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Pruebas

lunes, 14 de mayo de 2012

"El deber moral del poeta es restaurar la precisión; la precisión es la verdad"

El autor de 'Tormenta de uno' y 'Hombre y camello', ganador del Pulitzer y el Wallace Stevens y referencia de la literatura norteamericana actual, ha dedicado un libro a Edward Hopper y prepara ahora otro sobre El Bosco.

Su aspecto delata al profesor de Literatura de la Universidad de Columbia que es Mark Strand (Summerside, Canadá, 1934) desde hace siete años. Llega al jardín del Museo Picasso con sus formas amables y nada más sentarse delante de unos canapés con roquefort que permanecerán intactos todo el tiempo inventa una palabra para definirse a sí mismo: "Fantasista". Y lo hace en un castellano que resulta más fluido de lo que cabría esperar, a pesar de que él mismo advierte que ha aprendido el idioma "hace cinco minutos". Pero Mark Strand se define como fantasista para establecer distancias con los surrealistas: "Los fantasistas no tenemos programa social, hacemos lo que hacemos. Se trata de una necesidad psicológica, una anomalía que crece desde dentro. El surrealismo hace más bien el camino adverso". Lo que no deja de ser paradójico, ya que el mismo Strand afirmó a comienzos de los 70, cuando apenas había publicado tres títulos ya especialmente significativos en su época, que no se sentía tanto un poeta americano sino un autor adscrito a un cierto estilo internacional que compartía las estrategias del surrealismo. De cualquier forma, Strand es una de las cimas de la poesía norteamericana: en 1999 ganó el premio Pulitzer por Blizzard of one (traducido después en España como Tormenta de uno) y en 2004 fue reconocido con el premio Wallace Stevens, uno de los más prestigiosos en su género. Strand ha visitado estos días el Museo Picasso Málaga, donde el viernes celebró una lectura poética, dentro de la Semana de Poesía que celebra el Centro Andaluz de las Letras. El día antes había hecho lo propio en el Festival Internacional de Granada. Parece llevarse bien con la luz mediterránea. La oportunidad de conversar con él es siempre enriquecedora.

El Museo Picasso servía en bandeja, claro, la oportunidad de hablar sobre arte. Resultaba apropiado además con un hombre que ha dedicado un libro a Edward Hopper y que prepara actualmente otro sobre El Bosco ("él sí que era un gran fantasista: no hay más que ver la atracción que ejercen sus cuadros sobre la gente"). De hecho, no duda en afirmar que le resulta mucho más fácil "hablar sobre arte que hacerlo sobre literatura". Y hasta su mejor vía para "escapar de la escritura" se encuentra en la realización de collages: "Lo primero que hago es fabricar yo mismo el papel, con distintas tramas de transparencia y color. Luego añado distintos niveles de color con una cuchara. Es divertido".

A menudo ha reflexionado Mark Strand, bien por escrito o en voz alta, sobre el lugar del poeta en la sociedad. Y en Málaga no podía ser menos: "Siempre habrá un lugar para el poeta porque siempre habrá poesía mientras seamos seres humanos. Lo que hace la poesía es recordarnos esto. Cada día perdemos el hecho de nuestra propia humanidad, todo el mundo se olvida de quién es, todo parece ir dirigido a nuestro alrededor a que seamos menos de nosotros mismos. Pero la poesía permite que regresemos a lo que somos. No es un lujo. En todo el mundo se está matando a gente constantemente, y nadie se pregunta qué pasa". Y añadió al respecto: "No creo que la poesía pueda salvar al mundo, pero es necesaria. Si más gente de la vida pública, si más políticos y ministros leyeran poesía, quizá todo iría mejor".

Cabe entonces poner sobre la mesa un caso propio. El presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, citó una vez entre sus autores favoritos a Thomas Pynchon, que aunque no es poeta sí es uno de los escritores norteamericanos más importantes e influyentes. Cuando se le pregunta a Strand si Pynchon es suficiente garantía, el poeta asiente y se lleva la mano al mentón en un gesto ya característico: "Bueno, Pynchon es novelista, un gran novelista, y es verdad que su literatura es compleja, requiere una disposición notable. Sí, yo lo consideraría una buena señal. Eso sí, yo le recomendaría que como siguiente paso leyera poesía". ¿John Ashbery, tal vez? "Sí, John Ashbery es el mejor poeta americano. Hay muchos otros muy buenos, pero Ashbery es el mejor, seguro. Sería una buena elección". Corresponde entonces abordar una posible radiografía de la poesía estadounidense actual, una delimitación de grupos o generaciones, pero Strand se resiste: "Estados Unidos es un país muy grande donde vive mucha gente, así que es normal que haya buenos poetas. Pero no ando muy pendiente de novedades. Prefiero a los clásicos. Son más saludables. De todas formas, resultaría muy confuso intentar aclarar algo sobre la poesía que se hace hoy en Norteamérica. Habría que esperar cien años, al menos".

Tiene Mark Strand una conexión poderosa con la poesía española: en 1973 apareció un volumen con sus traducciones de Rafael Alberti bajo el título The owl's insomnia. Cuando se le pregunta cómo se traduce a Alberti, Strand responde: "Con el diccionario". Pero se explica: "Recuerdo que, cuando tenía 25 años, yo era aún un poeta muy malo pero quería leer cosas distintas. Entré en una librería, fui a la sección de literatura española, y empecé a buscar autores en orden alfabético, por la letra A. El primero que salió fue Alberti. Cogí Sobre los ángeles y me sorprendió porque lo podía entender bastante bien. Así que traduje algunas cosas. Mi editorial lo quiso publicar algunos años después y lo saqué del cajón".

¿Debe asumir el poeta un compromiso ético? "El trabajo del poeta consiste en escribir bien. Claro. En ser fiel a las posibilidades del lenguaje. Frente a fundamentalismos intelectuales como el rap, el deber moral del poeta es restaurar la precisión; y la precisión es la verdad". Strand brinda un consejo de parte de quien prefiere los fragmentos: "Pretender escribir sobre el mundo entero es un suicidio". Lo haremos, mejor, poco a poco.

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