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Pruebas

sábado, 31 de marzo de 2012

La Historia es una suma de biografías

A las biografías les ocurre lo que a los viejos colchones de lana. Cada cierto tiempo conviene airearlas y darles la vuelta. El símil es de José-Carlos Mainer, que abre la colección de Españoles eminentes, impulsada por la Fundación Juan March y publicada por Taurus para tratar de fomentar el género biográfico, con un ensayo sobre Pío Baroja (1872-1956), que en “un 30% es biografía y un 70% interpretación de la obra literaria”.

El autor de El árbol de la ciencia no tuvo una vida “particularmente relevante” en acontecimientos, pero ha inspirado numerosos ensayos biográficos, además de dejar escritas sus propias memorias en dos ocasiones (1917 y 1944). “Ese era el principal problema”, señala Mainer, “pero lo que hay sobre Baroja son biografías que oscilan entre la descalificación absoluta o la visión casi hagiográfica. Yo he buscado equilibrar el tratamiento de los datos biográficos con la lectura de su obra. Ni me enfado con Baroja cuando su literatura falsifica datos porque su compromiso con los lectores no le obliga a la veracidad ni lo he puesto en un altar”.

La elección del autor de Zalacaín, el aventurero para arrancar una colección de biografías puede resultar sorprendente. ¿Conserva especial vigencia? Mainer bromea antes de defender que sí. “No hay un Ibex 35 de cotizaciones literarias, pero tengo la impresión de que, a pesar de que no era muy alta cuando se muere, hoy es uno de los más leídos de su tiempo. Eduardo Mendoza, Andrés Trapiello y Antonio Muñoz Molina son tres autores que entre sí se parecen poco y los tres son barojianos”.

Con Baroja se estrena una colección que pretende promocionar el género en España, donde está lejos de tener el arraigo anglosajón. Javier Gomá, director de la Fundación Juan March, cita dos objetivos más. Uno persigue proporcionar biografías modernas de españoles sobresalientes, de los que se excluyen personajes políticos “porque ya han recibido bastante atención”. El otro aspira “a reescribir la historia de la cultura de España a la luz de la ejemplaridad de determinados nombres”.

Gomá pone el ejemplo de 1812, ahora que se celebra el bicentenario de la aprobación de la Constitución de las Cortes de Cádiz, para recordar que los acontecimientos pueden alimentar “una pluralidad de interpretaciones” y visiones discrepantes. Hay, sin embargo, personajes que sobrevuelan sobre la discrepancia y concitan aplausos unánimes. “Casi todos, pese a su opuesta ideología, se descubren con admiración o con respeto ante un Jovellanos o un Goya, por mencionar españoles que por fortuna ya cuentan con buenos estudios biográficos”.

Los ocho elegidos iniciales son hombres. “La historia de la cultura ha sido injusta con las mujeres”, señala Gomá, que baraja incluir alguna española eminente en el futuro, dado que la colección está abierta. Sus directores, los historiadores Juan Pablo Fusi y Ricardo García Cárcel, han sugerido a dos autoras, Teresa de Jesús y Emilia Pardo Bazán, pero Gomá duda de la oportunidad dado que ambas cuentan con notables biografías escritas en los últimos años.

Tras la combinación Baroja-Mainer, este año está prevista la publicación de los ensayos sobre Miguel de Unamuno, escrito por Jon Juaristi, e Ignacio de Loyola, encargado a Enrique García Hernán. El resto de los títulos abordan las figuras de Bartolomé de las Casas, el cardenal Cisneros, Benito Pérez Galdós, José Ortega y Gasset y Mariano José de Larra, que significa la primera incursión de Santos Juliá, gran especialista en el siglo XX, en el XIX de la mano de un hombre de vida corta pero azarosa y de pluma admirada.

Juan Pablo Fusi aprecia un despegue del género. “La historiografía española ha tendido más hacia temas más clásicos como la historia social, las instituciones o las cuestiones políticas, pero en los últimos 20 años se ha vuelto la vista hacia la biografía”. Fusi cita ensayos publicados en las últimas décadas que ya son referentes historiográficos, como las biografías de Azaña (Santos Juliá), Franco (Paul Preston), el conde-duque de Olivares (John H. Elliott) o la reina Isabel II (Isabel Burdiel), que mereció el último premio Nacional de Historia. “Thomas Carlyle decía que la historia no es más que la suma de muchas biografías”, cita Juan Pablo Fusi, para quien una biografía es “un estudio de la condición humana en una circunstancia histórica”.

Ese estudio ha sido paticorto en el caso del cardenal Cisneros, a juicio del hispanista francés Joseph Pérez, que trabaja sobre su biografía. Ya no tiene dudas sobre su arranque: “Se dice de Sócrates que nació viejo. Lo mismo se podría decir de Cisneros”. Está convencido el historiador que la figura habría torcido el camino español. “Cisneros llegó muy tarde al poder y lo conservó muy poco tiempo. Si hubiera vivido cinco o diez años más, el rumbo de la historia de España habría cambiado totalmente”. Tajante, sentencia: “Fue el mejor estadista de la Europa de su tiempo”.

Pérez ahonda en aspectos más ignorados del cardenal al que, en su opinión, se simplifica a menudo como el mecenas que impulsó la universidad de Alcalá y la impresión de la biblia políglota o el defensor de la ortodoxia católica. “No se tienen en cuenta a menudo sus aspectos políticos y económicos. Si hubiera continuado en el poder nunca se habría firmado el decreto de los alumbrados en 1525, muchas de las obras que animó a publicar fueron luego incluidas en los libros prohibidos. Y en economía probablemente habría limitado las exportaciones de lanas de Castilla al extranjero para favorecer la industria textil nacional”.

Recuerda Pérez que los franceses, tras comparar las figuras de Richelieu y Cisneros emitieron un dictamen inapelable: “Cisneros era muy superior”.

El País

viernes, 30 de marzo de 2012

Hallados dos catálogos de Hitler con fotos de obras de arte robadas por los nazis

En los estertores de la Segunda Guerra Mundial, el cabo Albert Lorenzetti y el soldado de primera clase Yerke Larson, entraron con sus compañeros de 989 batallón de artillería de los Estados Unidos en la casa de Adolf Hitler en los Alpes. Todos se llevaron algo prestado, un tenedor, una taza…, para demostrar que habían estado en el refugio bávaro del Führer. Lorenzetti y Larson escogieron como recuerdo de guerra dos álbumes de cuero.

Ambos ignoraban que esos volúmenes formaban parte de un catálogo elaborado por la Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg (ERR), un cuerpo especial nazi encargado de localizar y sustraer las principales obras de arte de los países ocupados por el III Reich. Luego las fotografiaban y clasificaban para tener constancia de las piezas saqueadas. 67 años después, han salido a la luz.

El martes pasado la Fundación Monument Men para la Conservación del Arte hizo pública en Dallas la existencia de estos dos álbumes, donados por los herederos de los soldados, que desconocían su relevancia. Su presidente, Robert M. Edsel, anunció que se cederán al Archivo Nacional de los Estados Unidos, que ya posee otros 39 tomos del catálogo de la ERR. “Se trata de uno de los hallazgos más importantes relacionados con Hitler y el robo de arte por los nazis. Pueden ser de gran utilidad para localizar otras obras expoliadas durante la II Guerra Mundial”, señaló Greg Bradsher, miembro del Archivo Nacional, durante la presentación de los dos álbumes.

Uno de los volúmenes contiene fotografías de 69 pinturas anteriores a 1940, entre ellas las de dos cuadros de Jean-Honoré Fragonard y El baile en la calle, atribuido a Jean-Antoine Watteau. Aunque la mayoría de las obras fotografiadas en el álbum ya han sido restituidas a sus propietarios, hay cuatro que siguen desaparecidas. El otro tomo incluye imágenes de 41 piezas de mobiliario pertenecientes a la familia Rothschild.

Hitler encargó la elaboración del catálogo para tener un control de las obras robadas y decidir cuáles formarían parte del museo que tenía intención de crear

Hitler encargó expresamente la elaboración del catálogo para tener un control de las obras robadas y decidir cuáles formarían parte del museo que tenía intención de crear en Lintz, su ciudad natal. Lo recibió completo el día de su cumpleaños en 1943. En mayo de 1945, los Monument Men -nombre que reciben quienes durante la II Guerra Mundial protegieron y rescataron las obras de arte sustraídas por los nazis- encontraron 39 volúmenes de ese catálogo, que fueron presentados como prueba del saqueo en los juicios de Nüremberg.

Edsel sostiene que todavía quedan muchos tomos por descubrir e insta a los veteranos de la II Guerra Mundial y a sus familiares a que “rebusquen en el ático o en el sótano algún viejo recuerdo de guerra porque podría contener la pista para desentrañar parte del misterio de las obras de arte saqueadas”. La fundación que preside ha localizado y recuperado más de cinco millones de objetos robados por los nazis. Edsel es autor del libro Monument Men que George Clooney va adaptar para el cine.

El País

jueves, 29 de marzo de 2012

Escribir para entender

De las muchas entrevistas que se le han hecho al escritor argentino Leopoldo Brizuela, hay una en la que abunda en la idea de la comprensión. Dice el autor que no se trata tanto de escribir sobre lo que se entiende como de escribir para entender. Leopoldo Brizuela (La Plata, 1963) escribe para entender por qué el mundo es como es. La apretada noche en la que se condensa la extensa trama de su última novela Lisboa. un melodrama (Alianza, 2011), es la metáfora de ese empeño casi imposible. En esta misma línea habría que situar otro concepto que Brizuela maneja en su literatura: un concepto que rescata del escritor británico John Berger. Me refiero al de poner todos los procedimientos narrativos, todos los géneros literarios disponibles para confrontarlos con ese gran territorio de la historia que desconocemos. La historia con mayúscula genera silencios más de las veces imposibles de asumir. Por ello la ficción se ofrece con su batería de estrategias a salvarnos de ese trauma mental y social en que se convierte no saber y no entender.

Brizuela ha escrito novelas, relatos y libros sobre el arte de la escritura y libros de poemas, además de dirigir talleres literarios. Inglaterra. Una fábula (1999), la citada Lisboa. Un melodrama (Alianza, 2011), la nouvelle El placer de la cautiva (2001) y el libro de cuentos Los que llegamos más lejos (2010), entre otros. Su labor como profesor de escritura subraya el papel preponderante que juega en sus libros el cuidado de la frase. No se trata de cultivar la belleza tímbrica de las palabras, se trata de que éstas presten su significado a esa búsqueda incesante de lo ocurrido. La responsabilidad que carga Brizuela sobre su oficio lo acerca a una especie de investigador de verdades escondidas. De ahí su admiración por autores como Pablo De Santis o Marcelo Birmajer. La novela es el puente entre lo que se nos ha dicho y lo que se nos ha escondido. Entre una circunstancia y otra, ambas igualmente dolorosas, hay casi un insalvable silencio que la novela debe corregir o llenar. Esa es la tarea ética y estética que se ha propuesto Leopoldo Brizuela llevar a cabo. No es menor el papel de la imaginación en sus libros. No hay más que leer sus novelas Inglaterra. Una fábula y Lisboa. Un melodrama, para comprender el alcance de la imaginación cuando su objetivo es sustantivamente poner en contacto directo la oscura historia de los hombres con la ficción. Fábulas, melodramas, impecables masas sonoras disimuladas detrás de tramas complejas, cadencias de fados y tangos, juegos de elipsis, tiempos y espacios condensados en unas pocas horas, como esa encendida noche lisboeta en los ojos del cónsul Eduardo Cantilo y tantos otros personajes de su última novela, intentando desentrañar un secreto esencial. Los mecanismos más genuinos (y más genuinamente decimonónicos) de la narratividad más pura en la obra de Leopoldo Brizuela, están empleados nada más que para entender lo que tiene de ininteligible la historia que nos relataron.

El País

"La literatura actúa a la inversa que los totalitarismos: salva al individuo"

Aunque reside en Alemania desde mediados de los 80, Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha continuado inspirándose en su tierra: su obra, una de las producciones más serias de la literatura española, posee esa autenticidad, esa sobria emoción, que caracteriza a los relatos que vuelven la mirada a los paisajes conocidos. Si en Los peces de la amargura, uno de sus títulos más celebrados, exploraba la repercusión en personas concretas de las acciones de una banda terrorista, ahora describe en Años lentos, la novela con la que ha conseguido el Premio Tusquets, cómo era la vida en un barrio modesto de las afueras de San Sebastián en los últimos tiempos del franquismo.

Desde el principio de la historia una voz se dirige al "señor Aramburu" para dejar claro al lector que Años lentos no es exactamente un proyecto de corte autobiográfico. "Ese personaje, como yo, asiste siendo un niño a la realidad de aquel tiempo, en un lugar en el que yo también viví", admite Aramburu. "Decidido esto, no tuve más que abrir el cajón de los recuerdos y sacar todo lo que me pareció aprovechable para la novela, que no fue poco. Pero lo hice con la intención de escribir ficción, no con el afán de contar mi propia vida", manifiesta el novelista.

Aunque Aramburu no oculta su temor a que sus propuestas se juzguen, desde una óptica reduccionista, como un mero testimonio de esa conflictiva realidad del País Vasco -"yo no pongo a actuar temas, eso no me lo permite la literatura; yo cuento las vivencias de unos personajes en un entorno determinado", afirma rebelándose ante esa perspectiva-, entre los asuntos que trata la novela destacan los "primeros síntomas de la acción armada". Julen, el primo del protagonista, se embarcará en ETA gracias al adoctrinamiento del cura de la parroquia, que ha educado a sus pupilos en la causa nacionalista. Aramburu matiza que "no me gusta hablar de la Iglesia como un ser uniforme, como si todos los miembros fueran en la misma dirección, porque no es verdad". En su retentiva hay "sacerdotes muy generosos, que realmente practicaban el amor al prójimo y la humildad", y otros "que antepusieron otra ideología a, digamos, la difusión de la palabra del Señor. Existieron figuras como el sacerdote que retrato, alguien con gran influencia en los jóvenes, que inculcaba no sólo la fe cristiana, también ciertas ideologías".

Pero el autor de Viaje con Clara por Alemania señala que en Años lentos hay cabida para "bastante más" que la trastienda de los orígenes de ETA. Aramburu lamenta que "de la protagonista femenina se hable poco", porque entre los propósitos de su obra estaba "mostrar cómo era ser mujer en aquella época", tiempos adversos en los que la decencia preocupaba más que la felicidad. Estremecen, en este sentido, los primitivos intentos para que aborte la prima del protagonista: chapoteos en una bañera de agua recién hervida, irrigaciones vaginales de agua con jabón, lejía o sal, agujas de hacer punto... "En aquellos años, los 60, era una catástrofe para una familia que una chica se quedara embarazada. Era la comidilla del barrio, incluso había cierta alegría maligna en otros vecinos. Y para la chica suponía una vergüenza", rememora.

En algunas de las páginas de Años lentos, Aramburu completa la narración con apuntes propios en los quese cuestiona sobre el destino de los personajes o el avance de su novela, un apartado en el que el escritor se enfrenta a una vieja culpa. "Recuerdo que en mi barrio corrió el rumor de que determinado vecino era un confidente de la policía. Nunca se demostró, pero la mayoría dejó de dirigir la palabra a este hombre. Y los niños nos contagiamos de esto", cuenta. El desprecio que Aramburu hizo a aquel tipo negándole el saludo "pesaba" en su conciencia. "Me pareció que, aunque ese hombre ya no viviese, merecía una disculpa. Sólo por eso había que hacer el libro", asegura. Al fin y al cabo, la literatura "pone en marcha un proceso contrario a los totalitarismos, que anulan la indivualidad, donde no hay lugar para el matiz, para la disidencia. Y cuando uno levanta una novela actúa a la inversa: con ella intentas salvaguardar al ser humano, darle rasgos propios, pensamientos propios, dentro de un contexto social".

Aramburu se siente parte de un linaje, se pone con modestia "como un enanito detrás de una tradición muy grande": el jurado del Premio Tusquets celebró su novela como una "narración dikensiana". De Dickens le fascinan su "compasión por el ser humano, su lucha por la vida, su combinación entre la tragedia y el humor. Es muy hábil para no sucumbir al patetismo".

diariodesevilla.es

miércoles, 28 de marzo de 2012

“La alegría de escribir es que uno puede descubrirse a sí mismo"

Dice el novelista Michael Ondaatje que ni en broma hubiese dejado a sus hijos en la infancia tomar un tren sin la presencia de un adulto. Sin embargo, nadie de su familia dudó en embarcarle —ni a nadie extrañó entre el pasaje— a su suerte con tan solo 11 años en un trasatlántico. Un barco que le trasladaría a principios de los años cincuenta de Colombo —capital de Ceilán (hoy Sri Lanka) en la que había nacido en 1943, siendo entonces colonia británica— a Reino Unido. Veintiún días en alta mar para ver de nuevo a su madre en Londres e ingresar en un internado. “Más que solo y aterrado en el barco, estaba perdido. ¡No tenía ni idea de a dónde iba! ¿Era a Inglaterra? No sabía que otros mundos existiesen. Yo era un chico muy de Colombo, sin conciencia del resto del mundo", ironiza Ondaatje por correo electrónico desde Toronto, donde ejerce como profesor universitario. Una aventura tan apasionante que el autor del superventas El paciente inglés (1992), premio Booker, le ha dedicado un libro, El viaje de Mina, recibido con elogiosísimas críticas en el mercado anglosajón e incluido en las listas de los mejores libros de 2011 del The New York Times, The Financial Times o The Guardian.

“Mis hijos tenían mucha curiosidad sobre ese viaje que hice a los once años. Pero, honestamente, no me acordaba bien. Así que comencé el libro con esta ubicación e inventé la historia. ¡Ahora me la creo toda!”, recuerda el también poeta que abandonó Reino Unido a los 19 años para instalarse en Canadá. “Creo que vivimos en una época de nómadas. Muchos vivimos en países distintos a los que nacimos. Esta es la historia de nuestra era”, sostiene Ondaatje, que sigue visitando a su familia, de origen holandés, en Sri Lanka.

El protagonista es Michael —personaje y autor comparten nombre pero no se descubre hasta haber leído un tercio de la novela— un chico descarado e inocente de 11 años con padres separados y camarote en segunda clase. En el comedor ocupa una mesa arrinconada por su poco pedigrí pero con curiosos comensales. Pronto Michael traba amistad con otros dos niños y cada día se prometen perpetrar algo prohibido. “No tengo tantas cosas en común con Michael como podría parecer. Hay conexiones geográficas y algunos pedazos de mis padres en él, pero el chico que he creado es ficción, ¡sobre todo después de haberle dado mi nombre! Porque desde que se lo di, necesité separarme más de él sin dejar que resultarse real. Quiero que el lector se identifique con él”. Ficciones como Hector de Silva, un millonario que se embarca para curarse en la metropolis de la rabia, un preso al que pasean por cubierta de madrugada o la señora Lasquetti, que viaja con 40 jaulas llenas de pájaros.

Se trata de un libro tremendamente visual y onírico, en la estela del resto, y como él dice “arqueológico”. “Si quieres saber quién eres en el presente, creo que es necesario escribir sobre el pasado. Casi todos mis libros son arqueológicos, se mueven desde el presente hacia adelante, pero al mismo tiempo investigan el pasado”. Michael vive en el “castillo flotante” un “rito del paso”, pues esta experiencia en solitario supone para él el salto de la niñez a la adolescencia. “El núcleo era el viaje de los chicos. Pero, entonces, quise también saltar al futuro para descubrir el pasado y di el paso de uno a otro de forma natural”, prosigue el autor de En una piel de león (1997) y El fantasa de Anil (2000). “La verdadera utilidad y alegría de escribir es que uno tiene la oportunidad de ser íntimo y sincero para adivinar, para descubrir, lo que no sabía de uno mismo. No estás bloqueado en un rol”.

El arte de contar historias durante la cena fue su literatura cuando era un niño pequeño. “Aún hoy soy más oyente que escritor”, asegura. Quizá por eso resulta tan fácil visualizar lo que cuenta al lector. “No sé si El viaje de Mina terminará siendo una película. Podría ser, pero los filmes en los barcos son muy caros. La cosa es que en un libro puedes ver todo en ese momento. Eso es lo maravilloso de la literatura”.

El País

La gran novela de la revolución industrial

Cuando Dickens publicó Tiempos difíciles por entregas en su revista Palabras del hogar entre abril y agosto de 1854, culminaba la primera revolución industrial. El símbolo de esta culminación fue la Gran Exposición Universal de 1851, primera de la historia. Tres años más tarde Dickens denunciaba las zonas de sombra de ese esplendor económico. Pese a la limitación de la jornada laboral a doce horas (1802), la prohibición del trabajo de niños menores de diez años (1819) o el de mujeres y niños en las minas (1849), medidas insuficientes y frecuentemente incumplidas, las penosas condiciones de vida en los centros industriales fueron creando un clima de reivindicación social del que irían naciendo el ludismo, la Great Trade Union, el cartismo, la Primera Internacional Obrera, el socialismo utópico o el socialismo científico.

Todo había cambiado brutalmente en tan poco tiempo que de una generación a otra la nueva explotación industrial se había generalizado, la naturaleza se había contaminado y las ciudades se habían convertido en gigantescas concentraciones insalubres. Londres pasó de 700.000 habitantes en 1780 a un millón en 1800, 2,5 millones en 1850 y 6,6 millones en 1900. El mismo año de la publicación de Tiempos difíciles estas pésimas condiciones higiénicas provocaron una epidemia de cólera.

Dickens había sido un seguidor del cartismo y un admirador de Thomas Carlyle, cuyas obras La revolución francesa (1837) y El cartismo (1839) le habían impresionado profundamente. La primera está en el origen de Una historia de dos ciudades y la segunda en el de Tiempos difíciles. La amistad con el arqueólogo, diplomático y político liberal y reformista Austen Henry Layard, invitado frecuente en Tavistock House desde 1851, y la estancia en Italia con Layard y el también reformista Lord Somers en 1853, fueron decisivas en la creación de esta novela, que empezó a escribir en enero de 1854.

Se trata de un crudo retrato de los efectos de la revolución industrial, la inhumanidad de los empresarios, la educación de los niños entendida como grosero pragmatismo utilitarista que se pretende realista y científico, la basta prepotencia de los nuevos ricos hechos a sí mismos, la indefensión de los trabajadores y el conflicto que inevitablemente estalla cuando el Estado no pone freno a la explotación.

Partidario de la evolución, no de la revolución, y del acuerdo basado en una justicia matizada por la bondad de corazón, no del enfrentamiento, Dickens traza un cuadro sombrío de los explotadores ("¡con cuchara de oro, quieren comer con cuchara de oro!", repite el patrono cada vez que se le plantea la más tímida mejora de las condiciones de vida de los obreros) y de los agitadores que utilizan a los obreros como carne de cañón revolucionaria. Entre unos y otros sitúa a sus prototipos positivos -el obrero Stephen Blackpool, sobre todo- como víctimas de ambos, aunque sobre todo de los primeros. Es melodramática y genialmente caricaturesca en la minuciosa creación de tipos. Es Dickens. Y además, cabreado. No es de extrañar que Ruskin y Bernard Shaw la consideraran su mejor novela.

Baste para abrir las hambres de lectura de quien no la haya leído esta descripción, tan actual, de la ciudad industrial: "Coketown era una ciudad de ladrillos rojos, o de ladrillos que habrían sido rojos si el humo y las cenizas lo hubieran permitido. (...) Una ciudad de máquinas y altas chimeneas por las que salían interminables serpientes de humo. (…) Pasaba por ella un negro canal y un río de aguas teñidas de púrpura maloliente. Tenía grandes bloques de edificios en cuyo interior resonaba todo el día el continuo traqueteo y temblor del émbolo de la máquina de vapor que subía y bajaba con monotonía, como la cabeza de un elefante enloquecido de monotonía. Contenía varias calles muy grandes, todas muy semejantes unas a otras, y muchas calles pequeñas todavía más parecidas entre sí, habitadas por personas también iguales unas a otras, que entraban y salían todas a las mismas horas, produciendo el mismo ruido sobre las mismas aceras, para hacer el mismo trabajo, y para quienes todos los días eran iguales, sin diferencias entre el ayer y el mañana, y todos los años la repetición de los anteriores y de los siguientes".

diariodesevilla.es

martes, 27 de marzo de 2012

La novela adolescente de Emilia Pardo Bazán

Con tan solo 13 años, Emilia Pardo Bazán, nombre esencial de la literatura española del XIX, demostró su madurez narrativa en la novela Aficiones peligrosas, una obra cuyo manuscrito se había traspapelado entre los fondos de la Fundación Lázaro Galdiano y que se publica ahora por primera vez completa. Ese manuscrito, en el que la autora refleja su concepción de la literatura y el derecho de la mujer a formarse y a crear, se lo regaló en 1898 Pardo Bazán (La Coruña, 1851- Madrid, 1921) a José Lázaro Galdiano, con quien había tenido una breve relación amorosa que luego fructificó en una larga amistad y en proyectos editoriales como la revista La España moderna. Por aquella época, la escritora mantenía una relación con Benito Pérez Galdós, y su romance amoroso con Lázaro Galdiano, a quien conoció en la Exposición Universal de Barcelona de 1888, fue de dominio público.

Como explicó en la presentación Jesús Rubio, catedrático de Literatura de la Universidad de Zaragoza, esta novela de Pardo Bazán fue publicada por entregas con el mismo título en el diario El Progreso de Pontevedra, que era la manera habitual que tenían los escritores de la época para dar a conocer sus obras. La novela era conocida parcialmente porque en 1989 Juan Paredes Núñez había editado un volumen con algunos de los capítulos aparecidos en el diario gallego, del que no se conserva ninguna colección completa. Es por tanto ahora cuando ve la luz por primera vez íntegro el manuscrito, de 76 páginas, de Aficiones peligrosas, que estaba en poder de la Fundación. Lo edita Analecta y lleva un estudio preliminar de Araceli Herrero Figueroa.

Ese manuscrito, que exhibía en la presentación con orgullo el director de la Biblioteca de la Fundación Lázaro Galdiano, Juan Antonio Yeves, junto con otros documentos de Pardo Bazán que se conservan en esta institución, pudo traspapelarse en 1936, cuando buena parte de los fondos de Lázaro salieron de su casa y no todos le fueron restituidos. La recuperación de su biblioteca "fue uno de los mayores empeños y desvelos de los últimos años de su vida" y es de suponer, como contó Yeves, que el autógrafo de Aficiones peligrosas pasó "por alguna situación extraña" y pudo traspapelarse.

Recomponer esta novela de Pardo Bazán ha sido casi como "hacer un puzle", señaló Yeves, tras contar que fue en 2004 cuando los manuscritos y documentos de la novelista gallega pasaron a formar parte de la Biblioteca de la Fundación, "después de una reconstrucción laboriosa". Entre esas obras de la autora de Los pazos de Ulloa que se conservan en la Fundación hay un librito de poemas titulado Jaime que lleva una curiosa dedicatoria: "A José Lázaro Galdiano. Este ejemplar va encuadernado con un guante mío y con la intención le acompaña la mano que vistió el guante y escribió los versos. Emilia". También es interesante la dedicatoria que llevaba el manuscrito de Aficiones peligrosas, porque da idea del gran caso que le hacía a Lázaro Galdiano: "De muy mala gana, por santa obediencia, entrego este manuscrito de mi primera novela escrita por mí a la edad de 13 años".

José Lázaro publicó numerosos trabajos de Pardo Bazán pero nunca mandó a la imprenta este manuscrito, "tal vez porque ella se lo había pedido de forma expresa", se afirma en el proemio del libro. "Sorprende la paradójica madurez" que se observa en esta novela. La autora ya manejaba con soltura "el arte de construir una novela y de los diálogos"; "ofrece en ciernes las características de una gran novelista", subrayó Jesús Rubio en la presentación, en la que también intervinieron la directora de la Fundación, Elena Hernando, y Javier Jiménez, director de Analecta.

Esas "aficiones peligrosas" de las que hablaba Pardo Bazán tenían mucho que ver con la lectura y la difusión de esta "en el mundo femenino del siglo XIX", que dio lugar a "la aparición de una mujer nueva, capaz de entender la realidad y de criticarla", comentaba Rubio. "La lectura podía ser una forma de liberación, pero también un arma peligrosa", añadió, quien se mostró convencido de que los estudiosos y los lectores "disfrutarán" con esta novela de Pardo Bazán, que permite conocer "la prehistoria de una de las mejores novelistas de nuestra historia, quizá la única que se puede codear con Galdós, Clarín y Valera". Con esos escritores "chocó" doña Emilia cuando trataba de encontrar su espacio en un mundo "demasiado masculino", indicó el catedrático de Zaragoza.

Como señala Araceli Herrero, en Aficiones peligrosas aparece, entre otras cuestiones, "la reivindicación de la literata", la denuncia de su discriminación y de su "ninguneo", en el que la autora "insistirá a lo largo de su vida".-

diariodesevilla.es

lunes, 26 de marzo de 2012

Se reedita el célebre ensayo de Peter Brook 'El espacio vacío'

“Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo. Un hombre camina por este espacio vacío mientras otro le observa, y esto es todo lo que necesita para realizar un acto teatral”. Con estas palabras arranca El espacio vacío de Peter Brook, un ensayo que desde su aparición en 1968 se convirtió en un texto fundamental sobre teatro moderno. Reeditado ahora por Península con un prólogo del crítico Marcos Ordóñez, el libro confirma cuatro décadas después no solo su lúcido ideario sino su enorme vigencia.

Nacido en Londres en 1925 en el seno de una familia de emigrantes rusos judíos, con 22 años Peter Brook dirigía la Royal Shakespeare Company. Cuando El espacio vacío salió a la cale su autor ya era un reconocido director embarcado en recuperar la pureza de los orígenes teatrales. Tres años después, en 1971, Brook funda en París el Centro Internacional para la Investigación Teatral, y poco después, en 1973 convierte un viejo teatro quemado del norte de la ciudad, Les Bouffes du Nord, en sede de sus trabajos. En una entrevista de aquellos años, Brook explicaba el fondo de su gesta: “La dificultad real y absoluta es como ser, a la vez, totalmente humano y totalmente anónimo. Porque lo anónimo no tiene el color de la humano, y todo lo humano aplasta la pureza de lo anónimo. La única cosa positiva frente a esta dificultad, que, durante un momento, parece reunirnos, es que eso que llamamos teatro es un campo de experiencia donde este enigma puede ser confrontado”.

Según Ordóñez, El espacio vacío es “uno de los más claros, sabios, y más influyentes libros de teatro que jamás se hayan escrito” pero “un incomprensible equívoco” persigue a este libro desde su nacimientos.“Pese a tratarse de una obra tan clara y profunda como entretenida, mucha gente todavía cree, a tenor de su título, que es un texto sobre esencialismos escenográficos o, peor todavía, un tratado abstruso y teórico sobre teatro experimental según el signo de los tiempos: el caótico pero vivísimo de la década de los 60”, añade.

Dividido en cuatro apartados (Teatro Mortal, Teatro Sagrado, Teatro Tosco y Teatro Inmediato), Brook nos acerca a Chejov, Beckett, Grotowski, Merce Cunningham o Shakespeare en un “cóctel” cuyas notas dominantes son “la pasión, la ausencia absoluta de pedantería, el cuestionamiento de toda idea recibida, un suave pero efectivísimo sentido del humor, y una sensatez a prueba de ismos en una época que brotaba uno cada semana”.

Brook, que lucha contra un teatro amortajado y defiende el teatro capaz de ser verdad sobre un escenario o en un granero, cree en la infinita capacidad regenerado del género, en su permanente movimiento, algo que le hace afirmar en la recta final de su libro: “Al tiempo que se lee este libro va quedando atrasado. Para mí es un ejercicio, ahora congelado en las páginas. Pero a diferencia de un libro, el teatro tiene una especial característica: siempre es posible comenzar de nuevo. En la vida eso es un mito: en nada podemos volver atrás. Las hojas nuevas no brotan de nuevo, los relojes no retroceden, nunca tenemos una segunda oportunidad. En el teatro, la pizarra se borra constantemente”.

El País

domingo, 25 de marzo de 2012

Un regalo de Dickinson

El agua se aprende por la sed;
la tierra, por los océanos atravesados;
el éxtasis, por la agonía.
La paz se revela por las batallas;
el amor, por el recuerdo de los que se fueron;los pájaros, por la nieve.

Es la voz de Emily Dickinson (Estados Unidos 1830-1886). Son las emociones hechas verso de una de las grandes poetas de la historia de la literatura, con la cual queremos celebrar hoy el Día Mundial de la Poesía. El fragmento del poema forma parte del libro El viento comenzó a mecer la hierba, ilustrado por Kike de la rubia y en edición bilingüe en una nueva traducción, que publicará Nórdica Libros en dos semanas. EL PAÍS adelanta hoy algunas de esas bellas páginas como un regalo para los lectores.

"No hay, que yo sepa", dijo Jorge Luis Borges de Dickinson, "una vida más apasionada y más solitaria que la de esta mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo. En su recluida aldea de Amhers buscó la reclusión de su casa y, en su casa, la reclusión del color blanco y la de no dejarse ver por los pocos amigos que recibía".

El 21 de marzo fue declarado por la UNESCO como Día Mundial de la Poesía. Muchos actos se realizan en todo el mundo, en España destacamos la jornada que dedicará al género el Festival Coruña Mayúscula: un debate sobre el futuro de la poesía, un recital en el que participarán Sofía Castañón, Antón Castro, Estevo Creus, Gonzalo Escarpa, Estíbaliz Espinosa, Eduardo Estévez, Gracia Iglesias, Elena Medel, Antía Otero, Ángel Petisme y Estelle Talavera Baudet y un open mike de versos de poetas en ciernes.

Y volvemos a Emily Dickinson:

¿De quién son estas camitas —les pregunté—
que en los valles están?
Algunas sacudieron sus cabezas
y otras sonrieron, pero ninguna respondió.

Tal vez no oyeron —dije—.
Preguntaré de nuevo.
¿De quién son las pequeñas camas
que, tan juntas, en la llanura están?

sábado, 24 de marzo de 2012

¿Es posible leer mucho rato en una tableta con tanta distracción?

El lector de libros electrónicos en tabletas se está dando cuenta de que, mientras un libro impreso o electrónico, en blanco y negro, es directo e invita a sumergirse en la lectura, una tableta ofrece un menú de distracciones que pueden fragmentar la experiencia o incluso frenarla en seco.

El correo electrónico está al acecho provocadoramente cerca. Averiguar el significado de una palabra difícil o un hecho desconocido es fácil haciendo una búsqueda rápida en Google. Y si un libro empieza a hacerse pesado, renunciar a él para descargarse una película o mirar los mensajes de Twitter está a solo unos clics de distancia.

Algunos de los millones de consumidores que han comprado tabletas y probado libros electrónicos en aplicaciones de Amazon, Apple y Barnes and Noble han llegado a esta conclusión: sentarse y centrarse en la lectura es más difícil que nunca. “Es como intentar cocinar cuando hay niños pequeños a tu alrededor”, dice David Myers, de 53 años, administrador de sistemas en Atlanta, que en diciembre compró una tableta Kindle Fire. “Si un niño hace alguna tontería, tienes que dejar de cocinar y arreglar el problema, y luego seguir cocinando”.

Para las editoriales, existe un peligro en potencia: que los clientes se pasen a las tabletas y luego comprueben que no invitan mucho a la lectura. ¿Dejarán entonces esos lectores que las películas o Internet ocupen su tiempo libre?

Para las editoriales, existe un peligro en potencia: que los clientes se pasen a las tabletas y luego comprueben que no invitan mucho a la lectura

Maja Thomas, vicepresidenta primera de Hachette Digital, del grupo Hachette Libros, no cree que eso vaya a suceder. “Alguien que no tienen el hábito de la lectura y se compra una tableta verá que se le ofrecen muchas oportunidades para leer”, opina, y añade que las tabletas tienden a incluir aplicaciones para libros electrónicos. “Nuestra esperanza es que harán que aumente el número de personas que leen”.

Las ventas de lectores electrónicos se dispararon durante la temporada navideña, según el Pew Research Center. Pero es posible que las editoriales estén perdiendo el entusiasmo por las tabletas como aparatos de lectura electrónicos. Un estudio reciente de Forrester Research muestra que el 31% de las editoriales creen que los iPads y otras tabletas parecidas son la plataforma ideal para la lectura electrónica; hace un año, pensaba así el 46%.

“La tableta es tentadora”, señala James McQuivey, el analista de Forrester Research que dirigió el estudio. “No para de decirte que ahora podrías estar en YouTube. O de enviarte alertas constantes que aparecen en la pantalla y te dicen que acabas de recibir un correo electrónico. El acto de leer se convierte en una competición”.

En efecto, el menú básico del Kindle Fire ofrece enlaces a vídeos, aplicaciones, Internet, música, periódicos y libros, convirtiendo el libro en otra opción del menú. Lo mismo sucede con el polifacético iPad, que Allison Kutz, una estudiante de 21 años en su último curso de la Universidad de Carolina del Norte, compró en 2010. Tiene que controlar constantemente las ganas de echar un vistazo a otros medios. Dice que el único momento en que es capaz de centrarse en la lectura de un libro es en un avión, porque no tiene acceso a Internet.

El problema de cambiar los hábitos de los lectores ha sido ampliamente debatido por los ejecutivos de Amazon, fabricante del Kindle y del Kindle Fire. Russ Grandinetti, vicepresidente de contenidos de Kindle, explica que una de las razones por las que el Kindle original, que salió a la venta en 2007 por 399 dólares, no fue concebido como un aparato multiuso era que la gente pudiera sumergirse en la lectura sin interrupciones. Ahora, el nuevo Kindle Fire, que cuesta 199 dólares, se ha ideado como complemento del primer Kindle.

Muchas editoriales creen que el mercado de libros impresos y de aparatos exclusivamente para la lectura de libros electrónicos no va a desaparecer. Los lectores voraces fueron los primeros en engancharse a los libros electrónicos, porque valoraban su comodidad, su portabilidad y las aplicaciones que permiten hojear textos. Ahora esos libros electrónicos son más ligeros, más elegantes, y cuestan menos de 100 dólares, de modo que las personas que recelan de la tecnología y lo único que quieren es un aparato exclusivamente para leer tienen pocos incentivos para pasarse a otro mejor.

El 31% de las editoriales cree que los iPads y otras tabletas parecidas son la plataforma ideal para la lectura electrónica; hace un año, pensaba así el 46%

Mientras los lectores electrónicos sigan siendo considerablemente más baratos que las tabletas, puede que haya mercado para ellos. Pero McQuivey opina que estas seguramente acabarán desplazando a los libros electrónicos en blanco y negro.

Para Erin Faulk, asesora legal de 29 años y lectora voraz de Los Ángeles, la era de los lectores electrónicos ha tenido una consecuencia importante: le ha hecho acumular muchos más libros de los que ella define como “ST” (sin terminar). Pero añade que también está comprando más títulos. “Últimamente me inclino por los libros que me hacen olvidar que tengo un mundo de ocio al alcance de los dedos”, dice. “Si el libro no es lo bastante bueno para conseguirlo, tengo formas de emplear mejor mi tiempo”.

El País

viernes, 23 de marzo de 2012

Editada al completo una novela de niñez de Emilia Pardo Bazán

De jovencita, casi una niña, Emilia Pardo Bazán ya había comenzado escribir. Aunque ya se conocían extractos de una obra temprana, esta se puede observar a partir de hoy en su totalidad: la Fundación Lázaro Galdiano, dedicada a la preservación del patrimonio español, ha presentado esta mañana la novela Aficiones Peligrosas, que la escritora gallega (1851-1921), autora de Los Pazos de Ulloa o La madre naturaleza, redactó cuando tenía 13 años.

Del manuscrito autógrafo, que fue hallado por partes en la biblioteca de la fundación que lo ha presentado, y que ha sido reconstruido y ordenado, emana la idea del derecho a la mujer a formarse y a ser creadora, que la escritora fue capaz de desarrollar y plasmar a tan corta edad. “Es sorprendente: escribe muy bien, tiene imaginación, mantiene el hilo conductor…Y además hace reflexiones que no son propias de su edad, como esta del papel de la literata”, explica Juan Antonio Yebes, el director de la Biblioteca Lázaro Galdiano.

El leitmotiv de la novela, reconocida como la primera en la dedicatoria de la autora, versa sobre el papel de la lectura en la formación de las personas. “Habla de que hay que leer libros edificantes, y de cómo te puede transformar una literatura no conveniente”, añade Yebes. “En general, los temas que trata aquí los tratará en su obra posterior”, añade el director de la biblioteca. La novela está estructurada en diez capítulos además de un epílogo, de los que ya se habían editado los dos primeros y parte del tercero, cuarto y quinto.

La obra, que fue originalmente publicada por entregas en el periódico El Progreso de Pontevedra en el año 1866, y que hoy coeditan la Fundación Lázaro Galdiano, Analecta y la Casa de Emilia Pardo Bazán, fue rescatada parcialmente en 1989 por Juan Paredes Núñez. El mecenas José Lázaro Galdiano, editor y amigo de la literata, no publicó la obra completa en su momento, pero sí conservó la obra entre su colección, gracias a lo que se ha podido reconstruir la imagen del precoz talento de Pardo Bazán.

“Lázaro era un apasionado de los autógrafos, por eso le pidió a Pardo Bazán unos manuscritos”, explica el director de la biblioteca de la fundación. Además de esta novela, entre los alrededor de “80 o 90.000 documentos” que atesora la institución, se encuentran también otros de la escritora coruñesa, como correspondencia y, sobre todo, textos poéticos, “la mayoría probablemente de antes de que cumpliera los 20 años”, junto a otros de diferentes autores sobre todo del siglo XIX, aunque también de los siglos XVIII y XVII.

Además de su valor literario, Aficiones Peligrosas aporta también un interés documental, al mostrar las correcciones y los fallos ortográficos ocurridos durante el proceso creativo. “El texto es de gran provecho para los especialistas en Emilia Pardo Bazán, pero también para los lectores”, añade Yebes.

Aficiones peligrosas, además de sumar un título a la bibliografía de la escritora gallega, sirve también de introducción a la colección Textos inéditos y olvidados, un compendio de los textos más desconocidos que alberga la Biblioteca de la Fundación Lázaro Galdiano, y que incluyen obras de creación, ensayos o estudios de carácter histórico.

El País

La música y sus emociones literarias

Para todo lo relativo a los asuntos de la vida, como cuando definía a una de sus exnovias, “tan maja que nunca me dejó meterle mano por debajo del sujetador, ni tampoco por encima”, Rob Fleming, célebre dependiente de la tienda de discos de la novela Alta fidelidad, recurría a la música. Y gracias a las neuras de tintes pop de este y otros de sus célebres personajes, Nick Hornby se ha erigido en todo un maestro del recurso a la clase de sensaciones universales que provoca una buena canción para hallar inspiración literaria. No fue el primero, pero sí uno de los que más éxito ha cosechado al cruzar los caminos de la novela y la música, el penúltimo de ellos es Jesús Ferrero que con El hijo de Brian Jones (Alianza), XIII Premio Fernando Quiñones.

Ferrero basa su novela en la figura de Brian Jones, guitarrista y uno de los fundadores de los Rolling Stones, quien apareció muerto en la piscina de su casa en 1969, para narrar el encuentro de Alexis, uno de sus hijos ilegítimos, y Julián, hijo del jardinero del guitarrista de la banda británica. Un encuentro que, con sus pasajes hacia los excesivos y gloriosos años sesenta cuando Jones era “un aristócrata del pop en Londres”, permite al escritor español trazar dos mundos paralelos, el del padre y el del hijo, el de los sesenta en Londres, conocido como Swingning London, “cuando las bellezas de faldas cortísimas y sonrisas angélicas perseguían a los músicos”, y el de los noventa en Nueva York, donde reside el hijo con Julián y sus amigos y todas sus dudas existenciales. “El rock’n’roll, incluidos los Rolling Stones y Brian Jones, iba a ser un telón de fondo”, afirma con gesto pausado Ferrero en una conversación en un céntrico hotel de Madrid. “Aunque quería entrar en el alma de Brian Jones, lo iba a ver desde fuera”.

Y así recorre cuatro décadas. Pero ni Ferrero (autor de obras como Bélver Yin, El efecto Doppler y Las trece rosas) será el último en recrear a través de la ficción la música y sus iconos, ni Hornby fue el primero. Aunque el autor británico sí fue uno de los que más éxito cosechó y el que seguramente más atributos dio para que la música popular y la ficción cruzasen sus caminos en la literatura, abriendo nuevas posibilidades creativas y sentando una especie de modus operandi en el que el escritor, a través de la imaginería musical, cuenta una historia al tiempo que plasma sensaciones. Pero antes que él conviene citar otros autores como Julio Cortázar, tal vez el pionero, quien se inspiró en 1959 en la figura del irrepetible saxofonista Charlie Parker para su cuento El perseguidor (RBA), donde el protagonista, Johnny, es un ser mágico cuando tiene un saxo en las manos pero su vida diaria está repleta de momentos trágicos. Y, después del boom Hornby, se dan otros títulos muy notables como El blues de los sueños rotos (Anagrama), escrito en 1996 por Walter Mosley, quien narró la historia de un bluesman que había tocado de niño con el legendario Robert Johnson, cuyo fantasma se halla de forma constante en un texto que propone la supervivencia como motor humano.

La música y sus iconos

La pasión por la música popular ha llevado a varios autores a recurrir a sus ídolos en la ficción literaria. En España, un país donde el rock y el jazz calaron bastante entre los literatos, el crítico musical Jordi Sierra i Fabra escribió en 1988 El joven John Lennon (SM). Desde una perspectiva juvenil, Sierra i Fabra narraba la adolescencia de Lennon en el Liverpool de finales de los cincuenta. La historia de un joven que soñaba con hacerse músico. Recientemente, el también crítico musical Javier Márquez ha publicado Letal como un solo de Charlie Parker (Salto de página), una novela negra ambientada en los años cincuenta en Las Vegas con Frank Sinatra y Dean Martin como magnífico decorado musical.

Pero más allá de la idolatría musical, estas referencias suelen guardar significados más profundos, como en el caso de Walter Mosley que se sirvió del icono y el espíritu de Robert Johnson, el músico que vendió su alma al diablo, para hablar de la soledad, la miseria y la redención. El icono que utiliza Ferrero en El hijo de Brian Jones es el canto roto de los Stones y lo hace porque esconde la fotografía de una generación, la suya, que se evadía a ritmo de rock’n’roll trepidante, música del diablo, muchas drogas, sexo y nada de normas. Puro hedonismo. “Hay un terror al envejecimiento en la época de Brian Jones, ya que todos querían ser adolescentes eternos”, reflexiona Ferrero. En Brian Jones, por tanto, se ilustra la consagración de la adolescencia, como en Charlie Parker Cortázar capta la fatalidad. “En los años de Jones, la juventud empieza a ser casi una clase social, que crea sus propios estilos, y no había ocurrido antes. Hubo un indicio de eso en los años veinte pero lo borró la II Guerra Mundial y la crisis económica. Emergió de verdad en los años cincuenta. En los sesenta, adquiere esplendor”, dice el escritor.

Esplendor que se manifiesta en sus capítulos dedicados a los años del guitarrista con Anita Pallenberg, la modelo que se desenvolvía con estilo y derroche entre la aristocracia londinense, una de las musas de la Factory de Andy Warhol, que terminaría en los brazos de Richards. Para Ferrero, “los Stones se teatralizaron mucho más tras juntarse con la aristocracia de Londres, gracias a los contactos de Anita Pallenberg. ¿A quién amarga un aristócrata enrollado? Les enseñaban algunas cosas que por su condición solo ellos sabían. Se influían unos a otros. Las estrellas del pop y el rock adquirieron todavía aires más enfáticos y teatrales”.

La música y sus canciones

Al escritor japonés Haruki Murakami le sirvió la canción Norwegian Wood (The Bird Has Flown) de Los Beatles de excusa perfecta para desarrollar la historia de amor y nostalgia de Tokio Blues (Tusquets). El personaje de Naoko hace muchas referencias a la banda más famosa de Liverpool, aunque es la canción la que domina la narración en tanto en cuanto la evocación sentimental de su música se desprende en el libro.

Jesús Ferrero comparte esa necesidad de encontrar una sonoridad a las narraciones que tienen la música como trasfondo, e incluso utilizar determinadas canciones como perchas vitales de la historia. Como Paint it black, de los Rolling Stones, que se cita en el libro, y que, con su telón sonoro a base de tres acordes y una batería, dice aquello de “píntalo todo de negro”. Aún con toda la mitomanía que gira en torno a Brian Jones, fue un personaje contradictorio, como tantas estrellas del rock, con sus sombras y sus luces, con sus ataques de cólera, su personalidad narcisista, su tiranía y su violencia física y verbal con las mujeres.

“No soportaba el estatus ante el que le había colocado el mundo", afirma el escritor. "Era mucho más frágil que sus compañeros, en parte porque le devoró el éxito prematuro, como a muchas estrellas del rock. Emprendió el camino hacia la destrucción a una velocidad pasmosa”.

La música y sus emociones

Música y literatura. Dos disciplinas artísticas que se unen para, al final, intentar plasmar emociones. El escritor norteamericano Kevin Major publicó en 1988 Querido Bruce Springsteen (Ediciones B), una sencilla historia donde un adolescente escribe cartas al famoso músico de Nueva Jersey y le va exponiendo todo tipo de inquietudes vitales. Major reflejaba los miedos y las ilusiones del adolescente de clase media con una obra humilde que recordaba a la radiante honestidad del protagonista de El guardián entre el centeno (Alianza), de J.D. Salinger.

Emociones como las que desprende Alexis con respecto a su vida y su padre. “Algunas mujeres iban con sus hijos en brazos al apartamento de Brian Jones, cuando se creía el rey del mundo, y las expulsaba”, explica Ferrero. En el libro, se habla de la madurez de un joven marcado por la relación de un padre ausente, tan propio de aquellos sesenta. “Los padres del personaje de Alexis no quieren que se acabe la fiesta. Los de los años 20 se escandalizaban porque habían estado diez años de fiesta, así lo decía Fitzgerald. ¡La generación de Jones estuvo treinta años de fiesta!”, señala el escritor.

Con la figura del hijo ilegítimo, un personaje de ficción, Ferrero crea los contrastes entre la maldad y el genio de Jones, pero también se reflexiona sobre las contradicciones existenciales, la inocencia de la juventud, la responsabilidad paternal y, sobre todo, el miedo a envejecer. Música y literatura, a fin de cuentas, para explicar las vicisitudes de la vida. O, como diría el dependiente de la tienda de discos de Alta Fidelidad, utilizar la música que elegimos para definirnos, también en la literatura.

El País

jueves, 22 de marzo de 2012

Un arte que agoniza

Anatomía de la influencia es un tratado sobre los autores eminentes que pueblan el olimpo de la literatura occidental. Aunque en esta ocasión Harold Bloom es elegíaco y celebra sus 80 años con un testamento: “Ya no lucharé contra los Resentidos. Nos uniremos todos en nuestro polvo común”.

Bloom reitera en esta larga meditación su teoría sobre la ansiedad que corroe a los grandes escritores, nos contagia el fervor religioso por la lectura, nos introduce en la sutileza de su discurso hermético y nos remite al origen de su veneración: al inolvidable asombro que producen las grandes obras cuando se leen por primera vez.

Lo excepcionalmente notorio en Bloom es la persuasión de su estilo y cómo elude el tedioso razonamiento académico. Pero no es fácil seguirle: su celebración de la literatura exige una solvente familiaridad con los libros supremos y saberlos de memoria tras una lectura tan extensa como profunda.

La ansiedad y la influencia son el secreto de la imaginación literaria y sin esta energía el escritor deambulará sin nada que hacer. Bloom es un déspota muy ilustrado y sus razones se sancionan a sí mismas como profecías. Traza el mapa de los senderos que unen a cada escritor eminente con todos los demás y menciona la influencia que algunos han llegado a tener sobre sus antepasados. Una conjetura que perturba la buena fe de sus lectores.

Solo por las grandes obras literarias llegaremos a saber quién somos, sostiene el gran crítico norteamericano

Bloom es elocuente, reiterativo, insistente, pues considera que nada ha sido cabalmente entendido. Las obras maestras, advierte, están por encima de nuestra comprensión. Salvo que nos propongamos leerlas una y otra vez durante toda la vida.

El viejo crítico Bloom dedica un último desdén a los resentidos —los melifluos, torturados y hostiles resentidos— y con alegría adolescente vivifica el entusiasmo de la primera lectura. Bloom expande este espíritu insolente, lo incrementa, lo santifica.

Los grandes escritores han sido conmovidos por una envidia sagrada, dice, pero nadie escoge al maestro de su veneración. Cada autor eminente ha sido elegido por su precursor literario. O aceptamos esta violenta premisa o la rechazamos. No es objeto de discusión. La influencia produce ansiedad y ésta obliga a evocar, imitar, saquear y suplantar al autor predilecto. Pero sin la complicidad del antepasado ilustre, la obra literaria sólo será un simulacro.

Bloom, que se considera un laico de inclinaciones gnósticas, un esteta literario que idolatra a Shakespeare, un hereje judío, un lector esotérico, un crítico longiano que celebra lo sublime como la suprema virtud estética, afirma que la gran literatura existe y que es posible apreciar “el brío de una energía sobrenatural en su vigor lingüístico”. Bloom ha resultado ser un arconte de esa Religión Americana cuyo único dogma es la Seguridad en Uno Mismo. Una especie de entereza o unión de cada hombre con el sí mismo desconocido.

Si alguno necesitara abreviar los libros de Bloom en un único párrafo, quizá podría conformarse con lo siguiente: “Shakespeare, que no profesa ninguna creencia y que es sabio sin énfasis ni agresividad, posee su propio método de conocimiento y es el precursor de todo el mundo: Walt Whitman, James Joyce, Herman Melville, William Blake, Emily Dickinson, Sigmund Freud, Marcel Proust, Samuel Becket, Franz Kafka, Pessoa, Borges…”.

¿Por quién se siente elegido Bloom? A ratos por Ralph Waldo Emerson y en otras ocasiones por Samuel Johnson. Aunque esto debería decirlo él, y no yo. Cuando Bloom recuerda al que ha sido considerado el primer filósofo americano da la sensación de estar hablando de sí mismo: “Leer a Emerson resulta a veces desconcertante, en parte porque es un aforista que piensa en frases aisladas. Sus párrafos resultan a menudo espasmódicos, y su mente incansable está siempre en alguna encrucijada”.

Bloom es una figura señera de nuestro tiempo que acude en socorro del lector agobiado por la trivialidad contemporánea y le anima a frecuentar sin complejos los grandes monumentos literarios. Bloom afirma que leer, releer, evaluar y apreciar es el verdadero arte de la crítica literaria en un mundo en el que los libros malos desplazan a los buenos y leer es un arte que agoniza.

¿Cuál es la influencia de Bloom en España? Anagrama, Taurus, Páginas de Espuma y otros editores lo mantienen en sus catálogos pues ha conseguido una considerable atención entre los lectores que aceptan su gran epigrama: sólo por las grandes obras literarias llegaremos a saber quién somos —y la sentencia inversa sigue siendo cierta.

¿Cómo modifica Bloom la conciencia que la literatura tiene de sí misma? Su credo irónico, y ciertamente melancólico, consagra la rivalidad entre los dos grandes impacientes de nuestro tiempo: el escritor que quiere ser el Yo de sus lectores y el autor que quiere ser el Yo de sí mismo. No sólo dos modos de entender la literatura sino dos maneras de estar en el mundo, dos estilos de vida. El escritor que se ha propuesto contar historias sale al encuentro de los hombres; el autor que las concibe, los espera con recelo. Mientras aquél escribe para un público vehemente; éste lo hace para una mentalidad. Mientras uno intuye con habilidad el gusto de la multitud; el otro cultiva lo que no ha sido degustado. Uno celebra la fama; el otro sólo teme al destino. El escritor se deleita con su éxito; el autor se pondera con perplejidad. Uno es narcisista; el otro, solipsista. Uno es el fruto de la admiración popular; el otro lamenta la suerte de no serlo.

Dos estirpes, podría decirse, condenadas a una perpetua porfía, forjan cada una a su manera, con destreza narrativa y ensimismamiento sapiencial, el arte de la ficción que hoy nos entretiene o nos desvela.

Hitchens, tan listo y tan legal

Se supone que lo único que debe interesarnos de los creadores es el regalo que nos han hecho con su obra. Pero la riqueza de ese universo, las impagables sensaciones que nos han provocado los personajes y los sentimientos que describen, el lenguaje con el que han desarrollado su arte, hace tantas veces inevitable (o gozosa) la aparición de la mitomanía, intentar conocer a través de los biógrafos, o de la gente que ha tenido conocimiento parcial o íntimo de la vida de los artistas que admiramos, o del propio testimonio de estos, la personalidad, los recuerdos, los amores, los dolores de esos seres excepcionales que han creado algo que conmueve, divierte, deslumbra, consuela, identifica, da miedo, abre senderos desconocidos y apasionantes, conecta con nuestro cerebro y nuestras entrañas.

Y a veces descubres con estupor al conocer personal y superficialmente al autor de cosas que amas que su imagen, su actitud, su expresividad gestual y oral, su pensamiento, te decepcionan, son ajenos a la fascinación que sientes hacia su obra. Lo mismo puede ocurrirte al leer sus memorias, al constatar que la narración en primera persona de su existencia te desinteresa, que alguien dotado de enorme creatividad es incapaz de transmitirte nada que merezca la pena cuando le pide a su memoria que hable. Es probable que en el caso de algunos personajes famosos esa autobiografía en realidad haya sido escrita por un “negro” dada la incapacidad o la vagancia del protagonista para plasmar literariamente la narración de su vida, pero, en cualquier caso, el “negro” puede darle forma a la escritura pero nunca inventarse lo que sale de la boca de su interlocutor. Por ejemplo: era lamentable, fatua, académica, plana, aburrida, fundamentalmente interesada por los incontables halagos que le hacían a su persona todos los presidentes y monarcas del universo, la que escribió un hombre incuestionablemente genial llamado Charles Chaplin. También creo ser uno de los pocos lectores cuya alma no se derritió con el celebérrimo testimonio de Pablo Neruda Confieso que he vivido (de acuerdo, el título es muy sugerente), aquel poeta inmenso describiendo los asuntos del corazón, pero descorazonador cuando su fervor revolucionario le imponía hacer odas al padre Stalin, que vigila celosamente desde el Kremlin por el bienestar de todos los parias de la tierra.

Y existen otras que te transmiten lo que tú esperas del personaje. Adiós a todo eso, de Robert Graves, se lee con idéntico placer y emoción que Yo, Claudio. Sé que El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, supone una obra sagrada en el cultivado altar de muchos y enamorados lectores, pero yo aún disfruto más con la descripción humorística, tierna, evocadora y a ratos surrealista que hizo su hermano Gerald de sus recuerdos de infancia y adolescencia en Mi familia y otros animales.

Capítulos como los dedicados a la ecocación de sus suicida madre y a su educación infantil adolescente son inolvidables

A la gente que ha desarrollado su arte contando historias a través de la cámara o protagonizándolas delante de ella no se le puede exigir que tenga idéntico talento con la palabra escrita, pero existen memorias de gente del cine que se leen con el mismo gozo que viendo sus películas, en las que reconoces la sabiduría, el vitalismo y la inteligencia que desprende su cine. Es probable que sigas sin saber demasiadas cosas de la vida de Groucho Marx al finalizar Groucho y yo, pero la risa que te va a asaltar en cada página es idéntica a la que te despierta todo lo que sale de su boca en el cine. Son una inagotable lección de humanidad, genio, observación penetrante de las personas y las cosas las memorias de Luis Buñuel Mi último suspiro. Y leyendo la reflexión de Jean Renoir sobre su vida y sus películas entiendes la complejidad, la tolerancia y el lirismo de su mirada sobre los seres humanos que refleja su cine. Tampoco tienen desperdicio las de ese hombre de acción y poeta del fracaso llamado John Huston, incluida la lista de cosas que no volvería a hacer si dispusiera de otra vida, en A libro abierto. Kazan sabía mucho del cine y de supervivencia, pero eso no justifica que sea tan escapista y mentiroso con su abyecta delación durante la caza de brujas al contarnos su vida. Arthur Miller, uno de los amigos a los que delató Kazan, demuestra potencia expresiva, pero también dignidad, en su espléndida autobiografía Vueltas al tiempo. Todo en el rostro y en la personalidad de Simone Signoret reflejaba talento existencial. Sus recuerdos y sus opiniones en La nostalgia ya no es lo que era están a la altura de esa inteligencia y de esa vida tan vivida. Y, cómo no, me quedé con hambre de saber todavía más cosas del maravilloso Michael Caine al terminar el muy divertido Mi vida y yo. Tenemos suerte. Me cuentan que la continuación está cercana.

La primera vez que tuve noticia del ensayista Christopher Hitchens fue en la deslumbrante autobiografía de Martin Amis Experiencia. Pero, mea culpa, no había leído sus libros ni sus artículos al sumergirme con permanente hipnosis en sus memorias, tituladas Hitch- 22 y publicadas un año antes de su muerte. O sea, empiezo mi conocimiento por el final, cuando este magistral estilita y veraz ser humano decide que le han ocurrido las suficientes cosas en la existencia como para hacer definitivo repaso de ellas. Y lo que cuenta, pero sobre todo, cómo lo cuenta, revela un cerebro, un corazón, una valentía, una capacidad para escapar del cómodo autoengaño y del dogma, una sutileza descriptiva, una mordacidad, una cultura y una autenticidad que están más allá del elogio, que enamoran.

Militante en sucesivas causas perdidas, amigo hasta las últimas consecuencias de sus amigos (la cantidad de talento que se concentra en ellos es abrumadora, hablo de Martin Amis, Ian McEwan, Edward Said, Susan Sontag, James Fenton, Salman Rushdie, gente así), trotamundos vocacional en peligrosas geografías del planeta, polemista con argumentos, desertor de rebaños y de convenciones, todo en su escritura y en su actitud vital revela a un hombre tan inteligente como honesto. Lees sin prisas y sin pausas estas memorias, admirando su brillantez narrativa, haciéndote pensar, dudar y sentir. Capítulos como los dedicados a la evocación de su suicida madre y a su educación infantil y adolescente son inolvidables. Mi descubrimiento de Hitchens ha sido tardío, pero mejor tarde que nunca. Me esperan sus libros Dios no es bueno y Dios no existe. Aunque yo no fuera agnóstico, seguro que acababa dándole la razón. O replanteándome mi fe. Es así de persuasivo y seductor.

Hitch-22. Christopher Hitchens. Traducción de Daniel Rodríguez Gascón. Debate. Barcelona, 2011. 29,90 euros (electrónico: 17,90). Dios no es bueno y Dios no existe (Debate y Debolsillo).

El País

miércoles, 21 de marzo de 2012

El unicornio es tímido

Adolfo Bioy Casares dijo alguna vez que, viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras. Más cercano a nuestro tiempo, hubo sin duda un momento en el que lectores escépticos empezaron a distinguir entre las ficciones fantásticas y las reales. Las segundas tratan, con ostentativo cuidado, de evitar toda insinuación de fantasmas, licántropos y platos voladores; las primeras, más generosas, admiten que ningún hecho es, desde la perspectiva humana, enteramente comprensible y por lo tanto narran con igual precaución la supuesta locura de Hamlet y la misteriosa conducta del Doctor Hyde.

No toda literatura fantástica lo es de la misma manera. Por un lado, está aquella en la que es fantástico el mundo en el que transcurre la narración, pero no así los eventos mismos. Árboles azules y ríos de fuego pueden formar parte del paisaje, pero quienes allí viven deben plegarse implacablemente a las reglas físicas de estos elementos que, para ellos, no son insólitos. Así en el mundo de Alicia los animales hablan y los naipes están vivos, pero tanto estos como Alicia deben obedecer a la implacable lógica de su condición existencial. Por otro, hay una literatura fantástica en la que el mundo de los eventos narrados es tan real como el nuestro, salvo que en él ocurre algo (un desliz en el tiempo, un salto en el espacio, una inesperada metamorfosis) que lleva al lector a sospechar que, aunque existen explicaciones lógicas para lo ocurrido (el evento fue soñado, el protagonista estaba loco, hubo una inesperada coincidencia), sólo una explicación fantástica resulta satisfactoria. En castellano, hay pocos ejemplos exitosos del primer género (El exiliado de aquí y allá de Juan Goytisolo y Olvidado Rey Gudú de Ana María Matute, por ejemplo), y muchos del segundo (Borges y compañía).

Hay quizás una tercera versión de la literatura fantástica que combina lo mejor de ambas. Sus antepasados son las leyendas de Bécquer y los decorativos cuentos de Rubén Darío; sus más destacados artífices, Felisberto Hernández, Max Aub, Armonía Somers, Silvina Ocampo, Virgilio Piñera, Salvador Garmendia y el misterioso Francisco Tario, rescatado ahora por Atalanta, con un espléndido prefacio de Alejandro Toledo. Hijo de españoles, Tario nació en México en 1911, bajo el nombre de Francisco Peláez Vega. Eligió su seudónimo porque le gustaba su sonido, y también que su significado, en lengua tarasca, fuera “lugar de ídolos”. Fue pianista, portero del Club Asturias, gerente de tres cines en Acapulco, y escritor, aunque sin pertenecer a ningún cenáculo. Tras la muerte de su mujer, se instaló en Madrid, donde falleció unos quince años más tarde, en 1977. Sus libros incluyen novelas, cuentos y aforismos. Dijo que sus mayores fueron Kafka, Supervielle e Ionesco. Despreció la ciencia-ficción.

En los cuentos fantásticos de Tario lo imposible convive con lo rutinario, lo trágico se vuelve agriamente cómico, lo absurdo irremediablemente lógico. Sus protagonistas son objetos, animales, cosas indefinidas: un féretro enamorado de una jovencita en duelo, un barco que recuerda el ebrio de Rimbaud, una gallina vengadora, un perro fiel hasta la muerte, un traje gris con veleidades metafísicas, un antropófago convincente, un incestuoso y erudito soñador, un niño inocente y aterrador, una caterva de seres monstruosos o fantasmagóricos.

Gabriel García Márquez afirmó alguna vez que el relato de Tario La noche de Margaret Rose era uno de los mejores del siglo XX. Ciertamente es uno de los más extraños, con algo de las alucinaciones de Nerval y algo de las pesadillas de Poe, pero muchos de los otros no son menos buenos. Tario escribe con precisión clínica, sin que el lector tome conciencia de que el narrador está inventando, convenciéndolo, no de la verosimilitud sino de la verdad de lo que está contando. Algo insólito ocurre, algo extraordinario aparece, y de inmediato Tario banaliza el evento con muestras de razonable conducta y sentido común, desplazando así lo fantástico a los márgenes de la historia. Un ejemplo bastará. En el cuento ‘El mico’, la narradora describe su relación con una suerte de mono que descubre en su casa. De pronto, la criatura le alarga los brazos y le dice “mamá”. “Fue el comienzo de una nueva vida, de una rara experiencia que yo jamás había previsto, porque, a partir de aquella fecha, las cosas no fueron ya tan halagüeñas, y dondequiera que me hallara, en el instante más feliz del día, la dolorida palabra volvía a mí, oprimiéndome el corazón”.

Quizás la convicción que los cuentos de Tario despiertan en nosotros se deba a la calma y poética lógica que los gobierna. Cuando algo imposible ocurre en ellos, Tario apacigua nuestra falta de fe con un comentario banal, un detalle que vuelve lo inadmisible obvio. Ya en los antiguos bestiarios chinos se explicaba que una de las características principales del unicornio es su timidez, y que esa es la razón por la cual nadie ha podido observarlo.

El País

¿Para qué sirve la poesía?

Tal vez en versos como el de William Butler Yeats, que abre este artículo, está la respuesta a la pregunta del post: ¿Para que sirve la poesía? Porque esas palabras en verso no solo condensan de manera luminosa la pregunta, la duda y el sentimiento de un enamorado sino que trasciende su fin original para adaptarse y escarbar en otros aspectos de la vida.

Y buscar respuestas a ¿para qué sirve la poesía? es la manera que propongo hoy de celebrar el Día Mundial de la Poesía. El año pasado lo hice con la pregunta ¿Qué es la poesía?, por eso en este 2012 abró un nuevo capítulo para que entre todos recordemos y reinvindiquemos un arte maravilloso. Un arte que más allá de proporcionarnos belleza nos sirve para que através de ella veamos, rescatemos o nombremos aspectos diversos del sentir, del sueño y de la realidad.

Una respuesta estaría en las palabras de Aristóteles: "La poesía es más profunda y más filosófica que la historia".

La buena poesía, desde luego, trasciende su cometido y abarca sus alrededores como un faro en la noche. Voltaire lo resumió así: "La poesía tiene un mérito que pocas personas negarán: dice más y en menos palabras que la prosa".

Aunque Emily Dickinson nos ofrece una recomendación:
"Toda la verdad decidla pero al sesgo-
el éxito mora en rodeos
demasiado brillante para nuestro doliente deleite
la verdad soberbia sorprende

como el relámpago a los niños
que una buena explicación tranquiliza
la verdad tiene que deslumbrar gradualmente
o todo hombre será ciego-".

Verdades en poemas cuyos versos nos llevan desde dentro hacia fuera, y, sobre todo, de palabras e ideas externas que se adentran en cada uno, como lo expresara Juan Ramón Jiménez:

"De pronto, me dilata
mi idea,
y me hace mayor que el universo.

Entonces, todo
se me queda dentro. Estrellas
duras, hondos mares,
ideas de otros, tierras
vírjenes, son mi alma.

Y en todo mando yo,
mientras sin comprenderme,
todo en mí piensa".

Poesía, versos, cuya finalidad la resume el poeta español José Manuel Caballero Bonald: "La poesía sirve para enriquecer la sensibilidad del lector".

Y tú, ¿Para qué crees que sirve la poesía? Y si lo decimos con poemas, pues, mejor que mejor...

El País

martes, 20 de marzo de 2012

Montsalvatge, un centenario que arranca con buen pie

Medio violín, una butaca y un piano. El título, muy acertado, es común a la exposición abierta en el Palau Robert de Barcelona y el documental de Jesús Alvira sobre la vida y la obra del compositor Xavier Montsavatge, de cuyo nacimiento se cumple ahora el siglo. Medio violín porque, pese a haberse inciado en la música con ese instrumento que los Reyes Magos le dejaron cuando contaba apenas ocho años (había nacido en Girona el 11 de marzo de 1912 -y pese a haber tenido en el Conservatorio a un maestro de renombre como Francesc Costa- él entendió muy pronto que como intérprete le faltaba “aplomo” (la expresión es suya). Una butaca, concretamente la primera del proscenio izquierdo de anfiteatro del Palau de la Música de Barcelona, desde la que desarrolló su intensa labor como crítico musical, a partir de 1939 en Destino, semanario del que fue director en 1969 substituyendo a Néstor Luján, y desde 1962 en La Vanguardia. Y un piano, porque, pese a que nunca lo dominó, sobre este instrumento desarrolló su trabajo de compositor, avergozándose por ello hasta que descubrió que su admirado Stravinski también escribió toda su obra sobre el teclado, antes de proceder a la transcripción para orquesta.

Dijo el que fue crítico de este diario y gran estudioso de la música española Enrique Franco que Xavier Montsalvatge se encontró como compositor entre el nacionalismo de la generación precedente –Albéniz, Falla y Granados: su primera crítica en Destino fue sobre el estreno de Goyescas en el Liceo- y la vertiginosa sucesión de –ismos que sacudieron la creación artística de la segunda mitad del siglo XX. Precisamente, esta posición permanente entre dos aguas es lo que le permitió gozar de una apertura de miras, única en la España de posguerra, sobre la que construyó un insobornable estilo propio que hace que su música, como la de Stravinski, sea reconocible desde casi la primera audición.

Naturalmente, alcanzar esa libertad no fue una tarea fácil. Procedía de una familia de banqueros gerundenses ya en decadencia cuando él llegó a este mundo. Su padre, según el retrato que de esta familia trazó Josep Pla, era un dandi modernista amigo de artistas que murió siendo el compositor todavía un niño, y seguramente ese ambiente propició que el chico pudiera dedicarse a la música, una actividad en principio no demasiado bien vista desde la perspectiva de la estabilidad burguesa. La muerte del padre, además, provocó el traslado de la familia a Barcelona, ciudad de la que Montsalvatge ya nunca más habría de moverse. En el Conservatorio, por entonces instalado en el Castell dels Tres Dragons del parque de la Ciutadella -obra de Domènech i Montaner-, encontró un clima encendidamente wagneriano y dogmático, del que más tarde renegó con finísima ironía. Tuvo por profesores a Enric Morera, Lluís Millet, Jaume Pahissa y el ya citado Francesc Costa, esto es la flor y nata del modernismo musical catalán que había firmado un pacto de sangre con el ciclón procedente de Bayreuth.

MontsalvatgeexpoToda la trayectoria posterior de Montsalvatge consistió en liberarse de esa losa, apostando por una visión mucho más diversificada y abierta de la modernidad. Su principal referente fue Francia, tanto en terreno musical como literario. Los compositores de entreguerras de aquel país –Ravel, Milhaud, Poulenc, Satie- constituyeron su primera vía de escape, en seguida ampliada a territorios mucho más distantes: Bartok, Gershwin, Puccini, Stravinski, Rachmaninov y Prokofiev, entre otros. Y en España principalmente Manuel de Falla. Es sintomático que el círculo de artistas nacido en 1947 al calor del Instituto Francés con el que Montsalvatge se relacionó estrechamente llevara el nombre del ilustre compositor gaditano. Formaron parte de él, entre otros, Albert Blancafort, Josep Cercós, su íntimo amigo Manuel Valls –también crítico y compositor, autor del himno del Barça- y Josep Maria Mestres Quadreny.

Pero a la hora de ponerse componer en la inmediata posguerra, Montsalvatge buscó un referente todavía más lejano: la música antillana. En un vídeo que puede verse en la exposición el maestro explicaba que no sabía exactamente de dónde le llegaba esa atracción: acaso de su condición de enamorado de la Costa Brava, de donde partían los pailebotes rumbo a Cuba, o tal vez de su condción de amante incondicional de los ritmos de danza (su catálogo de obras contiene numerosos ballets). En 1944 emprendió un célebre viaje por dicha costa en compañía de Néstor Luján, Josep Pla y el pintor Josep Maria Prim para recoger, a la manera de Bartok pero sin magnetofón, las habaneras que cantaban los pescadores, trabajo que se vio plasmado en un álbum. De 1943 datan sus Tres divertimenos, estrenados por la pianista Rosa Sabater, y de 1945 sus celebérrimas Cinco canciones negras, interpretadas por primera vez por Mercè Plantada y que luego cantarían por todo el mundo Victoria de los Ángeles, Teresa Berganza y Montserrat Caballé.

La estrecha relación con los intérpretes de sus obras forma un capítulo indosociable de la creación de Montsalvatge. En efecto su Concerto breve fue dedicado a Alicia de Larrocha, como lo fue el de arpa a Nicanor Zabaleta, el de clavicémbalo a Rafael Puyana, el de violín a Henryk Szeryng y el de guitarra a Narciso Yepes. Estuvo también en contacto con varios artistas plásticos, entre ellos su gran amigo Manolo Hugué, quien realizó un busto suyo de joven, visible en la exposición. Él mismo tenía muy buen trazo, como puede apreciarse en un autorretrato. Todo ello configura un universo de gran apertura intelectual, a la par que traza el perfil de un artista singular, culto, inteligente, irónico, muy amigo de sus amigos, incluidos los músicos, Eduard Todrà, Manuel Valls y Frederic Mompou en primera línea. A este último le dedicó Sí, a Mompou (1983), cuando el autor de la Música callada cumplió los 90 años. Autor de tres óperas, compuso también varias bandas sonoras para películas, en particular para Jaime Camino (con Dragon Rapid obtuvo un Goya a la mejor música cinematográfica).

El centenario del nacimiento está siendo una buena ocasión para descubrir la poderosa personalidad de Xavier Montsalvatge. Por cierto, la exposición del Palau Robert viajará próximamente a Girona y después del verano recalará en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, antes de dar el salto a Nueva York, donde permanecerá hasta final de año. En cuanto al documental, trazado sobre el testimonio de quienes le conocieron más estrechamente, empezando por sus dos hijos Xavier e Yvette, podrá verse el 1 de abril por La 2, dentro de su programa Imprescindibles. Próximamente aparecerá una biografía de José Guerrero Martín y se están programando muchos conciertos con obra suya. Coincidiendo con la fecha exacta del nacimiento, el pasado domingo se ofreció uno en Girona, con la Orquesta de Cadaqués, la soprano Ainhoa Arteta y el pianista Albert Guinovart, en el que se estrenó la obra Petita suite burlesca, para violín y cuarteto de viento. Un centenario pues que ha arrancado con muy buen pie.

El Pais

Una fuente para el siglo XXI

Catherine Camus publica en España el libro 'Albert Camus. Solitario y solidario' (Plataforma), un amplio álbum de fotografías familiares y cómplices de su padre, cuya obra, afirma, da "mucho oxígeno" a quien la lee.

Albert Camus murió hace 52 años, pero su obra sigue vigente y da "mucho oxígeno" a quien la lee, afirma su hija, Catherine Camus, quien acaba de publicar en español un libro de fotografías en el que repasa la vida del autor de El extranjero y proyecta los focos sobre "su lado español". "Durante toda mi vida intenté infatigablemente recuperar lo que había de España en mi sangre, pues para mí era la verdad", escribió Camus en Carnets, 1949-1959, en alusión a sus orígenes baleares. Es uno de los muchos textos de carácter autobiográfico extractados de la obra de Camus con los que su hija documenta Albert Camus. Solitario y solidario (Plataforma), una suerte de álbum de fotos de gran formato que ofrece una excepcional visión panorámica y cronológica de este novelista, ensayista, dramaturgo y filósofo francés nacido en Argelia el 7 de noviembre de 1913.

Los mitos que propone Camus en su variada obra y que transitan por las páginas de La caída, Los justos y La peste, revelan "la verdad profunda de la naturaleza humana", destaca Catherine. "Leer a Camus puede hacer mucho bien" y "más en esta época de consumismo e individualismo en la que se fomenta la reacción epidérmica, sin reflexión", y en la que "se han reemplazado los valores humanos por los de desprecio y eficacia". Una época, continúa, en la que "la búsqueda de éxito conduce a unos hombres a servirse de otros como medios", y además "la gente piensa que solo tiene derechos y se olvida de sus deberes", asegura Catherine Camus (Francia, 1945).

El amor a la libertad y el respeto al ser humano, así como la lucha contra cualquier forma de opresión, que le llevó a ser uno de los primeros hombres de izquierdas en denunciar los regímenes comunistas, lo que le valió la reprobación de prestigiosos intelectuales de su época, con Jean-Paul Sartre a la cabeza, son algunos de los rasgos que definen los principios de Camus. "En los catorce años de vida que pasé a su lado, me abrió caminos que me permitieron vivir y sobrevivir. Todavía hoy la vida me parece cruel, pero de una riqueza y una belleza fabulosas. El me enseñó a verlo", se sincera Catherine Camus, quien en septiembre próximo, al igual que su hermano gemelo (Jean), cumplirá 67 años. Sin su mirada, "grave, pero cargada de dulzura y tolerancia", que refleja la foto de la portada y que le daba "confianza", ella, asegura, no habría podido mantenerse "en pie".

Camus murió trágicamente el 4 de enero de 1960 al estrellarse el coche en el que viajaba de copiloto contra un árbol, en una carretera a las afueras de París. Dejó tras de sí una producción que había sido premiada con el Nobel de Literatura tres años antes. La Academia sueca le concedió en 1957 el más preciado galardón de las letras cuando Camus contaba solo 44 años, y lo hizo, según explicó entonces, por "una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy".

"La vida es dura, pero hay artistas que dan oxígeno, y creo que papá da mucho", dice Catherine Camus, con voz dulce y pausada, en conversación telefónica desde el sur de Francia. Gracias al dinero del Nobel, Camus, criado en el seno de una familia muy pobre y originaria de Menorca por parte de madre, pudo comprarse una casona en Lourmarin, un pueblo cuya luminosidad y paisaje le recordaba a su Argelia natal y donde ahora vive su hija. Unica albacea de la producción literaria de Camus desde que tenía 34 años -a la muerte de su madre-, le gustaría jubilarse, pero sigue trabajando y espera que la edición en español de este libro sirva para "que la gente le conozca mejor y sepa cuánto amó a España".

"Mi padre era sensual, al contrario que muchos otros intelectuales, su mensaje pasaba también por el vientre y por el corazón", afirma, y subraya la "coherencia" que existe entre la persona y el escritor en el caso del autor de El primer hombre. "Era un ser humano completo, que amaba la vida, a las mujeres, comer bien, bailar, la naturaleza, el sol, el fútbol...", y, por encima de todo, adoraba a su madre, una mujer casi sordomuda que limpiaba casas y que enviudó cuando él tenía apenas un año". A él le salvaron de la miseria su talento y la cultura, "elemento salvador para los desheredados del mundo", dice su hija.

Gran seductor, se casó dos veces. De Simone Hié, morfinómana, se divorció tras descubrir que le era infiel. De Francine Faure nunca se separó, pese a que él tuvo otras relaciones, entre las que destacó la mantenida con la actriz María Casares, también de origen español. Camus, según su hija, se sentía muy unido a Casares, a quien ella conoció al final de su vida, y dice que la quiso "mucho". "Estaba llena de vida y de alegría", recuerda, y desvela que "la mujer que corre por la playa al final de El primer hombre es ella".

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