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La gran novela de la revolución industrial

Cuando Dickens publicó Tiempos difíciles por entregas en su revista Palabras del hogar entre abril y agosto de 1854, culminaba la primera revolución industrial. El símbolo de esta culminación fue la Gran Exposición Universal de 1851, primera de la historia. Tres años más tarde Dickens denunciaba las zonas de sombra de ese esplendor económico. Pese a la limitación de la jornada laboral a doce horas (1802), la prohibición del trabajo de niños menores de diez años (1819) o el de mujeres y niños en las minas (1849), medidas insuficientes y frecuentemente incumplidas, las penosas condiciones de vida en los centros industriales fueron creando un clima de reivindicación social del que irían naciendo el ludismo, la Great Trade Union, el cartismo, la Primera Internacional Obrera, el socialismo utópico o el socialismo científico.

Todo había cambiado brutalmente en tan poco tiempo que de una generación a otra la nueva explotación industrial se había generalizado, la naturaleza se había contaminado y las ciudades se habían convertido en gigantescas concentraciones insalubres. Londres pasó de 700.000 habitantes en 1780 a un millón en 1800, 2,5 millones en 1850 y 6,6 millones en 1900. El mismo año de la publicación de Tiempos difíciles estas pésimas condiciones higiénicas provocaron una epidemia de cólera.

Dickens había sido un seguidor del cartismo y un admirador de Thomas Carlyle, cuyas obras La revolución francesa (1837) y El cartismo (1839) le habían impresionado profundamente. La primera está en el origen de Una historia de dos ciudades y la segunda en el de Tiempos difíciles. La amistad con el arqueólogo, diplomático y político liberal y reformista Austen Henry Layard, invitado frecuente en Tavistock House desde 1851, y la estancia en Italia con Layard y el también reformista Lord Somers en 1853, fueron decisivas en la creación de esta novela, que empezó a escribir en enero de 1854.

Se trata de un crudo retrato de los efectos de la revolución industrial, la inhumanidad de los empresarios, la educación de los niños entendida como grosero pragmatismo utilitarista que se pretende realista y científico, la basta prepotencia de los nuevos ricos hechos a sí mismos, la indefensión de los trabajadores y el conflicto que inevitablemente estalla cuando el Estado no pone freno a la explotación.

Partidario de la evolución, no de la revolución, y del acuerdo basado en una justicia matizada por la bondad de corazón, no del enfrentamiento, Dickens traza un cuadro sombrío de los explotadores ("¡con cuchara de oro, quieren comer con cuchara de oro!", repite el patrono cada vez que se le plantea la más tímida mejora de las condiciones de vida de los obreros) y de los agitadores que utilizan a los obreros como carne de cañón revolucionaria. Entre unos y otros sitúa a sus prototipos positivos -el obrero Stephen Blackpool, sobre todo- como víctimas de ambos, aunque sobre todo de los primeros. Es melodramática y genialmente caricaturesca en la minuciosa creación de tipos. Es Dickens. Y además, cabreado. No es de extrañar que Ruskin y Bernard Shaw la consideraran su mejor novela.

Baste para abrir las hambres de lectura de quien no la haya leído esta descripción, tan actual, de la ciudad industrial: "Coketown era una ciudad de ladrillos rojos, o de ladrillos que habrían sido rojos si el humo y las cenizas lo hubieran permitido. (...) Una ciudad de máquinas y altas chimeneas por las que salían interminables serpientes de humo. (…) Pasaba por ella un negro canal y un río de aguas teñidas de púrpura maloliente. Tenía grandes bloques de edificios en cuyo interior resonaba todo el día el continuo traqueteo y temblor del émbolo de la máquina de vapor que subía y bajaba con monotonía, como la cabeza de un elefante enloquecido de monotonía. Contenía varias calles muy grandes, todas muy semejantes unas a otras, y muchas calles pequeñas todavía más parecidas entre sí, habitadas por personas también iguales unas a otras, que entraban y salían todas a las mismas horas, produciendo el mismo ruido sobre las mismas aceras, para hacer el mismo trabajo, y para quienes todos los días eran iguales, sin diferencias entre el ayer y el mañana, y todos los años la repetición de los anteriores y de los siguientes".

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