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Autoridad moral contra la barbarie

Durante cuarenta años de escritura solitaria, los años documentados en su Diario de la galera (Acantilado, 2003), encerrado en un piso de 28 metros cuadrados, Imre Kertész trató de penetrar “el telón de acero que separa la formulación de la experiencia”. El paso por el campo de concentración, novelado en Sin destino, constituyó solo la gran toma de conciencia. De hecho, no podía escribir novelas sobre el Holocausto, repitió Kertész una y otra vez; Sin destino, la primera parte de la tetralogía del hombre sin destino, no era un libro sobre Auschwitz. El premio Nobel húngaro ha reaccionado siempre con cautela ante el encasillamiento de su obra en la literatura del Holocausto, para que la industria del Holocausto no despache como anécdota histórica lo que él considera un código existencial. Auschwitz no se acaba en Auschwitz. Se prolonga en el totalitarismo que, a su vez, fue su condición previa. Para él, como escritor, el reto consiste en encontrar formulaciones para la existencia humana. “El campo de concentración solo puede imaginarse como texto literario, no como realidad. (Ni siquiera cuando lo experimentamos; quizá sea entonces cuando menos lo experimentamos como realidad)”.

La punzante lucidez de Kertész, de todos modos, implica una categoría moral: “No es siempre fácil vivir en plena posesión de sí mismo”. Sobre este conocimiento se asienta la autoridad moral de una mente refrescantemente independiente que no duda en calificar de “bomba fétida moral” la célebre frase de Adorno sobre la barbaridad de escribir poesía después de Auschwitz. Contrapone a ella otras muchas que amplían y matizan la afirmación de Adorno. “Después de Auschwitz resulta superfluo emitir juicios sobre la naturaleza humana. […] La verdad ya no es universal. Es un hecho grave, pero hay que ser consciente de él. Responder de nosotros mismos: es lo más difícil, y siempre lo ha sido”.
Preciso y escueto, Kertész publica en 1975, tras dos décadas de gestación, la que es probablemente su obra más importante, Sin destino (Acantilado, 2001), la grotesca y no por ello menos veraz historia de un dócil muchacho judío, cuya chocante ingenuidad le permite sobrevivir al campo de concentración, asumiendo voluntariamente la lógica asesina de los nazis.

Köves vuelve a casa y se convierte en escritor, pero sólo para ver prolongada su anterior existencia carcelaria en la dictadura estalinista; Fiasco (Acantilado, 2003) describe otra vuelta de tuerca del destino de Köves, quien rechazada su novela sobre los lager, es ahora carcelero en una prisión militar y comprende que solo el azar —la oportunidad de abandonarse a los instintos violentos— distingue la víctima del verdugo. Quince años después de la primera y fugaz publicación de Sin destino, Kertész continúa la trilogía del hombre sin destino con Kaddish para un hijo no nacido (Acantilado, 2001), el monólogo de un superviviente del holocausto que se niega a perpetuar con la paternidad el sistema de valores autoritarios que ha hecho posible Auschwitz. Y finalmente la cierra con Liquidación, una novela sobre el derrumbe moral de una generación de disidentes húngaros que, con el cambio del sistema, perdieron el norte.

“La literatura se encamina hacia sí misma, hacia su propia esencia, que consiste en su desaparición”, afirmaba Maurice Blanchot, y Kertész probablemente no discreparía de él, al juzgar por su larga y lúcida autoentrevista Dossier K (El Acantilado, 2007). En ella, el escritor húngaro se encamina hacia sí mismo y penetra en los orígenes y el devenir de su literatura de forma tan sutil que parece fundirse con ella. Una de las cualidades inapreciables de la escritura de Kertész ha consistido en mostrar lo borroso de la línea divisoria entre hechos y ficción, entre autor y personaje, conduciendo al lector de lo circunstancial —el horror del campo de concentración, el régimen carcelario de la dictadura comunista— a lo universal: la anuladora realidad psicológica que instauran los totalitarismos. Este es su inapreciable legado, siga escribiendo a sus 83 años o no.

* Cecilia Dreymüller es crítica literaria y traductora.

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