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Pruebas

domingo, 3 de noviembre de 2013

Maneras de ser periodista

Julio Camba no creía en la inspiración, ni en las facultades de Periodismo, ni el poder evocador de la naturaleza. Sabía que la columna de periódico es la medida de todas las cosas, y que todo lo que sucede en el mundo es susceptible de «acabar reducido a una superficie literaria de 150 centímetros cuadrados». Y a eso se dedicó el autodidacta Camba durante toda su vida, desde las páginas del anarquista Tierra y Libertad al regio y conservador ABC. Por el camino, a base de luminosidad, ironía y mucha tijera, fue perfilando la «fórmula mágica» que le convirtió en el periodista más leído de su tiempo.

Grafómano involuntario (tenemos razones para sospechar que, en más de una ocasión, hubiese «preferido no hacerlo»), Camba no pasó por alto en sus columnas las penurias y rutinas y vicios del oficio de periodista. Este volumen recoge esos artículos -muchos de los cuales no se habían publicado hasta ahora en libro-, que pueden leerse como una suerte de antimanual desmitificador. Estas Maneras de ser periodista son, a su manera, una declaración estética y vital, y, por encima de todo, un ajuste de cuentas contra «el miserable que inventó la imprenta».

Mi nombre es Camba*
Cuando un alemán entra en un salón, ya sea un salón aristocrático o el salón de una casa de huéspedes, hace una profunda reverencia, y dice:
-Mi nombre es... (aquí el nombre del alemán).
Yo también, al entrar en el ABC, quiero presentarme a la manera alemana. Imagínenseme ustedes con un chaqué muy mal cortado. Yo avanzo hacia ustedes arrastrando los pies. De pronto me paro en seco, me inclino marcialmente, como si fuera a recoger de ustedes una orden militar, y exclamo, no sin cierta prosopopeya:
-Mi nombre es Camba.
Los alemanes suelen decir todavía otras cosas: lo que hacen, lo que ganan... Dos años atrás, yo entraba en un periódico de Madrid, como entro ahora en el ABC, y aquel periódico le contaba a sus lectores lo que yo ganaba. Luego publicó mi retrato, y las muchachas lo miraban y decían:
-Pues está bastante gordito.
-Pero si este chico gana lo suficiente. ¡Como se administre bien!
Y hasta S. M. el Rey, que fue informado especialmente de mi sueldo por un redactor del periódico, reconoció que yo estaba espléndidamente pagado.