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Pruebas

jueves, 22 de marzo de 2012

Un arte que agoniza

Anatomía de la influencia es un tratado sobre los autores eminentes que pueblan el olimpo de la literatura occidental. Aunque en esta ocasión Harold Bloom es elegíaco y celebra sus 80 años con un testamento: “Ya no lucharé contra los Resentidos. Nos uniremos todos en nuestro polvo común”.

Bloom reitera en esta larga meditación su teoría sobre la ansiedad que corroe a los grandes escritores, nos contagia el fervor religioso por la lectura, nos introduce en la sutileza de su discurso hermético y nos remite al origen de su veneración: al inolvidable asombro que producen las grandes obras cuando se leen por primera vez.

Lo excepcionalmente notorio en Bloom es la persuasión de su estilo y cómo elude el tedioso razonamiento académico. Pero no es fácil seguirle: su celebración de la literatura exige una solvente familiaridad con los libros supremos y saberlos de memoria tras una lectura tan extensa como profunda.

La ansiedad y la influencia son el secreto de la imaginación literaria y sin esta energía el escritor deambulará sin nada que hacer. Bloom es un déspota muy ilustrado y sus razones se sancionan a sí mismas como profecías. Traza el mapa de los senderos que unen a cada escritor eminente con todos los demás y menciona la influencia que algunos han llegado a tener sobre sus antepasados. Una conjetura que perturba la buena fe de sus lectores.

Solo por las grandes obras literarias llegaremos a saber quién somos, sostiene el gran crítico norteamericano

Bloom es elocuente, reiterativo, insistente, pues considera que nada ha sido cabalmente entendido. Las obras maestras, advierte, están por encima de nuestra comprensión. Salvo que nos propongamos leerlas una y otra vez durante toda la vida.

El viejo crítico Bloom dedica un último desdén a los resentidos —los melifluos, torturados y hostiles resentidos— y con alegría adolescente vivifica el entusiasmo de la primera lectura. Bloom expande este espíritu insolente, lo incrementa, lo santifica.

Los grandes escritores han sido conmovidos por una envidia sagrada, dice, pero nadie escoge al maestro de su veneración. Cada autor eminente ha sido elegido por su precursor literario. O aceptamos esta violenta premisa o la rechazamos. No es objeto de discusión. La influencia produce ansiedad y ésta obliga a evocar, imitar, saquear y suplantar al autor predilecto. Pero sin la complicidad del antepasado ilustre, la obra literaria sólo será un simulacro.

Bloom, que se considera un laico de inclinaciones gnósticas, un esteta literario que idolatra a Shakespeare, un hereje judío, un lector esotérico, un crítico longiano que celebra lo sublime como la suprema virtud estética, afirma que la gran literatura existe y que es posible apreciar “el brío de una energía sobrenatural en su vigor lingüístico”. Bloom ha resultado ser un arconte de esa Religión Americana cuyo único dogma es la Seguridad en Uno Mismo. Una especie de entereza o unión de cada hombre con el sí mismo desconocido.

Si alguno necesitara abreviar los libros de Bloom en un único párrafo, quizá podría conformarse con lo siguiente: “Shakespeare, que no profesa ninguna creencia y que es sabio sin énfasis ni agresividad, posee su propio método de conocimiento y es el precursor de todo el mundo: Walt Whitman, James Joyce, Herman Melville, William Blake, Emily Dickinson, Sigmund Freud, Marcel Proust, Samuel Becket, Franz Kafka, Pessoa, Borges…”.

¿Por quién se siente elegido Bloom? A ratos por Ralph Waldo Emerson y en otras ocasiones por Samuel Johnson. Aunque esto debería decirlo él, y no yo. Cuando Bloom recuerda al que ha sido considerado el primer filósofo americano da la sensación de estar hablando de sí mismo: “Leer a Emerson resulta a veces desconcertante, en parte porque es un aforista que piensa en frases aisladas. Sus párrafos resultan a menudo espasmódicos, y su mente incansable está siempre en alguna encrucijada”.

Bloom es una figura señera de nuestro tiempo que acude en socorro del lector agobiado por la trivialidad contemporánea y le anima a frecuentar sin complejos los grandes monumentos literarios. Bloom afirma que leer, releer, evaluar y apreciar es el verdadero arte de la crítica literaria en un mundo en el que los libros malos desplazan a los buenos y leer es un arte que agoniza.

¿Cuál es la influencia de Bloom en España? Anagrama, Taurus, Páginas de Espuma y otros editores lo mantienen en sus catálogos pues ha conseguido una considerable atención entre los lectores que aceptan su gran epigrama: sólo por las grandes obras literarias llegaremos a saber quién somos —y la sentencia inversa sigue siendo cierta.

¿Cómo modifica Bloom la conciencia que la literatura tiene de sí misma? Su credo irónico, y ciertamente melancólico, consagra la rivalidad entre los dos grandes impacientes de nuestro tiempo: el escritor que quiere ser el Yo de sus lectores y el autor que quiere ser el Yo de sí mismo. No sólo dos modos de entender la literatura sino dos maneras de estar en el mundo, dos estilos de vida. El escritor que se ha propuesto contar historias sale al encuentro de los hombres; el autor que las concibe, los espera con recelo. Mientras aquél escribe para un público vehemente; éste lo hace para una mentalidad. Mientras uno intuye con habilidad el gusto de la multitud; el otro cultiva lo que no ha sido degustado. Uno celebra la fama; el otro sólo teme al destino. El escritor se deleita con su éxito; el autor se pondera con perplejidad. Uno es narcisista; el otro, solipsista. Uno es el fruto de la admiración popular; el otro lamenta la suerte de no serlo.

Dos estirpes, podría decirse, condenadas a una perpetua porfía, forjan cada una a su manera, con destreza narrativa y ensimismamiento sapiencial, el arte de la ficción que hoy nos entretiene o nos desvela.

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