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Las hermanas Lacroix

Los secretos y rencores que alberga la mansión de las hermanas Lacroix, como se la conoce con respeto en la pequeña ciudad de provincias, encierran al cabeza de familia en una inmensa soledad. Sus moradores se refugian, según sus caracteres, en el misticismo, la especulación filosófica y artística, y un odio meticulosamente alimentado, ya sea desde la prepotencia o la debilidad. La inexorable huida de la generación joven, o su invasión de los espacios nobles, abocará a las hermanas a una convivencia relegada a compartir definitivamente recuerdos y mezquindades que nunca quisieron olvidar.  

I
     -... llena eres de gracia, el Señor es contigo..., llena eres de gracia, el Señor es contigo...
     Las palabras ya no tenían sentido, no eran más que palabras. ¿Acaso Geneviève movía los labios? ¿O sumaba su voz al sordo murmullo que se alzaba de los más oscuros rincones de la iglesia?
     Algunas sílabas parecían repetirse con más frecuencia que otras, cargadas de un significado oculto.
     -... Llena eres de gracia..., llena eres de gracia...
     Luego venía el triste final del avemaría:
     -... pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.
     Cuando era pequeña y rezaban el rosario en voz alta, estas palabras, que renacían sin cesar, no tardaban en hechizarla y en alguna ocasión rompía en sollozos.
     -... ahora y en la hora..., en la hora...
     Entonces exclamaba mirando a la Virgen a través de las lágrimas:
     -¡Haz que yo sea la primera en morir! O que nos muramos todos a la vez, mi madre, mi padre y Jacques.
     En alguna parte de la oscuridad, no lejos, por donde estaba la efigie de san Antonio, resonaba una voz grave como un abejorro. No se veían las caras. Tan sólo se adivinaban unas siluetas, porque el sacristán había encendido cuatro lámparas para toda la iglesia y sus trazos puntiagudos formaban entre los pilares aureolas del tamaño de las de los santos.
     -... llena eres de gracia..., el Señor... 

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