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Pruebas

jueves, 28 de noviembre de 2013

Diez siglos para una declaración de amor a París

Edward Rutherfurd (Salisbury, Reino Unido, 1948) es un novelista de enorme éxito internacional especializado en voluminosas novelas históricas en las que sagas familiares ficticias corren aventuras a lo largo de los siglos en una ciudad determinada, que queda minuciosamente descrita tanto en su evolución física como en los acontecimientos históricos más destacados que tuvieron lugar en ella y los personajes más influyentes de su devenir político y social. Hasta la fecha se han publicado en España (Roca Editorial) LondresNueva York, y ahoraParís.
Miembro de una familia de escritores (su abuelo paterno, su madre, su tío...) y emparentado con Walter Scott (lo que tiene a gala), a los 10 años tuvo que permanecer recluido en la cama durante semanas por una enfermedad, y sus padres le regalaron una novela de C. Forester. Ese libro le fascinó y a continuación leyó todas las demás de la saga del marino Horatio Hornblower, que corre mil aventuras durante las guerras napoleónicas. Esta lectura, y a continuación la de las novelas de Conan Doyle (autor de Sherlock Holmes) ambientadas en la Edad Media y, como las de Forester, muy documentadas, resultaron inspiradoras para Rutherfurd. Quiso escribir novelas como aquellas que tanto le habían hecho fantasear, y a eso ha dedicado su vida. Tenía a su favor la genética, como hemos dicho, y también la profesión: trabajó, de joven, en la industria editorial, y así intuyó qué le podía interesar y qué no le gustaba al gran público. Tuvo desde el principio el pálpito de que con unas pocas décadas de trabajo concienzudo lograría hacerse “una carrera de escritor”, pero no esperaba desde el principio tener un éxito internacional tan grande como el que disfruta, y que con modestia atribuye en parte al competente trabajo de su primer editor: “El editor puede hacer mucho para lanzar un libro, o para matarlo”.
Para cada uno de sus libros, lo primero que hace Rutherfurd es visitar el lugar, pasear días enteros, impregnarse de la atmósfera particular de la ciudad. Aunque suene pretencioso sostiene que, para el autor, el lugar tiene que parecer mágico. Luego sigue “el proceso de educar mi propia imaginación”, la reunión de información histórica, y entonces el proceso de “imaginar a personas en ese paisaje urbano”, que no es poco trabajo, pues el protagonismo de sus novelas es necesariamente coral (en París,por ejemplo, los miembros de cuatro familias de diferentes clases sociales, a lo largo de diez siglos).
A continuación, la estructura de la novela, que procura sea sólida y bien definida “porque si sabes que vas a dedicar unos años a escribir un libro —y para Londres, por ejemplo, estuve cinco años, mientras que París ha sido mucho más rápido—, más vale asegurarte antes de que no te encontrarás en un callejón sin salida”. En muchos casos consulta con especialistas y con historiadores, sin temor a resultarles un incordio porque desde que escribió su primer libro, ambientado en la historia de Irlanda, descubrió que muchos académicos y profesores, una vez comprobaban que él había “hecho los deberes”, estaban encantados de que les preguntase tantas cosas “ya que no había mucha gente que se interesase seriamente por su especialidad”. A esos especialistas —en arte, vida cotidiana, música, economía, lenguaje, política, mentalidad— vuelve a visitarlos cuando ha escrito el primer borrador de su novela, para asegurarse de no incurrir en anacronismos flagrantes.
París, dice Rutherfurd, “es complejidad. Me enamoré de la ciudad. Bueno, todo el mundo se enamora de París. Es romántica, y al mismo tiempo puede ser muy fría. La monarquía francesa fue muy fría, Napoleón fue muy frío… París es también una ciudad de revoluciones, y políticamente la Revolución francesa, los ideales que la informan, es todavía una obra en marcha, no ha concluido. Lo cual novelísticamente es también romántico e interesante, como su habilidad para salir graciosamente a flote después de toda clase de conflictos y derrotas. Pero, como le digo, es una ciudad compleja. Tome la torre Eiffel: es un símbolo fálico, pero también tiene una gracia femenina…”.
El Pais