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Pruebas

viernes, 31 de enero de 2014

La flor azul

La flor azul es la última novela de Penelope Fitzgerald. Una obra exquisita, ganadora del National Book Critics Circle Award, en la que la pasión del romanticismo se fusiona con la templanza de una escritura magistral.
Cuando Friedrich von Hardenberg, quien más tarde tomaría el nombre de Novalis, le habla de la flor azul a su querida Sophie, una niña de doce años de la que se enamora en un primer encuentro, lo hace en el tono misterioso, secreto, de quien no ha descifrado todavía el significado del que será el símbolo del romanticismo alemán. Fritz es un joven brillante, un genio. Ha estudiado dialéctica y matemáticas, es amigo del crítico Schlegel, del filósofo Fichte y del gran Goethe, y ahora ha de aceptar un trabajo que no desea como inspector de minas de sal. Escribe poesía, ha empezado una novela y, sobre todo, desea ser feliz junto a su «sabiduría», la joven Sophie, que ha nacido para estar alegre y reír sin cesar. Ninguno de los dos sabe aún que su búsqueda de la belleza y del infinito tendrá que enfrentarse a duras pruebas.
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El día de la colada
Jacob Dietmahler no era tan despistado como para no darse cuenta de que habían llegado a la casa de su amigo el día de la colada. No deberían haber llegado a ninguna parte, por lo menos no a esa enorme casa, la tercera más grande de Weissenfels, en un momento como aquel. La madre de Dietmahler supervisaba la colada tres veces al año, lo que significa que en la casa solo había ropa blanca para cuatro meses. Él tenía ochenta y nueve camisas, ni una más. Pero en la casa de los Hardenberg, en Kloster Gasse, la lluvia de sábanas, fundas de almohadas y cabezales, chalecos, corpiños y leotardos que caía al patio desde las ventanas superiores, siendo recogida en unos cestos enormes por circunspectos criados y criadas, mostraba a las claras que aquí solo se lavaba una vez al año. Esto tal vez no fuera un signo de riqueza, de hecho, él sabía que en este caso no lo era, pero constituía una señal de prestigio. Y también de que se trataba de una familia numerosa. La ropa interior de los niños y de los jóvenes, así como las prendas de los mayores, aleteaba en el aire azul, como si los propios niños hubieran alzado el vuelo.
-Fritz, me temo que has elegido un mal momento para traerme aquí. Tendrías que habérmelo dicho. Aquí me tienes, un desconocido para tu honorable familia, hundido hasta las rodillas en vuestros calzones.
-¿Cómo quieres que sepa cuándo van a lavar? -dijo Fritz-. De todos modos, tú eres bienvenido en cualquier momento.
-El barón está pisoteando la ropa -dijo el ama de llaves, asomándose a una de las ventanas del primer piso.
-Fritz, ¿cuántos sois en tu familia? -preguntó Dietmahler-. ¿Tantas cosas? -De repente exclamó-: ¡El concepto de cosa no existe en sí mismo!
Fritz, atravesando el patio delante de su amigo, se detuvo, miró a su alrededor y gritó con voz autoritaria:
-¡Señores! ¡Miren ese cesto de la ropa! ¡Piensen en el cesto de la ropa! ¿Han pensado en él? ¡Ahora, señores, piensen en cómo han pensado en el cesto de la ropa!
Los perros comenzaron a ladrar dentro de la casa. Fritz llamó a uno de los criados que sujetaban los cestos:
-¿Están en casa mi padre y mi madre?
La pregunta era innecesaria, pues su madre siempre estaba en casa. En ese momento salieron al patio un joven bajito, de apariencia inmadura, y una niña rubia.
-Bueno, por lo menos están aquí mi hermano Erasmus y mi hermana Sidonie. Mientras estén ellos, no necesitamos nada más.

El regreso de Titmuss

Después de la buena acogida de Un paraíso inalcanzable (1985; LdA, 2013), del novelista y dramaturgo John Mortimer, Libros del Asteroide publica El regreso de Titmuss (1990), novela que, con alguno de los personajes de Un paraíso inalcanzable, prosigue con el retrato de la sociedad inglesa del siglo xx iniciado en la anterior, pero esta vez centrándose en los años transcurridos con Margaret Thatcher en el poder.
 
El apacible pueblo inglés de Rapstone Fanner está amenazado por un salvaje plan urbanístico que pone en peligro su encanto y también el del idílico valle que lo rodea. El honorable Leslie Titmuss, diputado local y ministro de Territorio, Urbanismo y Fomento en el gobierno conservador de Margaret Thatcher, que además está muy ocupado intentando cortejar a la bella viuda Jenny Sidonia, no sabe cómo resolver el dilema que se le plantea: ¿Debería ser coherente con sus ideas y apoyar el proyecto? ¿No sería mejor, en cambio, proteger el pueblo (y de paso su recién estrenada casa de campo)?

El regreso de Titmuss es una formidable sátira sobre las maquinaciones políticas y los cambios que el desarrollo económico produjo en la sociedad inglesa a finales del siglo xx. John Mortimer (1923-2009), figura clave de las letras inglesas de la segunda mitad del siglo xx, demostró un profundo conocimiento de las relaciones humanas que dio lugar a personajes inolvidables como Leslie Titmuss (que aparece en tres de sus novelas) o el abogado Horace Rumpole. Además de exitoso novelista, dramaturgo y guionista de televisión, Mortimer también fue un célebre abogado defensor de la libertad de expresión en los años setenta en las numerosas causas abiertas contra libros, revistas y discos acusados de pornografía, defendiendo, por ejemplo, a Virgin Records en el juicio por la edición del álbum de los Sex Pistols Never Mind the Bollocks, Here's the Sex Pistols.
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A poco más de un kilómetro al norte del pueblo de Rapstone había una zona de bosques y verdes colinas calcáreas. Entre los árboles se contaban hayas, abedules, arces y tejos. Gracias a haberse librado durante siglos de los estragos de granjeros y constructores, en los prados abundaban la flora y los insectos. El eléboro violeta y la orquídea nido de pájaro crecían bien allí y proliferaban las gencianas y el tomillo. Se veían mariposas perico y niña corindón, así como arañas de trampilla, gamos, muntíacos comunes, tejones, zorros, víboras y luciones. Al pie de la colina discurría un arroyo supuestamente frecuentado por dos martines pescadores, aunque nunca se habían encontrado sus nidos. 

Una tarde de abril un Volvo se detuvo en la carretera, junto al arroyo. Desde lo alto del prado cualquier observador habría visto, como de hecho vio, a dos jóvenes que subían la colina tomados de la mano. Formaban una pareja atractiva. El hombre tenía rasgos regulares y masculinos, cabello claro que le cubría la parte superior de las orejas y llevaba bigote. En circunstancias graves su cara podía adoptar una expresión de hosca brutalidad, pero ahora se le veía contento. La joven que lo acompañaba mostraba una belleza recia y dientes blancos algo prominentes.

Había nubes suspendidas en lo alto del cielo. El día soleado auguraba un cálido verano, promesa que jamás se cumplía. El observador vio que los jóvenes se detenían a media colina y se miraban a la cara. Habían elegido un claro de hierba suave y mullida en un terreno muy socavado por los conejos. No se besaron ni se tocaron, pero la chica rio y una bandada de gordas palomas alzaron el vuelo, alarmadas. Entonces la pareja se dispuso a hacer el amor.

Emprendieron la tarea de forma metódica, con una eficacia derivada de la experiencia. Aunque sus movimientos eran pausados, se les veía apresurados, como soldados que compiten en una exhibición militar para montar un arma contrarreloj. Desabrocharon botones y hebillas, se libraron de los zapatos y cayeron al suelo con un único movimiento, como si los amenazara el fuego enemigo. Solo entonces se abrazaron, pero en cuanto sus bocas se unieron, algo les interrumpió. 

-¿Es que no sabéis leer? Hay carteles por todo el camino. ¡Este sitio está reservado para la naturaleza!
El hombre que se cernía sobre ellos era bajo, robusto y temblaba de furia. La barba le cubría la parte inferior de la cara con tal profusión que sus ojos parecían hallarse en un estado de pánico permanente ante la amenaza de verse desbordados. El jersey verde con coderas, la gorra, la mochila y el bastón le daban un aire de soldado que bate el campo en busca de terroristas. Se llamaba Hector Bolitho Jones.

-Yo -anunció- soy el guarda forestal del Área Natural de Rapstone.
-Dile quién eres -murmuró la joven, evitando mirar al enfurecido guarda mientras se levantaba y se alisaba la falda-. Dile quién eres.
Pero su compañero siguió inmóvil en el suelo, con la vista alzada y cara de pocos amigos.

El invitado amargo

El invitado amargo empieza con el anuncio de la muerte del padre en una escena de cama de su hijo, y termina, al cabo de más de tres décadas, el mismo día del año y en la misma casa, donde la entrada de unos ladrones hace salir de una caja negra el pasado de dos amantes.
En el transcurso, no siempre lineal, de ese tiempo iniciado por el encuentro de un escritor de treinta y cinco años y un joven estudiante que escribe versos, el libro se despliega como una novela de la memoria, un recuento verídico tratado con los dispositivos de la ficción. Pero también como un ensayo narrativo sobre las ilusiones y los resentimientos del amor, y como un doble autorretrato con paisaje -el de la España cambiante de los años 1980- y con figuras, una rica galería de personas reales, algunas sobradamente conocidas, tratadas como personajes o testigos de una tragicomedia de la felicidad, la infidelidad, las búsquedas personales y el anhelo de lo que pudo ser.
Luis Cremades y Vicente Molina Foix han escrito de un modo singular pero separadamente este libro sin precedentes. En la libertad mutua de rememorar por separado, en la importancia dada a lo que pusieron por escrito mientras se amaban y se traicionaban, los autores reencuentran el territorio común de la palabra para mirarse desde el presente tratando de recuperar con desnuda autenticidad, sin nostalgia, lo que esos espejos contuvieron en su día y han dejado como poso.
Y lo han hecho, como ellos mismos señalan irónicamente, siguiendo el patrón del «folletín» en el sentido original del término: cada capítulo, firmado en alternancia por ambos, se escribía sin previo acuerdo y le llegaba al otro manteniendo la intriga, como en las novelas del siglo XIX. Con la diferencia de que en ese feuilleton en 64 capítulos los dos protagonistas-lectores sabían el final, pero no las sorpresas y revelaciones que su propia historia les podía deparar.
En este libro, que no dejará indiferente a ningún lector, asistimos a la demostración de la probada maestría de Molina Foix y a la revelación narrativa de un poeta, largo tiempo en silencio.
Primera parte  
1. Vicente
     En mitad de la noche del 30 de diciembre de 1978 sonó el teléfono en el dormitorio. Yo dormía abrazado a M., sosteniendo su cuerpo sin ropa, y al quitarle mis manos para responder a la llamada M. se despertó. Levanté el supletorio en forma de góndola que estaba sobre la mesilla art déco, aquella noche conectado por si llegaba desde Alicante la llamada que temía. La palabra áspera y poco detallada de Rafael, el marido de mi hermana, me dio a entender, sin decir la palabra muerte, que papá había muerto. Antes de dar fin a la breve conversación telefónica, M., que no me había oído hablar más que de aviones y horarios, se puso a llorar a mi lado. Lloraba con más lágrimas que yo.

     Pasé la noche de San Silvestre velando el cuerpo de mi padre, una estructura sólida y grande que a finales de agosto de ese mismo año yo había visto dar largas caminatas por la orilla y nadar vigorosamente en las aguas de la playa de San Juan, y a primeros de diciembre, cuando regresé de Oxford, encontré postrada en un sillón del mirador de la casa familiar, sosteniendo la cabeza de un anciano absorto, sumido, demacrado. Mientras mamá nos miraba desde la antesala, intentando una sonrisa plácida que no escondía el rictus de su propia agonía, me incliné sobre él, se dejó dar mi abrazo sin cambiar de postura en el sillón, pero al ir a besarle en las mejillas, tres meses antes encarnadas y aquel día de invierno pegadas al hueso y lívidas, apartó la cara, como si sintiera vergüenza de presentarse con la estampa de hombre acabado ante el único hijo que no había seguido su fulminante declive desde que en octubre se le detectase un cáncer de pulmón con metástasis. Nunca había estado enfermo, había dejado de fumar a los cincuenta años, se había jubilado en plena forma, y ahora, con setenta y dos años recién cumplidos, yacía en la morgue del sanatorio Vistahermosa de Alicante. Por los alrededores del edificio, incluso en la cafetería del establecimiento, sonaba el estallido de los «benjamines» y se oían cánticos de fiesta de quienes, sin tener muertos que velar, transitaban la calle y la carretera cercana o se tomaban las uvas en compañía de sus enfermos con curación.

jueves, 30 de enero de 2014

‘Cortázar de la A a la Z’, un libro para cronopios devotos

Juan Carlos Onetti, Gabriel García Márquez y Alfredo Bryce Echenique dijeron al unísono hace años que ellos escribían para que les quisieran más. Julio Cortázar no lo dijo, pero lo consiguió. “Queremos tanto a Julio”, rezaba una campaña editorial que recuperó su obra en los noventa. Y la devoción por el autor de Rayuela, cuyo centenario se celebra este 2014, ha ido en aumento.
Acaso el monumento más concreto de ese amor por Julio es un libro que ahora llega a las librerías, Cortázar de la A a la Z. Un álbum biográfico (Alfaguara), compilado por Aurora Bernárdez, viuda y albacea del escritor argentino nacido en Bruselas (1914) y muerto en París (1984), y Carles Álvarez, que con ella ha trabajado en estos años en la clasificación y publicación de cartas y otros testimonios literarios de Julio Cortázar. El diseño es de Sergio Kern, que interpretó, dice Carles Álvarez, el sentido del ritmo que tiene el libro, y una aspiración: “Que se pudiera leer en el metro”.
Para los devotos, una legión de cronopios, el libro es emocionante, y para los lectores en general, incluidos aquellos que no han leído a Cortázar, es una guía sentimental y literaria que tiene el valor de abrir todas las puertas a todos los libros, actitudes y pasiones del autor de Historias de cronopios y de famas. De la A a la Z, todas las entradas tienen la enjundia de sus propios textos, algunos de ellos inéditos (hay uno que divierte a los antólogos, en la Z, “Era zurda de una oreja”), además de testimonios (también inéditos, como una hermosa carta de Lezama Lima sobre la identidad de las novelas u otra misiva de su traductora al francés, Laure Guille Bataillon, escrita cuando Carol Dunlop y él hicieron su famoso viaje por la autopista). A Aurora y a Carles les emociona, entre otros testimonios del propio Cortázar, el poema que este escribió a la muerte de su abuela. Entre esos testimonios hay algunos de un hombre imprescindible en la historia de Julio Cortázar, Francisco Porrúa, el hombre que lo descubrió, lo alentó y lo cubrió de sabias instrucciones sin las cuales quizá Cortázar hubiera sido otro.
El material ha sido compilado por Aurora Bernárdez, su viuda
Además, este inclasificable libro incluye un álbum gráfico que cubre todas las facetas del escritor y del personaje; hay una muy emocionante fotografía en la que se le ve con su madre, en la actitud que luego se transparenta en sus emotivos intercambios; y hay páginas muy hermosas (texto y fotos) de su larga relación con Aurora Bernárdez, su mujer durante tantos años, y luego quien lo cuidó (hay un testimonio del propio Cortázar también sobre esa dedicación) en los tiempos más tremendos de la enfermedad de Julio. Finalmente ella ha sido, con una devoción indesmayable, la que ha sostenido el porvenir de su obra una vez muerto el autor. Carol Dunlop, el último amor de Cortázar, que hizo con él un viaje metafórico recogido en Los autonautas de la cosmopista (publicado en su día por su amigo Mario Muchnik), es otro eslabón sentimental cuidado con detalle en esta particular antología cortazariana.
Es también este libro singular (que prolonga “la enorme diversión de sus libros-almanaques”, como dice Carles Álvarez en la justificación de la obra) un homenaje explícito al sentido que tenía Julio Cortázar de la amistad; aparecen ahí, por tanto, sus amigos más conocidos (los delboom, por ejemplo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa…, con fotos desconocidas y gloriosas), así como aquellos que en algunos momentos de sus vidas fueron cronopios inseparables, como Luis Tomasello, Julio Silva, los Jonquières…
Es uno de los títulos editados con motivo de su centenario, que se celebra este 2014
Cortázar fue un hombre de países (y de países heridos en algún momento, como Argentina, como Chile, como Nicaragua, o como Cuba), y ahí están sus testimonios de sus vivencias de trotamundos camusiano, un hombre extrañado pero también entrañado en todas partes). De países y de ciudades: Buenos Aires, París, Barcelona… Es tan minucioso el libro, tan lleno de broma, que incluye aún una entrada en el diccionario dedicada a la letra R, que no pronunciaban bien ni Julio ni Alejo Carpentier…
Dice el coautor de la antología: “¿Por qué un álbum biográfico? Porque no podíamos esperar más. La Internacional Cronopia reclamaba ya con demasiada insistencia una nueva aproximación al escritor y al hombre. Lo previsible era otra biografía, pero cómo olvidar lo que dijo en una entrevista en 1981: ‘No soy muy amigo de la biografía en detalle. Eso, que lo hagan los demás cuando yo haya muerto”.
Pues aquí está esta especie de Julio Modelo Para Armar que está hecho con indudable amor por dos destacados devotos para los devotos de Julio Cortázar.
Es natural que en las fotografías la gente ofrezca rostros de felicidad. Es notable que en este libro haya tantas caras que reflejen esa satisfacción de vivir. Y no es raro, pues lo que Julio Cortázar le regalaba a sus amigos (y a sus lectores) fue precisamente esa sensación de que la vida podía ser como “salir a jugar”. Y con ese criterio Aurora Bernárdez y Carles Álvarez entregan ahora este álbum para que los cronopios devotos quieran mucho más a Julio.
El Pais

miércoles, 29 de enero de 2014

‘Los enamoramientos’, de Javier Marías, finalista al premio de la crítica en EE UU

Los enamoramientos, la última novela de Javier Marías, sigue su éxito imparable de público y crítica: es una de las cinco finalistas al National Book Critics Circle Awards de Estados Unidos en el año 2013. Una selección hecha por 600 críticos y directores de suplementos y revistas literarias cuyo ganador se dará a conocer el 13 de marzo. “Ha sido una agradable sorpresa que no hubiera imaginado y que considero un honor”, cuenta el escritor madrileño.
En esta edición, Marías es el único hombre entre los finalistas y su obra la única traducida. Junto a él figuran las escritoras Chimamanda Ngozi Adichie, por Americanah (que en marzo publicará Random House); Alice McDermott, por Someone; Ruth Ozeki, por A Tale for the Time Being, y Donna Tartt por El jilguero (que en marzo publicará Lumen). Una situación, asegura Marías, que “no tiene mucho de particular porque las mujeres han adquirido mayor visibilidad y muchas con una gran calidad literaria, además de ser las que más leen en todas partes”.
La elección de Los enamoramientos como una de las cinco mejores novelas, por parte de los críticos, no deja de sorprender al escritor español, teniendo en cuenta que en Estados Unidos solo se traduce el 3% de su producción editorial. En su caso, 14 de sus libros como Tu rostro mañana, Corazón tan blanco y Todas las almas.
La historia de Los enamoramientos(traducida ya a 29 idiomas), narrada por María Dolz, cuenta los hechos trágicos y misteriosos de una muerte y los diferentes estados y estadios que se vive alrededor del enamoramiento, a la vez que aparecen temas como la impunidad, el azar, las relaciones, la mentira y, claro, el tiempo. La novela, publicada el verano pasado en Estados Unidos, recibió las mejores críticas de los medios como quedó patente en la portada de The New York Times Book Review.
Javier Marías, que está en la última fase de su nueva novela, dice que no le preocupa si gana o no porque el estar en esa selección, insiste, ya es un honor y cree que las posibilidades son pocas.
Los National Book Critics Circle, creados en 1974 reconocen las obras en las categorías de ficción, no ficción, biografía, autobiografía, poesía y crítica publicados en Estados Unidos. Solo una novela en español ha obtenido ese premio en sus 40 años: Roberto Bolaño por 2666. Entre los ganadores figuran escritores como Alice Munro, Philip Roth, Cormac McCarthy, Louise Erdrich, Ian McEwan y John Cheever.
El Pais

martes, 28 de enero de 2014

El humanismo literario de Pacheco

“Nada altera el desastre: llena el mundo / la caudal pesadumbre de la sangre". Son las primeras líneas de El reposo del fuego, de José Emilio Pacheco. Publicado en 1966 y precedido por un epígrafe del Libro de Job, su desolación recuerda más bien al Eclesiastés. Lo extraño, sin embargo, es que este melancólico rey Salomón escribiera su libro a los 25 años, sin que a su desesperanza la hubiese precedido un atisbo siquiera del Cantar de los Cantares. “¿Qué reino abolido evoca la nostalgia?”, se preguntaba en esos mismos años el propio Pacheco, mientras publicaba su colección de cuentos —El viento distante— en los que el lector obtiene la inmediata respuesta: y la respuesta es ninguno, porque los niños y adolescentes de sus relatos eran almas torturadas por el temor y la timidez, adultos prematuros y fuera de sitio, víctimas humilladas y sometidas, deambulando en un mundo que no entienden o entienden demasiado bien.
Cuando José Emilio comenzó a viajar, los nuevos aires lo animaron a fabular a la manera de Swift, inventar un bestiario personal, dibujar postales de ciudades, pero conforme avanzó el siglo, su siglo íntimo ahondó las vetas sombrías de su juventud y en ellas halló nuevos filones de pesadumbre, ya no sólo existenciales (el paso inclemente del tiempo, la “mala vasija” del cuerpo) sino sociales, políticos y aun ecológicos, en una poesía formalmente impecable, de una sencillez trabajada, depurada, que parecería escrita por un moderno Jeremías: “Cuando no quede un árbol, / cuando todo sea asfalto y asfixia o malpaís, / terreno pedregoso sin vida, /esta será de nuevo la capital de la muerte”. Quien busque la alegría en la poesía de José Emilio Pacheco debe buscar en otra parte. Pero esa otra parte existe e impregna todo lo que hizo. Para apreciarla, la paradójica clave está en el tiempo.
El tiempo, el tiempo despiadado, regaló a José Emilio Pacheco (nacido en 1939 y muerto sorpresiva, dolorosamente, el domingo) la convivencia con cuatro generaciones literarias: la de José Vasconcelos y Alfonso Reyes; la de Carlos Pellicer y José Gorostiza; la de Octavio Paz y José Revueltas; y la de Carlos Fuentes, Eduardo Lizalde, Juan García Ponce, Gabriel Zaid, Alejandro Rossi, Julieta Campos, entre muchos otros.
Hemingway había dicho que a mediados de siglo “París era una fiesta”. Toda proporción guardada, en la década de 1958 a 1968, México no lo era menos, y en el centro de la fiesta estaba ya el joven Pacheco haciéndose cargo de nuestra tradición literaria, no sólo por haber leído a los grandes escritores, sino por recibir de ellos la palmada en el hombro. Por si fuera poco, pulió el oficio con el orfebre Juan José Arreola, trabajó con Vicente Rojo (el artista plástico que cambió el rumbo del diseño gráfico en México) y se graduó en la universidad de la práctica con tres grandes editores: Jaime García Terrés en la Revista de la Universidad, Fernando Benítez en los sucesivos suplementos culturales de Novedades y Siempre!, y Ramón Xirau en la revista Diálogos.
Equidistantes como en un triángulo perfecto de la casa de José Emilio en la colonia Hipódromo de la ciudad de México, vivían Alfonso Reyes y Octavio Paz. Hay otras equidistancias entre los tres humanistas. Los tres pasaron de la poesía a la prosa, los tres escribieron obras de teatro y relatos, los tres editaron revistas y publicaron visiones originales sobre la literatura nacional. Siguiendo a Reyes, José Emilio tendió puentes con el pasado clásico (sus paráfrasis de Catulo) y la tradición inglesa (su traducción de la Epístola de Oscar Wilde). Y por la senda de Paz, Pacheco tradujo haikus japoneses. En los últimos años, publicó en Letras Libres la versión definitiva y magistral de los Cuatro Cuartetos de T. S. Eliot.
En un Diálogo de los muertos que José Emilio imaginó hace dos décadas, José Vasconcelos reclamaba a Alfonso Reyes haber sido “un especialista en generalidades, alguien que mariposea sobre todos los temas y no se compromete con ninguno. Tu obra entera es periodismo —le dice— sin duda magistral y de suprema calidad literaria, pero al fin y al cabo periodismo”. Reyes le respondía: “¿Por qué te parece mal el periodismo? Democraticé hasta donde pude el saber de los pocos... Además, Pepe, casi toda la literatura española de nuestra época es periodismo: Ortega. Unamuno, Azorín... Tú también fuiste un gran periodista”. El Reyes de Pacheco tenía razón. Muchos buenos escritores se malograron en México en espera de que los dioses los inspiraran para hacer la novela inmortal o el poema homérico, mientras desdeñaban las otras ramas del trabajo literario. No fue, por fortuna, el caso de José Emilio. Compilar antologías equiparables a las que se hacen en Oxford o Harvard, reseñar libros a conciencia, trazar rigurosas cronologías, escribir con claridad, trabajar el estilo, vigilar hasta los mínimos detalles de una edición (la tipografía, el diseño, las notas pertinentes al pie de página) eran para él empeños que hallaban satisfacción en sí mismos, obras de la pasión y del amor.
Según consta en la bibliografía de Pacheco compilada por Hugo J. Verani, desde muy joven comenzó a cultivar el género del artículo sobre temas varios de literatura e historia, mexicana y universal. En su modestia y variedad estaba su grandeza. Uno no podía dejar de leerlos. En ellos se educaron los mejores críticos contemporáneos. Eran textos enciclopédicos, pero sólo en su riqueza informativa, no en su forma: experimentaban con diversos géneros, a veces construidos como relatos, otras como fábulas o sátiras. Siempre los animaba la gracia y la curiosidad. Por la sección Inventario de José Emilio en la revista Proceso, pasó, semana a semana, durante casi 40 años hasta el día de hoy, buena parte de la literatura universal, no como interpretación pedante y críptica, sino como una crónica que vincula, con emotividad y sabiduría, obras, autores y circunstancias. Su vocación de servicio cultural fue una de las más cumplidas que registra nuestra historia.
Desde que leí su novela Morirás lejos, sentí hacia él una gratitud profunda por haber reivindicado entre nosotros, con dignidad y sutileza, la memoria del Holocausto. Me pasmó su descripción del torvo nazi, el señor M., que rondaba los parques de la colonia Condesa, donde Pacheco y yo nacimos. Por esa deuda y por mi deuda de lector y por la deuda de todos sus lectores, celebré todos sus premios (incluido el Cervantes) y nunca me pregunté —como en su poema— “cómo pasa el tiempo”, hasta que ayer el tiempo de José Emilio cesó de un golpe.
De pronto, “la mala vasija” del cuerpo se rompió. De pronto, las sombrías premoniciones de su poesía se cumplieron. Nos queda su obra. Y para mí, y para muchos, el reino abolido de una amistad que evocará la nostalgia.
El Pais

lunes, 27 de enero de 2014

Las historias de la Historia

Una de las preguntas que le hace a José Álvarez Junco la historiadora Paloma Aguilar en una larga entrevista que forma parte de un reciente libro de homenaje al autor de Mater dolorosa es la siguiente: “¿Cómo resuelves el dilema entre lo que Jon Elster llamó el ‘cemento de la sociedad’, lo que hace que las sociedades se mantengan cohesionadas y no entren en conflicto permanente, y la necesidad de impedir la creación de mitología nacional que distorsione la historia y demonice al otro?”. En la pregunta quedan bien definidos los dos polos en torno a los que bascula el concepto de nación, el “cemento” y los “mitos”, y queda anunciado que en la elaboración de ese discurso tienen un papel no menor los historiadores.
“¿Puedo simplificar un poco?”, pregunta Álvarez Junco. “Si la nación fuera un niño, sería imprescindible que reforzáramos su identidad (qué nombre tiene, cuál es su familia, a qué país pertenece…) y también su autoestima: por ser como eres, no puedes ir por ahí con la cabeza baja. Esto es evidente, pero eso no significa que haya que ponerse pesado. Tienes una identidad, sí, pero luego están los otros. El nacionalismo desempeña un papel necesario, de integración y legitimación política, ayuda a reforzar los lazos comunes que existen en un colectivo donde todos son distintos. Pero corre una serie de peligros que no hay que olvidar, como el de cerrarte a cuanto ocurre fuera y convertirte en un ignorante, sin horizontes, siempre complaciente con lo propio y reacio a lo ajeno”. Pueblo y nación. Homenaje a José Álvarez Junco lo han coordinado Javier Moreno Luzón y Fernando del Rey, y reúne diferentes aproximaciones al trabajo de un historiador que ha abordado, y siempre con maestría, algunos fenómenos esenciales de la historia española: el anarquismo, el populismo, el nacionalismo y la relación entre visión del pasado y construcción de identidad.
Santos Juliá, en uno de los textos del libro, subraya la capacidad de Álvarez Junco para reconstruir toda la complejidad del pasado y destaca su habilidad para fulminar los mitos y leyendas que parecen ser el único camino posible para tratar con la historia. “El mito no se estudia, se cree y se celebra”, escribe Juliá, “y en la creencia colectiva y en la celebración ritual encuentra la comunidad su razón de ser, su orden, la base de continuidad en el tiempo, su camino de salvación”. “Vuelvo a lo más sencillo”, insiste Álvarez Junco, “la función del historiador es la de intentar comprender y explicar el pasado de la manera más objetiva posible. De forma científica. Por eso hay que volver una y otra vez sobre lo que se ha estudiado porque todo cambia. España cambia y cambia la manera de contar lo que ha ocurrido. Toda explicación es relativa y pasajera. Y tiene inevitablemente un mensaje moral implícito. Es importante ser conscientes de esto y saber también que, por mucho que hagas, los políticos (el poder) van a utilizar tu trabajo en función de sus intereses”.
José Álvarez Junco
ha abordado, siempre con maestría, algunos fenómenos esenciales de la historia española
En La invención del pasado, Miguel-Anxo Murado se ha propuesto entrar en el interior del laboratorio donde se hace la historia para contar cómo se fabrica el pasado y cuánto tiene de verdad. “La historia es como la ceniza de un incendio”, escribe. “No es el incendio, ni siquiera un resto del fuego, sino tan solo un vestigio de los efectos del incendio. El viento sopla constantemente, dispersándola”. ¿Qué hacer, entonces, con algo tan volátil como esas cenizas, cómo atraparlas y organizar un relato coherente?
“La historia no es simplemente la recuperación del pasado”, contesta Murado por correo electrónico, “lo cual, en sentido estricto, es imposible, porque ya no existe; es más bien el esfuerzo por darle un sentido a lo que nos queda de él, que son solo un número limitado de vestigios. Puesto que somos nosotros quienes le damos el sentido, la historia es en gran parte una proyección del presente, una especie de metáfora de nuestro propio tiempo”.
¿Cuándo ha tenido el poder político mayor influencia en la construcción de la historia de España? “Bueno, en España han escrito la historia desde un rey —Alfonso X— hasta un presidente de Gobierno —Cánovas del Castillo—. Comparado con eso, el historiador nunca ha estado más lejos del poder que hoy en día. Lo que ocurre es que cuando leemos una historia que no nos gusta tendemos a considerarla siempre fruto de la manipulación interesada. Subestimamos la fuerza evocadora que tiene el discurso histórico, yo me atrevería a decir que casi mágica, y que hace que tanto unos como otros crean sinceramente en lo que dicen. El poder apoya el tipo de historia que le interesa, sin duda, pero eso no bastaría si la gente no quisiera creerla. La única cura para el fanatismo que inspira la historia es preventiva: no darle tanta importancia”.
“Como decía Froude, un historiador del siglo XIX”, escribe Murado en su libro, “la historia es como una imprentilla infantil en la que uno puede elegir las letras que quiere y ordenarlas en la forma que quiere para que digan lo que a él le apetece”. Es posible, pues, que en ese particular taller se crearan los relatos más disparatados para celebrar las hazañas de un rey o para dar sentido a un proyecto de futuro, quién sabe, ese destino en lo universal que aireaba el franquismo. ¿Cuáles han sido los mitos más disparatados que se han colado en la historia de España? “Yo no los llamaría ‘mitos disparatados’ porque creo que los mitos históricos cumplen siempre una función, lo interesante es detectarlos y tratar de explicar cuál”, explica Miguel-Anxo Murado. “Hoy nos puede resultar disparatado que en el pasado los españoles se creyesen descendientes de la familia de Noé. Pero eso era fruto de la necesidad psicológica de enlazar su historia con la Biblia de un pueblo para el que el cristianismo era la base de su identidad. Hoy hacemos algo parecido cuando, desde la historiografía que sea, elegimos arbitrariamente hechos históricos para convertirlos en nuestros orígenes o seleccionamos aquellos que nos proporcionan una sensación de continuidad y conexión con el pasado”.
De esos hechos históricos que han servido para darle sentido y continuidad a la nación española se ocupa un voluminoso libro recientemente publicado. Hace unos seis años, los historiadores Antonio Morales Moya, Juan Pablo Fusi y Andrés de Blas se plantearon el desafío de realizar una suerte de estado de la cuestión de lo que es la Historia de la nación y del nacionalismo español. El libro tiene más de 1.500 páginas, han participado 48 especialistas y es un viaje por las historias, y lógicamente por los mitos, que han terminado por hacer de España lo que es.
“Antes de que surgiera la propia idea de nación, existían elementos que le daban cohesión a ese colectivo que sería después, hablando con más propiedad, la nación española”, explica Andrés de Blas. “Desde la época de los Reyes Católicos se impulsaron ya distintas estrategias para dar cohesión a esa comunidad nacional que, más adelante, seguiría reconociéndose como tal durante la monarquía de los Austria. El reformismo ilustrado del siglo XVIII reforzó las soldaduras de ese colectivo a través de una serie de discursos patrióticos que luego heredarían los diputados de las Cortes de Cádiz. Es ahí donde verdaderamente se puede hablar de revolución, y de un proyecto de modernización de este país. Los liberales son conscientes de que no pueden legitimar el nuevo Estado con los viejos expedientes: el catolicismo, la monarquía y las tradiciones. Y por eso empiezan a hablar de una comunidad de ciudadanos que defiende un orden de derechos y libertades. El acento se desplaza a la ciudadanía y a su Constitución, han dejado de servir los viejos señores”.
No hay referencia alguna a los asuntos de los nacionalismos periféricos en el volumen. La protagonista exclusiva es la nación española. Desde muy pronto se da noticia de sus mitos, con el texto de Álvarez Junco que abre el libro, así que tampoco hay que alarmarse: no se trata de ninguna casposa reivindicación de esas esencias patrioteras todavía tan queridas por una parte de los españoles. Los cronistas que narraron, casi dos siglos más tarde, el primer enfrentamiento bélico con los musulmanes recurrieron, cuenta Álvarez Junco en su trabajo, “a los modelos narrativos bíblicos y a los de la Antigüedad clásica”. Hay una leyenda que se refiere a las guerras médicas: en el año 480 antes de Cristo, las huestes de Jerjes fueron poco a poco aplastando las ciudades griegas hasta llegar al santuario de Apolo en la montaña de Delfos. No había allí más que un puñado de aguerridos defensores frente a los fieros persas, pero el dios terminó por intervenir. Lanzó rayos y cayeron peñascos, y los temidos enemigos empezaron a matarse unos a otros en plena confusión. Los supervivientes huyeron, y no tardarían en perecer por un fuerte temblor de tierra y el desbordamiento de un río: el puñado de griegos de Delfos había triunfado. “El relato de Covadonga reproducía este esquema casi al pie de la letra”, escribe Álvarez Junco.
Los viejos héroes de Iberia e Hispania, las peripecias del país durante la Edad Media, los reinos que conviven en el siglo XV, el concepto de España que se arma durante el XVI y el XVII, y las últimas iniciativas anteriores a la primera Constitución: así arranca esta propuesta, que luego explora con toda minuciosidad las formas del nacionalismo español durante el siglo XIX, la España de comienzos de la centuria pasada (hasta el estallido de la guerra) y la que vino después, y que se cierra con dos grandes capítulos que analizan este país desde su periferia y desde el exterior.
“El orden liberal marca los derroteros de España desde 1812 hasta 1923, cuando triunfa la dictadura de Primo de Rivera”, comenta Andrés de Blas. “Desde la Constitución de 1837, que define un orden liberal, urbano y burgués y que establece el marco para la modernización económico-social del país, las líneas de continuidad son evidentes, por mucho que se escoren, a veces hacia la izquierda (en 1869), a veces hacia la derecha (en 1845 y 1876). Al otro lado, como factores de resistencia, solo están el carlismo, y su defensa de los valores tradicionales, y algunas asonadas militares”. Poco a poco surgirán esos ruidos que irán haciendo mella en el proceso. Los nacionalismos periféricos se fueron constituyendo en el País Vasco y Cataluña a lo largo de la segunda mitad del XIX, y se instalaron con más fuerza al empezar el siglo XX. Y luego está la impotencia del régimen de la Restauración, incapaz de acomodar en su seno a las nuevas fuerzas, ya fueran esos nacionalismos periféricos, la clase obrera o los partidos reformistas.
En un libro publicado en 1983 sobre los orígenes y el desarrollo del nacionalismo, el historiador Benedict Anderson “contemplaba las naciones como artefactos culturales modernos que surgen en un momento concreto, se transforman y adquieren, en determinadas circunstancias, una fuerza extraordinaria”. Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas recogen la cita en la introducción que abre Ser españoles, un libro colectivo que busca profundizar en los imaginarios nacionalistas que han echado raíces en este país a lo largo de la pasada centuria. No permanece inmutable siempre la misma versión de las cosas, la cultura “no consiste en un todo armonioso y coherente, sino que sus contenidos se negocian y se disputan entre sectores enfrentados en la esfera pública”, escriben Moreno Luzón y Núñez Seixas. De ahí surge el proyecto, del afán de revisar esas disputas, y no tiene que ver para nada con reivindicación alguna de las esencias patrias, sino que quiere, más bien, dar cuenta de “las vicisitudes” por las que ha pasado una identidad: qué ha sido eso de ser españoles a lo largo del siglo XX. Los mitos, los símbolos de España, el lugar que ocupó la República, el papel de la religión o de la lengua o las lenguas, los toros, el deporte, el turismo o el cine, los mapas, la influencia de la capital, América y la fiesta del 12 de octubre, la proyección africana, la música, la situación de la mujer respecto a su identidad…, en fin, la monarquía.
“Es muy importante subrayar que el franquismo colonizó la idea de España, se la apropió, y eso produce una enorme distorsión”, dice Javier Moreno Luzón. “Toda la oposición a la dictadura, tanto la de izquierdas como los nacionalismos, identificaron así a España con el franquismo, y no querían ni oír hablar de sus relatos, ni de sus símbolos. De lo que se trataba, por tanto, era de construir una nueva identidad nacional, donde todos tuvieran sitio. La monarquía representa un papel esencial en la construcción de esa nueva identidad, democrática y constitucional. Sea como sea, la proyección de lo que fuera esta nueva España tuvo un perfil bajo en los primeros años de la Transición. Solo tras el golpe del 23 de febrero se fue imponiendo la idea de que no se podía dejar España y sus símbolos en manos de la extrema derecha”.
“Un momento clave fue 1992”, subraya Moreno Luzón: “Se aprovecharon dos grandes eventos, los Juegos Olímpicos que se organizaron en Barcelona y la Expo de Sevilla, para reelaborar los símbolos tradicionales, quitándoles el moho asociado a su viejo esencialismo para proyectarlos hacia el futuro. Juan Carlos I se había presentado ya comoel piloto del cambio y el defensor de la democracia contra sus enemigos en el 23-F. Y aquel año se reinventaron los vínculos con América, 500 años después de la conquista, disolviendo cuanto tuviera que ver con las atrocidades que se cometieron durante la conquista para reforzar la idea de una comunidad de iguales, donde el papel de España fuera el de servir de puente entre aquella América lejana y una Europa cada vez más próxima. Fue entonces cuando empezaron las cumbres iberoamericanas…”.
La cuestión de las identidades está, sin embargo, siempre sometida a disputas. Y es verdad que hubo un tiempo en que las aristas más conflictivas entre los nacionalismos periféricos y el español quedaron eclipsadas por un proyecto de futuro. En los Juegos Olímpicos convivieron la bandera española y la senyera, no había grandes conflictos. “Fue con la llegada de Aznar al poder cuando se produjo un reforzamiento del nacionalismo español”, observa Moreno Luzón. “Reformuló la celebración del 12 de octubre e impulsó la enseñanza de la historia de España. De regreso de un viaje a México, e impresionado por la enorme bandera que se desplegaba en el zócalo del Distrito Federal, decidió hacer algo semejante aquí y se izó aquella inmensa enseña en la plaza de Colón de Madrid. Era un viraje que no iba a gustar mucho ni a los nacionalismos periféricos ni a las fuerzas de izquierda. No hay que olvidar que es en las manifestaciones contra la gestión del desastre delPrestige y contra la guerra de Irak cuando vuelven a verse en las calles numerosas banderas republicanas. Y por el lado nacionalista se acentuaron dinámicas propias: la reacción condujo en el País Vasco alplan Ibarretxe, y en Cataluña al proyecto de modificar el Estatut”. Las viejas inquinas en torno a los rasgos identitarios de España y de sus nacionalidades volvieron, así, a primer plano. Y en esas andamos.

Pueblo y nación. Homenaje a José Álvarez Junco. Javier Moreno Luzón y Fernando del Rey (editores). Taurus. Madrid, 2013. 416 páginas. 10,99 euros. La invención del pasado. Verdad y ficción en la historia de España. Miguel-Anxo Murado. Debate. Barcelona, 2013. 230 páginas. 16,90 euros. Historia de la nación y del nacionalismo español. Antonio Morales Moya, Juan Pablo Fusi Aizpurúa, Andrés de Blas Guerrero (directores). Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2013. 1.518 páginas. 39 euros. Ser españoles. Imaginarios nacionalistas en el siglo XX. Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas (editores). RBA. Barcelona, 2013. 592 páginas. 23 euros.

sábado, 25 de enero de 2014

La literatura hispana se convierte en potencia cultural en EE UU

Estados Unidos no se entiende si se ignora el español. El significado de toponímicos como Los Ángeles, El Paso, Colorado o Nevada es transparente. Otros conllevan una historia más recóndita, como California, término procedente de las novelas de caballerías, en cuya lectura se forjó la imaginación de los conquistadores, quienes proyectaban sus fantasías sobre la inasible realidad en la que se veían inmersos. California era el nombre de una isla habitada exclusivamente por mujeres donde se asentaban los dominios de la mítica Calafia, la reina negra de Las Sergas de Esplandián (1510). El origen de la latinización de Estados Unidos se remonta a 1848, año en que se firma el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, en virtud del cual México cede al poderoso vecino del norte más de la mitad de su territorio nacional a cambio de 15 millones de dólares. La cesión incluía la totalidad de lo que hoy constituyen los Estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México y Texas, así como extensas zonas de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. Con las tierras, pasó a pertenecer a otra nación una población cuyo idioma era el español. Tan traumático trasvase selló de manera irreversible el destino bilingüe y bicultural del país, fenómeno reforzado por un flujo migratorio que mantiene permanentemente viva la fuerza de la lengua española y las culturas de que es vehículo.
Es en este vasto contexto donde, tras más de siglo y medio de pervivencia de la tradición literaria en castellano, surge la figura deRolando Hinojosa-Smith, decano de las letras chicanas, cuyo nombre ha sonado en más de una ocasión como candidato al Premio Cervantes. La propuesta está doblemente justificada, ya que a sus méritos como escritor se añade su valor como representante de una forma de escribir que hunde sus raíces en lo más profundo de nuestra historia literaria.
Tras más de un siglo
de tradición literaria en castellano, surge Rolando Hinojosa-Smith, decano de las letras chicanas
La obra narrativa de Hinojosa-Smith, de una cohesión admirable, consta de 15 novelas que se integran en una serie conocida como Viaje de la muerte en Klail City. El lenguaje de Hinojosa-Smith remite directa y deliberadamente al de los prosistas castellanos del siglo XV. Un año después de su publicación, Hinojosa-Smith cambió el título originario de la segunda entrega de la serie (Klail City y sus alrededores) por otro tomado de una obra compuesta a mediados del siglo XV por el historiador Fernán Pérez de Guzmán. Imposible encontrar credenciales castellanas más prístinas que estas: Pérez de Guzmán fue bisabuelo de Garcilaso de la Vega, tío del marqués de Santillana y sobrino del canciller Pedro López de Ayala. El guiño de Hinojosa-Smith no se queda ahí. La cuarta novela de la saga lleva el título de una obra de Hernán Pérez del Pulgar que data de 1488 (y por tanto es, al igual que Generaciones y semblanzas anterior a la existencia misma del vocablo América). Hinojosa-Smith se limitó tan solo a cambiar un vocablo: Claros varones de Belken, en lugar del originario Claros varones de Castilla. Belken es el nombre de un condado ficcional de impronta faulkneriana cuya capital es Klail City, una de las ciudades de un vallesituado a orillas de la frontera entre Texas y México. Escenario de todas las novelas de Hinojosa-Smith, el valle es un lugar a la vez mítico y real.
Hace unos meses, la editorial Xordica recuperó para los lectores españoles la primera novela de Hinojosa-Smith, Estampas del valle, obra publicada hace más de cuatro décadas, y con la que su autor obtuvo el Premio Quinto Sol. El retraso pone de relieve la falta de atención por parte de nuestro mundo editorial hacia la literatura de los latinos de Estados Unidos. Son varias las ramas que integran esta tradición. La de mayor peso, por razones históricas y de contigüidad geográfica, es la de origen mexicano, seguida de las de procedencia caribeña: puertorriqueños, dominicanos, y cubanos, cada una con sus rasgos distintivos. A ello se suma la producción, considerablemente irregular, que aportan las comunidades oriundas del resto de América Latina. El fenómeno más interesante en relación con los diversos grupos de origen hispánico es la erosión de las barreras que los mantenían separados, lo cual ha desembocado en la forja de una nueva identidad. En Estados Unidos hay inmigrantes de origen mexicano, caribeño, sur o centroamericano, pero todos se sienten latinos o hispanos. El catalizador de este proceso es el español, cuya fuerza se renueva de manera constante gracias al flujo incesante de emigrantes. Este fenómeno de fusión se aprecia también en la literatura, aunque es preciso señalar que el vehículo expresivo es (incertidumbres futuras aparte) mayoritariamente el inglés.
La primera obra de envergadura de las letras hispanas es The Squatter and the Don (1885), de Amparo Ruiz de Burton, escrita a la sombra de la derrota que infligió Estados Unidos a México, en la que se refleja la situación de los vencidos tras la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo. Para dar con un título que conecte con la sensibilidad literaria de la modernidad hay que trasladarse a 1936, fecha de publicación de Locos,sofisticada colección de cuentos del americaniard (español afincado en Estados Unidos, el término lo acuñó él) Felipe Alfau. Autor también deChromos (1948), novela que narra las peripecias de los americaniards. Alfau es un outsider del canon latino, en el que ocupa un valor más bien simbólico y marginal. Publicada en 1945, Mexican Village de Josephina Niggli es una obra de considerable valor literario. Aunque nació en México, Niggli era de origen europeo tanto por línea materna como paterna, lo cual explica su visión, más idealizada que vivida, de la cultura mexicana. Mexican Village es un conjunto de 10 relatos que se entrecruzan configurando un artefacto narrativo sumamente ágil y de lectura muy amena. La obra del puertorriqueño Jesús Colón (1901-1974), una de las figuras más interesantes de la literatura hispana, es fascinante. Coetáneo de Alfau, de orígenes paupérrimos, Colón era negro, comunista, así como autor de una copiosa y brillante obra periodística tanto en inglés como en español. Un puertorriqueño en Nueva York y otras estampas (1961), su obra más emblemática, es una pequeña joya literaria. Lo más destacado de la visión de Colón es su inmensa humanidad, impregnada de un saludable sentido del humor. Colón fue precursor de la sensibilidad nuyorican, que en paralelo con la emergencia de una conciencia de la identidad chicana señala el comienzo de un movimiento de resistencia política y afirmación de los valores culturales latinos. A lo largo de la década de los sesenta, surgen en las dos costas del país obras de importancia parelela. El juez puertorriqueño Edwin Torres nos ofrece una interesante visión del mundo de la delincuencia neoyorquina que conoció de primera mano en la novela titulada Carlito’s Way (1963). Ese mismo año el chicano John Rechy publica City of Night, novela demoledorasobre el mundo de la prostitución masculina en las ciudades de Nueva York, Los Ángeles, San Francisco y Nueva Orleans. Down These Mean Streets(1967),sobrecogedor relato autobiográfico de Piri Thomas sobre la vida en Spanish Harlem, concitó el interés general del público hacia lo que ocurría en los barrios hispanos del Alto Manhattan. Aunque no vio la luz hasta 1984, la mejor crónica de la historia de la colonia puertorriqueña de Nueva York son Las Memorias de Bernardo Vega, documento de gran valor sociológico, además de literario.
A principios de la década de los setenta las letras chicanas experimentan una sacudida, con la aparición en años consecutivos de tres obras cumbre de la literatura mexicano-americana: …y no se lo tragó la tierra (1971), de Tomás Rivera;Bless Me, Ultima (1972), de Rudolfo Anaya, y Estampas del valle (1973), de Rolando Hinojosa-Smith. La primera y la tercera de estas novelas se escribieron originariamente en castellano. Muy diferente, aunque de innegable interés es la Autobiografía de un búfalo marrón (1972), del activista chicano Oscar Z. Acosta, personaje de vida y muerte intrigantes que gozó de la amistad de Hunter S. Thompson, quien trazó un perfil inovidable en Rolling Stone. Simultáneamente, se deja oír en Nueva York la voz de Nicholassa Mohr, autora de tres obras de gran valor testimonial y literario: Nilda (1973), El Bronx Remembered (1975) e In Nueva York(1977). La trilogía de clásicos de la literatura chicana escrita por Anaya, Rivera e Hinojosa-Smith tiene un precursor en Pocho (1959), de José Antonio Villarreal, y un continuador en Sabine Ulibarri, autor de una espléndida colección de relatos titulada Mi abuela fumaba puros y otros cuentos de Tierra Amarilla (1977).
Iniciada la siguiente década, en 1982 se publican dos obras que ocupan un lugar central en el imaginario de la literatura latina. La primera esHunger of Memory, autobiografía que sigue los pasos de Richard Rodríguez desde un barrio pobre de San Francisco hasta Harvard. A su vez, en la Costa Este, el puertorriqueño Edward Rivera publica Family Installments, novela elegantemente escrita que nos ofrece un vívido retrato de una familia de Spanish Harlem. En 1983 debuta en la escena literaria una de las figuras esenciales de las letras hispanas, Oscar Hijuelos, cubano del Bronx, con la excelente Our House in the Last World.Se empiezan así a alinear los nombres mayores de la literatura latina actual. En 1984 Sandra Cisneros, chicana de Chicago, publica A House on Mango Street, una obrita para niños en apariencia menor pero cuya influencia sigue perdurando hoy. La década se despide con la aparición de dos novelas de gran calibre: The Long Night of White Chickens, que marca la aparición de un escritor de primer orden, el guatemalteco-americano Francisco Goldman, y Los reyes del mambo tocan canciones de amor, novela que al obtener el Premio Pulitzer al año siguiente, pondría en el mapa a la literatura hispana.
Las consecuencias no se hicieron esperar. En 1990, además del Pulitzer de Hijuelos, son finalistas del National Book Award Chromos (casi medio siglo después de su publicación),de Felipe Alfau, y Paradise, de la española Elena Castedo. La nómina de primeras obras que vieron la luz aquellos años es abultada. Se abre en 1991 con How the García Girls Lost Their Accents, de la dominicana Julia Álvarez. La cosecha de 1992 fue excelente: Abraham Rodríguez, Jr. publica The Boy Without a Flag: Tales of the South Bronx (1992), libro de cuentos a la altura de los deJunot Díaz. El colombiano Jaime Manrique irrumpe en la escena conLatin Moon in Manhattan, divertida farsa sobre drogas y amoríos homosexuales en el barrio neoyorquino de Queens. La lista de primeras obras notables del año la cierra Dreaming in Cuban, de Cristina García. En 1993 uno de los escritores chicanos más interesantes de las últimas décadas, Dagoberto Gilb, confirma su talento con The Magic of Blood(1993) y en 1994, Abraham Rodríguez publica Spidertown, novela sobre el mundo de las drogas en la zona norte de Nueva York. 1997 es un año importante. Marinero raso ratifica a Francisco Goldman como autor de talla internacional, mientras que en la Feria del Libro de Fráncfort, editores de todo el mundo pujan por hacerse con los derechos de Drown,libro de cuentos de un desconocido que responde al nombre de Junot Díaz. Un año después, al filo del nuevo milenio, Rolando Hinojosa-Smith publica Ask a Policeman, con la que pone fin a la serie de Klail City un cuarto de siglo después de haberla iniciado con Estampas del valle.

Nacido en Mercedes, Texas, el 21 de enero de 1929, Rolando Hinojosa-Smith era hijo de un campesino que había luchado en la revolución mexicana y Carrie, su mujer, ama de casa. Como ocurrió con numerosos latinos de su generación, la guerra de Corea lo dejó marcado. Ávido lector durante su infancia, el español fue el idioma de su entorno durante sus años de formación. Su primer encuentro con el inglés tuvo lugar cuando inició sus estudios de secundaria. Al igual que su abuela, su madre y tres de sus hermanas, Hinojosa-Smith se hizo maestro, siendo después profesor de instituto en Brownsville y ulteriormente llegó a ejercer la docencia universitaria. La escritura de Rolando Hinojosa-Smith es el resultado de una formidable amalgama de influencias, que incluye a los clásicos castellanos, Galdós, Anthony Powell (autor de Dance to the Music of Time, saga narrativa en 12 volúmenes), Heinrich Böll, los americanos Faulkner y Twain y el escritor polaco-americano de origen judío Bashevis Singer. Su visión coral se traduce en el empleo de innumerables voces, con las que busca dotar de representatividad a la comunidad del valle. Un profesor alemán que llevó a cabo un censo de los personajes de Klail City contabilizó cerca de un millar. El castellano que utiliza Hinojosa-Smith en los cinco primeros libros de la serie es bellísimo y de un corte clásico que se ha perdido en la mayor parte del ámbito literario panhispánico. A partir de la sexta entrega, Rites and Witnesses, Hinojosa-Smith utilizó solo el inglés.
Las distintas entregas del Viaje de la muerte nos ofrecen un retrato panorámico de la vida en el South West a lo largo de medio siglo.Estampas del valle no es más que el primer acercamiento al condado de Belken y Klail City, aunque todos los ingredientes que se desarrollarán en los restantes episodios de la serie se encuentran en embrión allí. La novela, de apenas cien páginas, obtuvo el Premio Quinto Sol cuando se publicó. En ella hacen su primera aparición Rafa Buenrostro y Jehu Malacara, personajes centrales de la saga. En la segunda parte el lector se tropieza con una gran variedad de textos y documentos con los que se intenta encontrar claves que permitan resolver un asesinato. La tercera es una selección de semblanzas de personajes procedentes de los distintos estratos sociales de Klail City. Como ocurre con las buenas series de televisión, tras Estampas del valle Hinojosa-Smith supo mantener en vilo a los lectores, que a veces tenían que esperar años para averiguar qué sucedía en el siguiente episodio del Viaje de la muerte.
‘Los reyes del mambo tocan canciones de amor’ ganó el Premio Pulitzer y puso en el mapa la literatura hispana
Rolando Hinojosa-Smith publicó la que presumiblemente será su última obra,We the Happy Few, una novela de campus que no forma parte del Viaje de la muerte, en 2006. ¿Quiénes, además de él, son importantes en el panorama actual de la literatura hispánico-norteamericana. Por su extensión y el alto nivel de calidad medio de su obra, Oscar Hijuelos, autor de una decena de títulos, es uno de los valores más sólidos. Lo difícil, en la mayoría de los casos, es mantener el interés despertado con la primera obra en los títulos siguientes. Dos autoras que lo han conseguido, aunque con altibajos, son Julia Álvarez y Sandra Cisneros. Algunas de las obras más interesantes publicadas en lo que va de siglo son Bodega Dreams (2000), del ecuatoriano Ernesto Quinonez; The Republic of East L.A. (2002), del veterano Luis J. Rodríguez, autor de la emblemática Always Running: La vida loca (1993), y The Devil’s Highway(2005), de Luis Alberto Urrea. En 2007 aparece La maravillosa vida breve de Óscar Wao, con la que Junot Díaz se convierte en el segundo hispano en obtener el Premio Pulitzer. A su vez, el autor de origen peruano Daniel Alarcón publica Radio Ciudad Perdida. Autor de cuentos en inglés y en español, Alarcón publicó en octubre y con excelentes críticas At Night We Walk in Circles. Entre los autores de no ficción destaca Rubén Martínez, cuya obra más reciente, Desert America (2012), examina aspectos importantes de la cultura latina en su compleja fricción con la dominante. En el campo de la narrativa, mientras que la obra de Francisco Goldman ha tomado una dirección muy diferente desde que publicó Di su nombre(2011), Junot Díaz ha vuelto a demostrar su talento con Así es como la pierdes (2012).
El Pais

viernes, 24 de enero de 2014

La tertulia literaria estalla en la Red

AnobiiShelfariLecturaliaGoodreads. Y ahora, un puente para el lector en castellano: Lectyo. Es el nuevo léxico de la red destinado a una de las experiencias y placeres de siempre: leer. Vivir la historia, sea en ebook o en el papel, sigue igual. Pero la tertulia en la que se discute, critica y se intercambian futuras lecturas ha cambiado para siempre con Internet. Las redes sociales pensadas como clubes de lectura han explotado. Van desde lo mainstream, con mastodontes como Goodreads, de Amazon, con sus 25 millones de usuarios registrados, a lo más alternativo, como los clubes de lectura online dedicados a un género, como theromancebookclub.com. Y se encuentran en todos los idiomas, con Lecturalia a la cabeza del mundo hispanohablante o la china Douban, que atrajo a los intelectuales para montar foros de disidencia en el enjambre de 68 millones de usuarios que posee y que está sometido a una férrea censura del régimen chino.
En este entorno en plena expansión, la fundación Germán Sánchez Ruipérez, que lleva 30 años dedicada a la difusión de la lectura en castellano sin ánimo de lucro, lanza su apuesta: Lectyo. Su creador, Luis González, que tuvo su idea feliz esperando un vuelo en Lisboa, cree que todavía hay mucho margen para innovar: “Las redes sociales son una herramienta muy potente y admiro lo que ha conseguido Goodreads, pero han estado en las manos de los agentes inadecuados. Es hora de que lectores, industria y autores dialoguen en un espacio sin intereses extraliterarios”.
Un mastodonte como Goodreads cuenta con 25 millones de usuarios
Lectyo intentará ser un puente para todos los lectores hispanohablantes que quieran interactuar con autores y editores para descubrir propuestas literarias al margen de las tendencias más comerciales. Y lo hará sin lo más característico de webs como Goodreads, el sistema de puntuación para valorar los libros. “Lo hemos eliminado porque eso suele acabar en una tendencia mainstream”, aclara González. “Nos interesa crear un lugar de debate donde también se hable de los libros pequeños por su interés literario y no porque los avalen grandes promociones”.
Lectyo tendrá que competir con un modo de entender el debate literario que tiene un dominador absoluto: Goodreads. Esta red social cuenta con más de 25 millones de usuarios. Siete de cada 10 son mujeres y la mitad tienen menos de 30 años. Por países, casi la mitad (el 45%) son de fuera de Estados Unidos y, dentro de Europa, España ocupa el cuarto puesto. Su base de datos acumula más de 360 millones de reseñas y cuenta con miles de clubes de lectura que parcelan su web en todo género literario concebible.
La china Douban tiene 68 millones de seguidores, a pesar de la censura
La epifanía de Goodreads la tuve en casa de un amigo, cuando miré su estantería y me di cuenta de que allí había una mina de oro”, afirma Otis Chandler, presidente y fundador de Goodreads. Pero ese sueño se nubló cuando Amazon compró la empresa por una cantidad que Bloomberg estimó en 780 millones de euros. Una de las primeras medidas de la nueva gestión fue eliminar las reseñas que, para Amazon, eran agresivas con los autores. Desde entonces han florecido las críticas de los usuarios y el temor a que una plataforma democrática acabe sometida a la industria.
Pero la competencia de Amazon, las editoriales de siempre, no han hecho mejor las cosas. Bookish, red social montada por Hachette Book Group, Penguin Group (USA) y Simon & Schuster, fue criticada con dureza por Peter Winkler en The Huffington Post por mentir a sus usuarios, ya que los únicos libros que se promocionaban eran de estas editoriales. James McQuivey escribía en Forbes la venta de Goodreads a Amazon como “una oportunidad perdida” de las editoriales. Bookish ha sido vendida hace dos semanas a la distribuidora Zola, confirmando su fracaso.

El Internet literario

Lectyo. La nueva red social creada por la fundación Sánchez Ruipérez está orientada a los lectores en castellano. Trata de fomentar el interés por la literatura al margen de la industria.
Goodreads. La número uno indiscutible, al menos en éxito, de estos nuevos clubes de lectura: 25 millones de usuarios y más de 360 millones de reseñas.
Lecturalia. Red orientada a los hispanohablantes, con las funciones clásicas de sistema de valoración de uno a cinco estrellas y posibilidad de compartir reseñas.
Douban. Portal chino con 68 millones de usuarios y sometido a censura para cortar conatos de rebeldía al régimen.
Las editoriales siguen este fenómeno con interés... y prudencia. “Por un lado es algo muy bueno, porque todo lugar que hable de libros nos beneficia”, afirma Blanca Rosa Roca, editora de Roca Editorial. “Pero también es verdad que en las redes sociales cualquiera puede dar su opinión y lo cierto es que los lectores se fían más unos de otros que de la crítica”. Blanca Roca asevera que han notado una considerable bajada de influencia de los medios de comunicación clásicos: “Antes sabías que si salías en los suplementos culturales, al día siguiente vendías libros. Eso ha cambiado”.
Carmen Amoraga, ganadora del último premio Nadal con La vida era eso(Destino), sobre las redes sociales, cree que las cosas han cambiado, pero para bien. “Sinceramente, me cuesta encontrarles una pega a estas redes sociales. Creo que ampliar espacio para que los lectores hablen de libros es un avance”. Amoraga admite que la crítica literaria es necesaria, pero entiende que los lectores prefieran fiarse de alguien de quien conocen los gustos que de la opinión de un experto.
La pregunta esencial es si estas redes benefician de verdad a los lectores. Joy Holt, investigador de la Universidad del Norte de Texas, que ha coescrito un estudio sobre las ventajas de estas comunidades onlinepara fomentar la lectura en adolescentes, cree que hay que ser optimistas. “Lo que hace bien Goodreads es conectar gente, dar al estudiante un público al que escribirle. Luego se esfuerzan más en escribir críticas para el resto de la clase, y por tanto ponen más atención en lo que leen”. Para César Antonio Molina, exministro de Cultura y actual director de la Casa del Lector, pintarle rabo, cuernos y tridente a Internet no tiene sentido: “Puede que el malentendido venga de comparar la banalidad de buena parte de lo que se ve en la red. Debemos recordar que lo bueno o malo que haya en Internet depende de los contenidos que los usuarios publiquen”.
La plataforma Bookfish ha sido criticada por hablar solo de sus autores
Para bien o para mal, el libro y las redes sociales están condenados a entenderse. “Sería una locura no darse cuenta de que este es el futuro”, afirma Luis González, padre de Lectyo. “Y creo que el usuario pedirá cada vez más una mayor independencia, porque los lectores, como las personas, son muy distintos. Y el mainstream nos hace a todos iguales”. Otis Chandler, padre de Goodreads, es lapidario: “En el mundo internauta de hoy en día, somos la evolución natural de lo que viene pasando desde hace siglos: a la gente le encanta compartir y discutir los libros que leen”.
El Pais