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Si eres amante de la lectura, tiene todas las llaves que te puede dar este humilde blog para continuar en tu viaje.

Pruebas

viernes, 30 de agosto de 2013

El negocio de la xenofobia. ¿Para qué sirven los controles migratorios?

La vigilancia de las fronteras se ha convertido, en los últimos años, en un gran negocio. A partir de la década de 1990, las empresas privadas de seguridad y la industria del armamento han descubierto que el control de los inmigrantes puede ser una gran fuente de ganancias. La mayor empresa de seguridad, G4S (que dedica una parte de su actividad a la «gestión» de la inmigración), tiene en la actualidad más de 650.000 empleados, lo que la convierte en la segunda empresa privada del mundo en personal contratado. FRONTEX, la agencia europea de vigilancia de fronteras creada por la Unión Europea, es emblemática de este boom, muy rentable políticamente y muy lucrativo en el plano financiero. Libia, antes y después de Gadafi, ha sabido sacar provecho del «maná» de los emigrantes, que son objeto de infinitos tejemanejes por parte de los capitales europeos. En Israel y Estados Unidos, la construcción de centros de detención para extranjeros y el levantamiento de muros, destinados a cerrar las fronteras, ha supuesto un buen negocio, a la vez que es una eficaz forma de alimentar los fantasmas xenófobos de la población, con la consiguiente satisfacción de determinados políticos. El sistema SIVE (Sistema Integrado de Vigilancia Exterior), utilizado en las islas Canarias, las Baleares y el sur de España, las murallas que se alzan en México o Tel-Aviv… estos engranajes invisibles en busca de nuevas ganancias, establecidos por todas partes, de Senegal a Estados Unidos, de Kiev a París o de Tel-Aviv a Turquía, salen por primera vez a la luz en este sorprendente y explosivo libro.


INTRODUCCIÓN

El germen de este libro surgió a partir de una constatación y de un interrogante. Los últimos veinte años del pasado siglo y los que van del presente han sido testigos de la progresiva conversión de la inmigración en un tema polémico que rara vez abandona la primera línea de actualidad. Es cierto que, desde la década de 1960, el número de migraciones se ha triplicado a lo largo y ancho del planeta. Pero esta evolución cuantitativa podría considerarse como fruto del orden establecido: después de todo, la mayoría de las recientes oleadas de desplazamientos de poblaciones han sido y continúan siendo previsibles para todo aquel que sepa observar la marcha del mundo. Cuando la coalición internacional tomó la decisión de derrocar al régimen de Muamar Gadafi en marzo de 2011, ¿acaso no podía imaginar que una de las primeras consecuencias de su intervención militar sería la de provocar el éxodo de un gran número de extranjeros que se encontraban en Libia en ese momento? Este número ha sido estimado en un millón y medio. Por el contrario, todo ha tenido lugar como si se tratase de fenómenos si no inexplicables, al menos imposibles de prever. Y por si fuera poco, existe por parte de aquellos que se encuentran a cargo de la «gestión de los flujos migratorios » una sorprendente tendencia a presentarlos como una amenaza, así como a prometer reiteradamente la instauración de enérgicas medidas para controlarlos, sin dar nunca la impresión de conseguirlo.

jueves, 29 de agosto de 2013

El corazón de la nación. Ensayos sobre política y sentimentalismo

Leer a Berlant no es cosa sencilla: su potente instrumental analítico, que apela a la cultura popular, al cine, a los personajes de la esfera pública, a la subordinación de lo femenino y lo infantil, a los modelos de vida buena y la interpelación constante al sentimiento, hace que resulte difícil encasillar su obra en una lógica disciplinaria. 

Pensadora de intersticios, la autora se centra en dos aspectos relevantes para iluminar la realidad actual: en primer término, el planteamiento de un poderoso vínculo entre la elaboración de los mundos políticos y las emociones como experiencias de articulación de “lo nacional” y de lo identitario. 

En segundo lugar, la clave transclasista de esta sentimentalidad que tiende a producir la fantasía de la desaparición de las desigualdades y estructuras de clase. Un libro como el de Lauren Berlant es una bocanada de aire fresco y un redoblado impulso crítico para repensarnos como sociedades. 

PRÓLOGO
PENSAR DESDE LOS BORDES:
LO POLÍTICO Y SU CLAVE EMOCIONAL

La saturación de la escena contemporánea vuelve cada vez más compleja la tarea de comprender y, especialmente, la de producir un mínimo de inteligibilidad desde el pensamiento crítico. Desgastadas las categorías para nombrar el mundo y, con ello, dotarlo de sentido; arrinconados o desdibujados los saberes críticos por la emergencia y proliferación de “expertos” mediáticos que trazan sin pudor las coordenadas de nuestras catástrofes y orientan los debates en la agenda pública, y de cara a la aceleración de los indicios e indicadores sobre el fracaso incontestable del modelo económico-político dominante, un libro como el de Lauren Berlant es una bocanada de aire fresco y un redoblado impulso crítico para repensar-nos como sociedades. 

La lectura del texto de Berlant no es sencilla: hay en su escritura una tensión entre la reposición del contexto al que permanentemente alude (la cultura estadunidense) y el plano abierto de la discusión en torno a la contemporaneidad. A lo largo de las páginas que conforman el libro que el lector tiene hoy en sus manos, no pude dejar de recordar la conferencia que Pierre Bourdieu1 dictó en la Casa Franco- Japonesa en Tokio en octubre de 1989, a propósito de su obra La distinción. Ahí señaló: “al hablar de Francia no cesaré de hablarles de Japón”. Y añadió: “Hablaré de un país que yo conozco bien, no sólo porque en él nací y del que hablo su lengua, sino porque lo he estudiado mucho: Francia”. El sociólogo coloca a mi juicio varias cuestiones relevantes para discutir con El corazón de la nación. Ensayos sobre política y sentimentalismo.

El oscuro invierno

Hull, East Yorkshire. Poco antes de Navidad, un anciano (único superviviente del naufragio de un barco de arrastre ocurrido hace cuarenta años) es hallado muerto en el mar. En una iglesia, una muchacha (único miembro de una familia que sobrevivió a una matanza durante el conflicto de Sierra Leona) es acuchillada con un machete. Un drogadicto (que logró huir de la casa en llamas donde murió su familia) es abrasado en un incendio en un barrio de viviendas de protección oficial. El sargento McAvoy, un fornido policía que es mirado con recelo por el resto de sus compañeros debido a su inquebrantable sentido del deber, será el único capaz de encontrar la conexión entre estos tres crímenes y el asesino de aterradores ojos azules que oculta su rostro tras un pasamontañas negro...


PRÓLOGO

El anciano alza la vista y por un instante es como si estuviera mirando por el extremo equivocado de un telescopio. La perio - dista está a cuarenta años de distancia. 
–¿Señor Stein? –dice apoyando una mano tierna y cálida so - bre su rodilla huesuda–. ¿Podría usted compartir con nosotros sus recuerdos de aquel momento? 
Le cuesta un esfuerzo de la voluntad casi físico retornar al presente. Parpadea. Con el miedo propio de los ancianos a per - der sus recuerdos se dice a sí mismo que debe ponerlos en orden. «Todavía estás aquí», piensa. «Sigues vivo.» 
–¿Señor Stein? ¿Fred?
«Estás vivo», se repite. El superpetrolero Carla . A setenta millas de la costa islandesa. Una última entrevista en la cocina del barco, con su tufo a fritanga y a café requemado, su olor a gasóleo y las ráfagas de agua de mar. El rumor sordo y profundo de las voces de hombres sin asear y la lana húmeda

miércoles, 28 de agosto de 2013

Las hermanas Lacroix

Los secretos y rencores que alberga la mansión de las hermanas Lacroix, como se la conoce con respeto en la pequeña ciudad de provincias, encierran al cabeza de familia en una inmensa soledad. Sus moradores se refugian, según sus caracteres, en el misticismo, la especulación filosófica y artística, y un odio meticulosamente alimentado, ya sea desde la prepotencia o la debilidad. La inexorable huida de la generación joven, o su invasión de los espacios nobles, abocará a las hermanas a una convivencia relegada a compartir definitivamente recuerdos y mezquindades que nunca quisieron olvidar.  

I
     -... llena eres de gracia, el Señor es contigo..., llena eres de gracia, el Señor es contigo...
     Las palabras ya no tenían sentido, no eran más que palabras. ¿Acaso Geneviève movía los labios? ¿O sumaba su voz al sordo murmullo que se alzaba de los más oscuros rincones de la iglesia?
     Algunas sílabas parecían repetirse con más frecuencia que otras, cargadas de un significado oculto.
     -... Llena eres de gracia..., llena eres de gracia...
     Luego venía el triste final del avemaría:
     -... pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.
     Cuando era pequeña y rezaban el rosario en voz alta, estas palabras, que renacían sin cesar, no tardaban en hechizarla y en alguna ocasión rompía en sollozos.
     -... ahora y en la hora..., en la hora...
     Entonces exclamaba mirando a la Virgen a través de las lágrimas:
     -¡Haz que yo sea la primera en morir! O que nos muramos todos a la vez, mi madre, mi padre y Jacques.
     En alguna parte de la oscuridad, no lejos, por donde estaba la efigie de san Antonio, resonaba una voz grave como un abejorro. No se veían las caras. Tan sólo se adivinaban unas siluetas, porque el sacristán había encendido cuatro lámparas para toda la iglesia y sus trazos puntiagudos formaban entre los pilares aureolas del tamaño de las de los santos.
     -... llena eres de gracia..., el Señor... 

Adriático

Último eslabón del linaje familiar,el profesor Vittorio Brunelleschi ha recibido el encargo de rastrear e inventariar los objetos naufragados en la laguna de Venecia. Bajo la apariencia de trastos inservibles, surgen del lecho cenagoso decenas de restos que cuentan la secular historia de la ciudad: el cuchillo de trinchar de un cocinero del Papa, una bacinilla ducal perdida por un mozo de retrete, los pinceles de una retratista especializada en los peregrinos del Grand Tour, los papeles perdidos de un famoso director de cine, la sandalia de un buscador de souvenirs o las maletas de unos viajeros en diligencia a ninguna parte.  

ENTREVISTA A LA AUTORA
     - ¿Qué papel desempeña esta obra en el conjunto de su trayectoria como novelista?
     - ‘Adriá tico' forma parte de un proyecto literario para intentar contar Europa a través de una galería de novelas. Después de mi Trilogía de la Memoria -dedicada a tres episodios de la España que pudo ser, con ‘Memoria de cenizas', ‘Hijos del Mediodía' y ‘El club de la memoria'-, me apetecía quedarme durante un tiempo a repensar Europa, curiosamente un continente ahora tan perdido y lleno de incertidumbres. ‘El sonámbulo de Verdú n' fue la primera novela, centrada en la Mitteleuropa, y ahora ‘Adriá tico' recrea la Europa meridional, ya que se mueve entre Venecia y Trieste, dos ciudades que reflejan la extrañeza de esa Europa cargada de pasado. No sé si marca un punto de inflexión, más bien es parte de esa continuidad, de esa idea general que ahora me obsesiona de narrar sobre Europa para intentar comprenderla. Aunque sí es cierto que en esta novela he intentado indagar en distintas dimensiones narrativas del recuerdo, en los laberintos de la memoria, y lo hago de una forma diferente a mis obras anteriores que señala ya un camino que seguiré en las próximas obras.
     - ¿Cómo surgió‘Adriá tico', cuá l fue la chispa que encendió este proyecto narrativo?
     - Lo de ‘Adriá tico' ha sido muy curioso porque es quizá s mi libro má s antiguo. La idea de la novela la tuve cuando viajé por primera vez a Venecia con quince años. Recuerdo que se me cayó al agua un souvenir que había comprado y pensé: ¡caramba!, ahora algo mío formará parte de la historia de esta ciudad. Fue algo absurdo, pero esa idea me ha seguido durante muchos años: la obsesión por imaginar la historia de objetos olvidados o perdidos. Esa vieja idea de contar la ‘biografía' de cosas que cayeron al canal regresó en varias ocasiones: cuando estuve en una exposición en Lisboa en la que se rescataban cosas halladas en un naufragio en el Tajo en el siglo XVII, y al visitar el Museo Carnavalet de París ante la visión de una vitrina llena de objetos que se habían encontrado en el fondo del Sena. Lo de Venecia me ha seguido durante todos estos años y me parece una forma curiosa de contar otra historia de esta ciudad, la de las basuras de su laguna, un retrato de la urbe submarina a través de las cosas que pertenecieron a habitantes olvidados, como una ‘contraVenecia' al modo de Paul Morand.

martes, 27 de agosto de 2013

El vino de la juventud

El vino de la juventud recoge los trece relatos que Fante publicó en 1940 con el título de Dago red, más otros siete aparecidos posteriormente en distintos medios. Exceptuando los dos últimos, todos giran alrededor de una familia de inmigrantes italianos afincada en Colorado. El que cuenta es el hijo mayor, un adolescente al que vemos crecer, observar a sus padres, quizá intentar comprenderlos, o juzgarlos. Y el conjunto, una crónica de la vida en América en los años veinte del siglo pasado, tiene una coherencia y una unidad novelescas, aunque el narrador aparezca con distintos nombres. Y así, vemos el momento en que se conocen los padres del protagonista. ¿Raptó realmente el padre a la madre, huyó con ella a las montañas o es todo una fantasía del muchacho? En «Albañil en la nieve» descubre las habilidades artísticas de su padre, muy superiores a las que tiene como albañil. «Primera comunión» recoge dos jornadas tragicómicas, cuando el pequeño héroe se confiesa con un cura y cuando descubre que no tiene camisa para ir a la iglesia. En «Monaguillo», «Grandes ligas» y «Camino del infierno» prosiguen las aventuras del joven protagonista en el colegio de monjas.

Y en los demás cuentos el padre envejece y el hijo mayor, cuando tiene dieciocho años, lo celebra liándose a puñetazos con él. También hay puñetazos en «Dios te salve, María», y «Ya no quiero ser monja» enlaza con el primer cuento del volumen, y la madre vuelve a ser la protagonista. En un alarde de simetría, «El Dios de mi padre» prosigue el retrato paterno comenzado en «Albañil en la nieve» y continuado en «Una esposa para Dino Rossi», y «El soñador» transcurre en la misma pensión de Bunker Hill en que se hospedó el joven Arturo Bandini… 


HOGAR, DULCE HOGAR

I

Estoy cantando porque pronto llegaré a casa. Habrá una gran bienvenida en mi honor. Habrá espaguetis, vino y salami. Mi madre preparará una mesa gigantesca, llena de todos los manjares de mi niñez. Todo será por mí. El amor de mi madre llenará la mesa, y mis hermanos y mi hermana estarán contentos de verme entre ellos de nuevo, porque para ellos soy el hermano mayor que nunca se equivoca, y les dará algo de envidia la bienvenida que se me dedica, y cómo se reirán con lo que yo diga, y cómo sonreirán cuando me vean llevarme a la boca el tenedor cargado de escurridizos espaguetis, y pedir más queso a gritos, y gruñir de placer. Porque son mi familia, y yo habré vuelto a ellos y al amor de mi madre.

Le pasaré el vaso a mi padre y diré:
-Más vino de ése, papá. - Y él sonreirá y escanciará en mi vaso el líquido granate de dulce sabor, y añadiré-: ¡Venga! - Y lo beberé lenta y profundamente, sintiendo que me calienta el estómago, me alegra el corazón, me canta una canción al oído.
Y mi madre dirá:
-No tan aprisa, hijo mío. - Y yo miraré a mi madre y veré los mismos ojos a los que he hecho llorar tantísimas veces, y sentiré en los huesos esa fuerte sensación de remordimiento, pero sólo durará un segundo, y le diré a mi madre: 
–Ah, mamá, no te preocupes por este chico, estará bien. – Y mi madre sonreirá con esa felicidad que sólo ella conoce, y mi padre también sonreirá ligeramente, porque estará mirando a alguien de su misma sangre, y yo sentiré un nudo en la garganta y en el pecho, y evitaré los ojos de mi padre, porque no serán capaces de ocultar su felicidad.

lunes, 26 de agosto de 2013

Nietzsche

"Confrontación es auténtica crítica. es el modo más elevado y la única manera de apreciar verdaderamente a un pensador, pues asume la  tarea de continuar pensando su pensamiento..."


Este libro no es un estudio académico sobre Nietzsche, sino una interpretación basada en la confrontación con su pensamiento, entendida por Heidegger como «la única manera de apre­ciar verdaderamente a un pensador pues asume la tarea de continuar pensando su pensamiento y de seguir su fuerza pro­ductiva y no sus debilidades». A lo largo del libro, Heidegger despliega su concepción de la historia de la metafísica y su crítica de la modernidad, mientras hilvana una detallada exégesis de la obra de Nietzsche, centrada en su pensamiento último, que inicia con el Zaratustra y que tenía que culminar en su obra capital, La voluntad de poder.


La interpretación heideggeriana recorre las grandes ideas de Nietzsche: la muerte de Dios, el advenimiento del superhombre, el nihilismo, la transvaloración de los valores, el arte como metafísica y, especialmente, la voluntad de poder y el eterno retorno de lo mismo. Heidegger interpreta el pensamiento de Nietzsche no como la superación de la metafísica, sino como su expresión más perfecta, como la consumación de su esencia, presente ya en sus orígenes. Así, la reflexión sobre Nietzsche es, a la vez, una reflexión despiadada sobre la sociedad contemporánea, perdida en la repetición sin sentido y necesitada de un renacimiento.


Nietzsche como pensador metafísico
En La voluntad de poder, la «obra» que se tratará en esta lección, Nietzsche dice lo siguiente acerca de la filosofía:
«No quiero convencer a nadie a que se dedique a la filosofía: es necesario, quizás también deseable, que la filosofía sea una planta rara. Nada me repugna más que ese elogio profesoral de la filosofía que se encuentra por ejemplo en Séneca, o incluso en Cicerón. La filosofía tiene poco que ver con la virtud. Permítaseme decir que también el hombre de ciencia es algo fundamentalmente diferente del filósofo. Lo que deseo es que el auténtico concepto del filósofo no muera totalmente en Alemania.» (La voluntad de poder, n. 420).

viernes, 23 de agosto de 2013

Lo verdadero es el miedo

Escritos en primera o tercera persona, según la necesidad narrativa de cada uno, Pepa Antón —que también es pintora— dibuja en estos 17 relatos la vida de una mujer: la niña que es educada en el terror al pecado y al infierno en un colegio de monjas; la joven destinada a ser esposa y madre; los años de lucha en la última etapa del franquismo; el miedo al desamor, a la soledad, al sufrimiento de los hijos. Y también la amistad, la complicidad entre mujeres... Una aguda e inteligente mirada sobre el destino de las mujeres nacidas en la España de la segunda mitad del siglo XX, el de cientos, miles de mujeres, cuyas vidas, emociones y vivencias aparecen aquí contadas. Esta es la historia de muchas de ellas. 

EL PRINCIPIO

El 15 de mayo de 1950 tenía siete años y tres meses, me faltaban dos dientes y estaba en pecado mortal. El traje de organdí, con el que mis primas mayores habían hecho la primera comunión, colgaba de la lámpara de mi cuarto y esa noche dormí mal.
En el colegio nos llamaban las futuras comulgantas. Íbamos a recibir al niño Jesús y teníamos que ser puras, ahora y hasta el día de la muerte. Ser puras era tener el alma blanca y transparente, pero con los malos pensamientos y los actos impuros se llenaba de manchas. Si tenías de eso, te ibas al infi erno, aunque lo peor de todo era que hacías sufrir al niño Jesús. 
A mí lo de hacer sufrir al niño Jesús no me importaba mucho. Estaba acostumbrada a pelearme con mis hermanos y a veces, en las apreturas del tranvía, no sé por qué, pellizcaba con disimulo a algún niño más pequeño que yo.
En la pequeña localidad de Walgett, lugar donde transcurrió una parte importante de la infancia de Kenneth Cook, había un viejo llamado Benny que tenía como mascota un enorme canguro muy dado a aporrear a su anciano dueño alternativamente con las patas y la cola. De acuerdo a esta inclinación pugilística, el viejo Benny puso al canguro el nombre de Les, inspirándose en un célebre boxeador de la época. En la apacible comunidad de Walgett, Les no suponía un problema para nadie salvo para su amo; sin embargo, ciertas circunstancias impulsaron al canguro a darse a la bebida, y fue así como Les se convirtió en un peligro público. Este episodio, recuerda Cook, supuso su primera confrontación con una persistente verdad que toda su experiencia posterior en innumerables viajes por el Outback australiano no hizo más que confirmar una y otra vez: en la dicotomía entre naturaleza y cultura, al contrario de lo que pensaron filósofos como John Locke o Jean-Jacques Rousseau, la naturaleza no es la parte inocente y buena, y el ser humano tuvo muy buenas razones para alejarse de ella. En El canguro alcohólico, tercer y último volumen de un vasto anecdotario con el Outback australiano como escenario, Kenneth Cook vuelve a dar cuenta de la aberrante fauna humana y animal que habita ese continente a medio camino entre lo silvestre y lo civilizado, en el que no es extraño encontrarse con ratones antropófagos, avestruces enloquecidos, escuadrones de rescate suicidas o emprendedores indigentes.


Cómo no robar un coche

Nadie ha robado jamás un coche en Tennant Creek, por la sencilla razón de que no hay adónde llevárselo.
Se puede ir al norte o al sur, o se puede tomar una de las carreteras que lleva a las varias haciendas cercanas. Si vas al norte o al sur, la policía te estará esperando tranquilamente en la carretera a un pack de doce (un pack de doce representa el tiempo que se tarda en beber doce latas de cerveza, y es así como suelen medir las distancias por allí). Si tomas una de las carreteras privadas, acabarás llegando al final y no tendrás adónde ir. 
Robar coches, sencillamente, no es práctico. Por eso fue tan sorprendente que, al salir del pub de Tennant Creek, descubriera que me habían robado el coche.

jueves, 22 de agosto de 2013

Los mandarines

"Hay montones de valores que se dan por sentados. ¿En nombre de qué? En el fondo, ¿por qué la libertad, por qué la igualdad, qué justicia tiene un sentido? ¿Por qué preferir los demás a uno mismo?"

Ya de por sí, indagar en la vida de esta escritora, es irnos recreando un bastión o coraza, la cual ya en ocasión ella misma había referido, seria poderosa. Simone de Beauvoir, siendo adolescente instituyó su propio blindaje, pero  a la vez dejo al claro cierta escasez de sí misma, una desposesión moral y emocional.  Rodeada de hombres notables, esto no le impedía mostrar sus dotes intelectuales.

Profesora, feminista y filosofa francesa deja mucho que decir de esta mujer que estuvo casada con uno de los filósofos existencialistas franceses más destacado del siglo pasado. Su pensamiento se enmarca dentro del existencialismo.

En cuanto al escrito que nos toca hablar: Los Mandarines de Simone de Beauvoir, es sin duda una de las novelas documentales escritas en los tiempos de posguerra francesa más importantes. Ya desde el primer capítulo, los personajes nos van contaminando con el aire en tiempo de posguerra, los hechos que se vienen dando, al salir de ese estado de caos, como los personajes van organizando sus fiestas, eso deja divisar, aunque sin vivirlo, el estado en cual fue sometida psicológicamente a una población cuando se vio envuelta en la guerra.
Los mandarines muestran la atmosfera cultura y política de la guerra fría, pero a la vez, deja al descubierto el estado situacional de los intelectuales y artistas que pregonaban una autentica moral fundada en la responsabilidad del hombre. Ahora, en el transcurso de la lectura, si hacemos un cruce de personajes, nos daremos cuenta que hay una ocupación, pues al parecer las figuras de Dubreulih, un célebre escritor y esposo de Anne, le lleva muchos años y se encamina a la vejez, tiene de algún modo un parentesco con Jean Paul Sastre, Anne, una psicoanalista entrado a los cuarenta años busca de alguna manera recomponer su vida después de la guerra, con Simone de Beauvoir y Henri Perron, un joven y atractivo escritor, que vive a plenitud el acto creativo de la literatura y quien es aclamado por el publico por su primera obra, con Albert Camus. Independientemente de esto, la escritora imprime que no es una novela autobiográfica, sino una evocación. Bueno nos iremos por su carril, aunque con dudas.

Es una excelente propuesta de Beauvoir, donde los personajes reflejan el cruce de los acontecimientos políticos, crean sus propios conflictos intelectuales y emocionales, aunque los personajes cometen sus errores, pero lo asumen con responsabilidad ante ellos y los demás: “soy responsable de todos mis actos y nada puede evitar que tenga que rendir cuentas ante mi mismo”

En sus manos os dejo…

África en el espejo. Colonización, criminalidad y Estado

Este libro es una cuidadosa selección de ensayos en los que el experto francés en política internacional, Jean-François Bayart, estudia al Estado y la política en África. Dejando de lado los estudios postcoloniales y la visión estereotipada acerca de las relaciones sociales y políticas africanas, el autor analiza el deslizamiento de los gobiernos del África subsahariana hacia actividades económicas ilegales, así como los procesos de adecuación estatales que se han sufrido como parte del intento de incorporación al mundo globalizado.

África está envuelta en la bruma de los prejuicios y los lugares comunes. Es usual considerar al continente negro como incorregiblemente subdesarrollado y crónicamente dependiente del resto del mundo, pero al mismo tiempo suele asignársele un papel marginal en el concierto de las naciones, acaso porque es difícil ver en los estados africanos las características apetecibles al paladar político de Occidente. En los ensayos de este breve libro, Jean-François Bayart desmonta algunos de los mitos que impiden la comprensión de lo que sucede en los países al sur del Sahara y a la vez plantea un modelo de análisis que puede resultar fructífero entre nosotros. Contrario al victimismo que suele aquejar a los estudiosos de África, el autor pone en duda las teorías de la Independencia, tan influyentes en América Latina, y aventura una tesis sobre la función que el crimen organizado ha tenido en la formación de los estados. El volumen se cierra con una irónica refutación de las opiniones frecuentes en los estudios poscoloniales, tan en boga en los Estados Unidos y Europa. 

El fiel Ruslán

Ruslán es un perro guardián en un campo de trabajo del Gulag soviético. De la noche a la mañana él y sus compañeros ven cómo los campos se vacían de prisioneros y cómo sus amos, los guardias, a los que aman incondicionalmente, les abandonan a su suerte; durante las semanas posteriores Ruslán deberá adaptarse a su nueva situación.

Vladímov, uno de los escritores rusos más destacados de la segunda mitad del siglo XX, utiliza el punto de vista del perro para explicar la inhumanidad del sistema soviético. Y lo hace partiendo de una situación que se produjo en la Unión Soviética a finales de los cincuenta, cuando los cambios introducidos por Nikita Jruschov permitieron la liberación de millones de prisioneros y el desmantelamiento de parte del sistema soviético de campos de trabajo.

Una primera versión de El fiel Ruslán titulada «Los perros» circuló clandestinamente en la URSS durante los años sesenta. Vladímov continuó trabajando en la novela hasta 1974, cuando consiguió sacar el manuscrito del país; un año más tarde se publicó en Alemania. Está considerada como una de las mejores novelas rusas de la segunda mitad del siglo XX.

1
Durante toda la noche aulló el viento, haciendo que se balancearan y chirriasen las farolas del campo de prisioneros y tintineara la aldaba de la entrada. Por la mañana amainó, se hizo el silencio y llegó el amo. Se sentó en un taburete y, cogiéndose la rodilla con una mano roja y empapada, se puso a fumar mientras esperaba a que Ruslán terminara la sopa. Había traído su fusil y lo había colgado del gancho, en una esquina de la caseta. Eso significaba que, después de mucho tiempo, saldrían en misión de servicio. Por eso, Ruslán sabía que podía comer sin prisas, pero tampoco debía remolonear.
     Ese día le había tocado un hueso grande de caña de vaca, tan prometedor que tuvo ganas de llevárselo enseguida al rincón y esconderlo en su lecho de paja para poder roerlo más tarde como es debido, a oscuras y en soledad. Pero en presencia de su amo le daba vergüenza sacarlo del cuenco, así que, por si acaso, se limitó a arrancar toda la carne: la experiencia le había enseñado que, a su regreso, ese huesecito suculento tal vez ya hubiese desaparecido. Dándole vueltas cuidadosamente con el hocico, lamió su caldo y se disponía a engullir los pedazos de carne calientes que, con esmero, había ido reuniendo ante sí, cuando de repente el amo se movió y preguntó con impaciencia:
     -¿Preparado?
     Y, poniéndose ya de pie, tiró la colilla al suelo. Esta fue a caer en el cuenco y se apagó con un chisporroteo. Nunca había sucedido algo parecido, pero Ruslán no dejó ver sorpresa ni enojo sino que levantó los ojos hacia el amo, agitó su pesada cola para agradecerle la comida y darle a entender que estaba dispuesto a servirlo de inmediato. Ni siquiera se permitió echar un vistazo al hueso y se limitó a lamer deprisa un poco de caldo. Ya estaba listo para partir.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Años de indulgencia

Cuarta novela del volumen autobiográfico El río del tiempo. En esta oportunidad, el autor relata su viaje a Nueva York, tras su estancia en algunas ciudades europeas. La voz que narra es la del mismo ser irrespetuoso, inteligente y apasionado que aquí fustiga a un país en el que hasta los ríos son asesinos.


El río del tiempo es un gran fresco literario autobiográfico compuesto por cinco novelas: Los días azules, El fuego secreto, Los caminos a Roma, Años de indulgencia y Entre fantasmas.


«Un prosa furibunda, imprecatoria, apocalíptica, cuya desesperanza deja entrever una profunda ternura» Judith Steiner,
Les Inrockuptibles

PÁGINAS DEL LIBRO
     Levanten sus culos al aire, viejas del aquelarre: yo soy el Diablo. Soy y soy y soy y siempre he sido.
     Sí, sí, sí, sí, soy el Diablo. Nadie puede conmigo. En mi lugar ilímite, mi vasto imperio sin medidas ni confines hago lo que se me da la gana. Mi sortilegio, mi potencia mágica, mi poder de azufre los detento. Alcaldes, gobernadores, ministros, presidentes ante mí todos se inclinan y me besan el trasero. A cambio de su sumisión reverente, de arriba abajo los cobijo con mi manto: a toda la clientela roñosa, subiendo, bajando la escalera burocrática. ¡A un lado escobas! ¡Brujas del aquelarre, arre, arre!
     Por los senderos enyerbados del viejo cementerio se van mis pasos ebrios, sulfurosos. Ojos de búho y de lechuza desde los arrayanes pelones miran. ¡Qué! ¿No me conocen? ¿Qué me ven? Ven mis cuernos en el claro de la luna. Ah...
     Bubo bubo, búho bufo, búho bujo, búho bújaro, color rojo y negro calzado de plumas, de pico corto y ojos grandes, eres el búho real, el búho huraño, mi constante amigo, mi doliente hermano, criatura de la noche, bubónica prueba de la existencia de Dios, ¿digo mal? 
     -Este... Es que... No sé cómo explicarme... Es que yo ya no soy yo, ni soy la masa ni la levadura: soy el presidente Barco, un exabrupto.

Raptado por las musas. La vocación literaria es una mezcla de visión y misión destinada a ordenar el caos de la vida.

Hay un hecho notorio y universal que reclama una buena explicación: por qué determinadas personas dedican las mejores horas del día, los mejores días del año y los mejores años de su vida a producir algo que nadie les ha pedido, sin que el éxito social, los requerimientos de la conciencia, el anhelo de fama o el enriquecimiento económico constituyan nunca la motivación principal. El hecho suele ser designado con la palabra vocación. Y necesita explicación porque es mencionado, invocado o apelado a cada paso por quienes lo experimentan en el interior de su personalidad —poetas, pintores, compositores, creadores, artistas, pensadores—, pero muy rara vez ha sido objeto de meditación filosófica.

1 La vocación se compone de dos momentos: visio y missio (visión y misión). Lo que perciben nuestros sentidos no tiene sentido. Nuestra experiencia del mundo es caótica, fragmentaria, y no logra conformar una unidad significativa. El mundo se parece a un puzle de mil piezas del que solo un pequeño número de ellas —cien, doscientas— estuvieran ya colocadas en su sitio. A veces, a la vista de esas pocas piezas, uno cree adivinar fugazmente, insinuado, el conjunto, pero esa promesa resulta pronto desmentida por una abrumadora experiencia del absurdo y del sinsentido de la vida. Pues bien, hay determinadas personas que sí tienen la visión del puzle entero —la imagen del paisaje, el retrato, el edificio— porque son capaces de completar con su imaginación los huecos de las piezas sin colocar. A esa visión se refería Rafael de Urbino cuando decía que, antes de pintar un cuadro, se formaba en su mente “una cierta idea del todo”.

Quien tiene esta “idea del todo” siente dentro de sí el apremio de producir un objeto que la incorpore y le dé soporte para así evitar que se pierda, como las demás cosas humanas, arrastrada por la corriente del tiempo. Este producir se dice en griego antiguo poiesis: un producir un objeto —un cuadro, una escultura, una sinfonía, un poema, un sistema filosófico— que no persigue función utilitaria alguna excepto la de prestar consistencia, coherencia, fijeza y perduración a la visio y así ponerla con carácter permanente a disposición de uno mismo y los demás. He aquí el segundo momento de la vocación: la missio. La ansiedad por crear el objeto puede llegar a ser extremadamente absorbente, tiránica y rapiñadora. En este sentido, la vocación constituye una anomalía vital y un objetivo empobrecimiento: supone la activación de todas las facultades, capacidades y potencias humanas en la dirección de una —una sola— de las muchas posibilidades que ofrece la exuberancia vital; a cambio, una inmensa concentración de energías.
La juventud predispone a la visión mientras que solo en la edad madura se está en condiciones de sustanciar la misión
2 Los griegos, ese pueblo dotado como ninguno para dar plasticidad a los conceptos más abstractos, representaron el doble momento de la vocación como un rapto de las Musas. En la Antigüedad se registran casos de secuestros perpetrados por unas Musas que pueden llegar a ser posesivas de una manera casi violenta. Sus presas se sienten, se lee en el verso de las Geórgicas de Virgilio, heridas de un amor sin límites. “El que es raptado por las Musas (mousóleptos) es el poeta genuino, en contraposición al poeta artífice”, escribe Walter Otto en su célebre estudio Las Musas. El origen divino del canto y del mito.

El raptado vivencia su secuestro como una llamada a servir a la obra que se gesta lentamente en su interior, como si estuviera preñado de una idea o de un nudo embrionario de ellas durante largos años y debiera consagrar la entera organización de su existencia a la misión de preparar y asegurar el feliz alumbramiento. A fin de que el objeto se forme orgánica y sistemáticamente en su estricta objetividad el raptado renuncia a una biografía interesante y acepta estar en el mundo siempre de paso, como los pastores, sin deshacer nunca la maleta, a la defensiva de cualquier novedad que distraiga la atención de su carga gravosa pero amada, sin sorprender a nadie y también sin dejarse sorprender. Para quien ha tenido la visión raptadora, todo permanece en vilo mientras esta se materializa. Cuanto le ocurre, siente o experimenta reviste valor solo en tanto contribuye a clarificar la visión iluminadora. En el pecho del mousóleptos se agita una auténtica emoción poética, pero la suya se parece más a una pasión fría porque se orienta hacia la generalidad abstracta del mundo sin llegar a concretarse en nada ni en nadie. No le queda más remedio que resignarse a una relación solo mediata con las cosas buenas y hermosas del mundo: se diría que las ve a través de un cristal, como el presidiario a las visitas en horas reglamentarias, o que las besa a través de un pañuelo, y todas las personas, incluso las más queridas, se limitan a posar teatralmente como haría un modelo ante el pintor que lo retrata. El universo entero en función de la obra, la cual a su vez contiene la totalidad del universo entrevisto. De ahí que, para quien conoce la fuerza de la auténtica vocación, resulte tan incomprensible que algunos escritores, como Borges, presuman de los libros que han leído por encima de los que han escrito. No: el mundo estimará en más o en menos la obra producida, pero al autor le va la vida en su obra, si de verdad ha sabido dar cuerpo en ella a su visión.
Contrariamente a lo
que suele pensarse,
la vocación, que sí es egocéntrica, no tiene
ni un ápice de egoísta
Conviene destacar el hecho de que solo se logra con éxito la producción del objeto si este adquiere una objetividad independiente del yo que la produce. La juventud predispone a la visio mientras que solo en la edad madura se está en condiciones de sustanciar la missio. La autoposesión, el narcisismo, el subjetivismo extremo y libre de compromisos característicos de la adolescencia a veces suscitan una actitud favorable a la aparición de las Musas pero, en cambio, contra lo que sugiere el estereotipo romántico, no ayudan en absoluto al duro trabajo en la obra. Es muy frecuente que la emoción inicialmente sentida solo pueda objetivarse en obra y recibir la forma que esta requiere una vez hecha la transición a la madurez, en pleno trasiego y ruidoso alboroto de la casa fundada y el aprendizaje de una profesión con la que ganarse la vida. En efecto, solo puede producir algo quien conoce las reglas del oficio de que se trate, lo cual acontece en la mayoría de los casos durante esa edad adulta, cuando se adquieren las habilidades técnicas y la disciplina requeridas para que la obra se perfeccione con la deseable autonomía, y el arte de producir música, pintura, edificios o textos no constituye en esto una excepción al resto de los oficios. Pero es que además, en un plano moral, la confección de una obra solo es posible para quien consiente en humillar su yo y deja en su interior espacio para el acto de comunicación inmanente a la naturaleza del arte. Contrariamente a lo que suele pensarse, la vocación, que sí es egocéntrica, no tiene ni un ápice de egoísta. Egocéntrica sí, porque el raptado ha de cultivar su yo como nido donde se incuba demoradamente la obra, robando tiempo y atención a todo lo demás; pero una vez así ensimismado, no se complace estérilmente en el sentimiento estético-oceánico de su existencia sino que, entrenado en la cotidiana y ascética alienación del yo, ha de eclipsarse en favor de la obra.

3 El objeto elegido para dar forma a la visión determina el tipo de vocación. Si el objeto es un lienzo, se es un pintor; si un pentagrama, un compositor; si la piedra, un escultor. Es literaria aquella vocación que elige como objeto la producción de un texto. De igual manera que un pintor percibe un magnetismo en la asociación de unos particulares colores o el compositor descubre la necesidad interior de una concreta secuencia de notas musicales, así el escritor es aquella persona que ha desarrollado un sentido para aprehender el campo de fuerzas que generan dos o más palabras cuando se ponen cerca y del que carecen por separado. El escritor, en resumidas cuentas, no es otra cosa que un juntapalabras y su arte reside en juntarlas con acierto. Con motivo Malherbe, hastiado de la ampulosidad verbosa de la Pléiade, se autorretrató modestamente como un “arrangeur de syllabes”. Todo literato emula al Adán que en el primer día puso nombre a las cosas (Génesis 2, 20). A ese don cantó Juan Ramón Jiménez en su poema de Eternidades: “¡Intelijencia, dame / el nombre exacto de las cosas! / …Que mi palabra sea / la cosa misma, / creada por mí nuevamente”. El mérito, el poder y la virtud del escritor descansan en las concretas palabras escogidas y el orden preciso en el que las ha dispuesto para que resulten eficaces en su designio poético. La literalidad encierra la esencia de lo literario y por eso el auténtico texto de literatura —el poema, la novela, el ensayo— no se deja resumir, compendiar o parafrasear.

Desde esta perspectiva, la filosofía es solo una especie dentro del género literario. Una filosofía sin visio y sin missio —sin vocación literaria— puede ser la obra de un profesor de filosofía, un maestro, un editor, un filólogo, un traductor, un divulgador, todo ello incluso en grado eminente, pero no propiamente la de un filósofo. La visión hace nacer en este una emoción abstracta hacia lo contemplado que bien puede denominarse eros. Poetizar es celebrar esa emoción con versos, relatos o representaciones dramáticas; filosofar es definir esa misma emoción erótica con conceptos y categorías. En ambos casos, “una cierta idea del todo” desencadena el proceso arrollador. La tarea del filósofo consiste en la dura conversión del eros en concepto y este en palabra y luego en texto sistemático. Entre los modernos, ha sido Max Scheler quien de modo más convincente, en La esencia de la filosofía y la condición moral del conocer filosófico, ha argüido acerca de cómo la filosofía se sostiene siempre sobre una previa emoción erótica. Pero, como se ha dicho, ya los griegos antiguos, que tendían siempre al antropomorfismo, personificaron el despertar de este específico deseo amoroso en el secuestro de las Musas, las cuales, escribe Platón en el Fedro, “se hacen con un alma tierna e impecable despertándola y alentándola hacia cantos y toda clase de poesía”. No es casual que para el Sócrates del Fedón la filosofía sea justamente el arte de las Musas por excelencia: megíste mousiké, la llama con orgullo.
La literalidad encierra
la esencia de lo literario. Por eso el auténtico poema o novela o ensayo no se dejan parafrasear
4 Lo sentado anteriormente autoriza a seleccionar del canon algunos ejemplos de vocación literaria sin distinguir entre literatura y filosofía y dando a literatos y filósofos un tratamiento indistinto. La visión suele tener en ambos casos el carácter de una revelación en la que predomina el elemento de la luminosidad. Pero unas veces la luz proviene de un fuego abrasador, consuntivo, y otras de una llama cálida, gozosa, vivificadora.

Entre las experiencias abrasivas destaca la de Pascal. Fallecido el filósofo, un criado halló en el forro de su levita una estrecha tira de pergamino. Estaba datada el lunes, 23 de noviembre de 1654, “a partir de las diez y media de la noche aproximadamente hasta cerca de media hora después de la media noche”. Durante esas dos horas a Pascal le sobrevino una visión extática que el pergamino manuscrito trata de verbalizar. El luego llamado Memorial empieza con la palabra “feu”, el fuego de un Dios bíblico de vivos contrapuesto al Dios fosilizado de la filosofía y la teología. En el otro extremo se situaría James Joyce. Durante su último curso en el Belvedere College, 1897-1898, contando 16 años, el prefecto de estudios le sugirió la posibilidad de ingresar en la Compañía de Jesús. Pocos días después, tuvo lugar la escena recreada en Retrato del artista adolescente, la ruptura definitiva con la Iglesia católica y la afirmación de su vocación artística precipitadas por una suerte de éxtasis inverso: “Su alma se acababa de levantar de la tumba de su adolescencia, apartado de sí sus vestiduras mortuorias. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Encarnaría altivamente en la libertad y el poder de su alma un ser vivo, nuevo y alado y bello, impalpable, imperecedero”. La visión asume en Joyce la figura de una hermosa muchacha a la que contempla en el puerto mirando el mar, con las faldas arremangadas y moviendo las aguas distraídamente con el pie, encarnación de aquella “profana perfección de la humanidad” (Yeats). “¡Dios del cielo! —exclamó el alma de Stephen en un estallido de pagana alegría”. “Vivir, errar, caer, triunfar, volver a crear la vida con materia de vida. Un ángel salvaje se le había aparecido, el ángel salvaje de la juventud mortal”.
Hay epifanías que acontecen sentado, como le sucedió a Descartes. Otras, andando, como a Rousseau
Hay epifanías que acontecen sentado, otras andando y otras en estado de espera. Entre las primeras, la de Descartes en la noche del 10 al 11 de noviembre de 1619, a la edad de 23, durante un descanso de la guerra de los 30 años, en las cercanías del Ulm junto al Danubio: “Y observando que esta verdad: pienso, luego existo, es tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que andaba buscando”, referirá años más tarde Descartes en su Discurso del método. Entre sus papeles póstumos figura una anotación con la fecha trascendental y este comentario a su lado: “…mientras estaba lleno de entusiasmo y descubría los fundamentos de una ciencia maravillosa”.

La visión de Rousseau fue, en cambio, de las ambulatorias. Una tarde de 1749 iba a visitar a su amigo Diderot, preso, y mientras caminaba leía las bases de un concurso convocado por la Academia de Dijon. De pronto le envolvió, como un relámpago, lo que él en las Confesiones bautizó como “la iluminación de Vincennes”. Su conciencia atravesó un momento de lucidez prodigiosa, las ideas se le agolpaban a una velocidad muy superior a su capacidad de asimilación, pero la intuición central permanecía: el progreso de los pueblos exaltado por su siglo ilustrado no existe, porque el hombre nace bueno y la civilización lo corrompe: aquí se halla la almendra de toda su vasta producción posterior.

Por último, a Proust le sorprendió la visión unitaria del ciclo En busca del tiempo perdido en la biblioteca del hotel del príncipe de Guermantes mientras esperaba que terminase el concierto. Allí encadenó tres o cuatro “resurrecciones de la memoria”, dos losas desajustadas, el tintineo de una cuchara chocando contra un plato, la tiesura almidonada de una servilleta o el ruido estridente de una cañería —momentos del presente capaces de evocar recuerdos del pasado a los que la imaginación halla alguna analogía—, que produjeron en Proust la sensación felicísima de elevar a un plano supratemporal el tiempo perdido y por esa vía recuperarlo y rescatarlo de la muerte. Ese fue su “día más bello” —confiesa en el último tomo de su obra—, aquel “en el que se alumbraban de pronto no solo los antiguos tanteos de mi pensamiento, sino hasta la finalidad de mi vida y acaso del arte”.

Labor de nómadas

Los aspectos complementarios de la visio —fascinante y terrible al tiempo— ya se encuentran en dos de los primeros casos de vocación literaria registrados en la historia de la humanidad. Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro cuando, al llegar al monte Horeb, una zarza ardiendo le habló y le envió a los hombres con una misión literaria: la composición de las leyes para el pueblo elegido (Éxodo 3). Por su parte, Hesíodo, pastor de ovejas, se hallaba apacentando su rebaño al pie del monte Helicón cuando, según refiere en el arranque de su Teogonía, se le aproximaron por sorpresa las Musas formando bellos y deliciosos coros; tras ungirle como poeta entregándole una rama de laurel, cumplieron los dos rituales de la vocación: le revelaron una visión del mundo y le encargaron que la difundiera con su canto, infundiéndole para ello ese dulce don que solo poseen ellas. La escena bíblica destaca el aspecto llameante de la vocación mientras que la griega realza su gracia y encantamiento. En ambos casos, a la epifanía sigue la urgencia literaria de producir un documento que ordene la visión sobrevenida y le preste una forma perdurable (Teogonía, Pentateuco); en ambos casos también el favorecido por la visión es sorprendido en faenas de pastoreo: se diría que es propicia a la vocación esa existencia nómada y disponible, sin arraigar en ningún sitio fijo y sin compromiso, errante con sus ovejas. 

El País

martes, 20 de agosto de 2013

La solterona

Edith Wharton firma una nouvelle magistral, que explota la que fuera una de sus obsesiones recurrentes: las opciones de la mujer de su tiempo y estatus en la tramoya social que la coarta. 

En 1850 la alta burguesía neoyorquina disfruta de una desentendida prosperidad. Delia, «reina» del endogámico clan de los Ralston, ultima los detalles de su vestuario para brillar en el acontecimiento social del año: el enlace de su prima Charlotte Lovell con Joe Ralston, que además sellará una alianza entre las dos familias hegemónicas de Nueva York. Cuando nada parece poder desbaratar tan idílico porvenir, una desquiciada Charlotte irrumpe en casa de Delia para desvelarle un secreto que alterará para siempre la placidez de sus vidas y que, de saberse, tumbaría los códigos éticos de los que ambas se han venido nutriendo. Los destinos de Charlotte y Delia quedan trágicamente atados bajo la inviolabilidad del secreto que comparten, consolidándose entre ambas una tormentosa relación en la que convergerán los celos, la compasión, el amor filial y la suspicacia.

"La prosa de Wharton, con sus sugerentes imágenes de triunfo y oscuridad, es sencillamente soberbia." The Irish Times 


CAPÍTULO 1
     En el viejo Nueva York de 1850 despuntaban unas cuantas familias cuyas vidas transcurrían en plácida opulencia. Los Ralston eran una de ellas.

     Los enérgicos británicos y los rubicundos y robustos holandeses se habían mezclado entre ellos dando lugar a una sociedad próspera, cauta y, pese a ello, boyante. Hacer las cosas a lo grande había sido la máxima de aquel mundo tan previsor, erigido sobre la fortuna de banqueros, comerciantes de Indias, constructores y navieros. 

     Aquellas gentes parsimoniosas y bien nutridas, a quienes los europeos tildaban de irritables y dispépticas solo porque los caprichos del clima les habían exonerado de carnes superfluas y afilado los nervios, vivían en una apacible molicie cuya superficie jamás se veía alterada por los sórdidos dramas que eventualmente se escenificaban entre las clases inferiores. Por aquellos días, las almas sensibles eran como teclados mudos sobre los cuales tocaba el destino una melodía inaudible.

     Los Ralston y sus ramificaciones ocupaban una de las áreas más extensas dentro de aquella sociedad compacta de barrios sólidamente construidos. Los Ralston pertenecían a la clase media de origen inglés. No habían llegado a las colonias para morir por un credo, sino para vivir de una cuenta bancaria. El resultado había superado sus expectativas y su religión se había teñido de éxito. El espíritu de compromiso que había encumbrado a los Ralston encajaba a la perfección con una Iglesia de Inglaterra edulcorada que, bajo la conciliadora designación de Iglesia Episcopal de los Estados Unidos de América, suprimía las alusiones impúdicas de las ceremonias nupciales, omitía los pasajes conminatorios del Credo atanasiano y entendía más decoroso rezar el padrenuestro dirigiéndose al Padre mediante el arcaizante pronombre «vos».

lunes, 19 de agosto de 2013

Sefarad

"Sefarad" de Antonio Muñoz Molina es una geografía musical de voces narrativas en la que los narradores y los lectores comparten el destino trágico del terror totalitario que marcó el rumbo del siglo XX y de diferentes modalidades de destierro. En "Sefarad", más allá de los estereotipos cinematográficos y de los lugares comunes literarios, un universo de recreación ficcional vincula emocionalmente a los lectores en la radical experiencia de vivencias traumáticas a través de la técnica compositiva de la "Fuga" musical. Considerada como una de las obras maestras de la literatura actual, la palabra "Sefarad" encarna el símbolo universal de todas las víctimas que han conformado la memoria cultural europea compartida del Holocausto y del exilio republicano de 1939.  


«Sefarad» de Antonio Muñoz Molina:
un hito en la cultura hispánica
     Pocas obras literarias han tenido en la tradición cultural española la relevancia que supuso la publicación de Sefarad de Antonio Muñoz Molina en el año 2001 (Douin, 2003; Eder, 2004). Hasta la aparición de Sefarad, la memoria del Holocausto (no sólo en el sentido estricto del término, sino en el de todas las persecuciones y exilios que también significa ese vocablo para la cultura compartida de Europa)2, había tenido una presencia muy tímida en el ámbito de la cultura española (La Vanguardia, 2001).  

     Las grandes cuestiones abordadas desde 1945 en Alemania, Bélgica, Francia, Holanda, Reino Unido, Italia y otros países en torno al Holocausto y a la memoria de las víctimas, que sirvieron para constituir los principios fundacionales de la Europa moderna (Bolkosky, 2002; Rothberg, 2009), no estuvieron presentes en la cultura española hasta la década de los años noventa (Baer, 2006; 2011).

     Las razones que justifican este olvido son múltiples y complejas (Diner, 2010). Pero lo cierto es que hasta el momento en el que Sefarad fue publicada no encontramos en la literatura española del siglo xx una obra de entidad que no sólo aborde el terror del Holocausto y sus repercusiones, sino que también conecte la historia y la realidad españolas con el que había sido el hecho histórico más determinante para los escritores e intelectuales en el contexto de la Europa de la Segunda Guerra Mundial y su Posguerra (Furet, 1999; EFE, 2001a; Estrada, 2010; Gómez López-Quiñones y Zepp, 2010; Hristova, 2011).

     Precisamente diversos críticos y estudiosos (Pye, 2003; Herzberger, 2004; Gómez López-Quiñones, 2004; Krömer, 2006; Lauge Hansen, 2007; Macciuci, 2010; Gilmour, 2011; Hristova, 2011), cuya labor académica se desarrolla fuera del ámbito peninsular, han destacado recientemente la importancia de Sefarad no sólo por sus extraordinarios valores literarios, que a continuación analizaremos pormenorizadamente, sino también por el hecho de haberse convertido en un referente para comprender el desajuste que España presenta con respecto a Europa en el ámbito de la historia cultural compartida (Ronzenberg, 2007; Steenmeijer, 2009; Villodre López, 2009; Sánchez Zapatero, 2010). 

jueves, 15 de agosto de 2013

Por qué la austeridad mata

Este es el primer libro que afronta el debate político y económico sobre la crisis desde una nueva y muy necesaria perspectiva: su coste humano. La recesión global ha tenido un impacto brutal sobre la riqueza de los países pero todavía ignoramos cómo afecta a un tema esencial: el bienestar físico y mental de sus ciudadanos.


¿Por qué al enfrentarse a crisis similares la salud en algunas naciones (como Grecia) se ha deteriorado gravemente mientras en otras (como Islandia) ha llegado a mejorar? Tras una década de investigaciones, David Stuckler y Sanjay Basu nos demuestran que incluso ante las peores catástrofes económicas los efectos negativos en la salud pública no son inevitables. Es la mala gestión de los gobiernos la que puede conducir a un desastroso saldo de tragedias humanas.


Por qué la austeridad mata presenta una conclusión demoledora: los recortes son seriamente perjudiciales para su salud. Son las recetas de austeridad las que agravan fatalmente las consecuencias de las crisis, mutilando programas sociales clave justo en el momento en el que más se necesitan, empeorando el desempleo y obstaculizando la recuperación.

Este libro defiende que las decisiones económicas no son únicamente una cuestión de ideologías, de tasas de crecimiento y de déficits presupuestarios, sino también una cuestión de vida o muerte. Solo un sistema más justo e igualitario, acompañado de políticas inteligentes que refuercen las redes públicas de protección, garantizará el bienestar de nuestras sociedades.

PREFACIO
     Gracias por participar en este ensayo clínico. Puede que usted no recuerde cuándo se inscribió, pero forma parte de él desde diciembre de 2007, el comienzo de la Gran Recesión. Este experimento no se regía por las normas del consentimiento informado ni de la seguridad médica. No ha sido administrado por médicos o enfermeros. Lo dirigían los políticos, los economistas y los ministros de Hacienda.

     Durante este ensayo, a usted le apuntaron, junto con otros miles de millones de personas de todo el mundo, en uno de los dos principales tratamientos experimentales: la austeridad o el estímulo. La austeridad es un tratamiento concebido para reducir los síntomas de las deudas públicas y los déficits, y para curar las recesiones. Recorta el gasto estatal en cobertura sanitaria, en subsidios de desempleo y en ayudas a la vivienda. En los comienzos de este ensayo sus potenciales efectos secundarios no estaban del todo claros.

     Cuando empezó el experimento de la austeridad, nuestra prognosis era sombría e incierta. La burbuja del mercado de la vivienda en Estados Unidos estalló en 2007, dejando maltrechas a las economías de todo el mundo. Algunos políticos, como el primer ministro británico, David Cameron, decidieron aplicar medidas de austeridad para reducir el déficit. En otros lugares de Europa, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo presionaron a los gobiernos de Grecia, España e Italia para que experimentaran con la austeridad: para que aplicaran recortes de miles de millones de euros a sus programas sociales. Si usted ha recibido una dosis experimental de austeridad, puede que ya haya advertido algunos cambios sustanciales en su vida.

miércoles, 14 de agosto de 2013

El fiel Ruslán

Ruslán es un perro guardián en un campo de trabajo del Gulag soviético. De la noche a la mañana él y sus compañeros ven cómo los campos se vacían de prisioneros y cómo sus amos, los guardias, a los que aman incondicionalmente, les abandonan a su suerte; durante las semanas posteriores Ruslán deberá adaptarse a su nueva situación.


Vladímov, uno de los escritores rusos más destacados de la segunda mitad del siglo XX, utiliza el punto de vista del perro para explicar la inhumanidad del sistema soviético. Y lo hace partiendo de una situación que se produjo en la Unión Soviética a finales de los cincuenta, cuando los cambios introducidos por Nikita Jruschov permitieron la liberación de millones de prisioneros y el desmantelamiento de parte del sistema soviético de campos de trabajo.


Una primera versión de El fiel Ruslán titulada «Los perros» circuló clandestinamente en la URSS durante los años sesenta. Vladímov continuó trabajando en la novela hasta 1974, cuando consiguió sacar el manuscrito del país; un año más tarde se publicó en Alemania. Está considerada como una de las mejores novelas rusas de la segunda mitad del siglo XX.

1
Durante toda la noche aulló el viento, haciendo que se balancearan y chirriasen las farolas del campo de prisioneros y tintineara la aldaba de la entrada. Por la mañana amainó, se hizo el silencio y llegó el amo. Se sentó en un taburete y, cogiéndose la rodilla con una mano roja y empapada, se puso a fumar mientras esperaba a que Ruslán terminara la sopa. Había traído su fusil y lo había colgado del gancho, en una esquina de la caseta. Eso significaba que, después de mucho tiempo, saldrían en misión de servicio. Por eso, Ruslán sabía que podía comer sin prisas, pero tampoco debía remolonear.
     Ese día le había tocado un hueso grande de caña de vaca, tan prometedor que tuvo ganas de llevárselo enseguida al rincón y esconderlo en su lecho de paja para poder roerlo más tarde como es debido, a oscuras y en soledad. Pero en presencia de su amo le daba vergüenza sacarlo del cuenco, así que, por si acaso, se limitó a arrancar toda la carne: la experiencia le había enseñado que, a su regreso, ese huesecito suculento tal vez ya hubiese desaparecido. Dándole vueltas cuidadosamente con el hocico, lamió su caldo y se disponía a engullir los pedazos de carne calientes que, con esmero, había ido reuniendo ante sí, cuando de repente el amo se movió y preguntó con impaciencia:
     -¿Preparado?
     Y, poniéndose ya de pie, tiró la colilla al suelo. Esta fue a caer en el cuenco y se apagó con un chisporroteo. Nunca había sucedido algo parecido, pero Ruslán no dejó ver sorpresa ni enojo sino que levantó los ojos hacia el amo, agitó su pesada cola para agradecerle la comida y darle a entender que estaba dispuesto a servirlo de inmediato. Ni siquiera se permitió echar un vistazo al hueso y se limitó a lamer deprisa un poco de caldo. Ya estaba listo para partir.

lunes, 12 de agosto de 2013

Años de indulgencia

Cuarta novela del volumen autobiográfico El río del tiempo. En esta oportunidad, el autor relata su viaje a Nueva York, tras su estancia en algunas ciudades europeas. La voz que narra es la del mismo ser irrespetuoso, inteligente y apasionado que aquí fustiga a un país en el que hasta los ríos son asesinos.


El río del tiempo es un gran fresco literario autobiográfico compuesto por cinco novelas: Los días azules, El fuego secreto, Los caminos a Roma, Años de indulgencia y Entre fantasmas.


«Un prosa furibunda, imprecatoria, apocalíptica, cuya desesperanza deja entrever una profunda ternura» Judith Steiner,
Les Inrockuptibles

PÁGINAS DEL LIBRO
     Levanten sus culos al aire, viejas del aquelarre: yo soy el Diablo. Soy y soy y soy y siempre he sido.
     Sí, sí, sí, sí, soy el Diablo. Nadie puede conmigo. En mi lugar ilímite, mi vasto imperio sin medidas ni confines hago lo que se me da la gana. Mi sortilegio, mi potencia mágica, mi poder de azufre los detento. Alcaldes, gobernadores, ministros, presidentes ante mí todos se inclinan y me besan el trasero. A cambio de su sumisión reverente, de arriba abajo los cobijo con mi manto: a toda la clientela roñosa, subiendo, bajando la escalera burocrática. ¡A un lado escobas! ¡Brujas del aquelarre, arre, arre!
     Por los senderos enyerbados del viejo cementerio se van mis pasos ebrios, sulfurosos. Ojos de búho y de lechuza desde los arrayanes pelones miran. ¡Qué! ¿No me conocen? ¿Qué me ven? Ven mis cuernos en el claro de la luna. Ah...
     Bubo bubo, búho bufo, búho bujo, búho bújaro, color rojo y negro calzado de plumas, de pico corto y ojos grandes, eres el búho real, el búho huraño, mi constante amigo, mi doliente hermano, criatura de la noche, bubónica prueba de la existencia de Dios, ¿digo mal? 
     -Este... Es que... No sé cómo explicarme... Es que yo ya no soy yo, ni soy la masa ni la levadura: soy el presidente Barco, un exabrupto.

Conversación con Albert Cossery

En una entrevista que duró varias horas, Michel Mitrani habla con el escritor egipcio Albert Cossery sobre los orígenes de su obra y sobre las influencias y amistades literarias que se cruzaron en su vida. En 1945 Albert Cossery, que había nacido en 1913 en El Cairo, se instaló en París, donde publicó la mayoría de sus libros y donde murió en 2008.


Su incomparable mirada sobre las actuales costumbres y actitudes hacen de él un moralista de una sustanciosa ironía. Estos diálogos, acompañados de numerosos fragmentos de su obra, constituyen un documento esencial, imprescindible, sobre este gran escritor.

«Ninguno describe de manera tan desgarradora ni tan implacable la existencia de las masas humanas hundidas. Cossery alcanza abismos de desesperación, de envilecimiento y de resignación que ni Gorki ni Dostoievski supieron captar...». -Henry Miller  

PÁGINAS DEL LIBRO
AL VOLVER UNA ESQUINA, uno puede encontrarse con los hijos del mundo -ya crecidos- que soñaron con venir a vivir a París.
     En cualquier estación del año y como cada día, a las 14:30 el escritor egipcio Albert Cossery sale del hotel en el que vive desde hace cuarenta años, a esa hora en que ya hace tiempo que los trabajadores han vuelto al lugar de su esclavitud. Cossery no posee apartamento ni coche que atestigüen su presencia en esta tierra, y no se siente libre más que en su hotel.
     Nacido en 1913, en El Cairo -Al Kahira, la Victoriosa-, Cossery se toma su tiempo. En sesenta años ha publicado siete libros que sumergen al lector en la munificencia de Oriente. Por otro lado, su obra plantea la burla como solución a algunos problemas fundamentales de la existencia. Cargado de un humor corrosivo, cada libro de Cossery significa irremediablemente la despedida definitiva de esa sociedad occidental que aún afila las garras asesinas de su arrogancia y su brutalidad. La visión del mundo de Albert Cossery recibe su luz de la gaya scienza nietzscheana. El mundo está hecho para ser contemplado. Por lo que respecta a las acciones humanas, prefiere ocupar su tiempo en desvelar su aspecto grotesco.
     Como dice uno de sus personajes, Cossery ha hecho la revolución por su cuenta. Sus héroes, atravesados por una plenitud aristocrática, se le parecen. Si se reconocen entre ellos es porque pertenecen a la misma familia. Su indolente dandismo los arrastra invariablemente hacia los cafés árabes, donde la vida sin obligaciones pasa -con la ayuda de un poco de hachís- bajo la arena del tiempo.

viernes, 9 de agosto de 2013

La partición de las artes

El lector tiene en sus manos un nuevo libro de Jean-Luc Nancy compuesto por textos inéditos en español y que presentados ahora ordenadamente, se abren a nuevos sentidos, a la manera en que un color cambia al ser yuxtapuesto a otro en el que resuena, con el que se armoniza, se acentúa o se refuerza. A la manera también en que un cuadro cambia al ser dispuesto en una exposición, puesto en contacto con otros. Se trata, por tanto, de un libro coral, un libro-concierto en cuya programación han intervenido el autor, la traductora y el editor y en cuya interpretación final deberá participar el lector dispuesto a prestar su aportación interpretativa en esa nueva performance en que consiste cada lectura.

En este nuevo libro encontrará el lector una panorámica de los grandes temas de la estética de Jean-Luc Nancy, pues en él se revisan una por una las diferentes artes, sin dejar nunca de lado el hecho de que usamos un mismo nombre, arte, para referirnos a muy diversas producciones. Como bailarinas de una misma coreografía, desfilan en este libro la poesía, la pintura, el teatro, la danza, el cine, la fotografía y la filosofía. La singularidad de cada una sólo se comprende en el movimiento conjunto de una pluralidad irreductible. 

TÉCNICAS DEL PRESENTE.
PRODUCCIÓN DE PRESENCIA 
     Las partes que componen esta Partición de las artes se reparten de este modo diversos territorios, pero comparten una misma preocupación por abordar los grandes temas de la estética: la presencia, la representación, la mimesis, la técnica, la poesía y la producción, la escritura y el cuerpo. Pero este reparto no dispone los diversos temas del libro en una estructura jerarquizada, a la manera en que se organizan las ramas de un mismo tronco, sino que sólo en el contacto entre ellas se revelan estas resonancias. Es por ello que la filosofía de Nancy se manifiesta en estas páginas como un pensamiento del límite; pensamiento que explora las intersecciones, los rozamientos, los pliegues y repliegues que delimitan las fronteras siempre permeables entre las artes.
     La partición de las artes dispone los distintos textos en dos bloques dedicados a la escritura y las artes, dos partes entrelazadas por múltiples conexiones que trazan una tupida red. La partición es entonces un modo de repartir y al mismo tiempo una forma de compartir. Así, por ejemplo, el primero de los textos «Un día los dioses se retiran...» define la literatura en términos que la asemejan a las artes plásticas. La narración, propone Nancy, «expone figuras y se concibe como el trazado de los contornos mediante los cuales un cuerpo se hace notar y antes que nada se hace cuerpo». Pero esta misma imagen del trazo que define aquí a la literatura se repite en el último texto del capítulo dedicado a las artes: «Elocuentes rayas. Sobre la relación de Derrida con el arte». Nancy retoma en este artículo la pregunta planteada por Derrida acerca de la dificultad  de escribir sobre arte: ¿no serán acaso las elocuentes rayas del que escribe sobre un dibujo un añadido inútil comparadas con la elocuencia del dibujo mismo? Esta misma pregunta debió hacerse Nancy al escribir Le plaisir au dessin, un libro en el que él mismo traza elocuentes rayas para hablar de algunos dibujos. Allí remarca Nancy que designar (designer) y dibujar (dessiner) surgen de un mismo gesto, el trazo (trait) que divide y dibuja la forma.

jueves, 8 de agosto de 2013

Parité! Equidad de género y la crisis del universalismo francés

Enmarcada en la crisis política e ideológica de Francia hacia la última década del siglo XX, esta obra representa un estudio contundente y actual sobre el movimiento de paridad (parité) como proceso social y político, y constituye una aportación insuperable en el desarrollo de la investigación histórica e intelectual del feminismo. Este libro es, sin embargo, más que una historia legal o política; se trata de una evaluación de los triunfos y fracasos del feminismo. Analiza cómo el movimiento que expuso la discriminación en la política e impulsó a las mujeres para aspirar a cargos públicos, desafió la premisa de que la mujer, como un sector de la sociedad excluido de la historia y de la "idea de Francia", era incapaz de representar a una nación. 

Parité! muestra cómo la lucha por una representación política equitativa cambió la historia del feminismo y, con ello, la de la misma Francia.

 
AGRADECIMIENTOS

Es raro que una historiadora dedicada principalmente al siglo XIX llegue a conocer a las personas sobre las que escribe, más allá de las huellas que dejaron tras de sí. Por esa razón, este estudio sobre el movimiento de la paridad (parité) en Francia en la última década del siglo XX ha representado nuevos retos para mí. El primero fue dar sentido a un movimiento político en proceso y seguirle el rastro conforme enfrentaba nuevos desarrollos, forjaba nuevas estrategias, producía cantidades aún mayores de documentación y ofrecía valoraciones cambiantes de lo que había conseguido y lo que no, en otras palabras, cómo mantener la distancia histórica cuando los años no la marcan automáticamente. El segundo fue conservar la integridad de mis interpretaciones y equilibrarlas respecto de un profundo sentido de responsabilidad ante quienes me prestaron sus archivos y me dedicaron tiempo, y que no necesariamente coincidían (o podrían no coincidir) con mi interpretación de sus actos y sus palabras, es decir, cómo ser historiadora del presente y de un movimiento por cuyos miembros sentía cierta simpatía, sin perder la perspectiva crítica tan necesaria para la tarea. El tercero fue mantenerme enfocada en los aspec tos que han sido el meollo de mi constante preocupación por la historia intelectual del feminismo, aun cuando me veía tentada a relatar anécdotas que había oído o presenciado, a ahondar en las biografías de algunos de los principales protago nistas o a proporcionar coloridos detalles sobre las personalidades y sus confl ictos, compromisos y motivos. Esta tentación, siempre presente para los historiadores de cualquier periodo, que después de todo son narradores profesionales, es particularmente fuerte cuando los hechos se han vivido.

Los mitos del medio ambiente

El periodista argentino Sergio Federovisky desenmascara con ironía y un ácido sentido del humor los «mitos verdes», que esconden mentiras, falsas verdades, lugares comunes o simplemente frases de buena voluntad que ocultan la falta de solución a los problemas ambientales.

Un libro que denuncia la falta de progreso en los veinte años que han seguido a la cumbre de Rio Eco '92. Aquella conferencia internacional, que debía inaugurar la "era verde", sólo ha inaugurado, según el autor, una tendencia al ecologismo bienpensante que pretende resolver problemas tan graves como el calentamiento global a partir de gestos personales y cotidianos.

"Cual gigantesco manual de autoayuda verde -dice Federovisky-, los medios de comunicación están repletos de publicaciones que indican que la solución al desmadre ambiental estaría a la vuelta de la esquina. Pero nos demoramos en alcanzarla. Y nadie entiende bien por qué."

Ante esta sobreabundancia de "soluciones mágicas" Sergio Federovisky dice que el problema no surge porque cada individuo tenga una conciencia medioambiental escasa, sino como consecuencia de un sistema capitalista que fomenta y empuja a un consumo irresponsable y suntuario. Y, aunque es bueno ser conscientes y, en la medida de lo posible, reducir lo superfluo en nuestros comportamientos, debemos tener en cuenta que no es posible salvar el planeta mientras persista este sistema.

Como telón de fondo de esta idea de "comenzar el cambio desde nosotros" lo que abunda es la ausencia de políticas de Estado y la falta de ejemplos institucionales.

Con este libro Federovisky destapa la verdadera realidad de los procesos más contaminantes y perjudiciales para el medio ambiente que están teniendo lugar en nuestros días: las subvenciones indirectas a los combustibles fósiles, la explotación consentida de las selvas en distintos puntos del planeta o la connivencia de gobiernos y gran industria.


"ECOLUDECES": MITO DE MITOS 
 En los últimos veinte años, con el corte de cinta inaugural de la Era Verde que supuso la Eco'92 de Río de Janeiro, crecieron de manera paralela y exponencial los problemas ambientales y la cantidad de charlatanes dedicados a explicarlos e ilustrarnos acerca de lo sencillo que es resolverlos "si tomamos conciencia". La cantidad de diagnósticos y propuestas de soluciones mágicas, sin embargo, resulta directamente proporcional al empeoramiento de la situación. Llueven, no obstante, las recetas y las invocaciones a cambios de conductas individuales que garantizan una suerte de aproximación sucesiva a la felicidad ecológica.
Cual gigantesco manual de autoayuda verde, los medios de comunicación -y a veces las editoriales, los blogs y hasta las publicidades institucionales de empresas o las estrategias de marketing- están repletos de publicaciones que indican que la solución al desmadre ambiental estaría a la vuelta de la esquina. Pero nos demoramos en alcanzarla. Y nadie entiende bien por qué.

martes, 6 de agosto de 2013

Historias inverosímiles, en general

El primer libro de relatos de Alasdair Gray es una magistral colección que, junto a su novela Lanark, lo situó como uno de los más originales e importantes escritores escoceses.

En ella encontramos relatos, ilustrados por el propio Gray, sobre la estructura jerárquica de la sociedad, el culto a los osos, la explotación industrial de los patos, la construcción de obras faraónicas o la lingüística del siglo XVIII. Aunque, ¿realmente habla sobre esos temas? 

Según Jonathan Baumbach del New York Times, 'Alasdair Gray es un rebelde que lucha de forma desesperada contra la tiranía interiorizada' y sus 'Historias inverosímiles, en general, son violentos gestos de libertad estética y moral. Unos melancólicos, y a veces extáticos chirridos de cadenas que insisten -mediante el ejemplo de su humor, energía y belleza- en la trascendencia de la imaginación'.

«El libro es una maravilla de ingenio, una colección variada y rica en la que las habilidades de Gray como artista visual e ilustrador se colocan no sólo al lado, sino más allá de los productos de su fértil imaginación como escritor». The Washington Post.  


PRIMERA CARTA
QUERIDO PADRE , QUERIDA MADRE: El nuevo palacio me gusta. Es todo a cuadros como un tablero de ajedrez. Los cuadros rojos son edificios, los blancos son jardines. En el centro de cada edificio hay un patio, en el centro de cada jardín hay un pabellón. Soldados, ayas, mensajeros, conserjes y otros integrantes de la clase servidora viven y trabajan en los edificios. Los miembros de la clase de los huéspedes de honor tienen pabellones. Mi pabellón es pequeño pero hermoso, y está en el jardín de las hojas perennes. No sé cuántos cuadrados tiene el palacio, pero sin duda más que un tablero de ajedrez. Habéis oído el rumor de que para levantar los fundamentos se habían demolido algunas aldeas y una famosa ciudad pequeña. Aunque ese rumor lo autorizó el emperador inmortal, a mí me pareció exagerado. Ahora me parece demasiado tímido. Desde la vieja capital, donde espero que continuéis siendo felices, pasamos diez días viajando río arriba. Los días eran claros y tibios, sin polvo, sin niebla. Sentados en la cubierta alcanzábamos a ver las torres de las ciudades a nueve o diez kilómetros de distancia, y cuando al anochecer nos levantábamos veíamos, en lo más lejano del horizonte, en el crepúsculo, el centelleo del heliógrafo sobre las ciudades. Pero a los seis días ya no quedaba signo de construcción alguna, sólo arrozales con esporádicas tiendas de inspectores de riego. Si toda esta tierra vacía alimenta al nuevo palacio, tienen que haber suprimido varias ciudades. Quizás los habitantes estén conmigo dentro de los muros, saliendo unos días por año para plantar y cosechar, y en los intervalos trabajando en los jardines de los funcionarios

El ensayo general

 «Es imposible comprar entradas para una función como esta y esperar no perder la... inocencia. Es imposible. Tienen que saber a lo que se exponen, ya no son unos niños.»

El ensayo general comienza de verdad cuando la prestigiosa Escuela de Teatro de una ciudad neozelandesa inicia las duras pruebas de selección para escoger a aquellos jóvenes con mejores cualidades. Como aún les falta la experiencia en la vida para enfrentarse a ciertos personajes, los profesores de la Escuela les enseñarán a hurgar con dureza en sus emociones más vulnerables para crearlos, ya que tendrán que aprender a utilizarlas para convertir la ficción en verdad..., o viceversa. 

Su trabajo de fin de curso consistirá en preparar una función a partir de un reciente caso aparecido en la prensa: el abuso sexual cometido por Saladin, profesor de música de Victoria, su alumna en el instituto próximo a la Escuela. Mientras, la profesora de saxofón irá despertando la sexualidad y los deseos más íntimos y ocultos de sus jóvenes alumnas.

Y actores, personajes y lectores de la novela deberán discernir en todo momento qué es realidad y qué ensayo general en este mundo donde los actores usarán su verdad para crear una verdad que es ficción.

UNO
Jueves

–No puedo hacerlo –es lo que dice–. Sencillamente, no puedo admitir ninguna alumna que carezca de formación musical previa. Me parece, señora Henderson, que mis métodos pedagógicos son mucho más específicos de lo que usted se cree.
Comienza a oírse un ritmo de jazz, marcado solo por la percusión y el contrabajo. La profesora de saxofón hace girar la cuchara y da un golpecito con ella. 
–El clarinete es al saxo lo que el renacuajo a la rana, ¿comprende? El clarinete es un esperma negro y plateado. Si se siente por ese esperma un gran amor, algún día se desarrolla y se convierte en saxofón. 
Se inclina hacia delante sobre la mesa.
–Señora Henderson, ahora mismo lo que ocurre es que su hija es demasiado joven. Para que lo entienda, es como si tuviese una película de leche materna agria adherida a su cuerpo igual que una mortaja. 
La señora Henderson no levanta la vista, de modo que la profesora de saxofón le dice con cierta brusquedad:
-¿Me está oyendo, con esa boca que parece un fino hilo de color escarlata, con ese pecho caído y esa blusa de color verde mostaza?
La señora Henderson asiente imperceptiblemente. Deja de manosearse las mangas de la blusa.