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Pruebas

jueves, 15 de marzo de 2012

El silencio de Dios

Runciman, en su Historia de las Cruzadas, da noticia de esta asombrosa peregrinación infantil, ocurrida en el verano de 1212, y cuyo destino último fue la esclavitud y el martirio, cuando no la muerte en los caminos o el naufragio en aguas de Cerdeña. Antes, en 1096, Pedro el Ermitaño había reunido en Colonia un fatigado ejército de campesinos que acabará sus días, tras saquear Belgrado y vadear Constantinopla, en las ardientes arenas de Nicea. Sobre ese ejemplo de Cruzada popular, auspiciada por señales celestes, un pastor del Orlanesado y un muchacho de Renania acaudillaron las muchedumbres infantiles que protagonizan este soberbio libro de Marcel Schwob, publicado en 1896.

Esteban, niño de doce años, había predicado a las puertas de Saint Denis las necesidad de su Cruzada, pronosticando que se abriría el mar a su paso, como en el relato bíblico; Nicolás, ante el sepulcro de los Reyes Magos de Colonia, había vaticinado similares lances y prodigios. Fueron más de 30.000 los infantes que se unieron, en Francia y Renania, a esta doble marcha que pretendía la conversión incruenta de Palestina. Los alemanes, ante la impasibilidad de las aguas, hubieron de volverse a sus casas, desde Génova y Brindisi, pereciendo en gran número por la extenuación y el sofoco. Los franceses, partiendo de Vendôme, embarcaron en Marsella hacia un destino aciago. El acierto de Schwob no es éste de atenerse rigurosamente a los hechos, como así ocurre; sino el de prestarle su voz, una voz sumida en el temor y el asombro, en la seguridad del milagro, a los personajes de aquel vasto drama. El relato del Papa Inocencio, junto con los del goliardo y el leproso, son quizá los mejores de este cruce de monólogos. Las ilustraciones de Deragnès y la traducción de Luis Alberto de Cuenca (reciente Premio Nacional de Traducción por su Cantar de Valtario) son el feliz corolario a esta extraña y fascinante obra.