lunes 8 de febrero de 2010

Los Cristianismos Derrotados

La penetración de Jesucristo en el entorno social de la humanidad durante los primeros años de actividad evangelística, acarreo de acuerdo a los relatores de los cuatros evangelios una gran fama entorno a su persona. Ya desde antes de su nacimiento, los círculos proféticos judaicos estaban a la espera de ese gran Mesías que haría renacer la justicia, la cual estaba siendo pisoteada por el imperio romano y sus reyes títeres en todo el dominio romano. La forma en que narran los evangelistas su nacimiento, su desarrollo intelectual a corta edad, las señales de ser el hijo escogido de Dios para la salvación durante el bautismo presente a Juan el Bautista, así como las demás señales que lo acicalaron como el mensajero de salvación enviado por Dios, dieron lugar a sobre saltar la figura de Jesús.

Al dejar el escenario huérfano de sus hazañas, tras ser crucificado junto a dos ladrones, el deseo y fin de Jesús subsisto en reguardo en las manos de sus discípulos, los cuales fueron escogidos durante su ministerio. Durante su estadía en ningún momento Jesús dejado en claro la conformación de una nueva religión como hoy nos acostumbramos a llamar cristianismo, cuando hacemos referencia a una de las grandes religiones del hemisferio occidental. Julius Wellhausen: “Jesús fue un judío, no un cristiano” es de sobrada la afirmación en las investigaciones histórica de Jesús, que éste en ningún momento estuvo en su intención el fundar la nueva religión que conocemos hoy, sino que lo que asumimos como cristianismo es una interpretación Jesús, de su doctrina y figura “Jesús era el predicador de la inminente vendida del Reino de Dios; por lo contrario, en el cristianismo, la figura de Jesús y no el Reino, pasa a ocupar el puesto principal”. Es decir, Jesús pasa de ser el pregonador del Reino de Dios a ser el objeto de la proclamación cristiana. El escenario que se encuentra después de la muerte de éste, dio lugar al movimiento cristiano, a la teología cristiana, en suma al cristianismo mismo como entidad homogénea en su sociedad subyugada.

El naciente cristianismo de hombres rurales, grupos que en la medida fueron transformando la cosmovisión de una sociedad anclada en las enseñanzas que los fariseos, saduceos y otras captas que circundaban en Israel y su contorno, dieron al traste que en su interior conglomeraran dos grupos desiguales en ideología: los hebreos, judíos cristianos que habían asumido el mensaje y que desde principio habían participado de las enseñanzas de Jesús con las diversificaciones de la gracia contrapuesto a los referentes de la ley, y teniendo como lengua materna el arameo , y los helenistas, judíos cristianos, que por lo general, habían nacido fuera de Israel, aunque la designación de helenista, se haya utilizado para las personas que, aunque no tuvieran sangre griega seguían y tomaban la cultura y lengua griega, por tal razón a los judíos que vivían en Egipto, Cirene y Siria que asumieron el griego como modo de comunicación se le señalaba judíos helenistas, el apóstol Pablo escribió al respecto según Los Hechos de los Apóstoles 6:1 y 11:20. Esta desigualdad social del cristianismo ideológico hizo radiar una teología orlada a lo ortodoxo, donde regia el total apego a no variación de lo transmitido y un grupo que proponía una nueva interpretación de lo recibido.

Este libro del cual estoy ya haciendo una recomendación: Los cristianismos derrotados ¿Cuál fue el pensamiento de los primeros cristianos heréticos y heterodoxos? del escritor Antonio Piñero, nacido en Chipiona, una localidad de la provincia de Cádiz, en Andalucía (España) fue premiado el 29 de octubre del 2007 con el I Premio de Ensayo Heterodoxo FINIS TERRAE , viene a proponernos una síntesis bien estructurada de la variedad plurarística del cristianismo emergente de los primeros siglos y el desarrollo de la fe cristiana dentro de una notable diversidad. De cómo la Gran Iglesia, como le denomina, le hizo frente a pequeños grupos que quisieron imponer sus criterios teológicos con el fin de acusar el seguimiento heterodoxo y herético de las enseñanzas de sus líderes, que en todo el libro hace una breve descripción de cada uno de ellos.

A fin de cuenta el libro nos desarrolla dentro de la diversidad del cristianismo el enfoque cristológico de la religión. Ebionitas y Nazarenos que negaban que Jesús fuera Dios. Cristianos que negaban a Pablo de Tarso y su doctrina, al que denominaban falso profeta y traidor a Jesús y a la ley de Moisés. Cristianismos proféticos en los que la comunidad era regida no por obispo y presbíteros, sino por profetas, que eran representados por los montanistas y gnósticos del siglo II. De igual modo, el libro desarrolla otros grupos y personas del quehacer teológico que influyeron en la formación y estructura de la Gran Iglesia.

En la introducción el autor reconoce la deuda que tiene con la obra de Bart E. Erhman: Cristianismo Perdidos, el cual fue publicado en español en el 2003, pero Antonio Piñero estable que su libro fue una concepción en síntesis antes de aparecer la obra de Erhman y tiene una estructura y orientación distinta. Gracias al escrito de Erhman pudo delimitar la estructura de la obra. Creo que resultan sobradas las palabras antes emitidas.

sábado 6 de febrero de 2010

Dulce y desconocido señor Boletus

Lejos de los tópicos sobre su leyenda, Salinger vivió una apacible vida anónima

La muerte se llevó a J. D. Salinger hace apenas 10 días, pero curiosamente fue la dama de la guadaña la que nos devolvió a un escritor cuya vida fue un absoluto misterio durante medio siglo. Los detalles que han ido apareciendo en la prensa estadounidense a través de amigos como la escritora Lillian Ross o sus fieles vecinos del pueblo de Cornish, donde vivió recluido desde los años cincuenta, van desvelando poco a poco al ser humano que se escondía tras aquel rostro enfadado de la fotografía con la que siempre se ilustraban las no-historias sobre Salinger.

Durante las últimas cinco décadas, prácticamente todo lo que se escribió sobre el autor de El guardián entre el centeno fueron puras especulaciones. Sus verdaderos amigos nunca hablaron o escribieron sobre él porque respetaron su voluntad de aspirar a la invisibilidad mediática. Pero quienes se atrevieron a serle desleales pagaron las consecuencias, como aquel tenaz editor de Virginia que en los años noventa consiguió que Salinger accediera a publicar como libro su relato Hapworth 16, 1929 y perdió su oportunidad en su afán por conseguir sus 15 minutos de fama (le contó a un periódico local que estaba en negociaciones con Salinger y éste fulminó el acuerdo).

Una razón más para que el autor le diera la espalda al mundo exterior y se dedicara sólo a su familia y amigos, que lo recuerdan escribiendo en la intimidad de su casa, sin preocuparse realmente de que su obra se publicara, como relataba esta semana en la revista The New Yorker la escritora Lillian Ross. "A lo largo de los años Salinger me habló de sus 'largas y extenuantes horas de trabajo escribiendo' y de sus intentos de mantenerse al margen de lo que se escribía sobre él. Le daban igual las críticas pero le molestaban sus efectos secundarios. Solía decir: 'Ya no hay escritores de verdad, sólo charlatanes y patanes que venden libros".

Ross traza un retrato sorprendente de un hombre sobre el que se han escrito demasiadas obviedades desde la distancia y apenas realidades como aquellas sobre las que puede hablar esta escritora después de 50 años de amistad. Su alejamiento voluntario del mundanal ruido no fue, a los ojos de Ross, una simple manía de genio loco, sino algo lógico teniendo en cuenta lo que pensaba de la fama, de los escritores y de su propio trabajo, definido como su única vía "para escapar de los horrores de una vida convencional". Según Ross, Salinger amaba a los niños y una vez le dijo a Ross: "Si tu hijo te quiere, ese mismo amor te romperá el corazón una vez al día". Comenzó a escribir y a inventarse personajes porque "casi nada al margen de la máquina de escribir llegaba a tocar mi corazón".

Frente a quienes dijeron que Salinger odiaba el cine porque eso afirma en El guardián entre el centeno, Holden Caulfield, el adolescente que le hizo literariamente inmortal, Ross desvela lo contrario: "Salinger amaba las películas y era divertidísimo comentarlas con él. Le encantaba observar a los actores trabajar y conocerlos. Adoraba a Anne Bancroft y odiaba a Audrey Hepburn y decía haber visto La gran ilusión [de Jean Renoir] diez veces". Llegó incluso a plantearse el venderle a Brigitte Bardot los derechos de su relato Un día perfecto para el pez plátano. "Es una 'niña perdida' guapa y con talento, y me siento tentado a facilitarle las cosas, 'pour le sport".

Su amor por el cine también queda patente a través de las memorias de otro escritor, John Seabrock, quien en la revista The New Yorker recuerda la primera vez que visitó la casa de Cornish, donde también vivía Matt Salinger -que siempre ha preservado la privacidad de su padre, al contrario que su hermana Margaret, autora de unas durísimas memorias tituladas Dream Catcher-. Fue a través de Matt como Seabrock conoció al escritor, quien atesoraba una pequeña colección de películas en 16 milímetros y con el que se sentó a ver El sargento York, de Howard Hawks. "La película tenía subtítulos, quizás porque se estaba quedando sordo. Al terminar, parecía estar a punto de llorar". Seabrock afirma que tras conocerlo un poco descubrió que era "un hombre dulce y muy amable" que tenía "un conocimiento enciclopédico sobre setas y a menudo viajaba bajo el seudónimo de míster Boletus, que era su variedad preferida". Con él jugó muchas veces al golf en Vermont, "aunque nunca nos permitía contabilizar la puntuación, jugaba con palos de bambú y blasfemaba como un marinero cada vez que fallaba".

Nunca permitió que nadie llevara su única novela o sus relatos al cine. Sin embargo, desde 2008 existe una película en Internet titulada El guardián entre el centeno de la que es muy posible que Salinger conociera su existencia, puesto que su tenacidad por preservar su obra era minuciosa. Claro que, teniendo en cuenta su sentido del humor, quizás hasta le pareciera divertido que un cineasta experimental lituano llamado Nigel Tomm colgara en la Red una película con el título de su novela en la que lo único que se muestra, durante 75 minutos, es una imagen de color azul.

En Cornish, donde vivió durante décadas, Peter Burling, senador de New Hampshire y vecino, aseguraba esta semana a la agencia AP: "Nos hemos pasado la vida escuchando basura sobre lo raro que era. Pero en realidad estaba completamente integrado en la vida de la ciudad". Iba a la biblioteca, cenaba en los restaurantes locales, contemplaba el paisaje y hablaba con los niños. En realidad los realmente raros eran los que acudían a Cornish y acampaban frente a su casa para intentar verle... Ahora, como ellos, el mundo entero está a la espera, pero esta vez parece que tiene sentido esperar: si escribir era realmente lo que le permitía escapar "de los horrores de una vida convencional", su casa podría ser una biblioteca desconocida llena de nuevos libros de J. D. Salinger. Pronto sus agentes desvelarán el misterio.

BARBARA CELIS

El País

jueves 4 de febrero de 2010

¿Por qué mientras envejecemos el tiempo aparenta acelerar?

Esta es una pregunta que me habían hecho varias veces, y aunque yo tenía mis teorías, hoy encontré un artículo que me asistirá a responderla.

La pregunta es, ¿a qué se debe la sensación de que mientras mas envejecemos, mas rápido aparenta el tiempo pasarnos?

La respuesta no es 100% conclusa y final, pero al menos sí existen al menos un par de conjeturas que por el momento se están contemplando, y ambas fueron recientemente tratadas en un programa de radio de WBUR (la estación de radio de Boston University en los EEUU, mi antigua universidad, en donde curiosamente por un día fui encargado de reemplazar a alguien en un programa estudiantil

La primera hipótesis dice que lo que sucede es que mientras mas jóvenes somos, mas creamos memorias "impactantes" que requieren de nosotros grabar con todo el lujo de detalle, esas experiencias. Es decir, hablamos de nuestros primeros viajes a la playa o al campo con familiares, la primera vez que probamos alguna comida, la primera vez que nos reprocharon fuertemente, la primera vez que nos gustó alguien amorosamente, nuestro primer beso, la primera vez que hicimos el amor, la primera vez que viajamos en tren/barco/avión, etc.

La idea es que estas memorias son tan detalladas, que requieren de mas tiempo de procesamiento en nuestros cerebros, lo que hace que estas memorias sean "largas", lo que crea la ilusión cuando miramos en nuestras mentes hacia el pasado de que esas cosas duraban mucho tiempo en relación a las cosas mundanas que realizamos hoy día a diario.

Otra teoría dice que lo que en realidad sucede es que mientras envejecemos, nuestro reloj biológico se pone lento, lo que hace que nuestras señales bio-electro-químicas sean mas lentas, lo que nos hace pensar mas lentamente, lo que tiene como efecto ver al mundo hoy día mas rápidamente.

Una manera que se me ocurre de imaginar este segundo escenario es con una cámara de video. Digamos que la cámara cuando teníamos 7 años grababa 30 cuadros por segundo, pero cuando tenemos 30 años esta solo toma 15 cuadros por segundo. En el segundo caso, el mundo se verá mas rápido ya que captamos menos de este. Esto es como el efecto que vemos en TV en documentales en donde nos presentan en un espacio de solo unos segundos todo lo que le ocurre a una rosa en todo un día, un efecto que se logra tomando una foto cada varios segundos.

Es decir, mientras menos "fotos" tomemos del mundo con nuestros sentidos, mas rápido aparentará este ante nosotros.

Una cosa sí es cierta sin embargo, sea lo que sea lo que sucede, esto no es mas que una simple ilusión de los sentidos, pues el tiempo ciertamente continúa corriendo igual fuera de nuestra percepción individual.

Eso me lo encuentro bastante curioso porque significa que aunque todos experimentamos el tiempo a un ritmo mas o menos similar (pues todos somos "cortados" en base a una secuencia de ADN similar), lo cierto es que deben existir variaciones entre distintas personas sobre como perciben el tiempo (similar a como de vez en cuando nacen personas super altas, y otras super enanas), lo que significa que para algunos el tiempo debe ser angustiosamente lento, y para otros angustiosamente rápido...

Eliax

martes 2 de febrero de 2010

El regreso de Mecenas

No sé si será prudente recordar este dictamen recién acabado el año Darwin, sin embargo, lo cierto es que el conde de Gobinau -de infausto renombre político y ocasionalmente grata relectura- señaló como a su juicio improbable que el hombre descendiese del mono, pero consideraba fuera de duda que muchos avanzan hacia él a toda máquina. Supongo que exageraba en lo biológico aunque, considerando otros campos menos graves, ciertos indicios parecen anunciar el retorno de expedientes sociopolíticos que uno tenía ya por definitivamente arrumbados. En Cataluña, por ejemplo, hace poco algunos han propuesto un decálogo para reinventar los reinos de taifas como futuro progresista del actual Estado de derecho español. Puede que ni los monos de Gobinau ni estos taifas renovados sean idénticos a los de antaño, pero como líneas evolutivas no dejan de resultar inquietantes.

Algo semejante puede vislumbrarse si prospera la iniciativa propiciada con fervor mesiánico por algunos internautas a favor de la libertad total -es decir, gratis total, porque la libertad es otra cosa- de descargas culturales en la Red. En este caso lo que va a recobrarse, si los dioses virtuales no lo remedian, es la figura de los mecenas artísticos y literarios. Gayo Mecenas fue un distinguido caballero de origen etrusco que ejerció como consejero personal y hombre de confianza del emperador Augusto, aunque seguimos conservando su apellido en nuestro léxico para conmemorar su empeño como patrocinador de escritores: Virgilio, Horacio, Propercio, Vario y otros varios fueron beneficiarios de su munificencia. Algunos le debieron su independencia creadora, como Virgilio (al cual sugirió según dicen el tema de sus Geórgicas), y otros posesiones nada desdeñables, como la granja sabina de Horacio. Claro que tanta generosidad fue voluntariosamente agradecida por los poetas, que le devolvieron el favor en forma de loores al régimen imperial...

Mecenas murió ocho años antes del comienzo de la era cristiana (tras perder el favor de Augusto y de introducir en Roma las piscinas de agua caliente, otra demostración de buen gusto), pero el mecenazgo continuó a lo largo de los siglos. Pintores, escultores y literatos tuvieron que buscar el amparo de los reyes, de la Iglesia, de la nobleza con ansias de grandeza o de simples burgueses enriquecidos. En cualquier caso, vivían dependiendo de los caprichos e intemperancias de quienes financiaban sus obras y su misma subsistencia. Produjeron logros sublimes, desde luego, pero nunca dejaron de saberse -hay testimonios abundantes de ello, algunos amargos- empleados en el mejor de los casos y criados distinguidos en el peor. Así fue hasta que socialmente nació un público que apreciara y retribuyera su trabajo, independizándoles al menos en parte de las directrices ideológicas impuestas y de la interesada tutela de los poderosos.

Ahora parece que gracias al "gratis total" facilitado por Internet vamos a volver al antiguo régimen. Desde luego los mecenas de mañana serán distintos, más corporativos y multinacionales, pero volverán a reservarse la exclusiva de los artistas empujados a su protección por la necesidad. Y no lo duden, también impondrán sus condiciones a los productos que van a financiar. ¡Otra retroconquista! Un adagio latino decía que si los tontos volasen, oscurecerían la luz del sol. Para comprobar su actualidad, basta con pasearse por ciertos sitios de la Red... Por no hablar, claro, de Rodríguez Ibarra.

FERNANDO SAVATER

El País

lunes 1 de febrero de 2010

La rara memoria periférica de Stanislaw Lem

El castillo alto es un texto especialísimo y extraño. Está lleno de imágenes poderosas y momentos formidables. Carece de épica autobiográfica y ofrece un retrato de la infancia poco habitual por lo auténtico, lo inconexo e informe.

El castillo alto de Stanislaw Lem es un libro raro, raro, raro. Parte de su rareza puede venir de una traducción que en ocasiones resulta algo estrambótica; como cuando dice que, debajo de la ventana, "había un refundido con un aparador" (¿qué demonios es un refundido?), o que tenía un huevo de juguete que se abría para mostrar "un grupo de figuras empaquetadas" (¿empaquetadas?), o que un pesado arcón de hierro "estaba colocado siempre contra la puerta". ¿No sería junto a ella? Porque, de otro modo, todos los que entraran o salieran por esa puerta se machacarían las espinillas con el maldito trasto. Por otra parte, estas peculiaridades del lenguaje del libro, que a veces suena como si el narrador estuviera hablando con piedras en la boca, son también extrañas en sí mismas, porque la obra está editada por Funambulista, una pequeña, exquisita y muy interesante editorial que siempre suele cuidar todos los detalles. Tal vez la rareza intrínseca de Stanislaw Lem contagió el texto por una suerte de simpatía espectral: ya se sabe que este autor polaco, nacido en 1921 y muerto en 2006, era un experto en mundos distintos e inquietantes. Por eso cultivaba la ciencia-ficción, un género perfecto para describir realidades chirriantes. Como aquella poderosa imagen de Solaris, la novela más conocida de Lem: una casa bajo cuyo techo llueve copiosamente, mientras que en el exterior el tiempo está seco.

El castillo alto es un libro de memorias. O algo así. Más bien es un texto especialísimo sobre la memoria, en concreto sobre la de la infancia y la adolescencia. La originalidad de la obra se advierte desde el prólogo, en el que Lem nos dice que ha fracasado totalmente en su propósito. Él pretendía dejar fluir los recuerdos libremente, quería que emergieran los jirones del pasado por sí solos y la memoria fuera construyendo su propio retrato. Pero, como es natural, enseguida vio que eso era imposible; el individuo altera y ordena inevitablemente esos recuerdos, los convierte en narración, en un invento. La memoria siempre es mentirosa: "Desearía dejar hablar al niño, retroceder sin interferir, pero en vez de eso lo exploto, le robo, le vacío los bolsillos (...) Comenté, interpreté, hablé demasiado (...) y cavé una tumba para ese chico y lo enterré. Una tumba meticulosa, precisa, como si hubiera escrito sobre alguien inventado, alguien que nunca vivió, alguien cuya voluntad y designios podrían labrarse según las reglas de la estética. No jugué limpio. A un niño no se le trata así", concluye.

Aun así, pese a estas palabras de derrota, lo cierto es que el texto ofrece un retrato de la infancia poco habitual por lo auténtico, lo inconexo e informe; por lo carente de esa épica que todas las autobiografías parecen transmitir, de ese romanticismo de niñez feliz o, por el contrario, muy infeliz, pero que, en cualquier caso, se muestra como la base germinal del adulto venidero. Nada de eso hay en este libro. Lo que hay es, de cuando en cuando, alguna imagen poderosa que hace sonar en el interior de tu cabeza el timbre de un profundo reconocimiento. "¿Recuerdas el inventario de cosas misteriosas que los liliputienses encontraron en los bolsillos de Gulliver? (...) El modo en que llegué a conocer a mi padre fue trepando sobre él cuando se recostaba en su butaca", dice Lem; y a continuación pasa a describir, bajo la mirada de un niño de tres años, los mágicos objetos que sacaba de los bolsillos paternos. Yo no guardo de manera consciente un recuerdo parecido, pero al leerlo he comprendido que tuvo que ser así. Es a esa veracidad a la que me refiero.

Con humor, Lem va dejando entrever la imagen de un niño con sobrepeso, insufrible y glotón (de hecho, el libro está lleno de recuerdos gastronómicos); pero, sobre todo, de un chaval bastante extravagante. "El niño que era me interesa y al mismo tiempo me alarma", dice. Y también: "De niño aterrorizaba a quienes me rodeaban. Sólo accedía a comer si mi padre se ponía de pie sobre la mesa y abría y cerraba un paraguas". Destrozaba sistemáticamente todos los juguetes y los objetos que caían en sus manos, aunque luego tuvo también una época de inventor de aparatos eléctricos. Pero lo más curioso es que, a los doce años, se dedicó a confeccionar credenciales, documentos y poderes. Con primorosa obsesión, cosía libritos para hacer pasaportes, aplicaba lacres, creaba sellos y marcas de autoridad de diversas categorías, algunas doradas, las más importantes. Legalizaba compras de rubíes; certificaba la pureza de diamantes; otorgaba reinos; formalizaba protocolos con infinitas cláusulas; concedía salvoconductos especiales de acuerdo a una jerarquía (Puerta Exterior, Puerta Intermedia, Primera, Segunda y Tercera), provistos con recibos perforados para que los guardias los arrancaran. Y todo esto, sin imaginar que él fuera nadie. Es decir, Lem niño no era, por ejemplo, un emperador que concedía todo eso, sino que personificaba el poder absoluto y anónimo de la burocracia. En vez de inventar un mundo fantástico por medio de personajes y aventuras, lo construyó física y tangiblemente por medio de los documentos y el papeleo. Así de raro era.

Un libro tan procedente de extramuros como éste no siempre mantiene el mismo interés; pero El castillo alto está lleno de momentos formidables. Como cuando cuenta la llegada del nazismo y el exterminio del gueto (Lem era de ascendencia judía) con conmovedora y magistral elipsis, hablando no de las personas, sino de los objetos sin dueño: "Los cochecitos de los niños y las palanganas abandonadas en las barricadas, los anteojos que no tenían a quién mirar, los montones de cartas pisoteadas (...) Las calles un buen día quedaron desiertas, con las ventanas abiertas y las cortinas ondeando al viento". Una vez más, como cuando sus juegos burocráticos, Lem escoge narrar y recordar el mundo desde la periferia. Una visión fascinante y turbadora.

El castillo alto. Stanislaw Lem. Traducción de Andrzej Kovalski. Funambulista. Madrid, 2006. 218 páginas. 15,95 euros.

Babelia

Fallece Tomás Eloy Martínez

El periodista y escritor argentino Tomás Eloy Martínez falleció este domingo en Buenos Aires a los 75 años tras una larga lucha contra el cáncer. Nacido en 1934 en la localidad de San Miguel de Tucumán, colaboraba como columnista habitual en EL PAÍS y otros diarios como La Nación y The New York Times, así como en diversos medios impresos de su país como los semanarios Panorama y Primera Plana. En 2009 EL PAÍS le otorgó el premio Ortega y Gasset de periodismo a toda su trayectoria profesional, a cuya entrega no pudo acudir por prescripción de sus médicos. En 2002 ganó el premio Alfaguara de novela por El vuelo de la reina.

Eloy Martínez, que empezó como corrector de pruebas en el diario La Gaceta, en su ciudad natal, Tucumán, abrazó el periodismo con pasión en unos años en los que "la imaginación estaba prohibida". Por eso combinó la profesión de reportero con la literatura. "Como informar con llaneza y alinear los hechos en un orden militar era para mí empobrecerlos y deslucirlos, lo que hice fue narrarlos", escribió en la nota que envió a la entrega de los premios Ortega y Gasset, en la que quiso recordar también que "el periodismo es, ante todo, un acto de servicio". "Ser periodista significa ponerse en el lugar del otro, comprender lo otro. Y, a veces, también ser otro", remarcó.

En los años setenta fue amenazado en Argentina por la organización terrorista de ultraderecha La triple A, por lo que tuvo que exiliarse a Caracas, donde residió entre 1975 y 1983 y fundó otro rotativo, El Diario. En 1991 participó en la creación del periódico Siglo XXI en Guadalajara (México) y del suplemento Primer Plano en Página 12. También fue profesor en la universidad Rutgerts de Nueva Jersey, a cargo de un programa de Estudios Latinoamericanos, y tuvo un papel central en la creación de la fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por su amigo Gabriel García Márquez, premio Nobel colombiano.

Además de extraordinario periodista, Eloy Martínez fue también un reconocido escritor. Son suyos títulos como La pasión según Trelew, que estuvo prohibido durante la dictadura de Varela, y Santa Evita, la novela argentina más traducida de todos los tiempos. También fue autor de diversos ensayos y guiones de cine.

viernes 29 de enero de 2010

En vía del reconocimiento del Heavy Metal como religión

De acuerdo, a las informaciones emitadas por EFE, Londres, 26 de enero. Un grupo de aficionados al movimiento heavy metal anda en las lindes de ser reconocido como religión oficial en el Reino Unido. Un grupo de fieles seguidores, de este moviemiento o género música que tiene elementos del rock and roll, tambien del blue y de la música clásica, característico por su detrindente ritmo, logrado gracia a los toques enfurecidos de las guitarras distorcionadas, baterias con doble pedal y bajos muy pronunciado.

A través de Facebook, los representantes de dicho movimiento quieren, que los seguidores de este tipo de música escriban "heavy metal" en el apartado del censo en el que los ciudadanos británicos son cuestionados acerca de su confesión religiosa.

Una iniciativa similar llevada a cabo durante la última campaña del censo logró que 390.000 personas residentes en el Reino Unido declararan que se fe religiosa era la Jedi, la creencia ficticia creada para la saga cinematográfica de “La Guerra de las Galaxias".

Hasta ahora, unas 10.000 personas se han unido a la campaña que lanzó la semana pasada la revista “Metal Hammer”, entre ellas Biff Byford, líder de la banda Saxon, para oficializar la “fe heavy".
Byford ha sido propuesto por la revista para convertirse en “el embajador para la paz del heavy mundial” si la campaña tiene éxito.

Alexander Milas, director de “Metal Hammer” explicó, en declaraciones difundidas por la agencia local de noticias PA, que “como muchas otras buenas ideas, ésta surgió en un pub".

“La respuesta ha sido abrumadora y no hace más que reforzar la creencia de que el 'heavy metal' sigue fuerte en el Reino Unido, su lugar de nacimiento, y en el resto del planeta. Si los Jedi pueden hacerlo, nosotros también”, manifestó Milas.

“El único requisito para unirse a nuestra campaña -añadió- es que se escuche 'heavy metal' y nuestro mandamiento es- todo a más volumen que el resto".

La Oficina Nacional de Estadísticas (ONS), organismo encargado de elaborar el censo (el último es de 2001), recordó que aunque hace nueve años hubo más personas que se inscribieron como Jedis que como sijs, esto no convirtió a “la fuerza” en una religión oficial.

HASTA DONDE VAMOS A LLEGARRRRRRRRRRRR