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Pruebas

viernes, 30 de agosto de 2013

El negocio de la xenofobia. ¿Para qué sirven los controles migratorios?

La vigilancia de las fronteras se ha convertido, en los últimos años, en un gran negocio. A partir de la década de 1990, las empresas privadas de seguridad y la industria del armamento han descubierto que el control de los inmigrantes puede ser una gran fuente de ganancias. La mayor empresa de seguridad, G4S (que dedica una parte de su actividad a la «gestión» de la inmigración), tiene en la actualidad más de 650.000 empleados, lo que la convierte en la segunda empresa privada del mundo en personal contratado. FRONTEX, la agencia europea de vigilancia de fronteras creada por la Unión Europea, es emblemática de este boom, muy rentable políticamente y muy lucrativo en el plano financiero. Libia, antes y después de Gadafi, ha sabido sacar provecho del «maná» de los emigrantes, que son objeto de infinitos tejemanejes por parte de los capitales europeos. En Israel y Estados Unidos, la construcción de centros de detención para extranjeros y el levantamiento de muros, destinados a cerrar las fronteras, ha supuesto un buen negocio, a la vez que es una eficaz forma de alimentar los fantasmas xenófobos de la población, con la consiguiente satisfacción de determinados políticos. El sistema SIVE (Sistema Integrado de Vigilancia Exterior), utilizado en las islas Canarias, las Baleares y el sur de España, las murallas que se alzan en México o Tel-Aviv… estos engranajes invisibles en busca de nuevas ganancias, establecidos por todas partes, de Senegal a Estados Unidos, de Kiev a París o de Tel-Aviv a Turquía, salen por primera vez a la luz en este sorprendente y explosivo libro.


INTRODUCCIÓN

El germen de este libro surgió a partir de una constatación y de un interrogante. Los últimos veinte años del pasado siglo y los que van del presente han sido testigos de la progresiva conversión de la inmigración en un tema polémico que rara vez abandona la primera línea de actualidad. Es cierto que, desde la década de 1960, el número de migraciones se ha triplicado a lo largo y ancho del planeta. Pero esta evolución cuantitativa podría considerarse como fruto del orden establecido: después de todo, la mayoría de las recientes oleadas de desplazamientos de poblaciones han sido y continúan siendo previsibles para todo aquel que sepa observar la marcha del mundo. Cuando la coalición internacional tomó la decisión de derrocar al régimen de Muamar Gadafi en marzo de 2011, ¿acaso no podía imaginar que una de las primeras consecuencias de su intervención militar sería la de provocar el éxodo de un gran número de extranjeros que se encontraban en Libia en ese momento? Este número ha sido estimado en un millón y medio. Por el contrario, todo ha tenido lugar como si se tratase de fenómenos si no inexplicables, al menos imposibles de prever. Y por si fuera poco, existe por parte de aquellos que se encuentran a cargo de la «gestión de los flujos migratorios » una sorprendente tendencia a presentarlos como una amenaza, así como a prometer reiteradamente la instauración de enérgicas medidas para controlarlos, sin dar nunca la impresión de conseguirlo.

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