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Pruebas

domingo, 4 de agosto de 2013

La misma ciudad

El día 10 de septiembre de 2001, Brandon Moy se encontró en Nueva York con un antiguo amigo que le hizo recordar todos aquellos sueños que habían compartido en la juventud y que él nunca había cumplido. Moy tenía una esposa a la que amaba, un hijo ejemplar, un apartamento envidiable en Manhattan y un trabajo de éxito, pero al recordar todo lo que había querido hacer en la vida sintió que había fracasado. A la mañana siguiente de ese encuentro, mientras él iba camino de su trabajo en las Torres Gemelas, los aviones de Al Qaeda las derribaron. Brandon Moy creyó que el destino le ofrecía una segunda oportunidad.

La misma ciudad es la historia de esa segunda oportunidad. La historia de Brandon Moy en busca de sí mismo a lo largo de una geografía a veces tenebrosa. Un viaje a través de lo ilusorio de los sueños y del valor de la aventura como fuente de riqueza existencial. La misma ciudad, con un protagonista de muchas caras, es una novela brutal y refinada al mismo tiempo, que reúne la quintaesencia del mundo narrativo de Luisgé Martín.

Después de
La mujer de sombra, su novela anterior, que obtuvo una unánime y extraordinaria acogida crítica como una obra maestra «por el filo del abismo» (Enrique Turpin, La Vanguardia), Luisgé Martín nos brinda La misma ciudad, una joya literaria que lo confirma como uno de los mejores y más sólidos escritores de su generación.


COMIENZO DEL LIBRO

Casi todas las escuelas psicológicas, desde el psicoanálisis clásico hasta la psicoterapia Gestalt, prestan atención a ese estado de ánimo melancólico o desesperanzado que suele manifestarse hacia la mitad de la vida de las personas y que, en jerga poco científica, acostumbramos a llamar «crisis de los cuarenta». Aproximadamente a esa edad, a los cuarenta años, los seres humanos echan la vista atrás, recuerdan los sueños que tuvieron cuando eran jóvenes y hacen luego recuento de los logros obtenidos desde entonces y de las posibilidades que aún les quedan de alcanzar la vida prodigiosa que imaginaron. El resultado es siempre desolador. Quien había soñado con ser estrella de cine, por ejemplo, se encuentra a menudo representando bufonadas en fiestas infantiles o haciendo anuncios publicitarios, y si acaso por talento o por azar ha conseguido llegar a protagonizar películas y se ha convertido en un ídolo de masas, como ambicionaba, descubre enseguida algún inconveniente o algún quebranto de la profesión – las servidumbres de la fama, la frivolidad de los ambientes artísticos, la envidia de otros actores– que ensombrecen el triunfo. Quien se había figurado que viviría amores apasionados y grandes emociones, conoce tarde o temprano la traición, el engaño, el aborrecimiento o, más comúnmente, el hastío. Y quien había creído, en fin, que tendría siempre el vigor y el entusiasmo juveniles, encuentra de repente la enfermedad o ve ante sí la muerte. La vida, en realidad, es un trance terrible, y a esa edad mediana y taciturna, a los cuarenta o cuarenta y cinco años, comprendemos con claridad que es también demasiado corta, como siempre habíamos oído decir a los padres o a las personas mayores, y que en consecuencia no deja tiempo a nadie para enmendar los errores cometidos o para emprender otros rumbos diferentes de los que en algún momento se eligieron.

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