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Pruebas

domingo, 30 de septiembre de 2012

Hace cuarenta años

Una joya secreta de la literatura europea del siglo XX. Una historia de amor escrita con una elegancia absolutamente única.

Estamos a finales del siglo XIX, en una playa del Mar del Norte donde nacerá una pasión absoluta y singular entre Émile y Maria. Será ésta quien nos cuente, cuarenta años después, cómo fue aquel breve y fascinante amor hecho a medias de exaltación y de sumisión. Lo fugaz y lo eterno, así como lo imposible -pues ambos están casados-, marcan esta poderosa historia que nos recuerda en ocasiones a Stendhal y a Flaubert y que se anticipa a las novelas de Marguerite Duras o a las películas de Ingmar Bergman. Pocas veces se ha dicho tanto y tan bien sobre el amor arrebatado y sobre su engarce en la realidad, aunque sea ésta una realidad de escritores y pintores bohemios al margen de «lo convencional»... y en el límite de lo onírico, como en algunas grandes obras de William Shakespeare.  

NOTA DE LOS EDITORES  
La casa de la duna... ¿Un lugar junto al mar para cerrarse al mundo o para abrirse a él? El espacio donde se desarrolla esta historia de amor, libros y fidelidades (más que infidelidades, y el lector pronto sabrá por qué) es un no-lugar en el que nos gustaría vivir algún tiempo. Una casa-concha, una casa-refugio, una casacuerpo. La casa de la duna es el espacio delimitado por los puntos cardinales de los afectos y de los deseos. Algo más que una cabaña, pero menos que un palacio. Una casa de vacaciones donde cualquiera puede imaginarse, y sobre la que cualquiera puede imaginar: sí, esa casa es fundamental en esta historia.

Todos los personajes de Hace cuarenta años son reales, es decir, viven hoy en el papel pero vivieron un día sobre esa playa del Mar del Norte: los días, las jornadas que pasaron allí han quedado convertidas en este texto tan lleno de contradicciones como de riquezas. Aquí, ante él, nuestras convenciones, nuestras ideas, preconcebidas o no, quedan en suspenso antes o después. Leemos y, a la vez, nos leemos. Maria, la protagonista y narradora, es mucho más que esa joven burguesa vestida de blanco, con un gran pañuelo de color calabaza al cuello, que aparece leyendo -siempre leyendo- en los cuadros de su esposo, el dulce pintor belga Théo van Rysselberghe, quien se hizo famoso precisamente por algunas de las obras que pintó en su viaje a España con el asturiano -y belga también durante diez años- Darío de Regoyos.

     Hay algo en los cuadros de este artista impresionista, puntillista, modernista... hay algo en sus cuadros que evoca el mundo de Hace cuarenta años. Pero el «realismo» de Maria van Rysselberghe es, si se nos permite, muy distinto del simbolismo al que se liga la obra de su esposo y al que en ocasiones se la ha ligado a ella. No es siglo XIX, sino ya muy siglo XX. No se trata de ese «flujo de conciencia» muy particular, que inunda esta novela verídica, sino de un realismo que no elude la sugestión y, digámoslo así, la autoconsciencia, es decir, esa mirada «desde dentro y hacia dentro, hacia el yo en peligro» de la que más tarde nos hablaría Carson McCullers. 

Boomerang

sábado, 29 de septiembre de 2012

Mi amor en vano

Esteban, un joven que sobrevive a un accidente de tráfico, debe plantearse la vida de una forma nueva. Tendrá que vivir desde el combate contra el dolor y desde la limitación. Se desvincula de su vida anterior, de su familia y de su grupo de amigos, se va a vivir solo a un barrio distinto. En el nuevo contexto, el Centro de Rehabilitación al que acude diariamente será el principal referente. Entre los vecinos de su nueva vivienda, una familia compuesta por Dayana, una mujer madura que ha sido actriz, cantante y modelo de artistas, Eugenio, su marido, alcohólico y periodista deportivo, y su hija Violeta, que se dedica a hacer arreglos de ropa y collares, va acercándose más y más a él. Teresa, una mujer asidua del Centro de Rehabilitación y dueña de un temperamento arrollador, irrumpe en su mundo. Esteban va siendo parte de una red de relaciones humanas complejas e intensas. A su alrededor, atisba muchas vidas rotas, vidas gastadas que aún sueñan con rehacerse, con recuperar los sueños, con mantener algo. La pasión ocupa un importante lugar. Sueños, ambiciones, traiciones, infidelidades conyugales, luces y sombras. Una nueva visión de la vida se conforma a los ojos de Esteban. Aquí cabe el dolor, la frustración, la pérdida, la soledad. La revelación, el instante político, se revela como imprescindible. 

En este nuevo reto literario, Soledad Puértolas ahonda en un universo que siempre le ha interesado: la emoción, la pasión que nos mueve a los seres humanos, las atracciones y las simpatías entre unos y otros, el anhelo de encontrar algo que dé sentido a todo, la lucha contra la amargura, el fracaso, el dolor y la limitación, la sed de belleza, la ilusión del amor.
«Destacan la fuerza de las ensoñaciones, el poder de las expectativas favorables y un lenguaje inconfundiblemente intimista. Puértolas se sigue afianzando en su fascinante universo, entre tierno y amargo, a medio camino entre la desolación y la esperanza» (Jesús Ferrer, La Razón).

«Una de las mejores novelas de Soledad Puértolas... Manejando el relato como si fuera un acordeón, la autora habla de muchas cosas: de los secretos de familia, del amor equívoco, de la segunda oportunidad, del fracaso y la traición, y del dolor y de la enfermedad. Habla de los sentimientos, de la ternura, de la intimidad, del amor que quema por dentro y de la necesidad de hallar un interlocutor» (Antón Castro,
Heraldo de Aragón).

«Es un intenso recorrido emocional narrado desde el dolor en el que los personajes viven al límite y "todos tienen secretos, todos ocultan"» (M. Inés Amado,
El País).

«Una descripción íntima, una caída hacia dentro, una exhibición del interior... En Mi amor en vano la autora pulsa el motor de todo: las emociones. Estamos solos, pero vivos» (Patricia Blanco,
La Voz de Galicia).
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     La primera vez que Violeta se detuvo en medio de las escaleras, yo subía y ella bajaba. Se apartó un momento para dejarme pasar, siguió con los ojos los movimientos de mis muletas, como asegurándose de que no me iba a caer, y finalmente me dijo que vivía en el quinto izquierda. No le gustaba tener que esperar a que el ascensor llegara hasta su piso, siempre había alguien que se lo quitaba en el camino y eso la ponía nerviosa, así que se lanzaba escaleras abajo al menor inconveniente. Violeta me dio esas informaciones y siguió hacia abajo.
     Cada vez que coincidía con ella por las escaleras, se detenía un momento y me contaba algo. Cosas de su familia, como si yo le hubiera pedido que lo hiciera o como si creyera que, en mi condición de nuevo vecino de la casa, yo tuviera necesidad de recabar datos sobre los otros, los vecinos de siempre y todos los que habían llegado antes que yo.
     ¿Será así, después de todo?, me pregunté más tarde, ¿habré venido a caer en este edificio de viviendas que he escogido medio a boleo -aunque reunía las cualidades que necesitaba-, entre los pisos que mi padre me había ofrecido, para conocer a estas personas que de otro modo jamás hubiera conocido? Porque aunque mi tendencia a buscarle sentido a todas las cosas, aun a las más insignificantes, parecía haberse quebrado después del accidente, todavía aleteaba en el fondo de mi ser el deseo de unidad, de conexión.
     Violeta no sólo fue la primera persona de la vecindad con quien crucé unas palabras, sino que no tardamos en hacernos amigos. Me asombró la velocidad con la que se instaló entre nosotros esa confianza que tantas veces había buscado en vano en mis viejos amigos. Pero enseguida me di cuenta de que se trataba de un caso raro, de una excepción. 
Boomerang

viernes, 28 de septiembre de 2012

La caza sutil y otros textos

Usando la expresión con que Ernst Jünger se refiere a la caza de insectos, Julio Ramón Ribeyro habla de sus escritos sobre literatura como una "caza sutil", en oposición a los grandes safaris de la crítica, de modo que el comentario de libros y autores es entendido como un paseo, como un pasatiempo libre y placentero, en el que de cuando en cuando se da en el blanco de una idea, una lectura nueva, un hallazgo.

Este libro está compuesto por breves ensayos y artículos de prensa en los que el gran escritor peruano comparte su vida como lector mediante una prosa admirable, ya sea discurriendo sobre el vasto género de los diarios íntimos o sobre el papel que le ha tocado a la ciudad de Lima en las novelas. Flaubert y el bovarismo, el amor a los libros, las alternativas en que se debate el novelista contemporáneo: el abanico de sus temas es tan amplio que abarca desde Ovidio hasta los experimentos de OuLiPo, pasando por la cuentística de Maupassant o los amores en coche presentes en algunas novelas francesas.

Su inteligencia analógica, proclive a las comparaciones significativas, lleva a Ribeyro a poner en paralelo, por ejemplo, Paradiso, de Lezama, y En busca del tiempo perdido, de Proust. Escribe tendiendo puentes y estableciendo redes literarias que, lejos de toda pretensión vana de originalidad, logran demostrarlo en el gozo crítico de la lectura, a la vez que, modestamente, sin aspavientos, trazan su propio retrato como uno de los escritores latinoamericanos más valiosos del siglo XX.

                                               A LA ORILLA DEL MUNDO

DIEGO ZÚÑIGA
     El 11 de noviembre de 1955, Julio Ramón Ribeyro anotaba en su diario personal: "Este año que termina ha sido para mí, desde el punto de vista literario, un año de infecundidad. [Esto] me hace afrontar con desconfianza mi destino literario. Debo ahora plantearme esa pregunta que siempre he temido porque me parece que en su formulación existe ya el reconocimiento implícito de un fracaso: ¿seré yo más bien un crítico?".

     Ribeyro había llegado a Europa a fines de 1952. Un año después se había instalado en París y ese 11 de noviembre de 1955 se encontraba viviendo en Múnich, gracias a una beca. Se había separado de una mujer hermosa y terrible hacía poco, y pasaba por una de esas etapas melancólicas y depresivas que marcan varias partes de La tentación del fracaso, su diario.

     Eran tiempos demasiado confusos, inseguros. Ribeyro tenía 26 años y se sentía perdido, quizás inútil, por no avanzar en la escritura, por haber perdido a esa mujer. El año anterior -cuando publicó su primer libro de cuentos, Los gallinazos sin plumas - había sido, según él, el más importante de su vida. "He conocido la abundancia y la necesidad, la soledad y el amor, la desesperación y el delirio. Un año de experiencias profundas y terribles contrastes. He viajado, amado, escrito, trabajado, leído. No puedo quejarme", apuntaba el 1 de enero de 1955.

     Pero ese 11 de noviembre, cuando llevaba menos de una semana en Múnich, todas las dudas e inseguridades aparecieron de golpe y lo llevaron a preguntarse, en medio de esa crisis creativa, si su destino era, acaso, convertirse en un crítico literario y abandonar todas sus ambiciones como escritor.

Boomerang

jueves, 27 de septiembre de 2012

Conviértase en un dandi con consejos literarios

Hay ocasiones –pocas- en las que la vida y el arte encuentran efímeros espacios de convivencia donde pululan personajes capaces de erigirse en héroes numantinos sin quitarse la máscara. Se llaman dandis y traspasan límites temporales y geográficos haciendo de su rebeldía disonante enseña anti etiquetas. Prodigiosos mirmidones (Capitán Swing, 2012) disecciona desde la literatura esta figura tomando la definición que Baudelaire usó en 1863 para denominar a los integrantes de una curiosa secta que se extendía poco a poco en la alta sociedad parisiense.

"Estos seres no tienen otro problema que el de cultivar la idea de lo bello en su persona, satisfacer sus pasiones, sentir y pensar", escribiría Baudelaire. "La más absoluta simplicidad es el mejor modo de distinguirse". Leticia García y Carlos Primo, coordinadores de este manual del perfecto dandi –aunque su intención nunca ha estado más lejos de armar un decálogo-, han sacado de textos de Honoré de Balzac, Thomas Carlyle, Virginia Woolf, Albert Camus y Francisco Umbral, la excusa perfecta para hacer apología de una efigie ¿en extinción? 

"El espíritu de un hombre se adivina por su forma de llevar el bastón. Las distinciones se envilecen, o mueren, al hacerse comunes", argumenta Balzac en el Tratado de la vida elegante que se incluye en Prodigiosos mirmidones. La apariencia es esencia en los dandis, hasta que la atraviesa la masa. “El síntoma definitivo que augura la desaparición de esta figura es, curiosamente, la incorporación del término al lenguaje general”, aseguran los autores.

¿La moda mató al dandi, como dijo Barthes? "Es el estilo de vida lo que los hace únicos, no el dinero, el poder, la posición, el talento o la inteligencia", apunta Tom Wolfe en Underground de mediodía. Su descripción del prototipo que salió de la subcultura británica -"muchachos y muchachas con atuendos sexy, chavales con pantalones de taleguilla, minifaldas, medias de malla, sostenes de media copa, montes de venus a medida, modelos de Cardin, escotes hasta el ombligo, zapatos Victoria, pliegues invertidos, maxi-pelos, maxi-ojos,..."- contrasta con el clásico modelo que glosó Virginia Woolf en Beau Brummell: "Beau de quien había emanado lo gracioso y lo exquisito, hubo de ser empujado hacia la tumba como cualquier viejo mal vestido, mal educado y molesto".

Entonces, ¿quedan dandis? Decidan ustedes con el siguiente recorrido por las características moleculares de estos personajes.

El dandi es:

  • El último resplandor de heroísmo en decadencia, escribió Baudelaire.
  • Un relumbrón rebelde de lo singular. Una forma de protesta, bella aunque chocante. No quiere gustar, sino disgustar o sorprender o epatar. Resultar distinto.
  • Una elegancia distinta. Usa la elegancia y al mismo tiempo la rompe. Esmera su vestuario, pero no solo admite, sino que precisa de disonancias. Corsarios de guante amarillo, que diría Balzac.
  • No es solo ropa y adorno, sino ideología. Manera de vivir, de estar a la contra. Imagen pensante.
  • El diablo con apariencia de hermoso adolescente, naturalmente melancólico.
  • El cruce inextricable con el esplín, el hastío y la añoranza.
  • Aquel al que el público general no le interesa: buscan el aplauso (que tomarán de manera diferente) de la minoría –a la que buscan escandalizar- y el desdén de la mayoría garrula –su enemigo mortal-.
  • No quiere pertenecer a ninguna clase social –a la alta tampoco-, aspira a ser un desclasado, lo que le permitirá más libremente lucir su extraña rebeldía, que en ocasiones hasta parece ir contra la vida misma porque aún es más dandi la mera ambigüedad.
  • Es inevitablemente un perdedor.
  • La frialdad y la contención.
  • La teatralidad. Escapar de la decepcionante realidad, estetizando la cotidianidad y convirtiendo la vida en una cuidada autopercepción.
  • El dandismo es una distinción más metafísica que social, Barthes.
  • Cultiva el detalle y la anécdota en detrimento de los grandes valores. Se aferra a un mundo perdido a través de pequeños gestos y detalles efímeros. Esta fugacidad lo convierte en un nuevo estoico.
  • Un aristócrata individual.
  • Fiel a sí mismo.
  • Se le atribuyen todos los pecados, las perversidades y todos los desvíos imaginables, incluidos los sexuales.

“Seré más influyente que Borges”


Michel Houellebecq (Isla de La Reunión, 1958) habla lentamente y se pone la mano frente a la boca, lo que obliga a prestar mucha atención. Tras cada pregunta llega un silencio, un largo silencio seguido de un carraspeo, un mmm... y finalmente la respuesta, que arranca divagante y va articulándose con un movimiento de vaivén hasta alcanzar una coherencia cristalina. Uno percibe que sus neuronas están estableciendo conexiones que él va descartando. A veces los silencios son demasiado largos, pespunteados por insistentes sonidos guturales y una mirada perdida, de besugo. Es cuando el entrevistador tiene que cambiar de tercio.

Ha estado en Barcelona para presentar Poesía (Anagrama), un volumen que reúne los cuatro libros de su obra poética. Muchos recuerdan la espantada que protagonizó cuando se le esperaba para presentar su última novela, El mapa y el territorio, también en Anagrama. Ahora vive en París, después de un largo periplo existencial por lugares tan poco probables como la costa de Irlanda o el Cabo de Gata, entre otros. Pero no le gusta París y tampoco la naturaleza. “No envidio a esos pomposos imbéciles / que se extasían ante la madriguera de un conejo / Porque la naturaleza es fea, cargante y hostil / No tiene ningún mensaje que transmitir al ser humano”, reza uno de sus poemas.

Estrella mediática

Con 'Ampliación del campo de batalla' (1994) Houellebecq se dio a conocer como un escritor brillante y polémico. Y, sobre todo, un potencial superventas en toda en regla.
'Las partículas elementales' y 'Plataforma' le consagraron como escritor mediático y ciertamente extravagante. El premio Goncourt que recibió con 'El mapa y el territorio' en 2010 le concedió el reconocimiento de la industria, pero fue acusado de plagiar fragmentos de la Wikipedia.

Dejó Irlanda, dice, porque estaba harto de hablar inglés, aunque luego reconoce que eso de estar sumergido en otro idioma tiene ventajas para el novelista. “No está nada mal acentuar el aislamiento, no poder hablar más que inglés. Hay que estar solo para escribir una novela; es la soledad acentuada por la soledad lingüística. Pero no es agradable, aunque nunca se ha dicho que escribir una novela tenga que ser agradable”. En Enemigos públicos (Anagrama), su epistolario con Bernard-Henri Lévy, escribe: “Prefiero la poesía, detesto contar historias, pero siento que he sido requerido para salvar los fenómenos humanos que se manifiestan frente a mí”. Ahora matiza: “Me gusta describir personajes, pero no contar historias. No me gusta provocar suspense…” Sus novelas son de largo recorrido y con buenas dosis de intriga y de drama, le señala el periodista. “En El mapa y el territorio hay muy poco suspense”, insiste, “pasa lo que tiene que pasar, no hay sorpresas ni giros inesperados. En otras novelas había, por lo menos, un suspense sentimental, en esta última no. El principio del drama consiste en que el lector se pregunte siempre qué es lo que va a pasar, y creo que la principal originalidad de esta novela es que no hay un suspense dramático”.

El propio Houellebecq es uno de los personajes de El mapa y el territorio, un viejo escritor que ya no escribe y que no lee más libros que los que ya ha leído y algunos ensayos, pero no ficción. No es el caso. “Sí que leo ficción y también ensayos, aunque me he dado cuenta recientemente de que no puedo decir que realmente los lea, leo en diagonal, me contento con saber lo que piensa el autor, me bastaría con un resumen”.

Escribe a mano. “Es mucho más práctico, porque se puede hacer en cualquier parte e incluso acostado”. Lo hace en papeles sueltos que luego corrige enseguida en el ordenador. “Paso mucho más tiempo corrigiendo que escribiendo”. Cuando empieza una novela no tiene ningún esquema previo en la cabeza; arranca y avanza, y no sabe si el ordenador ha cambiado o no su estilo, porque nunca ha escrito a máquina. “Creo que es algo que no hubiera podido soportar”, asegura.

"Mi vida es como en un hotel; pronto o tarde deberé dejar la habitación"

De pronto se le ve inquieto, se agita en su silla y deja correr un largo silencio. “¿Puedo salir a fumarme un cigarrillo?”, pide educadamente. La pequeña sala en la que tiene lugar la entrevista tiene una gran puerta abierta a una terraza. Puede fumar aquí, le sugerimos. Llueve, pero se levanta y se coloca en el quicio de la puerta. A medio cigarrillo vuelve a sentarse.

“Me siento en mi vida un poco como en un hotel. Sé que tarde o pronto tendré que dejar la habitación. Es un sentimiento típicamente moderno el de estar en un hotel”, asegura. “El hecho de no construir nada es una de las grandes causas de la depresión contemporánea”, añade.
Cuando publicó Las partículas elementales, en 1998, hubo quien le etiquetó como “nuevo reaccionario”. “Es imposible que yo sea un reaccionario, soy un conservador”, replica, “un reaccionario es alguien que cree firmemente que se puede regresar a un estado anterior de la Historia, lo que yo no creo para nada. Siempre he tenido la sensación de que todo es irreversible, de que es imposible volver atrás. Soy un conservador bastante típico: pienso que cualquier innovación, en principio, va a salir mal, [ríe abiertamente por primera vez] y estoy contra la innovación porque supone siempre un peligro. Digamos que soy un pesimista que ve antes el peligro que la esperanza”. 

Cita a Goethe, cuando dice que más vale una injusticia que un desorden. “Sí”, se reafirma, “más vale un orden injusto porque el desorden es la peor de las injusticias, es la vuelta al estado precivilizado”.

"Soy un conservador típico, creo que cualquier innovación saldrá mal"

Considera que ahora se produce muy buena literatura, “incluso mucho mejor que la que se hacía cuando yo era pequeño, en Francia”, y no teme por su oficio. “Los franceses leen mucho y tienen la impresión de que el libro les habla del mundo que conocen”. De autores españoles cita a Antonio Muñoz Molina, y relata con precisión el argumento de El viento de la luna, que le parece una buena novela. Y sobre la valoración que pueda hacerse de su obra tiene una brillante metáfora: “Creo que tendré más influencia que Borges porque no tengo su talento y por lo tanto soy mucho más fácil de imitar”.

El País

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El mexicano Emiliano Monge gana el Premio Jaén de Novela

La obra titulada El cielo árido, del escritor mexicano afincado en España desde hace dos años Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978) ha sido la ganadora del Premio Jaén de Novela en su 28ª edición, que convoca cada año la editorial Mondadori y patrocina la Obra Social de Caja Granada, y que está dotado con 28.000 euros.

La trama de la novela transcurre en la meseta de Madre Buena, en algún pueblecito imaginario llamado Lago Seco; un lugar que podría estar situado en México o en cualquier otro punto de la geografía de la América Latina rural, explica el autor. El cielo árido cuenta la historia de un personaje nacido en 1901, y que va desarrollando su personalidad al compás que se va desarrollando el siglo, "influido por los ciclos de violencia", aclara Monge. Sin una narración cronológica, el protagonista nace, crece y muere rodeado de violencia. En palabras del escritor, "la novela trata de demostrar la relatividad de la culpabilidad y de la inocencia, intenta demostrar que los códigos que normalmente utilizamos a veces pueden no ser tan rotundos".

El presidente del jurado, Javier Argüello, ha anunciado hoy en Jaén el fallo del concurso, no sin antes hacer una llamada al escritor, que en ese momento estaba paseando a su perra por Madrid: "Me ha pillado completamente por sorpresa, no me lo esperaba, estaba recogiendo una caca de mi perra y con la otra mano sujetando el teléfono y recibiendo la noticia. Ha sido muy divertido", relata Monge entre risas.

El jurado que ha seleccionado El cielo árido entre un total de 286 manuscritos estuvo compuesto por Andreu Jaume (editor), Rodrigo Fresán (escritor y crítico) y Mónica Carmona (directora literaria de Mondadori), y presidido por el escritor Javier Argüello. A la hora de elegir la novela premiada, el jurado ha destacado  Este galardón ha recaído en años anteriores en escritores como Elvira Navarro, Patricio Pron, Germán Sierra, Antonio Álamo, Javier Rodríguez, David López, Roberto Brodsky o Gonzalo Torné.

En la edición anterior, el premio fue concedido a Julián Herbert por la novela Canción de tumba, también una autor mexicano, y también con el tema de la violencia presente en las páginas de la historia. "Por eso me parecía imposible que mi novela fuera seleccionada este año", cuenta, "Eran demasiadas circunstancias que hacían improbable que saliese ganador". Lo cierto es que, a pesar de estos factores coincidentes, a la hora de elegir la novela premiada el jurado ha destacado “la admirable arquitectura de una novela honda y exigente que indaga en los entresijos del tiempo, la violencia en un escenario rural mexicano y la condena de la conciencia a través de las generaciones”.  
El cielo árido será publicado en noviembre de 2011 por Mondadori, y en breve ampliaremos información sobre la obra. Emiliano Monge nació en la Ciudad de México el 6 de enero de 1978. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde actualmente imparte clases. Ha publicado relatos, crónicas y reseñas literarias en Letras Libres, La Jornada y en el suplemento de libros Hoja por Hoja del periódico Reforma. Asimismo, ha publicado la colección de relatos Arrastrar esa sombra (2008) y la novela Morirse de memoria (2010). La ceremonia de entrega de premios tendrá lugar el próximo 30 de Noviembre.

El País

Escuela de rebeldía

En Barcelona, entre 1914 y 1921, el número de obreros asesinados por la patronal ascendió a 523... En un solo día los médicos barceloneses efectuaron 36 autopsias de obreros asesinados... El 10 de marzo de 1923, el general Primo de Rivera, desde el poder central, estableció la dictadura y prohibió la Confederación Nacional de Trabajadores, reprimiéndola ferozmente... Ése es el «ambiente» en el que se desarrolla esta trágica y reveladora novela, donde la muerte tiene el sello de los pistoleros de la extrema derecha, pagados por gran parte de la patronal catalana. 

Sin duda, estamos ante una pieza narrativa interesantísima, a la vez que documento esencial sobre una época tan trágica como fascinante, y de necesaria revisión hoy en día.

 Escuela de rebeldía fue publicada por primera vez el 30 de marzo de 1923 (veinte días después del asesinato de su autor) y narra la vida, amores y anhelos de un joven obrero en la Cataluña de las primeras décadas del siglo XX.


NOTA DE LOS EDITORES

En los minutos finales de la interesante película de Antonio Drove La verdad sobre el caso Savolta (1979), basada en la novela homónima de Eduardo Mendoza, uno de sus protagonistas, acaso el más triste y el más complejo, interpretado por el gran Ovidi Montllor, nos deja ver algunas de las fichas de los anarquistas asesinados por la patronal. Entre ellas, como nos muestra un plano casi cenital, está la de Salvador Seguí... Entretanto, una voz en off va desgranando su terrible letanía en un montaje de muertes y pagos inspirado, sin duda, en El Padrino de Coppola: «En noviembre de 1920 es nombrado gobernador civil de Barcelona Martínez Anido, que declara ilegal la CNT... En Barcelona, entre 1914 y 1921, el número de obreros asesinados por la patronal asciende a 523... El 30 de noviembre de 1920 Francesc Layret, abogado de los obreros de Cataluña, es asesinado por pistoleros del Sindicato Libre cuando intentaba conseguir la libertad de Companys, Salvador Seguí (El noi del sucre) y otros sindicalistas detenidos... En un solo día, el 21 de enero de 1921, los médicos barceloneses efectuaron 36 autopsias de obreros asesinados... El 10 de marzo de 1923, el general Primo de Rivera, desde el poder central, establece la dictadura, prohíbe la Confederación Nacional de Trabajadores, reprimiéndola ferozmente, favorece el Sindicato Libre creado por la patronal...».

Boomerang

martes, 25 de septiembre de 2012

Libros en busca de una segunda vida

Es uno de los clásicos de las fiestas de la Mercè, aunque no aparece en su apretado programa de actos. Pero los amantes de los libros saben que tienen una cita en el céntrico paseo de Gràcia durante la Feria del Libro de Ocasión Antiguo y Moderno. Este año cumple 61 ediciones ininterrumpidas con la intención de dar una segunda oportunidad a miles de libros que parecen condenados a no ser leídos nunca más.

Durante los 18 días de feria, se rendirá homenaje al escritor Enric Casasses, al artista recientemente fallecido Antoni Tàpies y a la dibujante Pilarín Bayés, que ha realizado el cartel con sus clásicas figuras. Los organizadores esperan que 500.000 personas visiten la feria hasta el 7 de octubre. Albert Obradors, presidente de la feria, explicó durante la inauguración que los cerca de 100.000 libros que se ofrecen en las casetas (las mismas que en la edición anterior) provienen de librerías de viejo catalanas, pero también de Madrid, Granada, Valencia y Pamplona, que han ocupado la parte baja del paseo. Los visitantes también podrán ver la exposición Antoni Tàpies, amic dels llibres, formada por una cincuentena de libros, carteles y fotografías sobre el artista.
Según Obradors, la feria más antigua de Europa en su estilo, sirve para “aumentar la visibilidad de las librerías de viejo, grandes desconocidas por el público general”.

En la cita, donde se exponen 100.000 libros, el sector factura el 20%

Entre los miles de libros, carteles y revistas apilados en armarios, estantes y cajones que hacen las delicias de los aficionados que buscan libros descatalogados y joyas bibliográficas que no se pueden localizar en ningún otro lugar, Obradors destacó como especiales el manuscrito de La emparedada de Burgos, de Ramón Gómez de la Serna; la obra Novísimo glosario de Eugenio d’Ors, del propio autor, y un ejemplar de la revista Cu-cut. Enric Casasses, premio nacional de literatura 2012, fue el encargado de realizar el pregón, en el que repasó su infancia y adolescencia literaria para acabar asegurando que “cada libro puede ser una bomba”.

La inauguración corrió a cargo de Jaume Ciurana, quinto teniente de alcalde de Barcelona, quien valoró que el primer acto de las fiestas de la Mercè esté relacionado con los libros, ya que Barcelona “ama la literatura y la cultura”. Ciurana añadió que “la ciudad tiene ambición de capital literaria, de escritores, y vocación de capital de editorial”. En su opinión, las librerías de viejo no solo difunden la cultura, sino que forman parte del patrimonio. Los organizadores esperan que de los miles de personas que estos días pasen por el paseo, al menos 40.000 compren alguno de los libros, que tienen precios tan variados que pueden ir desde uno hasta 12.000 euros. De hecho, la facturación de la feria representa el 20% de la de todo el año.

El País

Criticar ficción

Criticar ficción no es un libro para críticos literarios, sino para lectores preocupados por los mecanismos de la ficción y sus alrededores, dispuestos a conocer la visión de Edith Wharton tanto sobre la crítica como sobre la ficción, en sus sentidos más amplios. Un volumen en el que la gran escritora analiza las tendencias y los valores de la literatura, repasa la relación de la crítica con las obras o el concepto de "gran novela americana", rinde tributo a sus autores de cabecera, reflexionando, además, de manera espléndida sobre su propia obra.

Wharton, además de una novelista absolutamente actual, cuyos libros se reeditan continuamente, fue durante toda su carrera una activa divulgadora de la lectura y la escritura, de la gran literatura en todas sus formas. En sus ensayos y artículos Wharton se ocupó de la obra de contemporáneos como Henry James y de clásicos como Proust o Eliot, trazó perfiles biográficos de sus autores predilectos, reseñó los títulos que consideraba necesarios, analizó los vicios y virtudes de la crítica de libros y tendió puentes, en definitiva, entre la creación literaria y su recepción, es decir, unió en una misma la mirada del autor y la del lector. 

"Será tarea del crítico, así como su particular honor, detenerse sobre todo en la naturaleza del excelso don de esos escritores, esa facultad divina y capaz de evocar la vida que, independientemente del método al que recurra para expresarse, es la base del arte del novelista y el resultado no sólo de esa norma o teoría, sino de la intensa y paciente ponderación de la profundidad de la propia vida", Edith Wharton.


LITERATURA Y CRÍTICA
En cuestión de crítica literaria las modas cambian con la misma rapidez que en el vestir. No hace muchos años los críticos estaban dispuestos a considerar grande cualquier novela que fuese deprimente: ahora insisten en que ninguna novela que sea deprimente puede ser grande.
Este último punto de vista es acertado en un sentido: para el lector refl exivo ninguna obra literaria de calidad puede ser deprimente. Pero no es esto lo que el crítico quiere que se entienda. Hace unos cuantos años, un escritor resumió en
una conocida revista literaria la popular teoría del arte de la fi cción, aunque de manera un tanto naif: «La verdad en cuanto a la literatura de fi cción, en este preciso momento, es que debe ser animada para ser buena... Aunque la literatura
pueda proporcionar muchas otras cosas, si no ofrece sustento, luz, y comodidad para las horas de ocio del lector de mediana edad, ha fracasado en su misión elemental». Si condensamos «sustento, luz, y comodidad» en la palabra «felicidad» encontraremos la fórmula del crítico medio, inglés y estadounidense: «La ficción, para ser buena, debe hacer feliz al lector».

Boomerang

lunes, 24 de septiembre de 2012

Prodigiosos mirmidones. Antología y apología del dandismo

¿A qué llamamos "dandismo"? Durante casi dos siglos, este concepto ha sido aplicado a una heterogénea estirpe de individuos excéntricos, refinados y, en cierto modo, raros. Por supuesto, la estoica sobriedad de George Brummell es muy distinta del refinamiento de los decadentes franceses o de la "elegancia de la clase obrera" que tanto enorgullecía a determinadas subculturas británicas de los años sesenta. Prodigiosos mirmidones trata precisamente de esa evolución y de esa pluralidad, ofreciendo un recorrido por las distintas formulaciones del dandismo a través de lo literario: una amplia selección de relatos, ensayos, artículos y fragmentos de novelas que documentan la evolución del dandi desde las fashionable novels decimonónicas hasta las acepciones postmodernas del término. 


PRÓLOGO

La bella provocación de lo diferente
-Pinceladas dandis-
Luis Antonio
de Villena 

Escribía Baudelaire -que fue un dandi y más que un dandi- que el dandismo «era el último resplandor de heroísmo en la decadencia». De algún modo venía a entender que el dandismo pondría el punto final a la era burguesa y a ese mundo de la civilización industrial y mecanicista muy siglo xix, juzgado de mal gusto y feo por casi todos los artistas, pero que lejos de desaparecer persevera bajo formas, naturalmente, muy cambiadas... Es decir, que el dandismo puede seguir siendo -para los muy libres- ese destello final, ese relumbrón rebelde, no sabemos hasta cuándo...
El dandismo y el dandi eran, por tanto, una forma de protesta que, ya que contaban con el arte y la belleza, tenía que ser bella, aunque resultara chocante. El dandismo no era «ir elegante», casi al contrario, pero significaba, eso sí, una elegancia otra, distinta, y por eso -con el paso de los años- se llegaron a confundir.
El dandi es producto inicialmente inglés -fruto evidente del romanticismo inglés- y por eso la voz «dandy» surgió y se propagó pronto desde Inglaterra, aunque no esté nada claro su origen. Según las últimas teorías, la voz «dandy» sería una onomatopeya cinética, esto es, una palabra que -como «zigzag»- quiere imitar un movimiento. En este caso, esas dos sílabas -«dan-dy», a un lado, al otro- evocaban el modo de andar, llamando la atención, con un leve contoneo, de un varón que se quería moderno, distinto y algo provocador: el dandi. William Beckford, literato extravagante, y uno de los claros precursores del dandismo, gustaba de pasear a caballo por los campos que rodeaban su palacio-abadía de Fonthill, cerca de Bath, con hábitos de monje medieval y capa oscura, rodeado de enanos, también encapuchados de negro... Las buenas gentes que los veían pasar al galope -quizás estaba curando su melancolía, porque el dandi es melancólico- se persignaban al verlos, creyendo que se trataba de Luzbel y su mesnada diabólica. Ignoraban todavía que Beckford simpatizaba con Luzbel, no sólo como ángel caído, sino, y muy especialmente, por ser «el más bello de los ángeles».

domingo, 23 de septiembre de 2012

Las limitaciones de la racionalidad

El psicólogo israelí Kahneman obtuvo el Premio Nobel de Economía en 2002 por integrar parte de los avances de su disciplina en el análisis económico y, en particular, por sus investigaciones sobre los juicios y la toma de decisiones bajo incertidumbre. En los últimos años también se ha concedido este galardón a otros investigadores que, no partiendo de la economía, aplicaron sus conocimientos a esta disciplina. Este es el caso de la recientemente fallecida Elinor Ostrom, que consiguió el Nobel en 2009 por su estudio sobre la gestión de los bienes de propiedad común.

Kahneman centra su investigación, no en lo irracional del comportamiento humano, sino en las limitaciones de la racionalidad cuestionando la aproximación de los economistas a este tema. Desde los años sesenta, y gracias a trabajos como los del también laureado con el Nobel Gary Becker, lo que distingue a la economía de otras disciplinas no es el tema de estudio (la riqueza, los mercados o los precios), sino la forma de analizar otras cuestiones como el matrimonio o la discriminación racial. Es decir, el ámbito de la economía se extiende —de ahí que se acuse a esta disciplina de ciencia imperialista— a aquellos aspectos del comportamiento humano en los que los medios son escasos, y los fines, competitivos. Para ello se parte de las hipótesis de la conducta racional (es decir, los agentes se comportan como si maximizaran sus propias funciones de utilidad sujeta a restricciones presupuestarias, temporales y de producción) y de la estabilidad de las preferencias. Becker, en su discurso de aceptación del Nobel, afirma que los individuos maximizan el bienestar “como ellos lo conciben, ya sean egoístas, altruistas, leales, rencorosos o masoquistas”.

Kahneman cuestiona no sólo que la gente sea racional en todas las ocasiones, sino que emociones como el miedo, el afecto y el odio expliquen la mayoría de las situaciones en las que los humanos se alejan de la racionalidad. Su intención es buscar el origen de los errores en el diseño de la maquinaria de la cognición más que en la alteración del pensamiento por la emoción.

Pensar rápido, pensar despacio

Daniel Kahneman

Traducción de Joaquín Chamorro Mielke Debate. Barcelona, 2012
666 páginas. 24,90 euros (electrónico: 15,99)

Describe la vida mental con la metáfora de dos agentes. El Sistema 1, que produce pensamiento rápido, intuitivo y con apenas esfuerzo, y el Sistema 2, lento, perezoso, no siempre activado y que requiere cálculos complejos y atención. El Sistema 1, por ejemplo, no sabe resolver automáticamente el problema de multiplicar 28×53. El Sistema 2, en cambio, con ciertas limitaciones, es el único que puede seguir reglas, comparar objetos en varios de sus atributos y hacer elecciones deliberadas entre opciones. Esta división del trabajo es muy eficiente, pero siempre hay que tener en cuenta que en el Sistema 1 hay sesgos y no se puede desconectar a voluntad. Así tenemos dificultad de apreciar nuestros errores, aunque nos resulta más fácil detectar los ajenos. En este libro, en definitiva, se muestra que el Sistema 1 es más influyente de lo que nuestra experiencia nos dice, y es “el secreto autor de muchas de las elecciones y los juicios que hacemos”.

Las dificultades del pensamiento estadístico muestran tanto la limitación de nuestra mente y que tengamos una excesiva confianza en lo que creemos saber, como la aparente incapacidad para reconocer las dimensiones de nuestra ignorancia y de la incertidumbre del entorno en el que vivimos. Kahneman, influido por Nassim Taleb (autor del best seller El cine negro), ilustra con numerosos ejemplos que somos propensos a sobrestimar lo que entendemos y a subestimar el papel del azar: “La maquinaria del Sistema 1, que a todo da sentido, nos hace ver el mundo más ordenado, predecible y coherente de lo que realmente es” y “La ilusión de que uno ha entendido el pasado alimenta la ilusión de que puede predecir y controlar el futuro”. Este es el caso de muchos inversores que predicen ligeramente mejor que el resto de sus conciudadanos, pero desarrollan “una ilusión de su aptitud algo mejorada, lo que hace que tengan un exceso de confianza poco realista”. Por tanto, aunque no podemos culpar a nadie de fracasar en sus predicciones en un mundo impredecible, sí que habría que llamar la atención a aquellos profesionales que creen que pueden tener éxito en esta tarea imposible. Las pretensiones de tener intuiciones correctas en una situación impredecible significan cuando menos engañarse.

No cabe duda de que este análisis interdisciplinar es muy enriquecedor, pero sin olvidar que los modelos económicos no mantienen que los individuos sean racionales, sino que suponen que son racionales, y partiendo de esta hipótesis y otras igualmente sencillas han tenido éxito explicativo en diferentes campos de la teoría económica. Sirvan de ejemplo los avances que se han producido en el estudio de las instituciones que facilitan o dificultan al individuo tomar decisiones en un marco de recursos escasos y fines alternativos.

El País

Los dos polos de la novela norteamericana

Algunos novelistas norteamericanos de relieve nacidos a lo largo de la década de los setenta: Nicole Krauss, Dave Eggers, Nathan Englander, Gary Shteyngart, Teju Cole, Jonathan Safran Foer. Década de los sesenta (el cómputo se amplía considerablemente): Jeffrey Eugenides, A. M. Homes, Rick Moody, Chuck Palahniuk, David Foster Wallace, Jennifer Egan, Michael Chabon, Jonathan Lethem, Joseph O’Neill, Aleksandar Hemon, Colum McCann, Chang Rae Lee, Sherman Alexie, Junot Díaz, Colson Whitehead. Si queremos entender bien el estado de la cuestión en el panorama novelístico actual de los Estados Unidos conviene añadir los nombres de William Vollmann y Jonathan Franzen, ambos nacidos en 1959. La lista entera gravita alrededor de dos polos antagónicos, ocupados por David Foster Wallace y Jonathan Franzen. El primero representa una indagación rigurosa en torno al arte de novelar. En cuanto a Franzen, simboliza el triunfo de un modelo convencional de narrar. Su mérito, extraordinario, consiste en mantener el pulso firme mientras avanza, entre las Escila y Caribdis representadas de un lado por la ley del mercado y de otro, por la vulnerabilidad del lector.
Entre uno y otro extremo hay toda una gradación. Un grupo aparte lo constituyen los narradores cuya obra se ancla en la afirmación de su identidad (Alexie, Díaz, Rae-Lee, Whitehead). Otros (Eggers, Homes, McCann, Egan, Moody, Cole) han demostrado ampliamente su talento en obras de considerable audacia, envergadura y honestidad. En realidad, esto se puede afirmar de buena parte de los integrantes de la lista, con un matiz: en muchos casos, estamos ante trayectorias desiguales, con altibajos a veces vertiginosos (Safran Foer). Otros autores suponen un enigma, como Chabon, que tras varios aciertos y decepciones acaba de publicar su mejor libro (Telegraph Avenue). En realidad es normal: todos estos escritores se encuentran a mitad de carrera y no es posible saber qué pueden dar de sí.

En el fondo, se trata de calibrar la relación entre talento y autenticidad, algo que no permite muchas florituras. A la hora de enfrentarse a su imaginación, los escritores solo tienen dos posibilidades: arriesgar o jugar sobre seguro. El asunto lo vio bien desde la otra orilla del Atlántico la británica Zadie Smith (1975). Novelista y ensayista de talento, y admiradora profesa de Foster Wallace, de quien afirma sin ambages que fue un genio, Smith publicó en 2010 un acerado ensayo sobre el futuro de la ficción en lengua inglesa, Los dos caminos de la novela. El ensayo llamó la atención por la virulencia con que arremetía contra Netherland, novela de gran éxito, escrita por uno de los autores de nuestra lista, el irlandés-americano Joseph O’Neill. Lo interesante de la argumentación de Zadie Smith es que es perfectamente aplicable a no pocos de los escritores antes mencionados. Según la novelista, la trampa que tiende O’Neill consiste en propiciar una acomodaticia estética del adormecimiento, gracias a la hábil manipulación de las carencias psicológicas del lector, a quien se proporciona un blando consuelo emocional y estético. Smith caracteriza el taimado sentimentalismo practicado por O’Neill como “realismo lírico”. Resulta refrescante leer un comentario sólidamente argumentado que sirve para contrarrestar los criterios tanto de cierta crítica como de la insidiosa retórica del marketing. Huelga decir que no estamos ante un ataque ad hominem. En realidad Netherland opera como síntoma. A modo de antídoto, Smith propone la lectura de Residuos (2005), del inglés Tom McCarthy, una novela fascinante. La cuestión es demasiado compleja como para abordarla aquí, pero conviene no perder de vista una denuncia tan lúcida como la que hace Smith, una denuncia que a fin de cuentas no viene sino a ser una encendida defensa de los derechos del lector.
¿Qué lugar ocuparía Nicole Krauss en esta gradación? La propia Zadie Smith fue objeto de una rigurosa descalificación por parte de James Wood, uno de los críticos más solventes de Estados Unidos, quien tildó su forma de novelar de “realismo histérico”. El universo de Krauss no está demasiado alejado del de O’Neill, pero ello no quiere decir que la poética de estos dos novelistas, sea o no sentimental, no sea una opción perfectamente válida.

El País

viernes, 21 de septiembre de 2012

Prisionero de la obra escrita

Aunque ello sorprenda a algunos lectores, no me he recatado nunca de manifestar mi admiración por la obra de Menéndez Pelayo. Ningún escritor español de su época ni de las décadas siguientes a la publicación de la Historia de los heterodoxos y Las ideas estéticas en España tuvo un conocimiento de la literatura y del pensamiento hispanos equiparables al suyo. A esa insaciable pasión cognitiva tras dos siglos de ignorancia del propio pasado y de un cruel desmayo de nuestras facultades creativas habría que añadir su dominio extraordinario de un idioma cuya riqueza léxica y variedad de matices no admite comparación alguna con el de sus contemporáneos ni con los ensayistas de las dos primeras décadas del pasado siglo, con excepción de Alfonso Reyes y Manuel Azaña.

Por dicha razón, he leído con vivo interés el ensayo de Christopher Domínguez Michael, “¿Maldito sea el martillo de herejes?”, publicado en el número de julio de la revista mexicana Letras libres, con motivo del centenario de la muerte del polígrafo santanderino. Dicho ensayo pertenece al género de las obras que esperan ser escritas desde hace largo tiempo y, en razón de ello, nos ofrece una excelente ocasión de rehacer la imagen icónica de un autor, abominado por unos, incensado devotamente por otros y desconocido hoy por los más.

Christopher Domínguez Michael centra su trabajo en dos puntos esenciales en la percepción actual de Menéndez Pelayo: el de su evolución hacia posiciones más abiertas y liberales en el ámbito literario (tenía por ejemplo muy alta estima por la obra de Galdós y Clarín), y el de lo que denomina la “triple maldición” de que es objeto desde su fallecimiento: el aislamiento intelectual de España que impidió una proyección europea de su ambiciosa empresa intelectual de crítico e historiador (Gracián fue el último autor anterior al siglo XX que influyó fuera de nuestras fronteras, ya en los enciclopedistas, ya en Guy Débord); la apropiación de su obra por el nacionalcatolicismo y la Cruzada de Franco; y su malhadado desencuentro con la generación del 98 y el movimiento poético modernista. Sumados los tres infortunios, se convirtieron en una sepultura similar a la que custodia sus huesos en la catedral de Santander después de su traslado solemne en 1956, en una ceremonia presidida por el caudillo. Fuera de excepciones, como la de Dámaso Alonso, Menéndez Pelayo dejó de leerse con el libre entendimiento que exige, y permaneció injustamente arrumbado en el desván de las antiguallas.

No podemos ignorar la otra faz del justamente llamado “martillo de herejes”
Confesaré de entrada mi deuda con él. La lectura temprana de sus Heterodoxos me puso sobre la pista de un puñado de autores que contribuyeron de modo decisivo a mi formación literaria e intelectual, autores completamente ignorados a veces durante siglos y que sólo él tuvo la curiosidad de leer. Si en los Archivos del Santo Oficio hallamos el martirologio de nuestra literatura —empleo la fórmula de Herzen para hablar de la rusa—, Menéndez Pelayo actuó de abrellaves poniendo a nuestro alcance a sus víctimas y rompiendo así la dicotomía entre lo leído y lo que no se debía leer. Su encarnizamiento con los disidentes del catolicismo oficial no excluye, como en el caso de Blanco White, una mal oculta admiración por sus logros artísticos. Si a veces erraba del todo, como en su descalificación de La lozana andaluza y de Góngora, tenía de ordinario buen tino y su prólogo a la edición conmemorativa del cuarto centenario de La Celestina supera con mucho lo que algunos especialistas en el tema escribieron con posterioridad. Cuando sus anteojeras ideológicas no se lo impedían, escribió bellísimas páginas sobre nuestros autores medievales y renacentistas. Su sentido del humor era igualmente notable y de él dan buena cuenta su divertida parodia de los krausistas o el retrato que traza del abate Marchena, sobre cuyo alter ego mexicano, Fray Servando Teresa de Mier, escribió Domínguez Michael una original biografía. Su burla de quienes ayunos de todo sentido poético y arrastrados por su desastrosa facilidad perpetran ripios o versos huecos, como nuestros bardos del XVIII, merece asimismo ser aplaudida.

Dicho esto, no podemos ignorar la otra faz del justamente llamado “martillo de herejes”. Su firme creencia en que “el genio español muere y se ahoga en las prisiones de la herejía y sólo tiene alas para volar al cielo de la verdad católica” le condujo a escribir enormidades cuya lectura sobrecoge y espanta a cualquier cabeza bien puesta. Pluma en ristre, arrebatado por su tenaz dogmatismo, Menéndez Pelayo arremete contra judaizantes, moriscos, luteranos, racionalistas, alumbrados, enciclopedistas, masones, liberales, esto es, contra quienes en vez de decir amén, se atreven a creer y a pensar por su cuenta. El temor al contagio judaico y herético, que llevó al establecimiento por Felipe II del “cordón sanitario” del que habla Bataillon, justifica a sus ojos la “enérgica reacción” del Santo Oficio sin grandes escrúpulos de conciencia respecto a quienes fueron reducidos a cenizas. Muy al contrario, califica de “sublime” la cólera del inquisidor que amenaza con su crucifijo a la infeliz beata ciega que persiste en sus “errores blasfemos” antes de ser ahorcada y entregado su cadáver a las llamas. ¡Y esto ocurre no en el siglo XV sino en 1776!

La abundancia de exabruptos sobre la “cizaña herética” y la “gárrula turba liberalesca” ocuparían docenas de páginas y por ello nos limitaremos a espigar unos pocos. Así, refiriéndose a los judíos expulsados primero de España y luego del recién incorporado Portugal, escribe:
“Solían ser hombres sin ley ni religión alguna, y esto nos explica los descarríos filosóficos de algunos pensadores israelitas de fines del siglo XVII, como Espinosa y Uriel da Costa”.

Y acerca de la expulsión de los moriscos, “aquel miembro podrido del cuerpo de la nacionalidad española”:

“Locura es pensar que batallas por la existencia, luchas encarnizadas y seculares de razas, terminen de otro modo que con expulsiones o exterminios. La raza inferior sucumbe siempre y acaba por triunfar el principio de nacionalidad más fuerte y vigoroso”.

Matizó algunos de sus puntos de vista. Pero no tuvo el valor de desdecirse de ellos
Su extremismo ideológico —su elogio del fanatismo— se expresa sin rodeos a lo largo de los Heterodoxos:

“Ley forzosa del entendimiento humano en estado de salud es la intolerancia. Impónese la verdad con fuerza apodíctica a la inteligencia, y todo el que posee o cree poseer la verdad, trata de derramarla, de imponerla a los demás hombres y de apartar las nieblas del error que les ofuscan”.

“La llamada tolerancia es virtud fácil; digámoslo más claro: es enfermedad de épocas de escepticismo o de fe nula. El que nada cree, ni espera en nada, ni se acongoja por la salvación o perdición de las almas, fácilmente puede ser tolerante. Pero tal mansedumbre de carácter no depende sino de una debilidad o eunuquismo de entendimiento”.

Con un daltonismo ético y anacronismo flagrante, semejantes a los de Menéndez Pidal, cuando contraponía el “simplicismo” de Las Casas en su condena de la esclavitud al criterio “moderno” de Francisco de Vitoria que le hallaba siete causas justificadas, fustiga a quienes defienden lo que hoy sostienen todos los ciudadanos de un país democrático. En su crítica de los liberales en las Cortes de Cádiz, elige como ejemplo de sus desvaríos la afirmación de Argüelles que no habrá “paz en las naciones mientras se pretenda que la religión debe influir en el régimen temporal de los pueblos”. 

¿Qué diría don Marcelino en nuestros tiempos de descreimiento y de “relativismo moral”?
Inútil continuar: con lo citado basta. Cierto que nuestro autor matizó y enmendó con discreción algunas de sus opiniones y puntos de vista. Pero no tuvo el valor de desdecirse de ellos. Convertido en santón de la derecha política y del catolicismo ultra, permaneció prisionero de la obra escrita. Con todo, ha llegado el momento de rescatar los elementos de su obra que hoy nos cautivan. Como dice el escritor mexicano al final del ensayo que comentamos, “que cese el maleficio”.

Juan Goytisolo es escritor.

jueves, 20 de septiembre de 2012

La mirada del paseante

Esta es una novela distinta. Es distinta en estructura, en la aplicación del punto de vista y en su escritura, lo cual es como decir que estamos ante un libro extraordinariamente sugestivo y un verdadero derroche de arrojo literario. Teju Cole es un escritor e historiador de arte, hijo de padres nigerianos, nacido en Michigan, criado en Nigeria y establecido desde 1992 en Estados Unidos. Ciudad abierta es su primera novela y entronca directamente con el gran creador de la literatura moderna, Charles Baudelaire, porque su narrador es un paseante que camina por la ciudad y mira. Hay en él un placer de mirar y sentir semejante al del flâneur de Baudelaire sintiéndose anónimo observador entre la multitud desconocida. En ambos se da esa visión de la ciudad moderna concebida como “desierto del hombre”, pero la singularidad de Cole está en que él, aunque vive y trabaja en la ciudad de Nueva York, la contempla con una mirada exterior, no nativa, y su intención es el conocimiento, no el descubrimiento de un sustancial cambio de modelo social.
El relato es también un repaso minucioso, y emotivo, de su propia historia
La novela debe también mucho a un escritor como W. G. Sebald: esa mezcla de narración, reportaje y observación que Sebald ajustó magistralmente en Los anillos de Saturno halla aquí su eco porque el narrador es un paseante que camina y observa, reacciona, se relaciona —principalmente con inmigrantes y, en estupendo contrapunto, con un viejo profesor de literatura y una cirujana belga— y, al aire de las pequeñas cosas y los pequeños sucesos, integra en la corriente de su relato de manera admirable los conflictos del mundo, bien políticos, bien morales y éticos; con ello, el flujo de pensamiento que lo acompaña en sus paseos se introduce en la propia descripción de la ciudad, que se muestra con una plasticidad (colores, objetos, sensaciones) deslumbrante. Es tan difícil mezclar bien todos estos aspectos de una narración que su novela se convierte en un logro memorable.

El narrador es un joven psiquiatra nigeriano establecido en la ciudad y el relato es también un repaso minucioso, y emotivo, de su propia historia, de su conciencia y su yo, del cual se desprende también la presencia y el hondo sentido de la inmigración y sus consecuencias, expuesto con serenidad y sentimiento. En cuanto a la estructura, fundada en la sucesión de paseos —y en una escapada a Bruselas muy bien elegida como contraste—, alterna pasado y presente, tanto de sí mismo como de sucesos y problemas de nuestro siglo, en una interrelación que se desliza de un tiempo a otro con gran naturalidad como, por ejemplo, el paso de la lluvia en la casa de Lagos a la lluvia de Bruselas. Junto a ello, la sensibilidad perceptiva del narrador, llena de referencias culturales, obvia esa trampa clásica del escritor primerizo de la referencia constante a las fuentes culturales y se muestra con frescura y convicción. Y lo mismo puede decirse de su andariega escritura, donde la descripción se llega a cargar de imágenes que no abruman y de otras de sugestiva sencillez, como cuando anda por la orilla del Hudson (“Escuchando el aliento del agua caminé por el paseo hacia el norte”).

Y esta novela es, quizá, una fascinante versión moderna de lo que antes se llamaba "novela de ideas". Transcurre en 2007, seis años después del atentado a las Torres Gemelas.

El País

miércoles, 19 de septiembre de 2012

El futuro de la lectura

Leemos todos los días. A todas horas. Inconscientemente. La información nutricional de la caja de cereales, las señales de tráfico, la factura de la electricidad, las vallas publicitarias. Conscientemente. Una novela de Jonathan Franzen, el periódico, el muro de Facebook, los resultados de una búsqueda en Google. Somos más lectores que nunca. Pero desde hace tiempo utilizamos esa vieja palabra, leer, para nombrar un acto que está en transición. Que no es lo que era. La lectura está cambiando y, con ella, nosotros, los lectores.

Día tras día leemos titulares sobre la desaparición del libro físico y los correspondientes desvelos de editores, libreros, bibliotecarios, pero, cuestiones de mercado aparte, nosotros, los lectores, ¿cómo leeremos en el futuro? ¿Qué entenderemos por libro? ¿Qué entenderemos por leer? ¿En qué soportes leeremos? ¿Cómo hablaremos de libros? ¿Dónde conseguiremos los libros?

1 Una vieja tecnología. ¿Qué entenderemos por libro?

“La tecnología es todo aquello que fue inventado después de que tú nacieras”. La cita es del ingeniero informático Alan Kay y hace referencia a esa idea generalizada de que tecnología es sinónimo de nuevo. Los ordenadores, los móviles, los GPS son tecnología. ¿Los libros? También, insiste Joaquín Rodríguez, editor, autor y responsable del blog Los futuros del libro. “Aunque nos preceda nueve siglos y sea algo natural en nuestras vidas”. El libro es una tecnología para muchos inmejorable: compacta, portátil, fácil de usar, barata, autónoma. Por eso precisamente ha tardado tanto en iniciar su tránsito hacia lo digital. “Los libros son artefactos increíbles”, reconocía Jeff Bezos, consejero delegado de Amazon, para luego añadir: “Son el último bastión de lo analógico”. Esa semana de noviembre de 2007 el gigante de Internet presentaba el lector electrónico Kindle.

Hasta hace no demasiado, la primera acepción del Diccionario de la Real Academia Española bastaba para describir qué era un libro: “Conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen”. Ahora empieza a haber consenso en torno a otra, propuesta por el veterano periodista, escritor y gurú del futuro Kevin Kelly: “Un único argumento o narrativa de extensión larga, sin importar su forma o si es en papel o electrónico”.
Siempre habrá libros muy aumentados, como los infantiles, con un despliegue muy llamativo
Una de las principales características de los libros del futuro es que “no serán un ladrillo inmutable”, escribe Craig Mod, editor, escritor y diseñador de la revista social Flipboard, en el texto Post-artifact books & publishing. Esas erratas que siempre se escapan a pesar de las múltiples revisiones podrán corregirse en posteriores actualizaciones, donde autores o editores no solo enmendarán errores, también ofrecerán nuevos contenidos a los lectores, práctica común en el terreno de las aplicaciones y con la que ya experimenta Nórdica Libros: El viento comenzó a mecer la hierba, de Emily Dickinson, pronto incluirá más poemas recitados. También los lectores contribuirán con sus notas a engordar el e-book que, en muchas ocasiones, será una lectura multimodal, es decir, podrá incluir letras, imágenes, enlaces, vídeos…

Aunque no conviene esperar fuegos artificiales de todos ellos, opina José Antonio Millán, autor de varios estudios sobre la lectura en España y responsable del blog Libros y Bitios. “Siempre habrá libros muy aumentados, como los infantiles, con un despliegue muy llamativo. También habrá obras científicas con muchas adiciones que facilitarán el estudio o la comprensión, pero la novela podrá seguir siendo novela. En una edición de Ulises podrás ver un mapa, por ejemplo. Pero hay veces que no hace falta nada”.

2 Leer palabras, leer imágenes. ¿Qué entenderemos por leer?

“Leer es una creación humana. No es natural sino una práctica social que cambia en cada momento de la historia, en cada comunidad y en cada contexto, aunque la palabra sea la misma. No es lo mismo lo que hacemos ahora que lo que hacíamos hace cincuenta años o lo que haremos dentro de otros cincuenta”, explica Daniel Cassany, profesor e investigador de Análisis del Discurso de la Universidad Pompeu Fabra y autor de En_línea. Leer y escribir en la red (Anagrama). Libro abierto, lector enfrascado, ese es el concepto de lectura, culta y profunda, que sigue arraigado. Pero leer ha crecido —y seguirá haciéndolo— en acepciones, importancia y dificultad. “Leer es más complejo porque leemos más imágenes, más documentos multimodales. Eso de leer una página con letras está totalmente muerto. En los textos habrá fotos, vídeos, letras y tendremos que relacionar todo para darle significado. Leer en el sentido de acceder a la información es mucho más fácil, pero si entendemos leer por comprender es más difícil, porque hemos pasado de leer lo que escribía la gente de nuestro alrededor con palabras que entendíamos a leer lo que escribe gente de todo el mundo”.

“Buscar en Google, utilizar un traductor para entender algo en inglés o francés, consultar un dato que desconocemos en la Wikipedia, todo es leer”, insiste Cassany. Simplemente tenemos que acostumbrarnos: leer es una actividad cada vez más tecnológica. De ahí que surjan nuevas acepciones. “Por ejemplo, la lectura de redes sociales es totalmente nueva, antes era oral. La gente socializaba cara a cara, por teléfono, por carta, en cambio ahora se pasa horas conectada a Facebook o Twitter”. Y que las clásicas cambien para adaptarse a los tiempos. “La lectura científica ha cambiado muchísimo. Yo hace veinte años leía revistas y libros. En cambio ahora esto es solo una parte, y no la más importante, de lo que hago. Cuando algo me interesa, lo primero es buscar el nombre del autor e ir a su blog, a YouTube, a Slideshare; los libros son complementarios. En cambio, leer literatura cambiará poco porque los autores principales van a seguir escribiendo libros y, en vez de leerlos en papel, los leeremos en un iPad, buscaremos una palabra en el diccionario o un topónimo en Wikipedia, subrayaremos o veremos qué personas han subrayado un determinado fragmento. Hay un enriquecimiento, pero se sigue leyendo la misma obra”.

3 Pantallas, pantallas, pantallas. ¿En qué soportes leeremos?

Más de la mitad de los españoles lee ya en soporte digital, según el informe Hábitos de lectura y compra de libros en España 2011 (el 52,5% de la población, aunque solo el 6,8% lee libros de esta manera). En ordenadores, teléfonos móviles, agendas electrónicas o e-readers (cuyo uso ha aumentado un 75% y alcanza el 3% de los entrevistados). Y “una gran mayoría” de los estudiantes son lectores digitales, así que no parece descabellado alegar que las lecturas del futuro se realizarán fundamentalmente en ordenadores, teléfonos inteligentes, tabletas y lectores electrónicos. Craig Mod considera que “los e-readers serán gratuitos en un par de años. Serán, en realidad ya lo son, los libros de bolsillo del mundo digital. Y las tabletas imperarán como aparatos universales de uso informático y de lectura”.
Hemos perdido la paciencia para esa lectura que favorece pensamientos pausados
Mod cuenta por correo electrónico que meditó sus respuestas desde una cabaña sin conexión a Internet que alquiló al norte de Nueva York para leer y escribir sin interrupciones ni tentaciones digitales. Ya lo advertía el periodista Nicholas Carr en Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus), “la Red atrae nuestra atención solo para dispersarla. Nos centramos intensamente en el medio, en la pantalla, pero nos distrae el fuego graneado de mensajes y estímulos que compiten entre sí por atraer nuestra atención”.

El estado natural de nuestro cerebro es distraído: excepcionalmente las páginas de los libros lograron la hazaña de mantenernos absortos durante horas, pero hoy parece improbable que las páginas de los libros digitales vayan a repetirla. Los dispositivos de lectura conectados ponen al usuario en el aprieto de tomar decisiones constantemente: ¿hago clic en el enlace? ¿Abro el vídeo? ¿Leo los comentarios de otros lectores? ¿Recomiendo el libro en Facebook? Un nuevo correo electrónico, ¿lo leo ahora o luego? ¿Y si echo un vistazo a Twitter o YouTube?

“A mí me preocupa que todos queramos lecturas más breves y sencillas. Hemos perdido la paciencia para esa lectura que favorece pensamientos pausados y nos transporta a niveles de significado más profundos”, explica Maryanne Wolf, psicóloga experta en lectura y autora de Cómo aprendemos a leer (Ediciones B). ¿Y qué pasaría si se confirmasen sus temores? “La lectura profunda abarca toda una serie de procesos sofisticados que nos permiten inferir lo que no se dice en el texto a partir de lo que sí se dice. Igualmente importante, nos permite reflexionar crítica y analíticamente sobre lo que está escrito para no aceptarlo sin que medie un verdadero pensamiento. Con la lectura profunda podemos trascender lo escrito para alcanzar reflexiones superiores y, en ocasiones, originales. Sin ella, el lector permanece en la superficie del conocimiento y queda a merced de todo lo que lee”, explica desde Boston.

Y no es el mejor momento para hacerlo. “Los lectores nunca se han enfrentado a tal cantidad de información ni han estado tan necesitados de lectura crítica y analítica como ahora. Asusta pensar que los nuevos lectores utilicen el común denominador de ‘lo que es más popular en número de visitas en un servidor de Internet’ como la base de sus opiniones y creencias. No es que la cultura digital sea enemiga de la cultura literaria, pero tiene la capacidad de destruir o erosionar los mejores aspectos de ella: el cerebro capaz de leer con profundidad”.

¿Desaparecerá el libro de papel? No, pero evidentemente perderá relevancia. Y al haber menos libros físicos, su método de producción se adaptará. Tanto Joaquín Rodríguez como José Antonio Millán coinciden en que predominará la impresión bajo demanda. “Tradicionalmente, el editor imprime y a lo mejor vende. Imprimir después de que la venta se haya producido es una ventaja y el cliente ni siquiera tiene que saber que el libro se está generando digitalmente. Esa vieja usanza de la impresión offset desaparecerá, excepto para grandes tiradas de best sellers”, argumenta Rodríguez. Aparte de los editores, recalca Millán, también los lectores saldrán ganando. “Encargar una obra en papel para retirar inmediatamente será un excelente servicio. Por ejemplo, el lector podrá entrar en una web de compra, encargar el libro en impresión bajo demanda, pagarlo y recogerlo en su barrio, donde habrá varios puntos, o en una máquina expendedora, como ya ocurre con las entradas. Es probable que surjan estructuras parecidas porque son buenas para todos”.
El 90% de los usuarios de las comunidades online nunca hace ningún tipo de aportación,
4 La era de la lectura social. ¿Cómo hablaremos de libros?

“El tema central de la literatura es la sociedad y cuando nos perdemos en un libro recibimos una lección sobre las sutilezas y los caprichos de las relaciones humanas. Varios estudios han demostrado que la lectura tiende a hacernos más empáticos, más alerta con las vidas interiores de los demás. El lector se abstrae para así ser capaz de conectar más profundamente”, escribe Nicholas Carr. Es cierto que hablar de lectura social suena a oxímoron porque tradicionalmente ésta ha sido una actividad solitaria. Antes la lectura sólo se hacía social —en realidad, más social, si atendemos a Carr— cuando cerrábamos el libro y lo comentábamos con otras personas, pero en el presente, y cada vez más en el futuro, esa sociabilidad estará más cerca, dentro de los márgenes del libro.

El fragmento de Nicholas Carr está extraído de un texto titulado ‘The dreams of readers’ perteneciente al libro Stop what you’re doing and read this! y lo han subrayado, informa Kindle, 11 personas. Con las pantallas la lectura estrena una nueva capa de sociabilidad: al leer podemos anotar y exportar nuestras notas, subrayar, añadir marcadores, compartir fragmentos en el muro de Facebook o comentarios en Twitter y ver qué han subrayado, marcado o comentado otras personas que hayan leído el mismo libro… Bob Stein, pionero del libro electrónico y director del Institute for the Future of the Book, está convencido de que sus nietos no concebirán otra forma de leer: su lectura será siempre en compañía.

Tanto Millán como Rodríguez reconocen el potencial de la lectura social, pero rebajan el entusiasmo de Stein apelando al principio 90-9-1 que, al menos por ahora, impera en la cultura digital y que dice que el 90% de los usuarios de las comunidades online nunca hace ningún tipo de aportación, el 9% participa comentando, editando y generando contenidos de vez en cuando y el 1% monopoliza la actividad. “Que todo el mundo que lea en un Kindle o Tagus haga subrayado social y comentarios es mucho pensar”, cuestiona Millán. “Tengo mis dudas empíricamente contrastadas. Tengo un blog hace mucho tiempo, uso Internet y me meto en muchos sitios, y verdadero diálogo, crítica y trabajo cooperativo he encontrado en muy pocos lugares”, apunta Joaquín Rodríguez.

5 Menos estanterías, más personas. ¿Dónde conseguiremos los libros?

Para imaginar lo que será una biblioteca del futuro basta con seguir los pasos de la Biblioteca Pública de Nueva York, institución de referencia mundial que se está aplicando para que su importancia quede intacta en el siglo XXI. El plan es el siguiente: dos millones de volúmenes, que hasta ahora ocupan ocho plantas de su sede central, serán trasladados a dos almacenes externos para así poder crear un nuevo espacio público ideado por el arquitecto Norman Foster. Donde antes había estanterías, habrá hileras de ordenadores, cafeterías y zona wifi. “La propia forma de la biblioteca está asumiendo esa dimensión poliédrica donde habrá espacio para libros, para textos electrónicos, pero también para muchas otras fuentes diferentes y donde el bibliotecario tendrá una personalidad distinta”, explica Rodríguez. Será un mediador, en palabras de Cassany. “Hasta hace poco los bibliotecarios han estado muy preocupados por el catálogo: conseguir fondos para la biblioteca, archivarlos, etiquetarlos con los sistemas universales idóneos. Y ahora, como Internet hace accesible toda la información, este trabajo ha perdido interés y su día a día está volcado en la atención al usuario, la formación, lo que se llama alfabetización informacional, es decir, el fomento de esa capacidad de entender en un mundo en el que es más complejo hacerlo porque estamos infoxicados”.
Y es que acercarse a la biblioteca simplemente para sacar un libro será algo excepcional. Los textos serán —en su mayoría— digitales y las gestiones online, como ya ocurre en la Biblioteca Pública de Nueva York. Desde el año pasado, sus usuarios pueden hacer buena parte de los trámites desde la web o desde una aplicación instalada en un teléfono inteligente: buscar en el catálogo, reservar un título, renovar un préstamo… Y si el libro o revista está disponible en formato electrónico, puede descargarlo y, cuando termine el plazo, el contenido simplemente desaparecerá del aparato.

El futuro pertenece a la lectura digital y, por supuesto, a las librerías online. Las de toda la vida resistirán solo si cambian. “No pueden seguir aspirando a ocupar el mismo espacio porque obedecen a un modo de producción que necesitaba que el territorio se irrigara a través de esa red comercial. Si el contenido ya no se distribuye de esa forma, esos espacios no son estrictamente necesarios a no ser que se especialicen y / o multipliquen sus servicios. Las librerías ya se están convirtiendo en espacios más convivenciales, donde se busca una lectura social, una presentación, una charla. Mientras vayan a eso y entiendan que tienen que utilizar las tecnologías digitales, sobrevivirán”, concluye Joaquín Rodríguez.

Libros y blogs
En_línea. Leer y escribir en la red. Daniel Cassany. Anagrama. 288 páginas. 19,90 euros (electrónico: 14,99).
Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Nicholas Carr. Traducción de Pedro Cifuentes. Taurus. 344 páginas. 19,50 euros (electrónico: 11,99).
Stop what you’re doing and read this! Nicholas Carr. Vintage, 2011. www.nicholasgcarr.com/
Cómo aprendemos a leer. Maryanne Wolf. Traducción de Martín Rodríguez-Courel. Ediciones B. 320 páginas. 5,95 euros.
El viento comenzó a mecer la hierba. Emily Dickinson. Traducción de Enrique Goicolea. Ilustraciones de Kike de la Rubia. Nórdica Libros. 112 páginas. 16,50 euros.
Los futuros del libro. Joaquín Rodríguez. futurosdellibro.com/
Libros y bitios. José Antonio Millán. jamillan.com/
Craig Mod. craigmod.com
Hábitos de lectura y compra de libros en España 2011. Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). www.federacioneditores.org/

martes, 18 de septiembre de 2012

El predicador del rock

Brandon Flowers y sus Killers pastorean a 20.000 almas con un repertorio más efectista que sustancioso.

Era el hombre más esperado no ya de la noche, sino del verano, y lo sabía. Apareció Brandon Flowers solemne, con chupa negro de cuero y un rapado casi a lo marine, interpretó las primeras estrofas de Runaways y anunció, en un castellano muy aceptable: “Hola, Madrid. Nosotros somos The Killers y esta noche vamos a por todas”. Sabe lidiar con las masas el joven y orgulloso papá de Ammon, Gunnar y Henry, le encanta hacerlo y ejerce la zalamería con aplomo y naturalidad. Porque sabía el nombre de la ciudad que le acogía en esta madrugada de domingo, pero su repertorio y sus tics fueron prácticamente los mismos que en toda la gira estival por Europa.

El cuarteto de Las Vegas ha alcanzado un estrellato cuestionable en términos artísticos pero abrumador en los numéricos, y parece dispuesto a ejercerlo mientras le dure. Este sábado dispusieron de tres Mercedes para desplazarse por la capital, se acercaron por Getafe para contemplar las diabluras de Messi y demás artistas blaugranas, y terminaron cenando en la azotea del Ayuntamiento, con vistas privilegiadas a Cibeles y media ciudad. Superada ya la medianoche, cumplieron con su cometido en la explanada de Cantarranas ante 20.000 personas que, en algunos casos, llevaban apostadas desde media tarde en las primeras filas. Y resolvieron la papeleta con profesionalidad pero sin despeinarse, que para eso alguno había pasado también por la peluquería.

El repertorio de The Killers es resultón, pero desigual. Su actitud, en cambio, es mucho más regular: resultan con frecuencia irritantes. Todo gira en torno a la apolínea figura de Flowers, hombre guapo, estiloso y de blanquísima dentadura al que las delegadas en una convención del Tea Party elegirían por mayoría absoluta como el yerno ideal.

Su aproximación al rock (o al pop-rock, o al pop bailable) tiene algo de arenga. Es mesiánica y distante, doctrinaria y canónica, de una heterosexualidad químicamente tan pura como en la integral de películas de Bud Spencer. Y la sensación de que el mormón de Las Vegas nos está sermoneando se agudiza cuando toca un tecladito a pie quieto, en un atril (o púlpito) bastante hortera con forma de rayo.

Empeñados en pisar territorio seguro, Brandon y sus chicos apenas recurrieron al repertorio de su inminente quinto disco, Battle born, y suministraron todos los éxitos anteriores con dinámica funcionarial. Muchas de esas 20.000 almas que se agolpaban en la Ciudad Universitaria habían adquirido la entrada solo por verlos; incluso por primera y única vez en todo el festival Dcode, el sonido resultó insuficiente. Pero es difícil sustraerse a la sensación de trabajo rutinario cuando desde el escenario se transmiten tan pocas vibraciones.

The Killers enarbolaron algunos buenos temas, como el oscuro y seductor Smile like you mean it, el incontestable Mr. Brightside o el todavía inédito Miss Atomic Bomb, que va creciendo y volviéndose contagioso. Otros, sin embargo, se antojan más tontorrones (Somebody told me) o casi marciales (This is your life). Algunos estribillos no ocultan su afán por reventar estadios, desde Spaceman a For reasons unknown, con esos oooh oooh ooh y la invitación a que las masas agiten sus brazos a derecha e izquierda. Y cuando en Bling (Confessions of a king) retornan los redobles militares, puede que a los más fieles de Flowers les entren ganas de invadir Afganistán.

En un gesto acaso aquiescente, nuestro predicador intercala en mitad del concierto una lectura de Shadowplay, de Joy Division, quintaesencia de eso que pomposamente llaman “grupo de culto”. Pero no nos llevemos a engaño: la segunda versión de la noche le correspondió a Forever young, de Alphaville, quintaescencia de eso que conocemos como “balada ñoña de los años ochenta”. Es lo que hay. A la hora y media en punto, Flowers, Keuning, Stoermer y Vannucci recogieron los bártulos. Y a otra cosa.

El País.es