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Pruebas

lunes, 28 de julio de 2014

Un mundo de veranos literarios

El verano es la manzana del paraíso literario. No sólo por la tentación que despierta en los autores escribir sobre ese periodo y su eterno efecto vivificador en los lectores, sino porque suele guardar la clave que define el destino del libro, el curso de la historia narrada. Sí, ahí está en muchas obras clásicas cuando...
…Bajo una luna veraniega, después de lunas incontables, el capitán Ahab avistó a Moby Dick… entre sus vientos cálidos se oscureció el destino de la Tierra Media, en El señor de los anillos… al amparo de sus sombras, Sherezada empezó su salvación en Las mil y una noches… por él y durante él, Alonso Quijano emprendió su aventura de desfacer entuertos… en uno de sus atardeceres Humbert Humbert engendró su deseo malsano por las nínfulas en Lolita... y su embrujo trastocó la vida de todos en Sueño de una noche de verano...
Pero, ¿a quién no le gustaría vivir su verano literario favorito? Juan Marsé querría ser invitado a las fiestas de El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, “y, ya puestos, viajar con Gatsby y Daisy a la Costa Azul, con todo lo que eso implica de estar junto a un personaje entrañable, además de un aprendizaje en el ejercicio literario moral”.
Del verano de Anna Karenina, de Tólstoi, con Vronsky, su amante, le gustaría ser testigo a Nélida Piñón: “Al anticipar los acontecimientos, es el preludio de la felicidad con fracturas sutiles. Los problemas que experimentan los amantes presagian un desenlace trágico, escenas bellas”.
Javier Reverte acompañaría a Ulises a su paso por el mar de las sirenas en laOdisea, de Homero; Clara Sánchez se emociona y conmueve con El jardín de los Finzi-Contini, de Giorgio Bassani; Clara Usón sería testigo de cómo Rodolfo seduce a Emma en Madame Bovary, de Flaubert.
Son atajos hacia la felicidad. Y un pasaje hacia algunos de esos veranos literarios ofrece dos rutas: dar la vuelta al mundo, como sugiere el atlas que acompaña este artículo, y hacer un periplo temático y emocional por gran parte de las estaciones de la vida que llevan…

…a la infancia:

Para recordar el descubrimiento de la belleza de la naturaleza,la alegría y la realidad creando un universo propio en los recuerdos de Katherine Mansfield en Nueva Zelanda en el relato En la bahía.

…a la iniciación:

Para enfrentarse a los miedos y la verdadera sociedad y la familia zurcida de prejuicios a través de los tres niños de Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, en el condado de Maycomb donde el calor alarga las horas y al que se le había dicho que su único enemigo eran ellos mismos.

…a las travesuras:

Para ser cómplices y disfrutar de Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, con la promesa fresca del río Misisipí, e, incluso, compartir su mirada del mundo adulto y reconocer alguna tía Polly alrededor.

…a la aventura:

Para enrolarse con Jim para seguir sus peripecias detrás de un tesoro mientras esquiva y se enfrenta a traidores, rufianes, piratas y filibusteros, según lo contado en La isla del tesoro, por Robert Louise Stevenson.

...al descubrimiento:

Para ser huéspedes del capitán Nemo y disfrutar con él Veinte mil leguas de viaje submarino y, de paso, agradecer a Julio Verne sus billetes literarios que sacan de este mundo a los lectores con sus historias maravillosas que enriquecían la imaginación.

…a la realidad:

Para reconocer la aplastante realidad de la guerra que se precipita y empieza a colonizar y socavar la candidez infantil descrita por Kenzaburo Oé, en La presa, en cuya aldea solo quedan los niños en la calle envueltos por el sol y el aire cargado de malos presagios en medio de las risas.

…a la juventud:

Para comprender que lo que un joven llama la patria de su infancia ya es recuerdo, y da los primeros pasos en la edad adulta, al sentir que el mundo se abre al deseo de conquistar nuevas felicidades y proyectarse en compañía de la libertad y la autonomía como lo cuenta Herman Hesse en El ciclón.

…al arribo del primer amor:

Para evocar cómo un cruce de miradas puede juntar destinos tras despertar emociones y sentimientos desconocidos y extrañamente felices como los de Hatsue y Shinji, en El rumor del oleaje, de Mishima.

…a los deseos:

Para emocionarse con la vida inquietante y turbadora de una adolescente tanteando en sus instintos cuando se enreda en una relación con un rico comerciante chino de 26 años. Y esa joven es Marguerite Duras, en El amante, en la Indochina donde los hilos de sudor seducen.

…a la amistad:

Para reconocer los infinitos horizontes que pueden unir a los amigos, los lazos invisibles entre los afectos y la soledad descritos en el sopor sureño de Estados Unidos por Carson McCullers en El corazón es un cazador solitario, aunque algunos digan que es más una historia de amor no correspondido.

...al placer:

Para reconocer la lujuria, el poder, el deseo, la traición, la infidelidad, la insatisfacción y las pasiones sexuales ocultas y soñadas a través de la sociedad china bajo la dinastía Ming en los ámbitos público y privado, en la primera novela moderna de China: Jin Ping Mei.

…a la búsqueda del yo:

Para saber que seguir el rastro de un padre, por ejemplo, descubre los rostros del mundo, de los demás, de uno mismo, del pasado, del presente, de las promesas, de las ilusiones, y que todo eso vive en un solo tiempo sin tiempo de verano eterno, real, creído y mítico, según Juan Rulfo en Pedro Páramo.

…al río de la vida:

Para dejarse llevar por el fluir de la cotidianidad, la convivencia y los sentimientos con sus meandros y brazos inesperados que en algún punto volverán a juntarse en el caudal principal, como lo refleja Naguib Mahfuz en El callejón de los milagros.

…a los ideales:

Para acompañar Alonso Quijano, más conocido como Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, en una aventura que despierta las ganas de ser su escudero en su intención de acabar con los miedos agazapados en los campos.

…a la prueba de sí mismo:

Para subir a bordo del Pequod y ver los terrores en los ojos de la tripulación y envidiar su osada valentía, y sentir las pulsaciones de la obsesión de Ahab por acabar con Moby Dick, novela homónima de Herman Melville, sobre todo cuando una noche espolvoreada de luna se alzó refulgente el chorro de la ballena.

…a las razones de existir:

Para preguntar y preguntarse sobre los reales motivos por los que vale la pena estar en el mundo, por lo bueno y lo malo, según lo plantea Albert Camus en El extranjero, donde el brillo del cielo es insoportable.

…a la caída del esplendor:

Para ser testigos del ocaso en El Gatopardo, de Tomasi di Lampedusa, cuando Fabrizio, el príncipe de Salina, y su sobrino Tancredi acaben de llegar a Donnafugata. Es agosto. El cambio del mundo de la sociedad siciliana ha empezado en mayo con el desembarco de Garibaldi, y está a punto de ser reforzado por sus estrategias de adaptación y la revolución en sus corazones.

…a la muerte:

Para aprender de Thomas Mann, en Muerte en Venecia, sobre la belleza, la atracción y las sensaciones e ideas que despiertan en el individuo; sobre la existencia y su agonía; sobre lo que rodea cada vida.

…a lo que siempre queda:

Para echar un vistazo atrás como lo hacen dos amigos en El último encuentro, de Sándor Márai, cuyas preguntas resuenan: “¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón, nuestra alma, nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase? ¿Y que si hemos vivido esa pasión quizás no hayamos vivido en vano? ¿Que así de profunda, así de malvada, así de grandilocuente, así de inhumana es una pasión?... ¿y que quizás no se concrete en una persona en concreto, sino en el deseo mismo?”.
Son veranos literarios en los que sobrevuelan las palabras de Toni Morrison en Jazz, cuando uno de sus personajes dice que hay que morder la manzana por que solo así se conoce su sabor.
El Pais