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Pruebas

lunes, 8 de octubre de 2012

“El mundo islámico cree que hay una conspiración occidental para destruirlo”

San Valentín es el día del amor. Pero el 14 de febrero de 1989 Salman Rushdie no recibió ninguna declaración de pasión. Más bien, una condena a muerte. El ayatolá iraní Jomeini dictó ese día una fetua contra el autor de origen indio. Traducido, animaba a cualquier musulmán que se cruzara con él a asesinarlo. La culpa de Rushdie era haber escrito una novela, Los versos satánicos, de la que se considera “muy orgulloso” pero que el ayatolá acusó de blasfemia.

Fue el día que cambió para siempre la existencia de Rushdie (Bombay, 1947). Y es el punto de partida de su nuevo libro, Joseph Anton (Mondadori). De ahí, y a lo largo de 686 páginas, la obra pasa por una pesadilla de vida en Reino Unido, bajo escolta y de casa en casa, y llega hasta el momento en el que por fin, nueve años después, el autor se siente libre de coger un taxi. “Es una novela muy autobiográfica, en la que todo es cierto”, cuenta Rushdie, en una rueda de prensa para presentar la obra en Madrid.

Verdadero es también el seudónimo que empleó durante años y que da el titular al libro –y que se debe a los nombres de Joseph Conrad y Anton Chéjov-. “La parte pública de la historia ya estaba en los periódicos. Pero nadie conocía el lado personal, cómo fue para mí vivir ese periodo”, asegura Rushdie. De ahí que el libro parta de sus vivencias íntimas, su salud y la relación con su familia para luego mover el foco hacia un contexto más amplio, donde el Foreign Office británico le invita a pedir perdón por Los versos satánicos, la policía del Reino Unido le informa de que es el hombre más en peligro del país tras la reina, y algunas editoriales rechazan publicar su libro.

Varios problemas Rushdie tuvo también con Joseph Anton. Pero en este caso dependían de él: “He esperado mucho para escribirlo. Quería que fuera un punto y final a esa historia y no quería hacerlo en el momento cumbre de las emociones. Necesitaba desprenderme de la rabia, llegar a estar en paz para mirar atrás con tranquilidad”. Y hasta con un humor, ya que Joseph Anton narra el drama de la espada de Damocles de Rushdie pero también se ríe de él.

Y en efecto sonríe el autor al recordar uno de los episodios más surrealistas de esos nueve años. Tras un fallido atentado, para evaluar las amenazas para la editorial Penguin al publicar Los versos satánicos, el director, Peter Mayer, encargó un informe que, por razones de seguridad, sustituía los nombres de los protagonistas con los de algunos pájaros. Se tituló Evaluación de la fortaleza y potencial de la protesta del Caradrino contra la Limosa de la Paloma del Charrán Ártico e implicaciones para el Chorlito Dorado. Con Rushdie en el papel del Charrán Ártico.

Con la tercera persona se refiere en cambio el autor a sí mismo durante todo el libro: “Empecé con la primera, pero era todo un yo, yo yo. Pensé: ‘Basta, ¡cállate!’. También es más fácil ser crítico contigo mismo cuando usas ‘él’ en vez de ‘yo”. Y, además, el Rushdie que escribe es un autor de 65 años y muchas experiencias mientras que el personaje tiene un cuarto de siglo menos y solo empezaba a intuir la tormenta que se le echaba encima.

Sea como fuere, ese desdoblamiento de su personalidad no tendrá secuela. “Es el último libro en el que hablo de mí. De hecho ni siquiera me gustan las autobiografías. Pero de repente mi vida se volvió interesante”, afirma Rushdie. Con este eufemismo el autor se refiere a una recompensa de millones de dólares para quién le matara y a una amenaza que se cobró varias víctimas: su traductor japonés fue asesinado, el italiano golpeado brutalmente y su editor noruego recibió tres balas.

Un destino que el escritor comparte con otros autores de obras controvertidas sobre el Islam, algunos de ellos musulmanes, como el Nobel de Literatura egipcio Naguib Mahfuz, apuñalado por un extremista islámico: “Muchos escritores han sido atacados o matados. Las acusaciones siempre han sido idénticas, la misma retórica medieval: blasfemia, herejía, insulto. En 1989 parecía un fenómeno digno de la Inquisición pero entre tanto hemos visto cómo se desarrollan las políticas extremistas”.
También se ha visto, hace poco, como una chapuza de vídeo que insulta a Mahoma en la Red puede acabar provocando muertes y ataques a embajadas en más de 20 países. Rushdie critica tanto el filme como sus consecuencias: “Es un vídeo malísimo en YouTube. Allí hay tantas cosas que cualquiera podría sentirse insultado. Responder así es erróneo y ridículo. Pero forma parte de una paranoia más amplia: el mundo islámico está convencido de que hay una conspiración de los líderes occidentales para destruirlo”.

La trama para destruir a Rushdie en cambio debería de haberse aplacado. Y el entonces presidente iraní Jatami ya retiró por lo menos la recompensa por su homicidio. El autor en cualquier caso reconoce que “es el pasado” y que ya no se preocupa. También porque cuenta con la promesa que en su día le hizo el periodista americano Bill Buford: “Tus amigos vamos a formar un anillo de hierro para que vivas en él”. Toda una declaración de amor. Por fin, un San Valentín.

El País