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Pruebas

jueves, 31 de mayo de 2012

"No es verdad que todo dependa de uno mismo para progresar en la vida"

 El autor publica 'Cuando Lázaro anduvo', una sátira social ambientada en la actual crisis.

A Valle-Inclán, Quevedo y Goya, asociados habitualmente al siempre reconocible universo estético y moral de Fernando Royuela, éste añade otro punto cardinal -Gutiérrez Solana- que ofrece pistas muy elocuentes, podría decirse que definitivas, sobre Cuando Lázaro anduvo (Alfaguara), última obra de un escritor que va por libre, difícil de ubicar, de culto en muchos círculos. Si aquél dedicó muchas de sus páginas al carnaval y la muerte, Royuela narra en su novela la historia de un españolito corriente que tras ser despedido del banco donde trabajaba sufre un infarto cerebral y muere... hasta que, nadie sabe cómo, recobra la vida. Y no tardará en comprobar, el pobre diablo, que la vida -no la muerte- es el verdadero infierno.

Dice Royuela que siempre escribe desde la emoción, "una emoción que estalla y me lleva a escribir lo que escribo". Esta emoción se convierte en el libro, una sátira social a ratos gamberra y en última instancia amarga, en una mala leche implacable pero también en un sentido del humor sardónico y no más desesperado que Lázaro, que resucita anhelando vivir más auténticamente y tan sólo encontrará, perplejo como el propio escritor que guía sus pasos, un mundo estúpido y desquiciado en el que todos a su alrededor, curas, periodistas, banqueros, políticos y hasta sus propios familiares, primero desaprueban su acto inaudito para a continuación intentar aprovecharse del mismo.

-De todas las posibles reacciones de un lector, si se redujeran a dos: el cabreo o la risa, ¿cuál prefiere?

-Bueno... yo no hago novelas encapsuladas, con un significado estándar. Me gusta precisamente lo contrario. En ésta hay risa y hay cabreo. Pero la risa no es honesta ni espontánea, es una risa que viene a consecuencia de ese cabreo; es una risa trágica. Al final nos estamos riendo de nosotros mismos, de nuestras miserias. Y hay ficción, fabulación, pero deformación. La realidad está ya bastante deformada de por sí. Lo único que hago es poner el foco en determinados aspectos. Todos los capítulos empiezan con una noticia real, y muchas de ellas pueden parecer descabelladas pero son totalmente reales.

-Al lado de esas noticias grotescas y delirantes, el hecho de que alguien resucite parece lo menos inverosímil...

-Exacto. Es todo descabellado, tan descabellado... En un mundo en el que se negocia con la reducción de cabezas humanas o en el que niños de 8 años controlan un aeropuerto en el que aterrizan y despegan aviones, que por un posible error médico una persona resucite... bueno, no parece necesariamente lo más descabellado.

-En la novela hay muchos personajes y ninguno o prácticamente ninguno se salva de la quema. De todo ese catálogo de comportamientos lamentables, ¿cuál le parece más imperdonable?

-A ver, yo no me considero un autor social y tampoco creo que ésta sea una novela de denuncia. Tampoco pretendo enseñar nada en un sentido moral. Simplemente intento que cada uno saque sus propias conclusiones. Claro que desde el punto de vista personal tengo mis ideas, pero no son relevantes para la novela. Lo que quería era representar las diversas instituciones de poder que nos rodean y plantear hasta dónde y hasta cuándo van a seguir manipulándonos.

-Entre las muchas imágenes que hay en la novela, una es especialmente desasosegante: la de la clase media hundiéndose con la misma mirada del perro de Goya...

-Es una realidad constatable. Y terrorífica. La clase media partió de unas verdades y unas confianzas y unos códigos éticos o morales, y de la noche a la mañana todo cambió; cambiaron las reglas del juego pero nadie avisó.

-En el libro se describe a Lázaro como una de esas personas "zafias" que creen que todos los políticos son iguales. ¿Empezó la debacle cuando la sociedad se creyó eso de que las ideologías son no sólo algo antiguo, sino de hecho superado e incluso carente de sentido?

-Hay muchas más, pero está claro que es una de las razones. Ese pensamiento tiene un componente ideológico muy fuerte. Y muy concreto: esconde los intereses de una clase, del poder económico. Igual que lo que nos quieren vender ahora, que yo llamo optimismo posibilista: que todo depende de ti, que tú y tu propia iniciativa son los únicos instrumentos que tienes para progresar en la vida. Eso no es así. De hecho, ahora se está demostrando ocurre precisamente lo contrario, es decir, que existen clases, y además cada vez están más separadas y menos comunicadas. Y esa pertenencia a una clase es absolutamente determinista. Vivimos en unos tiempos de una manipulación perversa y terrorífica.

-Se ha convertido ya prácticamente en un tópico llamarlo neobarroco. ¿Comparte la apreciación? Y por otro lado: ¿encuentra conexiones entre el mundo que vio nacer esa cultura y el presente?

-Las hay. Totalmente. Vivimos en tiempos barrocos, en el sentido histórico del término. Tiempos de descreimiento, de escepticismo, en los que las verdades absolutas y oficiales ya nadie las cree, tiempos de ornamento de la nada, de escenarios y nada detrás. Desde este punto de vista, estos tiempos son muy similares a los del Barroco. Comparto esa forma de mirar el mundo: un descreimiento que lleva a la ironía, al sarcasmo, a la sátira, una visión trágica a través de lo cómico. Desde el punto de vista del estilo, ya no estoy tan de acuerdo con ese calificativo aplicado a mis libros. Aun así no me desagrada que me llamen neobarroco, lo que pasa es que no sé cómo entiende la gente el término. El Romanticismo, por ejemplo, se entiende generalmente de una forma absolutamente desnaturalizada. Quiero decir que el Barroco no es sólo lo recargado, al margen de que no creo que mi literatura sea tan recargada.

Vida y palabras de un resiliente

La biografía de Claire Tomalin sobre Charles Dickens llega a España publicada por el sello Libros Aguilar.

Charles Dickens -nos recuerda Claire Tomalin- se llamaba a sí mismo 'el Inimitable'. Y lo hacía en serio, sin la más mínima ironía. Siempre fue consciente de su genialidad. Ejemplo de hombre solidario y compasivo, Dickens no se consideraba, sin embargo, buena persona. "Yo aspiro a ser como mis personajes nobles -le confesaba a Fiodor Dostoievski-, pero lo que hay dentro de mí (mi crueldad, mi incapacidad de acercarme a los que amo...) inspira a mis villanos".

Es cierto que Dickens podía llegar a ser soberbio, cobarde y cruel. La separación de su mujer, Catherine Hogarth -a la que había subyugado en privado y vilipendiado en público- le hizo establecer una política de tábula rasa por la que dejó de hablar durante años a varios hijos y que dañó su amistad con Thackeray y con Bradbury & Evans, sus principales editores. Se encaprichó de nuevo, ya maduro, de su amor de juventud, Mary Beadnell, y cuando vio que estaba ajada y gorda, la ignoró. Prohibió a sus hijas conocer al hijastro ilegítimo de su amigo, Wilkie Collins, aunque él mantenía una relación con Nelly Ternan que terminó -apunta Tomalin- en embarazo. Ambos se encontraban en el tren de Staplehurst cuando descarriló, y mientras él ayudaba a los accidentados, a ella la sacaban a toda prisa del vagón, para que no los relacionaran.

La mayor parte de estas infamias, curiosamente, tienen que ver con sus relaciones de pareja -"Mi padre no sabía tratar a las mujeres", decía su hija Katey-. En el enamoramiento, Dickens era incapaz de pasar de la primera fascinación, de la nebulosa: da la sensación de que no sabía qué hacer con las mujeres cuando estas se hacían reales. En sus novelas, las protagonistas apenas pasan, asimismo, de un estado ideal e inasible, del lugar asignado por el imaginario. Las féminas más interesantes de las historias dickensianas, o sucumben a la actitud redencionista o se pierden en tramas secundarias.

Pero ese Dickens pacato era también el hombre de ideario humanista, que impartió durante años conferencias ante todo tipo de público, en factorías, en talleres, en escuelas. El mismo que se implicó en numerosas obras sociales y que consideraba la prostitución no un "insulto a la religión o la sociedad" sino un agravio a la "dignidad de las mujeres". El mismo al que enterraron en Westminster contra su voluntad y que prohibió que se levantaran estatuas en su honor.

Claire Tomalin -que ya se acercó a la figura del escritor inglés cuando publicó la biografía de Nelly Ternan, La mujer invisible, y que ha trabajado sobre figuras clave de las letras inglesas, como Mary Wollstonecraft, Thomas Hardy o Jane Austen-, comete el acierto de presentarnos mesuradamente a un nombre al que es difícil tomar la medida: la figura de Charles Dickens está tan condicionada por su propio halo que, una vez observada de cerca -una vez aireadas mezquindades y miserias-, uno siente que se resquebraja. Icono tan ejemplar no puede tener imperfecciones. Y tal vez algo así debía pensar el propio Dickens sobre sus debilidades -que no de sus capacidades-.

La vida de Charles Dickens puede considerarse un magnífico ejemplo de resiliencia. Cuando las deudas enviaron a su padre a la cárcel y a su hijo a ganar el jornal a una fábrica de betún, el joven Dickens tuvo que asumir varias verdades palmarias. Entre ellas, que ninguno de sus progenitores lo consideraba lo suficientemente especial como para evitar aquel destino. Cuando él lo era. Muy especial. Vaya si lo era.

Dickens se propuso no olvidar que los pobres no tienen infancia y que en la mugre se pueden encontrar diamantes -y no había ciudad más inmunda y miserable que su Londres, su Londres de aguas sucias y cloacas supurantes, fiel metáfora y reflejo de una sociedad injusta-. Su propia historia hizo que la mayoría de sus novelas mostraran niños que son ejemplos de coraje e ingenuidad, forzados a trabajar, que se hacen responsables de sus propias vidas o incluso de las de los adultos -como Jenny Wren, que cose trajes de muñecas, o Lizzie Hexman, hija de un dragador que pesca cadáveres en el Támesis-.

"Me gustaría que el mundo empezara a pensar que mi padre no era un tipo jovial y risueño, que corría de un lado a otro con un pudding en las manos", comentaba, también, la aguda Katey. Dickens era seguro -aprendemos en esta biografía- un perfecto ejemplo de placer de casa ajena. Pero esa estampa del jovial señor del pudding -en precario y expectante equilibro- define, además, el que fue su principal objetivo: ser, a pesar de sí mismo, como sus mejores héroes.

El mundo es injusto y miserable y la realidad, un caótico lodazal, nos dicen sus obras. Pero, aun así, la vida tiene navidades flameantes, giros del destino, princesas anónimas. En mitad de la miseria, en las historias dickensianas, brilla lo fabuloso. Vemos ecos de cuento de hadas en malvados como el enano Mr. Quilp, que quiere casarse con la bella a toda costa; o en esa hada caprichosa, poderosa, ni buena ni mala -feérica, al fin y al cabo- que es Miss Havisham. O su mansión, a la par mágica y decadente, como la casa de Florence en Dombey & Son, princesa cautiva que al fin encuentra un monstruo con el que departir en el capitán Cuttle. O la inquietante Mrs. Skewton, que cada día trata de impostar su naturaleza de gusano.

A pesar de toda su grisedad o crudeza, la vida tiene guiños de cuento fantástico: merece la pena encontrarlos y alumbrar con ellos a los otros, ayudarles a no ser engullidos por el espanto. Aunque lo parezcan, los demás no son sombras. Aunque no lo parezca, hay magia en lo ordinario. Ese es su mensaje, la lección en sus libros.

Sus historias alumbran. Por eso las amamos tanto, contra toda razón o promesa, más allá de toda felicidad, contra todo desaliento. Porque brillan en mitad del lodo, sus palabras.

“La creación puede ser un acto de dolor, porque se enfrenta al vacío”

De la mano del atormentado universo parido por la pluma de Pierre Guyotat, Patrice Chéreau sube una vez más a un escenario ataviado con las pieles del actor. Con un objetivo que se diría banal y, en realidad, es casi una quimera: abordar, desde la lucidez, la época en la que vive. Hombre de teatro, de ópera y de cine, Chéreau (Lézigné, Francia, 1944) pone en pie en el Teatro de la Abadía la dramatización (más cerca de una lectura que de un montaje escénico) de Coma,obra del escritor y periodista Pierre Guyotat. Con ella se adentra en territorios comunes a la condición humana como son la soledad, el desamor, la angustia, el dolor y la liberación catártica de ciertas tradiciones.
La obra de Guyotat es una novela, adaptada por él mismo con la ayuda de Chéreau: es la base de un espectáculo de poco más de una hora que, explica su protagonista, “de no cortarlo podría durar cinco”. El director de La reina Margot la puso en pie al recibir en 2009 el Premio Europa para el Teatro. Para tener una mirada ajena a la suya eligió al director Thierry Thieû Niang, con quien tantas veces ha colaborado. Después Coma se estrenó en el Théâtre de l’Odéon de París y ahora llega a la Abadía en el marco del Festival de Otoño en Primavera de Madrid, donde se representará desde mañana hasta el domingo.

La obra aborda el relato iniciático y autobiográfico de Guyotat, hombre polémico y contestatario, que cuenta la crisis creativa y espiritual en la que se vio sumergido. Una depresión en la que todo giraba sobre la muerte y la desesperada necesidad de expresión, los impulsos suicidas, el poder de los sentidos y la urgente necesidad de crear y de existir. “Todos los textos te hacen pensar en la muerte, pero aquí es muy interesante adentrarse en un autor que estuvo tan cerca de ella y, con posterioridad, ha vivido de nuevo, pero encontrando un gusto a la vida que no conocía”.
Chéreau reconoce no haber estado nunca en coma: “Pero sí he visto que la creación puede llegar a ser un acto de dolor, al enfrentarse al vacío anterior a lo creado”. El protagonista de Coma se autodefine así: “No soy un autor ni un creador, tan solo soy un director que monta textos de otros. La soledad de mi padre frente al lienzo era mucho más grande que la mía haciendo teatro, porque haciendo cine nunca estamos solos. La soledad de mi padre y la de Guyotat son más parecidas, pero yo no me siento solo, ni sin ideas, siempre tengo el texto”.

Como actor solitario ha venido a España en varias ocasiones, aunque es mundialmente reconocido por haber hecho visible a Bernard-Marie Koltès, montando casi todas sus obras. Se queda pensativo unos segundos al preguntarle por los puntos en común entre el dramaturgo desaparecido y Guyotat, y al final se lanza a una larga respuesta: “Los dos comparten una angustia vital y, curiosamente, son las dos personas más divertidas que he conocido, tienen una distancia con el mundo que les ayuda a vivir, tienen en común ese interés por las personas, son humildes, amables, no solo sencillos, son personas cuyo amor propio y dignidad han sido sometidos por la colonización, tienen una relación muy fuerte con el colonizado, con las personas explotadas. Y comparten un profundo amor por la lengua francesa”.

Todo lo cuenta en un español de rico vocabulario que aprendió desde niño: “A mi padre le gustaba mucho España y en los años del franquismo, llenos de pobreza, veraneábamos en la costa, pero nada era lo suficientemente salvaje para él, hasta que en los años cincuenta encontró un pueblo muy pequeño, de unos 500 habitantes, con dos playas salvajes de varios kilómetros, que se llamaba y se llama Benidorm. Allí vi en los años sesenta, por primera vez, un hotel que era un rascacielos. Y le puedo decir que, a partir de aquel momento, ya nada volvió a ser lo mismo”.

El País

miércoles, 30 de mayo de 2012

El Cervantes reúne a cuatro primeras figuras para homenajear a Carlos Fuentes

Madrid, 30 may (EFE).- Cuatro figuras muy cercanas a Carlos Fuentes como Víctor García de la Concha, José Manuel Caballero Bonald, Juan Goytisolo y Julio Ortega, participarán el próximo 5 de junio en un homenaje al recientemente fallecido escritor mexicano, organizado por el Instituto Cervantes en su sede central.

El director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha; los escritores José Manuel Caballero Bonald y Juan Goytisolo, y el profesor de la Universidad de Brown Julio Ortega trazarán una semblanza del autor de "La muerte de Artemio Cruz", fallecido el pasado día 15 en México a los 83 años de edad, ha anunciado hoy la institución.

Estos amigos personales y profundos conocedores de la obra de Fuentes analizarán la trayectoria vital y literaria de uno de los mayores escritores contemporáneos en lengua española, Premio Cervantes en 1987, que, además, formaba parte del Patronato del Instituto Cervantes.

Los cuatro expertos hablarán sobre la extensa obra literaria de Carlos Fuentes, autor de una veintena de novelas, además de cuentos y ensayos, que fue uno de los principales exponentes del "boom" latinoamericano junto a otros grandes escritores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Julio Cortázar.

Gutiérrez Aragón ambienta su próxima novela en Cantabria y quiere volver a filmar en los Valles del Pas

SANTANDER, 30 (EUROPA PRESS)

El exdirector de cine Manuel Gutiérrez Aragón está escribiendo una nueva novela que se desarrolla en Cantabria y quiere volver a rodar una película en los Valles del Pas.

Así lo ha manifestado este miércoles en una rueda de prensa que ha ofrecido en el Casyc, donde a las ocho de esta tarde y dentro de la sección Tribuna Literaria, presentará su última novela, 'Gloria mía'.
El cántabro ha confesado que el cine "nunca se deja del todo" y de hecho sigue dirigiendo documentales. "Inevitablemente filmo", ha asegurado, y ha avanzado que no descarta volver a rodar una película pero con premisas diferentes a las anteriores.

En este sentido, ha expresado sus "ganas" de volver a filmar en el Pas porque guarda "muy buen recuerdo" de 'La vida que te espera' y de los pasiegos. Además, ha asegurado que los Valles del Pas son "muy cinematográficos" y tienen una atmósfera "muy de wenster". "Me gustaría filmar y estoy en ello", ha señalado, matizando que, de momento, es sólo "un deseo".
"Me gustaría, antes de abandonarlo todo, la escritura y la vida, poder filmar en el Valle del Pas porque es un mundo que se escapa y eso ejerce mucha atracción porque se va a acabar: la cabaña pasiega se va a convertir en un chalé de verano", ha augurado.

Esta fascinación del exdirector por la zona del Pas también la revela el hecho de que ha intentando ambientar allí el libro que está escribiendo pero ha reconocido que "no me sale una novela pasiega". Sin embargo, sí se desarrolla en Cantabria. "A la tercera va la vencida: la novela que estoy escribiendo se desarrolla toda en Cantabria y en ella hay un pueblo que se llama Vega", ha avanzado.
Al respecto, Gutiérrez Aragón se ha reivindicado como escritor. "Yo primero fui escritor y luego cineasta", ha recordado, así como que su intención fue matricularse en la Escuela de Periodismo pero como no había plaza acabó en la de Cine "para ver películas", aunque el cine "es un veneno lento pero seguro", ha dicho. Sin embargo, allí no le veían como un cineasta sino como un escritor que "como mucho haría guiones". Ahora las tornas han cambiado y "me cuesta convencer que soy escritor".

De hecho, ha reconocido que haber sido guionista es "un buen entrenamiento para escribir novelas", aunque haya quien reproche la influencia del cine en la novela. Pero este sentido ha asegurado que las novelas se escriben de otra manera desde que existen las películas. Y ha defendido que para los argumentos es "importante" ser cineasta aunque no para la escritura, que es lo que más le gusta a él.
La novela que presenta esta tarde en el Casyc, la segunda tras 'La vida antes de marzo', galardonada con el Premio Herralde ("empecé con buen pie", ha reconocido en alusión a esta importante distinción literaria), le ha costado "bastante tiempo" y cuenta la historia de un hombre que pasa de guerrillero en Colombia a capitalista en Madrid. 

La primera parte, para la ha tenido que reunir mucha información, la ha definido como "una novela de aventuras en la selva" más que una historia de guerrilla, y la segunda se adentra en otra "selva", la "financiera", para la que el protagonista utiliza prácticas parecidas a las que empleó en la selva.
Sin embargo, ha señalado que cuando la gente lee el libro, lo que más les gusta, además de cómo está escrito, son las historias de amor que relata. 

Como anécdota, ha contado que la chica que protagoniza la portada de 'Gloria mía' es alumna del Instituto de Educación Secundaria Manuel Gutiérrez Aragón, de Viérnoles, a la que quiere conocer.

martes, 29 de mayo de 2012

Leonardo desvela sus complejos

En una noche que se acababa halló la cuadratura del círculo. En otra tocó fondo por un desengaño amoroso. Un día detalló los 116 libros de su biblioteca (Aristóteles, San Agustín, Esopo, Ovidio, Plinio y también manuales sobre hierbas, anatomía, filosofía, cosmografía o gramática) y al otro describió su fondo de armario. Por encargo trazó un mapa de la Toscana con un imaginario desvío del Arno y una máquina para atravesar en línea recta una montaña. Dibujó bielas, muelles, manivelas, clavijas, goznes y tornillos con y sin fin. Al tiempo le dedicó un mundo de resortes y correas. Y a Marco d'Oggiono, de sobrenombre Salai (Diablillo, bautizado así por una novela de moda en la época) le dedicó todo el tiempo del mundo, aunque fuese un ejercicio vano para domesticar aquella pasión equivocada. Cuando un ictus paralizó parte del cuerpo de su maestro, Salai acudió al rey francés para ofrecerle todas las pinturas, entre ellas un lienzo pequeño que alcanzaría una fama grande, y largarse con el dinero a su tierra. En Francia quedó, enfermo, empobrecido y abandonado, su maestro y protector, Leonardo da Vinci (1452-1519).

Elisa Ruiz, catedrática de Paleografía y Diplomática de la Universidad Complutense, ha reconstruido la biografía de Da Vinci sin dejarse llevar por la imaginación ni el mito. Por supuesto no ha leído la novela de Dan Brown, El código Da Vinci, cuya trama es un inocuo ejercicio de malabares en comparación con la vida real de un hombre superdotado atiborrado de complejos: hijo ilegítimo de un notario y una campesina, autodidacta sin formación académica y sin acceso a valiosas obras porque desconocía el latín y el griego, homosexual juzgado por sodomía, perfeccionista víctima del síndrome de la obra inacabada que le condenaba a revisarse eternamente. Y también, añade Ruiz, “un resorte que removió criterios científicos y defendió el método experimental; un inconformista con propuestas modernas que triunfarían siglos más tarde”. En síntesis: un virtuoso que nació “antes de tiempo”.

Parte de todo ello se atisba en El imaginario de Leonardo, una exposición que permanecerá desde ayer hasta el 29 de julio en la Biblioteca Nacional, que atesora dos valiosos códices (bautizados en los sesenta como Madrid I y Madrid II) y que, según la institución, representan el 10% de la producción escrita que se conserva en todo el mundo. Visto con ojos de inversor bursátil, su valor es descomunal: Bill Gates, el único particular con un códice de Da Vinci para su doméstico disfrute, pagó cerca de 20 millones de euros en 1994 por las 72 páginas en las que Leonardo se sumergió al finalizar la Gioconda y en las que hace gala de su ilimitada imaginación al anticipar coches y helicópteros.
Los códices españoles (600 páginas, o sea, 2.160 millones de euros a precio de Gates de 1994) alcanzaron la fama mundial hace unas décadas, cuando su falso descubrimiento anunciado en un hotel de Boston desató un culebrón y su bautizo mediático. En realidad se había perdido el rastro de los originales en un marasmo de signaturas cambiantes. No hay constancia de que los dos manuscritos hayan salido de Madrid desde que llegaron de la mano del escultor Pompeo Leoni. Uno de sus herederos vendió en 1642 los dos códices a Juan de Espina, musicólogo, clérigo y coleccionista, que legó sus fondos a Felipe IV.

Lo que sí salió de Madrid, como acaba de descubrir Elisa Ruiz, son los admirables dibujos de la colección Windsor, donde el artista redobla su talento con una meticulosidad de científico: diseccionó treinta cadáveres para perfeccionar su conocimiento anatómico. Esta serie fue vendida al inglés lord Arundel en 1646, que buscaba un regalo para la boda del príncipe de Gales.

Leonardo da Vinci escribió las dos obras de la BNE en su madurez. Madrid I es un tratado de estática y mecánica donde el autor evidencia que su concepción mental parte de una imagen a la que acompaña la escritura, de derecha a izquierda (era zurdo), como un elemento secundario. “Su léxico es breve, pobre y a veces escribía listas de palabras para enriquecerlo”, desvela la comisaria ante uno de esos ejercicios que exudan inocencia y afán de superación. Cada página es un universo en sí mismo, donde aborda una cuestión y la zanja.

El Madrid II, germen del Tratado de la pintura, que copió y escribió Francesco Melzi, discípulo, heredero y albacea de Leonardo, tiene un apartado técnico dedicado a la geometría, la fortificación y la reproducción de medallas —la pieza fundamental es la fundición del caballo proyectado para Francesco Sforza, mecenas del artista— y otro apartado, de anotaciones personales, que deslizan por el tobogán íntimo de Leonardo, capaz de sonrojar con sus declaraciones: “Yo moriré si con tu moralidad no me amases”. Y un epitafio incompleto: “Si yo no pude hacer... Si yo...”.

El País

lunes, 28 de mayo de 2012

Carta a un joven novelista

“Este no es un manual para aprender a escribir, algo que los verdaderos escritores aprenden pos si mismo. Es una ensayo sobre la manera como nacen y se escriben las novelas, según mi experiencia personal (…) Se trata, pues, de un libro personal y, en cierto modo, de una discreta autobiografía”

Desde un enfoque meramente teórico, que vaya en auxilio de nuestra fantasías, podríamos decir, que es la medida individual de todo lector y no lector apropiarse de la idea de dejar plasmado un texto, o mejor dicho escribir una historia. A este grupo de personas, que pretende hacer realidad sus sueños e ilusiones es que escribe Mario Vargas Llosa en este ensayo.

“Detrás de esas aventuras ficticias que encienden la imaginación de los lectores y los conmueven, hay no solo intuición, fantasía, invención y una pizca de locura, sino también terquedad, disciplina, organización, estrategia, trampas y silencios, y una urdimbre compleja que levanta y sostiene en vilo la ficción”

Este universo de intercambio entre lo real y lo imaginario que debe operar en todo visionario, es lo que promueve Cartas a un joven novelista, donde lo fundamental es cristalizar la vocación literaria para desdoblar e interiorizar esa aventura que queremos contar, construyendo y desconstruyendo las historias que a diario conforma los aspectos intrínseco que es materia prima.

“Detrás de esas aventuras ficticias que encienden la imaginación de los lectores y los conmueven, hay no sólo intuición, fantasía, invención y una pizca de locura, sino también terquedad, disciplina, organización, estrategia, trampas y silencios, y una urdimbre compleja que levanta y sostiene en vilo la ficción”

Parábola de la solitaria, el poder de persuasión, el Catoblepas, el estilo, el narrador, el espacio, el tiempo, las mudas, son algunos de los temas que podremos encontrar en el mismo.
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Salir en televisión o estar en Twitter o Facebook, clave del éxito en ventas

Madrid, 27 may (EFE).- Antes en la Feria del Libro se producía "duelo de plumas" entre los escritores para ver quien tenía más cola y firmaba más libros. Ahora los autores que salen en televisión, Twitter o Facebook acaparan todo el público, como hoy lo han hecho Mario Vaquerizo, Blue Jeans o El Hombre de Negro de El Hormiguero.

Colas interminables de gente entregada a sus ídolos a los que además de la firma les roban una foto con móvil, en el primer domingo de feria en el que el buen tiempo y la afluencia masiva de público ha sido la nota dominante de un día en el que los clásicos contemporáneos, como Javier Marías, Almudena Grandes, Dominique Lapierre, o Eduardo Mendoza no han dejado tampoco de firmar.

Todo ello sin olvidar al escritor uruguayo Eduardo Galeano que hoy era el dueño de la "jaima", la tienda de campaña situada en el centro de la feria y que siempre está reservada a grandes autores de las editoriales, como será el caso de Carlos Ruiz Zafón que la ocupará el próximo fin de semana.

Galeano (Montevideo, 1949) uno de los poetas y narradores más comprometidos no ha parado de firmar y dedicar su último libro, aparecido en España hace dos semana "Hijos de los días" (Siglo XXI).
"Esto es una ceremonia de comunión, diría yo, una ceremonia de comunicación con los lectores, un contacto cuerpo a cuerpo, que mucho me nutre y me alimenta", ha explicado a Efe en un segundo de receso, y con ironía ha añadido "aunque también debo confesar que ya encargué a Alemania una mano ortopédica para poder seguir firmando".

También otro gran amigo de España, donde tiene muchos seguidores, el escritor francés Dominique Lapierre, vital e inagotable a sus 81 años, no ha parado de firmar ejemplares de sus libros sobre todo "India mon amour" y otro de sus clásicos "La ciudad de la alegría".

Lapierre, que estudió medicina, ha recibido hoy la noticia de que el Centro de Investigación de Salud Pública de Valencia le había propuesto para ser candidato al Premio Príncipe de las Letras, que se falla el próximo seis de junio.

Pero los autores mediáticos se han llevado la palma en este primer domingo de feria, plagado de familias y de niños, los pequeños reyes los fines de semana por la cantidad de actividades que se programan para ellos como talleres y cuentacuentos que se hacen en el Pabellón Infantil de la Fundación Mapfre.

Así, el fenómeno Blue Jeans, el seudónimo bajo el que se esconde el escritor sevillano Francisco de Paula, ha tenido el día grande, con colas infinitas plagadas de adolescentes para que les firmara su última novela juvenil "Buenos días princesa" y cualquier título de su trilogía anterior "Canciones para Paula".

Un fenómeno que se extendió vía red social en Tuenti y Twitter a través de su fotolog, en el que publicaba sus historias que luego ha llevado al papel impulsado por sus seguidores.

"¿Por qué te gusta?" -le pregunta el periodista a una de las muchas jóvenes que aguardan su turno desde primeras horas de la mañana- "pues sobre todo por cómo escribe sobre el tema del amor entre los adolescentes", contesta bajo la mirada cómplice de su madre.

Y es que Francisco de Paula explica a Efe que cree que la clave de su éxito está en el contacto directo que tiene con su público, oír sus preocupaciones y sentirse identificado con ellos, dice el exitoso autor que la semana que viene promoverá sus libros en América Latina.

Mario Vaquerizo, periodista, cantante de "Las Nancys rubias" y marido de Alaska, ha sido otro de los más deseados por los visitantes de la feria para que les firmase ejemplares de "Haciendo marajadas".

El Hombre de Negro del programa de Pablo Motos El Hormiguero" ha firmado también el libro con sus frases en el programa.

Carmen Sigüenza

Intelectuales de agua salada: Acaba ua con esta crisis

Hace unos días, el Nobel de Economía Paul Krugman fue calificado de “terrorista” en cierta prensa nacionalista de pecho de hojalata, por escribir en su blog de The New York Times que Grecia saldría del euro y que en España se instalaría un corralito bancario. O mejor dicho, por decir que ello ocurriría si las autoridades no hacían nada rápido para impedirlo. El epíteto de “terrorista” es el desiderátum de los insultos que Krugman recibe por utilizar su libertad intelectual para poner a caldo a esas “gentes serias” que han instalado en Europa la política de la austeridad obsesiva que, dos años después de convertirse en verdad revelada, están llevando al continente a una auténtica depresión.

En el último libro de Krugman —que como en los anteriores pone como escenario central de sus ejemplos a Estados Unidos por su centralidad económica y por ser la sociedad en la que vive y que mejor conoce— sale mucho Europa y en especial España, como territorios en los que se ha asentado una crisis que dura ya un lustro, que tuvo su epicentro en EE UU y en su sector privado financiero, y que se ha trasladado aquí y ha contagiado a todo “lo público” en forma de desequilibrios macroeconómicos. Qué interesante este juego de “tú la llevas” que traslada sin solución de continuidad los sufrimientos de Wall Street (el 1% de la población) a Main Street (el 99% restante), las dificultades de lo privado al sector público, de los bancos de inversión y de la banca en la sombra a los bancos tradicionales, y del paro y el empobrecimiento de las clases medias al déficit y la deuda de todos. Individualizar el beneficio y socializar los riesgos.

La tesis del libro de Krugman es suficientemente conocida por sus continuas intervenciones públicas: estamos viviendo una crisis de falta de demanda en la que las soluciones tecnocráticas, con su cortedad de miras, no responden con eficacia a los problemas. Hay que adoptar políticas expansivas y de creación de empleo, saltando por encima de esa “gente seria” que nos ha metido en el camino equivocado, a costa de enormes sufrimientos de los ciudadanos. En economías profundamente deprimidas como las nuestras, cuando los tipos de interés están próximos a cero, se precisa más gasto público y no menos. La Gran Depresión se terminó gracias a un aluvión de gasto público y hoy se necesita, desesperadamente, algo semejante. Ante los problemas se debe responder atendiendo a las pruebas, y no a los prejuicios.

¿Y cuáles son esos prejuicios? Los que han instalado en las sociedades de principio del siglo XXI los economistas de agua dulce, que no utilizan los conocimientos de que se dispone porque demasiadas personas de las que más influyen (políticos, funcionarios de primer orden y la clase de comentaristas que definen el saber convencional) han elegido olvidar las lecciones de la historia y las conclusiones de varias generaciones de grandes analistas económicos, obtenidas con mucho empeño, optando por las construcciones ideológicas y políticamente convenientes. El nuevo pensamiento económico significaría leer los libros viejos, ya que buena parte de los economistas se han dedicado a olvidar lo que habían aprendido. Después de que, asustados tras la debacle de Lehman Brothers, reconociesen que se hallaban en un estado de “conmoción y desconfianza puesto que todo el edificio intelectual se había derrumbado” (Alan Greenspan), han vuelto a las andadas. Frente a ellos se sitúan los economistas de agua salada (porque trabajan sobre todo en las universidades costeras de EE UU), que tienen una visión keynesiana de las recesiones y opinan, como el maestro, que las deficiencias principales de la sociedad económica en la que vivimos son su incapacidad de proporcionar pleno empleo y su arbitraria y desigual distribución de la riqueza y los ingresos.

Una de las partes más sugerentes del libro de Krugman es aquella en la que desarrolla hipótesis de correlación (no directamente de causalidad) entre la brutal desigualdad económica y la depresión, y el rápido aumento de los ingresos de la minoría acaudalada y los factores sociales y políticos que fomentaron la laxitud en la regulación financiera. En este periodo, la principal diferencia con el pasado está en el giro hacia la derecha; un viraje que provocó cambios tanto en las políticas (sobre todo, las reducciones de impuestos al capital y en los tipos máximos de la renta) como en las normas sociales (se relajó la “restricción por escándalo”, la alarma social que producen las enormes ganancias de unos pocos en tiempos de sacrificios de las mayorías). Este mismo viraje a la derecha provocó la desregulación financiera.

Krugman entiende que se puede conjeturar que el aumento de la desigualdad ha contribuido a la depresión desde el punto de vista político. Y concluye: cuando nos preguntamos por qué los responsables de establecer las políticas activas fueron tan ciegos a los riesgos de la desregulación financiera (y por qué desde 2008 tampoco han visto los peligros de no dar una respuesta inmediata y suficiente a la depresión económica), es difícil no recordar la famosa frase de Upton Sinclair: “Es difícil conseguir que un hombre comprenda algo, cuando su salario depende de que no lo comprenda”.

El economista de la Universidad de Princeton analiza también las consecuencias que sobre el sistema entero han tenido las gigantescas ayudas públicas a la banca, para que esta sobreviviera. Para terminar advirtiendo que si bien es cierto que no se puede tener prosperidad sin un sistema financiero en funcionamiento, el mero hecho de estabilizar el mismo no reporta necesariamente esa prosperidad. Lo que se necesita es un plan de rescate para la economía real, de producción y de empleo, que sea tan intenso y adecuado a la meta como el rescate financiero. Lo que la historia nos cuenta es que las recesiones que siguen a una crisis financiera suelen ser demoledoras para el bienestar de los ciudadanos y para la calidad de las reglas del juego que estos aceptan cuando soportan ayudar previamente a sus bancos.

El País


domingo, 27 de mayo de 2012

Así suena la cólera de Dios

La trilogía de Arno Schmidt 'Los hijos de Nobodaddy' —que va de la Alemania nazi a la hecatombe nuclear— está en las antípodas del relato momificado por el canon realista del siglo XIX.

La edición de 'Momentos de la vida de un fauno', 'El brezal de Brand'y 'Espejos negros' es uno de los acontecimientos del año

El acontecimiento literario de 2012 no va a ser el consabido éxito de ventas de algún autor o autora promovidos súbitamente a la fama por los servidores del dios Mercado ni uno de esos mamotretos de ochocientas páginas sobre la Guerra Civil, con sus laboriosas reconstrucciones de lo que realmente pasó, pero carentes, ay, del genio creativo de Galdós. Lo será, al menos para un puñado de lectores que no confunden capachos con berzas, la traducción de la trilogía de Arno Schmidt —Momentos de la vida de un fauno, El brezal de Brand y Espejos negros— reunida en un solo volumen y precedida de un excelente prólogo de Julián Ríos, con el título de Los hijos de Nobodaddy, término éste acuñado por William Blake para designar al Dios colérico de la Biblia que, desde su desdichada invención, no deja de amenazar con sus castigos a las criaturas reacias a ingresar en su rebaño y a obedecer mansamente sus órdenes.

“Hay novelistas —escribe Julián Ríos— que se traducen casi tan fácilmente como se leen, son de comercio agradable como dicen los franceses, a diferencia de otros menos asequibles que requieren tacto y un trato prolongado para llegar a conocerlos en sus diferentes estratos y estratagemas narrativas. El enorme y fuera de norma Arno Schmidt es de estos últimos”. Mientras en el primer caso el trasvase de un idioma a otro se efectúa con puntual rapidez y a veces en el tránsito el original sale mejorado (soy amigo de dos traductores que muestran generosamente su buena disposición a paliar la grisura de las frases hechas y las torpezas sintácticas del autor traducido), en el segundo, la ingente labor a la que aquellos se enfrentan plantea un reto al que solo pueden responder los avezados a la lectura de una prosa que es también poesía, dotados de un oído musical/literario y de un amor incondicional a la belleza por arriesgada y difícil que sea. Habrá que felicitar por ello a Luis Alberto Bixio, Fernando Aramburu, Florian von Hoyer y Guillermo Piro, gracias a los cuales la ardua pero fascinadora trilogía de Schmidt ha llegado a nosotros en un español que se lee con fruición en la medida que nos obliga a volver sobre él al tiempo que acaricia nuestro oído con una extrañeza y dulzor insólitos.

La crítica, o la que pasa por serlo, suele allanar como una apisonadora lo raro y lo vulgar, lo reiterado y lo nuevo, y reacciona incluso con enojo ante lo que por su índole anómala ofrece resistencia al lector perezoso. Los enamoramientos de los reseñadores al uso suelen ser con todo efímeros (recuerdo el comentario de un crítico francés a la novela de un mediocre autor argentino: j’aime à la folie le livre de…; pero ni el crítico enloqueció tras tan contundente declaración ni ésta salvó al piropeado del piadoso olvido), y la presión de los grandes consorcios editoriales que promocionan a sus campeones de ventas ajenos a la funesta manía de inventar —confundiendo interesadamente la calidad con la visibilidad—, no alcanzan a resucitar la obra fallecida de muerte natural. ¿Quién se acuerda hoy de los best sellers de hace 20, 30 o 40 años? Arno Schmidt no forma parte de la tribu de escritores fotogénicos y de sonrisa profidéntica de los que habla Julián Ríos, pero muy pocos, añade, “saben hacernos sonreír como Schmidt: unas veces cervantinamente, con la sonrisa traviesa de Sterne y otras con la aviesa de Swift”.

Relata, mediante una sucesión de breves fogonazos, la vida cotidiana de Düring, el ‘alter ego’ del autor y a la vez retrato del padre

La poética del autor de la trilogía está en las antípodas del relato momificado por el canon realista del siglo XIX: centra su acento en la prosa, una prosa vehiculada en un presente de indicativo abierto a la sorpresa y la discontinuidad, a horcajadas sobre ella y una poesía de orfebre que teje el relato con imágenes de sorprendente plasticidad (“mi pensamiento discurría serpenteando como largas y negras medias mojadas” o “el resplandor de la luna se hizo más agudo, más claro, como si fuera un profeta que anunciara la inminente aniquilación de los astros”). Lector de Wieland y de Novalis, el narrador de Arno Schmidt hace suya la estética avalada por el último:

La forma de escribir una novela no debe ser un continuum; debe ser una estructura articulada en cada periodo. Cada fragmento debe ser algo separado —delimitado—, un todo válido por sí mismo”.

El periodo histórico evocado en Momentos de la vida de un fauno (febrero y mayo-agosto de 1940, agosto-septiembre de 1944) no refleja directamente los acontecimientos que precedieron al estallido de la Segunda Guerra Mundial ni los que preludiaron la agonía del Tercer Reich. Relata, mediante una sucesión de breves fogonazos, la vida cotidiana de Düring —el alter ego del autor y a la vez retrato del padre con el que nunca congenió— en el poblado agreste de sus amores (la Loba) y odios (el señor Jefe de Distrito, nazi por supuesto); los bosques en los que se refugia huyendo del conformismo y el fervor patriótico de los suyos; la cabaña que se construye en una hondonada recóndita para abrigar sus encuentros furtivos con la hija de sus vecinos; la coexistencia con una esposa a la que no soporta y con unos vástagos contagiados por la fraseología del Führer y de sus gerifaltes. Lo público y lo privado se entremezclan en el zigzag de sus pensamientos: el SS que se jacta del “trato especial” que reserva a los judíos apriscados en los campos, el obligado Heil Hitler intercambiado en la calle, el fatalismo alegre de quienes pronto serán conducidos al matadero, afloran a la superficie de una cotidianidad hecha de lecturas, trabajos de Archivo, escapadas al mundo vegetal del que entra el aire que respira y le mantiene en vida. Una simple frase nos informa del inminente fin de la guerra civil española otra, de la perversa naturaleza de los polacos, a los que conviene dar una lección; una tercera, de la firma del Pacto germanosoviético que dará paso al desencadenamiento de las hostilidades… Maestro en el arte de la elipsis, el bellísimo encuentro de Düring con la Loba (página 126) debería servir de lección a los autores que nos describen escenas sexuales con perlas del estilo de “le metí la polla en la boca” o “se la chupé hasta secársela”, y que son legión. El solitario narrador ve avecinarse la catástrofe:

“Nada hay más horrible ni lamentable que dos pueblos que se lanzan el uno contra el otro cantando himnos nacionales”, escribe

“Nada hay más horrible ni lamentable que dos pueblos que se lanzan el uno contra el otro cantando himnos nacionales. (Una definición del hombre: ‘es el animal que grita hurra’)”.
y sin dejarse ofuscar por el clamor patriótico advierte:

“Todos vuestros generales y políticos podrán vaticinar que se avecina la edad de oro, que precisamente acaba de comenzar, pero yo sé que dentro de diez años habrán aniquilado por completo a Alemania. ¡Entonces se verá quién tenía razón: si el insignificante Düring o esos grandes señores y el 95 por ciento de los alemanes!”.

En el tercer capítulo del Fauno (de agosto a septiembre de 1944), las sombrías predicciones del narrador se han cumplido o están en vías de cumplirse. Los ataques aéreos arrasan las ciudades alemanas; la radio oficial informa de repliegues estratégicos en todos los frentes y las familias reciben los ataúdes de sus hijos envueltos gloriosamente con la bandera nacional. La reacción del misántropo Düring a la noticia de la muerte del suyo, “caído por la Gran Alemania”, rezuma indiferencia y desprecio. Las escenas de los bombardeos y sus diluvios de fuego componen uno de los mejores testimonios de apocalipsis que se abatió sobre el Tercer Reich, apocalipsis no retratado puntualmente como en la novela de Stig Dagerman sino trazado a brochazos con el pincel visionario de un Goya. La evocación de los Desastres de la Guerra es una de las páginas más bellas de la obra de Arno Schmidt y sirve de introducción al lector en la segunda parte de la trilogía (aunque la precedió en su escritura): El brezal de Brand.

Papel higiénico británico, escolares con piernas delgadas como palos, hambre, frío, escasez: todo avala el malthusianismo del narrador, para quien habría que castigar la procreación en la medida en que prolonga y expande la irracionalidad de sus pares. La aversión a sus congéneres que bajo “la presión o el empuje de algunas pocas manos aisladas, la lengua bien afilada de un solo charlatán, el fuego salvaje de un solo temerario que toma la delantera —lo que pone en marcha a miles y centenares de miles que no consideran ni la justificación ni las consecuencias de ello—” duda en considerar humanos, extiende su pesimismo cósmico a todas las instituciones y mitologías religiosas que sostienen un gran teatro de títeres al servicio de los más vivos y desvergonzados. Pastillas Knorr, un octavo de libra de margarina, una lonja de tocino, un queso raquítico, tarjetas de racionamiento, bellotas cocidas, calorías: la experiencia de Arno Schmidt como prisionero de guerra e intérprete de la Escuela de Policía instalada por los ingleses en la landa de Lüneburg acarrea una serie de materiales en bruto en la que el amor con Grete, pero sobre todo con Lore, teje un hábil contrapunto a la miseria de un universo sin futuro y abocado a una inexorable destrucción. Solo las referencias a la obra escrita y ya leída muy cervantinamente por Lore, así como el amor a la belleza literaria sin leyes, en contraposición a la de los “chulos de la poesía” (¡anota bien la frase, lector!) salvan al narrador narrado de la catástrofe que se avecina y de la que dará cuenta catorce años después (en el tiempo novelesco, no en el real).

En Espejos negros, cuya acción se desenvuelve en 1960, la hecatombe nuclear prevista (y casi deseada) por el narrador anónimo, trasunto de Düring y del alter ego de Schmidt de El brezal de Brand, que ha preservado milagrosamente la vida en unos bosques desiertos, libres al fin de sus aborrecidos congéneres, ya ha tenido lugar. Las cáscaras de las casas y poblados están vacíos:
“Las bombas atómicas y las bacterias hicieron un trabajo excelente. Mis dedos oprimían sin cesar el gatillo de la dinamo de la linterna. En una de las habitaciones había un cadáver: su hedor tenía la fuerza de doce hombres: de modo que al menos en la muerte consiguió igualar a Sigfrido (al margen de eso, no suele ocurrir que sigan oliendo; con todo el tiempo que ha pasado). En el primer piso había casi una docena de esqueletos, hombres y mujeres, diferenciables por las caderas”.
El superviviente se alegra de que todo haya acabado: vagabundea solitario como en el tiempo en el que el planeta existía sin seres “semihumanos”

El superviviente se alegra de que todo haya acabado: vagabundea solitario como en el tiempo (decenas de miles de años) en el que el planeta existía sin seres “semihumanos”. Entre las ruinas despobladas tropieza con residuos de la extinta civilización: documentos, ficheros, libros (no se menciona aquí, como en la primera parte, a “un tal Arno Schmidt escritor muerto de hambre”), mapamundos con Estados aniquilados y fronteras risibles. El encuentro inesperado con otra superviviente, imagen madura de la Loba y de Lore de las anteriores novelas de la trilogía, les permite evocar a ambos sus respectivas vivencias de la aniquilación. ¿Subsisten aún seres aislados y dispersos como ellos? Y, en caso afirmativo, ¿podrían propagarse en un medio contaminado y hostil? Sus especulaciones sobre la hipotética repoblación de una Tierra en la que ni la ética ni la cultura han arraigado al cabo de miles de años les induce a rechazarla: los antropomorfos no tienen posibilidades de mejora y no mejorarán:

“Boxeo, fútbol, quiniela: ¡para eso sí que corrían! ¡En armas eran campeones! ¿Cuáles eran los ideales de un muchacho?: ser corredor de coches, general, campeón mundial en los cien metros. De una muchacha: ser estrella de cine, ‘creadora’ de moda. De los hombres: ser dueño de un harén y gerente. De las mujeres: un coche, una cocina eléctrica y que la llamaran ‘Señora’. De los ancianos: ser hombre de Estado”.

El narrador y Lisa no reencarnarán la fatídica pareja de Adán y Eva en el paraíso. Ella no desea la absurda propagación de la especie: brusca y resueltamente le abandona. Y el solitario de los bosques y brezales proseguirá sin lector alguno su labor de prosista “incendiario”.

Habrá que dar las gracias al editor, a los tenaces y admirables traductores y a Julián Ríos, cuyo empeño a lo largo de décadas ha permitido la publicación de Los hijos de Nobodaddy, por haber puesto en nuestras manos una obra cuya audacia compositiva y fogonazos de belleza nos arrancan del muermo de las lecturas consabidas y sin huella posterior alguna.

El País

sábado, 26 de mayo de 2012

Cortázar comparte su bitácora de a bordo en su viaje por la Provenza

Madrid, 26 may (EFE).- El privilegio del lector de acompañar a Julio Cortázar en su furgoneta por las colinas y los campos de lavanda de la Provenza escuchando las críticas que el propio escritor hace a las pruebas de imprenta de "El libro de Manuel", es la propuesta de "Corrección de pruebas en Alta Provenza".

El texto, publicado por la editorial RM y por primera vez en solitario, es una invitación a conocer el taller de creación del autor antes de los resultados definitivos de una obra, así como a adentrarse en sus propias reflexiones y en su modo de vida.

Se trata de una obra peculiar, en la que Cortázar relata la recepción de pruebas de imprenta de su novela el "Libro de Manuel" (1973) en su refugio de Saignon, un pequeño pueblo de la Provenza, y cómo decide sumergirse en la corrección del texto, aislándose, recorriendo esta región francesa en su furgoneta Wolkswagen.

El "Libro de Manuel" está considerada la gran novela política de Cortázar, una síntesis polémica de sus búsquedas estéticas y su interés por los movimientos revolucionarios de aquellos años.
En la Volkswagen roja a la que Cortázar llama dragón (porque dice el autor de "Rayuela" que "casi nunca" ha aceptado el nombre de las cosas), tan solo hay un tanque de agua y un asiento que se convierte en cama.

En su recorrido por la Alta Provenza, el autor de "Bestiario", que vivió entre 1914 y 1984, contó con la sola compañía de unas latas de sopa, vino tinto, la radio y, por supuesto, su máquina de escribir.
"De alguna manera esto será el diario de una rutina de escritor, pero también quisiera ser otra cosa, una confrontación de lo que ocurre mientras se trabaja y que en mi caso es hoy muy diferente que en otros tiempos", afirma Cortázar, al referirse a como se ha vuelto "más poroso" y ahora no le molestan la música y los boletines informativos de la radio en su proceso de creación.

"Corrección de pruebas en Alta Provenza" está prologado por Juan Villoro quien destaca que el "Libro de Manuel" le llevó a "un desafío del que nunca estuvo muy seguro: comentar las noticiosas urgencias del presente desde la ficción.

Por ello considera que "Corrección de pruebas" es "la bitácora en la que revisa un texto que corre el peligro de envejecer con los giros de la realidad".

Pero las noticias que Cortázar escucha en la radio confirman "sus intuiciones sobre la violencia: las Olimpiadas de Múnich son asaltadas por el terrorismo y un grupo de militantes montoneros es asesinado en Trelew, Argentina", apunta Villoro.

"No revisa el libro: se revisa", afirma el escritor mexicano al referirse a Julio Cortázar.
En su opinión, el conductor del dragón rojo se ocupa de la noción de identidad, el exilio, el trato con los lectores, el componente nacionalista de la pasión deportiva, la desafiante posibilidad de verse con ojos ajenos, los recursos literarios, la superioridad de la intuición a la argumentación en su proceso creativo, la relación con Argentina y sus diplomáticos, el sentido de pertenencia o el impacto de la historia del mundo en lo propio.

El saldo de este texto, de 49 páginas, es a juicio de Villoro "una breve obra maestra", cuya meta más significativa no iba a ser el libro corregido, sino "las reflexiones laterales, el taller secreto que lo sustentaba, el modo de vida que permite una lectura singular".

El texto, de 49 paginas, fue publicado por primera vez en 1973 por la editorial Tusquets como parte de una antología de varios autores latinoamericanos y españoles con obras en proceso de creación como Lezama Lima, Octavio Paz, Gil de Biedma o Juan Goytisolo.
Mercedes Bermejo

viernes, 25 de mayo de 2012

Franco retrato psicológico de un dictador

Podríamos tener la impresión, que todo libro con algún titulo sugerente sea una de las aproximaciones mas tacita a nuestros deseos, o podríamos decir, que ya hemos encontrado un titulo, que al menos, hace principiar todo un episodio que por largo tiempo andábamos buscando. El presente libro, a simple vista, diríamos Eureka, pero pudiéramos decir, que es todo lo contrario a ese silencio seco por encontrar un titulo, que ha sido el va y ven de muchos historiadores por querer descifrar las escaramuzas psicológicas de los dictadores.

El presente libro: Franco. Retrato psicológico de un dictador de la escritora Gabrielle Ashford Hodges, es un intento fallido de lo que esperaba encontrar en el mismo. Partiendo del guion de Raza, una obra entretenida pero de escasa base histórica y mucho menos de algún contenido psicológico, se va enrolando en algunos detalle, que en la sazón se codea con defectos y errores histórico.

A todas luces, me vería en la necesidad de encasillar este libro como uno mas de los libros de historia o biografía de Franco. Ya desde el primer capitulo, la escritora va tejiendo la vida misma de Franco, donde lo va colocando como un ser inseguro, alojado por los impulsos contradictorio, y hasta asumir la venganza como una herramienta de estrategia. Pero, no así uno llega a crearse una rebelión de incertidumbre y hasta preguntarse cuando la escritora nos dará alguna manifestación psicológica de Franco.

La critica total indiscutible del texto estará delimitada en las aproximaciones históricas que quisiéramos saber de Franco, pero podríamos decir que hay un ausentismo insoslayable de cualquier unidad psicológica con Franco.

Os dejo en sus manos la absoluta "convicción" psicológica que podría encontrar en dicho libro. 

Estos versos salvaron la vida a Machado

"Cuando perdí a mi mujer pensé pegarme un tiro. El éxito de mi libro me salvó, y no por vanidad, ¡bien lo sabe Dios!, sino porque pensé que si había en mí una fuerza útil, no tenía derecho a aniquilarla". La carta que a finales de 1912 Antonio Machado envió a Juan Ramón Jiménez retrata bien la borrasca vital que estaba atravesando el primero. En la primavera de ese año —nueve después de publicar Soledades— había aparecido su segundo libro de poemas: Campos de Castilla. Si el primero le había conseguido más prestigio que lectores, el nuevo fue un éxito desde el principio: con una primera tirada de 2.300 ejemplares —más optimista incluso que las que se hacen hoy—, el poemario fue reseñado en España y América por críticos como Unamuno, Azorín y Ortega. Superado el simbolismo modernista, llegaba la hora de la Historia, la poesía como "palabra en el tiempo". El lirismo intimista daba paso a la conciencia crítica: solo el racionalismo europeo podía atajar la beata ignorancia española. "Castilla miserable, ayer dominadora, / envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora", dicen unos versos en los que solo una lectura superficial podría ver, siguiendo el tópico noventayochista, una exaltación de los valores de ninguna patria.

La cruz de la moneda fue, en las mismas fechas, la salud de su mujer, Leonor Izquierdo, enferma de tuberculosis. El poeta y la muchacha —el episodio ya forma parte de la crónica rosa de la literatura— se habían casado cuando él tenía 34 años y ella, 15. Fue en 1909, en Soria, la ciudad en la que Machado enseñaba francés desde dos años antes mientras vivía en la pensión regentada por la madre de la novia. En 1911, durante un viaje a París, Leonor vomita sangre y la pareja vuelve a España gracias a "250 o 300 francos" que les adelanta Rubén Darío. A las 10 de la noche del 1 de agosto de 1912, Leonor muere. “Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar", se lamentó el escritor en un celebérrimo poema que terminaría formando parte de las nuevas ediciones de Campos de Castilla.

Abatido, Machado deja Soria y, con el nuevo curso, cambia su plaza de profesor al Instituto General y Técnico de Baeza. Allí escribe muchos de los poemas que convertirán la segunda edición de Campos de Castilla (1917) en otro libro casi, uno de los más influyentes de la literatura española del siglo XX. Desde el primer verso —"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla"— hasta el torpe aliño indumentario pasando por ser bueno (en el buen sentido de la palabra), distinguir las voces de los ecos, partir ligero de equipaje, la curva de ballesta del Duero o la España de charanga y pandereta, el poemario ha sido un semillero de expresiones para el habla popular, al que, de hecho, tanto debe. Si a ello se le añaden los proverbios y cantares —"caminante, no hay camino"— en la voz de Joan Manuel Serrat para su disco de 1969 o, más recientemente, la sombra de Caín en la de Robe Iniesta (Extremoduro), queda patente la vigencia de la obra de Antonio Machado. En los libros y en la calle.

"Machado es lo más parecido que tenemos en España a un poeta nacional", dice Luis García Montero, escritor y catedrático de literatura de la Universidad de Granada. "Sus versos están en el vocabulario común, a veces, incluso malinterpretados, porque cuando habla de las dos Españas en Campos de Castilla no se refiere a la izquierda y la derecha, sino a los conservadores y liberales que se alternaban en el poder durante la Restauración, un periodo de descrédito de la política en el que había una distancia abismal entre la España oficial y la real".

García Montero se dio a conocer como poeta en los años ochenta reivindicando un cambio de actitud estética resumido en una fórmula tomada de Machado: la otra sentimentalidad. Frente a la sensibilidad, que se cree abstracta y pura, se trataba de "asumir que los sentimientos son un producto histórico y que la indagación de la intimidad podía ser una labor tan cívica como el compromiso político".

Para los poetas más jóvenes de la democracia, Machado sirvió también como punto de unión con los de la generación del 50. El realismo crítico de Campos de Castilla y su muerte en el exilio después de atravesar la frontera francesa junto a los derrotados de la Guerra Civil convirtieron a Machado en un símbolo. Hasta el punto de que en 1959, vigésimo aniversario de su muerte, una visita a Collioure fue uno de los hitos promocionales de aquella generación de autores hoy clásicos. Para la foto del día posaron en el cementerio Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald. Este último es el único superviviente de la foto, privilegio que, dice, le parece "un dato más bien alarmante" y le produce una "ingrata sensación de pérdida". Pese a ser el menos realista, por barroco, de los poetas del grupo, Caballero Bonald recuerda el papel que la figura de Machado jugó para su generación: "Se convirtió para todos nosotros en el paradigma de una filosofía social y un enfoque crítico de la cultura que coincidía con el programa poético que entonces se intentaba movilizar". Su comportamiento, "sus limpias actitudes humanas y políticas, su figura intachable de defensor de la República, supusieron un punto de referencia ideológica tan oportuno como integrador". Cien años después de la aparición del libro que lo consagró se ha matizado mucho la disyuntiva entre simbolismo y realismo, pero Machado continúa siendo un ejemplo de decencia y la gente sigue usando sus versos como si fueran expresiones pulidas por los siglos. No hay mejor posteridad para un poeta.

El País

Feijóo desea que aparezca el Códice y remite a Delegación del Gobierno y Policía abordar el estado de la investigación

O PINO (LA CORUÑA), 25 (EUROPA PRESS) 
 
El presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, ha trasladado su deseo de que aparezca del Códice Calixtino, desaparecido el pasado mes de julio, después de las últimas informaciones que apuntan que hay avances en la investigación. Con todo, ha remitido a la Delegación del Gobierno y a la Policía Nacional la petición de información sobre este caso.

"No voy a ser aquí representante del delegado del gobierno y portavoz de la Policía", ha rehusado Feijóo, quien ha mostrado, como es "natural", su deseo de que aparezca este libro singular del siglo XII, la primera guía para peregrinos.

"Espero y deseo que este asunto podamos resolverlo, pero no soy el responsable. Sí me gustaría, como es natural, que aparezca el Códice Calixtino", ha zanjado Feijóo al ser preguntado por este asunto tras visitar la escuela infantil de O Pino, junto a la consejera de Trabajo e Bienestar, Beatriz Mato.

La ruina: una comedia

Eduardo Mendoza publica 'El enredo de la bolsa o la vida', una de sus novelas abiertamente humorísticas y estrambóticas, para abordar sin embargo asuntos tan serios como la crisis económica española y la quiebra técnica de Europa.

Sin nombre, ni dinero, ni rastro de cordura, o sea, como siempre, pero algo más viejo y si cabe aún más perplejo, el detective más disparatado de las letras españolas acaba de regresar con El enredo de la bolsa y la vida, y con él, el Eduardo Mendoza más ligero. En ese registro, entre la parodia de la novela policiaca, la picaresca y el esperpento, que durante las tres últimas décadas ha arrancado tantas risas e incluso carcajadas, el escritor barcelonés, de 69 años, se atreve ahora a hablar de la gigantesca crisis en la que todo zozobra.

Muchos años después de abandonar el sanatorio mental, el sabueso loco que protagonizó El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras recibe una jugosa propuesta, en forma de presunto golpe perfecto, de un viejo compañero de celda; la extraña y súbita desapación de éste, y su búsqueda por parte del primero desembocarán insospechadamente en el descubrimiento de un atentado terrorista contra Angela Merkel que el viejo huésped del frenopático y su pandilla delirante tratarán de desactivar.

"Es una broma. Cuando escribía el libro ni se me ocurrió que pudiera tomarse de otra manera. Pero estoy esperando, de momento no hay ninguna reacción", dice cuando se le pregunta por reacciones a la novela en Alemania, uno de los muchos países donde sus libros se traducen. "La sensibilidad de los países, de las personas, de las colectividades... a veces es muy sorprendente. Los alemanes son lentos, prudentes y reflexivos, o sea que el silencio no significa nada, seguramente están pensando todavía qué les parece. Ellos se lo toman con calma. Lo estudian bien. ¡Tengo verdadera curiosidad! Pero es posible que para cuando tomen una decisión ya no esté esta señora, porque los políticos, en cuanto pasan, se olvidan de una manera... En fin, que sigo con mucho interés la política alemana para ver cómo va a funcionar el libro", dice.

Habla lento, para decir lo que quiere decir y no otra cosa, aunque al final, lamenta, sólo le salen "burradas". Con ese aire de caballero elegante y viajado, no está claro si un poco más escéptico que ácrata o viceversa, el escritor visitó ayer Sevilla para hablar de su novela, en la que su mirada burlona y sus proverbiales encogimientos de hombros, gestos tan habituales en su presencia, se transforman en una ironía implacable de estirpe cervantina, compasiva y nunca desabrida. Aunque él lo vive con naturalidad, con Mendoza parece que siempre hay que aclarar si ha escrito una novela seria -y serias serían, para entendernos, obras referenciales de la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX como La verdad sobre el caso Savolta o La ciudad de los prodigios- o bien una humorística. "Yo empecé queriendo escribir libros serios. O no tanto serios como más ambiciosos, libros en los que quería contar momentos históricos importantes o casos personales significativos. Luego, en algún momento de descanso, empecé a escribir estas novelas humorísticas me encontré bien, muy cómodo, y no creo que esto sea un caso de bipolaridad. Al hacerlo, descubrí que este tipo de novela me permite incidir en la realidad actual y de la calle, cosa que en una novela seria es muy difícil, porque una novela seria tiene que tener una perspectiva temporal bastante considerable. Sería imposible escribir, ahora, una novela seria sobre la crisis, y en cambio sí puede hacerse con esta especie de perro callejero que olfatea por los rincones. Esto además ha caído en gracia: nadie me pide que escriba otra novela histórica pero sí las otras. En cualquier caso, no me siento distinto haciendo una cosa u otra".

Fruto de ese olfateo, el autor, "paseante curioso y solitario", "turista" en su propio barrio, vuelve a dar vida en esta novela a un grupo de criaturas estrambóticas y tocadas por el absurdo, y sin embargo también dotadas de sustancia humana: una especie de naturalismo psicodélico. En el más importante de todos ellos, en el investigador sin nombre, Mendoza reconoce a su álter ego. "Ahora está ya un poquito en edad de jubilarse pero no lo dejan... Me gusta escribir todo lo que escribo, pero éstas tienen que surgir. No puedo planearlas, no puedo decir: uy, sí, me lo voy a pasar muy bien. Tiene que aparecérseme un poco el personaje y decirme: siéntate, que vamos a empezar otra aventura. A lo mejor el próximo episodio, si espero un poquito, pasa ya en una residencia... si quedan residencias. Pero bueno: no nos pongamos derrotistas".

Mendoza ambienta la novela de nuevo en Barcelona, una ciudad de la que junto a Marsé, Vázquez Montalbán o González Ledesma es uno de sus más conspicuos cronistas literarios, y la Barcelona de hoy, dice, es "la de la peluquería vacía y el bazar chino". "No tengo la menor idea", responde cuando se le pregunta si afronta el futuro con un sentido fatalista de la Historia -como sugerían sus declaraciones previas sobre España como "país cutre y pobre"- o es capaz de albergar un poco de esperanza. "Creo que el país lleva una larga etapa histórica en una extraña posición de casi rico, de medio rico, bien, acomodado, pero frágil económicamente. Hay países directamente pobres y hay países muy ricos, y los hay, como el nuestro, que pueden caer de un lado o del otro, y ahora estamos viendo de qué lado caemos".

El caso es que muy esperanzado no parece, porque termina la charla recordando a una tía suya, "muy buena persona, beata, una mujer de misa y novena", que cuando él era pequeño colaboraba con una asociación de pobres vergonzantes. "Iban sobre todo mujeres de buena familia que se habían empobrecido pero no querían recurrir a la beneficencia o a la sopa boba del convento, y esta asociación las socorría en el máximo secreto. A lo mejor España se convierte en el primer país pobre vergonzante de la Historia", apunta sin perder la sonrisa, aunque al menos, un poco antes, para que no todo sea angustia, ha contemplado con más optimismo otro futuro, el de la ficción: "La realidad es muy imaginativa, se le ocurren unas cosas que nadie podría pensar. Entonces qué pasa: que la prensa está obligada a ser muy realista y por tanto a equivocarse. En cambio, los que escribimos ficción nos inventamos las cosas y acaban pareciéndose más a la realidad".

diariodesevilla.es

jueves, 24 de mayo de 2012

Defensa de la poesia. Defensa de la vida

Referirme a algún texto de José Mármol, es anticipar a la musicalidad con las letras. Es recordar una vez mas, que nos encontramos frente a unos de esos escritores comprometido con la poesía, y porque no decir con el lirismo expresivo contenido en su lenguaje, el cual va recogiendo en las afirmaciones que desprende de su posición frente al hombre, la lengua y su vocación indetenible por dejar plasmado toda una generación ochentera convencida que en pequeños trozos hay toda una universalidad de islas delimitadas por la naturaleza intrínseca del lenguaje.

Defensa de la poesía. Defensa de la vida del escritor dominicano José Mármol, es asistir a un despliegue critico y porque no vivencia de dicho escritor. Critico sagaz y un ensayista a carta cavar. Apegado a la construcción verbal y a la reflexión alegórica, las palabras en él mismo hacen de él todo un escritor de gran aprecio.

"Defiendo la vigencia de la poesía porque, además de ser la expresión más alta de las posibilidades estéticas de una lengua, hay en ella un hálito de trascendencia que se nutre de la más simple de las realidades, aquella que expresa cada día la voluntad del ser humano en reafirmar la belleza de la vida".

La postura verbal de este poeta frente a la poesía la asume como un acontecimiento que enlaza toda una armónica entre lo estético, lo lingüístico y lo puramente humano. Deja de entrever la esencia misma del lenguaje como naturaleza y materia prima: La poesía va desde el lenguaje hacia el lenguaje mismo, y ese trayecto, a todas luces simbólico, tiene lugar su entroncamiento con la vida y con la realidad, con la sociedad y con la historia, con el tiempo y el pensamiento.

La fragmentación y desplazamiento temático del libro, va mas allá  de su defensa como tal de la poesía. Capta dimisiones ensayísticas de otros escritores. Uno de los puntos o temas que encontramos en el libro es una conferencia dictada en la Fundación Corripio en el mes de octubre de 2007, donde expone de manera magistral su profunda reflexión y vocación: ¿Para qué escribir?, Escribo para descubrir el mundo, descubrirme yo. Escribo para admitir que existo en el mundo. Escribo para la patria del idioma. Escribo para sobrellavar el tedio, la desidia y la soledad. Escribo para sobrevivir. Es una exquisita conferencia, donde  el mismo se descubre y se deja descubrí al publico.

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“Nadie realmente feliz es escritor”

Hace un día gris en Roma. Nubarrones oscuros amenazan con descargar lluvia sobre la Ciudad Eterna. Sobre la relación entre Gaetano y Delia en cambio el diluvio ya cayó hace tiempo. Donde durante años reinó un sol brillante ahora tan solo hay escombros mojados y la nostalgia que conlleva una separación. Sobre cómo acabaron ahogados en esa pesadilla se interrogan los dos jóvenes a lo largo de Nadie se salva solo (Alfaguara), la última, melancólica novela de la escritora italiana Margaret Mazzantini (Dublín, 1961) que acaba de llegar a España.

El libro dura el espacio de una cena. Los treintañeros Gaetano y Delia quedan en un restaurante para, en teoría, organizar las vacaciones de sus hijos. La cita se convierte sin embargo en un río de flashbacks que narra cómo un enamoramiento puede transformarse en dolor. “Ambos son una representación letal de una pareja contemporánea. Han intentado ser distintos y han acabado siendo como los demás. Se ilusionaron y han perdido”, cuenta Mazzantini, sentada en el sofá de su amplia “oficina” romana.
O, por decirlo a la manera del libro: “Han caído desde la roca más alta y por debajo el agua no era mucha. Se miran y no saben si se quedarán inmovilizados de por vida, en una silla de ruedas empujaba por alguien de buen corazón, o solo cojos. Desde luego ha sido un buen salto”.

Ambos son una representación letal de una pareja contemporánea. Han intentado ser distintos y han acabado siendo como los demás. Se ilusionaron y han perdido”
El símbolo de su derrota está en un tercer invitado que, según la autora, participa en la cena: “Ante ellos tienen al cadáver agonizante de su amor. Intentan reanimarlo. Él la llama 'puta', ella le echa el helado a la cara. Pero no hay manera”. La autopsia de su sentimiento desvela a lo largo de 218 páginas un viaje desgarrador que arranca con dos almas gemelas y termina con dos individuos que llegan a despreciarse por un albornoz dejado en el suelo o por cómo el otro coloca un vaso en una mesa.

Imperfecciones, dejaciones, es decir la marca de la casa de Mazzantini: “Siempre escribo de tipos que tienen fallos y faltas, que están cojos. Eso es lo que nos hace humanos”. Como Gemma, la protagonista de Venido al mundo, otra trágica novela que Mazzantini ambientó en el sitio de Sarajevo durante la guerra en Bosnia y que considera su obra maestra.

Una falta es también lo que lleva a la autora a escribir. “Es un sentimiento que se acerca, una vorágine, un hambre abierto. Nadie realmente feliz es escritor”, cuenta Mazzantini sobre el momento en el que vuelve a teclear. Un acto placentero –“es como volver a ver a tu enamorado”- pero también fatigoso, al menos para una mujer que es también, y sobre todo, madre de cuatro hijos: “No tengo tiempo: escribo cuando los niños están en el colegio, o durante las vacaciones. Siempre digo que para escribir hace falta fuerza física”.
De habla rápida y apasionada, la autora de Nadie se salva solo dispara ráfagas de frases sin parar. Y así durante una hora y media. Infinitamente más necesitó su padre para terminar su ópera prima. “Se pasó 40 años escribiendo el mismo libro. Acabó bromeando con que le publicarían póstumo”, cuenta la escritora. A fuerza de ver a su progenitor sobrecogido por su hazaña literaria, Mazzantini creció con la idea de que la escritura “hacía daño”. “Los libros me parecían ataúdes”, remata.

Hasta que, en un viaje a París de hace 25 años, su marido, el actor y director Sergio Castellitto, le regaló un cuaderno. Llevaba Indiana Jones en la portada y, dentro, una serie de páginas en blanco que Mazzantini llenó con la historia de su abuela, a la sazón enferma terminal. Aquel borrador se convirtió en La palangana de zinc, el primer paso literario de Mazzantini. Aunque pocos años después, en 1998, la escritora dio más bien un salto olímpico con No te muevas, su obra más conocida y cuya fama se debe también a la versión cinematográfica interpretada por Castellitto y Penélope Cruz.
Somos el país del arte, de la cultura. Y sin embargo jamás hay atención por nuestro patrimonio”
Lo mismo ocurrió con Venido al mundo, tanto que más de una voz en Italia ha hablado de una suerte de empresa familiar: ella deslumbra libros, él los lleva al cine. “Quien lo ha dicho es un malpensado. Vivo con un cineasta y es normal que algunas de mis historias le puedan interesar”, defiende Mazzantini.

Una historia que parece fascinarle es la de su país. Con Italia la autora vive esa misma relación de amor-odio que la ata a la escritura: “Somos el país del arte, de la cultura. Y sin embargo jamás hay atención por nuestro patrimonio”. Cual tortura china, Mazzantini ve dos extremos que tiran cada uno por su lado hasta estrangular al público. “Ciertos programas de televisión nos han acostumbrado a la basura, nos han encaminado hacia la deriva. Pero también hay intelectuales y escritores demasiados elitistas, alejados de la gente”, sostiene la italiana. En medio está el país real, ese del que Mazzantini dice: “Italia está repleta de una humanidad fiel, leal, maravillosa”.

En ella se podría incluir a un anciano que la autora se encontró un día. El señor padecía por entonces un cáncer que no dejaba mucho espacio para la esperanza. Hoy el hombre ya ha fallecido, aunque Mazzantini recuerda sus palabras: “Me dijo que rezara por él y yo le contesté que no sabía si estaría a la altura”. El anciano respondió que sí, que aun así su ayuda sería importante. Por una simple razón: “Nadie se salva solo”.

El País

"Todos los Cuentos", de García Márquez, salen hoy a la venta, por primera vez, en un solo volumen

Madrid, 24 may (EFE).- "Todos los cuentos", de Gabriel García Márquez, saldrán hoy a la venta, por primera vez, en un solo volumen editado por Mondadori, una publicación en la que se reúnen 41 relatos imprescindibles que recorren la trayectoria del autor de "Cien años de soledad".

La obra del Premio Nobel de Literatura, que se publica coincidiendo con la inauguración de la Feria del Libro de Madrid, constituye un importante legado, con el que la editorial llega al número 500 de Literatura Mondadori, la colección literaria buque insignia del ese sello.

"Todos los cuentos" encarna la esencia de esta editorial: calidad literaria, rigor y prestigio, apunta Mondadori; y para celebrarlo ha recuperado la cubierta original de la obra, con la que se rinde homenaje a una edición hoy inexistente y que recogía los cuentos de Gabriel García Márquez hasta los años setenta.

El lector encontrará en "Todos los cuentos" sus relatos tempranos recogidos bajo el título "Ojos de perro azul", en los que se incluye "Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo".
Con Macondo, ese espacio universal de la literatura, se inauguraron los años del realismo mágico y de sus personajes.

De esta etapa, en plena madurez del autor, proceden sus libros de cuentos "Los funerales de la Mamá Grande", donde se narran las fastuosas exequias de la gran mujer de Macondo, y "La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y de su abuela desalmada".

Los relatos más recientes, los de "Doce cuentos peregrinos", trasladan el escenario a la vieja Europa para hablar al lector de la suerte de los latinoamericanos emigrados, de su melancolía y su tenacidad.
Gabriel García Márquez, nacido en Colombia en 1927, es una de las figuras más importantes e influyentes de la literatura universal.

Ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, es además cuentista, ensayista, crítico cinematográfico, autor de guiones y, sobre todo, un intelectual comprometido con los grandes problemas actuales.

Máxima figura del llamado "realismo mágico", entre sus novelas más importantes figuran "Cien años de soledad", "El coronel no tiene quien le escriba", "Crónica de una muerte anunciada", "La mala hora", "El general en su laberinto", "El amor en los tiempos de cólera" o "Diatriba de amor contra un hombre sentado".

En el año 2002 publicó la primera parte de su autobiografía, "Vivir para contarla", y en 2010 un compendio de sus discursos más célebres, "Yo no vengo a decir un discurso".