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Pruebas

domingo, 29 de abril de 2012

Los de dentro

Decía Borges que los seres humanos nacen aristotélicos o platónicos; yo he pensado muchas veces que nacen, nacemos, acreedores o deudores, de modo que hay quien se pasa toda la vida exigiendo lo que se le debe y quien vive angustiado por las deudas urgentes que se le están reclamando siempre. También empiezo a sospechar que se nace para estar dentro o para quedarse o sentirse fuera, para creerse instalado sin incertidumbre o para temer a cada momento que lo expulsen a uno de donde acaba de llegar, que vayan a rechazarlo cuando se acerca al control de pasaportes de un aeropuerto, incluso que no se le vayan a abrir unas puertas automáticas. La paradoja es que la mayor parte de los logros más valiosos, en las artes o en las ciencias, suelen deberse a personas que están fuera, o al menos al margen, o en una esquina no privilegiada; y que quienes se encargan de juzgar y de extender certificados de legitimidad son los que están dentro, los situados, los instalados, los que mucho antes de llegar a su posición inapelable ya la presentían, ya la ejercían, ya estaban entrenándose.

Hay quien desconfía tanto de los grupos que nunca aceptaría, a la manera de Groucho Marx, pertenecer a ningún club que admitiera a gente tan deplorable como él mismo. Aunque ni siquiera hace falta desconfiar: basta con sentirse incómodo, con carecer de ciertas habilidades sociales; basta incluso con una predisposición no necesariamente melancólica a la soledad. Hay quien cuadra perfectamente en un grupo, en una generación, en una minoría sexual, en una patria, y ejerce voluntaria o espontáneamente de portavoz o de figura representativa. A los amigos pintores de Robert Motherwell —gente tan desatinada como Jackson Pollock o tan huraña como Willem de Kooning o Mark Rothko— les sorprendía que Motherwell abrazara con tanto entusiasmo las teorías sobre expresionismo abstracto elaborado por algunos críticos, que sin ninguna vacilación hablara y escribiera en nombre de algo, un grupo, una generación, que para los demás no era más que una confluencia azarosa de amistades, conversaciones, noches de bebida, solitarios afanes estéticos.

Los dos más grandes compositores americanos del siglo XX, Charles Ives y George Gershwin, estaban fuera o al margen, cada uno a su modo. Ives era un directivo muy competente en compañías de seguros; Gershwin, un hijo de emigrantes judíos rusos que siempre sintió cierta incomodidad entre las personas de clase alta a las que lo acercó su éxito. Pero ni siquiera el éxito le permitió el alivio o la conformidad de pertenecer. Ganaba mucho dinero componiendo musicales para Broadway, pero quería escribir también música de concierto y óperas. Entre la gente práctica de Broadway y de Hollywood, que Gershwin quisiera ser visto como un compositor serio provocaba desconcierto, y tal vez recelo. Viajó a Europa para aprender más de cerca una tradición que reverenciaba con la entrega del advenedizo e intentó ser discípulo de Maurice Ravel. Compuso Porgy and Bess y los instalados, los guardianes de la ortodoxia clásica, los que estaban dentro y lo veían como a alguien de fuera —con un desdén ayudado de manera conveniente por la envidia, porque Gershwin ganaba muchísimo dinero— lograron amargarle eficazmente la vida.

El pobre Gershwin murió de un tumor cerebral a los 37 años sin librarse de la amargura por el rechazo crítico de Porgy and Bess, que ahora es una de las pocas óperas del siglo XX ineludibles en cualquier repertorio. Los que están dentro deciden cuándo admiten al que está fuera y cuándo no, y no tienen el menor reparo en condecorarse con el prestigio de alguien a quien no mucho tiempo atrás habían rechazado. Quizás a un muerto es más fácil no tenerle envidia.

Hay quien publica un tomo liviano de verso o prosa y enseguida se llama a sí mismo poeta, escritor, escritor joven, y va a congresos de poetas vestido de poeta o de escritor joven, y firma manifiestos de jóvenes poetas o jóvenes narradores, y es incluido en antologías generacionales o identitarias, y habla con aplomo de los escritores en primera persona del plural, y muy pronto se hace jurado en premios y antólogo y dirigente de congresos, cada vez más en el meollo, en el centro, en el ajo. El formidable Wallace Stevens fue también, como Ives, ejecutivo de seguros, y parecía exactamente eso. La foto que más me emociona de Primo Levi es esa en la que aparece en un laboratorio, vestido con su mandil de químico. Esa profesión que le gustaba tanto era un antídoto contra las vaguedades de la literatura y contra las tentaciones gremiales del oficio de escritor. Y es precisamente su mirada exterior, de científico, una de las razones de su originalidad.

La química era tan importante como la experiencia de Auschwitz en la literatura de Primo Levi, en su desasosiego de no encontrar nunca un sitio al que pertenecer indudablemente. El ejercicio de la medicina es igual de decisivo en la poesía de William Carlos Williams, el menos previsible, el menos clasificable de los grandes poetas de la lengua inglesa en el siglo XX. Leyendo su biografía más reciente, escrita por Herbert Leibowitz, me gusta comprobar la constancia con que Williams cultivó su posición lateral, menos por voluntad que por temperamento, por amor al ejercicio diario y muchas veces agotador de sus tareas de médico, por apego al paisaje entre rural y provinciano de la pequeña ciudad de New Jersey en la que vivía. No era un ermitaño y le gustaba mucho cruzar el río hacia Manhattan. Veía a otros escritores, iba al teatro o a conciertos, visitaba exposiciones, se concedía aventuras eróticas más o menos secretas. Pero le bastaba regresar a Rutherford y era de nuevo el doctor Williams, y ninguno de sus pacientes, que solían pertenecer a familias trabajadoras de emigrantes, imaginaba que aquel médico bondadoso y eficaz que cobraba tan poco tuviera otra vida volcada en algo tan ajeno a ellos como la literatura, como la poesía.

Se reconoce en seguida a los que están dentro, a los que han nacido para estarlo. Es un club en el que por ahora todavía está representado mayoritariamente el sexo masculino. Hay quien sin haber publicado nada o casi nada ya ha aprendido todas las maneras, que en su variante española incluyen una jactancia áspera, un lenguaje de clan, una destreza para situarse y repartir juego, para intercambiar favores, una soltura para citar el título de lo que uno mismo ha escrito como si fuera de dominio público, para pronunciar nombres de pila. La literatura es un local que ellos controlan desde la barra; acodados en ella, intercambiando claves, inapelablemente aprobando o descartando, volviéndose a medias para mirar de soslayo a la concurrencia, administrando el sarcasmo, contando anecdotillas denigratorias ya muy manoseadas, detectando candidatos posibles a los que quizás convenga admitir en el club. Les pasa como decía Augusto Monterroso que les pasa a los enanos, que tienen un sexto sentido que les permite reconocerse entre ellos. Siempre están en el secreto de algo que los demás ignoran.

Virginia Woolf, que los padeció bastante, sabía que su dominio es imperfecto, y, al menos a la larga, tal vez irrisorio. Por eso escribió: “La literatura está abierta a todo el mundo”. Basta leer con atención y fervor para estar dentro de la literatura.
 
El País

sábado, 28 de abril de 2012

El editor independiente busca refugio

¿Tienen las editoriales independientes los días contados si no se blindan o crean alianzas con grandes grupos o conglomerados editoriales? ¿La precipitación de un nuevo paradigma económico y digital redibuja un nuevo mapa editorial en España? Las preguntas que suelen rondar a los sellos medianos y pequeños cobran vigencia con la entrada del Grupo Planeta en el accionariado de Tusquets, la última editorial clásica, prestigiosa e independiente española. Casi una de cada tres editoriales está hoy vinculada a un grupo o conglomerado editorial. La joint venture entre Planeta Corporación y Tusquets está cerca de poner el punto y final a la existencia de sellos independientes de corte literario y volumen de negocio medio que no estén bajo un paraguas que pueda darles cobertura logística. El fenómeno no es nuevo.

El acuerdo de Tusquets es de asociación y seguirá liderada por Beatriz de Moura al frente de su equipo editorial, que “podrá no sólo acceder a la poderosa y eficaz plataforma de servicios de distribución de Planeta, sino a los de administración que, con el tiempo y una colaboración activa, crean conveniente", dice el comunicado. De Moura no ha precisado el porcentaje que tendrá Planeta (aunque se especula que es del 50%), y afirma: "Yo sigo independiente. A mí no me ha comprado nadie”. Una prueba de ello, según la editora, es que el nuevo consejo es paritario, habrá dos personas de cada editorial.

Varios editores, hermanos pequeños y alumnos aventajados de los nombres emblemáticos del mundo de la edición coinciden en aclarar que el caso de Tusquets como el de Anagrama, que en 2015 pasará a la italiana Feltrinelli, se debe más a que no hay una sucesión natural; aunque recuerdan que los antecedentes de convenios similares vividos por otras editoriales es que terminan siendo fagocitadas por las grandes.

Sobre el panorama editorial, Manuel Borrás, editor de Pre-Textos, creada en 1976, aclara que “una cosa es la supervivencia mercantil y otra la independencia de la empresa Ojalá que, además de la paridad expresada en el acuerdo con Planeta, quede garantizada la independencia de una editorial como Tusquets, que para mí en el ámbito literario español ha tenido una gran importancia y junto con Anagrama supusieron en el ámbito editorial un ejemplo a seguir”.

Sigrid Kraus, fundadora y editora de Salamandra hace 12 años, cree que para sobrevivir no hace falta unirse a un grupo más grande. Una vez entrados en esa situación “la supervivencia está más en ser libres e independientes. Además de que puede recortar tu creatividad y valentía porque hay que rendir cuentas”. Si todo fuera así, agrega Kraus, ni Planeta podría defenderse de Google y Apple.
El riesgo de estas alianzas, apoyos, cuerdos o convenios es que se desdibuje la personalidad y la idiosincrasia de una editorial adquirida por un grupo grande. En la franja de Tusquets y Anagrama quedan ahora por volumen, si bien provenientes de estrategias y épocas muy distintas, Salamandra y Edhasa.

La salida para crecer e ir al ritmo de los tiempos no necesariamente es aliarse con grandes grupos, coinciden los editores. “Aunque la realidad, mal que nos pese, impone su efecto rectificador y los tiempos que soplan hacen cambiar de planes”, dice Borrás desde la Feria del Libro de Bogotá.

En el caso de editoriales pequeñas o medianas surgidas entre los años noventa y este siglo que han adquirido una pátina de prestigio e independencia a situación es distinta, asegura Juan Casamayor, de Páginas de Espuma creada hace 13 años. Recuerda que Jorge Herralde dijo que de la misma manera que editoriales como Anagrama surgieron como una insumisión contra el franquismo, las aparecidas a finales de los años noventa y este siglo son las insumisas contra la censura comercial. Estas últimas, afirma Casamayor, “han demostrado que saben nacer, mantenerse y crecer. Que algunas desaparecerán seguro, porque hay ciclos comerciales y editoriales”. Sobre Tusquets, dice: "Siempre había una incógnita, porque de Anagrama supimos hace unos años hacia dónde iba, y es lógico que Beatriz de Moura quiera cerrar un ciclo y dar larga vida a Tusquets".

Es verdad que todo es más difícil que hace años, pero “hay editoriales medianas y pequeñas que se han mantenido independientes”, afirma Luis Solano de Libros del Asteroide, su fundador y editor desde hace siete años. El riesgo de estos movimientos para editoriales como las nuestras, agrega Solano, “es que otras compañías persiguen criterios más comerciales que editoriales y literarios, y cuando vendes a una más grande corres el riesgo de poner en duda esa independencia y línea que te ha dado el reconocimiento”. Pero sobre todo depende del tiempo que confirma o no lo acordado. Espero que Tusquets no pierda independencia y continúen siendo referencia de calidad.

La segunda lectura pasa por entender el pacto Planeta-Tusquets como un escalón más en el lento pero inexorable proceso de concentración editorial español que, ceñido al marco de esa clase media, se ha acelerado desde hace un par de años como consecuencia de la crisis económica y que ha llevado, por citar sólo dos casos recientes, a la compra de Siglo XXI por Akal (mayo de 2010) o a la de la división española de De Vecchi por Edhasa (octubre de 2010).

El fenómeno no es nuevo. Aquí --amén de la compra del sello de Josep Janés por Germán Plaza para fundar Plaza & Janés en 1959— el proceso de concentración arrancó, en una primera fase, entre mediados de los años 80 y principios de los 90, cuando el mercado editorial español empezaba, tras una crisis económica que estaba dejando tocados a sellos históricos, a dar muestras por otro lado de cierta madurez. Los grandes conglomerados de la industria del ocio europea detectaron la conjunción, imaginando también la expansión por América Latina que ya no podían hacer en sus países.

En ese contexto será como la alemana Bertelsmann comprará Plaza & Janés en 1984 y la italiana Mondadori hará lo propio en 1989 adquiriendo la histórica Grijalbo (1962) y, en el paquete, quedándose con Crítica (1974), de las grandes en ciencias sociales y que en 1999 acabaría en manos de Planeta. Sólo un año antes que los italianos, en 1988, el grupo francés Hachette se había quedado con Salvat Editores (1923).

Por una cuestión de supervivencia, los grandes grupos autóctonos habían empezado a mover ficha. Anaya, creada en 1959 como sello de libro de texto por Germán Sánchez Ruipérez, adquiría en 1981 Tecnos (de 1947) pero daba el golpe en 1989 quedándose Alianza (fundada en 1965). La recién creada Ediciones B (salida del periodístico Grupo Z) adquiría en 1986 la reina de los cómics y del entonces libro de bolsillo, Bruguera, nacida en 1910 pero refundada como tal en 1940.

La compra de Tecnos por Anaya era un movimiento un poco a imagen y semejanza de la estrategia que Planeta había arrancado en 1982, cuando se hizo con una de las grandes de la edición literaria de calidad, Seix Barral, que desde 1950, con la llegada de Carlos Barral, marcaba el pulso de la modernidad novelística. La absorción de Seix Barral por Planeta sería la punta del iceberg de algo usual en nuestros días: editoriales con un catálogo fino, generalmente fruto de los gustos difícilmente transferibles de sus directores literarios o directamente propietarios, eran absorbidos por grandes sellos de corte comercial y volumen de facturación y personal notabilísimos: un mercado ya masivo requería fondos de títulos y diversificación de oferta. La ratificación de esta teoría volvería a llegar de la mano del grupo de José Manuel Lara Hernández, que en 1989 sumaba a su conglomerado Ediciones Destino (1942), primera gran editorial literaria en el erial cultural de la posguerra.

En esa primera tanda, otra vez Planeta golpeaba dos veces y daba un salto al hiperespacio editorial al adquirir en 1991 todo un mito, Espasa-Calpe (1926) por la friolera de 10.000 millones de pesetas. Lo más normal, sin embargo, era la compra de sellos más modestos, con pedigrí literario, como el que puede simbolizar la entrada en 1996 de Anaya en el accionariado de Siruela (fundada cuatro años antes) y que con los años acabaría conllevando la marcha de su fundador Jacobo Siruela.

Sin paralizarse nunca del todo, la segunda gran oleada de este proceso se dio con el estreno del nuevo milenio, cuando Mondadori y Bertelsmann (a través de su sello Random House) juntaron fuerzas en 2001. La espiral para alimentar los nuevos conglomerados comportó, entre otras muchas operaciones, algunas de tan notorias como las adquisiciones de Paidós (1979) en 2003 por Planeta de nuevo (a través de Espasa) o las de una pujante RBA, que en 2004 se hizo con las catalanas La Magrana, L’Avenç y Molino, propietaria de Agatha Christie en España; unos sellos a los que dos años después añadiría la también infantil Serres pero, a su vez, la exquisita Gredos (1946).

En una carrera sinfín, y con la voluntad de no dejar resquicios, ese mismo 2006 Planeta llegaba a un acuerdo a tres bandas con Enciclopèdia Catalana y Grupo 62, convirtiéndose en el líder absoluto del mercado catalán; dos años después llegaba el último gran golpe, la compra de la francesa Editis (1.000 millones de euros y ella sola con cerca de 40 marcas editoriales).

Capeando el chaparrón entre los grandes, Edhasa ha adquirido en dos fases (2008 y el año pasado) la Castalia (1945) de los grandes clásicos españoles y Akal, Siglo XXI (1967) no hace ni dos años, entre otras muchas operaciones. En ese panorama de fusionarse o ser fusionado se han visto envueltos Anagrama (con Feltrinelli, en diciembre de 2010) y, ahora, Tusquets.

El País

viernes, 27 de abril de 2012

"Los periódicos no han muerto, pero deben volver a servir de contrapoder"

 El autor debuta en la ficción con un 'thriller' que retrata la crisis del periodismo.

Desde que José Sanclemente esbozó el esquema de su primera novela, en mayo de 2011, centenares de periodistas se han quedado sin trabajo, los últimos, afectados por el cierre de Público, La Voz de Jerez y La Voz de Asturias y el recorte en La Voz de Cádiz. Los datos cifran en más de 2.000 los informadores despedidos desde el inicio de la crisis -se sumarán los "importantes" ERE anunciados en El País y El Mundo-, un escenario desolador y mezquino que este economista catalán reconvertido a hombre de medios (ha sido consejero delegado del Grupo Zeta, de Antena 3 y presidente de la Asociación de Editores de Diarios Españoles) traza en Tienes que contarlo (Roca editorial). Con los mimbres de un thriller, apasionante y veloz que arranca -cómo no- con un asesinato, el de la mejor firma del rotativo El Universal, Sanclemente desvela el modus vivendi de los periódicos y agencias de publicidad pero también de aquellos que nos manipulan y espían.

-Con tanto material, ¿por qué escribir una novela y no un ensayo?

-El periodismo es tan importante para la sociedad que merecía la pena llegar a más gente que a los tres o cuatro del sector, y una novela negra era el vehículo perfecto.

-El inspector Ortega y la periodista Leire Castelló responden a los prototipos de antagonistas del género. ¿Tenía algún referente?

-Parece una contradicción, pero soy poco lector de novela y sí mucho de ensayo. He querido adrede dibujar a la periodista como un arquetipo, precisamente para ensalzar esa capacidad de riesgo y valentía que requiere su oficio. He conocido redacciones con profesionales para los que el teletipo es importante y la investigación lo es menos, y también diarios donde los jóvenes se asomaban a la ventana si escuchaban una sirena.

-Los personajes femeninos toman la iniciativa en la novela frente al conservadurismo de los hombres.

-No era algo premeditado, pero supongo que estaba en el subconsciente. No me gusta la palabra emprendedora, pero las mujeres están cambiando la realidad, a pesar de que no estén en los cargos. Las que estáis en el periodismo tenéis una forma de ver las cosas que pega mucho más con la esencia de este trabajo: contrastar las fuentes, no implicarse, buscar la objetividad, la verdad... o las verdades. Porque la novela es una continua búsqueda de la verdad por diferentes vías.

-En su obra, los editores de periódicos no salen bien parados.

-Aquí el editor es un personaje que ha tirado la toalla antes de tiempo en el periódico, cree que internet es lo fundamental y, sin querer desvelar la novela, lo va a utilizar de una manera no muy legal. Desgraciadamente, en algunos medios se dicen cosas como los periódicos han desaparecido y no nos hemos enterado o los periodistas de más de 40 años son muertos vivientes, zombis, porque no está en la realidad digital. Y yo soy de los que piensan que los periódicos en papel no han muerto, todo lo contrario, lo que pasa es que tienen que recuperar su esencia: ser contrapoder y dar la voz al que no la tiene, que es por lo que nació el periodismo. En el papel impreso debe haber mucha más reflexión y una información más pausada que la que tenemos en los medios digitales. Esa insistencia en que el papel publique absolutamente todo cuando ya se ha publicado online... Es más fácil hacer un periódico de 100 páginas que uno de 40 con noticias bien contadas.

-¿Cúando se equivocaron los periódicos subiendo su trabajo gratis a internet y cómo se recula ahora?

-La segunda parte es difícil de responder. Sobre el cuándo, lo viví personalmente en 2002. Yo era presidente de los editores de diarios y en aquel momento hubo una gran discrepancia entre los dos grandes medios [El País y El Mundo]: uno decidió cerrar y valorar los contenidos y el otro dijo que no, que la información online debía ser gratuita. Eran momentos en los que la publicidad lo podía pagar todo y ése fue el error. Los contenidos, aquellos generados con un trabajo detrás, deben ser valorados y, si están bien hechos, el público hubiera estado dispuesto a pagarlos. Hoy en día hay un cajón de sastre en la red donde convive el buen periodismo, los Twitters, las actualizaciones de las propias cabeceras y noticias falsas y tendenciosas... La tendencia es pagar por esos contenidos, aunque sea poco, y eso sólo se puede hacer con una fórmula: haciendo mejor periodismo, no vale con poner lo mismo en la red porque no te lo van a pagar.

-En buena medida, los periódicos se han convertido en reproductores de la oficialidad.

-Es mucho peor. Los periódicos estamos subidos a una ola informativa supranacional impuesta para abrir la portada diariamente con los mercados, la prima de riesgo... Y sin darse cuenta los periodistas están haciendo surf sobre esa ola cada día. Las páginas económicas se han multiplicado y sin embargo la explicación de lo que pasa en realidad no llega al ciudadano. Como tampoco en Estados Unidos, a pesar de que prácticamente dormían con los directivos financieros, los periodistas del New York Times y TheWall Street Journal supieron detectar la crisis que se avecinaba.

-Probablemente, porque unos y otros formaban un todo.

-El riesgo es ése: que no cuestionemos absolutamente nada y el periodismo debe cuestionarlo todo.

-Y a más recortes, menos tiempo para la reflexión, la investigación.

-Un ejemplo: las fábricas de coches hacen ERE y paran la producción pero cuando el coche sale de la fábrica, sale correcto. En la empresa periodística no es así: cuando tocas la planta de contenidos, las redacciones, el periodismo que sale es malo y si no hay información buena se resiente la sociedad.

-¿Y cuál es su receta?

-En un periódico, todavía es muy alto el coste de producción y distribución. Estamos como hace cien años, antes se repartían los diarios con carretas y hoy en furgonetas, con la gasolina por las nubes. Hay que repensar los costes industriales, pero no tocar el capital humano, que es lo único que se está tocando por ahora. Las devoluciones de diarios tienen un coste altísimo y hay que empezar a pensar en plantas de print on demand (impresión bajo demanda), por ejemplo. Hay que explorar 50.000 cosas y ver lo que se está haciendo fuera. Los periódicos se venderán menos e incluso habrán de ser diferentes, pero continuarán igual que existirá el libro de papel frente al ebook.

-Al final, la lectura de su novela es ésa: no importa cómo pero el buen periodismo sobrevivirá. ¿La sociedad sabe apreciar esto?

-Quizás explícitamente no lo sabe, pero si le faltara el buen periodismo se daría cuenta. En el 15-M, parte de la sociedad puso en tela de juicio al poder político y al financiero y también a los medios de comunicación que este movimiento veía en connivencia con esos poderes y al principio la mayoría de medios estuvieron retardados en aceptarlo. La sociedad sabe cuándo la prensa no está a la altura.

-Esa desaprobación tiene su primer reflejo en las redes sociales, otro de los ejes de la novela.

-Estas redes a los usuarios los llaman fuentes abiertas. Cuando utilizamos una red social gratuita, hemos de pensar que el producto a vender somos nosotros, nos monitorizan para vendernos productos. El drama reside en que además somos vigilados. Se está dedicando mucho esfuerzo por parte de los servicios gubernamentales para, conociendo el pasado y el presente, predecir las posibles acciones futuras que surgen en la sociedad.

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La prosa como bella arte

Del gran Thomas de Quincey, pese a los reiterados elogios de Borges, ha perdurado la imagen del legendario opiómano que inspiró a Poe o Baudelaire, pero las famosas Confesiones reúnen sólo una pequeña parte de las miles de páginas que escribió, dispersas en los periódicos y revistas con los que se malganaba la vida. Es el de ese libro, con todo, un caso extraordinario, pues cuando los estupefactos relatan sus experiencias con las drogas resultan por lo general prolijos, aburridos y autocompasivos hasta la exasperación, tanto más irritantes cuando el adicto confeso presume además de canalla. De Quincey nunca lo fue, sino al contrario, dados su temperamento soñador y su proverbial nobleza, pero de cualquier manera si hoy seguimos leyéndolo no es por el halo de malditismo derivado de su prolongada afición a la adormidera, sino por el placer que depara una prosa original, encantadora y amenísima.

Como señala Andrés Barba, editor y traductor de estos Autobiographical Sketches (1853), el propio De Quincey concibió la recopilación como el volumen que abriría, además de su obra completa, la espléndida serie de libros autobiográficos que forman las Confesiones de un inglés comedor de opio (1822), Suspiria de profundis (1845) y Memoria de los poetas de los lagos (1934-1839), de todos los cuales hay disponibles versiones en castellano. La impecable edición de Sexto Piso cubre, así pues, un hueco importante, por lo que tiene de recuperación de los episodios primeros de la atribulada vida de De Quincey -ya evocados en otros lugares de su obra- y por la rara calidad de los artículos, no inferior, en conjunto, a la de sus mejores páginas. La erudición no farragosa, el arte de la digresión encadenada, la capacidad de ser conmovedor sin mostrarse patético o la constancia de las aspiraciones ideales frente al acoso de la desgracia, son algunas de las cualidades de un escritor indudablemente grande, que fue menospreciado por sus mentores y al que la posteridad ha celebrado de manera equívoca.

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jueves, 26 de abril de 2012

"A Suecia aún le pesa su etapa pronazi en la II Guerra Mundial"

 Asa Larsson presenta en España 'Cuando pase tu ira', una novela en la que desentierra el pasado colaboracionista de su país.

Suecia aún no ha sido capaz de "procesar y enfrentar" su oficiosa postura colaboracionista con la Alemania nazi durante buena parte de la II Guerra Muncial, una etapa histórica que aparece de forma recurrente en los argumentos de autores nórdicos de novela negra, afirma la escritora sueca Asa Larsson. "La II Guerra Mundial está relativamente reciente y aún pesa sobre muchos europeos", señala Larsson, que ahora presenta en España Cuando pase tu ira (Seix Barral), la cuarta de sus novelas y en la que dicho periodo resulta clave en una trama que arranca con el asesinato, en la actualidad, de una joven pareja.

En el caso de Suecia, que se mantuvo oficialmente neutral pero oficiosamente colaboracionista mientras Noruega y Dinamarca estaban invadidas, la autora considera que el país aún no ha encarado con honestidad aquella postura. "En el colegio nos enseñan como una verdad absoluta que fuimos neutrales, pero en realidad aún no nos hemos enfrentado a la realidad, a quiénes fuimos realmente y qué elecciones hicimos", sostiene. A ello también se suma que la II Guerra Mundial siempre atraerá a los escritores por la incontestable división que existe entre "los buenos y los malos", agrega. Así, la heroína de la saga de Asa Larsson, la fiscal Rebecka Martinsson, se sumerge en esta ocasión en el pasado de los habitantes del ártico pueblo de Kiruna durante el nazismo, una etapa llena de vergüenza y secretos que la protagonista deberá desenterrar, siempre ayudada por la liliputiense inspectora de policía Anna-Maria Mella.

La publicación de este cuarto libro -el mejor de la saga según su autora- significa que sólo quedan dos para que Larsson ponga el punto y final a las aventuras de Martinsson y Mella, pues hace tiempo que la autora anunció que esta saga se limitaría a seis novelas, la quinta de las cuales se publica en Suecia estos días. "En cuanto acabe el sexto cogeré una depresión pero ahora prefiero no pensar en ello, no es un problema inmediato", ríe esta escritora que confiesa sufrir con el vacío que le queda tras terminar un libro, pero que se niega a dar marcha atrás en su decisión. "Cuando tienes un trabajo creativo es importante saber cuándo parar y cambiar de tercio. Si no paras tampoco puedes crecer, desarrollarte", sostiene Larsson, quien precisa que aunque no le cuesta verse a sí misma escribiendo otro tipo de cosas, tampoco piensa dejar la novela negra. Además, ve más sagas en su futuro. "Me gustan porque tienes más libros para desarrollar determinados personajes y a la vez puedes tener otros que se limitan a un libro -dice-. Es un reto conseguir que el lector se sienta atraído por ellos y luego dejarlos ir".

El tándem religión y Biblia es otro sempiterno ingrediente en los libros de Asa Larsson, una escritora "no creyente" pero bajo la profunda influencia de una estricta educación religiosa laestadianista en su infancia. Quizá por ello hoy disfruta de las Sagradas Escrituras como de "una buena novela" que aúna las cualidades del mejor superventas: calidad literaria, una profunda comprensión de la psicología humana y un sinfín de historias de acción, muchas de ellas con violencia a raudales. Tanta violencia como la que se refleja habitualmente en la obra de la amplia nómina de escritores nórdicos con la que cuenta el género, y que a juicio de Larsson retratan la sociedad sueca "en un espectro muy amplio". "Definitivamente, hay algunos autores imprescindibles si quieres obtener un retrato real de la sociedad sueca, y el más importante es sin duda Leif G.W. Persson. Pero hay otros autores como yo, con los que eso no ocurre. En mi caso, creo que lo que reflejo es la realidad del norte", sostiene.

Una realidad que gira alrededor de su lugar natal, la ciudad minera de Kiruna, más allá del Círculo Polar Ártico y donde se sitúan siempre las novelas de Asa Larsson, que ahora van a ver modificado su escenario en la vida real, ya que el municipio entero se va a "mudar" de sitio. "`Hay que ir a conocerlo antes de que lo muevan!", exclama la escritora. El terreno se deprime paulatinamente debido a la explotación intensa del subsuelo de la localidad, que debate intensamente sobre los edificios que merece la pena salvar (como la bella iglesia de madera, escenario del crimen en la primera novela de Larsson) y los que deben ser destruidos. 

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La vanguardia de las Luces

Blom propone una relectura del legado de la Ilustración para reivindicar el pensamiento de los autores radicales, orillados en favor de las figuras más prestigiosas y contemporizadoras.

Tras el ensayo panorámico sobre los Años de vértigo que precedieron al estallido de la Gran Guerra, Philipp Blom ha vuelto al territorio de su anterior y no menos valiosa entrega, Encyclopédie, donde el historiador y ensayista alemán contaba con admirable claridad y excelente pulso narrativo los logros, paradojas y sinsabores de la mayor empresa editorial que vieron los siglos. En Gente peligrosa Blom se aproxima de nuevo a los debates intelectuales del XVIII para recuperar, porque entiende que sus propuestas han sido insuficientemente atendidas, "el radicalismo olvidado de la Ilustración europea", retomando a muchos de los personajes históricos que ya comparecían en su ensayo sobre la aventura enciclopedista. Sin pretender abordar toda la complejidad del periodo, el autor se centra ahora en la minoría que llevó los postulados de las Luces a su definición más extrema, defendiendo "una sociedad más libre y más justa, menos reprimida y más feliz".

En el epicentro figura, por descontado, el círculo de D'Holbach y su influyente salón, con el gran Diderot a la cabeza -desde su reconocido principado, Voltaire iba por libre, y Rousseau se autoexcluyó pronto, presa de la envidia, la megalomanía o la mera paranoia- de toda una constelación de figuras menores entre las que destacan Helvétius, el abbé Raynal o el diplomático alemán Friedrich Melchior Grimm -director de la Correspondance littéraire, que circulaba sin control de la censura entre corresponsales escogidos-, además de lúcidas mujeres como Sophie Volland o madame d'Épinay y de muchos otros escritores y filósofos no franceses -David Hume, Laurence Sterne, Adam Smith, Horace Walpole o Cesare Beccaria- que no perdonaban la visita al "maître del Café de l'Europe" durante sus estancias parisinas. Nacido alemán pero criado en Francia, Paul Henri Thiry, barón D'Holbach se sirvió de la fortuna heredada para dar lustre a un salón -situado en la rue Royale Saint-Roch, hoy des Moulins- que llegaría a convertirse, entre el medio siglo y la década de los setenta, en el más deseado lugar de encuentro para los "espíritus afines", por lo avanzado de las ideas que allí se discutían y por el ambiente de exquisito hedonismo con que se agasajaba a los fieles.

Dos son los aspectos desde los que cabe evaluar la original propuesta de Blom. En lo que se refiere a la manera, el autor vuelve a demostrar su capacidad para articular narrativamente un ensayo que maneja ideas y conceptos pero no se olvida de retratar a quienes los defendían y encarnaban, cuya peripecia humana resulta obligado conocer -incluso en su vertiente más anecdótica- si se quiere respirar de verdad el aire de la época. Desde este punto de vista su trabajo merece, de nuevo, los mayores elogios: Gente peligrosa es un libro entusiasta, cautivador, y se lee con mucho más interés que buena parte de las novelas, reales o no reales, que nos salen al encuentro. Luego está la intención, claramente reivindicativa. Blom se aplicó en Encyclopédie a exaltar "el triunfo de la razón en tiempos irracionales" y propone en Gente peligrosa, con argumentos apasionados pero no siempre o no del todo convincentes, una relectura de la jerarquía a la que nos han acostumbrado los manuales.

Como ya hizo entonces, Blom eleva la menguada figura de Diderot frente a las casi sacralizadas de Voltaire y Rousseau, encumbradas desde el principio por más asimilables, y junto a ella sitúa la de D'Holbach, un personaje mucho menos conocido -pero los dos yacen enterrados en tumbas anónimas- y en verdad fascinante, del que podemos leer en castellano obras como Sistema de la naturaleza o El cristianismo al descubierto (Laetoli). Ambos ejercían de radicales, rechazaban la solución deísta y se oponían al absolutismo o a cualquier forma de religión, sin componendas ni medias tintas. Es imposible no simpatizar con su audaz epicureísmo militante, pero tampoco cabe ir mucho más allá, pues ni la negación de Dios supone por sí misma avance ninguno, ni ellos y otros radicales, orgullosos ateos, estuvieron libres de contradicciones. El detallado menú de cuatro platos de uno de los salones de D'Holbach, por ejemplo, que Blom reproduce, es un interesante documento gastronómico, pero no deja de ser bastante obsceno en el contexto de la Francia prerrevolucionaria. Precisamente por ello parece excesivo hablar, como lo hace el autor en el epílogo, de "Una revolución robada".

Una cosa es recuperar el legado de esa distinguida facción ilustrada, que tuvo una importancia no pequeña en las controversias de su tiempo, y otra sugerir que de ella podría haber surgido un programa alternativo, entre otras cosas porque el que proponían Diderot y compañía no era sino una variante extremada del que -en lo fundamental, lenta pero felizmente- acabaría por imponerse. El propio Blom, en fin, no deja de señalar la deriva, ciertamente peligrosa, que el radicalismo ilustrado -aunque él lo atribuye casi en exclusiva a Rousseau- siguió a manos de los más exaltados herederos, la estirpe de Robespierre que engendró el Terror y en cuya sangrienta estela se han inscrito todos los implacables justicieros para quienes el progreso, la moral y la salud públicas pasaban o pasan por la completa aniquilación del adversario.

diariodesevilla.es

miércoles, 25 de abril de 2012

“El libro es inmortal”

Marc Fumaroli (Marsella, 1932) es una de esas voces que resuenan sobre el actual griterío. Hay vocingleros en todos los ámbitos –tecnológico, político, cultural– con mensajes que duran lo que tarda un tuit en comerse a otro. Fumaroli no levanta la voz, pero su discurso cala en sus destinatarios a la manera de los antiguos pensadores. ¿Por qué va contracorriente? ¿Por qué ha reflexionado más de medio segundo? ¿Por qué tiene un conocimiento sólido sobre aquello de lo que habla?
Esta tarde, el historiador y escritor francés abrirá en la Biblioteca Nacional el ciclo de conferencias El libro como universo, organizado con motivo del tricentenario de la institución (creada, por cierto, por un monarca francés, Felipe V, el primer borbón que reinó en España). Si quieren un resumen moderno, este sería el tuit de Fumaroli: "El libro es inmortal". Pero quedarse ahí supondría renunciar a descubrir todo el pensamiento que hay detrás. "Aunque se venda menos, el libro siempre será la referencia. Tiene algo de sagrado, es la biblia. Puede que la política pierda lo sagrado, pero ese carácter jamás lo perderá el libro".
Contra el deseo de multinacionales que pujan para liberalizar el mercado europeo, Fumaroli es un defensor a ultranza del precio fijo, una de las pocas medidas que protegen a las librerías tradicionales de las grandes superficies donde la venta de una novela no se distingue de la venta de un sacacorchos. "La librería es esencial para la supervivencia del libro, donde puedes encontrar una especie de consejero personal", señala en la sede del BNE, horas antes de la conferencia.
"La publicidad se apropia de los individuos antes de que la familia pueda intervenir"
En 2010 Fumaroli publicó un ensayo, París-Nueva York-París. Viaje al mundo de las artes y de las imágenes (Acantilado), en el que anticipaba algunas de las ideas que han alimentado el nuevo ensayo de Mario Vargas Llosa sobre la banalización de la cultura y en el que arremetía contra la democratización del arte, entendida como la igualdad entre el David de Miguel Ángel y la sopa Campbell de Warhol. No hace falta añadir que este último le parecía un decorador de escaparates venido a más. Cree que primero fueron los americanos, y ahora los nuevos ricos los que, talonario mediante, deciden dónde hay un artista. Y planeando sobre este mundillo hay una gran diosa perversa: "La publicidad se apropia de los individuos antes de que la familia o la escuela puedan intervenir. La posibilidad de distanciarse se hace cada vez más difícil, pero la persona cultivada es alguien que se escapa a ese mundo de espectáculo y publicidad".

El País

El ‘Mein Kampf’ vuelve a Alemania

El principio es tratar de orientar lo que ya es imparable: el gobierno de Baviera editará a partir de 2015 dos nuevas versiones comentadas de Mi lucha, la autobiografía del dictador nazi Adolf Hitler. El land perderá en 2016 los derechos de autor sobre el panfleto propagandístico, que fue un gran superventas en los años veinte y treinta y convirtió a su autor en millonario antes de 1933, cuando accedió a la Cancillería e instauró su dictadura nacionalsocialista. Baviera tiene los derechos de la obra desde el final de la II Guerra Mundial. Hasta ahora había impedido que se reimprimiera en Alemania.
Para cuando caduquen sus derechos sobre el libro, el ministro regional de Hacienda Markus Söder propone las nuevas ediciones comentadas como una manera de “desmitificar” la obra. Una de las ediciones se dirigirá al público juvenil, mientras que la otra versión se apoyará en textos de historiadores de alto nivel. Habrá ediciones en inglés e incluso un audiolibro. Se trata de ofrecer una alternativa a la distribución meramente comercial del libro propagandístico que el sangriento dictador empezó a escribir en la cárcel de Landsberg, donde lo encerraron tras su intentona golpista de 1923.
Pese a la prohibición dictada por Baviera, diversas ediciones piratas se venden como rosquillas en Oriente Próximo. En Israel se edita tanto en inglés como en hebreo. Desde que se generalizó el uso de Internet es muy sencillo acceder a ediciones electrónicas del texto en su versión original.
Se trata de un farragoso compendio de la ideología que vertebró el régimen nazi entre 1933 y 1945, aderezada con estampas autobiográficas del cabo de Infantería retirado y pintor fracasado Hitler. Cuando llegó al poder en 1933, los alemanes empezaron a regalarse el libro unos a otros en las bodas, confirmaciones o comuniones. Se vendieron más de diez millones de ejemplares hasta 1944. Una vez perdida la guerra y con Alemania arrasada y ocupada por el enemigo, Mi lucha perdió mucho predicamento. Una sentencia de 1979 dictaminó que es legal la venta y la posesión de la obra. Editarla no, porque es propiedad de Baviera. El Estado libre obtuvo los derechos de autor porque Hitler mantuvo oficialmente su residencia en el número 16 de la Prinzregentenplatz de Munich hasta su suicidio en el búnker de la Cancillería berlinesa en 1945.
Uno de los ejes principales de la obra es el antisemitismo, verdadera piedra angular de la ideología nazi. Hitler escribe que los judíos querían dominar el mundo y anuncia las leyes racistas que su régimen iba a dictar años después. Mi lucha, escrita en los años veinte del siglo pasado, contiene una justificación ideológica para el asesinato sistemático de seis millones de judíos europeos que los alemanes perpetrarían en los últimos años de la Guerra. Además de eso, Hitler propone la “lucha de razas” como alternativa a la “lucha de clases” descrita por el filósofo alemán Karl Marx. También ataca los postulados políticos liberales, demócratas o federalistas, así como en general las libertades civiles y la separación de poderes. También defiende el militarismo y el rearme alemán y esboza la política exterior agresiva que desembocaría en la devastadora II Guerra Mundial. Es un programa político antagónico a la Ilustración y un verdadero muermo estilístico. La primera edición española se publicó en 1935, un año antes de la Guerra Civil.
El pasado enero, un editor inglés anunció la publicación de pasajes del libro, pero un tribunal alemán le dio la razón a Baviera y prohibió que saliera. Ahora, las autoridades quieren que las futuras ediciones sirvan para “que se entienda la catástrofe mundial en la que desembocó esta forma de pensar”.

El País

martes, 24 de abril de 2012

Últimos días del mundo

 Llega a las librerías, por primera vez traducida al español, 'Wadzek contra la turbina de vapor', de Döblin.
 
Es fácil relacionar este Wadzek contra la turbina de vapor, obra temprana de Alfred Döblin y precedente inmediato de Berlin Alexanderplatz, con el Frankenstein de Mary Shelley y La Eva Futura de Villiers. En todos ellos, en el gótico anglosajón, en el simbolismo francés y en el expresionismo alemán, se da el mismo recelo de la técnica y sus vertiginosos logros. No obstante, en Döblin se añade una cualidad muy acusada a primeros del XX: la menesterosidad de lo real y su carácter problemático. Quiere esto decir que en Döblin, sobre el temor a lo científico, ya maduro en el siglo XVIII, se añade la moderna extrañeza ante el idioma y el insólito protagonismo de los sueños. Baste recordar la Metrópolis de Lang o El gabinete del Dr. Caligari de Robert Wiene para señalar esta doble -triple- evidencia. Una evidencia, por otra parte, sobre la que se construye buena parte de la literatura y el arte de vanguardia.

El azar ha querido que en los últimos meses se hayan publicado algunas obras que glosan o elucidan aquella hora de Europa: Años de vértigo, del historiador Philipp Blom, Un asesinato que todos cometemos, de Heimito von Doderer, Relámpagos, de Jean Echenoz, y El sonámbulo de Verdún de Eva Díaz Pérez. De todas ellas se ha dado noticia en estas páginas; en todas ellas se ejemplifica ese enconamiento, esta exasperación de lo real, dramatizada grotescamente en Wadzek contra la turbina de vapor. Si en el ensayo de Blom se recogían las profundas modificaciones que inauguran el XX; si en la novela de Echenoz asistimos a la conversión de la ciencia en una suerte de hechicería, protagonizada por el binomio Edison/Tesla; si El sonámbulo de Verdún abunda en la masificación y mecanización de la muerte; si la obra de Von Doderer (1938) abisma a sus personajes en el agua especular del sueño, en estas páginas de Döblin, publicadas en el año 18, será la equivocidad del lenguaje, la primacía de la industria, el hombre como caricatura y herramienta, la realidad como una bruma indescifrable, lo que se postule. Y es el humor -preciso, violento, enajenado- el agente que precipita y encadena los elementos de esta obra, donde, más que una crítica al capitalismo, se aborda la cosificación del hombre, deformado inevitablemente por la gran industria.

Hay que decir, en cualquier caso, que al transformar la realidad en una provincia inhóspita del sueño, Döblin no es un escritor anómalo. Por esos mismos años verán la luz la novelas de Kafka, Gustav Meyrink y Leo Perutz; también la obra de Roth, Hofmannsthal y Karel Capek. En La Krakatita de Capek, un científico cree haber hallado un arma devastadora que asombrará al mundo; en El Golem de Meyrink, un hombre sueña dentro de otro sueño; en La marcha Radeztky de Joseph Roth, el viejo imperio austro-húngaro se deshace como una vasta catedral de arena; en El Maestro del Mal de Perutz, lo real y lo alucinatorio son indiscernibles; en El proceso de Kafka, lo insólito adopta la corpulencia y el grosor, la jerarquía diurna de lo cotidiano; en la Carta de Lord Chandos de Hugo von Hofmannsthal, el idioma, antaño dócil y amistoso, se muestra incapaz de penetrar la raíz última y secreta de las cosas. Por otra parte, al comenzar el siglo, Freud señala el orbe irracional como artero director de nuestros actos. ¿Qué hay de extraño, pues, en la actitud azarosa y frenética del industrial Wadzek, toda vez que ha sido precipitado a la ruina por su competidor Rommel? A partir de este suceso inicial, tanto los diálogos como las acciones se mostrarán al lector bajo el rubro de lo absurdo, mendaz e inconsecuente. Así, ni las palabras ni los hechos parecen corresponderse, abriendo una significativa falla entre un acontecimiento y sus causas. Pero es que el mundo, el mundo previsible, ordenancista y burgués de herr Wadzek ha sido devorado por la ominosa lógica de los royalties. Y en consecuencia, Wadzek deambulará por Berlín como un ogro cegado por el estupor, la cólera y la nostalgia.

Gran parte de la valía de Wadzek contra la turbina de vapor radica ahí, en esta incongruencia, sostenida admirablemente por Döblin, entre la realidad y su interpretación errónea o esquizoide. Hacia el final de la novela, Wadzek propone una ética de la ingeniería aplicada; pero eso es, no sólo una argucia lírica del perdedor, sino la arcana teología que alienta en Frankenstein. Cuando atruenen los cañones de la Gran Guerra, la ciencia habrá mostrado su inapelable eficacia. No en vano, Wadzek contra la turbina de vapor fue escrita durante aquel periodo; y quizá por eso ni la confrontación europea ni su evidente carácter industrial se menciona en sus páginas. Cuánto de temor infundado y cuánto de aciago pronóstico se incluyen en esta obra (Döblin, naturalmente, era judío), la Wehrmacht lo aclararía poco tiempo después, en septiembre del año 39.

diariodesevilla.es

Good luck!

Hoy estamos ya acostumbrados a ver los grandes momentos de nuestros deportes favoritos en televisión, repetidos una y mil veces. De modo que cuando el cine trata de representarlos artificialmente en toda su intensidad emocional, sentimos frecuentemente una cierta decepción: nos parecen poco auténticos. Como nunca veo partidos de fútbol, el que aparece en Evasión o victoria de John Huston, con Pelé y compañía, me resulta de lo más apasionante, pero mis amigos futboleros me han desengañado: tiene que ver poco con la realidad, ningún partido es así. Comprendo su objeción escéptica, porque a mí me pasa tres cuartos de lo mismo en muchas películas que pretenden recrear carreras de caballos. Los corceles protagonistas remontan desventajas imposibles para luego ganar cómodamente, cuando el jinete no se cae y luego vuelve a montarse pero en el caballo equivocado como Harpo en Los hermanos Marx en las carreras. Todo muy entretenido, aunque dolorosamente irreal. Quizá Seabiscuit sea una de las pocas que se salva de estas objeciones resabiadas…
Por eso he disfrutado tanto, como muchos otros aficionados al turf, con la excelente serie Luck protagonizada por Dustin Hoffman, cuya primera y única temporada acaba de terminar en nuestras cadenas. Además de contar con un elenco de magníficos intérpretes, de esos que en las series americanas e inglesas nunca suelen faltar pero que en esta destacan especialmente (entre ellas el exjockey campeón Gary Stevens, al que tantas veces vi ganar en carne mortal), ofrece una versión realista de las carreras. No sólo están bien filmadas, sino que el argumento de los episodios no se enreda en un rosario de amaños, trampas y dopajes -como suele pasar- para mostrar en cambio las rivalidades y alegrías de la pugna hípica tal como debe ser. Las ilusiones agridulces de los pequeños propietarios, los orgullos y desengaños de los jóvenes jinetes…o de los veteranos, la necesaria dureza de los preparadores y el misterioso e inconfundible amor al purasangre. También está presente la pasión por el juego, cierto, pero en sus justas proporciones y no faltan los gángsters, aunque dedicados a intentar apropiarse de los beneficios de los hipódromos y no a falsificar carreras.
Esta serie tan adictiva (al menos para algunos de nosotros, que bostezamos con Perdidos e incluso con Mad men) ha sido suspendida -al menos tal es el pretexto oficial- porque tres caballos murieron en accidente durante su rodaje. Coincide esta supresión con cierto vocerío que pide nada menos que la abolición del Grand National, la célebre carrera de obstáculos celebrada en Aintree, porque en la edición de este año han muerto en accidente dos caballos, entre ellos el favorito Synchronised. Desde hace años, los saltos del National vienen rebajándose y aliviándose, lo cual no impide que sigan ocurriendo accidentes mortales (que también pueden suceder en carreras lisas, como yo he visto tantas veces). Y es que a los caballos de carreras suele pasarles como a los humanos, que se mueren haciendo cosas: nosotros cayéndonos de un andamio, jugando al fútbol o saliendo en coche de vacaciones y ellos corriendo, saltando o hasta acalorados al cubrir una yegua. Pero cuando no hagan nada para no correr riesgos, los caballos no se morirán de uno en uno sino todos de golpe: ya no se les utiliza para el transporte o la guerra y apenas para labores agrícolas, pero además no sirven como animales de compañía. De modo que en cuando desaparezcan de los deportes y las películas, serán dulcemente borrados de la faz de la tierra.
Es la eutanasia para la especie criada por el hombre, la misma solución que se propone para los toros bravos, la compasión exterminadora. No lloremos por ellos: con tantos benefactores como hay en el mundo antes o después nos tocará a nosotros…

El País

lunes, 23 de abril de 2012

La Noche de los Libros celebra a Dickens y a los “músicos de letras”

Llega la séptima edición de La Noche de los Libros con una conmemoración de Charles Dickens en su bicentenario y decenas de actos de contenido literario por toda la región para celebrar hoy el Día del Libro. La Casa de Correos (Puerta del Sol, 7) acoge los actos más destacados. Fernando Savater, Félix de Azúa y Jon Juaristi se preguntan si ¿Somos modernos?, en un coloquio que parte de la contraposición planteada por el filósofo francés Alain Finkielkraut entre racionalismo y literatura (19.00), al que seguirá una conferencia de Ricardo Piglia bajo el título Novela y traducción. Una historia personal (20.15). 
En la misma sede del Gobierno regional dos “músicos de letras” conversan con sendos escritores. Loquillo charla con Luis Alberto de Cuenca, a cuya poesía puso música en el álbum Su nombre era el de todas las mujeres (21.30); el diálogo entre Señor Chinarro y Elena Medel gira en torno a The Smiths (22.30). Remata la velada con el espectáculo Concierto Animado, de Francisco Nixon y Darío Adanti (23.30).
El Círculo de Bellas Artes (Alcalá, 42) acoge dos actos para responder a la cuestión de qué escribiría Dickens hoy. La escritora británica A. S. Byatt conversará sobre la relevancia de la literatura de denuncia social en el mundo actual con Eusebio de Lorenzo y Eduardo Valls (19.00) y Benjamín Prado debatirá con Philip Hensher y Louise Doughty.
La Consejería de Cultura (Alcalá, 31) alberga tres charlas entre otras tantas parejas de escritores de diferentes generaciones: Javier Tomeo se mide con Daniel Gascón (19.00), José María Merino con Juan Bonilla (20.00) y Arcadi España con Ramón González Férriz (21.00).
Con un aire más político, el Ateneo (Prado, 19) homenajea al escritor checo Václav Havel, fallecido el pasado diciembre. Música, teatro y una mesa redonda se alternarán para recordar la figura de uno de los intelectuales más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Autor teatral y ensayista, Havel fue un activo disidente contra el régimen comunista y se convirtió en 1989 en líder de la llamada revolución de terciopelo y en presidente de Checoslovaquia.
La escritora y traductora Monika Zgustova y el ensayista y diplomático José María Ridao analizarán la trayectoria de Havel mientras el pianista Igor Prochazka interpretará piezas favoritas del político y el grupo teatral El Sí Mágico representará fragmentos de algunos de sus obras teatrales. Por si aprieta la sed después de tanta cultura, la velada acabará con degustación de cerveza checa.
 
El País

"Soy acreedor al Premio Cervantes por el libro que estoy por escribir"

Doce meses. Hasta abril de 2013. Entonces el poeta chileno Nicanor Parra, ganador del Premio Cervantes, sí se sentirá a la altura de pronunciar unas palabras para agradecer el galardón. "Mi abuelo me ha enviado para que pida una prorroga de un año para un discurso medianamente plausible", ha explicado Cristóbal Ugarte, nieto del creador de la antipoesía, que ha recogido el premio en lugar de Parra de las manos del príncipe Felipe en la Universidad de Alcalá de Henares. La ceremonia tampoco ha contado con la presencia del Rey.
"Le he dejado en Chile, rodeado de libros, la mayoría de ellos versiones del Quijote", ha contado sobre su abuelo el joven Ugarte. "También había varias enciclopedias abiertas, con las paginas más importantes señaladas con bolsitas de té", ha añadido el nieto del antipoeta por excelencia al comienzo de una de las entregas del Cervantes más cortas de la historia, con sus menos de 40 minutos.
Nicanor Parra se encontraba a miles de kilómetros pero sí estaba en Alcalá de Henares la máquina de escribir con la que redactó muchos de sus antipoemas. A pocos metros de ella, el nieto del poeta chileno iba leyendo una decena de creaciones de Parra, de ¿Esperaba este premio? a Soliloquio del individuo, de Existe a El hombre imaginario.
También estaban todas las identidades del poeta chileno, al menos según el ministro de Cultura, Deportes y Educación, José Ignacio Wert. "Saludamos a Nicanor Parra y a todos sus alteregos: mister Nadie, el hombre imaginario, el antihéroe, el individuo".
Ante la cantante Patti Smith, el director de la RAE, José Manuel Blecua, el director del Cervantes, Víctor García de la Concha, el exdirector general del Libro, Rogelio Blanco, entre otros invitados al evento, el príncipe Felipe también ha homenajeado al ganador del Cervantes, al que se ha referido como un "gemelo de Cervantes".
Para el ministro Wert, Parra "es un fracontirador de la poesía que lo relativiza todo. No es un sabio que nos abruma con sus verdades, sino un hombre corriente, que se equivoca. En vez de un lenguaje oscuro nos habla con palabras de la vida cotidiana. La poesía, con Parra, sale a la calle. O, como dijo él: 'Los poetas bajaron del Olimpo".
Más que bajar, el nieto del poeta chileno no quiso subir. Normalmente el ganador del Cervantes lee su discurso desde el púlpito del paraninfo. Cristóbal Ugarte en cambio se quedó en un atril a la altura de los invitados. Desde allí el nieto se ha dirigido directamente a su abuelo en una suerte de diálogo con el que ha cerrado su intervención.
"¿Se considera usted acreedor al Premio Cervantes?".
"Claro que sí".
"¿Y por qué?".
"X un libro que estoy x escribir" [sic].

El País

domingo, 22 de abril de 2012

“Desde el 11-S la literatura norteamericana está amaestrada”

El irreverente escritor estadounidense Chuck Palahniuk medita muy bien cada una de sus respuestas, a menudo sazonadas con una buena pizca de humor negro, sin eludir ninguna cuestión. El autor de El club de la lucha, irreductible rompedor de tabúes, presenta en el V Festival Internacional de Las Letras de Bilbao, Gutun zuria Al desnudo (Literatura Mondadori), su última novela publicada en España.
Pregunta. ¿Cómo cree que ha evolucionado esa generación de escritores estadounidenses provocadores e irreverentes que eclosionó en los 90?
Respuesta. No creo que hayan sido muy provocativos. Es como si los libros se hubieran convertido en la provincia de la comodidad, de la lectura fácil. Las personas provocadoras que conozco se han pasado a las películas, al juego, al ocio…los libros no tienen mucha importancia para ellos. Son más tímidos.
P. ¿Qué opina de la nueva generación de narradores estadounidenses, más abierta al mundo global y marcada por la multiculturalidad?
R. Quizá puedan escribir sobre cosas multiculturales, pero las historias no son tan extremas. Sobre todo desde el 11-S no hemos visto mucha literatura transgresora, está más amaestrada. Esto es solo una teoría: Tengo amigos que son profesores universitarios y me dicen que la literatura sufre porque la gente está demasiado feliz, demasiado medicada. Los alumnos más brillantes, los que podrían escribir algo, están tomando antidepresivos, tranquilizantes, medicados, así que no tienen altibajos emocionales. Son siempre felices. Hay una frase popular que dice que un escritor debe escribir cuando está de buen humor y publicar cuando está de mal humor. Esos altibajos emocionales tienen que existir.
P. Uno de los personajes del libro (Terrence Terry) llega a advertir a Katherine que el mundo “no es más que una aglomeración de buitres y hienas que te quieren arrancar un mordisco”. ¿No es una visión demasiado pesimista de la realidad?
R. No. Mi editor en EEUU me dijo que las biografías de las personas famosas mayores ya están escritas e impresas esperando a que estas personas mueran. Y son terribles. En cuanto fallecen, estos libros están en las librerías en dos o tres días y se venden fantásticamente. Así que el mundo está lleno de buitres que esperan.
P. La enfermiza relación de Hazie Coogan con Katherine Kenton marca la historia. En el libro llega a afirmar que “todas las estrellas de cine son esclavas de alguien”. ¿Lo cree así?
R. Sí, ser la creación de alguien, estar obligado a algo, estar al servicio de alguien…creo que cuanto más famoso eres, cuanta más gloria vas adquiriendo, más dependes de otra persona. Es una esclavitud.
P. Es un libro lleno de nombres propios, entre los que destaca el de Lillian Hellman, que está muy presente. ¿Es su particular homenaje a la dramaturga americana?
R. Sí, pero también y sobre todo, quería mostrar cómo se castigaba a aquellos que se disfrazaban y adoptaban unos papeles que no les correspondían. Como por ejemplo, Stephen Glass, inventado historias para New Republic, Jayson Blair, inventando historias para el New York Times, Greg Mortenson, que escribió Three cups of tea, o James Frey, autor de Million Little Pieces. En la historia reciente, muchas personas han sido castigadas por crear su vida, por distorsionar su propia imagen. Lillian fue famosa por ello en un momento en el que muy pocos lo hacía, es un ejemplo clásico de este comportamiento. La incluyo en el relato también porque establece una simetría con las otras dos protagonistas.
P. Establece múltiples paralelismos entre la vida y el mundo de la meca del cine. ¿Es la vida un mero reflejo de Hollywood o es al revés?
R. La vida es lo primero. Nos gustan las historias que sean espejos en los que nos podamos reflejar, sobre todo si son espejos que nos devuelven una imagen buena de nosotros. Nos sentimos atraídos por las historias de las películas porque reflejan algo nuestro, pero lo hacen de una forma glorificante.
P. En su libro nada es lo que parece y el retrato que hace del viejo Hollywood es demoledor. ¿No hay nada de verdad en la meca del cine?
R. (Largo silencio) Los actores que conozco son muy conscientes del efecto que crean porque es su trabajo. Por eso son mucho más conscientes de cómo se comportan y tienen más cuidado, son conscientes del efecto que causan. Nosotros también, pero mucho menos que un actor famoso. Les resulta muy difícil conocer el amor, enamorarse, porque es algo realmente auténtico. Ese es el problema para ellos.
P. ¿Se parece en algo el actual Hollywood al viejo?
R. En contraposición a lo que vemos hoy, en el pasado había unos pocos artistas que llegaban a la fama durante un periodo bastante largo. En la actualidad el modelo es que salga un enorme número de actores, pero sus carreras son muy, muy cortas. Por eso Al desnudo habla del viejo Hollywood, para que tuviera una historia un poco más larga.
P. En su libro habla de la naturaleza del equilibrio que afecta a los actores, por la que niveles repentinamente altos de elogios desencadenan una cantidad equivalente de desprecio hacia uno mismo. ¿Son más desgraciadas las estrellas de Hollywood que el resto de los mortales?
R. Pienso que todos tenemos el mismo número de latidos. Pero en algunas profesiones se contrastan grandes momentos de felicidad, con otros de bajón. Su éxito depende del éxito que tenga creando crisis y representando algo en crisis.
P. El libro está escrito casi como un guion cinematográfico. ¿Es por pura coherencia con el argumento?
R. Cualquier libro que escribo trato de hacerlo de una forma no ficticia, adaptándolo al relato. Tiene una parte de guion, pero también intento reproducir las columnas de cotilleo de los periódicos, por eso utilizo las negritas en los nombres. Se corresponde con la naturaleza orgánica del relato.
P. En sus obras trata de desenmascarar de forma perversa la falsedad de nuestras certezas. ¿Cuál es en su opinión la mayor falsedad de nuestro tiempo?
R. No estoy seguro de que lo que te voy a decir lo podamos calificar de mentira. Cuando era joven, la verdad era lo que decía el Papa, el presidente o el New York Times. Ahora eso ha estallado. Quizá uno de los motivos de la crisis que hay es cómo vivimos sin esa verdad, sin esa única verdad.
P. Katherine Kenton recuerda mucho a Elisabeth Taylor. ¿Se ha inspirado en ella?
R. Katherine es una combinación de Elisabeth Taylor, Katherine Hepburn, Judy Garland, Marilyn Monroe, muchas actrices famosas. Tienen historias muy similares. Primero se casan por amor y después con personas que puedan hacer algo por ellas. Terminaron sus vidas viviendo solas, con un asistente o un ama de llaves.
P. Su twitter, que tiene 400.000 seguidores, lo gestiona Dennis Widmyer. ¿Reniega de las nuevas tecnologías?
R. (Carcajada). Dennis debería estar sentado aquí. Dennis es mi Hazie. Es el webmaster que controla todos los temas públicos. Si muero de una manera espectacular, será quien más se beneficie de ello.
P. ¿La huella que deja Internet en la literatura actual es positiva o negativa?
R. Definitivamente, positiva. Millones y millones de personas están leyendo y escribiendo en Internet. Es una explosión. En los 80 los vídeos musicales hicieron la música tan excitante que explotó la música, que se hizo muy popular. La generación siguiente tuvo que definirse a sí mismos por una forma cultural diferente y eligieron la lectura y la escritura. De la misma forma, Internet ha explotado la lectura y la escritura. Cada uno puede escribir y leer lo que quiera.
P. Su estilo inconfundible le ha convertido en un icono. ¿Le molesta?
R. (Largo silencio) He visto cosas increíbles en Wikipedia sobre mí. La gente proyecta sobre mí muchas cosas suyas o que quieren tener o sienten, y eso es muy dulce. A mí no me importa que lo hagan. Todos somos un personaje en la vida de otros.

El País

sábado, 21 de abril de 2012

La basura y la parusía

Pronto, la totalidad de las novelas con éxito serán policíacas. Y las de medio éxito también. De la misma manera que el ensayista ha dejado, en general, de ensayar y elabora historias de no ficción semejantes a un reportaje periodístico o un reportaje del corazón, los narradores, buenos y malos, se han inclinado por redactar intrigas de policías, detectives, ladrones y asesinos que les aseguran mejor el pan.
Como consecuencia, en casi todos los casos, la calidad del texto importa poco y sí vale especialmente su facilidad de deglución. En los trenes, en el metro o en las playas los lectores engullen deprisa los volúmenes gordos y flacos trufados de crímenes e intrigas, que fueron best seller internacionales o que, incluso, aquí y en alguna otra parte recibieron condecoraciones literarias como si se tratara de los galardones de la posmodernidad.
No importa tener o no tradición en la novela negra. Ni tampoco para esta clase de novela negra poseer oficio cabal. El autor menosprecia al receptor escribiendo aquello que considera fácil de asimilar, papilla de papel, mientras el lector se abraza al escritor como si efectivamente viniera a procurarle una distracción tan distendida como un sudoku. En los géneros literarios, más o menos confusos desde hace años, el género policíaco se ha alzado como el absoluto emperador de todos los demás. Con buena o mala escritura el sabor del libro ofrece una supuración dulzona, entre el misterio y la inocuidad. Desde la novela histórica a la novela romántica, lo policiaco traspasa el corazón del argumento y lo da a vivir como en un único serial.
El texto, que ya en el teatro fue remitiendo en beneficio del espectáculo, en el libro rebaja su importancia en beneficio de la información. El teatro se acerca al circo y la novela a la distracción veloz. Ni uno ni otro, soslayando la exposición de pensamientos, alteran ni turban al consumidor. Dejan indemne al viajero para llevarlo distraído a su destino, dejan sin turbación a todos puesto que su fin es acabar en sí mismos y sólo recabar una porción de atención mientras se hallan en marcha. El telón cae y el libro se cierra sin pillar una pizca de mente o de cuerpo entre sus alas. Al sujeto lo tienen, ciertamente, sujeto mientras la función de ver o leer opera pero cuando la función acaba todo queda en el interior del artefacto mediático.
Ni en todas las páginas impresas ni en todas las representaciones escénicas sucede así pero la potencia del factor policíaco y circense es tan alta que el arte del futuro inmediato, desde la artes plásticas o las no plásticas, poseerán el carácter de tal máscara. Máscara sin discurso que se superpone hoy al ininteligible discurso de la crisis. Discurso vano o producción creadora que no gotea sobre el pensamiento crítico y, en consecuencia, no lo enferme vistos los recortes correspondientes en educación y sanidad.
En este panorama hay, sin embargo, un firme cantón irreductible y es el que regenta la poesía. Hay mala poesía y poesía de la experiencia y poesía de Günter Grass que son prosas de baja estofa. Pero la poesía genuina que guarda el aliento de Vallejo, Aleixandre, Juan Ramón, Molina, Valente, Gamoneda o Siles más los muy jóvenes, que promueve el Adonais y La Estación Azul de RNE son como los 3D del mejor futuro. La tecnología virtual, la Abramovic actual, el Cirque du Soleil, componen hoy junto a la poesía pura, los pilares que mejor se corresponden con las construcciones multidimensionales que la ciencia descubre sin cesar. No son ya productos de efectos planos sino fuertes intentos para ir preparando el tiempo de la parusía. Cinceles de luz diamantina que seguirá a esta época del infame Apocalipsis, basurero y laminador.

El País

Martínez de Pisón, Premio de la Crítica por 'El día de mañana'

El escritor Ignacio Martínez de Pisón ha obtenido el Premio de la Crítica de Narrativa por El día de mañana (Seix Barral). Así lo acaba de anunciar en Soria el jurado de la asociación de críticos. La novela del autor zaragozano (1960) es mosaico del tardofranquismo y la transición a partir de Justo, emigrante que acabará de confidente de la policía política. "La clase media en realidad no hizo nada. No eran franquistas, pero tampoco activamente demócratas", dijo en una entrevista, el año pasado, para este diario el escritor
Martínez de Pisón es autor de una docena de libros, entre los que destacan la colección de cuentos El fin de los buenos tiempos (1994), las novelas Carreteras secundarias (1996), María bonita(2001) y El tiempo de las mujeres (2003), y el ensayo Enterrar a los muertos (Seix Barral, 2005), que obtuvo los premios Rodolfo Walsh y Dulce Chacón y fue unánimemente elogiado por la crítica en varios países europeos.
El premio, sin dotación económica y uno de los más prestigiosos, se entrega a un escritor en lengua castellana cuyo libro haya sido editado en España. El premio, creado en 1956, fue obtenido el año pasado por Ricardo Piglia, y su Blanco nocturno (Anagrama)

El País

viernes, 20 de abril de 2012

l'existentialisme de Sartre

El existencialismo es una corriente filosófica con la que se suele identificar a varios autores que escribieron durante los siglos 19 y 20. En su texto denominado ‘El existencialismo es un humanismo’, Jean-Paul Sartre describe lo que él entiende por existencialismo.

Los principios fundamentales del existencialismo para Sartre son los siguientes:
  1. La existencia precede a la esencia: Sartre denomina 'mala fe' al no reconocer que es uno quien toma decisiones y elige sobre sí mismo: el no reconocer que es uno mismo quien crea su propia esencia.
  2. El hombre es responsable: significa que, al elegirse a si mismo, el hombre elige a la humanidad. Para Sartre el hombre asume en su elección a la humanidad entera.
  3. Existe una condición humana universal: existe un conjunto de límites a priori que bosquejan la situación fundamental del hombre en el universo. Por ejemplo, es común a todos los hombres el nacer en una determinada situación histórica y morir.
  4. Subjetividad: según Sartre los valores son subjetivos y la vida de una persona puede evaluarse de acuerdo a su compromiso con ellos.
  5. El hombre es libertad: un hombre puede seguir señales, pero en ese caso es él mismo quien elige qué señales seguir. Y si no elige es porque elige no elegir, con lo que nunca puede escapar del hecho de la elección.
  6. Proyecto: el hombre será ante todo lo que habrá proyectado ser.
Estos principios fundamentales sirven para entender de qué se trataba el Existencialismo de Sartre.

Hitchcock revive en la piel de Hopkins

La imagen de la nueva película sobre Alfred Hitchcock que ha salido a la luz da miedo. Miedo por el extraordinario potencial de una buena sesión de chapa y pintura, cuyos resultados pueden ser tan asombrosos como los conseguidos con el otro maestro del suspense, Anthony Hopkins, que calca la célebre silueta del modelo original. Con su papada y pose altanera incluidas, Hopkins protagoniza Hitchcock, un paseo retrospectivo por el rodaje del icónico filme de 1960 Psicosis, que se estrenará el año que viene. Tras la mera publicación de la foto ayer, las redes sociales, Twitter a la cabeza, ya han comenzado a arder.

Con Helen Mirren en el papel de Alma, la esposa del cineasta; James D’Arcy en el de Anthony Hopkins, el protagonista de la escabrosa historia; Scarlett Johansson como la mítica Janet Leigh aterrorizada bajo la ducha; y Jessica Biel interpretando a la actriz Vera Miles, la película, que comenzó a grabarse –quién sabe si simbólicamente- el pasado viernes 13 en Los Ángeles, está dirigida por Sacha Gervasi, autor del musical documental Anvil. La historia, que indaga en los altibajos que marcaron la relación del legendario director, fallecido en 1980, con un desdeñoso estudio de grabación durante el rodaje del filme, es una adaptación de John McLaughlin (guionista de Cisne negro) de la novela de Stephen Rebello Alfred Hitchcock and the Making of Psycho, título originalmente previsto también para la película.

Y, aunque esta vez para la pequeña pantalla, el futuro próximo depara doble ración de Hitchcock. La BBC está preparando en estos momentos el telefilme The Girl, también con un rodaje del cineasta británico como leitmotiv, en este caso el de Los Pájaros. A la cabeza del elenco, Toby Jones en el papel del director y Sienna Miller en el de Tippi Hedren, el personaje principal de la película y musa hitchcockiana.

El País

Dickens, la memoria y los afectos

Poco después de cumplir la mayoría de edad, Charles Dickens (1812-1870) dio dos pasos fundamentales que marcarían su personalidad y su universo creativo: consiguió el carnet de lector de la Biblioteca Nacional y conoció a María Beadnell, su primer amor y con los años su pasión clandestina. Los Beadnell simbolizaban la estabilidad social que el escritor, de infancia agitada por la incertidumbre económica familiar, anheló siempre y María era la menor de las hermanas, una de las cuales se casaría con Henry Kolle, uno de los mejores amigos de Dickens. El joven aprendiz a escritor, en aquellos años un atractivo corresponsal en el Parlamento, protagonizó una tragedia clásica, tantas veces repetida a lo largo de la vida y la literatura: los padres de la chica no aprobaron la relación ante la falta de prosperidad del joven Charles y, entre otoño de 1831 y principios de 1833, enviaron a su hija a París para que continuara sus estudios con la intención de que la distancia propiciara el olvido.

Quizás por coquetería y puro divertimento, María disfrutó con el intercambio de misivas confidentes y encuentros clandestinos. Sin embargo, tras la petición de matrimonio que recibió por carta, la joven debió sucumbir a la oposición de sus padres o, simplemente, se cansó del flirteo y rechazó la propuesta. Decisión con la que Dickens daría por finalizado el compromiso como se recoge en la carta fechada el 18 de marzo de 1833. "Crea que nada me causaría mayor contento, ni más verdadero, que saber que usted, el objeto de mi primer y último amor, es dichosa". Aunque aún retomaría el contacto en los días previos al enlace de Kolle con Anne Beadnell, el 19 de mayo de 1833: "Nunca he amado y nunca podré amar a ninguna criatura que vive y respira como la amo a usted. Hemos tenido muchas diferencias, y en los últimos tiempos hemos estado totalmente separados".

Estas cartas, dos del puñado que se conservan entre el escritor y su amada, ven la luz por primera vez en español gracias al trabajo de traducción y estudio de la filóloga Amelia Pérez de Villar (Madrid, 1964) en el joven sello Fórcola Ediciones, que bajo el título Dickens enamorado rescata del olvido estas misivas que se publicaron por vez primera en 1908, en una edición limitada en la Sociedad Bibliófila de Boston a cargo de George P. Baker.

Las cartas que Dickens intercambió con la menor de los Beadnell, explica Pérez de Villar, atestiguan que "su hiperactividad constante, su insastisfacción proverbial y la inquietud que lo definía en todos los aspectos de su caracter llegó también al terreno de los afectos y las pasiones". Aunque el autor de Oliver Twist no dejó autobiografía alguna -empezó a escribirla y la quemó al poco, acaso intimidado por la propia dimensión de sus recuerdos- la correspondencia mantenida con su amada y con Kolle, que sirvió de intermediario y correo clandestino con la joven, pone en valor una relación oscurecida en los diferentes retratos y biografías que se han escrito sobre la figura de Dickens. Peter Ackroyd, penúltimo biógrafo canónico del universal escritor, define a María como "una chifladura", al tiempo que nos recuerda su saldo negativo: era 15 meses mayor que él, "más bien bajita (...) una de esas bellezas que no tardan en marchitarse a la vuelta de unos pocos años". Con todo, estas cartas constatan, según Pérez de Villar, que el autor de Casa desolada se inspiró en su arrebatada pasión juvenil para trazar los destinos de Copperfield y Dora.

Dickens, sentimental irredento, pasó algún tiempo idealizando su historia de amor con María hasta que se casó con Catherine Hogarth, madre de sus 10 hijos, cumpliendo con otro de sus objetivos vitales. También a ella le escribió cartas de amor pero carecen, según Pérez de Villar, "del fervor de las que envió a Beadnell". Fue feliz durante unos años hasta que apareció el desencanto... y, convertido ya en un autor de éxito, se cruzó de nuevo en su camino María, entonces señora Winter. Veinticuatro años después de la primera vez, así le escribe Dickens, en respuesta a una carta previa, el 10 de febrero de 1855: "Su carta me emociona más aún porque la asocio con aquel estado primaveral en el que fui mucho más sabio, o mucho más loco de lo que soy ahora (...) Me encantará tener una larga charla con usted y me llenará de gozo verla después de tanto tiempo". En la madurez, cuando se produce el segundo cruce de cartas entre Beadnell y Dickens ella le inspira la Flora Finching de La pequeña Dorrit, es decir, "algo entrada en carnes, glotona, dada a beber un poco de más y aquejada de incontinencia verbal", a decir de la descripción que hace Amelia Pérez de Villar en su libro. Y sobre todo, cree la autora, el rechazo inicial de María fue el acicate para lanzarse a la conquista del mundo, para convertirse en el autor universal que fue, que, 200 años después de su nacimiento, es.

Cerrado el capítulo con Beadnell, éste no sería el último. Cuando a los 45 años decidió aprovechar la recién aprobada ley de divorcio en 1857, en el contexto de la Inglaterra victoriana, para romper su matrimonio con Catherine Hogarth, el escritor pasó los últimos 13 años de su vida amando de manera intermitente a Nelly Ternan, una joven actriz y "la mujer invisible para todos", según Pérez de Villar. "Durante muchos años se miró mal a todo el que sugiriera que había existido un romance entre ellos. La familia del escritor trató de proteger su reputación, al igual que sus amigos más cercanos".

Algunos textos no demasiado fundamentados, cuentan que Dickens se desvaneció en los brazos de Nelly. El escritor murió de un derrame cerebral el 9 de junio de 1870, llevándose consigo sus secretos y la memoria de sus afectos.

diariodesevilla.es

jueves, 19 de abril de 2012

Caos entre los intelectuales

Fernando Savater publica 'Los invitados de la princesa', una novela sobre un desastroso congreso cultural que condensa sus filias y fobias y con la que ganó el Premio Primavera.

Hace dos años, cuando la erupción de "aquel volcán islandés de nombre impronunciable" colapsó el espacio aéreo de toda Europa, Fernando Savater se encontraba en Milán participando en un congreso de escritores y quedó atrapado varios días en el lugar hasta que logró encontrar disponible un coche de alquiler para regresar a España junto a otros asistentes. Aquello fue la semilla del libro que poco después empezaría a escribir, y que bajo el título Los invitados de la princesa (Espasa) obtuvo en febrero el Premio Primavera de Novela. En la estela de la "venerable tradición de Chaucer y Boccaccio", maestros de esos relatos en los que por una causa externa y fortuita un variopinto grupo de personas se ve obligado a convivir y esperar cruzando historias y debates, Savater ha escrito una obra de espíritu lúdico donde condensa sus mayores placeres y preocupaciones intelectuales, desde la hípica, la teología y la filosofía al nacionalismo, el terrorismo y el secuestro de la política por parte de la estupidez populista.

La excusa argumental que le permite tal recorrido es el Festín de la Cultura que organiza la presidenta de una república insular del Atlántico, un magno encuentro de escritores y artistas con el que la mandataria, amén de rendirse homenaje a sí misma, pretende poner a su pequeño país (imaginario) en el mapa turístico. "Y llegan los invitados y ocurre que un volcán de la isla entra en erupción y se quedan atrapados en la isla durante una semana", explica Savater, que estructura la novela en dos planos: por un lado, el narrador, un joven periodista vasco, levanta acta de ese caos creciente, en el que se revelan las perplejidades de la cultura contemporánea; y por el otro, siete personajes cuentan sendas historias, "todas con un punto fantástico y en una línea de humor", con las que el autor donostiarra se entrega a los géneros populares que tanto le apasionan: ciencia-ficción, terror, misterio, policiaco...

"He intentado contar siete historias con siete voces diferentes; no yo contando siete historias, sino siete miradas sobre las cosas", explica Savater, que también ha querido recrear "el ambiente de burbuja y enclaustramiento, de pequeños narcicismos y rencillas" que suele propiciar esa clase de congresos, y que él tanto ha "padecido... o disfrutado". En ellos ha podido constatar también la tendencia del poder a rebajar la cultura a un mero espectáculo, o a usarla como un adorno prestigioso. "Esas cosas están pensadas normalmente de de un modo folclórico, como apoyo a los gobernantes o para ensalzar un nacionalismo barato y cosas por el estilo. Siempre se va con el sueño de que desde dentro se van a poder cambiar muchas cosas. Vas con buena voluntad, piensas que dirás lo que quieres decir, que vas a ser crítico, ¡un revulsivo! Pero efectivamente ésta es una cuestión siempre polémica, porque los organizadores lo que quieren es que tú vayas a ensalzarlos y ya está".

A pesar de la gran variedad de temas que desfilan por sus páginas, "no es un libro de tesis", aclara. "Me he pasado la vida escribiendo libros de tesis y la gente estará ya un poco harta de leérmelos y yo desde luego de escribirlos. Ya he escrito demasiados libros didácticos y ahora, cuando hago literatura, quiero hacer disfrutar al lector. Lo que pasa es que a mí sólo me hacen disfrutar las cosas que tienen una cierta dimensión de inteligencia y reflexión. Nunca he entendido a esa gente que dice: esto es una tontería pero es muy divertido. ¡Si mi mayor reproche a los tontos es que son aburridísimos! Yo quisiera hacer un libro divertido, que haga disfrutar, pero de un modo inteligente y reflexivo, que no humille la inteligencia del lector, sino que la aumente. Ése es el propósito...". Savater confiesa además que después de 40 años enseñando filosofía en la universidad, y divulgándola para el gran público en ensayos de notable éxito, aspira ahora a "hacer otras cosas". "En una segunda parte de mi vida que preveo bastante más corta, quiero cumplir un poco ese sueño juvenil de ser literato".

Por ingenuos o por maliciosos e interesados, algunos de los personajes que aparecen en Los invitados de la princesa invitan a pensar en el destino del intelectual en el mundo actual, en el sentido y la vigencia que hoy tiene (o no) el término. "La cultura está bastante mal", sostiene el autor, que observa una "falta de espacios para hacer oír voces", tendencia que la crisis ha agravado hasta convertir el debate público riguroso en un "erial". Y además hay algo que a Savater le parece "curioso": "Últimamente hemos oído muchas voces críticas, lo que desgraciadamente no ha pasado en los últimos años. En ciento y pico días de Gobierno del Partido Popular estamos oyendo más voces críticas sobre la situación de las que oímos durante los ocho años anteriores, en los que estuvimos descendiendo por la pendiente que nos ha llevado adonde estamos ahora".

El escritor, que tanto -y tan directo- ha escrito sobre ETA y la compleja relación de la sociedad vasca con aquélla, cree que "se está haciendo demasiado caso" a ETA en estos momentos, aunque no por ello deja de albergar "muchas esperanzas". En cualquier caso no ha desaprovechado la ocasión, y no es la primera, de incluir en el desarrollo de su novela a un grupo terrorista integrado por bobos de solemnidad. "Eso lo tengo muy claro. Si los saco en el terreno de la ficción, lo hago para reírme de ellos. Ya sé que tienen un lado truculento y trágico y todo eso, pero yo no voy a darles el gusto de sacarlos para que den miedo, yo lo que quiero es que causen risa".

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