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Pruebas

lunes, 7 de julio de 2014

Historia y desventuras del desconocido soldado Schlump

Una obra maestra de la literatura antibélica alemana. Un libro olvidado, quemado y emparedado, que sobrevivió milagrosamente y es recuperado por primera vez 85 años después de su publicación.
En 1928, la prestigiosa editorial Kurt Wolff publicó una excelente novela antibelicista. Paródica, antinacionalista, antiheroica, filantrópica, pacifista, pro-francesa, cargada de un humor negro, la obra tenía un irresistible sabor picaresco. Su autor firmaba bajo el seudónimo de «Schlump», pero nunca llegó a revelar el verdadero nombre que se ocultaba tras ese seudónimo. Pocos años después, los nazis quemaron el libro, pero Grimm se las arregló para esconder un ejemplar en el interior de una pared. Ocho décadas después, la novela, considerada uno de los mejores libros jamás escritos sobre la primera guerra mundial, se vuelve a publicar sin haber perdido un ápice de su vigencia. Una novela que nada tiene que envidiar, por su espíritu trangresor y su potencia narrativa, a Sin novedad en el frente, de Remarque o a El caso del sargento Grischa, de Arnold Zweig.
Libro Primero
Schlump acababa de cumplir dieciséis años cuando en 1914 estalló la guerra. Por la noche habría baile en el Reichsadler, sería el último; al día siguiente debían presentarse los soldados. Tras la puesta de sol, él y su amigo subieron sigilosamente a la galería. No se atrevían a pisar la sala de baile. Los mayores, Dreher y Schlosser, de veinte años, no les cedían ni un ápice de su riqueza. Querían a todas las chicas para ellos solos, no estaban para bromas y podían ser muy zafios. Desde arriba, los dos se asomaron por la barandilla y miraron con avidez la sala que tenían debajo. 

Alrededor de la medianoche tocaron una fanfarria y el trompetista anunció un descanso de quince minutos para que las muchachas pudieran refrescarse. Schlump se escabulló con su amigo, al amparo de una agradable noche de verano, bajo los viejos y enormes arces. Pasó el cuarto de hora y regresaron. Entonces se encontraron con una larga cadena de chicas que iban riéndose; bloqueaban toda la calle. Tenían la misma edad que él y habían ido juntos al colegio, pero ellas, naturalmente, ya tenían edad para bailar. Eran incluso las más solicitadas por los muchachos. Una de las chicas gritó a Schlump desde la fila:

-¡Eh, tú, moreno, acércate! 

Schlump vio cómo la luz de la farola jugueteaba entre unos rizos rubios que ahora parecían casi blancos. No se fiaba de la chica. Sin embargo, aquella muchacha delgada se soltó del grupo, las demás empezaron a animar a Schlump y su amigo le dijo:

-¡Vamos, ve, con esa tienes posibilidades!

Entonces él se acercó. Dos manos lo agarraron y lo arrastraron bajo el espeso follaje hasta un pasadizo estrecho, en cuyo extremo alumbraba una farola mortecina. Eso lo envalentonó, así que cogió a la chica por la cintura y la abrazó. Junto a la farola, tomó su barbilla y la miró a los ojos:

-Eres muy bonita -dijo-, ¿cómo te llamas?

-Johanna -respondió ella en voz baja-, te conozco desde hace tiempo.

Él la arrastró hacia la sombra y la besó larga e intensamente en los labios. Después ella le susurró al oído que la sacara a bailar, que luego podría acompañarla a casa, ya se encargaría ella de dar esquinazo a los otros muchachos.

Schlump volvió a subir sigilosamente a la galería para enseñarle la chica a su amigo, pero no la encontró. Después se fueron a casa. Se sentía dichoso y alegre. Estaba increíblemente feliz y convencido de que en el mundo no podía haber nada más hermoso que las chicas. 

Al cabo de unos días se había olvidado de Johanna. 

La juventud es derrochadora, vive en el paraíso y no se da cuenta de cuando se cruza con la verdadera felicidad.