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Pruebas

miércoles, 31 de octubre de 2012

Fernando Monacelli gana el Premio Clarín de Novela 2012 con "Sobrevivientes"

Buenos Aires, 31 oct (EFE).- "Sobrevivientes", del escritor y periodista Fernando Monacelli, ganó en Buenos Aires la XV edición del Premio Clarín de Novela que otorga el grupo periodístico Clarín.

La novela fue elegida por el jurado integrado por tres escritores -el español Juan Cruz Ruiz, la argentina Claudia Piñeiro y el peruano Santiago Roncagliolo- entre las diez obras finalistas, seleccionadas de entre los 526 originales de Latinoamérica, Europa y Estados Unidos que se presentaron al concurso bajo seudónimos.

El ganador recibirá 150.000 pesos (unos 31.500 dólares) y la obra será publicada por el sello Clarín/Alfaguara.

La novela comienza con el hallazgo en la Antártida de los cuerpos de tres marineros de un barco argentino hundido durante la guerra de Malvinas contra el Reino Unido.

Monacelli, de 45 años y natural de la provincia de Bahía Blanca, explicó que su novela es la "historia de una Argentina que no puede olvidar sus deudas, que no puede reescribir su historia".

El ganador es autor del volumen de cuentos "Libro de vuelo" (Grupo Editor Latinoamericano, 1993) y de la novela "La mirada del ciervo" (Mondadori, 2008), que fue finalista del premio Clarín-Alfaguara en el año 2005 y del premio La Nación-Sudamericana en 2006.

martes, 30 de octubre de 2012

Daniel Day-Lewis dona los manuscritos de su padre a la universidad de Oxford

Londres, 30 oct (EFE).- El actor inglés Daniel Day-Lewis donó hoy a la Universidad de Oxford los manuscritos de su padre, el poeta Cecil Day-Lewis (1904-1972), considerado uno de los autores angloirlandeses más relevantes del siglo XX.d

La colección cedida a la biblioteca Bodleian -la mayor universitaria del mundo- presenta, en un total de 54 cajas, cartas del escritor a su segunda mujer, la actriz Jill Bacon; guiones de radio y televisión; material audiovisual y manuscritos de sus obras, entre otros.

Con estos documentos, la universidad espera introducirse en la obra del poeta y los aspectos de su vida personal desde un ángulo más íntimo, como a través de la correspondencia que Day-Lewis mantuvo con los también escritores Kingsley Amis y Robert Graves, y con la actriz Peggy Ashcroft.
El actor de 55 años, protagonista de filmes como "Gangs of New York" y "En el nombre del padre", declaró que tanto su hermana Tamasin como él están "encantados" de que los manuscritos permanezcan en Oxford pues le habría "agradado" a su padre, que desarrolló gran parte de su carrera en esa prestigiosa institución.

Tras estudiar en Oxford, Cecil Day-Lewis obtuvo el puesto de profesor de poesía en 1951, un trabajo que combinó con la creación de su obra poética y narrativa, entre la que figuran las novelas de misterio publicadas bajo el pseudónimo de "Nicholas Blake".

"Si los documentos hubieran acabado fuera del país nos habría entristecido como familia. Las generaciones futuras tendrán ahora un acceso fácil a estos archivos para investigarlos o simplemente ver como un poeta trabajaba", explicaron los hijos del autor en un comunicado.
En esta colección destaca la correspondencia que el escritor mantuvo con su segunda mujer, la actriz Jill Bacon, que realizó numerosas lecturas públicas de los poemas de su esposo, incluso tras su muerte.

lunes, 29 de octubre de 2012

Antigua luz

Alexander Clave es un viejo actor de teatro que recuerda su fugaz e intenso primer amor. Un rodaje cinematográfico le llevará a intimar con una joven y popular actriz cuya vida se ha asomado al abismo y al inesperado hallazgo de respuestas acerca del destino final de las mujeres que marcaron a fuego su vida.

«Billy Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre. Puede que amor sea una palabra demasiado fuerte, pero no conozco ninguna más suave que pueda aplicarse.» 

«Banville demuestra su talento para escribir sobre la verdadera textura del erotismo... Merece vender diez veces más que Cincuenta sombras de Grey.»Sunday Express

«El jurado de Estocolmo debería descolgar el teléfono ya mismo.»Financial Times

«¡Qué guía de excepción es el increíblemente talentoso Banville hacia lo más extraño de nosotros mismos y de nuestro viaje!»The Observer

«Algo así como lo que brinda el gran escritor portugués José Saramago: un mundo a la vez azaroso, de ensueño y profundamente arraigado en la experiencia.»The Times

«Banville es un maestro y su prosa un deleite incesante.»Martin Amis

«Una nueva novela deslumbrante... Toda la gracia y el aplomo que esperamos del autor.»The Independent

Comienzo del libro
 Billy Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre. Puede que amor sea una palabra demasiado fuerte, pero no conozco ninguna más suave que pueda aplicarse. Todo esto ocurrió hace medio siglo. Yo tenía quince años y la señora Gray treinta y cinco. Estas cosas son fáciles de decir, pues las palabras no sienten vergüenza y nunca se sorprenden. Puede que la señora Gray todavía viva. Ahora tendría, ¿cuántos, ochenta y tres, ochenta y cuatro? Tampoco es muy mayor, para estos tiempos. ¿Y si emprendiera su búsqueda? Sería toda una aventura. Me gustaría volver a enamorarme, me gustaría volver a enamorarme, sólo una vez más. Podríamos seguir un tratamiento de glándulas de mono, ella y yo, y volver a ser como hace cincuenta años, entregados a nuestros éxtasis. Me pregunto cómo le irá, suponiendo que siga en este mundo. En aquella época era tan desdichada, y debe de haber sido tan desdichada, a pesar de su valerosa e inquebrantable jovialidad, y de verdad espero que las cosas le fueran mejor.

¿Qué recuerdo de ella ahora, en estos días suaves y pálidos en que caduca el año? Imágenes del pasado remoto se agolpan en mi cabeza, y la mitad de las veces soy incapaz de distinguir si son recuerdos o invenciones. Tampoco es que haya mucha diferencia, si es que hay alguna. Hay quien afirma que, sin darnos cuenta, nos lo vamos inventando todo, adornándolo y embelleciéndolo, y me inclino a creerlo, pues Madame Memoria es una gran y sutil fingidora. Los pecios que elijo salvar del naufragio general -¿y qué es la vida, sino un naufragio gradual?- a veces asumen un aspecto de inevitabilidad cuando los exhibo en sus vitrinas, pero son azarosos; quizá representativos, quizá de manera convincente, pero sin embargo azarosos.

Boomerang

sábado, 27 de octubre de 2012

Tolstói era un charlatán

En 1984, hace casi 30 años, Harvey Pekar graba una entrevista con Gary Groth. En aquella época American Splendor no era el gran éxito de ventas que es hoy en día, era un proyecto personal que Pekar autoeditaba y autodistribuía y con el que perdía mucho dinero.

A lo largo de la conversación, irreverente y sincera, habla de su proceso creativo, de política, de literatura, del futuro del cómic y por supuesto de su American Splendor, la serie autobiográfica que ponía al desnudo las miserias de lo cotidiano con crueldad y cinismo y que supuso una gran revolución en el noveno arte.


Páginas del libro

Me gusta lo que escribían Julio Verne y C. S. Lewis. Lo que pasa es que no creo que la fantasía juvenil de evasión deba copar ningún medio: ni el cómic, ni la novela, ni el cine. ¿Te das cuenta de lo maduras y sofisticadas que resultan hasta las teleseries de moda como El show de Mary Tyler Moore o incluso Leave it to Beaver si las comparas con el cómic mainstream medio? Permíteme que aclare que leo y disfruto mucha literatura que no es forzosamente realista: surrealismo, posmodernismo, monólogo interior, absurdo... Pero ¿qué le pueden reportar a una persona adulta las historietas de Marvel o DC en general? ¿Y qué si tienen su moraleja, muy evidente por lo demás? Se supone que esas moralejas las aprendías cuando eras niño. 

¿De qué va ese proyecto de lectura al que te has referido antes?
 
Ah, pues tengo un proyecto en el que llevo trabajando desde 1980 o 1981: trato de familiarizarme con las que están consideradas como las mejores obras de ficción en prosa, no solo de Estados Unidos sino del mundo entero. Me he elaborado una especie de programa. Por ejemplo, leeré literatura francesa y británica del  XIX la literatura francesa y británica del siglo XX... En ese plan. Con ello pretendo adquirir una base de literatura. Leeré historia de la literatura para enterarme de lo que se considera importante, y luego leeré algo de ese tipo, algo de ese otro y veré qué opinión me merecen. A veces descubriré a gente que me parece infra o sobrevalorada.

Boomerang

viernes, 26 de octubre de 2012

Ética de urgencia

La política, el 15-M, las nuevas tecnologías, Internet y las descargas ilegales, los abusos de poder, las contradicciones del capitalismo, la fuerza y la debilidad de la democracia, pero también la belleza, la muerte, la solidaridad...

¿Cómo saber los que piensan los jóvenes? Preguntándoselo. Una respuesta aparentemente sencilla, que esconde una gran dificultad. Porque hay que saber preguntar, hay que saber ponerse en el lugar de los jóvenes, ganarse su confianza. Escuchar y a la vez aconsejar, opinar, posicionarse... Fernando Savater realizó una serie de encuentros con alumnos jóvenes y respondió a las inquietudes que le planteaban.

De ahí, salió este libro, esta ética de urgencia, que nos avisa de las inquietudes de los que gobernarán el mundo del mañana. Una obra que representa el regreso de Fernando Savater al diálogo con los adolescentes sobre las cuestiones morales que más les preocupan; el territorio donde cosechó su mayor éxito editorial: Ética para Amador.

Un libro que recupera la confianza en el poder del diálogo para convencer y avanzar. Una travesía que guarda un asombroso parecido con las preocupaciones del resto de ciudadanos, pero expresadas con el entusiasmo, el empuje, la indignación y la urgencia de quienes en breve heredarán las responsabilidades del mundo.


Razones para la ética
Durante buena parte del día vivimos como si nos hubieran dado cuerda: nos levantamos, hacemos cosas porque se las hemos visto hacer a los demás, porque nos lo enseñaron así, porque eso es lo que se espera de nosotros. No hay demasiados momentos conscientes en nuestro día a día, pero de vez en cuando, algo ocurre e interrumpe nuestra somnolencia, nos obliga a pensar: «¿Y ahora qué hago? ¿Le digo que sí o le digo que no? ¿Voy o no voy?». Estas preguntas señalan distintas opciones éticas, nos exigen una buena preparación mental, nos interpelan para que razonemos hasta alcanzar una respuesta deliberada. Tenemos que estar preparados para ser protagonistas de nuestra vida y no comparsas.

La imagen del mundo como un teatro es muy antigua. El filósofo Schopenhauer imaginaba la vida como un escenario, cada uno de nosotros ve entre bambalinas cómo unos personajes hablan, lloran, gritan, luchan, se enfrentan y se asocian sobre las tablas. De pronto, sin previo aviso, una mano nos empuja y nos sorprendemos en el centro del escenario, nos obligan a intervenir en una trama que no conocemos demasiado bien porque hemos llegado con la obra comenzada, y tenemos que enterarnos a toda prisa de quiénes son los buenos y los malos, de qué sería conveniente decir, de cuál sería la acción correcta. Decimos nuestro monólogo y antes de enterarnos de cómo acabará todo, nos vuelven a empujar, y nos sacan del escenario, esta vez ni siquiera nos dejan quedarnos entre bambalinas. 

Boomerang

jueves, 25 de octubre de 2012

Notas sobre literatura inglesa

En 1953, Giuseppe Tomasi di Lampedusa comenzó a dictar un singular curso de literatura para un sólo alumno, el joven estudiante de derecho Francesco Orlando, a quien recibía en su casa tres veces por semana. Luego se sumaron otros jóvenes a esas sesiones, entre ellos su futuro hijo adoptivo, Gioacchino Lanza. Fue tal el interés y dedicación que puso el escritor siciliano en aquellas lecciones, que al cabo de dos años sus cuadernos de notas sobre el tema ya sumaban más de mil páginas, las que sólo fueron publicadas de manera póstuma.

Este libro es una vasta antología de esos textos, hasta ahora inéditos en castellano. Con una prosa directa, sobria y sutil, capaz de contener a la vez su intención pedagógica y un elegante despliegue de erudición, el célebre autor de El gatopardo traza aquí una cartografía personal de la literatura inglesa, mediante piezas monográficas que abarcan en su conjunto casi cuatro siglos, desde John Milton y Jonathan Swift hasta Aldous Huxley y Graham Greene.

Leyendo y enseñando a leer, con claridad y énfasis, pero también con humor, refinamiento y desembozada admiración, estás páginas constituyen una cabal introducción al mundo de Blake, Coleridge, Dickens, las hermanas Brontë, Chesterton, Joyce y tantos otros que conforman la imponente tradición literaria anglosajona.
 


Prólogo
Paz Balmaceda 

1955. En el centro de Palermo se advertían unos pocos edificios alzados en medio de las ruinas de la ciudad, bombardeada durante la guerra. Entre esos escombros, todos los días se veía caminar al aristocrático y solitario Giuseppe Tomasi, el último príncipe de Lampedusa. Transitaba a paso lento, con una bolsa cargada de libros. No sabía que le quedaban sólo dos años de vida, aunque debía intuir su propio fin. Mientras su mujer aún dormía, cada mañana salía de su casa con destino al mismo café, el Mazzara. Frente a su taza, y junto a un ventanal que no permitía olvidar ni por un instante el estado de la capital siciliana, pasaba horas y horas escribiendo y tomando notas en cuadernos. Pocas personas conocían el contenido de esas páginas que el príncipe iba llenando con infatigable dedicación. Quizás constituían una suerte de refugio ante el escenario que le ofrecía el ventanal, pues los añicos de su ciudad natal lo tenían destrozado por completo. En cualquier caso, eran los apuntes -centenares de folios- sobre literatura inglesa y francesa que redactaba concienzudamente para un grupo de jóvenes a los que veía dos veces por semana para conversar acerca de ambas tradiciones, que Lampedusa manejaba a cabalidad. Una sustantiva parte de tales minutas son las que presentamos, por primera vez en lengua castellana, en este volumen, acotadas a las de literatura inglesa. No obstante, resulta necesario retroceder un poco en el tiempo y luego volver al aniquilado Palermo para comprender mejor el origen de estas anotaciones y también la relevancia de publicarlas hoy.

Boomerang

miércoles, 24 de octubre de 2012

Enemigos. Una historia del FBI

La Oficina Federal de Investigación estadounidense se fundó hace un siglo y en pocos años pasó de ser un organismo privado a un servicio de inteligencia a disposición de las necesidades políticas de la Presidencia de los Estados Unidos. 

Desde la primera guerra mundial, todos los presidentes de Estados Unidos dieron carta blanca al FBI para saltarse las normas en favor de la seguridad nacional, desde conservadores como George W. Bush o Nixon hasta liberales como Franklin D. Roosevelt o John F. Kennedy. Durante cerca de cincuenta años, bajo la dirección de J. Edgar Hoover, la agencia actuó con total impunidad y cometió tremendos abusos en nombre de la libertad, la democracia y la justicia.

Arrestos ilegales, secuestros, robos, detenciones, espionaje, todo estaba permitido para luchar contra los enemigos del Estado. La Casa Blanca creó un monstruo y el FBI quedó fuera de todo control, los trabajos de la agencia federal fueron cada vez más secretos y se alejaron cada vez más del sistema legal americano. Los objetivos no eran solamente terroristas y comunistas, algunos líderes de países democráticos y ciudadanos de a pie se habían convertido también, de la noche a la mañana, en enemigos del estado. Tras la muerte de Hoover el trabajo sucio salió a la luz, la reputación de la agencia se vio muy dañada y los métodos tuvieron que cambiaron forzosamente. Al mismo tiempo, el asesinato de J.F.K., el escándalo "Watergate" y los atentados del 11-S pusieron en tela de juicio la eficacia de esta organización que sigue hoy luchando por recuperar su fuerza y transformarse en el poderoso servico de inteligencia que una vez fue.

Basándose en setenta mil documentos recientemente desclasificados, cientos de entrevistas y materiales no disponibles hasta el momento, el autor desvela datos sorprendentes, desacredita viejos mitos sobre el FBI y cuestiona las técnicas de vigilancia que violan las libertades individuales en pro de la seguridad nacional.

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Anarquía
J. Edgar Hoo ver fue a la guerra a la edad de veintidós años, la mañana del jueves 26 de julio de 1917. Salió del hogar de su niñez, en Washington, y partió hacia su nueva vida en el Departamento de Justicia, a servir como soldado de infantería en un ejército de agentes de la ley destinado a combatir a espías, saboteadores, comunistas y anarquistas en Estados Unidos.

El país había entrado en la Primera Guerra Mundial en abril. Desembarcaban en Francia las primeras oleadas de tropas estadounidenses, en absoluto preparadas para los horrores que les aguardaban. En el frente interno, los norteamericanos se sentían atenazados por el temor a sabotajes por parte de agentes secretos alemanes. El país llevaba un año en alerta máxima desde que se produjera un ataque enemigo a un enorme depósito de municiones destinadas al frente. La explosión de la isla de Black Tom, en el extremo occidental del puerto de Nueva York, había hecho estallar dos mil toneladas de explosivos en la oscuridad de una noche de mediados de verano. Siete personas murieron en el acto. En Manhattan se rompieron miles de ventanas a causa de la onda expansiva.

La Estatua de la Libertad quedó marcada por la metralla. Hoover trabajaba en la División de Emergencia Bélica del Departamento de Justicia con el cometido de impedir el siguiente ataque sorpresa. Mostraba un espíritu marcial y cierta habilidad para condicionar el pensamiento de sus superiores. Mereció los elogios del jefe de la
división, John Lord O'Brian. «Trabajaba los domingos y por las noches, como yo -contaba O'Brian-. Le ascendí varias veces, simplemente por sus méritos.»

Boomerang

martes, 23 de octubre de 2012

Mátalos suavemente

Jackie Cogan, sicario de la mafia de Nueva Inglaterra, es el encargado de «resolver» el atraco a una partida de póquer clandestina. Cogan, un profesional despiadado con la eficacia de un hombre de negocios y un sagaz sentido para percibir las debilidades ajenas, no se detendrá hasta localizar a los culpables y reparar el honor de quienes le han contratado.

Diálogos vivísimos, un humor mordaz y una tensión constante sostienen el suspense de una trama que se desarrolla en los ambientes criminales del Boston de los setenta, en los que se cruzan atracadores de poca monta, asesinos a sueldo, mafiosos y abogados corruptos.

Mátalos suavemente, la tercera novela de George V. Higgins, autor de Los amigos de Eddie Coyle, se publicó en 1974 y su éxito inmediato le consolidó como renovador del género negro. Su singular capacidad para plasmar con realismo la vida criminal llevaría a la crítica a calificarlo como «el Balzac de los bajos fondos de Boston». Un relato crudo y magistral de la mafia y de los hombres que aseguran su poder.

El lanzamiento de la novela coincidirá con el estreno en España de la película homónima dirigida por Andrew Dominik y protagonizada por Brad Pitt.
«El Balzac de los bajos fondos de Boston... Higgins tiene un talento singular para las voces, cada una tan inconfundible como una huella dactilar.» The New Yorker
«Merece un lugar junto a escritores de la talla de Chandler y Hammett como uno de los auténticos innovadores de la novela negra.» Scott Turow
«Qué diálogos... El escritor americano más próximo a Henry Green.» Norman Mailer
«Como Joyce, Higgins usa el lenguaje de forma torrencial, magníficamente hilvanado, con el fin de crear una impresión panorámica.» Roderick MacLeish (The Times Literary Supplement)
«Cualquier aspirante a novelista, no solo el que quiera escribir thrillers, debería espabilar y leer a Higgins.» John Grisham 

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Amato -traje gris a finas rayas rojas, camisa de piqué rosa con las iniciales en el puño doble izquierdo, corbata granate y dorada- se sentó y los miró desde la mesa chapada en nogal con forma de riñón.
     -Lo reconozco, vaya par. Tenéis una pinta estupenda. Os presentáis cuatro horas tarde, hechos una mierda y apestando. Ni que acabaseis de salir de la cárcel, joder.
     -Culpa de este. Se ha retrasado. He tenido que esperarlo por ahí -dijo el primero.
     Ambos calzaban botas negras con incrustaciones de ante rojo. El primero llevaba un poncho verde militar, un raído suéter gris y vaqueros descoloridos. Era rubio, de pelo largo y patillas gruesas. El segundo vestía poncho verde militar, sudadera gris y unos sucios vaqueros blancos. Era moreno, el cabello le llegaba hasta los hombros y lucía una incipiente barba negra.
     -Tenía que guardar los perros -dijo el segundo-. Allí hay catorce perros, eso lleva su tiempo. No puedo largarme y dejarlos fuera.
     -También estás lleno de pelos. Te lo habrás montado con los chuchos, supongo -dijo Amato. 
     -Eso es de meneármela, Ardilla -respondió el segundo-. Acabo de salir y no me lo he montado como tú, con un buen negocio esperándote, vaya chollo. Yo tengo que buscarme la vida.
     -Johnny, puedes llamarme Johnny. Mis empleados me llaman «señor», pero tú puedes llamarme Johnny -matizó Amato.

lunes, 22 de octubre de 2012

Rat Girl

En 1985, Kristin Hersh contaba con diecinueve años de edad y un futuro prometedor: su grupo de música, Throwing Muses empezaba a despegar con fuerza entre la crítica musical norteamericana. Pero esta hija de una familia hippie poco convencional no podía prever lo que estaba por venir: el mismo año se le diagnostica síndrome bipolar y se queda embarazada. A partir de ese momento mezclar antidepresivos con vitaminas para el embarazo se convierte en algo cotidiano con lo que lidiar para mantener una banda de rock llamada a ser el nuevo grito musical.

Con una prosa delicada, cuidada e intimista, Hersh realiza un inventario de su singular historia personal, llevándonos del delirio surrealista a la auto superación.

«Divertidas, extrañas, nerviosas, las memorias de Hersh son todo lo que un fan no se atrevería a esperar: un faro en un campo oscuro que ilumina tanto lo misterioso como lo mundano. Un libro bello, honesto y escrito con más cercanía que aquella que podrías encontrar en cualquier canción de Throwing Muses.» Wesley Stace

«Todo lo que esperas de Kristin Hersh, una de las más aclamadas cantautoras norteamericanas, se encuentra en Rat Girl: una escritura ultravívida de una honestidad intensa. Rat Girl es también una memoria sorprendentemente divertida y conmovedora sobre la generación de los ochenta, década en la que la autora fue diagnosticada como bipolar, se quedó embarazada e intermitentemente vivó en la calle, mientras su banda de rock indie iba alcanzando la fama. Un viaje apasionante por el caos mental y lo que hay al otro lado.» Simon Reynolds

«Un libro impecable -divertido, rítmico, con una voz interior poderosa, comovedora y humilde- y emocionalmente tóxico, difícil de dejar una vez comenzado.» JOSÉ ÁNGEL GONZÁLEZ, Calle 20
«Un libro directo, sincero, humilde y bello pero, a la vez, extraño incluso para los fans de la musa y conmovedor incluso para sus detractores (si es que existen).» Fantastic Plastic

«Un diario que se lee como una novela, casi como una novela de Hubert Selby Jr, sobre las miserias de todo aquello que las estrellas nos ocultan.» LAURA FERNÁNDEZ, Playground Magazine

PRÓLOGO
Dicen: «Estás enfermo, así que lo que crees que es
real no es sino fantasía». Pero eso no tiene una lógica
estricta. Estoy de acuerdo con que los fantasmas sólo
se aparecen a los enfermos, pero eso sólo demuestra
que únicamente son capaces de aparecerse a ellos,
no que no existan.
Fiódor Dostoievski

El universo hace de Dios.
Micky Dolenz 
Este libro está basado en un diario que empecé a escribir a los dieciocho años. No sé por qué lo he conservado tanto tiempo; al leerlo he sentido una mezcla de nostalgia y náusea bastante desagradable. Lo sostenía con los brazos bien estirados, como uno sostiene al primer pez que ha pescado en su vida (toda una proeza... ¡pero una pestilente proeza!). Lo que me ha parecido más chocante es que ya entonces, siendo aún una adolescente, pusiera tanto empeño en conciliar la música y el arte, una tarea de mil demonios. Si los estadounidenses pensaran que la música y el arte debieran ir de la mano nunca habrían inventado los Grammy.
     Supongo que el diario me servía de amuleto contra la mala suerte -decidida como estaba a que la historia no se repitiese-. Reconozcámoslo, era un libro raro, costaba ponerse a leer todo aquello; estaba lleno de lagunas, y se iba diluyendo tanto que uno podía advertir a su autora ahogándose justo ahí, en ese preciso instante. Cada una de sus páginas resultaba tan intrincada como el mecanismo de encaramarse a una ventana: primero debes ponerte de pie con cuidado, luego desviar un poco la mirada y, finalmente, intentar buscar un punto dede el que orientarte.

domingo, 21 de octubre de 2012

El silencio de Tranströmer resuena en español

Tomas Tranströmer sonríe y calla. Ni siquiera cuando musita algo para entrar en la conversación, el poeta sueco –81 años, premio Nobel de literatura en 2011– deja de sonreír. En 1990 sufrió una apoplejía que le paralizó la parte derecha del cuerpo y limitó severamente su capacidad de hablar pero no su sentido del humor. Basta con mirarlo cuando levanta el brazo y dice dos palabras para matizar lo que su mujer, Monica, va contando de su vida y de sus opiniones. Que está de acuerdo (casi siempre), que no (cuando dice que su marido siempre fue un buen pianista; ahora interpretando piezas para la mano izquierda) o que “eso” lo tienen que aclarar entre los dos más tarde.

“Eso”, por ejemplo, puede ser el papel de la ironía en su obra. Después de publicar El cielo a medio hacer y Deshielo a mediodía, dos antologías que reúnen la práctica totalidad de sus versos traducidos por Roberto Mascaró, la editorial Nórdica acaba de lanzar Air Mail, la correspondencia entre Tranströmer y el estadounidense Robert Bly en traducción de Francisco J. Uriz y Juan Capel. Las 230 cartas de los dos poetas recogidas en el volumen dibujan tanto la teoría poética como el autorretrato de un Tranströmer que no pierde ocasión de bromear, ya sea firmando como Jung o Updike o avisando a Bly sobre el día en que se encontrarán por primera vez: “Para que usted pueda reconocerme iré vestido con un frac verde, barba postiza, sombrero de paja, y estaré leyendo la autobiografía de Nixon. Quizá esto también pueda arreglarse de una manera más sencilla”.

Las bombas en Vietnam, los tanques en Praga y las –pocas– posibilidades de una literatura comprometida atraviesan una charla postal que va de 1964 a 1990. “La política llegó a angustiar a Tomas durante esos años, pero nunca compartió la simpleza de la poesía política”, explica Monica Tranströmer, que mira a su marido buscando su aprobación. La obtiene. Él mismo habla en una de las primeras cartas de su interés por tratar “las realidades de la historia mundial” sin caer “en la triste tradición retórica que se apodera hasta de los buenos poetas tan pronto como tocan algo político”.
Tomas siempre ha visto el poema en su versión original como una traducción
El 10 de diciembre de 1975 Tranströmer escribe a su amigo mientras la televisión retransmite la ceremonia del Nobel: Ese año ganó Eugenio Montale, más delgado de lo que hacía suponer “su rostro redondo a lo Harpo Marx”. Cuando llega el turno del galardón de Economía, escribe: “Ese premio no lo recibirás nunca, Robert, tal vez el de Literatura cuando llegues a los 80 años”. Esa edad tenía él cuando lo recibió en su ciudad natal el último diciembre. ¿Ha escrito algo desde entonces? Tranströmer niega con la cabeza. “Ni escribir ni apenas leer”, añade su esposa. Después de un año sin parar, ha sido “un alivio” tener sucesor desde la semana pasada: Mo Yan. Conocían su nombre –“sonaba desde hace años”– pero no lo han leído. “Lo leeremos”, dice la señora Tranströmer utilizando una primera persona del plural que suena perfectamente natural y que vuelve a usar cuando se les pregunta por las críticas que el nuevo galardonado ha recibido como autor bendecido por el régimen chino: “¿Quiénes somos nosotros para juzgar a nadie si nunca nos hemos visto obligados a mantener el equilibrio entre ser crítico y pertenecer a la asociación oficial de escritores?”.

El Nobel es un premio tan “violentamente grande” que siempre despertará críticas, dice Monica. Sobre el impulso que un premio tan grande puede dar a un género tan minoritario como la poesía tampoco hay duda: “Esa es la esperanza de Tomas”. Sin salir de la pequeña escala, este año ha recibido la felicitación de muchos autores en lenguas minoritarias, como si el premio se lo hubieran dado también a ellos. De ahí la devoción del autor de Bálticos por los traductores. ¿No era la poesía justo eso que se pierde en la traducción de un poema? No si se tiene fe en la “poesía mundial”. “Tomas siempre ha visto el poema en su versión original como una traducción; nadie no sabe de dónde viene”, explica su esposa, que mira a su marido y le pregunta: “¿Era eso lo que querías que dijéramos?”. Él dice sí en sueco y ese sí, como el resto de la charla, se convierte en castellano gracias Martin Lexell, traductor de Stieg Larsson e intérprete –de lujo, diría el tópico– en este encuentro matinal con un Nobel devoto de Lorca y de Vallejo que viajó a España por primera vez con 22 años.
La tarde de ayer fue, entre tanto, el turno de los poetas españoles, que en el Círculo de Bellas Artes leyeron a Tranströmer en su presencia. A los versos leídos por José Manuel Caballero Bonald, Juan Antonio González Iglesias, Esther Ramón, Jordi Doce, Juan Marqués y Carlos Pardo, se sumo, aunque no intervino, Mario Vargas Llosa. Fue su predecesor en el Olimpo del Nobel, esa lista en la que, como dicen los Tranströmer, primero es un honor estar y luego un alivio dejar de ser el último.

El País

sábado, 20 de octubre de 2012

“No necesitamos libros, pero sí las historias”

¿De dónde viene el mundo? ¿Hay algo que haya existido siempre? ¿O todo surgió de la nada?” Si no cree que menos de veinte palabras puedan suscitar más reflexión que una colección completa de enciclopedias, valga la muestra. Jostein Gaarder, el escritor que revolucionó hace dos décadas la divulgación de la filosofía con su celebérrima novela para adolescentes El mundo de Sofía, de la que se han vendido 30 millones de ejemplares en 61 lenguas, no solo tiene esa certeza, sino que aplica la enseñanza sin excepción a su obra, así como a su particular paso para andar el azaroso camino de la existencia. Su último trabajo, Me pregunto…(Siruela), no contiene por esa misma razón ni una sola palabra (entre todas las que hay de por sí suman pocas) que no aparezca encuadradas por unos muy sagaces signos de interrogación. Y sin afirmaciones ni peroratas, consigue provocar pensamientos e ideas tan evocadores como profundos.
 
Jostein Gaarder en la Casa del Lector, en el Matadero de Madrid / Bernardo Pérez (EL PAÍS)

“¿Puedo querer a otra persona tanto como me quiero a mi mismo? ¿Qué es un buen amigo?” No hay sabio que pueda aportar una solución certera a esos enigmas, aunque tampoco es ese el objetivo del escritor (al menos no exclusivamente): el texto, acompañado de ilustraciones del artista Akin Düzakin, está en realidad dirigido a los niños. “Es un libro pequeño sobre las grandes preguntas”, explica. Si en El mundo de Sofía la dinámica consistía en mostrar las resoluciones de los filósofos respecto a las grandes cuestiones, enmarcadas en un relato, en esta ocasión las tornas se han vuelto, y es el propio lector quien debe formar sus propias conclusiones. “Algunas de las respuestas, como por ejemplo qué es el Bing Bang, existen, pero incluso aunque no las sepamos, preguntarse sobre ello aporta una experiencia profunda sobre lo fantástica que puede ser la vida en el universo”.

Dicharachero como un chiquillo —cuenta que a los 11 años comprendió que existía, la más profunda de las iluminaciones, y que entonces se propuso no crecer nunca—, dispuesto a lo que le echen, Gaarder (Oslo, 1952) se apeó este miércoles en Madrid para pronunciar el discurso inaugural de la Casa del Lector, en el Matadero, un proyecto pionero para la investigación, formación y difusión de la lectura y el arte. Responde con un chorro incontrolable que brota de una amplia y permanente sonrisa enmarcada en un rostro rubicundo. ¿Se imagina él un mundo sin libros? “Es difícil”, se detiene, cavila. “Pero creo que realmente no los necesitamos: lo que hace falta son las historias”. Él creció en una casa repleta de volúmenes, pero nunca fue uno de los que los devoran: su pasión por la filosofía llegó por otra vía, la de la duda. “Cuando era pequeño mis padres me dieron la libertad de preguntar sin sufrir intolerancia”. Y eso es lo que intenta poner en valor tanto con Me pregunto… como con el resto de sus trabajos, muchos pensados para un público infantil: la trascendencia de objetar, de ponderar, de ver el mundo, siempre, por los ojos de un niño.

Cree que el mayor problema filosófico hoy es la sostenibilidad

“En Noruega tenemos un deporte que se llama la natación de bebés, y que consiste en lanzar a los pequeños, incluso recién nacidos, a la piscina. ¿Y sabes lo que pasa? Que no se ahogan, porque tienen una habilidad innata. Pero si dejas pasar el tiempo, entonces tendrás que enseñarles a nadar”. Con el ejemplo, uno de los tantos con los que ilustra sus ideas, quiere subrayar la necesidad de educar en el pensamiento crítico desde la cuna. También le sirve para llevar la conversación al terreno de la sostenibilidad y la ecología, que percibe como el problema filosófico más acuciante de nuestra época, y que afectará, sobre todo, a los que están por venir. Sobre ese tema habló en su discurso en la Casa del Lector. Y sobre él versa su más reciente proyecto de novela, Anna. Una fábula sobre el clima de la Tierra y el medioambiente. “Hasta ahora, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 era el mayor logro de la literatura y la filosofía, porque esas palabras no salieron de la nada, sino que están basadas en la reflexión humana fruto de miles de años. Pero también debemos enfocarnos en las responsabilidades y las obligaciones”, concluye. “Espero que el siglo XXI nos traiga una Declaración Universal de las Obligaciones Humanas”.

El País

Cartas a un buscador de sí mismo

Una obra inédita y reveladora de uno de los grandes pensadores modernos. La reflexión íntima y personal de uno de los más importantes pensadores de la disidencia política y el respeto hacia la naturaleza. A reivindicar, sin duda, en nuestros días. Todos hemos sentido alguna vez la llegada de un tiempo en el que todo tiembla y en el que necesitamos poner en cuestión cada aspecto de nuestra vida. Las convicciones políticas supuestamente asentadas se destruyen para crear otras nuevas, las normas sociales asumidas se revisan y se lucha por otras distintas, las metas existenciales se transforman de modo radical. 

Precisamente durante este proceso vital Harrison G. O. Blake escribe por primera vez a H. D. Thoreau para solicitar su consejo y su orientación hacia una vida más verdadera. Se inicia así una correspondencia intensa y reveladora, tan íntima como filosófica, que para muchos constituye el más claro equivalente moderno de las Cartas a Lucilio de Séneca. 

De carta en carta y durante trece años Thoreau le habla a Blake de cómo ganarse la vida, del coraje, del sexo, del trabajo, del amor, de la naturaleza, de la libertad, de la sociedad, de la política, de la moral, de la alimentación, de la disidencia, de la religión, de la soledad y de un tiempo pleno, donde la construcción de la subjetividad se labra a golpes de una desorientación gozosa, libre y salvaje.
Décadas después de la muerte de Thoreau, un Blake anciano confesaba seguir leyendo y releyendo estas cartas, como si buscara aún en ellas una verdad esencial y recóndita: «Y, sin embargo, sé que estas cartas siguen viajando en el correo, que en cierto sentido aún no me han llegado, y probablemente no lo harán mientras viva. De hecho, puede decirse que estas cartas están desde siempre dirigidas a quien mejor pueda leerlas». 

Así, a lo largo de esta correspondencia, inédita hasta ahora en castellano, se descubre un auténtico manifiesto del pensamiento de Henry David Thoreau, que completa e ilumina obras tan fundamentales para la filosofía individualista, antiautoritaria y ecologista como Walden o La desobediencia civil.  

NOTA DE LOS EDITORES  
A Thoreau me gusta imaginarlo en el centro exacto de la laguna de Walden, sentado en su bote, horas después de la medianoche, invisible como el resto de criaturas, escuchando el tenue batir del agua contra la madera del casco, clac, clac, clac, pero atento al chirrido de un ave a la que no es capaz de dar nombre.
     O bien siendo el primer hombre que defendió públicamente al capitán John Brown, criminal, forajido y gozne de la Historia, sin el cual quizás nunca se habría abolido la esclavitud en los Estados Unidos.
     O bien en su lecho de muerte, cuando una visita le pregunta por su relación con Cristo y Thoreau le responde que le importa mucho más cualquier tormenta de nieve que el Hijo de Dios.
     Sin embargo, a Emerson, al maestro, al gran filósofo, al gurú y al padre de toda una generación de pensadores, escritores y poetas, me produce cierta pereza imaginarlo. Y es que aun cuando no podría haber Thoreau sin Emerson ni Walden sin Nature, ¿quién quiere imaginar a Emerson? Emerson afeitado y repeinado, Thoreau barbudo y luciendo remolino; Emerson blanco como una servilleta de hilo, Thoreau pardo como un labriego; Emerson elegante a cualquier hora, Thoreau orgulloso de ser el primer hombre de Concord que vistió gruesos pantalones de pana; Emerson madrugando y aseándose en un aguamanil de porcelana, Thoreau madrugando y bañándose desnudo entre las placas de hielo de la laguna; Emerson durante tanto tiempo pastor de la Iglesia unitaria, Thoreau alejado siempre de todos los templos; Emerson postulando en sus escritos la autonomía individual y el propio juicio por encima de cualquier autoridad, Thoreau durmiendo en la cárcel por negarse a servir a un Estado cruel y asesino; Emerson recorriendo Europa para forjar su carrera como filósofo, Thoreau recorriendo los bosques para ser feliz; Emerson censurando un ensayo de Thoreau: donde ponía «copulación» la historia leyó «matrimonio», Thoreau ya muerto, dejando dos últimas palabras: indio, alce. 

Boomerang

viernes, 19 de octubre de 2012

Atlas portátil de América Latina. Arte y ficciones errantes

Abierto a múltiples fuerzas que desdibujan los límites de estados y continentes y agitan las aguas de las culturas locales, el mundo del siglo XXI se ha vuelto sin duda más fluido y navegable. De eso parecen hablar las nuevas formas errantes del arte y las ficciones de América Latina, sus artefactos móviles que se nutren de arraigos sucesivos o simultáneos y sus relatos espaciales que transforman las fronteras en pasajes, a tal punto que nos preguntamos si existe todavía América Latina y si hay una literatura y un arte latinoamericanos. Pero las versiones afables de la globalización como escenario de culturas reconciliadas no han conseguido engañarnos. Frente a un multiculturalismo condescendiente que exalta la diversidad sin alterar la dirección ni las estructuras de poder de los intercambios, frente a un nuevo exotismo que hace de los Otros fetiches coleccionables, se impone componer un nuevo mapa de América Latina. Basta atender a los saberes de un arte que reconfigura el mundo que lleva a cuestas sin señas de origen que lo antecedan y amplía el horizonte de lo diverso sin perder sus singularidades. Es lo que hace este sorprendente Atlas portátil de imágenes: busca respuestas a las preguntas por el lugar de América Latina en obras de artistas y escritores del continente que hoy recomponen el mundo en cartografías imaginarias, registran nuevos trayectos por ciudades caóticas o disciplinadas, revelan supervivencias fantasmales de otras tradiciones y otros tiempos, se abren a redes de relaciones azarosas o se confinan en esferas incomunicadas. Graciela Speranza confía en el principio atlas como un dispositivo de conocimiento por montaje, sensible a las constelaciones, las analogías, las migraciones y las discontinuidades que se traman ya no en el espacio imaginario de utopías consoladoras, sino en el de una heterotopía que provoca inquietud, incluso alarma. Inusual, certera y perspicaz, su lectura crítica recorta y compone las piezas en una «mesa de encuentros», razona el recorrido de la mirada, piensa con el arte en el entre dos de imágenes y palabras e invita al lector a leer en los intervalos. Pero confía sobre todo en la potencia irreductible de la imaginación artística, que puede cifrar en formas y relatos metáforas del presente y anticipaciones del futuro, promover el disenso frente al consenso generalizado y atisbar configuraciones todavía inaccesibles a otros lenguajes.

PRÓLOGO:
Atlas de atlas 
    Aunque la escena sucede en España, más precisamente en el Museo Nacional Reina Sofía, se abre, como corresponde a un atlas, a un centelleo caleidoscópico de otros lugares. Es enero de 2011 y afuera está el invierno madrileño, pero el tiempo se trastorna y las estaciones se suceden sin ninguna lógica cósmica en la secuencia anacrónica de imágenes que se reúnen en Atlas. ¿Cómo llevar el mundo a cuestas?, la muestra que Georges Didi-Huberman montó en el museo, inspirada en el Atlas Mnemosyne de Aby Warburg. Desde la figura desmembrada del titán mitológico y las fotos de los paneles de Warburg que abren el recorrido, las obras que se muestran en las salas no se traman por afinidades temáticas o estéticas, ni por cánones clásicos o contemporáneos, sino por un relato más etéreo hecho de migraciones y supervivencias, que consigue reunir lo que las fronteras geográficas, históricas y estéticas por lo general apartan. Ahí están, por ejemplo, el atlas original que Rimbaud recortó para rearmar el mundo en sus viajes, el miniatlas absurdo de Marcel Broodthaers y la serie de postales I got up que el japonés On Kawara envió a sus amigos desde los lugares más insospechados del globo, consignando apenas la hora en que se había levantado. Pero hay también atlas menos literales, como la serie de asépticos Depósitos de agua de Berndt y Hilla Becher, los Cuarenta y ocho retratos de celebridades que Gerhard Richter compuso a partir de su monumental Atlas de fotografías y recortes, un herbario de Paul Klee, un álbum del taller textil de la Bauhaus, un desfile de gestos rituales en un video de Harun Farocki, manuscritos del Libro de los pasajes de Walter Benjamin, y diarios de viajeros y transterrados como Henri Michaux, Bertolt Brecht y Samuel Beckett. En una vitrina está el Atlas de Borges y es justo que sea así. Borges seguramente inspiró en parte la sucesión «sabiamente caótica» del conjunto, la historia del arte anacrónica de Didi-Huberman y las obras de muchos de los artistas que están en las salas, y debe ser por eso que frente a la foto de la tapa, en la que se lo ve sonriente a punto de levantar vuelo en un globo - quizás la única en que Borges sonríe-, me da una especie de orgullo ridículo. 

Boomerang

jueves, 18 de octubre de 2012

Los mercaderes del Che

«Álex Ayala es uno de los cronistas más originales y agudos que hay hoy en América Latina. Ha escogido Bolivia como base de operaciones y allí se ha convertido en un detective ameno y audaz de la condición humana. En este singular libro, gracias a su mirada, volvemos a descubrir que el mundo pequeño también es grande. Los mercaderes del Che es un deleite», Jon Lee Anderson, periodista de The New Yorker.

«Este libro está escrito con un gran pulso narrativo. Ayala explora los ángulos más inesperados, encuentra los detalles más reveladores. En sus manos la historia siempre va mucho más allá de la trama que nos cuenta, porque él sabe hallar su significado oculto. Voz aguda, mirada intuitiva y unos zapatos de reportero diligente: he allí las armas con las cuales ha emprendido la aventura de contarnos la realidad en este libro magnífico. Álex Ayala es dueño de uno de los talentos más notables de la nueva crónica latinoamericana», Alberto Salcedo Ramos, ganador del Premio Rey de España de Periodismo en el año 1998.

«Hay algunos escritores, como el autor de este libro, que trabajan con estas "vidas minúsculas" (como las llamó el novelista francés Pierre Michon). Las vidas de seres anodinos que un día se enfrentan con la Historia o la notoriedad. De este cruce surge el mundo de Álex Ayala, el especialista de pelo pajizo que llega al terreno provisto de un contador Geiger, para estudiar la estela de radiactividad que dejaron detrás los grandes acontecimientos», Fernando Molina, ganador del Premio Rey de España de Periodismo en el año 2011.


Comienzo del libro 

Susana Osinaga Robles, la enfermera que lavó el cadáver del Che, es una mujer menuda, de setenta y cuatro años, pelo ondulado y piernas hinchadas que entró a formar parte de la historia el 9 de octubre de 1967, en Vallegrande, un pueblito perdido del este de Bolivia. Aquellos eran tiempos de Guerra Fría y los países comunistas se enfrentaban a los capitalistas. Ernesto Guevara, el Che, embajador
de la lucha armada, había viajado de Cuba a Sudamérica para convertirla en un escenario más de la revolución, pensando quizás que sus ideas se extenderían como un reguero de pólvora. Pero las autoridades bolivianas lo derrotaron y exhibieron su cuerpo acicalado como un trofeo de batalla. Osinaga trabajaba por aquel entonces en el hospital Nuestro Señor de Malta, donde se encuentra la lavandería en la que los militares mostraron a un Guevara ya difunto. Y dice que se jubiló a fines de los 80.

Hoy, cuatro décadas después de la caída del guerrillero, rodeada de algunos de sus nietos, atiende en el corazón de Vallegrande un sencillo comercio de ultramarinos en el que las cosas se amontonan sin orden en los estantes. Ahora estoy frente a su tienda con la intención de conversar con ella, y el calor aprieta. Para estos días Osinaga ha preparado decenas de calendarios con la foto del revolucionario, y espera que los peregrinos que están siguiendo la Ruta del Che se acerquen aquí para escucharla, como ha ocurrido siempre en las fechas de aniversario.

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miércoles, 17 de octubre de 2012

Diccionario de música, mitología, magia y religión

En este diccionario sin precedentes, Ramón Andrés, poeta, ensayista y a la vez reputado estudioso de la música, nos acerca al análisis de la naturaleza y los sonidos, así como a la interpretación de los símbolos que en ellos se contienen, al nexo de unión que la música establece entre los dioses y los hombres, que constituye, al cabo, una detallada muestra de la evolución del pensamiento humano. Mitologías como la griega, la hindú, la céltica o la escandinava, permiten adentrarnos en las grandes leyendas de la cultura indoeuropea, conocer a los héroes transformados en arquetipos de nuestra cultura, desvelar el contenido simbólico del Universo, los árboles, las plantas alucinógenas y los animales, que forman parte de un extraordinario escenario mágico que acogió la primera historia del hombre y que se recoge en la música. Un trabajo de hondo calado que no nos propone sin embargo la mera consulta aislada de sus voces, sino que se convierte, por derecho propio y en su lectura lineal, en una obra de referencia amena y entretenida.

"Con carácter enciclopédico y didáctico al tiempo, este diccionario de referencia (de ábafis a Zeus registra su abanico de entradas) sorprende por su dinamismo y homogeneidad. Música, religión, mística y magia se alternan en casi dos mil páginas de erudito saber de la mano de un autor cuyos libros son una referencia en el mundo musical". Toni Montesinos, La Razón

«El mérito grande de Ramón Andrés consiste en proveerse de un estupendo hilo rojo para internarse en la espesura del origen de la música en la cultura».
Eugenio Trías,
El Mundo

«Ramón Andrés es un gran conocedor y amador de la música, además de un cultivador de todo cuanto ella ha significado y significa».

Enrique Badosa,
ABC

«Ramón Andrés es un estudioso de la música de gran prestigio, artífice de publicaciones notabilísimas». Jordi Llovet,
El País

UNAS PALABRAS
En el núcleo de las creencias y los mitos, y no menos de las religiones y las fábulas heroicas, está la inquietante contraposición entre el tiempo humano y la eternidad divina. Existir para conocer y desentrañar, morir para ir en busca de lo que no se halló entre los semejantes. La cenagosa morada de los difuntos en Tuonela, las sombras infernales de Angra Mayniu del Avesta, oír en el Valhala la voz de los guerreros caídos en combate, escuchar el viento en el ramaje de los árboles cósmicos, pensar en el círculo celeste que se abre con la danza de un derviche, el sonido de una flauta que llora porque ha sido cortada del cañaveral, son escenas de una misma narración, esa que no es capaz de acotar nuestro pasado, sino, bien al contrario, de prolongarlo. Hay un luminoso mundo de lo oscuro. Quienes vivieron hace miles de años otorgaron al Sol un carácter sagrado, no tanto porque anunciara y diera vida al nuevo día, sino porque, consideraban, venía de la noche, donde se forjaba el destino de cada uno. Lo que procedía de la penumbra era necesariamente sabio, así lo estimaron.

    Conjeturamos en términos de verdad y mentira, de verdadero y falso, y así juzgamos la realidad de cuanto nos conforma, pero en épocas arcanas estos conceptos apenas se diferenciaban; nada en sí era enteramente verdadero ni nada, en consecuencia, se antojaba del todo falso, porque, a efectos prácticos, las rememoraciones y los cantos de los antepasados se estimaba estaban inspirados por el aliento de algún dios, por la manifestación de una musa o de un espíritu no sujetos a la dimensión de lo real; era un aliento que venía de la intuición, de lo imprevisible. Por eso llamaban «divino» a aquello que no era fácil de entender, a aquello que no podía descifrarse a primera vista, del mismo modo que hoy no comprendemos cosas que acaso sean evidentes para quienes nos sucederán.  

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martes, 16 de octubre de 2012

En_línea. Leer y escribir en la red

¿Cómo leemos y escribimos en la red?, ¿cómo nos informamos y construimos el significado?, ¿igual que hacíamos con libros, papel y lápiz? Todavía más: ¿enganchados a la pantalla y al teclado, aprendemos y enseñamos del mismo modo?, ¿sigue siendo útil ir a clase si todo está en la red? Y en concreto: ¿nos podemos fiar de lo que hay en la red?, ¿y del traductor automático?, ¿cómo se evalúa un blog o una web? En definitiva: ¿qué ha cambiado con la llegada de internet?

Para responder a estas preguntas, resumimos algunas investigaciones científicas y comentamos algunos ejemplos de webs, blogs, chats y otros recursos didácticos. Con una mirada multidisciplinar, crítica y clara, queremos entender cómo está cambiando internet la educación lingüística, las prácticas de lectura y escritura y el día a día en las aulas.

PRESENTACIÓN 

     Es irrefutable. La red o internet -con minúscula, porque ya es algo común- ha cambiado nuestra manera de vivir. Los especialistas sugieren que este cambio empezó a principios de los noventa, discuten si ya se ha completado y especulan sobre sus consecuencias. ¡No cambia nada! Hoy es imposible imaginarse el día a día sin la red. Y también las aulas o las escuelas.

     La informatización de la escuela arrancó en los años ochenta con los primeros ordenadores rudimentarios de algunos docentes (Sinclair QL, MXS). A principios de los noventa entraron en la escuela los primeros ordenadores para uso exclusivo del profesorado. Luego se crearon las aulas de computación o informática -de las que hoy muchos abominan- y más tarde en unos pocos centros algún docente se animó a introducir un par de ordenadores en el aula, para trabajar con los alumnos. E n los últimos años hemos experimentado cambios más radicales: 
  • Se han instalado portátiles para todos -o para cada dos alumnos-, así como cañones, pantallas, pizarras digitales y, más tarde, redes wifi y conexiones eléctricas.
  • Los libros de texto y otros materiales han cambiado el papel por los bits digitales.
  • Se han creado plataformas o entornos virtuales de aprendizaje (EVA; tipo Moodle), que extienden la actividad educativa más allá de los muros y de los horarios escolares.
  • El currículo incorpora las TIC (Tecnologías de la Información y la C omunicación) y las TAC (Tecnologías del Aprendizaje y el C onocimiento) como objetivo y como herramienta en todas las materias.  
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lunes, 15 de octubre de 2012

Welcome to U.S.A

Este estuche recoge cinco de los mejores relatos de la literatura norteamericana escritos a lo largo de los siglos XIX y XX. Sus autores son representativos de diferentes
latitudes de ese extenso país, por lo que este estuche es un estupendo equipaje para emprender un recorrido literario por Estados Unidos desde Nueva York hasta Texas.

El estilo narrativo de cada relato es complamente diferente, coincidiendo solo en los sorprendentes finales. 

Relatos que contiene el estuche:
Willa Cather: El caso de Paul
William Faulkner: Miss Zilphia Gant
Leonard Michaels: Luna de miel
O. Henry: El escondite de Black Bill / Una historia sin final


 Comienzo del libro El caso de Paul

 Era la tarde que Paul tenía que comparecer ante el profesorado del instituto Pittsburgh para dar razón de sus diversas faltas. Lo habían expulsado temporalmente hacía una semana, y su padre se había presentado en el despacho del director y confesado su perplejidad respecto a su hijo. Paul entró sonriente y afable en la sala de profesores. Se le había quedado un poco pequeña la ropa, y el terciopelo marrón del cuello de su abrigo abierto estaba deshilachado y gastado; pero a pesar de todo ello tenía algo de dandi, y llevaba un alfiler de ópalo en su recién anudada corbata negra y un clavel en el ojal. Este último adorno al profesorado le pareció que no era debidamente indicativo del espíritu contrito que correspondía a un chico expulsado.

 Paul era alto para su edad y muy delgado, de hombros altos y apretujados, y pecho estrecho. Sus ojos destacaban por cierto brillo histérico, y los utilizaba continuamente de una forma teatral y consciente, particularmente ofensiva en un muchacho. Las pupilas eran anormalmente grandes, como si fuera adicto a la belladona, pero alrededor de ellas había un brillo vítreo que no produce esa droga.

Boomerang

domingo, 14 de octubre de 2012

John Brockman

El universo siempre ha sido objeto de fascinación y estudio por parte del hombre, desde épocas remotas. Pero la revolución experimentada por la física en el siglo XX y los grandes avances científicos de las últimas décadas abren nuevas perspectivas y nuevas preguntas, desde la búsqueda de evidencias sobre el bosón de Higgs a la investigación de planetas extrasolares o la posibilidad, que cada vez aparece con más fuerza, de hallar vida en otros planetas.

1.
El fin del tiempo


Julian Barbour

Físico teórico, autor de The End of Time. 

     JULIAN BARBOUR: La pregunta que siempre me hago es: ¿qué es el universo y cómo funciona? Yo la abordo desde el punto de vista de la física fundamental: cuestiones básicas de mecánica cuántica y su relación con la mecánica clásica. La mecánica cuántica fue descubierta en 1925-1926. Dio una imagen completamente nueva de la física que entonces resultó muy sorprendente y que aun hoy sigue siendo muy difícil de entender. Sugiere que el mundo no es en absoluto como lo vemos. Esto sigue siendo un gran problema, y cada vez despierta más discusión y más interés por parte de la gente. En esto es en lo que realmente estoy pensando, en cómo explicar que el mundo parece ser clásico. Parece que tenemos un pasado único, parece que los objetos están en posiciones definidas y tienen un futuro definido; eso es lo que parece, pero la mecánica cuántica nos dice que es diferente, que no es así en absoluto. El objetivo es tratar de encontrar una descripción del universo entero que sea mecano cuántica y entender cómo, pese a todo, puede presentarse como el mundo clásico que en realidad vemos y experimentamos.

     Llegué a ello por casualidad, leyendo un artículo en un periódico sobre los intentos que el gran Paul Dirac, uno de los descubridores de la mecánica cuántica, estaba haciendo hace unos cuarenta años para unificarla con la teoría de la relatividad general de Einstein. Él había tropezado con un hecho bastante sorprendente y esto le llevó a preguntarse si la imagen del espacio-tiempo que era la base de la teoría de Einstein era realmente tan fundamental como la gente había pensado. Esto me impulsó a pensar en el tiempo mismo. Durante casi 36 años he estado pensando en el tiempo y tratando de entenderlo en el nivel más fundamental. Si nos fijamos en la historia de la física, sorprende el pequeño número de personas que han pensado en el tiempo y en lo que realmente es. El propio Einstein solo pensó sobre ciertos aspectos del tiempo; nunca se preguntó qué significa decir que un segundo hoy es lo mismo que un segundo mañana. Esta es una pregunta muy fundamental. Einstein supuso que tiene significado, pero en realidad nunca se preguntó de dónde sale y cómo puede ser eso. Él nunca definió la noción de duración. Así que, en mi opinión, hay aspectos del tiempo que no han sido completamente estudiados.

     EDGE: ¿Puede darme otro ejemplo, además de la duración?

      BARBOUR: Por supuesto. Una de las grandes preguntas de la física es si hay algún tipo de marco invisible en el que todo se desarrolla. Newton introdujo las nociones de espacio absoluto y tiempo absoluto. El espacio absoluto es como un bloque de vidrio translúcido que se extiende desde el infinito hasta el infinito; es un marco de referencia fijo en el que todo sucede. 

Boomeran

viernes, 12 de octubre de 2012

El Nobel de Literatura premia el "realismo alucinatorio" del chino Mo Yan

Copenhague, 11 oct (EFE).- La Academia Sueca ha premiado hoy con el Nobel de Literatura 2012 el "realismo alucinatorio" de Mo Yan, uno de los principales escritores chinos vivos, que une en su obra el cuento, la historia y lo contemporáneo.

La mezcla de fantasía y de realidad, de perspectiva histórica y social, ha originado un mundo literario de gran complejidad, que la Academia Sueca compara con el de narradores de fuste como Gabriel García Márquez y William Faulkner.

Y lo ha hecho partiendo de la tradición literaria china y de la cultura narrativa popular, sin olvidar la crítica social, dice el fallo sobre Mo Yan, que en realidad se llama Guan Moye, pero adoptó su seudónimo ("No hables", en mandarín) en su primera novela.

Según él mismo ha explicado, eligió ese alias porque tenía fama de ser directo al hablar y quería recordarse a sí mismo que no debía decir demasiado.

A pesar de ser un autor no demasiado conocido en el extranjero, su nombre figuraba entre los favoritos en las quinielas previas, por detrás del japonés Haruki Murakami y de varios autores anglosajones como Joyce Carol Oates o Alice Munro.

El secretario permanente de la Academia, Peter Englund, calificó su obra de "única", mientras otro de los miembros de esta institución y su traductor al sueco, Göran Malmqvist, defendió su elección asegurando que es "una de las mejores" que se han hecho.

Nacido en 1955, Mo Yan creció en la provincia de Shandong, en el noreste de China, en el seno de una familia campesina.

Durante la revolución cultural, dejó la escuela a los 12 años para trabajar en la agricultura y luego en una fábrica, hasta que en 1976 se enroló en el Ejército Popular.

Fue en esa época cuando empezó a estudiar literatura y a escribir -su primer relato apareció publicado en una revista en 1981-, enlazando su creación con sus experiencias de juventud y el ambiente provincial en el que creció, como en uno de sus primeros éxitos, "Hong gaoliang jiazu" (Sorgo rojo), de 1987.

Esa obra, que consta de cinco relatos ambientados en Gaomi durante varios turbulentos decenios del siglo XX, le dio proyección internacional gracias al éxito de la adaptación cinematográfica, dirigida por su compatriota Zhang Yimou.

Otras obras suyas como la novela "Tiantang suantai zhi ge" (Las baladas del ajo), de 1988, y la satírica "Jiuguo" (La república del vino), de 1992, han sido consideradas subversivas por su crítica de la sociedad china contemporánea.

A raíz de su novela "Fengru feitun" ("Pechos grandes y caderas amplias"), de 1995, que causó polémica en China por su contenido sexual, el Ejército le forzó a escribir una autocrítica y Mo tuvo que retirar su obra de la circulación.

Su última creación hasta el momento es "Wa" (Rana), de 2010, en la que aborda las consecuencias de la política de hijo único impuesta en su país.

Mo Yan es el primer chino radicado en su país que recibe el Nobel de Literatura, ya que Gao Xijian residía en Francia y tenía nacionalidad francesa cuando lo ganó en 2000.

Autor también de un gran número de cuentos y de ensayos, Mo Yan sucede en el palmarés del premio al poeta sueco Thomas Tranströmer, galardonado el año pasado por las "imágenes condensadas y traslúcidas" de su poética.

Mo Yan recibirá los 8 millones de coronas suecas (unos 930.000 euros o 1,48 millones de dólares) con que está dotado este año el premio el próximo 10 de diciembre, aniversario de la muerte del creador de los galardones, el magnate sueco Alfred Nobel.

Tras el anuncio de los ganadores en Medicina o Fisiología, Física, Química y Literatura, mañana será el turno en Oslo del Nobel de la Paz, uno de los más esperados, el único que se otorga y entrega fuera de Estocolmo.

El Nobel de Economía cerrará el lunes la ronda de ganadores.

jueves, 11 de octubre de 2012

Augustus Carp

Augustus Carp es la autobiografía de un superintendente de la escuela dominical que se dedica a denunciar los pecados y debilidades de los demás ignorando, al mismo tiempo, los suyos. Aunque hace campaña en contra de la lujuria, del ocio, de beber y de fumar, se las arregla para indultarse a sí mismo y caer en una larga lista de vicios en nombre de la piedad. Su gula es justificada como un apetito saludable, delatar a los demás es un acto de devoción a la verdad, el chantaje es el mero castigo para los pecadores; mientras que tratar a su madre como una sirvienta esclavizada es simplemente rectitud patriarcal.

Cuanto más en serio se toma a sí mismo, más ridículo y repelente resulta. Sus frecuentes pérdidas de dignidad son estrepitosas: desde su incapacidad para descender de los autobuses sin caerse hasta sus problemas crónicos de flatulencias. Una inigualable sátira a la hipocresía que cuenta con ilustraciones de Robin.

La novela sigue a Augustus a través de las etapas de su vida, desde su nacimiento hasta sus 47 años, empezando con la infancia, siguiendo con sus días en el colegio y acabando con su vida laboral y su paternidad. Su actitud arrogante está marcada por el dominio del padre que le transmite esa visión deformada de su ego. Es una novela en la que el protagonista no madura ni evoluciona quedando atrapado en el proceso de crecimiento sin ningún punto de lucidez, un antibildungsroman. Desde su niñez ya es todo un tirano que se dedica a sobornar a sus profesores y continúa haciéndose de clubs "antientretenimiento", considerando a las mujeres como una terrible perdición, explotando a sus seres queridos y, en definitiva, destruyendo vidas.


Capítulo I


Ninguna disculpa por haber escrito este libro. Un deber imperativo en las actuales circunstancias. Descripción de mis padres y de su apariencia personal. Descripción de Mon Repos, Angela Gardens. Larga ansiedad previa a mi nacimiento. Alegría intensa cuando por fin tiene lugar. Decisión de mi padre respecto a mi nombre de pila. Temprana selección de mi primer padrino.

Es costumbre al publicar una autobiografía, según he comprobado, escribir un exordio que incluya algún tipo de disculpa. Pero hay ocasiones, y sin duda la presente es una de ellas, en que hacerlo es manifiestamente innecesario. En una época en que los valores morales han sido violentados o están a punto de desaparecer; en que todos los periódicos publican diariamente imágenes de violencia, divorcios e incendios provocados; cuando un buen número de chicas jóvenes fuma cigarrillos y, según me aseguran, incluso cigarros puros; cuando las mujeres maduras, madres de infelices niños, se adentran en el mar en bañadores de una sola pieza y los hombres casados, cabezas de sus familias, prefieren el parpadeo del cinematógrafo al credo de Atanasio, en una época así obviamente es un deber cuya elusión resulta injustificable el ofrecer al mundo un ejemplo mejor.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Las leyes de la frontera

He aquí una furiosa historia de amor y desamor, de imposturas y violencia, de lealtades y traiciones, de enigmas sin resolver y venganzas inesperadas. Las leyes de la frontera se asoma de nuevo a los primeros años de la transición, pero esta vez nos enseña la cara B del post franquismo.

En el verano de 1978, cuando España no ha salido aún del franquismo y no termina de entrar en la democracia y las fronteras sociales y morales parecen más porosas que nunca, un adolescente llamado Ignacio Cañas conoce por casualidad al Zarco y a Tere, dos delincuentes de su edad, y ese encuentro cambiará para siempre su vida. Treinta años más tarde, un escritor recibe el encargo de escribir un libro sobre el Zarco, convertido para entonces en un mito de la delincuencia juvenil de la Transición, pero lo que el escritor acaba encontrando no es la verdad concreta del Zarco, sino una verdad imprevista y universal, que nos atañe a todos. Así, a través de un relato que no concede un instante de tregua, escondiendo su extraordinaria complejidad bajo una superficie transparente, la novela se convierte en una apasionada pesquisa sobre los límites de nuestra libertad, sobre las motivaciones inescrutables de nuestros actos y sobre la naturaleza inasible de la verdad.

1
     -¿Empezamos?

     -Empezamos. Pero antes déjeme hacerle otra pregunta. Es la última.

     -Adelante.

     -¿Por qué ha aceptado escribir este libro?

     -¿No se lo he dicho ya? Por dinero. Me gano la vida escribiendo.

     -Sí, ya lo sé, pero ¿solo ha aceptado por eso?

     -Bueno, también es verdad que no siempre se le presenta a uno la oportunidad de escribir sobre un personaje como el Zarco, si es a eso a lo que se refiere.

     -¿Quiere decir que el Zarco le interesaba antes de que le ofrecieran escribir sobre él?
     -Claro, igual que a todo el mundo.

     -Ya. De todos modos la historia que voy a contarle no es la del Zarco sino la de mi relación con el Zarco; con el Zarco y con...

     -Ya lo sé, también hemos hablado de eso. ¿Podemos empezar?
     -Podemos empezar.

     -Cuénteme cuándo conoció al Zarco.

     -A principios de verano del 78. Aquella era una época extraña. O yo la recuerdo así. Hacía tres años que Franco había muerto, pero el país continuaba gobernándose por leyes franquistas y oliendo exactamente a lo mismo que olía el franquismo: a mierda. Por entonces yo tenía dieciséis años, y el Zarco también. Por entonces los dos vivíamos muy cerca y muy lejos. 

Boomerang

La justa memoria

Treinta y cinco años pueden ser media vida. Por eso, cuando alguien dice que llevaba 35 años queriendo escribir el libro que acaba de publicar seguro que habla en serio. Es el caso de Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953). Autor de siete novelas (entre ellas el Premio Nadal de 2003: Los amigos del crimen perfecto), otros tantos libros de poemas (incluido Acaso una verdad, Premio de la Crítica una década antes), media docena larga de ensayos, otra media de recopilaciones de artículos y 10.000 páginas de diario (repartidas en 17 volúmenes), Trapiello afirma que llevaba 35 años queriendo escribir una novela sobre la Guerra Civil. Y puede que esa novela sea Ayer no más (Destino). Puede porque él mismo no sabe si esa era la novela que tenía en la cabeza —“nunca lo es del todo”— y porque no es solo una novela sobre la Guerra Civil. Lo es sobre la memoria de esa guerra, pero también sobre la relación entre padres e hijos. Padres vivos y padres muertos. Víctimas y verdugos.

Ayer no más transcurre en la actualidad, pero el detonante de la acción hay que buscarlo en el día de 1936 en que un niño contempla el asesinato de su padre a manos de un grupo de falangistas. Setenta años después, el niño es un anciano que reconoce por la calle a un miembro de aquel grupo, más anciano aún. Como testigo fortuito, José Pestaña, hijo del viejo falangista e historiador de oficio. Si cada uno de sus libros —en las antípodas ideológicas de su progenitor— ha sido una puñalada para su familia, su obsesión por lo ocurrido en la calle es una traición cruda. Sin buscarlo, Pestaña se convierte en sospechoso para todos: para su padre es un rojo ingrato que busca saldar cuentas; para sus compañeros de universidad, alguien cuya defensa de la verdad y sus esquinas solo buscan proteger a su padre.

Dentro de una narración construida como un coro de voces —“el protagonista no quiere decir la última palabra”, aclara Trapiello—, en las páginas de Ayer no más aparecen las fosas de la guerra y la polémica en torno a la ley de la memoria histórica. En una pirueta cervantina, el propio Trapiello aparece en el libro criticado por una historiadora alérgica a los matices: “No he leído Las armas y las letras”, se enorgullece, “pero tampoco pienso: dicen que es el libro de un pedante, sin una sola nota al pie y a vueltas con la ‘tercera España”.

Las armas y las letras es ya un clásico —sin notas— sobre el papel de los escritores entre 1936 y 1939. Publicado en 1994, se reeditó ampliado hace dos años. “La guerra me interesó desde pequeño”, cuenta Trapiello. “En mi casa se hablaba constantemente de ella aunque, por supuesto, se decía que no se hablaba. No había cosa que no remitiera a aquellos años. Mi padre, que fue falangista, se quitó la camisa azul en cuanto acabó la guerra. Hizo la batalla del Ebro, la de Teruel, estuvo en frentes peliagudos… Con 19 años vio morir a la mayoría de sus amigos. Cuando vas creciendo te das cuenta de que no te lo han contado todo, que se reservan cosas, que se contradicen en otras…”.

PREGUNTA. Después de investigar el asesinato del que fue testigo su padre, su protagonista renuncia a escribir un libro de historia y termina escribiendo una novela. ¿Renuncia a la verdad?

RESPUESTA. No, pero hay cosas que solo se pueden contar en una novela. La historia, que se ocupa de hechos generales, es un relato incompleto que nunca abarca la totalidad del pasado. No admite la subjetividad. La novela es, por el contrario, el reino de las subjetividades. Se ocupa de experiencias particulares y de conflictos morales. Por otro lado, en la historia, como en la vida, nada tiene sentido, las cosas suceden unas detrás de otras, incongruentes, pero en la novela cada cosa sucede como consecuencia de la anterior, lo cual produce un efecto balsámico. Por eso nos gustan las novelas. Pestaña, por sus implicaciones personales, sabe como historiador que no podría hacer historia con esos sucesos y elige para contarlos una novela. Con la ficción persigue únicamente comprender y comprenderse.

P. Hay un fragmento de su novela que resume muchos de sus dilemas. Se lo leo: “Una paz duradera es imposible sin el olvido. Nuestra tarea es luchar contra la impunidad sin alentar el agravio y el resentimiento, sabiendo que unas veces es preferible la paz a la verdad y otras, la justicia a la paz”. ¿Cómo saber cuándo es preferible recordar para hacer justicia y cuándo olvidar para restablecer la paz?

R. No tengo respuesta para eso. No hay leyes que regulen eso, forma parte del pacto entre individuos. Vivir es incertidumbre y equilibrios inestables, y en cada momento va viéndose. Los demócratas de 1975 decidieron no hablar de las fosas y seguramente gracias a su silencio pudimos hacerlo en 2004. El tiempo juega también un papel importante, tiene un poder curativo. Se dice en la novela, a propósito de los resentimientos, que la memoria hay que cultivarla, pero que el olvido crece solo. Si somos judíos, podemos vivir en Tesalónica con la llave de nuestra casa de Toledo cinco siglos después de la expulsión, si conservarla es un gesto de lealtad con nuestros antepasados; ahora, si es fuente de resentimiento y amargura, sería mejor tirarla a un pozo. Nietzsche decía que es posible vivir casi sin recuerdos, pero no vivir sin olvidar; un exceso de historia daña la vida.

P. ¿Cómo se hace una ley con esa tensión entre memoria, olvido, paz y justicia? Uno de sus personajes dice que no se puede recordar en plural.

R. Los pueblos no recuerdan, recuerdan los individuos. En plural recuerdan los nacionalistas, que están agraviados en masa por recuerdos que creen recordar en masa. Cuanto más negro ven el futuro más recurren al pasado. Es curioso que el mismo día en que Artur Mas hablaba de autodeterminación en Barcelona, Rajoy hablara de Gibraltar en la ONU.

P. El debate sobre la memoria histórica recorre su novela. ¿No le gusta la ley?

R. El pasado no hay ni que poetizarlo ni que politizarlo. La ley era muy necesaria. Cuando hace 10 o 15 años se empezaron a formar las primeras agrupaciones de memoria histórica me llamaron para que me sumara. Todavía debo de figurar en alguna. Mi opinión es que no debe quedar ni un solo muerto en las cunetas. Pero debemos ser cautos. No tenemos por qué creer lo primero que nos cuentan. Mucha gente quiere recordar hasta un punto, pero no ir más atrás. La gente, por razones humanísimas, a menudo ha tenido no solo que olvidar, sino también que mentir.

P. ¿Se han justificado los crímenes dependiendo de las ideas del criminal?

R. No pocos de los que fueron víctimas en algún momento fueron victimarios. Tomemos el caso de aquel que durante la guerra estuvo en tribunales populares o paseando gente. Se va al exilio y cuando vuelve lo hace al lado de otros que también se marcharon, pero fueron personas decentes. No podemos tributar a los dos el mismo reconocimiento. Eso hace compleja la Guerra Civil.

P. ¿Y el argumento de que las víctimas del bando vencedor ya tuvieron su Causa General?

“Lo que necesitamos es que todos honren la memoria de los inocentes y reprueben a los criminales de ambos bandos”
R. Es incompleto e inexacto. No siempre fue así. Hay cientos de casos. Sin ir más lejos, un muchacho de 20 años al que sacan de su casa en Madrid, lo matan, nadie sabe aún dónde está el cadáver, no ha habido duelo y nadie ha pagado por ese crimen. Fue el tío de mi mujer. ¿Le podemos decir a esa familia que se ha hecho justicia con la víctima solo por levantar el Valle de los Caídos? La Causa General se instruyó de manera atropellada y poco fiable. Me gustaría que los historiadores de izquierdas estudiaran la Causa General, que ha sido pasto de los de derechas. Lo que necesitamos es que todos estudien a todos, y todos honren la memoria de los inocentes, y todos reprueben a los criminales de ambos bandos con parecida determinación. Es obvio que hay más saña con los vencidos que con los vencedores, pero el camino del agravio lleva a todo el mundo al mismo sitio: a ninguna parte.

P. ¿Cómo escribir la Historia entonces?

R. Partiendo de un relato de mínimos que nos agrupe a todos.

P. ¿Qué mínimos?

R. Yo propondría tres. Uno: que el levantamiento del 18 de julio lo fue contra un Gobierno legalmente constituido. Es decir, fue un golpe de Estado. Esto que parece tan sencillo, el PP no quiere votarlo en el Parlamento, no quiere votar la condena de ese golpe. Dos: que los principios de la Ilustración estaban representados en la República y que el golpe de Franco lo es contra la Ilustración. Lo que complica la cosa es que quienes tenían que defender esos principios desde la República en muchos casos no solo no lo hicieron sino que a veces los combatieron —y no pienso solo en Paracuellos o en las checas, pienso en las matanzas de troskistas, etcétera—. Más complicado aún: en el lado de los sublevados, en el que teóricamente todos tenían que haber sido reaccionarios furibundos, había liberales e ilustrados. Eso también hace compleja la guerra.
P. ¿Y el tercer mínimo?

R. Que si a los españoles se les hubiera dado a elegir bando pocos habrían elegido el que le tocó sino otro: lo que hemos dado en llamar una tercera España, en la que había gente de izquierdas y de derechas. Ser ecuánime no es ser equidistante porque los dos bandos no eran iguales, pero hay que ser ecuánime juzgando a los dos. Hoy todo el mundo reivindica a Chaves Nogales y a Clara Campoamor, pero hemos tardado 70 años en recuperarlos.

P. ¿Por qué?

R. Porque las dos Españas estaban empeñadas en que esa posibilidad no se conociera. Durante la guerra se podían decir otras cosas y hubo quien las dijo. Por eso los orillaron. El tiempo ha ido en contra de los totalitarismos, pero hace 70 años era un timbre de gloria inmolarse al totalitarismo. En Valencia, Azaña le dijo a Sánchez Albornoz que si ganaban la guerra sería de milagro, y que en ese caso los republicanos como él tendrían que marcharse en el primer barco. Y añadió: “Si-nos-dejan”.
“La posición moral del escritor no es denunciar que le han engañado, sino reconocer que él también ha estado mintiendo”

P. El protagonista de su novela militó en el PCE, como usted…

R. Yo peor. Yo en el PCE(i). El paréntesis era importante: marxista-leninista, estalinista y pensamiento maotsetung. Lo mejor de cada casa. La posición moral del escritor no es denunciar que le han engañado, sino reconocer que él también ha estado mintiendo, aunque haya sido involuntariamente. Es mentira que todos los antifranquistas lucharan por la democracia. Nosotros luchábamos por la dictadura del proletariado. Yo intenté saldar esas cuentas lo más honestamente que pude en la novela El buque fantasma, que tuvo, y no quiero ser presuntuoso, las peores críticas de la historia.

Andrés Trapiello dice que es difícil que vuelva a escribir sobre la Guerra Civil después de Ayer no más, un libro sobre cuya recepción tiene todas las dudas pese a que es, dice, una novela “conciliadora”. El reconocimiento que ha ido acumulando en estas dos décadas Las armas y las letras parece, no obstante, un buen augurio. Lejos quedan los tiempos en que publicar los poemas de Rafael Sánchez Mazas —protagonista 20 años después de Soldados de Salamina, el libro de Javier Cercas— significaba ser sospechoso. Trapiello lo hizo en 1981 en la editorial Trieste y todavía recuerda “con espanto” el trato recibido: “Trataron de ponernos en la diana como una editorial fascista, y eso que acabábamos de publicar a don Alberto Jiménez Fraud, a Giner de los Ríos, a María Zambrano… Nos devolvían los libros de todos. Seguramente no habían leído a Sánchez Mazas, pero tampoco a Jiménez Fraud. En España, cuando la gente no podía discutirte una idea te llamaba fascista. Y era un estigma, se te cerraban las puertas. Me irritaba porque me consideraba de izquierdas, y un votante socialista (de esto último me estoy quitando). Aquello era muy malintencionado. Tuvimos que hacerlo todo a pelo. El ambiente no ayudaba nada y tocaba ir por libre”. Treinta años hace. Ayer no más. También.

El País