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Si eres amante de la lectura, tiene todas las llaves que te puede dar este humilde blog para continuar en tu viaje.

Pruebas

viernes, 8 de mayo de 2015

Pisando ceniza

Las cosas solo suceden a quien sabe contarlas, dice el narrador de este libro. Ese narrador que es un joven librero, dedicado en el Madrid plomizo de los años 70 a vender libros prohibidos en una trastienda de la calle Génova. El mismo narrador que es también el editor del poeta José Bergamín, con quien recorre España a bordo de un descapotable amarillo, a punto siempre de matarse por las curvas de Despeñaperros, siguiendo a un gitano torero que se llamaba Rafael. Y también el narrador que es un niño y luego un joven y luego un hijo pródigo en su pueblo de Burgos, oyendo las historias de los viejos en la taberna, y los recuerdos engarzados de su madre ante la tumba de su hermano.

Ese narrador que pisa el bosque quemado alrededor de la casa de su infancia es Manuel Arroyo-Stephens, librero y editor impar, escritor sentimental hasta donde lo permite la anglofilia, fundador de esta editorial que hoy recoge sus relatos sin saber si son novela o autobiografía, o quizá una historia de España hecha de lecturas, viajes, amigos y recuerdos. 
[Comienzo del libro]
Una tarde de invierno un tipo de aspecto sombrío que había estado merodeando por la librería esperó a que se fueran todos los clientes y se me acercó cuando estaba a punto de decirle que íbamos a cerrar. Llevaba una gran bolsa de plástico en la mano y me dijo con aire misterioso que quería enseñarme algo. Si no me importaba le gustaría hacerlo en la parte de atrás, donde podíamos hablar a solas. Le dije que mejor volviese en otro momento porque era tarde, pero fingió no oírme. Se acercó a la mesa de novedades que teníamos más cerca y sacó de la bolsa un estuche. Contenía varios volúmenes encuadernados en piel. Los desplegó sobre la mesa y se quedó observándome. 
Mire esto, dijo con voz temblorosa. Era la edición en cinco tomos del facsímil de Hora de España. Yo había oído hablar de aquella mítica revista, la mejor quese publicó durante la Guerra Civil. La mencionaban con reverencia los que habían visto algún número suelto, que aparecía de tarde en tarde en las librerías de lance. Si alguien se hacía con un ejemplar lo escondía en su biblioteca y se lo enseñaba a los amigos como un trofeo raro y prohibido. Otros presumían de haberla conocido cuando se publicaba pero hacía años que no la veían. Recordaban a muchos de los colaboradores y su maravilloso diseño gráfico con un gesto expresivo y nostálgico. Yo no había conseguido ver ni siquiera un número suelto.
Deposité el pesado estuche sobre una mesa y hojeé el primer volumen. Nunca había visto nada tan bien diseñado, tan bien impreso, tan bien encuadernado. Ni soñando se hubiera podido en la España que yo conocía hacer algo así. Por no hablar del contenido y de las ilustraciones. Todos los grandes escritores fieles a la República habían colaborado en sus páginas. Por fin lo podía comprobar revisando los índices. Quienes hablaban de la maravilla que era esa revista se habían quedado cortos.

jueves, 7 de mayo de 2015

Mi genio es un enano llamado Walter Ego

Claudia Hammerschmidt basa su estudio sobre Guillermo Cabrera Infante en la simultaneidad de vaciamiento y remotivación de la lengua; en la de la pérdida y recuperación del control sobre las fuerzas que operan en todo acto de habla; en la de la carencia de poder autorial y la reapropiación retrospectiva del propio texto. De esta manera, desvela una técnica consistente en una constante reescritura, por la cual todos los textos del autor cubano se convierten en un pasaje permanente que permite (y exige) la reinscripción y la reafirmación retrospectiva del mismo autor. Así, la escritura de Cabrera se instala en su propia hibridez de una pretensión de poder autorial sobre las palabras y en un exhibicionismo radical del fracaso de cada intento de expresión para poner en escena una poética de eterno recomienzo que hace renacer al autor como el ave fénix de entre las cenizas.  
Prólogo
Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza
aquí, mi desesperación de escritor [...]. Quizás los dioses
no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente,
pero este informe quedaría contaminado de literaturas,
de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble:
la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infi
nito [...]. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo; lo que
transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin
embargo, recogeré.
                                              Jorge Luis Borges,"El Aleph"
Una de las características de la llamada modernidad literaria es la discusión, inmanente a los textos, de las posibilidades miméticas de la escritura.1 Hacia 1900 la práctica de una escritura que refl eje la teoría lingüística, la autorrefl exión como apriorismo de cualquier texto, la discusión sobre lo insostenible de un discurso referencial o de la dimensión mimética de un texto no se limitaba al lenguaje de la literatura, y en especial al de la novela, sino que el lenguaje en sí se descubrió como incapaz de representar la ‘realidad'; hasta la ‘realidad extratextual', el llamado mundo real, fue considerado como producto del lenguaje.  
La insistencia estructuralista en la arbitrariedad de la relación signo-mundo, así como la saussuriana diferenciación entre significado y significante, son el reflejo de un planteamiento filosófico y teórico que se desvió de la concepción tradicional sobre la posibilidad de descubrir ‘la' verdad, y que (re)conoció todo enunciado definitivo sobre la realidad como inevitablemente provisional, inadecuado y falso. De este modo, por una parte, la realidad como tal empieza a ponerse en tela de juicio, y por otra el nietzscheano carácter engañoso del lenguaje va pasando al centro de mira. El lenguaje es siempre ‘mentira', de modo que acostumbrarse al carácter metafórico del lenguaje hace que la metáfora retórica misma parezca verdad.
     Esta aporía lingüístico-filosófica se intensifi cará aún más en el proceso literario mediante una consciencia formal del lenguaje que, sobre todo en el género narrativo, descubre como aporía el utópico intento de la representación mimética en el "discours du récit" mismo. La ‘forma' lingüística tampoco está sujeta a la voluntad de un sujeto autónomo que la represente: el lenguaje se escapa al control de su autor, de manera que el texto no es fruto de la voluntad autorial, sino que el propio autor se convierte en víctima de su lenguaje. 

viernes, 1 de mayo de 2015

Los «Errores infalibles

Un ensayo sobre el arte y los sueños, sobre las desdichas del éxito y el fracaso, sobre los errores infalibles, sobre la entereza. Un llamamiento a la insurrección estética diseñada con amor al arte.
En mayo de 2012, Neil Gaiman se subió a una tarima universitaria para pronunciar el discurso de graduación. Durante los siguientes diecinueve minutos expuso a los estudiantes sus ideas sobre la creatividad, el coraje y la entereza. Los animó a incumplir las normas, a pensar sin trabas ni barreras. Los incitó a cometer errores sin someterse a la dictadura del éxito. Les mostró las victorias del fracaso. A aquellos pintores, músicos, escritores y soñadores en ciernes les regaló una consigna: HACED BUEN ARTE. Este pequeño volumen contiene el texto completo de su estimulante arenga acentuado por el no menos vigoroso y original diseño de Pablo Martín.
«Cuando sintáis (no es imposible) que camináis desnudos por la calle; que mostráis demasiado de vuestro corazón, de vuestra mente, de vuestro interior; que exponéis demasiado, ése es el momento en que seguramente habéis dado en el clavo.» 
   
PÁGINAS DEL LIBRO 
17
de
mayo
de
2012 
Nunca imaginé que me vería dando
consejos a un grupo de graduandos
en un centro de estudios
superiores. Yo nunca obtuve un
título universitario. De hecho,
ni siquiera pasé por una de esas
venerables instituciones. Hui de la  
escuela  
tan pronto como pude

cuando se volvió

asfixiante la perspectiva de

cuatro

años

más


sometido a una educación

forzosa antes

de convertirme en

el escritor que quería ser. 

jueves, 30 de abril de 2015

Estación de cercanías

En este nuevo diario, Estación de cercanías, Juan Malpartida asume la memoria y la fijación del momento en una atractiva alianza de la reflexión y la afectividad, de pensamiento y los sentidos. Aunque no deja de responder en ocasiones a la urgencia de lo cotidiano, se trata de un diario que da cuenta de varias obsesiones: las ideas e imágenes que nos hemos dado sobre el tiempo y la Historia; las aportaciones de la neurociencia a la comprensión de la naturaleza humana; la revolución que supone tener en cuenta la realidad evolutiva de la vida, en la que estamos insertos, aunque sea de manera problemática; las tensiones entre creencia y conocimiento; la complejidad del deseo y de la pasión amorosa; y, finalmente, pero en el centro de esta Estación,  el fenómeno de la creación poética, que forma parte de una concepción del ser humano como eminentemente creador. 
Sin ser un ensayo -aunque lo es en cierto sentido muy literario-, Juan Malpartida pretende crear un espacio, una estación de cercanías; en ella, bitácora de lecturas, confluyen pequeñas reflexiones, pensamientos, diálogos con escritores y meditaciones sobre libros, que a modo de salidas al mundo, se comportan como trenes de cercanías: en la distancia corta, por afectiva y por su proximidad, tienen un carácter abiertamente confesional, dotando a la reflexión de una dimensión corporal, transformando el diario en un retrato de una mente y un cuerpo. 
Estamos ante un poeta que se asombra del universo y se sirve de la ciencia, de la filosofía y la literatura para intentar entender. Poesía y ciencia, de la mano, se convierten en instrumentos inseparables para comprender el mundo, para comprenderse a sí mismo: porque toda reflexión en este diario pasa por un cuerpo, por una biografía. La mentalidad científica supone la convivencia crítica, alerta, con los enigmas de la realidad. La del poeta es también esa convivencia: lo enigmático que busca su otro lado, la aparición. 
2012 
5 de enero
Debajo de varias carpetas, de un atado de fichas y una pequeña pirámide de malaquita, sé que hay un cuaderno con un relato que terminé antes del verano de dos mil once, Camino de casa. Apenas cien páginas en las que quise recrear una experiencia tan antigua como el hombre, pero que, desde mediados del siglo XIX, tomó una dimensión nueva. No es fácil formular dicha experiencia, pero quizás se podría decir que tiene que ver con el estado de nuestra conciencia al saber que somos productos de la evolución y que en nuestro ADN hay memoria de los otros animales y formas de vida que hemos sido. Cierto, esto es algo que estudian los niños en el colegio, pero sería un error por precipitación si pensáramos que lo hemos asimilado, entendiendo por tal una comprensión no superficial de sus implicaciones. El dato es éste, y podría ser formulado con más exactitud, pero las resonancias de tal información en el conocimiento que podemos tener de nosotros mismos son de una complejidad inabarcable. Quizás sea sencillo, en cierto sentido, pero es complejo porque lo hemos de entender en relación a nuestra historia, a los significados de nuestras creencias (de la religión al capricho) y filosofías. El cuaderno me espera ahí para ser revisado, aunque lo sé concluido, a falta sólo de subsanar alguna falta de concordancia, una repetición de palabras, un descuido. Como no es un ensayo, aunque lo sea en cierto sentido muy literario, no hay tampoco conclusiones, pero a mí me sirvió, entre otras cosas a las que no es ajena la tarea de inventarme en el despliegue espiral de lo narrativo, para descender a un arcano. He reflejado en otro libro, Reloj de viento, una especie de katabasis: esa experiencia de los pitagóricos de descenso iniciático, sólo que en mi novela estaba más bien simbolizado al situar a uno de los dos protagonistas en un sótano donde éste desarrolla su tarea, solitaria y colectiva a un tiempo. Anteriormente, en La tarde a la deriva, ubiqué a su antónimo (el otro lado de lo mismo) en la parte alta de la casa, donde desempeñaba su tarea de escritor. Esa oposición se resuelve al final de Reloj en una espiral en la que, al bajar uno de los personajes, el otro (el mismo) sube, no se ven, no pueden verse, pero se intuyen. Cada uno es un fantasma (una imagen) del otro.

     ¿Cuál es ese arcano? Por un lado, biográfico, pero sobre todo es algo que está más allá de mi individualidad y del que no tengo más remedio que afirmar que afecta a la especie. Pero Dios me libre de hablar en nombre de la especie. Me basta con contar el paseo que voy dando.

miércoles, 29 de abril de 2015

El maquinista del oído

Gert Jonke dedica estos cuatro breves relatos a una de sus mayores pasiones: la música. 
En «Tierna furia o El maquinista del oído», una breve obra de teatro que sigue representándose en Austria, Jonke, con su habitual humor y habilidad para imprimir un ritmo extremadamente ágil a sus narraciones, nos ofrece una visión más humanizada de Beethoven, y nos lo muestra como un hombre siempre pendiente de cualquier novedad técnica que pudiera ayudar a aliviar su sordera. 
«La cabeza de Georg Friedrich Händel» concentra en una misma fecha, el 13 de abril de distintos años, tres momentos cruciales de la vida del músico: el derrame cerebral que sufrió en 1737, la creación de su Mesías en 1741 y su muerte, en 1759. Con su gran erudición y su fina ironía, Jonke describe los últimos instantes de la vida del compositor.
En el melodrama musical «Un asunto extraño», Jonke recorre el amplio repertorio de trabajos que desempeñó el libretista Da Ponte y pone en escena su agitada vida.
«La muerte de Anton Webern» recrea un diálogo imaginario entre el compositor austríaco y el soldado estadounidense que le disparó tres balas. Dirigiéndose alternativamente al soldado y a su víctima, Jonke se interroga sobre esta muerte absurda y, sin embargo, llena de sentido.
Gert Jonke sigue la tradición musical de la literatura en lengua alemana que va desde románticos como Novalis y Friedrich Hölderlin hasta Thomas Bernhard e Ingeborg Bachmann.
«Gert Jonke es un compositor de textos en los que se refleja su compromiso con un estilo literario en que el sonido y el ritmo de las palabras tienen, como mínimo en términos formales, el mismo significante que su significado.» Guy Damman, The Guardian 
  
La cabeza de
Georg Friedrich Händel
En algunas regiones del mundo existe, en la primera noche de primavera, la costumbre de quemar el invierno en enormes piras situadas en las montañas y colinas más altas del país. Consideran que los últimos copos de nieve se marcharán entonces a más tardar, revoloteando con la lluvia de ceniza que echan los bosques, los cuales en muchos casos se incendian.
     En el año 1748, la paz de Aquisgrán se celebró quemando la guerra. Los tiempos mejores que estaban por venir habían de iniciarse con unos magníficos fuegos artificiales. A los pirotécnicos se les levantó un edificio de lo más sólido posible para que pudieran lanzar con tanta más audacia sus pinturas ardientes al cielo nocturno. Y a Händel se le dio la orquesta más grande que por aquellas fechas había existido jamás, decían, para que el fuego de su música acompañara dignamente la llameante y abigarrada imagen en el firmamento.
     Doce mil personas acudieron en gran parte a pie para presenciar el espectáculo. Por desgracia, el edificio que se construyó no debió de ser lo suficientemente sólido, pues cuando en medio del clímax de la celebración todo explotó, se incendió y estalló un pánico de catastróficas consecuencias, Händel fue a buen seguro uno de los pocos a los que les llamó la atención que los últimos muertos de esa guerra quemada fuesen también los primeros de la paz nueva, que comenzó chamuscada ya de entrada.

     Al día siguiente repitió el concierto sin acompañamiento de fuego, y los beneficios se destinaron a un hospital para expósitos.

viernes, 17 de abril de 2015

Mis chistes, mi filosofía

Slavoj Žižek, a quien se ha calificado del «filósofo más peligroso de Occidente», resulta ser también el más divertido. Pero aquí, naturalmente, la palabra divertido no es sólo cuestión de risa (que también), sino que implica una actitud irónica, subversiva, reflexiva y comprometida. El presente libro reúne 107 chistes, desperdigados por toda la obra de Žižek, en un volumen que parece dar la razón a la frase de Wittgenstein: «Una obra filosófica seria debería estar compuesta enteramente de chistes.» No hay mejor vehículo que el chiste para ayudarnos a comprender las trampas del lenguaje, para hacernos pensar con una sonrisa o una carcajada, para colocarnos delante el espejo de nuestro propio yo y de la sociedad, pues el chiste es siempre una proyección del subconsciente colectivo, de sus miedos, de sus odios, de todo aquello que el estado reprime y acaba aflorando en un estallido de libertad e insolencia.
Pero en los chistes de Žižek encontramos también un compendio bufo de la historia occidental de los últimos cincuenta años: desde el socialismo real (aquí ya convertido en irreal) hasta el capitalismo siempre irreal, donde Lenin, Brézhnev, Bush, Juan Pablo II, Jesús, Clinton aparecen como personajes del envés de la historia, y en su parodia ofrecen su faz más auténtica. Las ideas preconcebidas, el feminismo, la prostitución, el adulterio, la religión («desde la perspectiva teológica, Dios es el bromista supremo», dice Žižek) se someten a una meticulosa y jocosa demolición. Su marxismo bebe tanto de Groucho como de Karl, y ambos se hermanan de tal modo que parece que ya no puedan existir el uno sin el otro, pasando a acompañar a Lacan, Freud, Hegel o Heidegger, cuatro de los filósofos de cabecera de Žižek en su deconstrucción de lo que llamamos «verdad», mostrando su aspecto más estrambótico y sin olvidar que, como decía Guy Debord, «lo verdadero es un momento de lo falso».
En este libro encontramos una vez más ese afinado cóctel marca de la casa entre erudición y cultura popular, humor y reflexión, ligereza y profundidad: ahora el dialéctico se viste de comediante y nos deja con una sonrisa (a veces helada) en la boca.
«Si Žižek fuese novelista estaría entre Kafka y Bukowski. Si fuera poeta, se acercaría más a Rimbaud. Pero, como filósofo, es realmente único» (Mary Barbara Tolusso, Il Piccolo).
«Una excelente manera de adentrarse en el universo Žižek, tan hilarante como profundo» (Jeremy Draï, Le Monde).
«Si es verdad que la filosofía nació con una carcajada, entonces Žižek es un digno filósofo» (Marco Filoni, La Repubblica). 
«Žižek es el Elvis de la teoría cultural» (Scott McLemee, Inside Higher Ed).
A MODO DE INTRODUCCIÓN: EL PAPEL
DE LOS CHISTES EN LA TRANSFORMACIÓN
DEL HOMBRE EN MONO
     Uno de los mitos más extendidos de la última época de los regímenes comunistas de Europa del Este era que existía un departamento de la policía secreta cuya función era (no reunir, sino) inventar y poner en circulación chistes políticos contra el régimen y sus representantes, pues eran conscientes de la positiva función estabilizadora de los chistes (los chistes políticos le proporcionan a la gente corriente una manera fácil y tolerable de desahogarse, de mitigar sus frustraciones). Aunque se trata de un mito atractivo, pasa por alto un rasgo rara vez mencionado pero sin embargo crucial de los chistes: parece que siempre carecen de autor, como si la pregunta: «¿Quién es el autor de este chiste?» fuera imposible. En su origen, los chistes «se cuentan», siempre ocurre que ya se han «oído» (recordemos la proverbial expresión «¿Sabes el chiste de...?»). Ahí reside su misterio: son idiosincrásicos, representan una singular creatividad del lenguaje, y sin embargo son «colectivos», anónimos, sin autor, de repente aparecen de la nada. La idea de que tiene que existir un autor es convenientemente paranoica: significa que tiene que haber un «Otro del Otro», del anónimo orden simbólico, como si el mismísimo poder generativo del lenguaje, contingente e insondable, tuviera que personalizarse, localizado en un agente que lo controla y en secreto maneja los hilos. Por eso, desde la perspectiva teológica, Dios es el bromista supremo. Ésa es la tesis del delicioso relato de Isaac Asimov, «El bromista», acerca de un grupo de historiadores del lenguaje que, a fin de sustentar la hipótesis de que Dios creó al hombre a partir de los monos contándoles a éstos un chiste (les contó a los monos, que hasta ese momento simplemente habían intercambiado signos animales, el primer chiste que hizo nacer el espíritu), intentan reconstruir ese chiste, la «madre de todos los chistes». (Por cierto, para un miembro de la tradición judeo-cristiana, esta labor es superflua, puesto que todos sabemos cuál era ese chiste: «¡No comas del árbol del conocimiento!» La primera prohibición que claramente es un chiste, una desconcertante tentación cuyo sentido no está claro.) 

miércoles, 15 de abril de 2015

Tiempo después

Como un alegre entomólogo y como un notario malhumorado a la vez, José Luis Cuerda ha recogido información -privilegiada- de los hechos y dichos propios de este mundo, con especial detenimiento en personajes como:
-José María, proletario, que va a cumplir pronto los cuarenta. Robusto y probablemente virgen, tiene aire voluntarioso, empuja un carrito de helados y se diría al verlo que no le debe nada a nadie;
-el rey, su adversario, que tiene el aire inconfundible y transitorio de ser hijo adulterino de un padre-rey infeliz; malhabla idiomas con acentos mezclados y es enredador, tramposo y prolijo;
-y Méndez, la secretaria del alcalde y heroína del relato, es una muchacha muy atractiva y zorreta, que parece que nació, sonríe, se nutre, se viste y se desnuda aposta.
Los demás personajes, por decenas, tejen una urdimbre, o población humana, en un mundo verificable y bipolar compuesto por quienes lo mangonean: una pareja de la Guardia Civil Mundial, tres marinos de guerra, algunos eclesiásticos, dos barberos... y por los que se joden irremediablemente: parados crónicos, mujeres, minorías étnicas...

«Es un relato de muy recomendable lectura para quienes quieran conocer la verdad de hoy y, a pesar de ello, reírse» Jesús María Eizaguirre (Analista fino).
«Excitante. Sabroso. De no creerse» María Candelaria de Palacios y Gutiérrez-Son (Lectora atenta).
«Lo ha vuelto a hacer. Este Cuerda no aprende nunca. Qué le costará dejar en paz a los poderes fácticos» Anthony Babysitter (Prelado).
I
Como ya se sabe, no es raro que unos días amanezca y otros no. Se ha llegado al año 9177 tan a trancas y barrancas, que no es poco que, al menos tres o cuatro días a la semana, haya gente viva en el mundo y salga el sol, aunque sea por donde le dé la gana. 
Hoy ha amanecido. Y hay gente. Además, por si esto no fuera suficiente, se escucha el canto de numerosas especies de aves. Como si estuviéramos en medio de un bosque en primavera en vez de enfrente del solitario Edificio Mundial, un rascacielos como los que describían los historiadores de la arquitectura del siglo XX, totalmente aislado y sin vegetación alguna que lo acompañe en el paisaje. El canto de los pájaros no se sabe de dónde procede, pero se oye. Y también se escucha el lamento agonizante de un saxo tenor. Es posible que pajarerío y soplo de saxo tenor estén grabados y se emitan por altavoces o que sean un eco secular que va y viene, va y viene, va y viene, va y viene. No se sabe.
En el Edificio Mundial, o Gran Artificio, habitan los Sedicentes Necesarios. O sea, una pareja de la Guardia Civil, un almirante argentino y tres marinos, dos barberos en ejercicio y uno renuente, el rey, el alcalde, su secretaria, el conserje mundial y una mínima población para que los que mandan puedan ejercer su poder con alguna base. 
De una puerta situada, como otras veinte idénticas, a un lado y a otro de un largo pasillo alfombrado -como los de los hoteles o los de los edificios de apartamentos- salen ahora, ahí están, don Alfonso y Morris. Los dos llevan el tricornio y el capote característicos de la Guardia Civil. 
Don Alfonso, que es general, habla en perfecto castellano con un tono a veces repolludo y a veces castizote; también camina con las piernas un poco abiertas, como si su potra le obligara a ello o porque le gusta. Morris, que es guardia llano, de los llamados secularmente números de la Guardia Civil, habla un inglés corrupto y descuajeringado, que aquí, en sus diálogos, se traduce como se puede, y que procede del imperial británico, no confundir con el Estilo Imperio, napoleónico y soso, útil para sofás y camas y que, siglos después, fue aniquilado por el pasotismo, considerado por algunos una superación del racionalismo, el existencialismo, el krausismo, el budismo y el karaoke tal y como se entendía por sus fundadores. 
El general don Alfonso, él es así de campechano en estas cosas tan insignificantes, ha dejado que Morris salga de la habitación- cuartel antes que él. Cuando los dos están fuera, el general cierra la puerta con llave, se persigna y anima al guardia a iniciar la patrulla:
-Hale, vamos.
Cada uno se coloca a un lado del pasillo del mundo y comienzan la ronda.

viernes, 10 de abril de 2015

Un disfraz equivocado

Nadie nació tantas veces como Fernando Pessoa: en Lisboa el 13 de junio de 1888, en abril de 1889 de nuevo en Lisboa y en Tavira el 15 de octubre de 1890, entre otras. 
Fernando Pessoa nació cuantas veces quiso, ventrílocuo de sí mismo, empeñado en dar no solo voz sino vida completa (por más que para él poca vida había fuera de la escritura) a todas las voces que le habitaban. 
Quiso llevar cada matiz, cada contradicción de su alma, hasta el extremo, y para ello creó su interna multitud, su hermandad de heterónimos. Escribió los poemas de todos ellos, publicó solo cuatro libros en vida y unos cuantos poemas en revistas, y amontonó todo lo demás en un baúl que se haría famoso; un baúl lleno de gente, según expresión feliz de Antonio Tabucchi. 
Otros poetas modernistas, dice Robert Hass, como Yeats, Pound o Eliot inventaron «máscaras a través de las cuales hablaban ocasionalmente... Pessoa inventó poetas enteros».
OTRA LEY, UN DESTINO
Nadie nació tantas veces como Fernando Pessoa: en Lisboa el 13 de junio de 1888, en abril de 1889 de nuevo en Lisboa, en Oporto en 1887, y en Tavira el 15 de octubre de 1890. Entre otras. Fernando Pessoa nació cuantas veces quiso, ventrílocuo de sí mismo, empeñado en dar no solo voz, sino vida completa (por más que para él poca vida había fuera de la escritura) a todas las voces que le habitaban. Quiso llevar cada matiz, cada contradicción de su alma, hasta el extremo, y para ello creó su interna multitud, su hermandad de heterónimos. Escribió los poemas de todos ellos, publicó solo cuatro libros en vida (uno en portugués y tres en inglés) y unos cuantos poemas en revistas, y amontonó todo lo demás en un baúl que se haría famoso, un baúl lleno de gente, según expresión feliz de Antonio Tabucchi. Otros poetas modernistas, dice Robert Hass, como Yeats, Pound o Eliot, inventaron «máscaras a través de las cuales hablaban ocasionalmente... Pessoa inventó poetas enteros». 
Pessoa hizo escribir a uno de sus heterónimos, Alberto Caeiro: «Si después de que yo muera quieren escribir mi biografía, / no hay nada más sencillo. / Hay solo dos fechas; la de mi nacimiento y la de mi muerte. / Entre una y otra, todos los días son míos». Ese «míos» encerraba, sin embargo, un desdoblamiento multitudinario. La vida verdadera de Fernando Pessoa fue de tinta y papel. La del ciudadano la contó su amigo João Gaspar Simões en su voluminosa Vida y obra de Fernando  Pessoa, que, como se ve, tuvo que recurrir a la obra para encontrar algo de vida. 
El lector curioso querrá, sin embargo, algunos datos. Nació Fernando Pessoa en Lisboa, como hemos dicho, el 13 de junio de 1888. Tenía cinco años cuando su padre murió de tuberculosis y ocho cuando su madre se volvió a casar con el cónsul de Portugal en Durban. Allá en Suráfrica se crio Pessoa, donde recibió lo que los libros llaman «una educación inglesa». Volvió a Lisboa en 1905, donde se instaló primero junto a su abuela y dos tías. Dos años después murió la abuela dejándole una pequeña herencia con la que montó una tipografía que no tardaría en quebrar. A partir de entonces se dedica a la traducción de cartas comerciales, oficio que desempeñará ya durante el resto de su vida. Murió el 29 de noviembre de 1935 en un hospital lisboeta, probablemente debido a una cirrosis, a los cuarenta y siete años de edad. Su última frase la escribió en un papel ese mismo día, en inglés: «I know not what  tomorrow will bring». 
Si bien la fama de Pessoa es esencialmente póstuma, participó con interés en los debates literarios de su época. En 1915 formó parte del grupo que lanzó la revista Orpheu, que introdujo el modernismo en Portugal y cuyo segundo y último número dirigió junto a Mário de Sá-Carneiro. En esa revista Pessoa publicó poemas con su nombre y el de Álvaro de Campos. En 1924 editó la revista Athena junto al artista Ruy Vaz, fijando en ella su proyecto heteronímico, y publicando poemas de Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Fernando Pessoa.
Pero la vida verdadera de Pessoa no tuvo sangre, sino tinta. Escribe en el poema «Navegar es necesario»: «Vivir no es necesario; lo que es necesario es crear». El primero de sus heterónimos, según el propio Pessoa cuenta en una carta a Adolfo Casais Monteiro, nació cuando el poeta aún tenía once años. Su nombre: Chevalier de Pas. En 1899, durante sus años de estudiante en Durban, crea a Alexander Search, a quien utiliza para enviarse cartas a sí mismo. ¿Cuántos heterónimos llegó a crear Pessoa? Los estudiosos que han buceado en su baúl discrepan: el primer inventario, de Teresa Rita Lopes, contó 18; el último, de José Paulo Cavalcanti Filho, 127. No todos, naturalmente, tuvieron el mismo desarrollo ni el mismo interés.

jueves, 9 de abril de 2015

Burgueses imperfectos

La sociedad española, heredera del prejuicio que no admite disidencia o heterodoxia alguna en autores consagrados, sigue percibiendo a escritores como Josep Pla, Joan Oliver, Gaziel, José Ferrater Mora, Josep Maria Castellet, los hermanos Ferrater, Joan Margarit o Pere Gimferrer como si de veras hubiesen sido siempre canónicos: personas dóciles y obedientes, atadas a sus intereses egoístas o adaptados siempre al mejor postor o al interés más rentable. 
Para Jordi Gracia, en cambio, las mejores páginas de todos ellos contienen una rebeldía intraburguesa estimulante y transgresora al margen de su ubicación política a derecha o izquierda. Han sido burgueses, sí, exigentes con su clase, más irónicos que dogmáticos, más ecuánimes que sectarios, y por tanto «burgueses imperfectos». Su obra ha sido a menudo una forma de escapar a la moral dominante sin dejar de buscar su sitio en el sistema imperante: escribieron para desmantelar el buen juicio pragmático y la hipocresía defensiva. Han encarnado variantes diversas de la rebeldía resignada o de la insolencia amena; han actuado como ácidos sin efecto corrosivo pero sí correctivo y catártico. No los animó ningún redentorismo mesiánico, pero sí la convicción de que la dignidad ética de una sociedad pasa por decir la verdad, al menos a pequeña escala, en voz alta o baja, ascética o suntuosa.
Buena parte de estos autores han habitado confortable y felizmente una realidad catalana nutrida de cultura y literatura española sin sentirse defensores a ultranza de un patrimonio catalán limpio de adherencias o contagios españoles. No se han sentido leales a la retórica encendida de la Patria, ni de la Cultura, ni de Esencia alguna, sino fieles a la verdad moral lentamente obtenida. Ninguno de los autores tratados en este ensayo ha albergado sentimiento alguno de inferioridad por convivir con la literatura castellana en Cataluña; más bien la han habitado como un ámbito de debate, combate, rivalidad y afinidadades: un espacio vivo.
Prólogo a la edición castellana 
Este libro es en apariencia la traducción de un ensayo sobre la heterodoxia en las letras catalanas del siglo xx titulado Burgesos imperfectes, publicado en catalán en La Magrana en 2012. En la práctica, se ha convertido en un libro distinto porque he hecho numerosos cambios, que resumo así: he eliminado dos capítulos, he reescrito íntegramente el primero y más largo, «Una tradición desprotegida», y he redactado de nuevo el epílogo abreviándolo. 
Hoy no ha perdido el sesgo político, pero ha ganado coherencia con respecto a lo que se propone el libro como tal: una mirada interpretativa a las formas de disidencia intraburguesa en las letras catalanas del siglo xx.
Este libro, sin embargo, no se ocupa de política, sino de la relación de los intelectuales con los discursos mayoritarios, los prejuicios efectivos pero invisibles, las opiniones compartidas por una sociedad: las creencias, los valores, los pactos tácitos de una clase de poder. Intenta detectar los impulsos disidentes o heterodoxos que aportaron un puñado de escritores a lo largo del siglo xx desde la acritud, el humor, la severidad o la lírica, todo a la vez o cada uno por separado. En buena medida, actuaron como agentes desestabilizadores o guerrilleros éticos contra su propia clase, contra su cobardía, su egoísmo, su miedo, su fe obtusa o su sumisión natural.
A pesar de ello, nadie asigna hoy ese papel a ninguno de los autores centrales de este libro porque han pasado ya por encima de ellos, a veces pisoteándolos, los protocolos de beatificación cultural de las sociedades desarrolladas. Los necesitan cepillados, banalizados y limpios, pasados por la secadora y planchados al vapor. A mí, sin embargo, me parecen mucho más estimulantes cuando todavía van despeinados y sin afeitar, con la ropa arrugada y algún lamparón; cuando no les ha pasado por encima un plan de estudios o una placa con su nombre en la biblioteca del pueblo. Por eso quizá la propuesta más invisible de este libro es también la más ambiciosa: restituir a sus autores el valor heterodoxo que tuvieron en su momento, como voces disidentes fuera de control e imprevisibles. Mi objetivo es rehabilitar ese significado cuando la posteridad o la consagración oficial todavía no les ha impuesto la rigidez del almidón.
Prácticamente todos los autores que he elegido son canónicos: ninguno de ellos obedece a parámetros de subversión o rebelión evidentes, y tampoco han sido transgresores o impugnadores taxativos del orden. Sin embargo, se sitúan y se situaron muy a menudo como observadores aprensivos de las manías y prejuicios de su sociedad, de su tiempo y de su clase. Se atrevieron a ensayar variaciones de un talante ético que los separó de los valores mayoritarios o los colocó en posiciones marginales, a pesar de que hoy ocupen posiciones centrales. Precisamente ahí reside el espejismo. El magisterio que les asigna la actualidad no consagra su valor originario de rebeldía o insumisión, sino lo contrario: cloroformiza su papel y difumina etapas muy beligerantes de sus biografías intelectuales.
Mi propuesta es explicar sus salidas de tono y sus irreverencias calculadas, su capacidad para mantenerse lejos de los prejuicios de la tribu o para asumirlos sólo fingidamente. Me atrae la continuidad intermitente de un talante dispuesto a correr el riesgo de eludir la norma y el dogma del momento, sin repudiar las normas de la sociedad a la que habla ni desde luego cortar los canales de comunicación: son disidentes integrados en los circuitos de su misma clase, comunidad o entorno cultural.