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Pruebas

viernes, 30 de septiembre de 2011

"Los rostros de Goya me hablan de forma óptica"

El artista austriaco contrasta sus obras con las del maestro aragonés en una muestra que abre la Academia al arte actual.

Tacha, emborrona, garabatea encima de reproducciones de obras de Goya, Frans Hals, Rembrandt, Leonardo da Vinci. El austriaco Arnulf Rainer (Baden, 1929) otorga con sus sobrepinturas emociones vivas y renovadas a piezas del arte del pasado. Su gestualidad transforma el trabajo de otros y lo transforma también a él. "No es una agresión, respeto demasiado las obras de arte para eso. Es un acto de amor, de pasión", explica. Acaba de llegar al hotel y acusa el fuerte cambio de temperatura (12º en Viena, 27º en Madrid). Es escueto y amable, a veces levemente irónico en sus respuestas. Esta semana ha inaugurado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de Madrid, la primera de una serie de exposiciones que ponen en contraste obras maestras del pasado con las de un artista contemporáneo. El objetivo de Rainer es Goya y sus Caprichos y Disparates.

PREGUNTA. ¿Cuál ha sido su relación con Goya a lo largo de su vida?

RESPUESTA. Soy un admirador de Goya.

P. Todos somos admiradores de Goya, pero no somos pintores. ¿Qué elementos de los grabados son los que más le han interesado?

R. Siempre los rostros.

P. En los grabados predominan los rostros grotescos. Supongo que ese descubrimiento lo ha llevado a acercarse uno a uno a esas caras.

R. Sí, claro. Las he fotografiado todas. Últimamente también me he interesado por lo que rodea ese rostro, la escena. He trabajado con las obras de Goya desde hace 20 años. Siempre termino volviendo a ellas. Sobre todo he utilizado libros sobre Goya, donde los detalles se reflejan mejor.

P. Usted ha trabajado basándose en obras de otros artistas, que ha intervenido. ¿Se acerca primero al artista, lo estudia, o se trata de un enfrentamiento cara a cara con la obra escogida?

R. Son las obras las que me hablan. Las que más me afectan emocionalmente son las que me proporcionan la motivación primera de la obra y, más adelante, del artista. Psicológicamente vendría a ser un cara a cara con la obra. Lo que busco es que se produzca una fusión, una especie de casamiento.

P. ¿Cree usted que su intervención completa de alguna manera las obras de los otros artistas?

R. Yo no completo la obra de otros artistas, les tengo demasiado respeto. Lo que hago es una obra mía a partir de la inspiración que esa obra me suscita. En Goya, lo que me motiva es la fisonomía de las caras.

P. ¿Se termina un cuadro? Puede que sí, pero usted le proporciona una nueva vida.

R. Busco siempre un detalle, en primer lugar. Al principio la gente pensaba que era una agresión lo que yo hacía, pero es todo lo contrario. Es una declaración de amor.

P. Un amor bastante apasionado...

R. Sí, la pasión de un dibujante, de un pintor.

P. ¿Esa relación de amor o pasión ha sido distinta con Rembrandt, con Piero della Francesca?

R. Es distinto. El mes que viene tengo una exposición en París en función de los dibujos de Victor Hugo. Hay otros artistas con los que he sentido esa empatía, como Odilon Redon o Caspar David Friedrich, aunque en su caso son los paisajes los que me atraen. Busco los detalles en las obras de los más diversos artistas. Cuando veo una obra que me dice: haz algo conmigo, me lanzo. No me detengo en especulaciones ni teorías. Es todo emocional.

P. ¿Es usted un visitante de museos?

R. Lo he sido, aunque ya por la edad no puedo viajar mucho. Lo que sí soy es un bibliófilo apasionado. Me interesan sobre todo las buenas reproducciones de imágenes.

P. El propio libro suele ser material para usted.

R. Sí, sobre todo es muy accesible. Las técnicas facsimilares de hoy permiten hacer muchas cosas. Las ampliaciones de los rostros se pueden obtener mucho mejor.

P. El rostro humano es uno de los temas dominantes en su trayectoria. Aunque trate otras figuras, siempre regresa a ellos.

R. La diferencia ahora es que siento una necesidad, un hambre, de rostros más amables, que me adulen. Rostros de muchachas encantadoras.

P. Antes prefería caras muy feas, excluyendo la suya propia, claro.

R. Es que voy de un polo a otro.

P. En las caras feas exploró todo tipo de expresiones faciales, incluso las más forzadas y extremas. ¿Buscaba el monstruo interior de las personas?

R. No, las caras siempre expresan algo, por supuesto. En el caso de Goya suelen ser algo extremas. No son realistas sino que llegan a lo macabro. Reflejan el miedo, el mal...

P. Desde el principio de su carrera ha sentido cierta fascinación con el tema de la muerte. Uno de sus primeros dibujos se titula Rainer muriendo, de cuando usted tenía solo 20 años.

R. Durante seis años me dediqué exclusivamente a fotografiar y pintar mi propia cara con todo tipo de gestos. Llegó un momento en que no podía resistir mirarme al espejo. Quise buscar algo más tranquilo y pacífico y, por casualidad, pude adquirir una colección de máscaras mortuorias. De Chopin, de Liszt, de Beethoven, de Swift. Las fotografié y fue así que encontré las caras pacíficas que buscaba.

P. ¿Cree usted que la muerte sigue siendo un tabú en Occidente?

R. Sí, lo es. Pero yo diría que en esas máscaras mortuorias llegué a percibir una alegría interior desbordante. Hace años, en la Bienal de Venecia, las expuse. Y esa noche, de madrugada, recibí una llamada de alarma. Las personas de la limpieza habían denunciado una agresión contra mi obra. Resultó ser que los arañazos y roturas que ellos creían un acto de vandalismo eran los que yo mismo les había hecho.

P. En Viena, en 1994, algunas de sus obras sí que sufrieron alguna agresión. Incluso se retiró usted de la enseñanza tras ese episodio. ¿Qué pasó?

R. Eso sucedió en la Academia de Bellas Artes. Se sospecha que fue un estudiante con ideas de extrema derecha. Yo había utilizado un lema hitleriano puesto del revés, manipulado, y creo que eso le pareció intolerable. La policía quiso inculparlo, pero no encontró pruebas suficientes. Luego se suicidó, se pegó un tiro en la boca. No solamente era muy débil, políticamente hablando, sino que también tenía problemas mentales. Pero pintaba como Hermann Nitsch...

P. Usted también ha coleccionado arte realizado por enfermos mentales.

R. Sí, psicóticos. Tengo una gran colección. Hace 15 años le propuse al director del museo de Valencia (IVAM) buscar ese tipo de obra en los psiquiátricos españoles y exponerlas. Le pareció buena idea, solo que, me dijo, aquí eso no existe. Ahora se descubre que lo hay en todos los países.

P. ¿Qué encuentra interesante, como artista, en la obra de estos enajenados?

R. Los que me interesan son los que hacen algo único, que no tiene comparación con otra cosa. En los años sesenta visité muchas clínicas de Alemania oriental. Pero hoy esto es algo muy investigado y difundido.

P. Su trabajo parece también muy explosivo y a veces descontrolado

...

R. Lo que pasa es que yo tengo un deseo. Y ese deseo lo persigo hasta el final. Además soy un poco paranoide porque a mí los rostros de Goya me hablan. No con palabras, sino de manera óptica.

P. Se le conoce como artista por sus sobrepinturas. Llega un momento en que el color lo cubre casi todo. Muchas veces predomina el negro. ¿Es el negro su objetivo?

R. He vivido en negro.

P. ¿Por qué?

R. Tengo mis secretos... Pero eso ya no es así, ahora prefiero los colores más vibrantes. De todas formas tengo una relación muy positiva con todas las épocas del arte. Y si la relación no es buena compro todos los libros que puedo de esa época y trato de insertarme en ella.

P. De modo que su relación es de artista a artista, sin la intermediación del museo.

R. Mi relación es siempre la del artista con el cuadro. Y no se convierte en una sola obra, siempre trabajo en series para cubrir los distintos aspectos formales que me interesan. De todas maneras yo nunca leo libros sobre artistas, solo miro las imágenes. Me dejo envolver por las obras de arte.

Arnulf Rainer sobre Goya. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Calcografía Nacional. Alcalá, 13. Madrid. Hasta el 13 de noviembre.

El País

"Me siento póstumo"

Recibe en su bellísima casa en pleno corazón de Madrid, en alpargatas, con sus siete gatos ignorándole olímpicamente, sus inquietantes cuadros y sus discos de platino colgados en las paredes del retrete. Cerca de él una cubitera con hielo; dentro de ella un champan francés que denota que él ya no está para tonterías. Lo degusta suavemente, sin urgencias. Tiene una dulce sonrisa permanente, sólo rota por unas buenas y saludables carcajadas cuando el tema lo requiere.

Joaquín Sabina entra en nuevo territorio inexplorado hasta ahora por él. El día 5 se estrena en el Teatro Rialto de la Gran Vía madrileña Más de 100 mentiras, un musical basado en sus canciones con dirección de David Serrano. El espectáculo viajará luego a México, Buenos Aires, se rumorea que a Nueva York. Y en dos años se tiene previsto hacer una película. Eso sólo les pasa a los muy consagrados.

Pregunta. ¿Con este acontecimiento que se le viene encima no se siente un poco vaca sagrada?

Respuesta. No. Lo que me siento es póstumo. Este tipo de cosas se le hacen a los cadáveres. Espero que sea un cadáver exquisito. Durante diez años me lo estuvo proponiendo cada año José María Cámara [productor ejecutivo del musical] y cada año le decía educadamente que no.

P. ¿Siempre con un cocido delante como testigo de la proposición?

R. Pues sí. Pero yo no me veía póstumo y, después del cocido llegaba el no. Pero con el tiempo he visto que en la Gran Vía se está creando una especie de Broadway y el movimiento que hay en ese sentido me hizo cambiar de opinión.

P. ¿Pero usted va a ver musicales?

R. Nunca en mi vida. Ni aquí ni en el West End, ni en Broadway, ni en ningún lado. Soy póstumo, pero virgen.

P. Pero de pequeño sí iba en su Úbeda natal a ver zarzuela, que es un precedente del teatro musical, tal y como se entiende hoy.

R. Es verdad, y por eso lo que me apetecía era escribir una zarzuela, no tanto que cogieran mis canciones, pero no me he atrevido. Además el último musical que he visto en mi vida no es una zarzuela, es Castañuela 70.

P. ¿Qué le llevó a darle el sí quiero?

R. Que ya no encontraba razones para darle el no y además me gusta mucho colarme en lugares donde no estaba prevista mi presencia, ni se me esperaba, ni me invitaban.

P. Además sus canciones son microrelatos, muchos de ellos con una base teatral de planteamiento, nudo y desenlace.

R. Es que yo vengo de Quintero, León y Quiroga y sus coplas tenían eso. Lo que jamás pensé es que unas decenas de canciones mías dieran juego para un musical.

P. ¿Un musical del que aún no ha visto nada?

R. He tenido encuentros con los guionistas, David Serrano, Fernando Castets y Diego San José, sé de qué va, que hay un bar donde va un concejal corrupto, unas putas buenas, unos chorizos buenos, y un boxeador sonado, y eso me gustó. Además en el proyecto está ahí mi alter ego, que es Pancho Varona.

P. ¿Hacía muchos años de su ruptura con el teatro?

R. Empecé haciendo teatro independiente y en Londres tuve una compañía pequeñita de teatro emigrante, muy brechtiano y muy pedagógico, pero luego en España vino la época de los Grotowski, que había que arrastrarse por el escenario, llenos de cenizas y me dije: ¡hasta aquí hemos llegado!.

P. Pero lo que hacía en la transición en ese local mítico que fue La mandrágora, con Krahe y Alberto Pérez, era una suerte de vodevil, que casi recordaba la esencia de los cabarés berlineses de los años 20.

R. Sí, hablábamos con el público, pero en aquella época, llena de modernos, para los alaskos y pegamoides nosotros éramos, con nuestras barbas nazarenas, unos diplodocus en extinción.

P. ¿En esta ciudad que ha cambiado tanto, ha quedado algún espacio para la bohemia, los golfos; existe una noche madrileña que no sea para los amantes del diseño o el botellón?

R. Ahora no estoy muy puesto. Sigo teniendo alma de puta, pero ya no ejerzo, estoy a punto de ser madame y tener unas pupilas en plantilla. Pero creo que en sitios como Malasaña y, sobre todo Lavapiés con esa multiculturalidad, sí que hay sitios interesantes, pero la antigua bohemia no está.

P. ¿Pertenece a una casta que ha desaparecido?

R. Pero la mía es anterior a la movida, es la vieja, decadente y casposa bohemia.

P. ¿La de Alejandro Sawa?

R. Exacto, la de Don Latino de Hispalis, esa es la que yo amo y la encuentro a veces en algún sitio de Buenos Aires y en algún tugurio de México, pero en España no.

P. Al mismo tiempo su universo engancha a personas de distintas edades y clases sociales.

R. Las letras de las canciones que escuchan por la radio los jovencitos parecen declaraciones de futbolistas detrás de un partido, son de una trivialidad espantosa. Por otro lado los poetas se han vuelto incomprensibles, herméticos. Frente a ellos hay casos como el de García Montero, ¿por qué gusta tanto, empezando por mí?, ¡porque se le entiende!, no tiene la pose del poeta críptico. Como hoy las letras de las canciones son tan triviales, a nada que pongas algo que esté hecho con un poquito más de amor a las palabras, la gente lo sabe notar.

P. Parece que su amor a las palabras es importante, ya que es un lector compulsivo y adicto. ¿Dónde están sus referentes literarios?

R. Por miles de libros que uno lea los referentes siempre están en lo que uno lea con dieciocho o veinte años; es decir, Neruda, Vallejo, Borges, Gil de Biedma, Ángel González... y siguen estando ahí para siempre.

P. ¿Cuántas maneras hay de vivir la vida?

R. Yo sólo conozco una. No he tenido nunca un plan, no soy disciplinado, ni siquiera tengo voluntad. Vivo la vida que ha querido ella y por donde me ha llevado. No he hecho grandes apuestas, la única que hice fue coger un pasaporte falso y marcharme a Londres, lo que me salvo de ser profesor de literatura en un Instituto de provincias. Pero por lo demás yo nunca he tomado grandes decisiones. Me he podido permitir ese lujo.

P. ¿No ha tenido que venderse nunca?

R. Porque nunca nadie me ha querido comprar. A nada que me hubieran hecho una buena oferta...., de hecho me siento acomplejado porque nadie me ha tratado de corromper.

P. ¿De qué le ha servido reírse de sí mismo y sobre todo de sus fracasos?

R. Tampoco es que me haya servido gran cosa, porque yo soy una persona más triste y solitaria, que tiende a quedarse en un rincón, soy mucho menos sociable y más introvertido de lo que la gente cree, porque la gente solo ve la caricatura del gilipollas del bombín.

P. ¿Su relación con Madrid cómo ha cambiado?

R. Vivo en una esquina de Tirso de Molina, que no llega ni a la categoría de Chamberí, con muchos balcones y me gusta ver lo que pasa por ahí abajo. De vez en cuando me escapo porque la Jime [su pareja desde hace muchos años] no me deja beber wisky y me voy al bar de abajo. No hay mucho más que eso. Pero también es una relación de agradecimiento, porque nunca me he sentido en casa en sitios como Londres, ni en Mallorca, ni tan siquiera en Úbeda, porque ese era un lugar del que escapar, que era mi infancia, tampoco en Granada me sentí en mi casa, el único sitio donde he construido algo ha sido en Madrid, y me ocurrió desde el primer día, que me fascinó por lo que tienen de caótica, abigarrada, de madre, de mezcla, de abrigo..., para todos los que no tienen otro sitio dónde ir.

P. ¿Es cierto que piensa que es imposible crear desde la armonía vital?

R. Tiendo a la vaguería más absoluta, pero no feliz, sino torturada porque me acuso de no estar trabajando. Habría rendido mucho más si no fuera tan vago. Caballero Bonald decía que la suya era una familia de acostados, que llegaban a los sesenta años, se acostaban y ya no se levantan, o lo que hizo Onetti, que se metió en la cama hasta el final..., esa es mi tendencia natural.

P. ¿No tiene miedo a sentarse en ese sillón y esperar a la muerte?

R. Preferiría acelerarla por los medios que fueran. Tengo mucho miedo a la muerte, pero mientras ¡estoy aquí!, el año pasado di 110 conciertos. Tengo un oficio que me compensa la tendencia de quedarme en un rincón y no ver a nadie.

P. En cualquier caso ¿nunca ha sido metódico, ni tan siquiera en su vaguería?.

R. Hoy, con 62 años, todavía no he desarrollado una sola costumbre. Jamás como a la misma hora, muchos días no como, otros a las tres de la mañana o a las siete de la tarde. Soy incapaz de desarrollar alguna costumbre, algo que me parece rarísimo, y me hace sufrir, porque la vida un poco más ordenada parece ser que es mejor.

P. ¿Sigue sin tener móvil, ni internet?

R. Ni móvil, ni inmóvil. Aunque sé que me pierdo algo muy importante, sobre todo en el mundo de internet que sé que es más importante que la revolución de Guttemberg. Cuando me digo voy a aprender siempre hay algo al lado, una película o un libro, que me apetece más y lo que me dicen que sale por internet me auyenta más, se ha dado una pérdida de libertad importante, hace dos días salió en un destacadísimo periódico uruguayo una entrevista muy larga conmigo que yo no he hecho, la ha colado una fan de esas locas, haciéndose pasar por mí. Es un mundo que cabe lo mejor y lo peor, pero es que lo peor tiene mucho más tiempo para meterse ahí.

P. ¿Está desapareciendo la libertad?

R. Pues sí, y las democracias son muy raritas. Desde la extrema derecha se está cuestionando la democracia y desde la gente de la calle también, ¿Y qué viene históricamente después de eso? Pues el fascismo. ¿O no?

P. ¿Huiría de Madrid si las cosas se ponen feas?

P. Me gusta ir a Rota, pero voy muy poco y cuando estoy en Buenos Aires o en La Habana pienso que son unos estupendos lugares para exiliarse, pero no pasa de ser sólo una fantasía. Mi lugar es este y tengo muchos balcones a la calle.

P. ¿Qué es lo mejor de Madrid?

R. Que sigue siendo un poblachón manchego, no sé cómo lo hace, pero no pierde esa característica. Manolo Vicent decía que Madrid para ser cosmopolita le faltaban negros. Pues ya los hay y sigue siendo un pueblo de la Mancha y mi barrio de Lavapiés se está haciendo un laboratorio, un experimento multicultural con bastante más éxito que otros lugares de España.

P. ¿Cómo autor que reflexión ha hecho sobre los últimos acontecimientos de la SGAE?

R. Mi opinión es que no tengo opinión porque nunca me he preocupado ni he ido a una reunión y votaba lo que votara Víctor Manuel. He ido leyendo y me parece que la dirección anterior con la que yo y la gente de mi cuerda estábamos muy contentos, porque también hemos vivido las anteriores a esa y eran una panda de chorizos, vimos crecer eso que nos cuidaban más que cobrábamos más y también me pareció que hace unos años se entró en una especie de faraonismo comprando edificios, cuando hay muchos autores que se están comiendo los mocos, y me pareció notar que para bien y para mal había un Napoleón, que no olvidemos que fue muy grande en su tiempo, que era Teddy y que las virtudes y los errores que surgen ahora alguna responsabilidad tendría él , era y soy amigo de Teddy y se están leyendo cosas muy feas y hay un montón de gente, periódicos, radios, discotecas... muchos, que les viene de puta madre esta crisis para no pagar, porque lo que no quieren es pagar el trabajo de una serie de profesionales que tienen que cobrar por su trabajo.

P. ¿Qué hay de ese disco del que aún no hay nombre?

R. Voy a hacerlo con Serrat a cuatro manos y dos voces, los dos intervenimos en letras y músicas y las asumimos los dos y ha salido un híbrido que no es ni Serrat ni Sabina, un pequeño Frankestein que no tienen nombre, pero no es imposible que se llame, por motivos obvios y porque hay una canción con ese nombre, La orquesta del Titanic, aquella que siguió tocando mientras todo se hunde.

R. ¿Usted seguirá cantando mientras todo se hunde?

P. No. Yo me sentaré en mi sillón, no a esperar a la muerte, pero sí a leerme la última versión de Guerra y la paz de Tolstoi.

Un musical de canallas

22 canciones del compositor jiennense se subirán al escenario del Teatro Rialto el próximo 6 de octubre. Más de cien mentiras llega a la Gran Vía en una producción de José María Cámara y Ángel Suárez pero con el encanto de que los personajes no serán jóvenes enamoradizos y chicas edulcoradas. Las putas, los cobardes, los delincuentes y los canallas serán los héroes de esta historia de ajuste de cuentas y vidas al límite. En el reparto, caras conocidas del teatro musical español y de las series televisivas: Juan Pablo di Pace, Álex Barahona, Guadalupe Lancho y Víctor Massán.

Para poner en marcha el proyecto han hecho falta nueve arreglistas para las canciones -bajo la supervisión de Pancho Varona y el propio Sabina- y siete coreógrafos, además de cuatro años de trabajo -dos para elaborar el guión- y tres millones de euros gastados en el montaje. Los productores aseguran que ya está agotado el papel hasta el día 12 de octubre, pero aún no han recuperado la inversión. Sin embargo, sus creadores ya ponen la vista en México y Argentina y barajan hacer una película con el mismo reparto.

El País

La historia invertida

En Historias de Cronopios y de Famas, el escritor argentino Julio Cortázar advierte de que "existe un pueblo en Escocia donde venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen; si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere". Esto debió de pasarle a Richard Hamilton el pasado 13 de septiembre; sabía que el lugar de los espacios en blanco en la materialidad de lo escrito era lo más importante porque, en efecto, los "blancos" asumen tanta importancia como las letras; golpean de entrada, introducen el tiempo y el movimiento en el texto, son la causa del decir, el referente único y último del poema. Así lo hizo constar Mallarmé en su obra más conocida, Un coup de dés..., libro que Hamilton tenía siempre en su mesilla de noche y que debió de ojear pocos segundos antes de colarse definitivamente dentro de las ruinas vacías del poema final. La elocutiva desaparición del artista inglés fue la misma que la del poeta, que cede la iniciativa a la obra.

Cortázar, Hamilton, Mallarmé. El cuarto nombre que sigue en este encuentro contingente con la historia y el azar es Marine Hugonnier. Para la artista francesa -nacida en París los días de la revuelta estudiantil del 68- toda imagen es un texto, un poema que es capaz de hacer simultáneo lo sucesivo, un pensamiento formalizado en una tirada de dados que puede empezar a leerse por cualquiera de sus cabos sueltos. En 2006 creó una serie de intervenciones y performances titulados The Bedside Book Project, basados en el hecho histórico de que autores como Odilon Redon, Kurt Schwitters y Richard Hamilton dormían cada noche con el libro de Mallarmé sobre la mesilla.

Hugonnier pone al día el gesto de Marcel Broodthaers -oscurecer e interrumpir la fluidez del poema- al combinar dentro del marco de las portadas de periódicos -en las series Les Actualités (2008), Art for Modern Architecture (2004-2009)- composiciones monocromas que corresponden a la estructura interna de una fotografía periodística. Los colores salen de la paleta del libro de Ellsworth Kelly Line Form Color (1951) y forman abstracciones que obstruyen la imagen, como una advertencia a los incautos visitantes de la muestra de que si intentan leer lo que tienen enfrente caerán en un agujero negro. O blanco. Es la muerte del lector y la resurrección de éste como autor. O como jugador (de dados).

Acontecimientos como el Mayo del 68, la revolución iraní y, en esta ocasión para la galería Nogueras & Blanchard, los últimos cincuenta años de historia de España a partir de diferentes portadas de periódicos, surgen en las obras de Hugonnier como collages, cuya medida poética son papeles serigrafiados con los colores de la carta de la firma Kodak para la impresión fotomecánica: cian, magenta, violeta, rojo, negro, amarillo y verde. Cada día de la exposición se mostrarán diferentes portadas con estas "cubiertas" que suspenden la realidad de los acontecimientos históricos, a pesar de su bella disposición en un ritmo total. El resultado serán 45 días de poema callado; a través de éste, la artista investiga la realidad de la memoria del espectador, o mejor, la realidad invertida de esa memoria. ¿La Historia? Lacan en estado puro.

Feliz encuentro de dos genios

Rüdiger Safranski traza una intensa narración de la relación entre Goethe y Schiller, basada en el afecto y la excelencia.

La amistad entre Goethe y Schiller fue tal vez una de las más proverbiales y fecundas de la historia de la literatura. A Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), el célebre autor de Las penas del joven Werther y genio reconocido de las letras alemanas desde su juventud, le costó trabar conocimiento con otro genio incipiente: Johann Christoph Friedrich Schiller (1759-1805), diez años menor que él, y asimismo famoso por su sorprendente tragedia primeriza Los bandidos. Tampoco a Schiller le agradaba la actitud prepotente del "olímpico Goethe", pues le parecía orgulloso y distante. Sin embargo, sucedió lo que parecía imposible: aquellos dos hombres se hicieron amigos. Dejaron atrás sus temores y, superando celos literarios y diferencias de carácter, decidieron cooperar en pro del arte y del mutuo enriquecimiento personal.

Schiller afirmó que "ante la excelencia no cabe más que el amor", y así actúo con Goethe, que enseguida se sintió agasajado y correspondió como debía. La amistad de ambos se cimentó sobre las firmes columnas de la paridad y la confianza recíproca. Si de ellos uno se hubiese creído superior y hubiera hecho gala de necia vanidad, sin atender a los consejos del otro por considerarlo inferior en inteligencia, nada habría crecido entre ambos salvo espinas. Orgullosos de sí mismos y de su arte, cada uno a su manera, idiosincrásicos y distintos, supieron ser colaboradores y complementarios. "Cada uno de nosotros podía proporcionar al otro algo que le faltaba y recibir algo a cambio", diría Goethe; y cuando murió Schiller: "He perdido a un amigo y con él, la mitad de mi existencia".

El famoso biógrafo y filósofo alemán Rüdiger Safranski (1945) dedica este su último libro a detallar la historia de lo que Goethe calificó de "feliz acontecimiento", aquella amistad que comenzó en 1794 y que sólo concluiría con la muerte de Schiller. La obra es tan intensa e informativa como todas las de Safranski. Desde su primera biografía de E.T.A. Hoffmann (sin traducir al castellano) hasta sus libros sobre el Romanticismo y los que dedica a Schopenhauer, Heidegger, Nietzsche y Schiller (todos en Tusquets), Safranski ha desarrollado un estilo propio que podrá encantar al lector o saturarlo en ocasiones, ya que se basa en la acumulación de testimonios que sostienen una narración que avanza entre meandros; multiplica las citas literales, y lo mismo se explaya sobre un problema filosófico universal que sobre una anécdota particular. La información es desbordante y los detalles a veces obvian aspectos de carácter más general, por ejemplo, ¿cómo eran realmente las respectivas personalidades de Goethe y Schiller? El lector debe extraer esta información tan relevante a partir de los testimonios y las anécdotas, ensamblar un gran puzle con pequeñas piezas doradas.

Críticas aparte, lo cierto es que Safranski nos traslada con maestría a los míticos escenarios de Jena y Weimar, cenáculos por antonomasia de los "clásicos alemanes" (Herder, Wieland, Goethe y Schiller), en una época áurea de las artes alemanas; Goethe oficia de sumo pontífice desde Weimar, Schiller vive en Jena pero termina trasladándose también a Weimar para estar más cerca del amigo. De la colaboración de ambos surgen obras magníficas: entre otras, Wallenstein y La doncella de Orleans de Schiller, o Wilhelm Meister y Hermann y Dorothea, de Goethe. Junto a los dos genios mayores aparecen otras tantas figuras tales como Fichte y Hölderlin, los hermanos Schlegel y los Humboldt, el duque Carlos Augusto o la señora Von Stein; sin olvidar a las esposas de los poetas protagonistas: la noble Karoline von Wolzogen, de Schiller, y la plebeya Christiane, amante de Goethe y más tarde su esposa, aunque siempre se mantuvo en la sombra. Son multitud de personajes, profusión de hechos e ideas que nacían y se desarrollaban en tiempos fértiles y salvajes para la literatura, la filosofía y la ciencia europeas. Y descollando sobre todo ello, las dos imponentes figuras de Goethe y Schiller: la naturaleza fogosa e incontinente, y la reflexión y el entusiasmo; ambos autores reviven de nuevo gracias a la innegable magia de Safranski.

El País.

jueves, 29 de septiembre de 2011

"Leer es un placer más grande que el placer de comer"

Esta mujer no duerme. Pero sueña. Es una librera. Argentina, hija de un español que puso una librería en Buenos Aires, Natu Poblet, esta figura enjuta y nerviosa, quiere convertir su pasión por los libros en una manía global. Ha venido a España para contar que hace una emisión de radio, Leer es un placer, que empezó en el año 1995. "En 2000 se fueron todos los sponsors y quedamos varados hasta que conseguimos rearmarnos y en 2008 empezamos de nuevo. Hasta hoy, y creciendo". Se puede oír en Internet y tiene la vocación de divulgar todo lo que escriban los autores que hacen sus historias en español.

Cuando la vemos, casi al amanecer, en este hotel tan literario ya lleva contestados no sé cuántos correos, y ya va por la mitad de los tres libros que lee al tiempo. Es flaca, enflaquecida además por la actividad que despliega y por el desdén que tiene por la comida. Pero ha de comer. "Sí, pero de a poquito, lo importante es leer". Por eso quiere desayunar, tan solo, porque además así habla de su proyecto, que ya tiene algunos años. Muchos autores españoles a hispanoamericanos han pasado por sus micrófonos. "Y no cejo en mi empeño de convertir la literatura en español en un acontecimiento global".

Ya hizo que su librería (su padre la llamó así, hace 75 años, Clásica y Moderna) fuera el centro de reunión de intelectuales y literatos argentinos. Hay un relato de Manuel Vicent, sobre lavabos, en el que el escritor cuenta que un día halló su figura señalando el baño de hombres en Clásica y Moderna. Y el baño de mujeres tiene por fuera la foto de Clara Sánchez, premio Alfaguara como aquel y ahora premio Nadal, también como Vicent.

"Los tenía a mano, y ahí los puse. Qué mejor reclamo que un escritor para decir donde tienes que hacer pipí". Come como un pajarito. Un poco de sandía, unas peras, algo de manzana; todo lo mira desde el plato, y el periodista le avisa: "Hay que comer; los argentinos desayunan mucho". "No creas que tanto. Un té, un café, los famosos cruasanes, o medias lunas, como decimos nosotros. No mucho más". Las editoriales, que convocan a los libreros a relatarles sus novedades, "nos ponen medias lunas, jamón, queso... Ahora bien, cuando voy a Fránc-fort, a la feria, compruebo cómo se desayuna en Europa: ¡hasta chucrut en las mesas! Y al lado de tanta comida me encuentro con un recipiente con champán. Me senté al lado, me pedí un café y tomé dos copas de champán. Pero eso solo lo he visto en Alemania".

"¡Ah!", añade. "¡México es una locura también! Y en Guadalajara era imposible abarcar los desayunos con una sola mirada". En Clásica y Moderna hay un restaurante pionero en una librería. "Allí tengo mi computadora y mi banquetita. Y veo comer, porque a mí lo que me interesa es hablar de libros. A veces, cuando me da hambre, pido que me traigan un cortado y una tortilla de patatas en trocitos, porque eso me permite seguir trabajando". Y conversando.

Conversar es su pasión. Lo hace en la radio. Su intención: "Intentar formar una comunidad de lectores de lengua española, apostar por la inmensa riqueza de este idioma. Crear una compañía de lectores sirviéndome de la radio". ¿Y lo conseguirá? "¿Tú qué crees? Claro que sí, porque es imprescindible y porque leer es divertido. Un placer. Mucho más que comer".

Hotel de Las Letras. Madrid

- Dos desayunos completos:

cruasanes, frutas variadas, café y agua.

Total: 36 euros.

Un filósofo en bata contra el conservadurismo adolescente

El escritor Ismael Grasa publica 'La flecha en el aire': diario de su aventura como profesor de Filosofía en bachillerato

Imaginen que una adolescente llega un día y les dice: "Yo no pedí permiso para nacer, luego no tengo ninguna obligación". ¿Qué responder? En este y en otros trances parecidos se ha visto el escritor Ismael Grasa (Huesca, 1968) quien desde hace seis años decidió compaginar su actividad literaria con un puesto de profesor de Filosofía de bachillerato en un colegio privado de Zaragoza. Grasa, autor de varias novelas, libros de viajes y de relatos, vuelve a las librerías con La flecha en el aire (Debate), una obra peculiar (entre el diario íntimo y el manual de ética) en la que cuenta esta experiencia pedagógica y personal. "De pronto me he visto en el trance de enfrentarme a la Filosofía. Ha sido un redescubrimiento de lo que estudié, y también con los chicos en la clase", afirma Grasa en un reciente viaje relámpago a Madrid.

Un libro breve y ágil con cuya lectura se van a sentir aludidos no solo adolescentes y profesores, también cualquier persona interesada por lo que le rodea. La patria, la inmigración, los Derechos Humanos y la homosexualidad son algunas de las cuestiones, siempre de actualidad, que surgen en el aula de Grasa y también en estas páginas en las que el autor no da recetas mágicas y, en cambio, sí logra que el lector se ponga a filosofar: "El libro tiene la virtud de dejar insatisfecho, en el buen sentido, a quien lo lea. Cualquiera que se acerque con una ideología concreta se va a sentir distante e incómodo con él".

El autor defiende una noción de progreso alejada de las modas recientes (critica por ejemplo el planteamiento de la asignatura de Educación para la Ciudadanía) y cuestiona el relativismo que, afirma, va aflorando en los nuevos manuales de Filosofía escolar: "El relativismo cultural se ha vendido durante mucho tiempo como una muestra de progreso y eso no tiene por qué ser así. Si nuestro sistema democrático es bueno, tiene que ser bueno para todos. Otra cosa es que tengamos criterios de prudencia a la hora de intentar exportarlo. La idea de que todo depende de cada cultura, de cada siglo, es muy debilitadora".

Grasa arremete contra los biempensantes que reniegan de la tradición filosófica: "Me parece básico ese ideal que nace en Grecia (y se retoma en la Ilustración) de una racionalidad común y un proyecto universal. Esa idea es la que nos va permitir no bajar la guardia y defender en el mundo no solo una economía globalizada sino unos derechos globalizados".

También defiende sin complejos los ideales típicamente europeos, pese a las críticas más o menos fundamentadas que llueven desde sectores que se dicen multiculturales: "Estoy contra el adanismo, ese pensar que la inocencia de la juventud lo es todo y que los saberes antiguos son reaccionarios, hay que explicar por qué esa tradición es importante. Los Derechos Humanos, por ejemplo, no son menos valiosos por ser eurocéntricos. Lo importante es la semilla liberadora que el pensamiento occidental contiene. Lo estudiamos no porque sea europeo, eso da igual. Pero un exceso de autocrítica o de pasarnos de listos los europeos en esa autocrítica, nos sitúa ante dos peligros: uno, pasarle a Estados Unidos el relevo de la acción práctica y de la defensa de esos ideales. El otro peligro es el de debilitarnos, y en este periodo de crisis europea hay que mantenerse firmes en lo esencial. Abogo por la idea de una Europa transfronteriza que defienda toda una tradición".

Individuo y comunidad

Las páginas de La flecha en el aire trasmiten además un liberalismo "bien entendido". Grasa se explica: "El libro defiende la tradición liberal del individuo, entendido como la unidad básica de la sociedad; pero por otra parte es aristotélico en el sentido de la defensa de la virtud y de que nacemos en una comunidad. El concepto del liberalismo nos defiende de las agresiones a nuestra libertad, es algo pasivo. Luego está la parte activa, que depende de nosotros: es nuestro ejercicio de la virtud, del compromiso".

El objetivo último de Grasa es, con toda modestia, contribuir a mejorar la sociedad y esa contribución se hace desde las aulas: "A lo mejor me equivoco y soy un ingenuo, pero un sistema de personas formadas y libres va a tender, creo, a ser autocorrector con las injusticias. Cualquier otro modelo puede derivar hacia formas que restringen las libertades o hacia el extremo totalitario".

La flecha en el aire a la que se refiere el título es una metáfora de cada individuo y constituye la respuesta que Grasa le brinda a la despreocupada adolescente antes citada. Somos como flechas en el aire y en nuestras vidas nos toca orientar el rumbo mediante decisiones éticas y compromisos morales: "Esas obligaciones, como la flecha que ya está disparada, quieras o no, ya las has adquirido y no te puedes librar de tomar partido".

Además Grasa ofrece una idea, muy alejada de la corrección política que hoy se estila, de cómo debe ser la pedagogía. Defiende que entre docentes y estudiantes se establezca una clara distancia y una relación de subordinación, y lo defiende precisamente por el bien de los alumnos. "Aunque parezca contradictorio, esa distancia dogmática es una muestra de respeto hacia el alumno, y viene a ser el trasunto de otra paradoja clásica: educar es dar los instrumentos para que el alumno pueda liberarse de su educación y de su cultura, y ganar un juicio propio", apunta el autor en un pasaje del libro.

Así, con su corbata y su bata blanca, Grasa se enfrenta a la tarea de contribuir a la emancipación intelectual de sus estudiantes, extrayéndoles los prejuicios a los que están sujetos: "La mayoría de los alumnos son muy conservadores porque en el fondo han visto muy poco mundo. Se rigen mucho por estereotipos y, al fin y al cabo, para lo que estudian es para liberarse de su propia educación".

Ensayistas y profetas. El canon del ensayo.

Como es natural en lo que escribe Harold Bloom, no escapa una vez más en la osadía y brillantez de escribir un libro de los principales escritores y críticos que de alguna forma marcaron sus lecturas en todo su recorre por la literatura. Ha escrito El Canon Occidental, donde plasma los principales escritores, y ya de por decir Canon, el patrón de agua de tomar para conocer la literatura, sigue con la misma tesitura con este libro: Ensayistas y Profetas: El Canon del ensayo .

Con el Canon del ensayo, Bloom proponer una camada de escritores y críticos literarios mas influyente de todo los siglos. Cabe destacar, que hay algunos de estos escritores propuesto, que no entrarían en escritores influyentes, como él propone, mas bien escritores, que dejaron algo, pero que no pasaron mas allá , no a la especie de un Shakespeare, donde él es uno de los máximo promotor, y cabe decir, un cultista shakespiriano.

En definitiva, Bloom con este libro nos hace divisar lo que hace años leyó en sus tiempos mozos, y que de alguna forma, nos pone en el banquillo de la indagación, para que estemos o no de acuerdo con lo que propone. Tengo la sensibilidad que con lo que escribe de algunos de sus escritores o críticos literarios no logró atrapar lo que esperaba. Como un creador del cuestionamiento, es algo común en él, pues la polémica le sigue constantemente, y eso es lo que busca en el mismo, la polémica lo alimenta, estemos o no de acuerdo con lo que establece. Son veinte lo que pone en común en su redacción, los cuales , como dice, desafían la simple categorización.

Entre los ensayistas y profetas que encontramos en este libro están: La Biblia ( mas que de la biblia lo que propone es algunos extractos como el caso El libro de Job, El cantar de los cantares, Los evangelios), Michel de Montaigne, Blaise Pascal, Samuel Johnson, Søren Kierkegaard, Jean Jacques Rousseau, Friedrich Nietzsche, Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Sigmund Freud, entre otros.

Algo personal, esperaba más de Harold Bloom con este libro, aunque es de suponer siempre, que en cada lectura de Bloom uno nunca espera enrolarse en el camino del defraude, pues es un escritor de una critica aguda, sabe colocar su intuición intelectual con una mezcla de lo pasado y presente, es uno de los pocos críticos contemporáneos que ha tenido el prestigio de ser colocado como uno de los grandes críticos contemporáneo predilecto en términos literario y de opinión. Esperaba encontrarme con un critica mas pulida, algo parecida al Canon de Occidental. No podría decir en tenor de sus libros: Como leer y por qué, Shakespeare: la invención de lo humano y Donde se encontrará la sabiduría. Al menos me hizo saber que están esos escritores, muchos desconocidos.

Lo recomiendo, independientemente de lo escrito anteriormente.

Libros censurados en bibliotecas de EEUU


Cada año la Oficina por la Libertad Intelectual publica una lista con los diez libros que con más frecuencia han sido censurados por las bibliotecas de Estados Unidos. El libro infantil‘Tres con Tango’, que cuenta la historia de una pareja de pingüinos homosexuales que adoptan un pingüinito sigue siendo el coco de las instituciones de mente más estrecha, aunque lo realmente sorprendente es la entrada en el tercer puesto de la lista de ‘Un mundo feliz’, la novela distópica de Aldous Huxley. También debuta en tan selecta clasificaciónCrepúsculo’ (Twilight), la saga de vampiros de Stephenie Meyer.

Puede que los bibliotecarios hayan retirado de las baldas los vampiros de ‘Crepúsculo’ por mala, lo que resulta intolerable aunque comprensible. Ahora bien, ¿a qué puede deberse la censura a la novela de Huxley, considerada la quinta mejor novela en inglés del siglo XX?

En la época de su publicación (1932) el libro sufrió los embates de la censura, que consideraba que el libro atentaba contra los valores primordiales de la sociedad. Imbuidas por la creciente atmósfera de corrección política, las bibliotecas públicas estadounidenses están restringiendo el préstamo o retirando el libro de sus fondos por su “lenguaje ofensivo, racismo, insensibilidad y contenido sexual explícito”. Los niños del ‘mundo feliz’ de 2540 son invitados a mantener relaciones sexuales entre sí, para afrontar su sexualidad sin prejuicios, una idea que entronca con la educación colectiva que Huxley pregonaba en ‘La isla’, la némesis de ‘Un mundo feliz’.

Los diez libros* más censurados de 2010 son los siguientes:

1) ‘Tres con Tango’, de Peter Parnell y Justin Richardson

2) ‘El indio más duro del mundo’, de Sherman Alexie

3) ‘Un mundo feliz’, de Aldous Huxley

4) ‘Crank’, de Ellen Hopkins

5) ‘Los juegos del hambre’, de Suzanne Collins

6) ‘Lush’, de Natasha Friend

7) ‘What My Mother Doesn’t Know’, de Sonya Sones

8) ‘Por cuatro duros: cómo (no) apañárselas en Estados Unidos’, de Barbara Ehrenreich

9) ‘Revolutionary Voices’, editado por Amy Sonnie

10) ‘Crepúsculo’, de Stephenie Meyer

  • En español, los libros publicados en España, según ISBN.

Aquí puedes ver las listas de libros más censurados entre 2001 y 2010.

Visto en Asociación de Bibliotecas Americanas y en Raw Story.

Bob Dylan no es un artista original

Los cuadros de su exposición 'The Asian Series' son, en parte, copias de fotografías de otros autores

No se puede ser perfecto. Bob Dylan, el trovador más alabado y aplaudido del siglo XX, candidato al Nobel de Literatura en múltiples ocasiones, difícilmente llegará a postularse entre los grandes de las artes plásticas. Lo suyo, en ese ámbito, no es precisamente la originalidad. Hace una semana presentó una serie de 18 cuadros bajo el título The Asian Series en la galería Gagosian de Nueva York que han resultado ser, en parte, copias calcadas de fotografías de otros autores.

La muestra se había anunciado a bombo y platillo como apertura de la temporada de la que podría llamarse galería de las estrellas puesto que su dueño, el poderoso Larry Gagosian, solo apuesta por los nombres consagrados o por jóvenes a los que ha decidido bendecir y elevar a los cielos del mercado del arte. Obviamente Dylan entraba en la primera categoría aunque su fama no tenga ninguna relación con las artes plásticas. Pero una vez que alguien se hace famoso, todo lo que tocan sus manos adquiere poder económico y mediático. De ahí el fuerte interés que había despertado su primera muestra de cuadros que se inauguraba en Nueva York.

La pintura es una de las pasiones privadas del artista desde que comenzó sus giras en los años sesenta. Pero el producto de su amor por los pinceles ha sido algo desconocido para el gran público hasta 2007, cuando realizó su primera exposición en Alemania, The Blank Series y una segunda en Dinamarca, The Brazil Series. The Asian Series se había promocionado como "un diario visual de sus viajes por China, Japón, Vietnam y Corea e incluye gente, escenas de calle, arquitectura y paisajes", según anunciaba el comunicado de prensa de la galería. Curiosamente en él se subrayaba que Dylan también presentaba escenas "más crípticas de personalidades y situaciones como el cuadro Opium". Y ese ha sido uno de los cuadros de la polémica. Quienes tienen el ojo entrenado en el mundo de la fotografía han advertido las excesivas similitudes entre la pintura y una imagen tomada en 1915 por el fotógrafo Leon Busy en Indochina en la que aparece una dama elegante amodorrada sobre el suelo y rodeada de todo el instrumental para fumar opio. El cuadro de Dylan reproduce exactamente la fotografía con todos sus detalles.

Similitudes

Los admiradores del cantante han sido los primeros en advertir las similitudes entre algunos de sus cuadros y fotos de otros. El escritor Michael Gray, autor de diferentes libros sobre Dylan, mantiene un blog dedicado al artista titulado Bob Dylan Enciclopedia: a blog en el que, con la ayuda de sus lectores, ha señalado también el innegable parecido entre una fotografía de Dmitri Kessel fechada en 1950, donde se ve a tres asiáticos en cuclillas frente a un tablero de juegos y un cuadro de Dylan en el que desde la luz a la ropa de los personajes o las posiciones de las fichas del juego son las mismas. "Lo más sorprendente es que Dylan no se ha inspirado en la fotografía: ha tomado el encuadre y la composición y la ha copiado exactamente. [..] Puede que esté tratando de jugar con sus seguidores pero no es muy original. Puede que no sea plagio pero seguro que es copiar bastante", dice Gray en su blog.

La galería Gagosian ha salido al paso de las acusaciones afirmando: "Aunque la composición de algunas de las pinturas esté basada en diferentes fuentes, incluidas imágenes históricas y de archivo, la fuerza y la frescura viene de los colores y texturas que ha visto en escenas cotidianas durante sus viajes". Dylan no es ajeno a las acusaciones de copia y plagio, que han salpicado varios momentos de su carrera musical y literaria. Sin embargo es la primera vez que se le apunta con el dedo por haber hecho algo muy parecido a lo que recientemente llevó al artista Shepard Fairey a los tribunales. Fairey utilizó una fotografía de Obama y la modificó para hacer el famoso póster que se popularizó durante las pasadas elecciones estadounidenses. El cantante simplemente parece haber copiado algunas fotos como suelen hacer los estudiantes que acuden a pintar reproducciones de las grandes obras del Museo del Prado. Solo que ellos no se apellidan Dylan y no venden sus cuadros por miles de dólares.

El País

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El escritor discute con Lucifer acerca de la soberbia y la humildad

Satanás. Observo que el filosofo se aproxima a mi humilde morada.

El escritor. Algunas cosas son reales: el filosofo se aproxima, la morada puede ser humilde, o no, podemos discutirlo. Pero lo que está claro es que el habitante de la morada no tiene nada de humilde, más bien todo lo contrario. Yo diría que haces la soberbia tu razón de ser y existe, pese a que es algo que te ha costado caro.

Satanás. ¿Caro? Es a lo que uno se arriesga por decir cuadro verdades. Soberbio era mi jefe.

El escritor. De cualquier manera, yo supongo que debes de tener tu orgullo herido, porque hoy solamente eres para todos el Ángel Caído. El que desafió a Dios y fue derrotado, el que creyó que era más de lo que es.

Satanás. Creo que nuevamente tengo que poner las cosas en su lugar. Estas en presencia de alguien seguro de sí mismo, algo que muy pocos pueden decir. Porque con muchos como yo el mundo sería otro.

El escritor. Pero, hombre, si éste es el problema, que el mundo ésta lleno de individuos como tú. Y no quiero imaginarme que pasaría si hubiese muchos más. Tú eres un caso clásico, el de la criatura que no admite su condición de criatura y que trata de imponer su deseo frente a la divinidad. Pero la divinidad te marca los limites que debe tener tus deseos, y la soberbia te cuadra perfectamente. Nosotros, los humildes humanos, cuando mencionamos el termino nos imaginamos a Luis XV o Luis XIV en plena gloria. Pero tú sabes muy bien que la soberbia es cosa sencilla de todos los días. En tu afán de dividir y separar, te encanta que rija una desconsideración general hacia el otro.

Satanás. No me vengas con esa tonteria de la desvolorización. Lo que existe es la seleccion natural. Hay mejores y peores, y hay que ubicar a cada uno en su lugar.

El escritor. Ahi esta la cuestión. Con qué críterio, quién impone esa selección, quién decide lo que hay que seleccionar, frente a lo que no debe sr seleccionado, quiénes son los que deciden qué lugar le corresponde a cada uno. Nadie es mas frágil, más vulnerable y más inconsistente que un soberbio.

Satanás. Mi querido filósofo.... ¿Quieres decirme que, ademas de soberbio, soy debil? Tú tienes tus arranques de soberbia, ¿no?....

El escritor. Mea culpa, pero yo no creo que sea realmente soberbia; soy terco, discutidor y tengo una exagerada tendencia a querer tener razón. Pero no soy alguien que contradice a todo y a todos, como algunos que lo hacen para buscar notoriedad ya que de otro manera no lo conseguirían jamás.

Satanás. Sin embargo, tengo entendio que de niño ya era muy irrespectuoso...

El escritor. Yo, de niño, me preguntaba, y aún sigo haciéndolo, por qué razón debo callar la boca si tengo cosas sensatas que decir frente a algo que me parece una tonteria. Nunca sentí que fuera algo pecaminoso, pero debo reconocerte que uno de mis peores vicios ha sido el de querer tener siempre la razón. Mi madre era una polemista envidiable, y yo tampoco he sabido nunca quedarme callado, siempre he tenido una contestación.

Satanás. En eso te pareces mucho a mis amigos los gobernantes, de cualquier origen que sean. Pero debes reconocer que sin ellos el mundo andaría sin rumbo.

El escritor. Esos son los peores, y sobre todo aquellos que se esconden detrás de una máscar de humildad que es absolutamente ficticia. Esos politicos o generales o religiosos que no tienen ningún pudor en asegurar que no quieren cargos y que si los toman es por hacer un servicio público. Esos personajes son aquellos a quienes luego les quitas el cargo y no paran de conspirar contra el que los reemplazó. Nada es pero que la falsa humildad.

Satanás. En eso coincido plenamente contido. Yo no soporto ser humilde, ni falso, y mucho menos honesto.... digo hipócrita.

Voy a aprovechar para pensar en todo lo que tiene que agradecrme mi fecunda existencia a lo largo de la historia. Que es algo asi como una autocrítica, pero al revés.

Fragmento:
Los siete pecados capitales
Fernando Savater

Mateo Díez cree que "el perdedor expresa mejor que el triunfador nuestra condición"

Madrid, 28 sep (EFE).- La leyenda es para Luis Mateo Díez "el relato de lo inolvidable", y algo de legendaria tiene la nueva novela de este escritor, "Pájaro sin vuelo", protagonizada por "un héroe del fracaso", un hombre desamparado y extraviado pero "capaz de asumir su destino con conciencia e intensidad".

Ese tipo de personajes que tan magistralmente dibuja este escritor y académico de la Lengua en sus novelas "es dueño de un mundo interior profundo y representa bien al género humano. Yo diría que son seres que expresan mejor que los triunfadores nuestra condición", afirma Mateo Díez en una entrevista con Efe con motivo de la publicación por Alfaguara de este nuevo libro.

Mateo Díez (Villablino, León, 1942) no ha querido hacer "un análisis derrotista o degradador" de Ismael Cieza, el protagonista de la novela, sino que se acerca a él de una forma "cariñosa" porque es un ser "extremadamente cálido en sus pequeñas frustraciones, en sus desgracias, en sus infidelidades, en cómo intenta asumir la paternidad, en su extravío".

"Ello son seres complejos en un mundo lleno de complicaciones", "un perdedor que sufre el desgaste de la existencia", asegura este escritor que, como siempre hace, sitúa la nueva novela en Celama, ese territorio imaginario "lleno de ciudades de sombra" que él creó al principio de su trayectoria literaria y del que no tiene intención de salir. "Me siento muy a gusto en él", confiesa.

Galardonado con el Premio Nacional de Narrativa y de la Crítica, primero por "La fuente de la edad" y, luego, por "La ruina del cielo", Mateo Díez le da a su protagonista un aire "un poco ridículo, dostoievskiano. "Ismael tiene esos elementos de moral condolida que poseen algunos personajes rusos", comenta.

"La vida es un asunto a resolver", dice uno de los personajes de "Pájaro sin vuelo", pero los hombres como Ismael Cieza tienen "muy mermada la capacidad de resolución. Están entregados a quienes les acompañan y les quieren y se ven desbordados por cualquier cosa".

La novela cuenta un día crucial en la vida de Ismael, en el que se le juntan graves problemas reales y familiares que debe resolver.

"De pronto la realidad le explota en las manos y tiene que tomar resoluciones que le traspasan más de lo debido", señala este escritor, que enfrenta a su protagonista "a un dilema terrible". La sorpresa para el lector está garantizada.

Después de varios libros "un poco sombríos", Luis Mateo Díez explota de nuevo la vertiente del humor y de la ironía en "Pájaro sin vuelo", y buena parte de ese humor corre a cargo del estreñimiento crónico que padece el pobre de Ismael, una dolencia, por cierto, "heredada" de su padre.

El escritor quería hablar en esta novela de "cómo el cuerpo predetermina mucho al espíritu", y a Ismael Cieza, "dueño de un aparato digestivo problemático", ese asunto le "marca la vida".

"En el destino de Ismael el estreñimiento es una parte sustancial de su plenitud vital". "Es imposible un alma liberada sin un cuerpo que funcione bien", afirma con humor este novelista que ha trazado toda una filosofía de esa dolencia en su libro.

"En la taza del váter se fraguó buena parte de su espíritu melancólico", dice el narrador de la novela al referirse a ese "mal del cuerpo" que padecía Ismael.

A Mateo Díez no le gusta "dar doctrina", pero sí reivindica "cada vez más" el papel de los personajes en la narrativa. "Mis novelas son sobre todo personajes y trama y creo que, modestamente, soy un creador de personajes".

Y, sin duda alguna, Ismael Cieza engrosará la galería de personajes inolvidables de Luis Mateo Díez, en la que también ocupa un lugar destacado, por ejemplo, el comisario de su anterior novela, "El animal piadoso".

Este escritor defiende con pasión "la ficción pura y dura" y huye de "la que se mezcla con el ensayo o con el testimonio. Me gusta leerla, pero no hacerla", subraya.

"Lo contemporáneo de la ficción ya no es solo contar la vida sino el sentido de la vida; por eso en mis personajes hay un componente de pensamiento, hay una cierta filosofía de la existencia", indica Mateo Díez. "Hay mucho componente filosófico, y no quiero ser pedante".

Reflejar "el sentido de la vida" en las novelas "es un destino de la ficción contemporánea, y viene de atrás, de los grandes pensadores del siglo XX".

"Yo creo que es la gran herencia que tenemos los escritores del XXI: hacer una ficción compleja muy poderosa, que contenga un punto fuerte de reflexión sobre lo que pasa, pero que fluya de la propia narración, no de incluir un ensayo en la novela", concluye.

Carlos Ruiz Zafón publicará en noviembre una novela sobre la Barcelona de los años 40

BARCELONA, 28 (EUROPA PRESS)

El escritor Carlos Ruiz Zafón publicará el 17 de noviembre 'El prisionero del cielo' (Planeta), una nueva novela situada en la Barcelona de los años 40 y 50, que regresa a espacios conocidos por los lectores, como el Cementerio de los Libros Olvidados.

Fuentes de la Editorial Planeta han asegurado en declaraciones a Europa Press que están "encantados" de haber recibido un nuevo manuscrito del escritor catalán y que ésta será una novela llena de intriga y emoción, aunque no han desvelado ningún detalle del argumento ni de los personajes.

La nueva novela llega tras el éxito de los dos últimos proyectos de Zafón 'La sombra del viento' y 'El juego del ángel' (Planeta), que batieron récords de ventas y cosecharon grandes éxitos de críticas.

martes, 27 de septiembre de 2011

Filosofía: una comunidad inexistente

Quizá los filósofos deban fijarse en los científicos para compartir procedimientos fecundos en el desarrollo de sus conocimientos.

Nosotros somos seres racionales de los que toman las raciones en los bares

Siniestro Total, Somos Siniestro Total

Desde que Thomas S. Kuhn le concediera un lugar preeminente en su propuesta teórica, el concepto de comunidad científica ha venido siendo utilizado cada vez con mayor asiduidad para referirse al conjunto de autores que comparten el conocimiento y la práctica de una misma disciplina. Sin embargo, está lejos de ser evidente que el concepto pueda utilizarse de forma tan irrestricta como suele hacerse. Por poner el caso que mejor conozco, el de la comunidad filosófica, me atrevería a afirmar que uno de los rasgos más característicos de su peculiar naturaleza es precisamente el hecho de que incumple buena parte de los estándares que Kuhn prescribía a una comunidad para ser tal, esto es, para desempeñar el papel protagonista en la historia de su disciplina que, según él, desempeñaban aquellas comunidades que sí los cumplían.

Entre filósofos no existen ni las revistas de referencia que sancionan de forma irreversible lo que debe ser considerado un avance de la disciplina, ni los libros de texto universalmente aceptados que sirven para formar a los futuros miembros de una comunidad, ni ninguno de los demás rasgos con los que el autor de La estructura de las revoluciones científicas describiera a dicho tipo de grupo. Y aunque es cierto, como ha sido señalado en más de una oportunidad, que algunos filósofos parecen haberse deslizado en los últimos tiempos hacia un hiperespecialismo que no tiene nada que envidiar al de los científicos duros más conspicuos (de manera que no es raro que, pongamos por caso, el especialista en filosofía griega alardee de desconocer por completo el pensamiento contemporáneo, el esteta sonría displicente ante cualquier tipo de consideración ética y el ético, a su vez, desdeñe todo lo relacionado con la lógica formal o la teoría de la ciencia) lo cierto es que, en el interior de cada uno de esos universos, no rigen criterios inequívocos a la hora de valorar las aportaciones y propuestas de un autor.

Probablemente sea eso (sin descartar motivaciones psicológicas, que, como es obvio, no vienen al caso) lo que se encuentra en el origen de esa variedad de aparentes elogios (en el fondo, inequívocamente envenenados) que se prodigan entre sí los miembros de la comunidad filosófica, de los que un inicial muestreo podría ser el siguiente (entre paréntesis se indica lo que el presunto elogiador de veras opina):

1. "En realidad es un poeta" (o sea, no es un genuino filósofo).

2. "Es una pena que se haya metido en política" (de hecho, siempre utilizó el pensamiento como palanca para alcanzar el poder).

3. "Donde de verdad luce es en sus conferencias" (no nos engañemos, lo suyo es una pirotecnia insustancial pero muy efectista, propia de un encantador de serpientes sin mayor fundamento teórico).

4. "Su mejor libro es el primero" (esto es, desde entonces no ha hecho otra cosa que repetirse).

5. "A mí donde más me gusta es en sus artículos periodísticos" (... porque los libros que ha escrito -la prueba del algodón para comprobar el talento del auténtico filósofo- carecen del menor interés).

6. "Sin duda es un tipo muy listo" (de hecho, ha salido a flote por su principio de realidad -i. e., por su capacidad de adaptación al medio- pero no por sus méritos propiamente filosóficos).

7. "Es muy trabajador: no para de hacer cosas" (en definitiva, sustituye la calidad por la agitación pública permanente del propio nombre)... Y así sucesivamente.

Como se habrá podido observar, el común denominador de todos estos aparentes elogios es que localizan las virtudes del presunto elogiado en un lugar distinto (y de menor importancia o valor) del que se supone que realmente debería contar, que no es otro que la actividad académica, entendida, además, en un sentido extremadamente restrictivo. El problema es que ese lugar desde el que se pretende dictaminar la ausencia de valor de la tarea ajena es, en sí mismo, un lugar de casi imposible definición (por no decir un lugar vacío). Buena prueba de ello la constituye el hecho de que también los elogios, aunque sean sinceros, que a menudo estos hipercríticos-con-los-otros dedican a los del propio grupo resultan susceptibles de análoga decodificación. En efecto:

1. Afirmar de alguien que es "un filósofo socrático" se puede interpretar, no sin cierta malevolencia, como equivalente a que el elogiado no ha escrito prácticamente nada,

2. Señalar que "ha dedicado toda su vida a la universidad" admite sin gran esfuerzo la traducción libre de que el personaje en cuestión se las ha apañado para no dejar en ningún momento de ocupar algún carguito en el organigrama universitario,

3. Enfatizar que "se ha negado a hacer concesiones fáciles" casi siempre es una forma maquillada de decir que sus textos resultan de muy difícil inteligibilidad; o, en fin (por terminar en algún sitio),

4. Resaltar (por lo general con tono solemne y voz engolada) que un pensador determinado "posee un sólido conocimiento de los clásicos" a menudo de lo que de veras está informando es de que el susodicho está decididamente al margen de los debates más actuales y urgentes.

Tal vez a los filósofos no nos viniera del todo mal disponer de criterios unánimemente compartidos que nos permitieran ir dirimiendo, de la forma más consensuada posible, el genuino valor de nuestras propuestas teóricas. Tras tantos años denostando la manera de funcionar de los científicos (tan incapaces ellos, según nuestros autosuficientes clásicos -la desdeñosa crítica de Heidegger a la técnica vendría a constituir un ejemplo paradigmático-, de pensar el sentido profundo de su propia tarea), acaso haya llegado la hora de importar alguno de esos criterios que, desde luego, tan buen resultado parecen haber dado a los primeros en sus respectivas disciplinas. Cuando menos, les ha permitido constituirse en comunidad e ir pactando procedimientos fecundos para el desarrollo de sus conocimientos. Habrá que ir con cuidado, claro está, para que lo que se importe sean sus virtudes y no sus patologías. Pero en todo caso siempre resulta preferible constituir comunidad que no mera tropa (conde de Romanones dixit), especialmente si a lo que ésta se aplica con especial ahínco es a la producción de elogios envenenados del tipo de los relacionados en el presente texto.

Manuel Cruz obtuvo el Premio Espasa de Ensayo 2010 con su libro Amo, luego existo. Ha compilado el volumen colectivo Las personas del verbo (filosófico). Herder. Barcelona, 2011. 208 páginas. 19,50 euros.

El País

Una obra de arte

David Vann confirma con Caribou Island, su segunda novela, que nos encontramos ante un escritor de talla. Su estilo, tan duro como expresivo, lo aproxima a la estela melvilliana de la novela estadounidense contemporánea.

Después del formidable debut de David Vann con Sukkwan Island, el anuncio de una nueva novela titulada Caribou Island, igualmente ambientada en el áspero paisaje de Alaska, en la que de nuevo se contaba la lucha inclemente de un hombre en torpe y obcecada lucha contra sí mismo y contra la Naturaleza, producía cierta prevención ante la posibilidad de que Vann se hubiera enrocado en una especie de guarida literaria, un "más de lo mismo". Pues desechemos la prevención: el señor Vann ha demostrado con este nuevo libro que es un escritor de la cabeza a los pies.

En efecto: Gary es un hombre que ha conseguido frustrarse a lo largo de su vida y concibe la loca idea de irse a vivir a una isla en un lago con su mujer en una especie de regreso al origen para borrarlo todo y empezar de nuevo. En la novela anterior, el mismo asunto se cocía entre un padre y su hijo adolescente; esta vez el campo se abre: es un matrimonio el que se embarca en la absurda aventura, pero hay una serie de personajes que contemplan el dislate desde la orilla del lago, por así decirlo. Tienen dos adultos, Rhoda y Mark, que viven en una población cercana al lago sus propias vidas. Vann enfoca con igual atención a Rhoda que a su madre, estableciendo una soberbia relación entre las dos, uno de los grandes aciertos del libro, mientras Mark y su esposa dan cobijo a una segunda pareja, Carl y Monique, cerrando un conjunto de caracteres perfectamente eslabonados y medidos dentro de una intriga dramática que sobrecoge por su dureza, su desnudez y su penetración psicológica.

"Gary era un as del remordimiento", dice Irene, su esposa, y ese es exactamente su problema: el remordimiento de no haber hecho nada de sí mismo y haberla arrastrado a ella. Gary se aturde haciendo de homo faber, construye una cabaña sin tener ni idea, con una terquedad lastimosa. "Lo que Gary buscaba era (...) el retorno a una época idílica en la que pudiera tener un rol, ser el herrero, el panadero o el cantor de leyendas populares. Irene, por su parte, sólo quería que no volvieran a abandonarla, que no pasaran de ella, que no la dejaran de lado". La lucha de Gary es titánica y está contada deteniéndose morosamente el autor en todas las dificultades materiales hasta constituir el estilo de la novela. A su lado, Irene somatiza su miedo y su desesperanza progresiva con jaquecas terribles que le impiden dormir. Rhoda, por el contrario, está sumida en una vida ciudadana cotidiana mientras planea casarse con Jim, un dentista que a su vez planea engañarla periódicamente y empieza a hacerlo ya con Monique; el autoengaño de Rhoda se manifiesta en una desgana contra la que no lucha. Se dispone a asumir una vida semejante a la de su madre, Irene, y ésta, a su vez, no puede olvidar que su propia madre, al ser abandonada, se colgó de una viga, donde la encontró la niña. Mark, en cambio, sobrevive siendo un perfecto sinsustancia acomodaticio. El contraste entre la dramática y definitiva brecha que abre entre ellos la insensata lucha de Gary e Irene y la resignación de Rhoda y Mark está llevado con pulso maestro.

La historia y el estilo son tan duros, tan expresivo y preciso este último, que a varios críticos les ha dado por relacionarlo con la literatura de Cormac McCarthy, lo cual es una simpleza; pero sí es cierto que en Vann hay algo que lo aproxima a la estirpe melvilliana de la novela americana contemporánea que señaló Harold Bloom. Y la dureza salvaje del paisaje está presente no sólo en el paisaje mismo y en la lucha de Gary sino también en excursos admirablemente utilizados, como la pelea de Carl con los salmones en la mesa de lavado. Poco a poco, la imposibilidad de amor y de comunicación va agrietándose como los mismos postes de la estrambótica cabaña y esa paulatina invasión de la realidad no deseada se va abriendo paso entre todos, en cada uno a su manera, como una coral trágica. Por ahí es por donde Vann abre el camino para contar, esta vez, varias vidas anudadas en torno a un destino inexorable en un mundo en zozobra. Lo trágico afecta a Gary e Irene; lo dramático, a Rhoda; la simple supervivencia, a Mark. Todos se mienten para no decir ni decirse la verdad, pero todos la conocen, está dentro de ellos. Gary comprende que "la fe que entonces albergara había degenerado en determinación, ahora era un compromiso emparejado con el aniquilamiento". Irene piensa que "Gary quería vivir en la isla, pasar todo un invierno allí, tener esa experiencia. Pero (...) iba a ser un invierno y nada más. Llegada la primavera, abandonaría el lugar, abandonaría a Irene". La grotesca e inhabitable cabaña no es sino la exteriorización de la vida de un hombre. La niebla se cierra sobre sus vidas, el lago, la isla y la novela. Una obra de arte.




Apunte de Alemania

Hay lugares perfectos. Hay viajes perfectos. El viaje en tren una mañana de domingo entre Hannover y Múnich, por ejemplo. Está nublado y guirnaldas ligeras de niebla flotan sobre los prados o sobre las laderas con grandes bosques de coníferas. El único defecto que yo le veo a la mayor parte de los viajes en tren en estos tiempos es que duran muy poco. El tren de Hannover a Múnich es muy bueno, buenísimo, confortable y rápido, silencioso, más aún en esta mañana en la que por ser día de fiesta hay menos viajeros. No es un tren de alta velocidad, sin embargo, ni falta que hace. Es un tren perfecto. La luz del día nublado hace más acogedor el interior de los vagones. Casi todos los viajeros van leyendo cuantiosos periódicos dominicales. Uno de los muchos inconvenientes de no saber alemán es no poder disfrutar golosamente de esas páginas tan anchas en las que todavía parece que importa tanto la palabra escrita. El rumor de las hojas de los periódicos da al silencio del interior del tren una cualidad de atmósfera de biblioteca. El movimiento es tan regular que me permite tomar apuntes tranquilamente en un cuaderno. Demasiadas tentaciones que habría que disfrutar de manera simultánea, por no prescindir de ninguna: mirar los prados y los bosques, los ríos de curso opulento y tan calmado que reflejan nítidamente en su superficie los árboles de la orilla y las nubes pasajeras, los pueblos de tejados en punta que muchas veces están cubiertos de placas solares, las agujas de pizarra de las iglesias, las fábricas que uno imagina de productos supertecnológicos y que no ofenden el paisaje; o bien leer sin levantar los ojos del libro que me acompaña en estas idas y venidas desde que salí de Madrid, La educación sentimental, en una edición francesa de bolsillo clara y gustosa de leer y con centenares de notas oportunas que explican cada nombre, cada alusión histórica; o bien escribir en uno de esos cuadernos que conviene llevar siempre consigo, y en los que uno quisiera como un dibujante hacer sketches rápidos y certeros de todo lo que va viendo; o no hacer nada, y dejarse llevar y adormilarse suavemente, con el libro abierto entre las manos, con la cabeza vuelta hacia la ventana por la que se suceden los bosques, los ríos, los pueblos, las torres de las iglesias, las estaciones, la quietud del domingo. En una de ellas se para el tren y el nombre que hay en el cartel despierta un breve escalofrío: Nürnberg. Qué raro que esos nombres que tienen sobre todo una resonancia ominosa de símbolos se correspondan con lugares reales, con esa estación en la que suben o bajan algunos viajeros, más allá de la cual se ve un horizonte de edificios industriales.

En el interior de una novela, como en el de un tren, uno se abandona a un viaje inmóvil. En el tren el viaje es a través del espacio y del tiempo. En la novela solo de un tiempo, comprimido e inventado. En La educación sentimental, tantos años después de las primeras lecturas, me doy cuenta de que los personajes viven en un mundo fronterizo entre el tiempo antiguo de los viajes y el tiempo nuevo y más veloz de la Revolución Industrial. Como los cuadros de Monet, las páginas de Flaubert están llenas de nubes de vapor. La novela empieza inolvidablemente en un barco primitivo de vapor que emprende un viaje por el Sena en septiembre de 1840, y en esas primeras páginas está la excitación de un medio nuevo y todavía casi pavoroso, de una tecnología que ha irrumpido para cambiarlo todo: las tablas del buque tiemblan por la vibración de la caldera, el humo del carbón llena el aire. En su primer regreso a París, Frédéric Moreau viaja interminablemente en una diligencia: muy poco después ya le da vértigo el campo visto desde la ventanilla de un tren, en esa época en la que por primera vez en la historia humana se podía alcanzar una velocidad superior a la del galope de un caballo.

Flaubert me acompañada en la sala del aeropuerto de Madrid o de Zúrich, en las habitaciones de los hoteles, en los trayectos en tren. Cambiando a diario de sitio la permanencia de esa novela es como el hilo narrativo que une imágenes descabaladas de lugares. Lo asombroso de su tiempo interior es que resulta perfectamente plano. Empieza y no hay más progresión que la cronológica. No hay golpes de efecto, ni acelerones de melodrama, ni saltos hacia el pasado. Flaubert, a la manera de Cervantes en esos capítulos del Quijote en los que no sucede nada, cuenta el fluir de la vida exactamente como es, no como lo quiere la literatura. Frédéric Moreau es quizás el primer héroe de novela que no hace nada en particular para llegar a serlo. Se enamora como los personajes de las novelas románticas pero su amor no va a ninguna parte. Es ese arquetipo del provinciano que marcha a la capital para labrarse un destino pero a él la energía de la huida y de la ambición se le agotan nada más llegar a París. Mira las cosas con la atención y el desapego de una cámara. Lo registra todo y no hace nada. Su inactividad la entiendo más intuitivamente en este viaje alemán en el que paso mucho tiempo solo y fijándome en los lugares y en las personas aislado además por mi ignorancia del idioma.

Así de distraídamente asiste Frédéric Moreau a los hechos históricos. Deambula por ellos como por las calles de París y por las casas de la gente, los palacios de los ricos atestados de objetos lujosos, los apartamentos burgueses con sus adornos de un mal gusto complicado y trivial. Flaubert habla de las efervescencias políticas que calentaron las vísperas de la revolución de 1848, pero muchas veces podría estar hablando casi de ahora mismo, enumerando el mismo catálogo de personajes alucinados o aprovechados o las dos cosas a la vez: los que aman ardientemente a la humanidad pero no tienen miramientos hacia los seres humanos; los aprovechados que cambian de lealtades con una agilidad de contorsionistas y con una perfecta tranquilidad de conciencia; los que adoran con tanta sinceridad el poder, sea cual sea que, dice Flaubert, "serían capaces de pagar por venderse".

Flaubert es al mismo tiempo lapidario y expresivo. Su atención aguda a los detalles visuales y a las tonterías de las modas del idioma lo induce a uno a una gimnasia sin desmayo de la observación. Parece que lo veía todo, que lo escuchaba todo, que no dejaba de anotar con una mezcla de exasperación y de deleite todas las muletillas lingüísticas, al mismo tiempo que buscaba un grado máximo de pureza y naturalidad en el estilo. Cuánto aprendió nuestro Josep Pla, por ejemplo, de su manera de adjetivar, logrando combinar en la misma línea lo inusitado y lo común.

Pero se me acaban casi al mismo tiempo las horas del viaje, las páginas de la novela. La ingeniería narrativa de Flaubert es tan infalible, tan ligera, tan sabia, como la de quienes hicieron este tren del que tengo tan pocas ganas de bajarme.

antoniomuñozmolina.es