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Pruebas

martes, 6 de agosto de 2013

Historias inverosímiles, en general

El primer libro de relatos de Alasdair Gray es una magistral colección que, junto a su novela Lanark, lo situó como uno de los más originales e importantes escritores escoceses.

En ella encontramos relatos, ilustrados por el propio Gray, sobre la estructura jerárquica de la sociedad, el culto a los osos, la explotación industrial de los patos, la construcción de obras faraónicas o la lingüística del siglo XVIII. Aunque, ¿realmente habla sobre esos temas? 

Según Jonathan Baumbach del New York Times, 'Alasdair Gray es un rebelde que lucha de forma desesperada contra la tiranía interiorizada' y sus 'Historias inverosímiles, en general, son violentos gestos de libertad estética y moral. Unos melancólicos, y a veces extáticos chirridos de cadenas que insisten -mediante el ejemplo de su humor, energía y belleza- en la trascendencia de la imaginación'.

«El libro es una maravilla de ingenio, una colección variada y rica en la que las habilidades de Gray como artista visual e ilustrador se colocan no sólo al lado, sino más allá de los productos de su fértil imaginación como escritor». The Washington Post.  


PRIMERA CARTA
QUERIDO PADRE , QUERIDA MADRE: El nuevo palacio me gusta. Es todo a cuadros como un tablero de ajedrez. Los cuadros rojos son edificios, los blancos son jardines. En el centro de cada edificio hay un patio, en el centro de cada jardín hay un pabellón. Soldados, ayas, mensajeros, conserjes y otros integrantes de la clase servidora viven y trabajan en los edificios. Los miembros de la clase de los huéspedes de honor tienen pabellones. Mi pabellón es pequeño pero hermoso, y está en el jardín de las hojas perennes. No sé cuántos cuadrados tiene el palacio, pero sin duda más que un tablero de ajedrez. Habéis oído el rumor de que para levantar los fundamentos se habían demolido algunas aldeas y una famosa ciudad pequeña. Aunque ese rumor lo autorizó el emperador inmortal, a mí me pareció exagerado. Ahora me parece demasiado tímido. Desde la vieja capital, donde espero que continuéis siendo felices, pasamos diez días viajando río arriba. Los días eran claros y tibios, sin polvo, sin niebla. Sentados en la cubierta alcanzábamos a ver las torres de las ciudades a nueve o diez kilómetros de distancia, y cuando al anochecer nos levantábamos veíamos, en lo más lejano del horizonte, en el crepúsculo, el centelleo del heliógrafo sobre las ciudades. Pero a los seis días ya no quedaba signo de construcción alguna, sólo arrozales con esporádicas tiendas de inspectores de riego. Si toda esta tierra vacía alimenta al nuevo palacio, tienen que haber suprimido varias ciudades. Quizás los habitantes estén conmigo dentro de los muros, saliendo unos días por año para plantar y cosechar, y en los intervalos trabajando en los jardines de los funcionarios