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Pruebas

lunes, 28 de julio de 2014

Un mundo de veranos literarios

El verano es la manzana del paraíso literario. No sólo por la tentación que despierta en los autores escribir sobre ese periodo y su eterno efecto vivificador en los lectores, sino porque suele guardar la clave que define el destino del libro, el curso de la historia narrada. Sí, ahí está en muchas obras clásicas cuando...
…Bajo una luna veraniega, después de lunas incontables, el capitán Ahab avistó a Moby Dick… entre sus vientos cálidos se oscureció el destino de la Tierra Media, en El señor de los anillos… al amparo de sus sombras, Sherezada empezó su salvación en Las mil y una noches… por él y durante él, Alonso Quijano emprendió su aventura de desfacer entuertos… en uno de sus atardeceres Humbert Humbert engendró su deseo malsano por las nínfulas en Lolita... y su embrujo trastocó la vida de todos en Sueño de una noche de verano...
Pero, ¿a quién no le gustaría vivir su verano literario favorito? Juan Marsé querría ser invitado a las fiestas de El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, “y, ya puestos, viajar con Gatsby y Daisy a la Costa Azul, con todo lo que eso implica de estar junto a un personaje entrañable, además de un aprendizaje en el ejercicio literario moral”.
Del verano de Anna Karenina, de Tólstoi, con Vronsky, su amante, le gustaría ser testigo a Nélida Piñón: “Al anticipar los acontecimientos, es el preludio de la felicidad con fracturas sutiles. Los problemas que experimentan los amantes presagian un desenlace trágico, escenas bellas”.
Javier Reverte acompañaría a Ulises a su paso por el mar de las sirenas en laOdisea, de Homero; Clara Sánchez se emociona y conmueve con El jardín de los Finzi-Contini, de Giorgio Bassani; Clara Usón sería testigo de cómo Rodolfo seduce a Emma en Madame Bovary, de Flaubert.
Son atajos hacia la felicidad. Y un pasaje hacia algunos de esos veranos literarios ofrece dos rutas: dar la vuelta al mundo, como sugiere el atlas que acompaña este artículo, y hacer un periplo temático y emocional por gran parte de las estaciones de la vida que llevan…

…a la infancia:

Para recordar el descubrimiento de la belleza de la naturaleza,la alegría y la realidad creando un universo propio en los recuerdos de Katherine Mansfield en Nueva Zelanda en el relato En la bahía.

…a la iniciación:

Para enfrentarse a los miedos y la verdadera sociedad y la familia zurcida de prejuicios a través de los tres niños de Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, en el condado de Maycomb donde el calor alarga las horas y al que se le había dicho que su único enemigo eran ellos mismos.

…a las travesuras:

Para ser cómplices y disfrutar de Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, con la promesa fresca del río Misisipí, e, incluso, compartir su mirada del mundo adulto y reconocer alguna tía Polly alrededor.

…a la aventura:

Para enrolarse con Jim para seguir sus peripecias detrás de un tesoro mientras esquiva y se enfrenta a traidores, rufianes, piratas y filibusteros, según lo contado en La isla del tesoro, por Robert Louise Stevenson.

...al descubrimiento:

Para ser huéspedes del capitán Nemo y disfrutar con él Veinte mil leguas de viaje submarino y, de paso, agradecer a Julio Verne sus billetes literarios que sacan de este mundo a los lectores con sus historias maravillosas que enriquecían la imaginación.

…a la realidad:

Para reconocer la aplastante realidad de la guerra que se precipita y empieza a colonizar y socavar la candidez infantil descrita por Kenzaburo Oé, en La presa, en cuya aldea solo quedan los niños en la calle envueltos por el sol y el aire cargado de malos presagios en medio de las risas.

…a la juventud:

Para comprender que lo que un joven llama la patria de su infancia ya es recuerdo, y da los primeros pasos en la edad adulta, al sentir que el mundo se abre al deseo de conquistar nuevas felicidades y proyectarse en compañía de la libertad y la autonomía como lo cuenta Herman Hesse en El ciclón.

…al arribo del primer amor:

Para evocar cómo un cruce de miradas puede juntar destinos tras despertar emociones y sentimientos desconocidos y extrañamente felices como los de Hatsue y Shinji, en El rumor del oleaje, de Mishima.

…a los deseos:

Para emocionarse con la vida inquietante y turbadora de una adolescente tanteando en sus instintos cuando se enreda en una relación con un rico comerciante chino de 26 años. Y esa joven es Marguerite Duras, en El amante, en la Indochina donde los hilos de sudor seducen.

…a la amistad:

Para reconocer los infinitos horizontes que pueden unir a los amigos, los lazos invisibles entre los afectos y la soledad descritos en el sopor sureño de Estados Unidos por Carson McCullers en El corazón es un cazador solitario, aunque algunos digan que es más una historia de amor no correspondido.

...al placer:

Para reconocer la lujuria, el poder, el deseo, la traición, la infidelidad, la insatisfacción y las pasiones sexuales ocultas y soñadas a través de la sociedad china bajo la dinastía Ming en los ámbitos público y privado, en la primera novela moderna de China: Jin Ping Mei.

…a la búsqueda del yo:

Para saber que seguir el rastro de un padre, por ejemplo, descubre los rostros del mundo, de los demás, de uno mismo, del pasado, del presente, de las promesas, de las ilusiones, y que todo eso vive en un solo tiempo sin tiempo de verano eterno, real, creído y mítico, según Juan Rulfo en Pedro Páramo.

…al río de la vida:

Para dejarse llevar por el fluir de la cotidianidad, la convivencia y los sentimientos con sus meandros y brazos inesperados que en algún punto volverán a juntarse en el caudal principal, como lo refleja Naguib Mahfuz en El callejón de los milagros.

…a los ideales:

Para acompañar Alonso Quijano, más conocido como Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, en una aventura que despierta las ganas de ser su escudero en su intención de acabar con los miedos agazapados en los campos.

…a la prueba de sí mismo:

Para subir a bordo del Pequod y ver los terrores en los ojos de la tripulación y envidiar su osada valentía, y sentir las pulsaciones de la obsesión de Ahab por acabar con Moby Dick, novela homónima de Herman Melville, sobre todo cuando una noche espolvoreada de luna se alzó refulgente el chorro de la ballena.

…a las razones de existir:

Para preguntar y preguntarse sobre los reales motivos por los que vale la pena estar en el mundo, por lo bueno y lo malo, según lo plantea Albert Camus en El extranjero, donde el brillo del cielo es insoportable.

…a la caída del esplendor:

Para ser testigos del ocaso en El Gatopardo, de Tomasi di Lampedusa, cuando Fabrizio, el príncipe de Salina, y su sobrino Tancredi acaben de llegar a Donnafugata. Es agosto. El cambio del mundo de la sociedad siciliana ha empezado en mayo con el desembarco de Garibaldi, y está a punto de ser reforzado por sus estrategias de adaptación y la revolución en sus corazones.

…a la muerte:

Para aprender de Thomas Mann, en Muerte en Venecia, sobre la belleza, la atracción y las sensaciones e ideas que despiertan en el individuo; sobre la existencia y su agonía; sobre lo que rodea cada vida.

…a lo que siempre queda:

Para echar un vistazo atrás como lo hacen dos amigos en El último encuentro, de Sándor Márai, cuyas preguntas resuenan: “¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón, nuestra alma, nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase? ¿Y que si hemos vivido esa pasión quizás no hayamos vivido en vano? ¿Que así de profunda, así de malvada, así de grandilocuente, así de inhumana es una pasión?... ¿y que quizás no se concrete en una persona en concreto, sino en el deseo mismo?”.
Son veranos literarios en los que sobrevuelan las palabras de Toni Morrison en Jazz, cuando uno de sus personajes dice que hay que morder la manzana por que solo así se conoce su sabor.
El Pais

viernes, 25 de julio de 2014

Melancolía y suicidios literarios

En Melancolía y suicidios literarios Toni Montesinos rastrea los caminos que a lo largo de la historia comunican la reflexión sobre el suicidio con las decisiones finales de aquellos escritores, filósofos y artistas que llevaron aquella idea a término. Más allá del estereotipo sociológico o psicológico, este libro aborda desde el campo de la literatura el estudio de la pareja «suicidio-melancolía», que tras un largo noviazgo de siglos, adquiere una presencia realmente desorbitada en el siglo xx, en el que proliferó de manera apabullante, oculta tras tecnicismos y enterrada bajo la sombra de la incomprensión. 
Su temperamento melancólico hace al suicida víctima de la bilis negra, lo cual, como sabemos desde Aristóteles, no le convierte necesariamente en un enfermo, pero sí le condena a una cierta propensión a la enfermedad que los modernos conocemos como depresión. Por culpa de la bilis negra, uno de los cuatro humores clásicos, el suicida no tolera la sobriedad fría de la vida, y la melancolía le convierte en un ser excepcional que, según Platón, lo emparenta con héroes trágicos como Áyax o Heracles. Como hijo de Saturno, el melancólico-suicida está relacionado con el geómetra, el que domina «el arte de la medida», la ciencia del peso y del número, y en definitiva, de la sabiduría y la escritura. Él posee las llaves, el poder del artista, y preso del taedium vitae, decide interrumpir el orden.
Hijos de Saturno fueron Antístenes, Diógenes de Sínope, Zenón de Citio, Empédocles, Epicuro o Séneca, en la Antigüedad. El Romanticismo y el joven Werther hicieron suicidas a Karoline von Günderode, Alfred de Musset, Sophie Risteau, Camilo Castelo Branco, Mariano José de Larra, Antero de Quental o lord Robert Castlereagh. Finalmente, el siglo xx nos ha traído los suicidios de Ernest Hemingway, Virginia Woolf, Arthur Koestler, Cesare Pavese, Primo Levi, Stefan Zweig, Walter Benjamin o Alejandra Pizarnik.
«La melancolía es la dicha de estar triste.»
Victor Hugo
NOTA PRELIMINAR
Si, como dijo en un libro de entrevistas aquel pensador que basó su obra en lo melancólico y suicida, E. M. Cioran, «escribir sobre el suicidio es vencer el suicidio», he aquí, a lo largo de estas páginas, una forma de ver materializado o no tal aserto. Pues la investigación que ahora se abre busca encontrar las puertas que comunican la reflexión y creación literaria, filosófica y artística sobre el hecho de darse muerte con las decisiones finales de los autores que llevaron su idea a término, y la manera en que, en sus propias vidas, eso se convirtió en negro sobre blanco, por un lado, y, por el otro, en una experiencia real. Todo desde la óptica de la melancolía, esa enfermedad del alma, esa dolencia psicológica, ese estado de ánimo, esa mera pose... tales son las calificaciones y tratamientos que ha tenido lo melancólico, concepto de larga historia desde Aristóteles y su celebrado escrito.
Lev Tolstói anotó en su diario, el 13 de julio de 1852: «El suicidio es la expresión y la prueba más evidente de la existencia del alma; y su existencia es la prueba de su inmortalidad». Lo críptico, lo personal de semejantes palabras, en un hombre además que sublimó sus dudas religiosas y preocupaciones sociales gracias a su arte narrativo, nos encaminan hacia un territorio fronterizo entre la mortalidad y el infinito donde la ambigüedad es la norma y la indefinición, la primera de sus reglas: el poeta, el filósofo, el psiquiatra tienen diferentes y muy argumentadas formas de describir la melancolía, así como de acercarse a las razones o sinrazones que dan pie al autohomicidio. Lo que sigue, pues, constituye un pequeño intento de unir esas diferentes perspectivas para darles un sentido histórico, literario y clínico. Se trata de un camino sin objetivo definitivo, pues las conclusiones serán tan numerosas como distintas las perspectivas al considerar los suicidios melancólicos que nos proporcionen los ejemplos -literarios y reales- extraídos de escritores, estudiosos y médicos.
De hecho, se podría escribir una historia de las letras universales en función de cómo éstas han abordado lo suicida-melancólico, tal es la frecuencia de esa relación, que ha dado pie a un inabarcable número de poemas, novelas y cuentos, ensayos, biografías, obras teatrales. Esa enciclopedia de los muertos, por decirlo con el título de una obra de Danilo Kiš -un no suicida del que con frecuencia se ha dicho, erróneamente, que se suicidó-, nos contaría de forma harto completa la historia del mundo y de la psicología humana: es un campo delicado, intangible y misterioso éste de cómo los humores de las personas devienen inspiración para una pieza literaria, y un asunto extraordinariamente interesante observar el proceso de cómo la idea de suicidarse se hace efectiva. Sentimiento y acción se combinan en lo pacífico y lo violento, y la poesía se nutre de sangre, y la muerte adquiere la fisonomía de un perfil artístico. No en vano, «de todas las aventuras es el suicidio la más literaria, mucho más que el asesinato», como dice J. M. Coetzee en su novela En medio de ninguna parte.

Según los estudios estadísticos, el suicida estándar responde a las siguientes características: por un lado, un varón de cincuenta y cinco años de edad, divorciado o separado, socialmente aislado y con un trastorno mental grave; por el otro, ese mismo varón, pero cuerdo, probablemente atormentado por una situación económica insostenible, como se ha visto de forma contundente, por ejemplo, en el Japón de lo que llevamos de siglo XXI, un país en el que hay más de 30.000 muertes voluntarias por año; tantas que en la última década se puso en funcionamiento un consultorio telefónico para prevenir suicidios (la primera semana se recibieron 3.037 llamadas, la mitad por parte de desempleados de cuarenta años aproximadamente) y una compañía de ferrocarriles instaló espejos en los andenes, además de unas lámparas de iluminación azul con propiedades sedativas, para disuadir a quienes pretendieran tirarse a las vías.

jueves, 24 de julio de 2014

Who I am. Memorias

Pete Townshend, leyenda viva del rock y uno de los grandes incendiarios que, desde llamaradas como los Beatles, los Stones, Cream o Pink Floyd, encendieron una tormenta destinada a pulverizar los tedios establecidos y dar forma a una nueva manera de no ser viejo. 

Pete y sus colegas fueron audaces pioneros en la trituración pública de instrumentos musicales y otros enseres igualmente valiosos, el abuso recreativo de sustancias no recomendadas por las autoridades sanitarias y el comercio carnal e indiscreto con admiradoras más o menos ingenuas. Pero Townshend es también el creador introvertido, el chico extraviado y el hombre roto que intenta comprender sus flaquezas para sobrevivir a sí mismo. De todo ello ofrece testimonio Who I Am, una de las memorias más auténticas y ambiciosas que se haya escrito nunca en el Olimpo de la música popular.

« Un libro mucho más honesto de lo que esperaban sus admiradores. » Rolling Stone

« El alma de los Who es un autor asombrosamente sincero, minucioso y sensible. » The Sun

« Pete Townshend escribe sobre cualquier tema con pasión y elocuencia. » The Times

Yo estuve
      Es fabuloso, mágico, surrealista, verlos bailar a todos ante la reverberación de mis solos de guitarra: entre el público, mis amigotes de la escuela de arte se ven algo envarados rodeados de desgarbados mods del norte y del oeste de Londres, esa hueste de adolescentes que ha llegado a horcajadas de sus fabulosas vespas, colgados de anfetas, con buenos zapatos y el pelo corto. No puedo decir lo que pasa por las cabezas de mis compañeros de grupo, Roger Daltrey, Keith Moon o John Entwistle. Incluso en medio de la banda, me suelo sentir algo solo, pero esta noche de junio de 1964, en el primer concierto de los Who en el Railway Hotel de Harrow, Londres Oeste, me siento invencible.

     Tocamos R&B: «Smokestack Lightning», «I'm a Man», «Road Runner», y otros clásicos con garra. Ante el micrófono, sigo rasgando sin parar la aullante guitarra Rickenbacker, luego le doy al interruptor que instalé para que chisporrotee y acribille la primera fila con ráfagas de sonido. La arrojo al aire con violencia y siento un estremecimiento repentino mientras el sonido se degrada de un rugido a un estertor: miro hacia arriba y veo el cuerpo fracturado de la guitarra, mientras la extraigo del agujero practicado en el techo bajo.

      En ese momento tomo una decisión repentina, y en un frenesí demente vuelvo a arrojar una y otra vez la guitarra contra el techo. Lo que antes era una simple fractura, ahora es un astillado estropicio.Sostengo la guitarra ante el gentío con gesto triunfal. No la he machacado: la he esculpido para ellos. Despreocupado, arrojo la guitarra hecha añicos al suelo, agarro una Rickenbacker nueva de doce cuerdas y prosigo el espectáculo. 

sábado, 19 de julio de 2014

Amazon lanza en EE UU una tarifa plana para los libros electrónicos

Perfecto para los lectores más empedernidos, no tanto para los que prefieren las lecturas escogidas y mucho menos para los autores, cuyo valor queda igualado. El nuevo modelo de suscripción de lectura de Amazon, de momento solo accesible desde Estados Unidos, ofrece acceso a 600.000 libros por 9,99 dólares al mes. Funciona tanto en sus aparatos como en las aplicaciones para iPhone, iPad y Android. En las condiciones de uso se indica que se pueden descargar hasta 10 libros simultáneamente.
Unlimited, ilimitado en español, como se denomina el servicio, incluye títulos muy populares como las sagas de Los Juegos del Hambre, Harry Potter y El Señor de los Anillos, pero no promocionan grandes autores ni lanzamientos de las editoriales más reconocidas. Tras navegar por los archivos que ofrecen se observa que carecen de las últimas novedades, casi todo es fondo de catálogo, y libros que autopublican los autores. Los líderes ya no serán los más vendidos, sino los más leídos. Suena bien en teoría pero no se han desvelado las condiciones de remuneración para los editores y creadores. Hasta ahora el trato era similar al de Apple, un 30% para el vendedor y 70% para el autor o editor.
Si la cantidad de suscriptores crece y es considerable, será un arma para presionar a la industria e invitarlos a publicar en este formato. Las editoriales perderían ya por completo la gestión del precio, tan solo podrían controlarlo en la venta unitaria. 
El primer mes, de prueba, es gratis. Dentro del más de medio millón de archivos que ofrecen se encuentran 2.000 audiolibros, un género muy popular en Estados Unidos, no solo entre los que dificultades de visión, dado que se usan en el coche, el lugar donde más tiempo se pasa en este país después de la casa y el trabajo.
Russ Grandinetti, vicepresidente de Kindle, insiste en que la combinación entre ambos formatos es una de sus grandes fortalezas. Se puede comenzar la lectura de un libro de texto y continuar escuchando desde donde se dejó y viceversa.
Amazon quiere que se vuelva una y otra vez a su universo de ventas. Con esta oferta se asegura un ingreso fijo mensual y una base de usuarios fieles a los que agasajar y ofrecer contenidos algo más exclusivos. Así es como funciona Prime, su tarifa plana anual de envíos a domicilio en la que incluyen acceso a sus películas. Se consigue incentivar un mayor número de ventas al crear al usuario la sensación de tener que amortizarlo o no percibir el envío como un gasto adicional. El margen es menor, pero ganan si es volumen de compras crece.
A diferencia de la música, cuya mecánica al estilo Spotify es la que han tomado como referencia, en los libros no se consume cada unidad en menos de cinco minutos. Si se echan cuentas, es necesario leer de media al menos dos libros mensuales, incluso cuatro si son autopublicados, para que al lector le compense.
En España tanto Nubico, de Telefónica, como 24Symbols, ofrecen lectura por suscripción. En EEUU, Oyster cobra 10 dólares por un catálogo de medio millón de libros. Scribd se queda en nueve dólares por 400.000 ejemplares.
El Pais

jueves, 17 de julio de 2014

El último lector

¿Qué es un lector? ¿Quién es? ¿Qué le sucede mientras lee? La literatura, advierte Piglia, da un nombre y una historia al lector. De don Quijote a Hamlet, de Bartleby al lector inventado de Borges, de Emma Bovary a Philip Marlowe, asistimos a una variedad infinita de lectores: el visionario, el enfermo, el compulsivo, el melancólico, el traductor, el crítico, el escritor, el filósofo y -¿por qué no?- el propio autor, Piglia como Piglia y como Renzi. ¿Qué es un lector? La respuesta «es un relato: inquietante, singular y siempre distinto.»
«De entre la legión de escritores hispanoamericanos que se han alzado a los hombros del precursor Borges, es Ricardo Piglia quien tiene las mejores vistas sobre los paisajes y territorios de la literatura universal.» Süddeutsche Zeitung
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¿Qué es un lector?
Papeles rotos
Hay una foto donde se ve a Borges que intenta descifrar las letras de un libro que tiene pegado a la cara. Está en una de las galerías altas de la Biblioteca Nacional de la calle México, en cuclillas, la mirada contra la página abierta.

Uno de los lectores más persuasivos que conocemos, del que podemos imaginar que ha perdido la vista leyendo, intenta, a pesar de todo, continuar. Esta podría ser la primera imagen del último lector, el que ha pasado la vida leyendo, el que ha quemado sus ojos en la luz de la lámpara. «Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven.»

Hay otros casos, y Borges los ha recordado como si fueran sus antepasados (Mármol, Groussac, Milton). Un lector es también el que lee mal, distorsiona, percibe confusamente. En la clínica del arte de leer, no siempre el que tiene mejor vista lee mejor.

«El Aleph», el objeto mágico del miope, el punto de luz donde todo el universo se desordena y se ordena según la posición del cuerpo, es un ejemplo de esta dinámica del ver y el descifrar. Los signos en la página, casi invisibles, se abren a universos múltiples. En Borges la lectura es un arte de la distancia y de la escala.
Kafka veía la literatura del mismo modo. En una carta a Felice Bauer, define así la lectura de su primer libro: «Realmente hay en él un incurable desorden, y es preciso acercarse mucho para ver algo» (la cursiva es mía).

Primera cuestión: la lectura es un arte de la microscopía, de la perspectiva y del espacio (no solo los pintores se ocupan de esas cosas). Segunda cuestión: la lectura es un asunto de óptica, de luz, una dimensión de la física. 

Joyce también sabía ver mundos múltiples en el mapa mínimo del lenguaje. En una foto, se lo ve vestido como un dandy, un ojo tapado con un parche, leyendo con una lupa de gran aumento.

El Finnegans Wake es un laboratorio que somete la lectura a su prueba más extrema. A medida que uno se acerca, esas líneas borrosas se convierten en letras y las letras se enciman y se mezclan, las palabras se transmutan, cambian, el texto es un río, un torrente múltiple, siempre en expansión. Leemos restos, trozos sueltos, fragmentos, la unidad del sentido es ilusoria. 

La primera representación espacial de este tipo de lectura ya está en Cervantes, bajo la forma de los papeles que levantaba de la calle. Esa es la situación inicial de la novela, su presupuesto diríamos mejor. «Leía incluso los papeles rotos que encontraba en la calle», se dice en el Quijote (I, 5).

Podríamos ver allí la condición material del lector moderno: vive en un mundo de signos; está rodeado de palabras impresas (que, en el caso de Cervantes, la imprenta ha empezado a difundir poco tiempo antes); en el tumulto de la ciudad se detiene a levantar papeles tirados en la calle, quiere leerlos.

martes, 15 de julio de 2014

El tren que paró la matanza

Los trenes tuvieron su parte de responsabilidad en la I Guerra Mundial: fueron fundamentales en la movilización de tropas —uno de los factores que hizo imparable la contienda— y luego continuaron llevando carne de cañón fresca hasta las trincheras. Es curioso, por tanto, que fuera en un tren donde acabó la guerra.

Son muchos los trenes famosos, el Transiberiano, el Orient Express, el de Pancho Villa o el que atravesaba el puente sobre el río Kwai. Pero seguramente ninguno de sus vagones ha sido tan importante en la historia como el del tren del mariscal Foch utilizado para la firma del armisticio que puso fin a la gran carnicería de la Gran Guerra. En ese vagón desde luego no se gritó la mítica “¡Más madera que es la guerra!” como en el tren de los Hermanos Marx (donde tampoco se hacía), sino muy al contrario.

Era el 11 de noviembre de 1918 y a las 5 horas y 12 minutos de la mañana los plenipotenciarios aliados y alemanes acordaban en el vagón el silencio de las armas tras 1.560 días de la peor guerra que había visto el mundo. El armisticio no entró en vigor hasta las 11 horas pero entonces dio lugar a una inmensa oleada de alegría y alivio. “Te escribo con lágrimas en los ojos”, anotó un soldado francés expresando el sentimiento de millones. “Me he enterado del fin de las hostilidades, el final de esta terrible guerra, es el mejor día de mi vida”. La historia del acto de la firma y la del vagón y su extraño destino —Hitler lo volvió a utilizar, como revancha, para otro armisticio, el del 22 de junio de 1940, tras vencer a Francia—, merecen ser recordadas este año del centenario del inicio de la Gran Guerra.

Llovía a cántaros el otro día en Compiègne —como lo hacía aquel 11 de noviembre de 1918— mientras un grupo de visitantes abandonábamos contritos la seguridad del autocar para adentrarnos en los bosques desde el aparcamiento a fin de llegar a la zona conmemorativa del armisticio. Era un desazonador y húmedo fastidio pero pensándolo bien resultaba una buena manera de recordar el barro y la miseria de las trincheras. Lo revivió intensamente sin duda un portugués que tropezó en un bajo cercado de alambre para desplomarse con toda su humanidad en el barrizal componiendo una imagen digna del ataque de los fusileros reales galeses en Passchendaele.

Atravesamos el Claro del Armisticio, una gran rotonda similar a la plaza de l’Etoile de París, y sus monumentos, con la premura de un avance al descubierto para refugiarnos en el museo. En el interior del edificio el visitante se encuentra con un antiguo vagón ornado de banderas francesas y flanqueado por lanzas con pendones. Por las ventanas se puede ver una mesa en la que se indican los nombres y la situación de los firmantes del armisticio. Pese al impacto que provoca, no es el vagón real de la firma. El vagón original, el número 2.419 D de la Société des Wagons-Lits convertido en despacho móvil de Foch, fue destruido por un incendio en otro bosque lejano, el de Turingia, donde había sido trasladado desde Berlín tras llevárselo los alemanes en 1940. Según una versión, lo destruyeron las SS por orden de Hitler para evitar que volviera a ser usado en otra rendición…

La extravagante elección de un vagón y de un bosque en Compiegnes en 1918 se explica por la voluntad de Foch de firmar el armisticio en un lugar discreto, al amparo de la mirada de los curiosos y de la (merecida) animosidad que los franceses podían mostrar hacia los enviados alemanes. El mariscal Foch hizo llevar su tren especial que empleaba a menudo como puesto de mando a un discreto ramal ferroviario con dos vías paralelas que se había usado para trasladar artillería al frente del Oise. En una se estacionó el tren del comandante en jefe aliado, de diez vagones, incluido el susodicho vagón-salón 2.419 D, y en la otra el que llevaba a los representantes alemanes. Estos habían realizado un largo y peligroso (y melancólico) viaje: tras cruzar las líneas en coches propios fueron trasladados a automóviles franceses que los llevaron hasta el tren puesto a su disposición. Un tren con cierta mala baba, pues incluía el vagón-salón del emperador Napoleón III, un guiño al desastre de Sedán y una sutil forma de revancha sobre la derrota de 1870.

El 8 de noviembre el tren que lleva a los alemanes se detiene en la vía paralela al de Foch. Los cuatro representantes del país derrotado descienden y cruzan cariacontecidos los 60 metros que los separan del vagón 2.419 D. Allí se reúnen con la representación aliada y el mariscal, que no se muestra precisamente simpático, por no decir que está bastante borde. El general Weygand lee las duras condiciones del armisticio: retirada hasta el otro lado del Rhin y entrega de toda la flota y numerosas armas. El secretario de Estado Ezberger se indigna. El capitán de navío Von Vanselow —que se queda sin barcos— llora. Tras tres días de reflexión en su tren, consultas con su Gobierno y la amenaza de Foch de atacar en Lorena, los alemanes regresan al vagón y firman lo que haga falta. Foch se limita a decir “muy bien”, y se marcha.

Durante años el sitio permanece abandonado y el vagón de la firma se exhibe en París, en el patio de los Inválidos. El 11 de noviembre de 1922 se inaugura la monumentalización del espacio. Los lugares en que se aparcaron los trenes quedan señalados, se crea una Vía de la Victoria y se instalan varias obras conmemorativas. En 1927 se completará el lugar con la instalación del vagón y la construcción de un museo para albergarlo.

Hitler, que consideraba una humillación y una provocación el despliegue de Compiègne, acudió en persona, y más contento que unas pascuas, el 21 de junio de 1940 al calvero del armisticio, donde, además de llenarlo todo de esvásticas, había hecho colocar de nuevo el vagón —tras sacarlo del museo, que fue derruido— para que se firmara la rendición francesa. Luego ordenó que el vagón fuera llevado a Alemania.

Con la liberación, las tornas volvieron a cambiar. Se celebró una “ceremonia de purificación”, se reconstruyeron los monumentos destruidos y se edificó el museo actual, en el que se instaló un vagón de la misma serie que el exiliado y destruido. El lugar se ha ido enriqueciendo desde entonces con otros monumentos y recuerdos, entre ellos restos del vagón original, como los pasamanos, recuperados en el lugar del incendio en Alemania. Además del vagón de pega, se pueden ver sendas exposiciones sobre las dos guerras mundiales, con cascos, armas, maniquíes en uniforme e infinitud de otros objetos, algunos tan apasionantes como un fragmento de la hélice del Vieux Charles —el aeroplano Spad S VII del gran as Georges Guynemer—, el banderín del general Pershing o ¡el tintero de Foch!, que a estas alturas ya debe de estar seco.

El Pais

lunes, 14 de julio de 2014

Saltan las alarmas en el sector editorial español al retroceder 20 años

El desbarrancadero. Este podría ser el título del balance de la industria del libro en España que ha retrocedido 20 años en sus ingresos de facturación en el mercado interno: 2.181 millones de euros (11,7 % menos respecto a 2012, es decir, que perdió 290 millones de euros en un año). Con la diferencia de que en 1994 el sector era mucho más pequeño y empezaba su proceso de crecimiento imparable hasta 2008, cuando alcanzó la cima: 3.185 millones de euros, y se consolidó como una de las industrias editoriales más potentes del mundo. Desde entonces todo ha sido cuesta abajo. Imparable. En los últimos seis años el porcentaje acumulado de descenso en la facturación alcanza el 40,6 %, lo que en términos económicos representa 1.004 millones de euros menos, es decir, la tercera parte. Entre todas las áreas las más afectadas en las ventas son los libros científicos técnicos y universitarios (que aumentan en el libro electrónico) y la literatura de ficción y solo el e-book sube con su andadura caracolesco. Las exportaciones de libros volvieron a amortiguar la caída general del mercado al exportar 627 millones de euros. De esta manera el total del mercado interno y externo alcanza los 2.708 millones de euros.

El paraíso perdido. Esa ha sido la sensación vivida, en Madrid, durante la presentación del Avance de Resultados del Comercio Interior del Libro en España 2013, realizado por Xavier Mallafré, presidente de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). Las cifras muestran el resquebrajamiento de la industria cultural española más sólida y que aporta el 0,7 % del Producto Interior Bruto (PIB). Todos los números bajan. El frágil ecosistema del libro afronta una especie de fenómeno meteorológico del Niño en América que niega lluvias, solo que esta sequía comercial ha entrado en su sexto año sin visos de mejora, porque el 2014 va por el mismo camino, lo que llevaría a terminar el año con un acumulado de más del 50 %. Una alarma que han encendido editores, libreros y distribuidores, especialmente desde hace un mes en la Feria del Libro de Madrid.
Entre los principales factores que incidieron en este descenso, según la FGEE, figuran la caída del consumo derivada de la crisis, la ausencia de políticas educativas que conciencien a la sociedad de la protección de la creación intelectual, el creciente aumento de la oferta digital, la elevada fiscalidad del libro digital gravada con un IVA del 21% frente al 4% del libro de papel y la ineficacia de la Administración a través de la Sección Segunda de la Comisión Intelectual en resolver denuncias contra las páginas web que ofrece obras en forma ilegal, la reducción de las inversiones en fondos para bibliotecas públicas, escolares y universitarias, y el descenso de la supresión de ayudas a las familias para la adquisición de libros de texto.

El francotirador paciente. El título de una de las novelas más vendidas el año pasado, de Arturo Pérez Reverte, sirve para ilustrar un sector que ya en 2013 advirtió de que “se está poniendo en juego la creación cultural. Arriesgando el valor intrínseco de la creación (económica y cultural) y de todos los agentes que trabajan para poner los productos a disposición de la gente”. Un francotirador que llegó en 2008 con la crisis económica mundial, el impulso de la reconversión del mundo hacia lo digital, la transformación del modelo de negocio editorial y los cambios de hábitos de lectura en un país que ofrece 524.213 títulos vivos. Mientras tanto, en medio del desplome de las ventas, el Gobierno no ha parado de anunciar la recuperación económica.

Cincuenta sombras de Grey. Ni siquiera el fenómeno editorial más exitoso en los últimos dos años ha logrado mejorar las cifras generales. Por el contrario, todo son sombras en el mundo del libro en España, como indican una mirada rápida a través de nueve datos de 2013:

809 empresas editoriales privadas y agremiadas: -0,9 %

76.434 títulos editados (incluidos las reimpresiones): -3,5 %

246,35 millones de ejemplares publicados: -12,1 %

3.223 ejemplares de tirada media por título: -9,0 %

153,83 millones de ejemplares vendidos: -9,6 %

2.181 millones de euros en facturación: -11,7 %

11,7 % ha caído la facturación y la comercialización de los libros en todos los canales (en librerías un 14,1 %, en cadenas de librerías un 16,3 %, en hipermercados un 15,6 %, en kioscos un 21,3%, en venta telefónica un 28,3% y en Internet un 14,9%)

17,2% es el descenso en la facturación las obras de literatura, especialmente en lo concerniente a la novela, y dentro de este género la contemporánea y la policiaca; en cambio, suben la romántica y el humor.

17,5% ha sido el desplome del libro de bolsillo en la facturación. Una de las caídas más estrepitosas en los últimos cinco años ya que en este lapso se han editado 2.300 títulos menos.

El héroe discreto. La última novela de Mario Vargas Llosa sirve para describir el capítulo del libro electrónico que sigue su andadura caracolesca. Ha aumentado en todos los frentes: un 8,7% de títulos editados (38.621), un 89,3% en digitalización de fondo (183.893 títulos), un 123,5% en la comercialización (122.280 ejemplares) y un 8,1% en la facturación (80 millones de euros). Entre las áreas más vendidas en este formato se mantienen los libros de texto No universitario (29,2%), de ciencias sociales, humanidades (28,8%) y de derecho y económicas (25%). Cifras en aumento aunque apenas representa el 3,7% del total de la facturación del sector.

Infierno. Las alarmas están encendidas no solo por el desplome de las ventas y la puesta en evidencia del sector editorial, sino también porque el horizonte no augura nada bueno, como en el título de la obra de Dan Brown del año pasado y que encabeza este apartado. Por un lado, el flujo de ventas en los doce meses del año tiende a desaparecer y a centrarse en fechas o eventos concretos (Día del libro, Feria de Madrid y Navidad), el aumento de la piratería cuya práctica podría ascender a unos 300 millones de euros anuales (es decir, dinero que deja de ingresar el sector y por ende Hacienda), los índices de lectura generales que son del 63%, aquellos que dicen leer al menos un libro al año desciende a la mitad en lectores habituales, mientras el sector se queja de que el Gobierno sigue sin crear campañas eficaces para el fomento y promoción de la lectura acordes a un nuevo tiempo donde conviven lo analógico y lo digital, con todo lo que estos cambios de hábitos implica. Hasta 2008 se vendían libros, muchos libros, pero la llegada del la tormenta perfecta (crisis, jubilación del modello, irrupción digital, reconversion...), ha dejado al descubierto que en tiempo de bonanza económica vendían muchos libros pero lectores de verdad había pocos. Una tercera parte menos.

El Pais

sábado, 12 de julio de 2014

Llega la hora de leer sin reloj

Las lecturas de verano son diferentes de las lecturas de invierno, como las de día lo son de las que hacemos por la noche. Algo en el aire y la luz que nos rodea afecta al texto y su comprehensión, y todo lector sabe que no es lo mismo leer una novela que nos deleita tendido en el pasto, al sol, que leerla acurrucado bajo una manta en la penumbra de un cuarto invernal. En verano, la relación con un libro se hace íntima, táctil, cariñosa, las páginas se contagian de la humedad de los dedos, adquieren el olor de un cuerpo, la textura de la piel humana. En cambio, bajo un cielo gris, un lector es más severo, recatado: la lectura se hace lenta, respetuosa, reflexiva. Hasta la mala literatura cambia con las estaciones: en verano, somos más indulgentes, menos atentos, y, mientras que en invierno nos mostraríamos implacables con un libro que comienza “Jacques Saunière, el famoso conservador, caminaba con dificultad por los pasillos del Museo del Louvre”, embobados por el calor y contentos como lagartos, continuamos leyendo, demasiado letárgicos para detenernos en las asombrosas faltas gramaticales y en las imbecilidades de la historia.
Poco sabemos de las lecturas estivales de nuestros antepasados. Una tarde de verano, Sócrates propuso a Fedro que fueran a sentarse a la sombra de un plátano donde el joven le leería el discurso de un tal Licio, del que Fedro había hablado con entusiasmo, pero quizás esa lectura singular no sea un ejemplo fidedigno de las preferencias veraniegas del filósofo. Tres siglos más tarde, Cicerón le escribe a su amigo Ático que, aunque éste encuentre un amante por más apasionado que aquel sea, no le prometa su biblioteca, puesto que está destinada a nadie más que al mismo Cicerón. Por “biblioteca”, dicen los clasicistas, Cicerón entendía “colección de obras griegas” que el escritor romano leería durante los veranos, en su proyectado retiro en su villa del Lacio.
A pesar de que los ricos romanos tenían villas estivales y los emperadores chinos palacios de verano, el concepto de un periodo de ocio en los meses de calor no se oficializó hasta el siglo XIX. Hasta entonces, sólo la aristocracia pasaba una parte del año (la más fría) en la ciudad y otra parte (la tórrida) en el campo. Pero después de las transformaciones sociales que siguieron a la Revolución Francesa, la burguesía empezó a imitar las costumbres de los aristócratas y estableció la moda de la villègiature, o temporada en las provincias. Cuando en 1936 los obreros franceses obtienen el derecho a vacaciones pagadas se le da un sello oficial a la noción de reposo y entretenimiento que hoy asociamos con el periodo estival.
Una vez establecido el verano como un momento de ocio y distracción, ciertas lecturas adquieren una calidad particular, reposada y divertida, y los editores empiezan a lanzar colecciones destinadas a un público que busca entretenerse en el tren, en la playa, en la montaña. Aparecen así las primeras series de romans de gare en Francia, los precursores de Corín Tellado en España, la pulp fiction en Estados Unidos, las series policiacas en Inglaterra.
Con la nueva literatura estival aparece otra categoría de lectores: el lector-turista. En el título de uno de sus libros, Stendhal usa la palabra “turista” para diferenciar a los que podían pagarse las vacaciones de quienes no podían hacerlo. Un contemporáneo de Stendhal, el reverendo padre Francis Kilvert, anotó en su diario el 5 de abril de 1870: “De todos los animales nocivos, el más nocivo es el turista. Y de todos los turistas, el más vulgar, malcriado, ofensivo y repugnante es el turista inglés”. Sin embargo, fue gracias a esos turistas que una suerte de literatura universal echó precarias raíces alrededor del mundo. Los maltrechos volúmenes que los turistas han dejado detrás de sí en sus casuales peregrinaciones constituyen una prueba fehaciente de la generosa variedad del placer de la lectura. Yo mismo, en mis demasiados viajes, he encontrado abandonados en playas lejanas y en hoteles, que no merecen ser recordados, libros que hoy reposan, sanos y salvos, en mi biblioteca:El enigma de X, de Ellery Queen; Tren de Estambul, de Graham Greene; Espérame en Siberia, vida mía, de Jardiel PoncelaEl jardín de los Finzi Contini, de Giorgio Bassani; Soy leyenda, de Olaf Stapeldon; Las sandalias del pescador, de Morris West…, y muchos más. No todos son memorables, no todos son queridos, pero todos, sin excepción, fueron por unos días camaradas de algún lector distraído, perdido en un tiempo sin relojes y en un lugar sin mapas que llamamos vacaciones de verano.
Por cierto, los libros de nuestras vacaciones llevan consigo, quizás más que cualquier otro, trazas de memoria: de amistades perdidas, de juegos extraños, de adultos que en el recuerdo son inconcebiblemente jóvenes, de habitaciones que no eran nuestras. Sobre todo, memorias de olores y perfumes: de hierba recién cortada, helado de vainilla, loción a leche coco, aire salado, sudor limpio en sábanas recién planchadas, fresas silvestres tibias, cloro, salchichas asadas, zumo de limón, juguetes de caucho que han estado demasiado tiempo al sol. Y sobre todo, el olor del papel barato de los libros de bolsillo, leídos al sol y salpicados de agua de mar.
Las lecturas de verano de hoy tienen sus prestigiosos precursores. Como lectura de playa, Robinson Crusoe eligió la Biblia, aunque esa decisión se debió quizás al hecho de que en la biblioteca del navío naufragado no hubiera más que obras en portugués, lengua que, como buen caballero inglés, Robinson se enorgullecía de ignorar. Durante los chubascos del verano japonés, el joven príncipe Genji se deleita leyendo correspondencia femenina, “sobre todo”, dice su secretario, “las que fueron escritas en un arrebato de cólera, o durante el crepúsculo, esperando ansiosamente el regreso de su amante”. En el sofocante verano de La Mancha, cuando era tiempo de siega, los segadores (cuenta el ventero en la primera parte de el Quijote) se reunían para escuchar leer, “con tanto gusto que nos quita mil canas”, novelas de caballería como Don Cirongilio de Tracia oFelixmarte de Hircania, obras que el ventero posee y el cura quiere quemar. Para disipar la “melancolía del estío” de la que sufría su pudibunda mujer, Diderot le recomendaba “tres dosis diarias de Gil Blas, una a la mañana, otra a la tarde y una última por la noche”. Para después del Gil Blas, El diablo cojuelo y El bachiller deSalamanca.
Quizás el verano convenga a la lectura porque se presta, no sé por qué, a contar cuentos. Muchas de nuestras ficciones más conocidas transcurren en verano: Crimen y castigo, de Dostoievski, empieza “una agobiante tarde de principios de julio”; la peste amenaza a los novios de Manzoni durante un atroz verano lombardo del siglo diecisiete; en la novela de Oscar Wilde, Lord Henry se encuentra con el apuesto Dorian Gray “cuando una leve brisa estival removía las copas de los árboles del jardín”; Cien años de soledad, de García Márquez, se abre en el mes de marzo, a fines de un húmedo estío colombiano; la pequeña Nell y su abuelo escapan de las garras del malvado Quilp a través de la campiña estival inglesa en El almacén de curiosidades, de Dickens; el profesor Ashenbach de Thomas Mann persigue la imagen del hermoso efebo por los callejones húmedos y sofocantes de Venecia en verano; y en verano también el joven tuberculoso Hans Castorp llega a la clínica de Davos, en lo alto de la Montaña Mágica; el memorioso Ireneo Funes de Borges sufre su prolongado insomnio durante un caluroso estío uruguayo; Elizabeth Bennett concede el sí al bello Darcy bajo un sol radiante y británico, dando un final feliz a tanto orgullo y prejuicio; es durante el verano que Poirot investiga los casos Muerte sobre el Nilo, El asesinato de Roger Ackroyd, Maldad bajo el sol, y tantos otros crímenes febriles.
Sin embargo, no todos aprueban de las lecturas estivales. En el verano de 1826, en lugar de vigilar el aserradero de su padre, el adolescente Julien Sorel se pone a leer el Memorial de Santa Elena, de Las Cases. Su padre lo sorprende, lanza el libro al arroyo de un puñetazo y con otro apuntado a la cabeza de su hijo, lo trata de haragán y de bestia. A juicio del padre de Julien, en el verano no se lee, se trabaja. No piensa así la señora Bovary. En la modorra de su aldea, Emma pasa sus tardes leyendo a Eugène Sue (autor de Los misterios de París), a Balzac y a George Sand, para saber cómo se visten las parisienses y cómo amueblan sus casas. Más recatada, Doña Perfecta, en cambio, opina que la lectura “enferma de la cabeza” y quiere poner tasa a los doctos volúmenes que el joven Jacinto se divierte en consultar en la atmósfera bochornosa de Villahorrenda, para escribir, nos dice Galdós, su Influencia de la mujer en la sociedad cristiana. No conocemos el título del libro que leía la hermana de Alicia una cierta tarde dorada de julio a orillas del Támesis, sólo que no tenía ni diálogos ni ilustraciones, y (como bien acota Alicia) “¿para qué sirve un libro sin diálogos ni ilustraciones?”. El 16 de junio, en el día más célebre de toda la literatura moderna, Molly Bloom lee en la cama Rubyorgullo del rey y El baño de la ninfa: su autor favorito es Paul de Kock. Las lecturas de verano son generosamente eclécticas.
¿Qué recomendar a un lector para el verano? Los ejemplos precedentes muestran que no hay parámetros. Quizás no sean los libros mismos los que poseen calidades propias a una atmósfera estival, o incluso a una atmósfera cualquiera. Somos nosotros, lectores, quienes transformamos el libro según nuestras circunstancias y deseos, haciendo de el Quijote o de Viaje al centro de la Tierra un libro de viajes, una crónica de aventuras, una novela psicológica, una historia de violencia o de humor. A cada cual su libro de verano, y sólo podemos desear a los lectores que no les toque en suerte el destino de Tony Last, quien, perdido en el eterno verano del Amazonas, como cuenta Evelyn Waugh, es retenido en la jungla por un mulato amoroso de Dickens, quien le obliga a leerle, volumen tras volumen, las obras completas del autor de Oliver Twist, una y otra vez, para siempre.
El Pais

viernes, 11 de julio de 2014

Kaddish

El Kaddish es una plegaria del judaísmo que se reza en público y una de cuyas variantes es la oración para los difuntos. Allen Ginsberg dedica el suyo a la muerte de su madre, Naomi, una mujer cuya vida estuvo marcada por los problemas mentales. 
Kaddish es un extenso poema de tono narrativo, construido con esos versículos de vertiginosa cadencia whitmaniana ya utilizados en Aullido, con un ritmo sincopado en el que se entremezclan las imágenes urbanas, el dolor de la pérdida y los recuerdos. 
Para buena parte de la crítica y de los estudiosos de la poesía de Ginsberg, Kaddish es su obra maestra, superior incluso al más conocido Aullido, y esta edición especial que aparece con motivo del cincuenta aniversario de su primera publicación incorpora, además de otros poemas breves que forman parte del libro, un texto del propio Ginsberg en el que explica el proceso de escritura, iniciado en París en 1958 y finalizado en Nueva York el año siguiente, y un epílogo de su biógrafo Bill Morgan, que ayuda a situar esta obra en las coordenadas personales del poeta.
Kaddish es probablemente el mejor poema escrito por Ginsberg, un texto clave para entender a la generación beat y una pieza fundacional de la poesía norteamericana contemporánea, pero es sobre todo una obra intensamente biográfica de una desgarradora intensidad. Cincuenta años después de haber sido escrita, sigue sonando arrolladora, un hito incontestable de la literatura del siglo XX. 
«Este libro, junto a Aullido, es considerado una obra mayor dentro del canon de Ginsberg. Kaddish evoca a Naomi, la madre del autor, que padeció severas enfermedades mentales y falleció en 1956. Su vida, y el modo en que murió, tuvieron un efecto devastador sobre un jovencísimo Allen Ginsberg, que se debatió toda su vida con la memoria de su madre» (Pauline Reeves, Beat Scene). 

«Ginsberg sostenía que algunos de sus mejores poemas habían sido escritos bajo el influjo de drogas: peyote para la segunda parte de Aullido, anfetaminas para Kaddish y LSD para Wales-A Visitation» (Poetry Foundation).

«Allen Ginsberg es al mismo tiempo trágico y dinámico, un genio lírico, un embaucador maravilloso y probablemente la voz poética más extraordinariamente influyente en Estados Unidos desde Walt Whitman» (Bob Dylan).

«No diría que es un buen poeta sino que es nuestro gran poeta americano» (Norman Mailer). 



KADDISH
Para Naomi Ginsberg, 1894-1956
I

Es extraño pensar en ti ahora, lejos sin corsé ni ojos, mientras camino por el soleado pavimento de Greenwich Village.
el centro de Manhattan, luminoso mediodía de invierno, y me pasé toda la noche hablando, hablando, leyendo el Kaddish en voz alta, escuchando los blues de Ray Charles que gritan ciegos en el fonógrafo
el ritmo el ritmo - y tu recuerdo en mi cabeza tres años después - Y leí las triunfantes estrofas finales del Adonais en voz alta - lloré, al darme cuenta de cómo sufrimos -
Y cómo la Muerte es aquel remedio que todos los cantantes sueñan, cantan, recuerdan, profetizan como en el Himno Hebreo o en Libro Budista de las Respuestas - y mi propia imaginación de una hoja marchita - al amanecer -
Soñando hacia atrás por la vida, Tu tiempo - y el mío acelerando hacia el Apocalipsis,
el momento final - la flor ardiendo en el Día - y lo que viene después,
recordando la mente misma que vio una ciudad norteamericana a un flash de distancia, y el gran sueño de Mí o de China o tú y una Rusia fantasma o una cama arrugada que nunca existió -como un poema en la oscuridad - que huye de vuelta al Olvido -Nada más que decir y nada por lo que llorar sino los Seres en el Sueño, atrapados en su desaparición, 
mientras suspiran y gritan en una compra y venta de pedazos de fantasma, venerándose los unos a los otros,
venerando al Dios involucrado en todo eso - ¿nostalgia o inevitabilidad? - mientras dura, una Visión - ¿algo más?
Salta a mi alrededor, cuando salgo y camino por la calle, la miro por encima del hombro, Séptima Avenida, las almenas de los edificios de oficina hombro con hombro altos, bajo una nube, por un instante altos como el cielo - y el cielo en lo alto - un viejo lugar azul.
o por la Avenida hacia el sur, hacia - mientras camino hacia el Lower East Side - donde caminabas tú hace 50 años, pequeña niñita - de Rusia, comiéndote los primeros tomates venenosos de Norteamérica - asustada en el muelle -
luchando luego con las multitudes en Orchard Street ¿hacia qué? - hacia Newark -
hacia la confitería, las primeras sodas caseras del siglo, helado batido a mano en la trastienda sobre mohosos tablones ca-
fé -
Hacia la educación el matrimonio el colapso nervioso, la operación, la escuela, aprender a estar loca, soñando - ¿qué es esta vida?
Hacia la Llave en la ventana - y la gran Llave apoya su cabeza luminosa sobre Manhattan y sobre el suelo y se tiende en la vereda - en un solo rayo, moviéndose, mientras camino por la Primera hacia el Teatro Yiddish - y el lugar de la pobreza
que conociste y yo conozco, pero sin que me importe ahora - Es extraño haberse movido por Paterson y el Oeste y Europa y de nuevo aquí,
con los gritos de los españoles ahora en los umbrales y muchachos oscuros en la calle, salidas de incendio viejas como tú
- Aunque tú ya no eres vieja, eso se queda aquí conmigo -
Yo, de todas formas, quizás tan viejo como el universo - y supongo que eso muere con nosotros - suficiente para cancelar todo el porvenir - Lo que vino se fue para siempre cada vez -mientras suspiran y gritan en una compra y venta de pedazos de fantasma, venerándose los unos a los otros, 
venerando al Dios involucrado en todo eso - ¿nostalgia o inevitabilidad? - mientras dura, una Visión - ¿algo más?

jueves, 10 de julio de 2014

El libro infantil y juvenil sigue su caída en ventas

El milagro de ventas del libro infantil y juvenil empieza a ser historia. El sector se pregunta qué puede haber fallado, cuando eran ellos los que subían mientras el libro general descendía, y mira al recorte de compra en bibliotecas, la bajada del consumo, los cambios de hábitos lectores introducidos por lo digital y el agotamiento de los fenómenos literarios.
Flop-upscrossovers, álbumes ilustrados, sagas de fantasía o amores vampíricos. En la cercana época de vacas gordas, los libros para los menores parecían un campo fértil para la creación, y también para el mercado. Con la llegada de la crisis en 2008 los títulos para niños y jóvenes hacían gala de una resistencia de acero. Hasta 2012. Hace dos años (últimas cifras recogidas por la Federación de Gremios de Editores de España, cuyos nuevos resultados generales se conocerán este lunes) las obras para menores comenzaron a caer a mayor velocidad de lo que lo hace el conjunto: un 12,4% con respecto al año anterior, frente a un 10,9% del libro general. Y lo previsto para 2013 sigue en esa línea.
odos son preguntas sobre qué ha podido pasar en un sector que parecía sólido. A principios de los 2000, con la economía viento en popa, éxitos comoHarry Potter, de J. K. Rowling, oMemorias de Idún, de Laura Gallego, en España trasladaron el libro infantil de las aulas a la calle, haciendo perder fuerza a los prescriptores tradicionales —padres y profesores— frente a los gustos del pequeño lector. “En la literatura infantil comenzó a suceder exactamente lo mismo que en la general: que hay una literatura de calidad, una que crea estilos nuevos, una de moda o comercial...”, explica Ana Díaz-Plaja, experta en este ámbito y doctora por la Universidad de Barcelona. Ahora el terreno parece pantanoso: a pocos días de que se publiquen los datos del último año los editores adelantan que la caída se puede haber acelerado hasta el 14%.
Lo primero que aparece en la boca de Antonio María Ávila, secretario de la Federación de Gremios de Editores de España, es la administración: “Llevamos dos años sin que el sistema bibliotecario en su conjunto compre libros”. Antes de la crisis, la inversión en esta partida llegó a ser de hasta treinta millones de euros solo por parte del Gobierno central (cantidad que se complementa por parte de autonomías y ayuntamientos), cantidad que se redujo a cero en 2013. Ávila señala, además, que otros recortes, como en las ayudas a libros de texto, afectan también al sector, ya que los padres se decantan por hacerse con los libros obligatorios, pasando los títulos de lectura a un segundo plano. “Aunque es difícil para nosotros diagnosticarlo, estoy segura de que en parte el descenso en los números es debido a esto”, apoya Anna Vázquez, directora de Alfaguara Infantil y Juvenil.
El descenso global del consumo también ha tocado a la literatura infantil, según comenta Ester Madroñero, gerente de Kirikú y la Bruja, librería especializada abierta hace más de 10 años en Madrid. “Antes, los padres salían de las animaciones de los sábados con cuatro o cinco libros bajo el brazo. Ahora solo se llevan uno”. La librera lo ve como una consecuencia de la caída del poder adquisitivo: los ingresos medios de las familias españolas cayeron de 25.556 euros en 2008 a 23.123 en 2012 y solo un 46% de la población llega sin estrecheces a fin de mes según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), un nivel que no se veía desde finales de los noventa.
Pero la bajada del consumo afecta más fácilmente al juvenil, objeto de grandes satisfacciones para las editoriales en los últimos años, con fenómenos como Crepúsculo (1,5 millones de ejemplares vendidos en España en 2009), Los juegos del hambre (más de un millón de ejemplares vendidos) o Juego de Tronos (700.000 de su primera entrega en 2012). Este tipo de libros han desaparecido en el 2013 y en el 2014, seguramente, opina Antonio María Ávila, y añade: “Ahí es donde se nota el recorte económico. El lector de verdad, si antes compraba 10 libros, ahora compra cinco. Pero el lector ocasional [casi un 12% de la población], que es el que adquiría este tipo de títulos, ya no lo hace”. Lo que se ha vivido hasta ahora, según Anna Vásquez, ya son fenómenos obsoletos.
El cambio de tendencia se nota claramente en las ventas. En la editorial Alfaguara, el libro juvenil más comprado (25.000 ejemplares, a años luz de las sagas precedentes) es Las ventajas de ser un marginado, una historia de adolescentes inadaptados escrita por Stephen Chbosky en 1999 y recuperada en parte por el boca a oreja. En el Grupo Penguin Random House, el triunfador es Bajo la misma estrella, de John Green, una historia de amor entre dos adolescentes enfermos de cáncer que lleva más de ocho meses en la lista de los más vendidos, y llevada al cine. El realismo se abre paso, aunque con menos fuerza que sus predecesores, en un mundo de fantasía y ciencia ficción.
Javier Ruescas, autor de infantil que ha navegado en ambas aguas, considera que parte de la culpa del agotamiento de las sagas ha sido la multiplicación de fenómenos similares de menor calidad: “Al lector se le puede intentar engañar, pero no se consigue fácilmente”. El joven escritor asegura que la entrada en el realismo, un terreno que hasta ahora había pertenecido a las aulas y los padres y profesores como prescriptores, se debe a que cada vez hay menos fronteras en el infantil y juvenil: “El público parece estar preparado para grandes historias, sean del género que sean”, sentencia. La tendencia ha llegado hasta el infantil, donde se combina el Diario de Greg, de Jeff Kinney (dos millones de ejemplares vendidos en España), la historia de un pringao —según su título en inglés, Diary of a Wimpy Kid—,y éxitos televisivos como Peppa Pig.
Pese a eso, los libros para los más pequeños son menos sensibles a esta clase de variaciones, asegura Ávila, porque “en las escuelas han seguido recomendando libros de lectura y los padres siguen considerando que en ese momento de la educación es fundamental”. Por debajo de los 10 años el libro no se concibe tan fácilmente como ocio, sino como parte de la educación, por lo que la inversión en literatura infantil, explica, sigue siendo prioritaria en los hogares. Por eso, afirma el escritor Diego Arboleda, este ámbito aún es un pequeño reducto para obras minoritarias como las suyas (Prohibido leer a Lewis Carroll o Papeles arrugados,realizadas a medias con el ilustrador Raúl Sagospe), que se consideran exitosas si venden varios cientos de ejemplares. “Tengo la impresión de que sigue siendo más sencillo hacer cosas diversas y encontrar eco en el infantil que en juvenil, porque las editoriales se juegan menos y están más abiertas a experimentos”, asegura el autor. Al menos, por ahora.
El Pais

miércoles, 9 de julio de 2014

Víctor del Árbol: “Voy a arañar el alma del lector”

Tardará Víctor del Árbol (Barcelona, 1968) un tiempo, si alguna vez se lo plantea, en hacer un libro infantil porque escribe con las vísceras, con la misma loca pasión desenfrenada de la escultura que representa ese Quijote (o Cervantes, da igual) sentando en una silla blandiendo la espada al cielo que adorna uno de los estantes de su escritorio. Justificadísimo. Lo puede comprobar desde la primera línea quien se asome al abismo de su Un millón de gotas (Destino), cuarta novela, de nuevo intenso thriller literario a partir de una doble trama, su recurso preferido: un abogado quiere saber por qué su hermana, mosso d’esquadra, se ha suicidado mientras investigaba una red de pornografía infantil; por otro, sospecha que no supo nunca quién era su padre, dudoso héroe antifascista que vivió la URSS de la revolución… y de sus gulags, progenitor del que se revive su historia que acabará asomando por la actualidad.
“Cuando escribo, vivo”, suelta Del Árbol en medio de su biblioteca, donde no abunda la novela negra y sí en cambio el Vázquez Montalbán menoscarvalhiano y Marsé, mucho. “Vázquez Montalbán racionaliza los sentimientos y me interesa pero Marsé trabaja la inteligencia emocional, me enseñó que la buena literatura se puede hacer desde la emoción y que aunque se narre desde la tercera persona, puede haber calor, cercanía…”. Como le ha traspasado a uno de sus personajes, prefiere Hemingway a Scott Fitzgerald, como también constatan sus anaqueles. “Hemingway hace diálogos como duelos de espadachines y tiene más vida, más rabia y fuerza al narrar; Fiztgerald es más intelectual…”.
De esas pulsiones están hechos sus personajes, a los que zarandea entre el bien y el mal más absolutos, y de los que Del Árbol disecciona sus tribulaciones frente al lector sin contemplaciones, con esa mirada fría del demiurgo tan de los novelistas rusos que le gustan. “Las batallas interiores son las reales; me interesanlas contradicciones de personajes heridos y jugar entonces con los prejuicios sociales; yo he conocido monstruos que tienen sueños, que imaginaban que eran personas normales; sí, soy un escritor de la emoción, pero huyo del patetismo”. ¿Visceral? “Sí, pero no es algo calculado: yo voy a arañar el alma del lector”. ¿Sin redención posible para esos seres torturados, por más que lo intentan? “Nunca he creído en el perdón de los demás sino en el de uno mismo, que es la única redención válida en la vida”.
Como uno escribe a partir de lo que es o vivió, la génesis de Un millón de gotas, como en toda la obra del escritor, parte de una imagen que dice mucho de él. “Paseaba por el barrio gótico de Barcelona con mi padre, que es de Almendralejo, y, tocando una pared antigua, dijo: ‘Me gusta la piel de las piedras’; me sorprendió porque no es nada poético y tiene una educación elemental… fue entonces cuando me di cuenta de que no sabía quién era mi padre ni cómo era antes de serlo; yo soy el primogénito de seis hermanos: mi madre tenía 14 años y él 20 cuando me tuvieron, así que les cambié la vida…”.
Se confiesa Del Árbol cerca de un gigantesco Buda de mosaico que preside la terraza de su espectacular vivienda unifamiliar en Santa María de Palautordera, jardín donde escribe en realidad porque ahí puede fumar sus cigarrillos ultrafinos. Hay otro buda inmenso, éste pintado, que rige el comedor. “No soy budista, pero me impresiona: éste tiene los ojos cerrados y lo ve todo; me da paz”. Si profesara esa religión no haría más que aumentar su leyenda, en parte justificada. Por ejemplo, fue seminarista. “De muy chico conocí a un sacerdote obrero, de los que querían cambiar las cosas en las barriadas humildes y eso me pareció útil y quise imitarle; el problema es que topé con el dogma y la fe y conocí a la que sería mi primera mujer”. El afán para hacer por la comunidad le llevó a la policía municipal y, en 1992, a los Mossos d’Esquadra, la policía autonómica.
Dicen los franceses que soy el escritor del dolor… No hago novela negra pura, hago mélange"
Del choque entre el hacer cumplir las leyes y el ideal de justicia con lo que veía y sabía por el oficio, que hacía ya trastabillar su discurso, le salvó la literatura. Dio ya un aviso su primera novela, El peso de los muertos, que ganó el premio Tiflos en 2006. Con la segunda, la inédita El abismo de los sueños, quedó dos años después finalista del Fernando Lara. Sería la tercera, La tristeza del samurái(Alrevés), la que le cambiaría la vida en 2011: Prix du Polar Européen del Festival de novela negra de Lyon y traducida a 14 idiomas. Un éxito en Francia que casi repitió el año pasado con Respirar por la herida, finalista como mejor novela del Festival de Cine Negro de Beaune. “Dicen los franceses que soy el escritor del dolor…, en realidad, yo no hago novela negra pura, hago mélange…”, se le escapa la palabra en francés. Del Árbol es, en ese sentido, medio afrancesado: los estantes cobijan a mucho Tournier y Echenoz en su lengua original, hasta hay un Lorca en francés. Pero sobre todo florece Albert Camus, revistas monográficas incluidas. “Compro todo lo que sale de él; también he leído a Sartre, pero me parece más vivencial Camus… ¿Qué me atrae? La ausencia del padre, la falta de raíces —era un pied noir--, el compromiso ético y político, el tema del absurdo… Camus, en el fondo y desde el pesimismo, ama al ser humano”, dice sobre el padre de La peste pero quizá perfilando un inconsciente autorretrato.
Acaba de cumplir hace poco Del Árbol el ritual de dedicar un ejemplar de su último libro a un lector anónimo y depositarlo en unas cuevas cercanas al monasterio de Montserrat (“no tengo una dimensión religiosa pero sí una idea trascendente de la vida; en cualquier caso, el azar es una manera de llamar al destino”). No deja de ser otro componente mítico en su biografía de escritor, oficio al que llegó también con una porción de leyenda, ayudado por vivir en el barrio de Torrebaró, duro suburbio de la conurbación de Barcelona. “Mi madre se iba a trabajar y ante la ausencia de mi padre, como no sabía dónde dejarnos, nos aparcaba en la biblioteca pública; mis hermanos huían pero yo me quedaba y empecé a leer cómics, luego La Odisea… Esa tranquilidad, ese silencio, esa calma… allí no había yonquis, ni los chorizos entraban…”.
De leer a escribir, un paso natural. “Tenía 13 o 14 años: una noche me puse a describir lo que veía por la ventana: unos gitanos arrastrando una bañera mientras llovía a cántaros y el agua bajaba por la torrenteras”. Guarda esa libreta. En realidad, conserva unas mil porque aún hoy escribe primero las novelas a mano, en cuadernos de espiral y hojas cuadriculadas, cargadas de esquemas y flechas y personajes en unas páginas que acaban como figuras cabalísticas. “Al pasarlo al ordenador el texto ha reposado y me permite pulirlo”. No sacaba en el colegio buenas notas, por lo que cree que lo suyo es “un poco de talento innato, una percepción muy abierta a la realidad vivencial, tuve que dejar de ser niño muy pronto”. Así, hoy, en sus novelas, admite, “gano yo: busco en mí mismo, teorizo sobre el instinto y me ayuda a poner orden en mi mundo interior; soy mejor persona cuando escribo”.
Es peligroso citar una novela a Del Árbol porque, si no la ha leído, al poco la comprará y lo hará. “En casa de mis padres estábamos suscritos a Círculo de Lectores y antes de los 15 años me tragué todo Vázquez Figueroa y de todo; luego llegaron Herman Hesse y Dostoievski y el salto lo di con Sender y, sobre todo, Delibes… Ahora, para distraerme, leoAnna Karenina: se trata de encontrar unos referentes, Camus o Miguel Ángel Asturias, y luego leer por encima y por debajo”, fija. Anómalo en un autor como él, se muestra muy autocrítico. “Debería leer cosas más actuales”. También se exige en su escritura. “Tengo que dejar de ser tan solemne y dar algunas respuestas, mis personajes sólo plantean preguntas: se toman la vida demasiado en serio; también mis textos deben ser más cortos”.
Ni se inmuta si se le reconoce que domina bien la dualidad de planos narrativos, su capacidad para enhebrar frases que hacen reflexionar o que, junto a Carlos Zanón y Dolores Redondo, es de lo más fresco que le ha pasado al género. Parece tener muy claro a dónde quiere ir como escritor. “Dentro de unos años se verá. Acepto las etiquetas de novela negra para ganar lectores pero para mí lo importante es tener una voz narrativa fuerte y sé que aún se me pierden cosas en el camino entre la cabeza y la mano… Sí, controlo el juego de la memoria y el pasado, quizá porque me gusta tener partes oscuras en mi vida; están las ausencias del padre, las infancias perdidas con niños de por medio, la violencia de género y esa atmósfera negra… Todo eso está en mis novelas, sé que domino esos ámbitos y el registro del dolor, pero quiero más cosas”.
Dice que sabe que nunca en España ganará un gran premio de novela negra (“aquí se busca otro tipo de literatura que no es la mía y por ahora no quiero crear un personaje detectivesco”), le duele que estando traducido en 14 idiomas no lo esté en catalán (“todos queremos ser profetas en nuestra tierra”) y que claro que mantendrá las características de su estilo, “pero quiero seguir creciendo”. Espera que se vea en la novela en la que trabaja ya, sobre la locura y los estereotipos del amor, con una mujer de 47 años que se enamora de un chico de 17. Eso sí, con el sello trepidante y duro, visceral, que le caracteriza: “En una atmósfera excesiva cabe todo… si la sabes contener”. Justo hasta arañar el alma humana.
El Pais