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Pruebas

domingo, 4 de agosto de 2013

Los privilegios

Todo comienza con una gran boda en Pittsburgh. Se casan Cynthia y Adam; ambos tienen veintidós años y son los primeros de su generación en entrar en la temida, despreciada, ambiguamente deseada vida de los adultos. Viven juntos desde hace dos años en Nueva York, pero se casan en Pittsburgh -una opaca ciudad industrial- porque el segundo marido de la madre de Cynthia, el acaudalado Warren Sikes, ha pagado con mucho gusto la suntuosa boda. Y también el viaje y el alojamiento de los invitados, un batallón de jóvenes que desdeñan el mundo de sus mayores pero no tienen ningún deseo de cambiarlo; sólo quieren apoderarse de él, y saben que inevitablemente les llegará la oportunidad. Esta entrada en la vida adulta es también el comienzo del ascenso de Adam y Cynthia Morey desde la clase media hasta las cimas del gran dinero, donde se viaja en jets privados, se tiene siempre una limusina con un chófer disponible y se acaba creando una fundación u obra de beneficencia para ayudar a los desposeídos, lavar el dinero, admirarse a uno mismo.


Y así, con hijos, con padres que aparecen, desaparecen y mueren, y en medio de una escena social espléndidamente descrita, con un Adam que ha encontrado la manera de enriquecerse sin hacer mal a nadie y ha descubierto también una perturbadora característica del dinero: que sólo se puede pensar en él en términos de crecimiento, es decir, en cómo usarlo para hacer más dinero, prosigue la historia de los Morey, de su ascenso sin caída. O quizá con la insinuación de que tal cosa podría ser posible en medio del espléndido sueño americano. 


Una novela seductora, sutil, de una ambigua ironía, que esquiva la caricatura, el maniqueísmo, los juicios morales obvios.


«Sólo dos novelas han hecho latir mi corazón más rápido en el último año. Una es Los privilegios. Su tono es perfecto, y muy inteligente su percepción de la vida moderna. Y es increíblemente divertida y desvergonzadamente seria. Me subyugó» (Richard Ford).

«Una novela astuta y seductora sobre aquellos a quienes todos estamos de acuerdo en odiar. Cada una de las páginas de este agudo estudio de los megarricos es una delicia, y una obra maestra de equilibrio entre la empatía y la distancia crítica» (Jonathan Franzen).


«¿Se puede examinar la vida de alguien que carece de valores, de ética, de moral? ¿Puede alguien que no tiene moral llevar una vida moral? ¿Qué sentido tiene vivir una vida amoral? La inteligente novela de Jonathan Dee plantea todas estas preguntas bajo la forma de un cuento moral. Una novela elegante, sabia, y a menudo muy divertida» (The New York Times).

«Una inteligencia y un oído infalibles para captar los diálogos y las costumbres contemporáneas. Una novela apasionante y moralmente ambigua» (The Economist).

«Admirablemente implacable» (The New Yorker).

«No abundan entre nuestros mejores literatos los que se atreven a enfrentarse tan abiertamente a temas como el dinero o la clase social, y ésta es una de las razones que hacen que Los privilegios sea una obra tan importante, tan irresistible... Una evocación perfecta de un particular estrato de la sociedad neoyorquina, pero también una conmovedora meditación sobre la familia y el amor romántico» (Jay McInerney).

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     ¡Una boda! La primera de una generación; la novia y el novio sólo tienen veintidós años, demasiado jóvenes para casarse en estos tiempos. La mayoría de sus amigos llegaron en avión ayer y, aunque están en Pittsburgh, una ciudad de medio millón de habitantes, exhiben una desorientación esnob y simpática, porque vienen de Chicago y Nueva York, pero también porque imaginar que están de pronto en medio de la nada encaja perfectamente con la sensación que les causa el acontecimiento en general, su novedad inquietante y mágica. Todos, por supuesto, han asistido alguna vez, de niños o adolescentes, a la boda de un tío o un primo e incluso, en algún caso, a la boda de su madre o de su padre, así que saben qué pueden esperar. Pero ésta es la primera vez que participan como amigos y coetáneos de los novios; y la euforia rara y anárquica que sienten va ligada al miedo de que los estén empujando, en la persona de otros, al mundo responsable de los adultos, un mundo en el que la salida desaparecerá a sus espaldas, y para el que se sienten orgullosos de no estar preparados. Son adultos que fingen ser niños que fingen ser adultos. El ensayo de la cena nupcial acabó anoche con la paciencia del encargado del restaurante, que amenazó con llamar a la policía. El nuevo día se desarrolla como una mezcla inestable de trascendencia y acampada. Nueve horas antes de la cita en la iglesia, muchos siguen durmiendo, pero ya las viejas y sólidas paredes del Athletic Club de Pittsburgh parecen vibrar con un exceso de entusiasmo señorial.
     Mediados de septiembre. Desde el Día del Trabajo, una ola de calor tardía y desalentadora recorre la mitad occidental de Pennsylvania. Cynthia se despierta en casa de su madre, en una cama en la que sólo se ha despertado cinco o seis veces en su vida, y en lo primero que piensa es en qué tiempo hará. Se pone una camiseta por si hay alguien más despierto, pasa junto a su insoportable hermanastra Deborah (nunca Debbie) que duerme con un pijama de franela y medio cuerpo fuera del sofá del cuarto de estar, y abre la puerta corredera de la terraza, desde donde ve a lo lejos las banderolas fláccidas del campo de golf de Fox Chapel.