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Pruebas

miércoles, 14 de agosto de 2013

El fiel Ruslán

Ruslán es un perro guardián en un campo de trabajo del Gulag soviético. De la noche a la mañana él y sus compañeros ven cómo los campos se vacían de prisioneros y cómo sus amos, los guardias, a los que aman incondicionalmente, les abandonan a su suerte; durante las semanas posteriores Ruslán deberá adaptarse a su nueva situación.


Vladímov, uno de los escritores rusos más destacados de la segunda mitad del siglo XX, utiliza el punto de vista del perro para explicar la inhumanidad del sistema soviético. Y lo hace partiendo de una situación que se produjo en la Unión Soviética a finales de los cincuenta, cuando los cambios introducidos por Nikita Jruschov permitieron la liberación de millones de prisioneros y el desmantelamiento de parte del sistema soviético de campos de trabajo.


Una primera versión de El fiel Ruslán titulada «Los perros» circuló clandestinamente en la URSS durante los años sesenta. Vladímov continuó trabajando en la novela hasta 1974, cuando consiguió sacar el manuscrito del país; un año más tarde se publicó en Alemania. Está considerada como una de las mejores novelas rusas de la segunda mitad del siglo XX.

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Durante toda la noche aulló el viento, haciendo que se balancearan y chirriasen las farolas del campo de prisioneros y tintineara la aldaba de la entrada. Por la mañana amainó, se hizo el silencio y llegó el amo. Se sentó en un taburete y, cogiéndose la rodilla con una mano roja y empapada, se puso a fumar mientras esperaba a que Ruslán terminara la sopa. Había traído su fusil y lo había colgado del gancho, en una esquina de la caseta. Eso significaba que, después de mucho tiempo, saldrían en misión de servicio. Por eso, Ruslán sabía que podía comer sin prisas, pero tampoco debía remolonear.
     Ese día le había tocado un hueso grande de caña de vaca, tan prometedor que tuvo ganas de llevárselo enseguida al rincón y esconderlo en su lecho de paja para poder roerlo más tarde como es debido, a oscuras y en soledad. Pero en presencia de su amo le daba vergüenza sacarlo del cuenco, así que, por si acaso, se limitó a arrancar toda la carne: la experiencia le había enseñado que, a su regreso, ese huesecito suculento tal vez ya hubiese desaparecido. Dándole vueltas cuidadosamente con el hocico, lamió su caldo y se disponía a engullir los pedazos de carne calientes que, con esmero, había ido reuniendo ante sí, cuando de repente el amo se movió y preguntó con impaciencia:
     -¿Preparado?
     Y, poniéndose ya de pie, tiró la colilla al suelo. Esta fue a caer en el cuenco y se apagó con un chisporroteo. Nunca había sucedido algo parecido, pero Ruslán no dejó ver sorpresa ni enojo sino que levantó los ojos hacia el amo, agitó su pesada cola para agradecerle la comida y darle a entender que estaba dispuesto a servirlo de inmediato. Ni siquiera se permitió echar un vistazo al hueso y se limitó a lamer deprisa un poco de caldo. Ya estaba listo para partir.