofía de poesía iberoamericana a Ernesto Cardenal coincide este año con la publicación de un estudio esencial de Luce López-Baralt sobre la dimensión mística de la obra del poeta nicaragüense. La especialista en literatura mística ha sido clave para Cardenal, no solo como interlocutora, al estilo de las religiosas y seglares con las que san Juan de la Cruz dialogaba y a las que dedicaba sus versos más encendidos, sino porque López-Baralt le descubrió la enorme influencia de la mística sufí y de las lenguas semíticas en la obra del carmelita, siguiendo los primeros apuntes de Asín Palacios.

López-Baralt se adentra en las consecuencias de lo que le sucedió a Cardenal aquel 2 de junio de 1956. Por decirlo de un modo que quizá resulte demasiado simplista y burdo (siempre fracasaremos al tratar de decir lo indecible): después de aquel día, Cardenal pasa de hacer el amor con las mujeres a hacerlo con Dios. “Yo tuve una cosa con Él, y no es un concepto”, reclama. “Si oyeran lo que digo a veces / se escandalizarían. Que qué blasfemias / Pero vos entendés mis razones. / Y además bromeo. / Y son cosas que los que se aman se dicen en la cama”.

A partir de entonces, el corpus de su obra mística, aunque tiene presencia en casi todos sus escritos, se empieza a gestar en Gethsemani, Ky., y en Salmos, pero se concentra principalmente en Vida en el amor (libro de fragmentos de tipo ensayístico tras su paso por el monasterio trapense de Merton); se eleva más tarde en su monumental Cántico cósmico (en particular en sus últimas cántigas); y es esencialmente en Telescopio de la noche oscura (que iba a ser parte del Cántico, pero se publicó independientemente) donde Cardenal describe en versos sensuales su encuentro radical con Dios, que empezó aquel 2 de junio. En Versos del pluriverso y en El origen de las especies se prolonga su canto místico y su diálogo permanente con los descubrimientos científicos. El interés por la ciencia (que también le vincula a los místicos) para él supone una magia añadida al misterio del Dios del bosón y de los astros. Y también al Dios de las células o el sexo: “Poeta, Dios está en el coño de las mujeres. / Está en todas partes dice el catecismo. / Pero no está lo mismo en todas partes”.

Se ha leído y atendido más al Cardenal del Exteriorismo, al de las influencias de Pound, Salinas o Neruda; al revolucionario de Solentiname, al de la bronca legendaria de Juan Pablo II en el aeropuerto de Managua cuando lo tuvo delante (el único ministro sandinista arrodillado), o incluso al de los epigramas a sus antiguas amadas, el del “Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido”. Pero me temo que será su obra mística la que pasará el filtro del olvido. Ya es el principal exponente de la literatura mística de Latinoamérica, y eso lo dota de las virtudes duraderas de los clásicos. San Juan de la Cruz, tras un largo viaje de siglos, pisa tierra.

Francisco Javier Sancho Más es periodista, escritor y filólogo. Autor del libro de relatos Si estuvieras aquí (Icaria). Actualmente investiga la influencia de san Juan de la Cruz en autores de nuestro tiempo.

sanchomas@gmail.com

El País

jueves, 15 de noviembre de 2012

Autoridad moral contra la barbarie

Durante cuarenta años de escritura solitaria, los años documentados en su Diario de la galera (Acantilado, 2003), encerrado en un piso de 28 metros cuadrados, Imre Kertész trató de penetrar “el telón de acero que separa la formulación de la experiencia”. El paso por el campo de concentración, novelado en Sin destino, constituyó solo la gran toma de conciencia. De hecho, no podía escribir novelas sobre el Holocausto, repitió Kertész una y otra vez; Sin destino, la primera parte de la tetralogía del hombre sin destino, no era un libro sobre Auschwitz. El premio Nobel húngaro ha reaccionado siempre con cautela ante el encasillamiento de su obra en la literatura del Holocausto, para que la industria del Holocausto no despache como anécdota histórica lo que él considera un código existencial. Auschwitz no se acaba en Auschwitz. Se prolonga en el totalitarismo que, a su vez, fue su condición previa. Para él, como escritor, el reto consiste en encontrar formulaciones para la existencia humana. “El campo de concentración solo puede imaginarse como texto literario, no como realidad. (Ni siquiera cuando lo experimentamos; quizá sea entonces cuando menos lo experimentamos como realidad)”.

La punzante lucidez de Kertész, de todos modos, implica una categoría moral: “No es siempre fácil vivir en plena posesión de sí mismo”. Sobre este conocimiento se asienta la autoridad moral de una mente refrescantemente independiente que no duda en calificar de “bomba fétida moral” la célebre frase de Adorno sobre la barbaridad de escribir poesía después de Auschwitz. Contrapone a ella otras muchas que amplían y matizan la afirmación de Adorno. “Después de Auschwitz resulta superfluo emitir juicios sobre la naturaleza humana. […] La verdad ya no es universal. Es un hecho grave, pero hay que ser consciente de él. Responder de nosotros mismos: es lo más difícil, y siempre lo ha sido”.
Preciso y escueto, Kertész publica en 1975, tras dos décadas de gestación, la que es probablemente su obra más importante, Sin destino (Acantilado, 2001), la grotesca y no por ello menos veraz historia de un dócil muchacho judío, cuya chocante ingenuidad le permite sobrevivir al campo de concentración, asumiendo voluntariamente la lógica asesina de los nazis.

Köves vuelve a casa y se convierte en escritor, pero sólo para ver prolongada su anterior existencia carcelaria en la dictadura estalinista; Fiasco (Acantilado, 2003) describe otra vuelta de tuerca del destino de Köves, quien rechazada su novela sobre los lager, es ahora carcelero en una prisión militar y comprende que solo el azar —la oportunidad de abandonarse a los instintos violentos— distingue la víctima del verdugo. Quince años después de la primera y fugaz publicación de Sin destino, Kertész continúa la trilogía del hombre sin destino con Kaddish para un hijo no nacido (Acantilado, 2001), el monólogo de un superviviente del holocausto que se niega a perpetuar con la paternidad el sistema de valores autoritarios que ha hecho posible Auschwitz. Y finalmente la cierra con Liquidación, una novela sobre el derrumbe moral de una generación de disidentes húngaros que, con el cambio del sistema, perdieron el norte.

“La literatura se encamina hacia sí misma, hacia su propia esencia, que consiste en su desaparición”, afirmaba Maurice Blanchot, y Kertész probablemente no discreparía de él, al juzgar por su larga y lúcida autoentrevista Dossier K (El Acantilado, 2007). En ella, el escritor húngaro se encamina hacia sí mismo y penetra en los orígenes y el devenir de su literatura de forma tan sutil que parece fundirse con ella. Una de las cualidades inapreciables de la escritura de Kertész ha consistido en mostrar lo borroso de la línea divisoria entre hechos y ficción, entre autor y personaje, conduciendo al lector de lo circunstancial —el horror del campo de concentración, el régimen carcelario de la dictadura comunista— a lo universal: la anuladora realidad psicológica que instauran los totalitarismos. Este es su inapreciable legado, siga escribiendo a sus 83 años o no.

* Cecilia Dreymüller es crítica literaria y traductora.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Los maestros que influyeron al ‘boom’

Hace un buen tiempo que planeo dar un curso sobre la influencia de William Faulkner en el boom. Comenzaría con Mario Vargas Llosa, que dijo que el escritor norteamericano fue el primer novelista que leyó con papel y lápiz a mano, tratando de reconstruir “racionalmente” la arquitectura de sus novelas, ver cómo funcionaba ese juego complejo con la cronología y el punto de vista. Las técnicas faulknerianas son obvias en los primeros libros de Vargas Llosa: la ambigüedad de perspectivas de La ciudad y los perros, el hábil manejo del tiempo a través de, como dice el crítico peruano Efraín Kristal, “círculos concéntricos”, y la misma trama referida en buena parte a una investigación criminal, le deben mucho a Luz de agosto. Hay escenas de La casa verde que parecen haber sido escritas tomando como punto de partida escenas de ¡Absalom, Absalom! A esta misma novela de Faulkner Vargas Llosa también le debe el tema central de Conversación en La Catedral: una investigación de los fallos morales de una sociedad.

El novelista peruano escribió que en sus años universitarios aprendió más de Yoknapatawpha –el condado donde transcurren las novelas de Faulkner— que de sus clases. Pero no fue él, sino García Márquez, quien decidió crear su propio Yoknapatawpha: Macondo

El novelista peruano escribió que en sus años universitarios aprendió más de Yoknapatawpha –el condado donde transcurren las novelas de Faulkner— que de sus clases. Pero no fue él, sino García Márquez, quien decidió crear su propio Yoknapatawpha. Macondo es un microcosmos en el que el escritor colombiano vertió, entre otras cosas, su lectura de Faulkner: la sociedad derrotada pero orgullosa de El sonido y la furia --un mundo que quiere el futuro pero no se atreve a dejar atrás el pasado--, los coroneles melancólicos que viven de viejas glorias y están dispuestos a nuevas batallas, aunque estas solo ocurran en sueños.

Faulkner es la figura tutelar del boom, pero hay otros nombres importantes, entre los que prevalecen escritores del high modernism como Virginia Woolf, Franz Kafka y James Joyce. García Márquez aprendió sobre todo de los dos primeros: de Woolf, la forma en que la conciencia de sus personajes se movía en el tiempo, escarbando en el pasado pero también proyectándose al futuro (lección asimilada en Cien años de soledad); en cuanto a Kafka, La metamorfosis fue el catalizador para que el entonces joven estudiante de derecho decidiera que, si eso era la literatura, él también quería ser escritor. Los juegos verbales en el Ulises son fundamentales para Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres. Más autores: La región más transparente de Carlos Fuentes no se entiende sin Dos Passos, José Donoso le debe mucho a Henry James, y en la obra de Julio Cortázar laten los surrealistas franceses.
Fuentes se puede encontrar a Cervantes; en Cabrera Infante respira el lúdico ejemplo del Tristram Shandy de Sterne. Y aunque lo que viene de afuera es más y hubo un confesado desdén a buena parte de sus precursores locales, los escritores del boom también le sacaron partido a otros latinoamericanos

No todo es siglo XX. En Vargas Llosa se encuentran las novelas de caballería (Tirant lo Blanc) y Flaubert; Cortázar le debe mucho a los cuentos de Edgar Allan Poe; en García Márquez coexisten la Biblia y las crónicas de Indias; en Fuentes se puede encontrar a Cervantes; en Cabrera Infante respira el lúdico ejemplo del Tristram Shandy de Sterne. Y aunque lo que viene de afuera es más y hubo un confesado desdén a buena parte de sus precursores locales, los escritores del boom también le sacaron partido a otros latinoamericanos. El realismo mágico de García Márquez tiene como antecedente el concepto de lo “real maravilloso” del cubano Alejo Carpentier, plasmado en un par de ensayos y en su novela El reino de este mundo; Fuentes asimiló las lecciones de los novelistas de la revolución mexicana y sus secuelas (Yañez, Revueltas, Rulfo); aunque el ethos no puede ser más diferente, Borges está en Cortázar.

Para producir algo original, los escritores del Boom supieron aprender de los mejores maestros; para renovar las formas, combinaron a los clásicos con los innovadores. Así hoy los leemos: como los clásicos innovadores que son.

* Edmundo Paz Soldán (Bolivia, 1967) es autor del libro de cuentos Billie Ruth (Páginas de Espuma) y la novela Norte (Mondadori).

El Pais

martes, 13 de noviembre de 2012

El precio de la libertad

En estos años hemos oído de todo: se lo tenía merecido por ofender al Islam, era un escritor mediocre que sólo buscaba promocionarse, se pegaba la gran vida mientras fingía sentirse acosado, su custodia implicaba un gasto inasumible para las autoridades, aparecía y desaparecía y en el fondo disfrutaba con el lío que había montado. Es curioso que una amenaza tan intolerable suscitara tan poca solidaridad, pero así ocurrió con el caso Rushdie y ahora es él mismo quien lo cuenta, en esta apasionante Memoir que se lee -valga la expresión tópica- como la apasionante novela de una historia que jamás debería haber ocurrido.

Sorprende en efecto que en los círculos, digamos, ilustrados -porque en los otros no faltaron quienes sostuvieran que el agravio a la religión merecía alguna clase de castigo-, la causa de Salman Rushdie no levantara una oleada de indignación paralela a la que azuzaron el difunto tirano de Persia y sus abiertos o velados simpatizantes en todo el mundo islámico. Después de leer este libro dos cosas, al menos, quedan claras. La primera y más evidente, que Rushdie no es en absoluto un escritor mediocre. Las memorias son una forma como cualquier otra de literatura y no es fácil conseguir que interesen como si de la vida de uno se tratara, aunque lo sucedido con el escritor anglo-hindú -ahí está la clave- nos concierne a todos.

O las sociedades libres -y esta sería la segunda conclusión- plantan cara a la amenaza del fanatismo o están abocadas no a la decadencia, sino a la desaparición. La democracia y los derechos humanos no son conquistas de Occidente, sino de toda la humanidad, mal que les pese a quienes proclaman la necesidad de entender -o más bien de acatar- las razones de la barbarie. En una sociedad libre, por ejemplo, no se cuelga a los homosexuales de las grúas ni la blasfemia está tipificada como delito ni se persigue a nadie en razón de sus opiniones, por desafortunadas que sean, salvo cuando estas entran en contradicción -como es el caso del integrismo o fue el de las ideologías totalitarias- con las libertades más elementales. Llegar hasta aquí ha costado siglos, guerras y mucho dolor inútil, no lo fastidiemos ahora.

diariodesevilla.es

lunes, 12 de noviembre de 2012

Las raíces y los precursores del ‘boom’

Seguramente, lo peor de la expresión boom no es que sea un barbarismo sino que responde a un entusiasta error de percepción que llevamos camino de perpetuar. Cuando La ciudad y los perros obtuvo el Premio Biblioteca Breve de 1962, un miembro del jurado, José María Valverde, declaró: “Es la mejor novela española desde Don Segundo Sombra”. Esas palabras y su ratificación se reprodujeron en forma de un prologuillo que, impreso en páginas anaranjadas, acompañó la primera edición de la novela de Mario Vargas Llosa.

¿Era posible que entre 1926 y 1962 no hubiera habido una novela americana en lengua española que pudiera parangonarse con una y otra? Sin moverse de la Argentina natal de Ricardo Güiraldes, autor de Don Segundo Sombra, y del mismo año de 1926 hallamos El juguete rabioso, que quizá sea la mejor novela de Roberto Artl, y Cuentos para una inglesa desesperada, que fue la revelación del joven Eduardo Mallea.

Y si abusamos de la vecindad rioplatense, todavía podríamos añadir los espléndidos cuentos de Los desterrados, del uruguayo Horacio Quiroga. Si miramos un poco hacia atrás, el año de 1924 ofreció La vorágine, de José Eustasio Rivera, referencia de la novela del selva, entre el arrebato y la denuncia, y si lo hacemos hacia adelante, el año de 1929 trajo dos estupendas narraciones venezolanas, la criollísima Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos (que Cela remedaría en La catira, por cuenta del dictador Marcos Pérez Jiménez), y la joya intimista de Teresa de la Parra, Memorias de Mamá Blanca, obra de una distinguida señorita que leía a Valle-Inclán cuando estudiaba en un colegio del Sagrado Corazón, de Godella (Valencia).

En 1933 —año de Écue-Yamba-O y Pedro Blanco, el negrero, de los cubanos Alejo Carpentier y Lino Novás Blanco (que era gallego de origen)—, un ensayista peruano y miembro del APRA, Luis Alberto Sánchez, propuso el título de un libro provocativo, América: novela sin novelistas. Pero aquel laborioso costalero del concepto de literatura americana sabía muy bien que no era así…

La literatura que cambió el español

1962 fue un año prodigioso para la literatura en español. En América Latina se celebró el Congreso de Intelectuales y se publicaron ocho libros clave: desde El siglo de las luces, de Carpentier, o La muerte de Artemio Cruz, de Fuentes, pasando por el premio Biblioteca Breve a La ciudad y los perros, de Vargas Llosa. Por eso es considerado el punto de arranque de lo que ha pasado a la historia como Boom.

Un motivo por el cual EL PAÍS publicará esta semana un especial en la edición impresa y digital titulado 50 años del Boom: La literatura que cambió el español. Escritores, críticos y periodistas de España y América Latina harán un recorrido por las raíces, los precursores, las influencias y la trascendencia de esos libros y escritores, así como la manera en qué cambió el negocio de la edición. Además de dos grandes encuestas: una con los lectores a través y el último día con una veintena de escritores y críticos de medio mundo.

En 1926 hubiera sido impensable la gaffe de Valverde porque muchos de los grandes libros americanos se habían impreso en España, el trasiego de viajeros transoceánicos era continuo y había críticos avisados. En España vivieron y publicaban los mexicanos Amado Nervo y Alfonso Reyes, habían residido Jorge Luis Borges, Augusto d'Halmar, Carlos Reyles y Vicente Huidobro, y si París era el imán de todos, Madrid o Barcelona podían ser un sucedáneo fácil. Desde los tiempos de Rubén Darío, los americanos miraron con benevolente superioridad a sus colegas peninsulares. En 1921, el joven peruano Alberto Guillén publicó un libro de entrevistas, La linterna de Diógenes, que no dejó títere con cabeza entre los escritores españoles del momento (Baroja y Azorín, sobre todo), aunque algunos (Pérez de Ayala) le rieron las gracias iconoclastas que, a veces, acertaban. Un poco antes, el editor de Hidalgo, Rufino Blanco Fombona, un pomposo escritor venezolano afincado en Madrid, había hecho algo parecido en las notículas de La lámpara de Aladino (1915). Y en 1927, Guillermo de Torre y Ernesto Giménez Caballero armaron un lío monumental cuando el primero reivindicó en La Gaceta Literaria (revista que reseñaba con tino todas las novedades americanas) un lema arriesgado, que todas las publicaciones americanas refutaron: “Madrid, meridiano intelectual de Hispanoamérica”.

Algo después de la rebatiña, en 1930, el conciliador ensayista dominicano Max Henríquez Ureña escribió un ensayo que daba nombre certero al intercambio de iguales: El retorno de los galeones. Miguel Ángel Asturias, que andaba estudiando etnología precolombina en París, publicó ese año Leyendas de Guatemala y tres más tarde, tenía ya escrito El señor presidente, que vio la luz en 1946. Y llegaron a España revolucionarios como los peruanos César Falcón y Rosa Arciniega y también César Vallejo y Pablo Neruda, que, en la huella de Huidobro, ejercieron un ascendente similar al de Darío en 1900.

Lo que vino luego fue el apagón que indujo la sombra siniestra de la Guerra Civil. Ante el franquismo, los americanos más significativos rompieron amarras con aquella desastrada Madre Patria y cobraron alguna importancia los pocos que eran favorables al franquismo: el viejo y errático José Vasconcelos, el impenitente Enrique Larreta y el católico y nazi Hugo Wast, así como el despistado fascistoide Pablo Antonio Cuadra o el juanrramoniano Eduardo Carranza, cuyos nombres decoraron el Instituto de Cultura Hispánica de 1946. En la España de entonces se seguía asignando a la literatura americana la función que ya Unamuno había solicitado en sus reseñas de libros para La Lectura a comienzos del siglo: el nativismo, lo folclórico, lo elemental y directo. Pero en la América de 1945 todo había cambiado. El latinoamericanismo resultó una invención fecunda: lo proclamó en 1949 Alejo Carpentier con su invención de lo real maravilloso y le dio cuerpo político urbi et orbi el Canto general (1950), de Pablo Neruda, donde la España inmemorial no salió muy bien parada. Hasta bien entrados los años sesenta los lectores españoles fueron tributarios de las excelentes ediciones argentinas que Losada, Sudamericana o Emecé hicieron de Joyce, Sartre o Faulkner, pero nadie leía los libros americanos de los mismos sellos, o del mexicano Fondo de Cultura Económica. Y nos perdíamos a Marco Denevi, Adolfo Bioy Casares, Arturo Uslar Pietri, Rosario Castellanos o Agustín Yáñez.

Apreciamos buenas novelas indigenistas y elementales como El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría, o Huasipungo, de Jorge Icaza, pero casi nadie supo de la perturbadora narración urbana El túnel, de Sábato, ni del nativismo simbólico de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, ni de la existencia de un lugar llamado Santa María, que había inventado Juan Carlos Onetti, todos en los años cincuenta. Ni siquiera se reconoció la maestría de Jorge Luis Borges, cuyo éxito internacional debió más a los franceses que a nosotros.

No había boom en 1962 y, a despecho de José María Valverde, que tantas otras cosas sabía y le debemos, sí hubo novelistas —y hubo novela: un designio general de hacerla— entre 1926 y aquella fecha. En ella, por ejemplo, se imprimió Sudeste, de Haroldo Conti, la enjuta y fascinante novela del delta del Paraná. Y Julio Cortázar dio Historias de cronopios y de famas; Alejo Carpentier, El siglo de las luces en edición mexicana, y Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz y Aura Y es que las máquinas de escribir en México o La Habana, Bogotá o Caracas, en Lima, Santiago o Buenos Aires, echaban humo. Y, cuatro años después, el chileno Luis Harss acertó a darle un título a todo ello: eran Los nuestros

El País