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Pruebas

viernes, 21 de septiembre de 2012

Prisionero de la obra escrita

Aunque ello sorprenda a algunos lectores, no me he recatado nunca de manifestar mi admiración por la obra de Menéndez Pelayo. Ningún escritor español de su época ni de las décadas siguientes a la publicación de la Historia de los heterodoxos y Las ideas estéticas en España tuvo un conocimiento de la literatura y del pensamiento hispanos equiparables al suyo. A esa insaciable pasión cognitiva tras dos siglos de ignorancia del propio pasado y de un cruel desmayo de nuestras facultades creativas habría que añadir su dominio extraordinario de un idioma cuya riqueza léxica y variedad de matices no admite comparación alguna con el de sus contemporáneos ni con los ensayistas de las dos primeras décadas del pasado siglo, con excepción de Alfonso Reyes y Manuel Azaña.

Por dicha razón, he leído con vivo interés el ensayo de Christopher Domínguez Michael, “¿Maldito sea el martillo de herejes?”, publicado en el número de julio de la revista mexicana Letras libres, con motivo del centenario de la muerte del polígrafo santanderino. Dicho ensayo pertenece al género de las obras que esperan ser escritas desde hace largo tiempo y, en razón de ello, nos ofrece una excelente ocasión de rehacer la imagen icónica de un autor, abominado por unos, incensado devotamente por otros y desconocido hoy por los más.

Christopher Domínguez Michael centra su trabajo en dos puntos esenciales en la percepción actual de Menéndez Pelayo: el de su evolución hacia posiciones más abiertas y liberales en el ámbito literario (tenía por ejemplo muy alta estima por la obra de Galdós y Clarín), y el de lo que denomina la “triple maldición” de que es objeto desde su fallecimiento: el aislamiento intelectual de España que impidió una proyección europea de su ambiciosa empresa intelectual de crítico e historiador (Gracián fue el último autor anterior al siglo XX que influyó fuera de nuestras fronteras, ya en los enciclopedistas, ya en Guy Débord); la apropiación de su obra por el nacionalcatolicismo y la Cruzada de Franco; y su malhadado desencuentro con la generación del 98 y el movimiento poético modernista. Sumados los tres infortunios, se convirtieron en una sepultura similar a la que custodia sus huesos en la catedral de Santander después de su traslado solemne en 1956, en una ceremonia presidida por el caudillo. Fuera de excepciones, como la de Dámaso Alonso, Menéndez Pelayo dejó de leerse con el libre entendimiento que exige, y permaneció injustamente arrumbado en el desván de las antiguallas.

No podemos ignorar la otra faz del justamente llamado “martillo de herejes”
Confesaré de entrada mi deuda con él. La lectura temprana de sus Heterodoxos me puso sobre la pista de un puñado de autores que contribuyeron de modo decisivo a mi formación literaria e intelectual, autores completamente ignorados a veces durante siglos y que sólo él tuvo la curiosidad de leer. Si en los Archivos del Santo Oficio hallamos el martirologio de nuestra literatura —empleo la fórmula de Herzen para hablar de la rusa—, Menéndez Pelayo actuó de abrellaves poniendo a nuestro alcance a sus víctimas y rompiendo así la dicotomía entre lo leído y lo que no se debía leer. Su encarnizamiento con los disidentes del catolicismo oficial no excluye, como en el caso de Blanco White, una mal oculta admiración por sus logros artísticos. Si a veces erraba del todo, como en su descalificación de La lozana andaluza y de Góngora, tenía de ordinario buen tino y su prólogo a la edición conmemorativa del cuarto centenario de La Celestina supera con mucho lo que algunos especialistas en el tema escribieron con posterioridad. Cuando sus anteojeras ideológicas no se lo impedían, escribió bellísimas páginas sobre nuestros autores medievales y renacentistas. Su sentido del humor era igualmente notable y de él dan buena cuenta su divertida parodia de los krausistas o el retrato que traza del abate Marchena, sobre cuyo alter ego mexicano, Fray Servando Teresa de Mier, escribió Domínguez Michael una original biografía. Su burla de quienes ayunos de todo sentido poético y arrastrados por su desastrosa facilidad perpetran ripios o versos huecos, como nuestros bardos del XVIII, merece asimismo ser aplaudida.

Dicho esto, no podemos ignorar la otra faz del justamente llamado “martillo de herejes”. Su firme creencia en que “el genio español muere y se ahoga en las prisiones de la herejía y sólo tiene alas para volar al cielo de la verdad católica” le condujo a escribir enormidades cuya lectura sobrecoge y espanta a cualquier cabeza bien puesta. Pluma en ristre, arrebatado por su tenaz dogmatismo, Menéndez Pelayo arremete contra judaizantes, moriscos, luteranos, racionalistas, alumbrados, enciclopedistas, masones, liberales, esto es, contra quienes en vez de decir amén, se atreven a creer y a pensar por su cuenta. El temor al contagio judaico y herético, que llevó al establecimiento por Felipe II del “cordón sanitario” del que habla Bataillon, justifica a sus ojos la “enérgica reacción” del Santo Oficio sin grandes escrúpulos de conciencia respecto a quienes fueron reducidos a cenizas. Muy al contrario, califica de “sublime” la cólera del inquisidor que amenaza con su crucifijo a la infeliz beata ciega que persiste en sus “errores blasfemos” antes de ser ahorcada y entregado su cadáver a las llamas. ¡Y esto ocurre no en el siglo XV sino en 1776!

La abundancia de exabruptos sobre la “cizaña herética” y la “gárrula turba liberalesca” ocuparían docenas de páginas y por ello nos limitaremos a espigar unos pocos. Así, refiriéndose a los judíos expulsados primero de España y luego del recién incorporado Portugal, escribe:
“Solían ser hombres sin ley ni religión alguna, y esto nos explica los descarríos filosóficos de algunos pensadores israelitas de fines del siglo XVII, como Espinosa y Uriel da Costa”.

Y acerca de la expulsión de los moriscos, “aquel miembro podrido del cuerpo de la nacionalidad española”:

“Locura es pensar que batallas por la existencia, luchas encarnizadas y seculares de razas, terminen de otro modo que con expulsiones o exterminios. La raza inferior sucumbe siempre y acaba por triunfar el principio de nacionalidad más fuerte y vigoroso”.

Matizó algunos de sus puntos de vista. Pero no tuvo el valor de desdecirse de ellos
Su extremismo ideológico —su elogio del fanatismo— se expresa sin rodeos a lo largo de los Heterodoxos:

“Ley forzosa del entendimiento humano en estado de salud es la intolerancia. Impónese la verdad con fuerza apodíctica a la inteligencia, y todo el que posee o cree poseer la verdad, trata de derramarla, de imponerla a los demás hombres y de apartar las nieblas del error que les ofuscan”.

“La llamada tolerancia es virtud fácil; digámoslo más claro: es enfermedad de épocas de escepticismo o de fe nula. El que nada cree, ni espera en nada, ni se acongoja por la salvación o perdición de las almas, fácilmente puede ser tolerante. Pero tal mansedumbre de carácter no depende sino de una debilidad o eunuquismo de entendimiento”.

Con un daltonismo ético y anacronismo flagrante, semejantes a los de Menéndez Pidal, cuando contraponía el “simplicismo” de Las Casas en su condena de la esclavitud al criterio “moderno” de Francisco de Vitoria que le hallaba siete causas justificadas, fustiga a quienes defienden lo que hoy sostienen todos los ciudadanos de un país democrático. En su crítica de los liberales en las Cortes de Cádiz, elige como ejemplo de sus desvaríos la afirmación de Argüelles que no habrá “paz en las naciones mientras se pretenda que la religión debe influir en el régimen temporal de los pueblos”. 

¿Qué diría don Marcelino en nuestros tiempos de descreimiento y de “relativismo moral”?
Inútil continuar: con lo citado basta. Cierto que nuestro autor matizó y enmendó con discreción algunas de sus opiniones y puntos de vista. Pero no tuvo el valor de desdecirse de ellos. Convertido en santón de la derecha política y del catolicismo ultra, permaneció prisionero de la obra escrita. Con todo, ha llegado el momento de rescatar los elementos de su obra que hoy nos cautivan. Como dice el escritor mexicano al final del ensayo que comentamos, “que cese el maleficio”.

Juan Goytisolo es escritor.