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Pruebas

lunes, 12 de enero de 2015

Noticias felices en aviones de papel

Es un día cualquiera de un verano de finales de los años ochenta, y Bruno, con quince años recién cumplidos, sube a desgana los peldaños de una escalera; arriba, en el segundo piso, le espera la señora Pauli, una viejecita que aun lleva los labios pintados de carmín...
Bien mirado, hoy no es un día cualquiera porque la señora Pauli ha tenido una gran idea: lanzar aviones de papel cargados de buenas noticias desde su balcón. Abajo, en la calle, están Óscar y Jan, dos hermanos como dibujados en blanco y negro, y a su alrededor unas calles que pertenecen al pasado pero están más vivas que nunca.
Con esta novela breve, Juan Marsé rinde un espléndido homenaje a la memoria y a la felicidad, unas palabras viejas que en manos del gran maestro de repente parecen nuevas, como acabadas de estrenar.
Capítulo 1
- Y nunca olvides que el amor verdadero que puedas merecer de una mujer no será el que estás buscando, sino el que no sabías que estabas buscando.
Fue el último consejo que Bruno recibió de su padre tres días antes de cumplir los quince años, cuando esperaba no volver a verle nunca más en la vida. Después de pensarlo unos segundos, el chico respondió con voz casi inaudible:
-Ya.
Bruno era un adolescente silencioso y esquivo, agazapado detrás de una timidez estratégica elaborada precozmente. Sus padres, Amador y Ruth, se separaron cuando él tenía nueve años. Se habían conocido en una comuna hippy de Ibiza a mediados de los años setenta, ya talluditos ambos, él con treinta y cinco años y Ruth con treinta y dos, y fue un amor a primera vista, entrañado en la vorágine de los cambios y las incertidumbres que vivía el país por aquellas fechas. Amador Cano Raciocinio había nacido en Mugía, un pueblo de La Coruña, y se crió en Barcelona, adonde emigraron sus padres en los primeros años cuarenta. Exseminarista y exvendedor ambulante de colchones y de una marca de chocolatinas, en la comuna presumía de unos cursos seminales en la Universidad de Berkeley, daba clases de yoga y de solfeo y tocaba el clarinete. Era un tipo rubicundo, besucón y ocurrente, el colega que cae bien a casi todo el mundo antes de hacer involuntariamente desgraciado a casi todo el mundo. Experto en liturgias pacifistas y mermeladas caseras, las mujeres veían ráfagas de viento y libertad en sus ojos azules, y él propiciaba ese espejismo. Ruth Vélez era una belleza morena sin pulir, de apariencia discreta y sumisa, piel pecosa y mirada lánguida, una mirada que irradiaba fervor sexual sin ella saberlo. Recién separada del dueño de un merendero de Santoña, llegó a Ibiza de la mano de un fotógrafo que la abandonó a los dos meses. Cocinaba deliciosas croquetas que vendía baratas y confeccionaba rosas de lana y vistosos adornos florales con toda clase de telas. Bruno fue un bebé deseado por Ruth, pero no por Amador, y nació en un lecho de flores donde se mezclaban y confundían las rosas de verdad y las rosas de mentira, mecido por canciones de Pink Floyd, ritos contraculturales y aromas de marihuana y de membrillo artesanal.

En el otoño de 1983, orientándose en medio de una evanescente atmósfera cargada de sexo, utopías y humo, Ruth se planteó el futuro de su hijo y el suyo propio. Harta de las descaradas infidelidades de Amador y de sus trapicheos laborales, motivo de continuos sobresaltos y disputas, propuso una separación temporal para reflexionar. Pensaba irse un par de meses a Barcelona con el niño. Silvia Fisas, una amiga desencantada de la comuna, acababa de abrir una tienda de ropa ibicenca en el barrio gótico y le ofrecía un puesto de vendedora. Amador no se opuso, aunque le pidió aplazar la marcha una semana. Prometía enmendarse. Pero dos días después, una tarde ventosa y con llovizna, se fue en bicicleta a dar una clase de yoga y ya no volvió. Ni al día siguiente ni a la semana siguiente. Entonces Ruth liquidó su pequeño negocio, cogió al niño y se trasladó a Barcelona.

domingo, 11 de enero de 2015

Un millón de ruiseñores

Moinette es una «hija del placer», el placer efímero que un caballero blanco captura en una africana sin derecho a elegir los empleos de su cuerpo. Moinette se asoma a la vida en una plantación de Luisiana donde los esclavos cosechan el azúcar que endulza los días de los hombres libres. Ella es una niña que observa, que estudia las conductas y aprende desde el oscuro rincón de los silenciados. Ni siquiera se le concede un adiós cuando a los 14 años cambia de amo y es separada de su madre.
Ese drama la deja sola frente al horror de un sistema inmisericorde, pero también pone a prueba su carácter. Ya no hay resignación: la huida se convierte a partir de entonces en el único horizonte. Al fondo brilla la tenue e improbable llama de la libertad.
«Un millón de ruiseñores se inscribe en la estela de una creciente corriente literaria cuyo discurso nace de la experiencia del mestizaje racial y cultural en América, con precedentes como el de Zadie Smith con Sobre la belleza. Pero la novela de Straight es, además, una poderosa y conmovedora historia, escrita en un lenguaje tan hermoso y redentor que casi nos hace creer que sus palabras son capaces de cerrar las heridas de la Historia.» The New York Review of Books

«Una obra audaz. [...] Sin concesiones sentimentales consigue plasmar el espanto de la esclavitud y la manera sutil como esa estructura social fue diseñada (perspicazmente diseñada) para pervertir cualquier sentimiento natural, cualquier impulso generoso.» The Chicago Tribune
1. Azure
A finales de verano recogía musgo con las mismas varas que empleábamos para cosechar pacanas en otoño. Sacudía el palo y las marañas grisáceas de los robles caían en el suelo junto a la casa, no lejos del calvero donde nos bañábamos y cosíamos.
No podía coger el musgo de los dos robles situados frente a la fachada que daba al río porque a madame Bordelon le gustaba contemplarlo. Era un adorno. Me observaba desde la ventana del dormitorio. Las tierras delanteras eran de madame, servían para decorar. Las traseras eran demsieu Bordelon, servían para ganar dinero.
Y yo... ellamemiraba continuamente.Memiraba el pelo aunque no lo viese. Lo llevaba recogido bajo el tignon negro que mi madre me había hecho el año anterior, cuando cumplí trece. Odiaba ese peso sobre mi cráneo. El pelo debía estar oculto, decía mi madre. Era la ley.
Notaba la tela en la frente como si fuera un vendaje, como sime sujetara el cerebro.Un cerebro flotaba en uno de los tarros del doctor Tom, en el cuarto donde se alojaba cuando venía a tratar a la grandmère Bordelon, por su gordura, y ahí se alojaba ahora para tratar a Céphaline, por su cara. El cerebro es como una enorme pacana pálida y arrugada. Una pacana que no se quiebra flotando en un líquido.
Cuando fui a buscar su ropa para la colada estaba en el escritorio y el cerebro en un estante con los demás tarros. Me dijo:
-Puedes cogerlo.
La vasija pesaba en mis manos y el cerebro temblaba en el agua plateada.
-Lo compré en 1808, sí, así fue, y ya lleva dos años dentro del tarro después de pasar unos cuantos dentro de un cráneo. No parece que te dé miedo cogerlo ni examinarlo, Moinette -dijo en inglés; era de Londres, y las palabras curvaban sus finos labios de un modo muy distinto al habitual en los criollos-. Esa falta de temor indica que tu propio cerebro funciona bien -después regresó a sus papeles y yo me llevé su ropa sucia.
¿Cómo podía haber cerebros distintos? Empecé a medir cabezas de la manera como mamère me había enseñado a medir los puñados de grasa antes de arrojarlos a la marmita del jabón: ahuecando la palma. Un buen puñado tenía que alcanzar el segundo recodo de mis dedos, el otro lado de los nudillos: ese cojinete carnoso repleto de perlillas ovaladas que se forma cuando una persona extiende la mano para agarrar algo. Me miré las palmas de las manos tanto tiempo, cerrándolas y abriéndolas, que mamère me puso ceño y me dijo que removiera el jabón. En la linde del cañamelar donde descansaban los macheteros me escondí entre las altas cañas y coloqué mis dedos doblados sobre sus cabezas. Las cabezas de los adultos se cubrían con sombreros o tignons, pero los cráneos eran casi todos del mismo tamaño bajo mi mano ahuecada. De todos modos no era algo exacto. Con un trozo de alambre formé un círculo y medí la cabeza de Michel cuando estaba en el cañamelar. Era un adulto, como msieu Bordelon.