Bienvenido

Si eres amante de la lectura, tiene todas las llaves que te puede dar este humilde blog para continuar en tu viaje.

Pruebas

sábado, 30 de noviembre de 2013

Israel, el camino de la creación literaria

Existe un relato breve de Kafka que se titula Los árboles. En él, el autor dice que somos semejantes a unos árboles en la nieve, que parecen flotar, como si no tuvieran raíces. Es pura apariencia, escribe Kafka, porque todo el mundo sabe que los árboles tienen raíces bien enterradas. Y dice a continuación: pero eso también es pura apariencia.
Hace 60 años, una noche de invierno, en el kibutz Hulda, un chico de 15 años leyó este fragmento de Kafka, y se sintió transformado: los árboles, las colinas, los aullidos de los chacales en la noche invernal, todo había dejado de ser sencillo. Hay una realidad, y hay una realidad interior, y más. Los hechos pueden convertirse en el peor enemigo de la verdad. Este relato, Los árboles, no solo fue mi primer contacto con Kafka, sino que leerlo, como leer sus demás obras, contribuyó enormemente a mi formación. Además, Kafka tiene cierta manera de poner al descubierto una pesadilla en un lenguaje de lo más burocrático. Sus demonios llevan traje y corbata. Su infierno es un despacho vulgar y destartalado.
Hace tiempo leí que hacia el final de su vida, cuando estaba ya muy enfermo, Kafka coqueteó con la idea de seguir los pasos de varios judíos que habían ido a la escuela con él en Praga y emigrar a Israel. Incluso vi un cuaderno de ejercicios con el que intentó aprender hebreo por su cuenta. Llegué incluso a imaginar una situación en la que Kafka vivía en un kibutz de habla alemana en Israel, llevaba las cuentas de la comunidad y escribía en sus ratos libres, en una cabaña situada al borde del kibutz, que le habían concedido para que le sirviera de estudio.
Por ser genuinos europeos, los judíos fueron tachados de “cosmopolitas”, “parásitos”
Habría tenido nostalgia de Europa, como sus condiscípulos y como tantos otros que dejaron Europa y se fueron a Israel antes de Hitler. Todos aquellos —entre los que estaban mis padres y mis abuelos— que se fueron de Europa oriental o, mejor dicho, a las que expulsaron por la fuerza de Europa oriental, en los años treinta. Amaban Europa, pero Europa nunca les quiso a ellos. Hoy, todo el mundo es europeo, y el que no lo es está haciendo cola para serlo. Hace 80 o 90 años, los únicos que eran auténticos europeos en Europa eran los judíos como mis padres. Todos los demás eran patriotas búlgaros, patriotas irlandeses, patriotas noruegos… Los judíos eran europeos devotos. Eran políglotas, les encantaba que hubiera historias distintas, y los legados literarios, y los tesoros artísticos y, sobre todo, amaban la música. Y amaban los paisajes, los prados y los bosques, los torrentes y los bosques nevados, los estrechos callejones de las ciudades antiguas, las universidades y los cafés. Pero Europa nunca les quiso a ellos. Por ser genuinos europeos les tacharon de “cosmopolitas”, “parásitos”, “intelectuales sin raíces”. Cuando el antisemitismo se volvió violento en Polonia, en los años treinta, mis padres y mis abuelos, llenos de tristeza, decidieron irse de Europa y emigrar a Jerusalén. Escogieron Jerusalén, no porque quisieran desplazar a los árabes, sino porque no tenían ningún otro sitio donde ir. En los años treinta, todos los países del mundo cerraban sus puertas a los judíos. Canadá dijo que no iba a acoger a ninguno. Suiza mostró aún más dureza. Las calles europeas tenían pintadas en las que se leía: “Los judíos a Palestina” (sesenta años después, esas mismas paredes en Europa tenían pintadas contrarias: “Fuera los judíos de Palestina”…).
En cualquier caso, mi familia se estableció en Jerusalén en 1934 y gracias a ello sobrevivió al genocidio nazi alemán. Pero siempre echaron de menos Europa. Estaban furiosos con Europa, pero al mismo tiempo añorantes, unos sentimientos que se pueden describir como de amor decepcionado, amor no correspondido. Cuando era pequeño, mis padres me decían siempre: “Un día, no en nuestra vida pero quizá sí en la tuya, Jerusalén crecerá y se convertirá en una ciudad de verdad”. No entendía qué querían decir: para mí, Jerusalén era la única ciudad del mundo. Pero ahora sé que, cuando mis padres decían que Jerusalén se convertiría en una ciudad de verdad, se referían a una ciudad con un río en medio, con puentes sobre ese río, con bosques frondosos alrededor. Es decir: una ciudad europea.
Soy hijo de unos refugiados judíos a los que expulsaron de Europa con violencia. Por suerte para ellos: si no les hubieran echado de Europa en los años treinta, habrían muerto asesinados en la Europa de los años cuarenta.
Creo en un compromiso entre Israel y Palestina, una solución de dos Estados. No una luna de miel, un divorcio justo
Todavía llevo dentro de mí la ambivalencia de mis padres respecto a Europa: añoranza y rabia, fascinación y frustración.
En toda mi obra literaria se encontrarán con esos europeos desarraigados que luchan para crear un minúsculo enclave europeo, con librerías y salas de conciertos, en el calor y el polvo del desierto, en Jerusalén o el kibutz. Personajes que quieren reformar el mundo y no saben ni atarse los zapatos. Idealistas que debaten y discuten sin fin entre sí. Refugiados y supervivientes que se esfuerzan para construirse una patria pese a todas las adversidades.
Israel es un campo de refugiados. Palestina es un campo de refugiados. El conflicto entre israelíes y palestinos es un choque trágico entre dos derechos, entre dos antiguas víctimas de Europa. Los árabes fueron víctimas del imperialismo europeo, del colonialismo, la opresión y la humillación. Los judíos fueron víctimas de la persecución europea, de la discriminación, los pogromos y, al final, una matanza de dimensiones nunca vistas. Es una tragedia que esas dos antiguas víctimas de Europa tiendan a ver, cada una en la otra, la imagen de su pasada opresión.
El conflicto palestino-israelí es un choque trágico entre dos derechos. Los judíos israelíes no tienen ningún otro lugar donde ir, y los árabes palestinos tampoco tienen ningún otro lugar donde ir. No pueden unirse en una gran familia feliz porque no lo son, ni son felices ni son una familia: son dos familias desgraciadas. Creo firmemente en un compromiso histórico entre Israel y Palestina, una solución de dos Estados. No una luna de miel, sino un divorcio justo, que coloque a Israel al lado de Palestina, con Jerusalén oeste como capital de Israel y Jerusalén este como capital de Palestina. Algo similar al pacífico divorcio entre checos y eslovacos.
Muchos de mis relatos y novelas están situados en Israel, pero tratan de cosas grandes y sencillas: amor, pérdida, soledad, añoranza, muerte, deseo, desolación. Soy un testigo escéptico de mi época y un observador irónico y caritativo de la comedia humana. En mi opinión, Kafka fue el mayor profeta del siglo XX, capaz de prever la deshumanización y las tiranías, la crueldad del poder y la impotencia del ser humano. Él me enseñó que los árboles, y todas las demás cosas, no son nunca lo que parecen.
Discurso de Amos Oz pronunciado al recoger el Premio Kafka, el 24 de octubre de 2013 en Praga.
Traducción del inglés de María Luisa Rodríguez Tapia.
El Pais

viernes, 29 de noviembre de 2013

Tres cuentos inéditos de JD Salinger, filtrados en internet

La noticia saltó el jueves en la web informativa y agregador de noticias Buzzfeed: tres cuentos que el escritor J.D. Salinger nunca quiso publicar habían llegado a internet, a una pagina de intercambio de archivos de música, a la que sólo se accede por invitación. La más reciente traición a los deseos del autor de El cazador entre el centeno, que pasó mas de cuatro décadas sin querer publicar y defendió ferozmente su privacidad y reclusión, se produce apenas unos meses después del estreno de un documental –y un libro inspirado en el mismo–, que prometía descubrir los secretos mejor guardados del afamado misántropo. La “exclusiva” resultó no ser para tanto. Ahora sin embargo las primeras voces de críticos y expertos, como la del crítico del LA Times David L Ulin, han confirmado que los tres cuentos filtrados son de Salinger.

Los originales de Paula, Birthday Boy (El chico del cumpleaños) y The Ocean Full of Bowling Balls (El océano lleno de bolas de bolera) se encuentran custodiados en los archivos de dos universidades estadounidenses, Princeton y el Centro Harry Ransom de Texas, y sólo pueden ser consultados por investigadores autorizados. Sin embargo, en 1999, más de una década antes de la muerte de su autor en 2010, estos tres relatos quedaron reunidos en una edición ilegal de tan sólo 25 ejemplares, tirados en Londres. Uno de estos libros fue subastado el pasado mes de septiembre en E-bay y se vendió por 27 libras esterlinas. Parece que este es el origen del archivo pdf que ha circulado en la web.

Uno de los tres relatos, The Ocean Full of Bowling Balls fue escrito para la revista Harper’s Bazaar pero Salinger decidió retirarlo antes que fuera publicado. La historia enlaza con la trama de El Cazador en el Centeno la célebre novela de iniciación protagonizada por el adolescente Holden Caufield que catapultó a Salinger a la fama y de la que se han vendido más de 20 millones de ejemplares en todo el mundo. El cuento que ahora ha sido difundido trata sobre el hermano menor de Holden, que en la novela se llama Allie pero que en esta historia adopta el nombre de Kenneth Caufield. En él aparece una carta que Holden escribe a Kenneth mientras éste está en un campamento de verano. Guardado en Princeton, según Reuters, el acuerdo con la universidad establece que el relato no pueda ser publicado hasta el 2060. En 1965 Salinger dejó de publicar su trabajo, aunque nunca dejó de escribir.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Diez siglos para una declaración de amor a París

Edward Rutherfurd (Salisbury, Reino Unido, 1948) es un novelista de enorme éxito internacional especializado en voluminosas novelas históricas en las que sagas familiares ficticias corren aventuras a lo largo de los siglos en una ciudad determinada, que queda minuciosamente descrita tanto en su evolución física como en los acontecimientos históricos más destacados que tuvieron lugar en ella y los personajes más influyentes de su devenir político y social. Hasta la fecha se han publicado en España (Roca Editorial) LondresNueva York, y ahoraParís.
Miembro de una familia de escritores (su abuelo paterno, su madre, su tío...) y emparentado con Walter Scott (lo que tiene a gala), a los 10 años tuvo que permanecer recluido en la cama durante semanas por una enfermedad, y sus padres le regalaron una novela de C. Forester. Ese libro le fascinó y a continuación leyó todas las demás de la saga del marino Horatio Hornblower, que corre mil aventuras durante las guerras napoleónicas. Esta lectura, y a continuación la de las novelas de Conan Doyle (autor de Sherlock Holmes) ambientadas en la Edad Media y, como las de Forester, muy documentadas, resultaron inspiradoras para Rutherfurd. Quiso escribir novelas como aquellas que tanto le habían hecho fantasear, y a eso ha dedicado su vida. Tenía a su favor la genética, como hemos dicho, y también la profesión: trabajó, de joven, en la industria editorial, y así intuyó qué le podía interesar y qué no le gustaba al gran público. Tuvo desde el principio el pálpito de que con unas pocas décadas de trabajo concienzudo lograría hacerse “una carrera de escritor”, pero no esperaba desde el principio tener un éxito internacional tan grande como el que disfruta, y que con modestia atribuye en parte al competente trabajo de su primer editor: “El editor puede hacer mucho para lanzar un libro, o para matarlo”.
Para cada uno de sus libros, lo primero que hace Rutherfurd es visitar el lugar, pasear días enteros, impregnarse de la atmósfera particular de la ciudad. Aunque suene pretencioso sostiene que, para el autor, el lugar tiene que parecer mágico. Luego sigue “el proceso de educar mi propia imaginación”, la reunión de información histórica, y entonces el proceso de “imaginar a personas en ese paisaje urbano”, que no es poco trabajo, pues el protagonismo de sus novelas es necesariamente coral (en París,por ejemplo, los miembros de cuatro familias de diferentes clases sociales, a lo largo de diez siglos).
A continuación, la estructura de la novela, que procura sea sólida y bien definida “porque si sabes que vas a dedicar unos años a escribir un libro —y para Londres, por ejemplo, estuve cinco años, mientras que París ha sido mucho más rápido—, más vale asegurarte antes de que no te encontrarás en un callejón sin salida”. En muchos casos consulta con especialistas y con historiadores, sin temor a resultarles un incordio porque desde que escribió su primer libro, ambientado en la historia de Irlanda, descubrió que muchos académicos y profesores, una vez comprobaban que él había “hecho los deberes”, estaban encantados de que les preguntase tantas cosas “ya que no había mucha gente que se interesase seriamente por su especialidad”. A esos especialistas —en arte, vida cotidiana, música, economía, lenguaje, política, mentalidad— vuelve a visitarlos cuando ha escrito el primer borrador de su novela, para asegurarse de no incurrir en anacronismos flagrantes.
París, dice Rutherfurd, “es complejidad. Me enamoré de la ciudad. Bueno, todo el mundo se enamora de París. Es romántica, y al mismo tiempo puede ser muy fría. La monarquía francesa fue muy fría, Napoleón fue muy frío… París es también una ciudad de revoluciones, y políticamente la Revolución francesa, los ideales que la informan, es todavía una obra en marcha, no ha concluido. Lo cual novelísticamente es también romántico e interesante, como su habilidad para salir graciosamente a flote después de toda clase de conflictos y derrotas. Pero, como le digo, es una ciudad compleja. Tome la torre Eiffel: es un símbolo fálico, pero también tiene una gracia femenina…”.
El Pais

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El amor insondable de Kafka y Felice

El 16 de junio de 1913, Franz Kafka le confesó a Felice Bauer que no era gran cosa. “La verdad es que no soy nada, lo que se dice nada”, le escribió. Inmediatamente después le explicaba que no conocía a nadie tan desastroso en las relaciones humanas como él, y que tenía la impresión de que “no hubiera vivido nada”. Por si acaso añadía: a) que era incapaz de pensar y b) que tampoco sabía narrar, “ni siquiera hablar”. Poco antes, tras informarle de que estaba enfermo, le había preguntado: “¿Querrás reflexionar (…) y llegar a una conclusión respecto a si quieres ser mi mujer?”.
Nórdica vuelve a publicar estos días Cartas a Felice casi cuarenta años después de que apareciera el libro en España, y lo ha hecho (marca de la casa) en una magnífica edición y en el momento oportuno: nunca está de más sumergirse en esa insondable y enigmática relación que tan a fondo excava en los laberintos del amor. “Yo perdería mi soledad, que en su mayor parte es horrible, y te ganaría a ti, a quien amo más que ningún otro ser”, le seguía contando Kafka en la misma carta. “En cambio tú perderías tu vida tal como la has llevado hasta el momento, vida con la que te sientes satisfecha casi por completo”. Así que remataba: “En lugar de esta nada despreciable pérdida ganarías un hombre enfermo, débil, insociable, taciturno, triste, rígido, casi desprovisto de toda esperanza, cuya tal vez única virtud consiste en que te quiere”.
“Yo perdería mi soledad, que en su mayor parte es horrible, y te ganaría a ti, a quien amo más que ningún otro ser”
Kafka conoció a Felice Bauer el 13 de agosto de 1912 en casa de la familia de Max Brod, seguramente su mejor amigo. El 20 de septiembre le escribió por primera vez. Kafka tenía entonces 29 años; Felice, 25. Él trabajaba en una empresa de seguros, vivía en Praga y estaba a punto de publicar su primer libro de relatos, Contemplación. Ella era ejecutiva en Carl Lindström S.A., una empresa dedicada a la fabricación y distribución de dictáfonos y residía en Berlín. “Cuando llegué a casa de los Brod”, apuntó unos días después en su diario a propósito de Felice, “estaba sentada a la mesa. No sentí la menor curiosidad por saber quién era, porque enseguida fue como si nos conociéramos de toda la vida”.
No tardarían mucho en escribirse con inusitada frecuencia, casi diariamente. En su sexta carta, del 27 de octubre, Kafka reconstruyó milimétricamente el día en que se conocieron. No volvieron a verse, sin embargo, hasta el 23 de marzo de 1913, casi nueve meses después de su primer encuentro. En mayo, Kafka fue recibido por la familia de Felice, y lo pasó francamente mal. Por fin, en junio, le pide que sea su esposa. El 1 de abril, sin embargo, le había confesado: “Mi verdadero miedo –no se puede decir ni oír nada peor– consiste en que jamás podré poseerte”.
“Mi verdadero miedo –no se puede decir ni oír nada peor– consiste en que jamás podré poseerte”
Las cartas de Kafka a Felice ocupan en el volumen de Nórdica 827 páginas. Casi el ochenta por ciento del espacio son las que le escribió hasta finales de 1914. La última es del 16 de octubre de 1917. Fueron cinco años de una relación extraña, casi siempre a distancia, llena de recovecos, de equívocos, de turbulencias. Se amaban locamente, locamente temían por lo que les iba a deparar el futuro. Fueron a ratos cómplices y a ratos enemigos. Felice respondió que “sí” a la carta de junio de 1913, e inmediatamente después empezaron los tormento de Kafka. En septiembre huye del compromiso, ingresa en un sanatorio de Riva, quiere olvidarlo todo. Allí conoce a la “chica suiza” de la que se enamora durante diez días. Felice, por su parte, envía a finales de octubre a una amiga suya, Grete Bloch, para que haga de mediadora.
Más complicaciones: Kafka empieza a cortejar a Grete por correspondencia, pero poco a poco recupera a Felice. Vuelven a prometerse en junio de 1914, vuelven a romper un mes después tras un incómodo episodio en un hotel que Kafka identifica con una suerte de proceso en el que lo condenan. De nuevo la distancia, tiras y aflojas, breves encuentros.
Entre el 3 y el 13 de julio de 1916, Kafka y Felice pasan diez días en Marienbad. Al principio las cosas chirrían. “Siguieron cinco días felices con ella, uno, se diría, por cada uno de sus cinco años en común”, escribe Elias Canetti en El otro proceso de Kafka. De nuevo piensan en casarse, cuando termine la guerra. Pero vuelven a discutir. Todavía su amor reverdece a ratos, pero en octubre de 1917, la relación se ha extinguido ya. El 30 de septiembre Kafka le ha escrito la carta más triste, la penúltima de todas aunque sea la del verdadero final. “Mi barca es muy frágil”, le dice. Se refiere a su enfermedad. Ha perdido. “Jamás recuperaré la salud”. Todo ha terminado.
El Pais

martes, 26 de noviembre de 2013

“Podemos recuperar lectores si les obligamos a pensar más y mejor”

Un viejo librero convertido al más áspero escepticismo desde la militancia comunista, un antiguo guardaespaldas despedido que huye del suicidio dando extravagantes clases de artes marciales, y un joven inadaptado, tormentoso escritor y aspirante a dibujante de novela gráfica, confluyen en el escenario deshumanizado de El artista adolescente que confundía el mundo con un cómic (Literatura Mondadori), la última novela del ensayista mexicanoSergio González Rodríguez. La suya es una historia inclasificable de intriga y venganza enmarcada en el conflicto entre generaciones. Y tiene el propósito declarado de cuestionar los moldes convencionales de las novelas que se agotan en el simple entretenimiento.
Pregunta. Seguro que será lo primero que le pregunten siempre: El título del libro evoca el Retrato del artista adolescente, de James Joyce, y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks. ¿Es simplemente un titular ingenioso o hay algo en el libro de estas obras?
Respuesta. La idea del título es lo último que llegó a la novela, que se llamaba, simplemente, Dano (como el protagonista joven). Y aparte de homenajear en el título a Joyce y Sacks existe una vinculación de contenido: la obra de Joyce es una novela de aprendizaje, donde el personaje reflexiona sobre el arte, la fe y la vida, algo semejante a lo que Dano realiza y sondea con sus cuentos. El caso de Sacks remite a diversos trastornos neurológicos que resuenan en la condición del propio Dano, inmerso en conflictos de origen e identidad, sujeto a viajes vertiginosos, a dislocaciones y a rasgos de percepción alterada respecto de la realidad. En el título hay más que un guiño.
P. En la novela conviven personajes tan bien pintados que se diría que los conoce muy bien ¿Tomó como modelos a personas reales? ¿Hay algo de usted mismo en ellos?
R. Los personajes que describo en la novela son entes ficticios que nacen de la realidad, representan un híbrido de mí mismo y de algunas personas que he conocido, pero su resolución obedece a una encarnación fantasmagórica que, una vez dada, les da autonomía suficiente respecto de mí. Asimismo, algunas de sus conductas y rasgos son en cada caso emblemáticos de ciertas personalidades significativas del mundo de hoy, aunque escapan al prototipo o algo semejante, pues su entereza alude más bien a una condición de umbral, son seres en suspenso, en un juego de fuerzas, tensiones, transiciones.
P. El libro es en parte la historia de un conflicto generacional. ¿Cree usted, como afirma el protagonista, que un adulto es un adolescente sin escrúpulos?
R. Hay muchas cosas en las que no estoy de acuerdo con lo que dicen los personajes, pero eso de que el adulto es un adolescente sin escrúpulos me parece cierto. Basta ver alrededor para comprobarlo, ya sea en la vida pública (los políticos, por ejemplo) o en la vida privada (nuestros amigos y uno como amigo, ja, ja). Por lo tanto, la pugna generacional que está presente en la novela refiere sin duda a una evocación de la inocencia y su desgaste (algo menos drástico que la pérdida total, pero por lo mismo de mayor persistencia), lo que obliga a la prolongación de la propia adolescencia así sea inconscientemente.
P. Quizá suene políticamente correcto, pero choca que los malos de la historia sean unos chinos crueles hasta la náusea que recuerdan a la visión estereotipada de las películas de Kung Fu y los cómics de Tintín. ¿Es un guiño a esas historietas? ¿Ha recibido algún reproche al respecto?
R. La pregunta lleva a una las claves irónicas de la novela, que está desde el título: confundir el mundo con un cómic. La realidad en la que vive Dano se parece bastante a la de una de las novelas gráficas que él ensueña. La historia está contada por su amigo, el librero de viejo, que consigna algo que nos dice le fue referido por alguien más (Dano), y él arma su relato con eso. Lo que leemos no es ni la historia "real" de Dano, ni la que el librero de viejo escuchó exactamente. Se trata de un recurso narrativo singular (que exploró por cierto Roberto Bolaño en su cuento El hijo del general en El secreto del mal), y es por completo ajeno al principio de realidad respecto de los chinos en el mundo de todos los días. Por lo demás, podríamos defender la inexistencia del autoritarismo, la corrupción y la piratería chinas, o rechazar el alcance global de sus tríadas criminales, pero eso sería materia del cómic más fantástico. Tampoco negaría la vigencia cultural de las artes marciales, o sus películas o cómics. Hasta ahora, nadie se ha quejado sobre la verdad de la literatura, ni sobre la certeza de la realidad. Y, perdón, los chinos han dejado de ser los malos de la historia: ahora en tal rubro suelen triunfar los mexicanos.
P. Es fácil imaginar la novela como un cómic, tal vez simplemente por su titular. ¿Ha pensado en convertirla en novela gráfica? ¿Cree que funcionaría?
R. ¡Claro! La novela es, entre otras cosas, la puesta verbal de muchas posibilidades gráficas. O fílmicas, puesto que hay episodios narrados en plan cinematográfico. Por supuesto, no toda mi novela fue hecha para ser ilustrada o filmada, pero con una buena adaptación, toda historia o novela puede convertirse en una novela gráfica, incluso los relatos más abstractos de Samuel Beckett, por ejemplo, El despoblador.
P. Dano considera que la vida es un cómic. ¿Coincide usted o disiente? ¿Por qué?
R. Descreo de Dano y me adhiero a lo que critica el librero de viejo: la realidad está lejos de ser un cómic, ya que esta es más rica, diversa y compleja que las formulaciones esquemáticas a las que tiende cierto tipo de cómics (debo reconocer que hay novelas gráficas muy sofisticadas y de gran calidad).
P. La novela puede gustar o no, pero nadie puede negar su originalidad. ¿Qué pretendía usted exactamente con ella? Véndasela a un potencial lector.
R. Me proponía cuestionar los moldes convencionales de las novelas más premiadas o reconocidas, que se agotan bajo el imperativo de lo divertido o el simple entretenimiento. Su propuesta formal incorpora el uso del ensayo y el cuento en el tejido novelístico sin mengua de amenidad, y aspira a confrontar las certezas del lector acostumbrado a la narrativa rutinaria. Es una novela de ideas y de aventuras al mismo tiempo. Y registra un entrecruce de temas acerca de la ultracontemporaneidad en la que vivimos. Estoy convencido de que los lectores que el libro pierde cada día pueden ser recuperados si se les obliga a pensar más o mejor desde las propias novelas.
El Pais

lunes, 25 de noviembre de 2013

Poesía en escultura: Jaume Plensa, Premio Velázquez 2013

El escultor y grabador catalán Jaume Plensa ha sido galardonado hoy con el Premio Velázquez 2013, dotado con 100.000 euros y que concede el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, según ha anunciado su titular, José Ignacio Wert. Reciente ganador del Premio Nacional de Arte Gráfico, Plensa, nacido en Barcelona en 1955, obtuvo hace justamente un año el Premio Nacional de las Artes Plásticas. Conocido por sus grandes esculturas formadas por letras y números, Plensa tiene su taller en Sant Feliu de Llobregat, desde donde las obras han viajado a Dubai, Boston, Chicago o París, algunas de las ciudades donde se han instalado.

Si bien las esculturas de letras y números son la imagen más conocida del escultor, Plensa trabaja también con otros materiales, como el hierro fundido, el poliéster, la fibra de vidrio, el alabastro o la madera. El premio Velázquez nació para premiar el conjunto de la obra de un creador de las artes plásticas en el ámbito iberoamericano y con la pretensión de convertirse en "el Cervantes de las artes". El año pasado, no fue fallado.

En el caso de Plensa, se trata de una obra muy amplia que abarca, también, la expresión gráfica aunque sea menos conocida. Probablemente las intervenciones que más se recuerdan son las que hace en espacios públicos, como las enormes esculturas que a veces coronan colinas, como es el caso de Dream, una cabeza de 20 metros de altura de una niña con los ojos cerrados, situada a las afueras de la localidad minera de Saint Helens, cerca de Liverpool. Otras, son el centro de enormes plazas en ciudades como Chicago, como es el caso de la Crown Fountain, una fuente formada por dos altas torres en la que los ciudadanos, proyectados en pantallas, lanzan agua por la boca, un proyecto que le valió el reconocimiento internacional.
Otras de sus creaciones han sido expuestas temporalmente, como la cabeza que sobresalía del mar en la bahía de Botafogo, en Río de Janeiro; las figuras que ocuparon parte del Madison Square Park, en Nueva York, o las tres esculturas luminosas que se pudieron ver en octubre del año pasado en la Place Vendôme de París, coincidiendo con la Feria de Arte de París. En 2008 expuso en el stand de EL PAÍS de la Feria Arco de Madrid Entre sueños, la cabeza de una inmigrante dominicana llamada Irma, de dos metros y medio de altura, rodeada de 600 kilos de zapatos usados.

Otros artistas que están en posesión del Velázquez de las Artes Plásticas son los españoles Ramón Gaya, Antoni Tapies, Pablo Palazuelo, Antonio López, Luis Gordillo y Antoni Muntadas, así como el mexicano Juan Soriano, el brasileño Cildo Meireles, la colombiana Doris Salcedo y el brasileño de origen portugués Artur Barrio.

Galardonados

En el primer año, 2002: Ramón Gaya, España.
2003, Antoni Tàpies, España.
2004, Pablo Palazuelo, España
2005, Juan Soriano, México
2006, Antonio López, España
2007, Luis Gordillo, España
2008, Cildo Meireles, Brasil
2009, Antoni Muntadas, España
2010, Doris Salcedo, Colombia
2011, Artur Barrio, Brasil
En 2012 no se otorgó.

Recuerdos sin retorno

Diez años sin Manolo (2003-2013)

Una invitación de la mano de su hijo para conocer mejor a Manuel Vázquez Montalbán.

«Se puede liquidar a un padre con nocturnidad y alevosía, pero si buscaban que hiciera el sano ejercicio de matarte una vez muerto, se equivocaban. No voy a ajusticiarte. Es más, el traje de asesino me queda grande, y matar a un padre suele ser fruto de una autocompasión que trato de evitar en la medida que puedo. Existen tantos francotiradores dispuestos a dispararte apostados al otro lado del río Aqueronte, que yo prefiero hacer de barquero y alejarte de la impaciencia de los ocultos».  Daniel Vázquez Sallés

Un viaje por la vida de Manuel Vázquez Montalbán, relatado por su hijo, en el que su vida cotidiana se mezcla con los episodios más trascendentales de nuestra Historia, desde la Transición, el subcomandante Marcos, José María Aznar y el PSUC, al mundo editorial y el periodístico.
I

Querido Manuel:

Te cuento mis antecedentes penales y no sé por dónde tengo que empezar. Me divorcié de Elvira y volví a casarme para volver a divorciarme unos años más tarde. Esta vez de Céline, a la que podría considerar la mujer de una vida que, en su colofón, espera ansiosa el germen de otras vidas que logren matar al hombre fraudulento que llevo en mis entrañas. 

Tengo dos hijos. A Daniel ya le conoces, un hombrecito que crece, crece y crece, y, por razones obvias, espero que tardes muchos decenios en conocer a Marc, tu nieto minúsculo cuyo corazón de león te dejaría sin palabras. Evito cursilear, pero me agarro a los hijos como el hambriento a un trozo de pan, y te confieso que son los únicos pilares de los que me siento satisfecho, aunque ellos no tengan la culpa.

sábado, 23 de noviembre de 2013

La casa de Sabato busca donantes para convertirse en museo

Ernesto Sabato vivió 66 de sus 99 años en una casa de Santos Lugares, en la periferia de clase media de Buenos Aires. Pese a su inclinación al aislamiento, su hogar fue lugar de encuentro de escritores y pintores, como él; de músicos, algunos con los que compuso letras para tangos y canciones folclóricas; periodistas, políticos, lectores y vecinos. En los últimos años de su vida, que acabó en 2011, tras la muerte de su esposa y de uno de sus dos hijos, Sabato se fue dejando estar y la vivienda, construida en 1927, también entró en decadencia. Incluso después de su fallecimiento, su otro hijo, el cineasta Mario, y su nieta Luciana, arquitecta, descubrieron que la habitación donde escribía el autor de El túnel y Sobre héroes y tumbas y donde durmió sus últimas noches estaba a punto de derrumbarse.
El consagrado autor argentino, uno de los mejores de habla hispana en el prolífico siglo XX, deseaba que, después de morir, su casa se mantuviera “abierta a la comunidad”, cuenta Mario. Así es que este director de varias películas de Los Parchís -las hizo con pseudónimo durante la última dictadura militar de su país (1976-1983) para seguir viviendo de su oficio- y sobre la vida y obra de su padre -Ernesto Sábato, mi padre y El poder de las tinieblas- se puso a montar un museo en la casa. Primero debía restaurarla. El jardín parecía una jungla y todos los rincones del inmueble estaban deteriorados. Por eso comenzó a gestionar hace dos años una subvención de la provincia de Buenos Aires, que finalmente la desembolsó a principios de 2013. Entonces comenzó la obra, a cargo de Luciana Sabato, y ya se ha ejecutado todo el dinero. Los fondos han alcanzado para el 70% de las necesidades de refacción, por lo que Mario Sabato ha comenzado a difundir por los medios de comunicación locales que el proyecto necesita de donantes particulares. Aparecieron varios, pero aún falta.
Mario y Luciana Sabato esperan que si llega el dinero suficiente la obra podrá terminarse este mismo año. Y en marzo próximo abrirá el museo. El hijo sobreviviente de quien presidiera la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, que creó la democracia argentina en 1983 para revisar los siete años anteriores de dictadura militar, aclara que la palabra museo no le gusta: “Parece solemne y esto no lo es. Será un museo vivo”. En el estudio donde se encuentra la biblioteca con parte de los 6.500 libros de Sabato, en la habitación del escritorio donde murió o en el taller donde comenzó a pintar en los 80, habrá pantallas en las que el propio genio explicará cada uno de esos rincones. Son filmaciones hechas por su hijo. “En esas imágenes aparece un Sabato entretenido, ameno, no trágico”, cuenta Mario, que reconoce que aún no ha definido otras actividades además de las visitas guiadas por las nietas del escritor. Ya ha recibido varias propuestas de museólogos para organizar el espacio y el cineasta está dispuesto a evaluarlas una vez que se abra en marzo.
No por iniciativa del escritor sino por la de su esposa, Matilde Kusminsky Richter , la casa solía ser centro de reuniones muy animadas. Por allí desfilaban escritores y consagrados, como Abelardo Castillo y Vicente Battista, músicos como Los Fabulosos CadillacsMercedes SosaJaime DávalosEduardo Falú o Cuchi Leguizamón, pintores como Juan Carlos Castagnino y Antonio Berni, cineastas como José Martínez Suárez yLeopoldo Torre Nilsson, el príncipe Felipe o presidentes argentinos comoArturo Frondizi (1958-1962), Raúl Alfonsín (1983-1989), Fernando de la Rúa (1999-2001), Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Fernández. Pero los días más especiales de la casa eran los 26 de junio, cuando Sábato celebraba su cumpleaños abriendo las puertas a quien quisiera entrar. Desconocidos y famosos se acercaban a Santos Lugares, a 15 kilómetros del centro porteño.
Pero la casa también tiene sus rincones oscuros, como el sótano. Allí Sabato y su esposa hicieron sesiones de espiritismo, sin que ningún fantasma apareciera. También allí durmieron algunas noches del último régimen militar porque, a pesar de recibir críticas sobre supuesta complacencia con el dictador Rafael Videla, Sabato recibía amenazas por “comunista” y entonces se resguardaba bajo tierra por temor a que un comando irrumpiera, según cuenta su hijo.
El Pais

viernes, 22 de noviembre de 2013

Jostein Gaarder escribe una “biblia” para evitar el apocalipsis del planeta

Tres inviernos seguidos son ya de por sí desagradables. Si luego desaparecen las estrellas y se caen las montañas, el panorama se vuelve, cuando menos, preocupante. Y si esa tierra agonizante acoge y sufre la batalla final entre los dioses entonces el epílogo inevitable es la desaparición del planeta. Así sería el Ragnarok, el fin del mundo, según la mitología nórdica. Y todo pese a que los seres divinos sabrían perfectamente de antes detalles, destino y conclusiones de la guerra. Pero nada, aun así combatirían a muerte, excavándose – y excavándonos- la tumba.
Seguramente el calentamiento global y sus peligros no sean comparables con este trágico escenario. Pero en su último libro Jostein Gaarder (Oslo, 1952) sí cuela al Ragnarok, entre otras decenas de alarmas sobre el destino del planeta. “No creo en algo tan repentino, pero podemos llegar a un punto de no retorno”, advierte por teléfono el autor noruego, cuya nueva fábula didascálica y en defensa del medioambiente se titula La Tierra de Ana (Siruela).
En el fondo, guerra mitológica y deterioro de la Tierra en algo se parecen: los humanos también conocemos de sobra las consecuencias finales de nuestras acciones. Conferencias, expertos y documentales llevan años avisando sobre el deshielo de glaciares, la subida de la temperatura y demás amenazas. “Cuando realmente experimentemos que las cosas están cambiando será demasiado tarde. Pero no creo que seremos tan estúpidos como para dejarlo ocurrir”, defiende Gaarder.
Por si acaso lo fuéramos, de todos modos, está La Tierra de Ana, historia de una adolescente concienciada y aterrada por el futuro del medioambiente, hasta el punto de afirmar que lo que de verdad le da miedo en la vida es “el calentamiento global”. Más aún ya que, en sus fantasías, Ana se encuentra con Nova, su tataranieta que vive en un mundo donde apenas quedan animales, flores y esperanzas.
A los sueños y vivencias de la joven, Gaarnder va añadiendo datos, explicaciones de conceptos como la retroalimentación positiva y ejemplos del asesinato cotidiano del ahorro energético. “Un estadounidense consume anualmente 25 barriles de petróleo lo que, si tuviera que ser sustituido por horas de trabajo físico, significaría que cuenta en todo momento con 150 esclavos de energía”, se indigna el escritor.
De los bofetones que cada despegue de un avión inflige a la atmósfera al peligro de la extinción de demasiadas especies, el autor noruego busca reanimar al cadáver del planeta a fuerza de avisos y alertas: “Estoy preocupado pero no pesimista. Si lo eres, rechazas tus responsabilidades. Hacen falta, en cambio, trabajo y atención. Tienes que hacer algo si quieres obtener lo que esperas”.
Más que apagar las luces y reciclar la basura, Gaarder cree que ese “algo” depende sobre todo de los políticos. A sus lectores el escritor no pide que dejen de tomar los aviones pero sí, por lo menos, que no voten a los líderes que descuiden el planeta. Y que, después de La Tierra de Ana, se hagan más preguntas y lean más libros. En concreto, Gaarder recomienda la obra del periodista estadounidense Bill McKibben, último ganador del premio de la Fundación Sofía. El organismo fue creado precisamente por Gaarder y su esposa en 1997 para galardonar cada año a un destacado defensor del medioambiente con 100.000 dólares (unos 74.000 euros).
Ese río de dinero procedía, al menos al principio, del océano de ventas que cubrió El mundo de Sofía, guía sencilla y novelada de la filosofía con la que Gaarder arrasó en todo el planeta. Con ella, La Tierra de Anacomparte estilo, objetivos y también las críticas de excesiva simplificación. “Si quieres ir de París a Roma y solo te llevo hasta Milán no deberías quejarte”, responde metafóricamente Gaarder. Y añade: “El mundo de Sofía contestaba a qué es el mundo. La Tierra de Ana, en cambio, se centra en aspectos prácticos. La más importante pregunta filosófica hoy para los humanos sería qué podemos hacer para proteger la vida”.
Sea como fuere, el autor ha tardado en llevarse bien con su obra más famosa: “Cuando El mundo de Sofía se convirtió en un superventas pensé que no era mi libro favorito. Pero ahora he llegado a asumir que es exitoso, aunque no lo decidí yo”. Peor se lleva Gaarder con su ópera prima, desconocida hasta ahora y quizás para siempre. La escribió con 20 años y jamás volvió a leerla: “No la tengo ni siquiera guardada en un archivo digital. Solo hay un manuscrito: a veces dudo entre recuperarlo o prenderle fuego. Aunque hasta ahora aun no lo he quemado”. Será su pasión por todo lo que está en peligro de extinción.
El Pais

jueves, 21 de noviembre de 2013

El escritor afroamericano James McBride triunfa en los National Book Awards

El músico y escritor afroamericano James McBride, que no encabezaba la lista de favoritos, fue la sorpresa de la noche al imponerse en la recta final de los National Book Awards. Su novelaGood Lord Bird inspirada en la vida del abolicionista John Brown, se alzó con el galardón al mejor libro de ficción de 2013, dejando atrás a Jhumpa Lahiri, George Saunders, Rachel Kushner y Thomas Pynchon, –éste último ausente como ya había anunciado, aunque su mujer, la agente Melanie Jackson si asistió–. La fiesta del libro estadounidense se celebró en el restaurante Cipriani de Wall Street. Cerca de 700 invitados asistieron a la gala, en la que hablaron desde la premio Nobel Toni Morrison que presentó la medalla concedida a Maya Angelou hasta el mítico editor de la revista The Nation, Victor Navasky que presentó la medalla que le fue otorgada a E.L. Doctorow como reconocimiento a su carrera.
Mary Szybist se impuso en la categoría de poesía y Cynthia Kodohata en la de literatura juvenil. Después, fue anunciado el premio de no ficción que confirmó las previsiones y fue a parar al periodista de la revista The New Yorker, George Packer por su brillante ensayo The Unwinding –uno de los tres nominados, procedentes de esa redacción, junto a Lawrence Wright candidato con libro e el que investiga la Cienciología, Going Clear,y Jill Lepore, autora de una biografía sobre Jane Franklin la hermana predilecta del presidente Benjamin–. Tomando como punto de partida la trilogía USA de John Dos Passos, el libro de Packer traza un preciso y humano retrato del colapso del modelo socioeconómico estadounidense a través de más de una dos decenas de perfiles. Por las páginas desfilan desde famosos como la estrella televisiva Oprah Winfrey, la cocinera pionera de la chef Alice Waters o el político republicano Newt Gringich, hasta personajes anónimos como la maquiladora de una fábrica en Youngstown o un empresario del sur. A través de sus biografías, Packer traza el arco del auge y la caída de un modelo socioeconómico.
Pasadas las 21.30 llegó la gran sorpresa: James McBride triunfó en la categoría de ficción y en le discurso de agradecimiento habló de las difíciles circunstancias personales que rodearon la escritura de su novela. Hijo de un reverendo afroamericano y una madre inmigrante polaca judía, la infancia de McBride en las viviendas sociales de Red Hook en Brooklyn, fueron la base de su debut literario con El Color del Agua(Planeta), un clásico en EE UU donde ha vendido más de 2.5 millones de ejemplares y es lectura obligatoria en un buen número de colegios y universidades. En The Good Lord Bird recupera las voces sureñas para desmitificar y acercar el tema de la esclavitud, con su comicidad y surrealismo crea un nuevo tipo de homenaje, en el que desempeña un papel importante el personaje Little Onion con cuyas palabras arranca la novela: “Nací como un hombre de color, no lo olvides. Pero viví como una mujer de color durante 17 años”.
El Pais

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Nombres y animales

Dinamitando desde la base el realismo mágico, pero nutriéndose, en cierto sentido, de su absoluta libertad fabuladora, la escritora dominicana Rita Indiana construye en esta prodigiosa novela, que supera los logros de su libro anterior, Papi (Periférica, 2011), un edificio narrativo gobernado por una entrañable adolescente (que, desde las primeras páginas, se vuelve fundamental en nuestra vida de lectores) y habitado por una familia tan peculiar como, aunque suene a contradicción, y ya entenderán por qué, «corriente».

Mientras los padres de la protagonista dejan el Caribe para visitar la Exposición Universal de Sevilla de 1992, ella se emplea en la clínica veterinaria de sus tíos Fin y Celia, dos personajes dibujados con una precisión y un humor únicos, marca de la autora. Historias rocambolescas, animales sin nombre, hijos ilegítimos, haitianos maltratados, amantes de otro tiempo... y también de éste. Y, por supuesto, como en todos los veranos a esa edad, el descubrimiento del sexo. O sea, Armenia, Radamés, Vita, Guido, Cutty, Mandy, Uriel, Claudia... Magia y estupor unas veces; misterio y deseo otras. Una doble vuelta de tuerca al tema del culebrón latinoamericano y al tema de la novela de iniciación. Una novela apabullante, escrita en estado de gracia.

«Literatura flow, de lectura sincopada, fraseo de poesía callejera, cadencia de merengue anfetamínico y un extraño sabor a poesía beat tamizada por el filtro del realismo mágico.» Xavi Sancho, El País

«Rita Indiana construye en Papi un edificio narrativo «con la cadencia del merengue» y la mirada de una niña solitaria que podría ser un cruce entre Cien años de soledad y Misery, y que acaba siendo una novela pop, homenaje a la cultura popular, pero no sólo la latinoamericana sino también la norteamericana.» Laura Fernández, El Mundo 

I
What was that thing that came after me? 
Los gatos no tienen nombres, eso lo sabe todo el mundo. A los perros, sin embargo, cualquier cosa les queda bien, uno tira una o dos sílabas y se les quedan pegadas con velcro: Wally, Furia, Pelusa, etc. El problema es que sin un nombre los gatos no responden, ¿y para qué quiere uno un animal que no viene cuando lo llaman? Mucha gente se conforma, dicen Aníbal, Abril, Pelusa, etc. y los nombres rebotan como el agua sobre los pelos de gato. Dicen Merlín, Alba, Jesús y los gatos, como si no fuera con ellos, van a lamerse el culo en la dirección opuesta. Cualquiera se tira de un puente.
Abro la puerta y en el aire siento el golpe de cloro con el que repasan los pisos y paredes de este lugar, como todas la mañanas recorro las salas abrien do las ventanas y en mi mente comienzo a darle vueltas en una tómbola a todos los nombres que he escrito en mi libretita durante la noche anterior.
Atila
Cianuro
Picasso
Arepa
Meter
Peter
Alcanfor
Meca
Rómulo
Liliput
Goliat
Kayuco
Kawasaki
Meneo
Bambi
Burbuja
Abu
Amadeus
Danny
Núcleo
Apuesto a que esa c con a de meca y esa c con l de núcleo van a quedarse enganchadas del pellejo del animal como anzuelos. Las persianas del sótano están oxidadas y la manivela tarda un poco en ceder, cuando finalmente entra un rayo que ilumina desde la pileta de bañar a los perros hasta la jaula más grande, donde cabría un san bernardo, una bolita surge de la tómbola hacia mi boca con el nombre ganador. 

martes, 19 de noviembre de 2013

Savater pone los puntos sobre las íes en educación, cultura y periodismo

Desmitificar para consagrar. No hay que estar al socaire del encuentro de los tiempos arremolinados que vienen del futuro y del pasado. Al contrario, hay que ponerse de cara a ellos. Por eso Fernando Savater llama a rebato al Gobierno, instituciones culturales, medios de comunicación y ciudadanía en general para preservar y mejorar..
la educación (“Educar no es solo preparar empleados”),
la lectura (“Es ante todo placer, se contagia, no se impone”),
la cultura (“Como creación e industria necesita protección”),
la creación artística (“No se le puede dejar a uno sin el suplemento del alma”),
y el papel de los medios de comunicación (“No deben competir con la irresponsabilidad de Internet”). Todo ello para reducir los riesgos de erosión que amenazan con colonizar el pensar y el reflexionar.
Savater, el filósofo español más relevante, recuerda que lo esencial es el contenido de las cosas, el soporte es solo el medio. No hay que desviar el debate sobre si analógico o digital: “Hay que desmitificar el libro de papel o los periódicos impresos. No hay que obsesionarse con eso”. Reflexiones y reivindicaciones derivadas de su último libro, Figuraciones mías. Sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar (Ariel), donde aparece el intelectual más cercano, humano y didáctico y profundo a la vez, en cuyas páginas palpita una idea, una pregunta formulada a Stendhal:
“¿Para qué sirve la cúpula de san Pedro del Vaticano?”.
Savater (San Sebastián, 1947) conoce la respuesta. Cree en ella. Una pregunta que aletea o duerme en todas las personas y cuya respuesta es necesario difundir hoy más que nunca en este mundo dual, analógico y digital. En dicha respuesta está una de las alertas que hace el intelectual donostiarra al criticar esta época que tiende a medir todo en función de su rentabilidad, eficacia y productividad constatable en detrimento de la formación cultural y de las humanidades, olvidando que el saber, la cultura y las artes son las que moldean y modelan a las personas. “La preponderancia de la rentabilidad económica del aprendizaje y la formación laboral que se transmite no son desdeñables, sin duda”, reconoce el escritor, que en un pasaje de su libro afirma: “Educar no es solo preparar empleados, sino ante todo ciudadanos e incluso personas plena y conscientemente humanas, porque educar es cultivar la humanidad y no solo preparar para triunfar en el mercado laboral. Esa es la verdadera rentabilidad democrática de la formación educativa y de la adquisición de esa riqueza es algo cuya reivindicación nunca debe 
Educar no es solo preparar empleados, sino ante todo ciudadanos”
Figuraciones mías es un ameno ejercicio en el que Savater pone los puntos sobre las íes, y de trascender el presente; mientras en Las ciudades y los escritores (Debate) comparte su pasión por la lectura. Con la educación en el centro: “Tiene que brindar herramientas y volver a los fines. Ese es el humanismo que se ha abandonado. Hay que recuperarlo, pero de manera racional, no piadosa. No se le puede dejar a uno sin el suplemento del alma, eso da sentido y objetivo a la vida”.
Ante la arritmia de la educación española, el filósofo hace un trazo panorámico: “La deriva nefasta es que en toda la democracia no ha habido jóvenes que hayan empezado y acabado con la misma ley de educación. Solo se promete que van a derogar la anterior. No ha habido un mínimo común denominador. Había podido ser Educación para la Ciudadanía que eliminaron con el argumento de que tenía doctrina, cuando la única doctrina era crear buenos ciudadanos. Por no hablar de lo que ha pasado con la filosofía”. Y, de paso, reclama el retorno de la autoridad al maestro: “El profesor representa el interés social, y no se le puede deslegitimar”.
Los pedagogos están obsesionados con logros pasajeros y olvidan que la lectura es ante todo placer, se contagia, no se impone
Otro punto nítido sobre otra i es el de la supuesta euforia de lectura en estos albores cibernícolas. “Una cosa es leer y otra es leer libros”, aclara Savater, ante el aumento de lectura debido a Internet y la floración de diversos artilugios electrónicos. La clave real de garantizar lectores, asegura, está en “no convertirla en una obligación académica. No dogmática. La idea es que el niño y el joven entren por cualquier parte al libro”. A veces, advierte, “los pedagogos están obsesionados con logros pasajeros y olvidan que la lectura es ante todo placer, se contagia, no se impone”. Eso requiere, recomienda el filósofo, ajustar la pedagogía a estos tiempos.
Una adaptación que toca, también, a los derechos de propiedad intelectual. La piratería de obras de creación en Internet, asegura, “es una amenaza indudable, lo cual requiere aplicar leyes. Sancionar tanto al que fomenta esa práctica como al usuario normal, pero de manera proporcional. Hay que buscar un mecanismo. No debe haber impunidad”.
Esta crítica a la cosificación de la educación y la cultura, el todo gratis y el triunfo de “la visión servicial” del mundo entronca con las renovadas responsabilidades que deberían tener los articulistas de periódicos y los propios medios de comunicación. Aquí está la semilla de esteFiguraciones mías que se abre con un prólogo en el que Savater expresa su preocupación al ver que el artículo periodístico clásico “entra en una fase crepuscular, acosado e incluso sustituido por blogs y otras fórmulas propiciadas por Internet” que corren el riesgo de desvirtuar su objetivo: “Un buen escritor de artículos es un acelerador de partículas imaginativas y racionales, lo cual excluye el mero capricho autocomplaciente. Trate lo que trate, el artículo de periódico siempre cumple una función política, es decir, se debe a la polis y a las obligaciones de nuestra comunidad”.
Los periódicos no deben competir en irresponsabilidades con la Red. Deben centrarse en defender lo específico del periodismo
Un réquiem que Fernando Savater alza como conjuro a través de su libro y de la verbalización de sus ideas. Eso no le impide reconocer que, a veces, son los propios articulistas, periodistas y medios los que contribuyen a cierto descreimiento o desprestigio de la profesión, al estar esas personas opinando de todo en todas partes, cuando “lo importante es la fiabilidad del conocimiento”. El periodista, recuerda Savater, lo que debe tener siempre es responsabilidad de saber que está escribiendo o hablando para alguien, "que presta un servicio, y no solo pensar en pavonearse con sus opiniones”. El periodismo, añade, se ha basado en la ética y la estética de la comunicación y eso no se puede perder. 
Celebra la importancia de los nuevos formatos y medios porque contribuyen a la divulgación de la información y el conocimiento, pero recuerda que hay muchas fuentes anárquicas en Internet. Es fundamental, asegura, “no competir en irresponsabilidades con la Red, eliminar esa tendencia. Deben centrarse en defender lo específico del periodismo”.
Ideas, reclamos, reivindicaciones y enseñanzas reflejadas en un pasaje del libro en el que se refiere a la poeta y Nobel polaca Wislawa Szymborska: “Cuando comienzas a leer uno de sus diáfanos poemas, nos ponemos a favor del viento, para recibir la emoción de cara, pero nos llega por la tangente y no para derribarnos sino para mantenernos en pie”.
Reaparece, así, aquella pregunta que le hizo un amigo comerciante a Stendhal: “¿Para qué sirve la cúpula de san Pedro del Vaticano?”, a lo que el escritor francés contestó: “Sirve para conmover el corazón humano”.
El Pais





lunes, 18 de noviembre de 2013

Doris Lessing, la épica de lo femenino

Conocí a Doris Lessing hace unos 15 años, durante los cuales labramos una de esas amistades que me atrevo a calificar de profunda, en la cual las cartas fueron mucho más frecuentes que las conversaciones. La nuestra era, en un sentido literal, una amistad basada en la palabra escrita. Por carta, hemos discutido de política, de libros, de las mentiras de la historia y de la verdad de la literatura, de teatro y de cine, y de los lazos familiares de cada uno, de esa voluntad humana de crear obligaciones afectivas que Francis Bacon llamó “dar rehenes a la Fortuna”. Hemos criticado a editores, publicaciones, Gobiernos y hemos lamentado la suerte de los países que sentimos inexorablemente nuestros: en su caso, Rodesia. “Nunca nos vamos del todo del país que primero quisimos”, me escribe en una carta, respondiendo a mi cólera durante la crisis argentina de 2001. “Una parte de mí estará siempre en África”.

 Lessing, que falleció ayer en Londres a los 94 años, nació en Persia en 1919; a los cinco, se instaló con sus padres en Rodesia del Sur. Allí vivió un cuarto de siglo, hasta que, abandonando a su segundo marido, decidió emigrar a Inglaterra con su hijo menor. Su oposición al Gobierno minoritario blanco de Rodesia le valió el sello de “inmigración prohibida”: es decir, no se le autorizaba a volver a entrar en el país, y fue tan solo en 1982 que se le permitió volver a lo que ahora se llama Zimbabue. Cuatro veces visitó la tierra de su infancia y juventud, visitas que dieron lugar al libro de reportaje African Laughter.

Desde su juventud, Lessing se interesó por los problemas de la educación en Rodesia. ¿Cómo hacer para que los niños de esa región tan pobre tuviesen acceso al conocimiento del mundo? ¿Cómo hacer para que los fondos destinados a la educación resultaran en escuelas, y las escuelas en bibliotecas, y las bibliotecas en libros que todos pudiesen leer? ¿Cómo formar a maestros que enseñasen a los niños a oponerse a la corrupción iniciada por el tiránico Mugabe, dictador a vida del Zimbabue, a no adoptar las establecidas costumbres de robar y mentir y abusar del poder, no solo a nivel del Gobierno, sino a todos los niveles de la sociedad? ¿Cómo cambiar los modelos de poder injusto en las familias, en las aldeas, en las empresas, en todos los círculos sociales? Para Lessing, la solución (o un intento de solución) empieza siempre con el individuo. El individuo, como lo piensa Lessing (y como lo pensaba Aristóteles), desea esencialmente el bien: conocer el mundo, vivir en él con justicia, ampliar su mente y sus poderes intelectuales, compartir deberes y privilegios, ser lo más humano posible. Y ese deseo, según Lessing, aun en las sociedades más desunidas, más frágiles, junto a la necesidad de sobrevivir físicamente, de comer y beber dignamente, y de tener un techo y un refugio, se manifiesta concretamente en el deseo de leer.

De allí la conmovedora historia que da título a un corto texto de Lessing, aún inédito en castellano: Por qué un niño negro de Zimbabue robó un manual de física superior. Un niño roba un libro que no puede leer “para tener un libro que es mío”. Dos son los impulsos que lo llevan a esta acción. Primero, poseer el objeto, que durante el tiempo de espera es mágico, como un talismán con inmensos poderes; luego, aprender a servirse de él. Para el niño de la exigua escuela de Rodesia, con sus maestros pobremente instruidos y sus anaqueles casi vacíos, los libros que satisfarán su deseo son las obras universales de nuestras literaturas, esas que pueden ser universalmente leídas. En literatura no todo espejo nos refleja. Lessing quiere que el niño de este relato pueda decir, al recorrer el libro elegido, escrito quizás hace siglos por alguien de otra cultura: “Mi abuela me contaba una versión de esa misma historia”. Que es una forma de decir: “Ese relato es también mío”. Cuando le fue otorgado, por fin, el Premio Nobel, recordó esa anécdota y dijo que le gustaba pensar que sus ficciones no eran sino versiones particulares de otras, contadas en otras lenguas y quizás más antiguas.

En casi todos sus libros, ese esperado reflejo es, para Lessing, la meta literaria. Un reconocimiento, la intuición de una memoria, una sensación de poseer de pronto, convertida a palabras, una experiencia ya sentida, íntima y secreta. Desde sus primeras ficciones autobiográficas, siguiendo con la saga de su heroína, Marta Quest (que, a través de El cuaderno dorado se convirtió en lectura esencial para el movimiento feminista de los años sesenta en adelante), pasando por los poderosos relatos que captan, en brutales instantáneas, la traumática vida de la segunda mitad del sigloXX en África y en Europa, hasta las extraordinarias invenciones de ciencia ficción que reveló en ella una capacidad de invención casi ilimitada, y acabando con recientes y audaces novelas sobre temas tan diversos como la violencia infantil, la sexualidad de la edad madura, el mito originario de la desigualdad de los sexos, y, finalmente, varios volúmenes de memorias y una biografía ficticia de sus propios padres, Lessing propuso a sus lectores preguntas fundamentales sobre cómo actuar con responsabilidad en el mundo. Ser lector es, para Lessing, una toma de poder, un acto revolucionario que nos permite acceder a la memoria del mundo, a ser ciudadanos en el sentido más profundo de la palabra. “Literatura e historia son ramas de la memoria humana”, escribe. “Nuestro deber es recordar, incluso lo que está por suceder”.

Al final de un conmovedor ensayo sobre la condición humana, Prisons we choose to live inside, Lessing imaginó a otro niño (en este caso, el casi mítico faraón Akenatón que hace casi 25 siglos quiso imponer una ética humanista en el imperio egipcio) que crece en una sociedad dictatorial e injusta, haciéndose esta pregunta: “¿Qué puede hacer una sola persona contra este terrible, pesado, poderoso y opresivo régimen, con sus sacerdotes y sus temibles dioses? ¿De qué vale siquiera probar?”. “Siquiera probar”, dice Lessing, no solo “vale la pena”, sino que es la condición esencial de nuestro existir. Vivimos probando, intentando alcanzar ese bien que ansiamos, mejorar este pobre y desahuciado mundo. Es decir: “Usando nuestras libertades individuales (y no quiero decir simplemente formando parte de manifestaciones, partidos políticos, y demás, que son solo parte del proceso democrático), examinando ideas, vengan de donde vengan, para ver de qué manera estas pueden contribuir útilmente a nuestras vidas y a las sociedades en las que vivimos”. En este mundo insensato y violento en el que vivimos, las palabras de Doris Lessing son un aliento y una guía.

El Pais

En medio de extrañas víctimas

Rodrigo es un burócrata joven que fácilmente podría pertenecer a lo que Strindberg llamó «el club de los jóvenes viejos». Sus días pasan sin mayores aspavientos en un museo de la Ciudad de México hasta que Cecilia, la secretaria que le hacía la vida imposible, le desliza una nota que simplemente dice «Acepto». Esa tarde Rodrigo se enterará de que alguien le ha propuesto matrimonio a Cecilia en nombre suyo, y la inercia que rige sus días no le deja más opción que casarse. A partir de ahí se desencadena una siniestra odisea en la que pierde su trabajo y pasa el rato espiando a una gallina que deambula por el terreno baldío contiguo a su departamento.

De manera paralela un académico y escritor español, Marcelo Valente, viaja a una pequeña comunidad situada en México, llamada Los Girasoles, para pasar un sabático investigando sobre Richard Foret, un misterioso escritor, boxeador y artista, que encontró en México aquello que buscó durante toda su vida: un trágico desenlace «a la altura de su megalomanía». Los Girasoles se convierte en un centro neurálgico en el que las vidas de los personajes encuentran su destino entre «los más absurdos accidentes» y situaciones tan esotéricas como las sesiones hipnóticas -inducidas mediante la ingesta de orina de una hermosa adolescente- en las que un grupo de aventureros definirá «el futuro del arte».

La risa, definida por Slavoj Žižek como «la metástasis del goce», es la herramienta fundamental utilizada en la primera novela de Daniel Saldaña París para desnudar ese «escándalo hiriente» que es la civilización. Con buen humor pero sin concesiones, la incomprensión que los personajes sienten ante un mundo que constantemente les recuerda, no siempre de las formas más sutiles, sus incapacidades y su medianía, es dejada al descubierto por el autor con una prosa que avanza a un ritmo furibundo meciéndose a lo largo y ancho de todo el idioma español.

I. LA TERCERA PERSONA
1.
No hace falta comenzar describiendo las acciones que configuran mi rutina. Esa tediosa enumeración vendrá luego. Primero quiero asentar que mi cabeza flota unos cinco centímetros por arriba de donde termina mi cuello, desprendida de mí. Desde ahí puedo observar con más facilidad la irritante textura de los días.
Cuando llueve no me pongo melancólico, ni mucho menos. Simplemente tengo la impresión de que el clima le hace justicia, al fin, a la grisura general de la existencia. Adiós, hipocresía del trópico; que el sol regrese a su rincón de la galaxia y nos deje contemplar por una vez la oscuridad sin huecos que se cierne sobre nosotros, tristes mortales ataviados con falsos tenis Nike llenos de lodo. 

A veces pienso que sería maravilloso dibujar gráficas que den cuenta no de una estadística descabellada y ultra específica, como suelen hacer, sino de un estado de cosas insulso y cotidiano. Gráficas que domestiquen el aparente desorden de las cosas y me ayuden a situarme en medio de ellas. Por ejemplo, una gráfica con las velocidades, las aceleraciones e incluso las manías y las pequeñas taras de los peatones que desfilan alrededor de esta fuente. Mientras los miro desde la banca medio rota, en un extremo de la glorieta oval, trato de imaginar esas variantes, las columnas y los colores de esa gráfica. La estadística, que todo lo puede, resumirá en cifras redondísimas el ajetreo de las palomas. No sé muy bien cómo, pero estará representado el hombre gordo que ahora mismo desplaza su peso de una pierna a otra y que tiene en las manos un celular diminuto. Figurarán, como datos relevantes, los niños que corren alrededor de sus padres como pequeños satélites enfebrecidos, y también los novios que oscilan junto a los arbustos buscando una sombra para prodigarse indecentes arrumacos. Estará en la gráfica el rengueo sin meta de ese jubilado que hace unos minutos me miró con una mezcla de encono y resignación, como envidiando una juventud que, según el viejo, no aprovecho como debería; y también estará el paso seguro del heladero que sabe exactamente lo que le deparará la tarde. La gráfica registrará además, mediante alguna nota al pie, los casos excepcionales: la quietud repentina de los paseantes cuando un derrapón de llantas, después de un silencio apenas perceptible, se resuelve en choque; la prisa compartida de las madres cuando caen del cielo las primeras gotas.