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Pruebas

sábado, 20 de octubre de 2012

“No necesitamos libros, pero sí las historias”

¿De dónde viene el mundo? ¿Hay algo que haya existido siempre? ¿O todo surgió de la nada?” Si no cree que menos de veinte palabras puedan suscitar más reflexión que una colección completa de enciclopedias, valga la muestra. Jostein Gaarder, el escritor que revolucionó hace dos décadas la divulgación de la filosofía con su celebérrima novela para adolescentes El mundo de Sofía, de la que se han vendido 30 millones de ejemplares en 61 lenguas, no solo tiene esa certeza, sino que aplica la enseñanza sin excepción a su obra, así como a su particular paso para andar el azaroso camino de la existencia. Su último trabajo, Me pregunto…(Siruela), no contiene por esa misma razón ni una sola palabra (entre todas las que hay de por sí suman pocas) que no aparezca encuadradas por unos muy sagaces signos de interrogación. Y sin afirmaciones ni peroratas, consigue provocar pensamientos e ideas tan evocadores como profundos.
 
Jostein Gaarder en la Casa del Lector, en el Matadero de Madrid / Bernardo Pérez (EL PAÍS)

“¿Puedo querer a otra persona tanto como me quiero a mi mismo? ¿Qué es un buen amigo?” No hay sabio que pueda aportar una solución certera a esos enigmas, aunque tampoco es ese el objetivo del escritor (al menos no exclusivamente): el texto, acompañado de ilustraciones del artista Akin Düzakin, está en realidad dirigido a los niños. “Es un libro pequeño sobre las grandes preguntas”, explica. Si en El mundo de Sofía la dinámica consistía en mostrar las resoluciones de los filósofos respecto a las grandes cuestiones, enmarcadas en un relato, en esta ocasión las tornas se han vuelto, y es el propio lector quien debe formar sus propias conclusiones. “Algunas de las respuestas, como por ejemplo qué es el Bing Bang, existen, pero incluso aunque no las sepamos, preguntarse sobre ello aporta una experiencia profunda sobre lo fantástica que puede ser la vida en el universo”.

Dicharachero como un chiquillo —cuenta que a los 11 años comprendió que existía, la más profunda de las iluminaciones, y que entonces se propuso no crecer nunca—, dispuesto a lo que le echen, Gaarder (Oslo, 1952) se apeó este miércoles en Madrid para pronunciar el discurso inaugural de la Casa del Lector, en el Matadero, un proyecto pionero para la investigación, formación y difusión de la lectura y el arte. Responde con un chorro incontrolable que brota de una amplia y permanente sonrisa enmarcada en un rostro rubicundo. ¿Se imagina él un mundo sin libros? “Es difícil”, se detiene, cavila. “Pero creo que realmente no los necesitamos: lo que hace falta son las historias”. Él creció en una casa repleta de volúmenes, pero nunca fue uno de los que los devoran: su pasión por la filosofía llegó por otra vía, la de la duda. “Cuando era pequeño mis padres me dieron la libertad de preguntar sin sufrir intolerancia”. Y eso es lo que intenta poner en valor tanto con Me pregunto… como con el resto de sus trabajos, muchos pensados para un público infantil: la trascendencia de objetar, de ponderar, de ver el mundo, siempre, por los ojos de un niño.

Cree que el mayor problema filosófico hoy es la sostenibilidad

“En Noruega tenemos un deporte que se llama la natación de bebés, y que consiste en lanzar a los pequeños, incluso recién nacidos, a la piscina. ¿Y sabes lo que pasa? Que no se ahogan, porque tienen una habilidad innata. Pero si dejas pasar el tiempo, entonces tendrás que enseñarles a nadar”. Con el ejemplo, uno de los tantos con los que ilustra sus ideas, quiere subrayar la necesidad de educar en el pensamiento crítico desde la cuna. También le sirve para llevar la conversación al terreno de la sostenibilidad y la ecología, que percibe como el problema filosófico más acuciante de nuestra época, y que afectará, sobre todo, a los que están por venir. Sobre ese tema habló en su discurso en la Casa del Lector. Y sobre él versa su más reciente proyecto de novela, Anna. Una fábula sobre el clima de la Tierra y el medioambiente. “Hasta ahora, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 era el mayor logro de la literatura y la filosofía, porque esas palabras no salieron de la nada, sino que están basadas en la reflexión humana fruto de miles de años. Pero también debemos enfocarnos en las responsabilidades y las obligaciones”, concluye. “Espero que el siglo XXI nos traiga una Declaración Universal de las Obligaciones Humanas”.

El País

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