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Pruebas

domingo, 11 de enero de 2015

Un millón de ruiseñores

Moinette es una «hija del placer», el placer efímero que un caballero blanco captura en una africana sin derecho a elegir los empleos de su cuerpo. Moinette se asoma a la vida en una plantación de Luisiana donde los esclavos cosechan el azúcar que endulza los días de los hombres libres. Ella es una niña que observa, que estudia las conductas y aprende desde el oscuro rincón de los silenciados. Ni siquiera se le concede un adiós cuando a los 14 años cambia de amo y es separada de su madre.
Ese drama la deja sola frente al horror de un sistema inmisericorde, pero también pone a prueba su carácter. Ya no hay resignación: la huida se convierte a partir de entonces en el único horizonte. Al fondo brilla la tenue e improbable llama de la libertad.
«Un millón de ruiseñores se inscribe en la estela de una creciente corriente literaria cuyo discurso nace de la experiencia del mestizaje racial y cultural en América, con precedentes como el de Zadie Smith con Sobre la belleza. Pero la novela de Straight es, además, una poderosa y conmovedora historia, escrita en un lenguaje tan hermoso y redentor que casi nos hace creer que sus palabras son capaces de cerrar las heridas de la Historia.» The New York Review of Books

«Una obra audaz. [...] Sin concesiones sentimentales consigue plasmar el espanto de la esclavitud y la manera sutil como esa estructura social fue diseñada (perspicazmente diseñada) para pervertir cualquier sentimiento natural, cualquier impulso generoso.» The Chicago Tribune
1. Azure
A finales de verano recogía musgo con las mismas varas que empleábamos para cosechar pacanas en otoño. Sacudía el palo y las marañas grisáceas de los robles caían en el suelo junto a la casa, no lejos del calvero donde nos bañábamos y cosíamos.
No podía coger el musgo de los dos robles situados frente a la fachada que daba al río porque a madame Bordelon le gustaba contemplarlo. Era un adorno. Me observaba desde la ventana del dormitorio. Las tierras delanteras eran de madame, servían para decorar. Las traseras eran demsieu Bordelon, servían para ganar dinero.
Y yo... ellamemiraba continuamente.Memiraba el pelo aunque no lo viese. Lo llevaba recogido bajo el tignon negro que mi madre me había hecho el año anterior, cuando cumplí trece. Odiaba ese peso sobre mi cráneo. El pelo debía estar oculto, decía mi madre. Era la ley.
Notaba la tela en la frente como si fuera un vendaje, como sime sujetara el cerebro.Un cerebro flotaba en uno de los tarros del doctor Tom, en el cuarto donde se alojaba cuando venía a tratar a la grandmère Bordelon, por su gordura, y ahí se alojaba ahora para tratar a Céphaline, por su cara. El cerebro es como una enorme pacana pálida y arrugada. Una pacana que no se quiebra flotando en un líquido.
Cuando fui a buscar su ropa para la colada estaba en el escritorio y el cerebro en un estante con los demás tarros. Me dijo:
-Puedes cogerlo.
La vasija pesaba en mis manos y el cerebro temblaba en el agua plateada.
-Lo compré en 1808, sí, así fue, y ya lleva dos años dentro del tarro después de pasar unos cuantos dentro de un cráneo. No parece que te dé miedo cogerlo ni examinarlo, Moinette -dijo en inglés; era de Londres, y las palabras curvaban sus finos labios de un modo muy distinto al habitual en los criollos-. Esa falta de temor indica que tu propio cerebro funciona bien -después regresó a sus papeles y yo me llevé su ropa sucia.
¿Cómo podía haber cerebros distintos? Empecé a medir cabezas de la manera como mamère me había enseñado a medir los puñados de grasa antes de arrojarlos a la marmita del jabón: ahuecando la palma. Un buen puñado tenía que alcanzar el segundo recodo de mis dedos, el otro lado de los nudillos: ese cojinete carnoso repleto de perlillas ovaladas que se forma cuando una persona extiende la mano para agarrar algo. Me miré las palmas de las manos tanto tiempo, cerrándolas y abriéndolas, que mamère me puso ceño y me dijo que removiera el jabón. En la linde del cañamelar donde descansaban los macheteros me escondí entre las altas cañas y coloqué mis dedos doblados sobre sus cabezas. Las cabezas de los adultos se cubrían con sombreros o tignons, pero los cráneos eran casi todos del mismo tamaño bajo mi mano ahuecada. De todos modos no era algo exacto. Con un trozo de alambre formé un círculo y medí la cabeza de Michel cuando estaba en el cañamelar. Era un adulto, como msieu Bordelon.